De La Güera a Villa Cisneros

12:34 p. m. Conx Moya 6 Comments




A los tres hermanos les rondó en la cabeza durante muchos años el mismo estribillo, aprendido cuando eran niños y vivían en la bella Villa Cisneros “De Güera a Villa Cisneros / De Cabo Jubi a Tantán…/ Ay, amor, / Yo no sé si serán más / las arenas del desierto / o las espumas del mar”. ¡Qué tiernos recuerdos les traía aquel poema!, su niñez en el entonces Sahara español, donde sus padres trabajaban como maestros.

El Sahara les dio la oportunidad de vivir una infancia pirata, a caballo entre el mar y el desierto, conquistadores de las islas mágicas llenas de medusas, transparentes y azules como el mar. Amigos de los dromedarios y de los peces, disfrutaban con las historias de sirenas que les contaban las ancianas y se reían con los cuentos de Shertat que aprendía de los beduinos. Se divertían de igual modo con las historias del TBO y las novelitas del oeste que compraban en el quiosco de la plaza y que compartían con enorme gusto con sus vecinitos saharauis. Encontraban igual de deliciosa la tortilla de patata de su madre, como el cus cus de camello de Dedda, la querida abuela de sus vecinos. Las abuelitas estaban muy lejos, más allá del mar, en España, y Dedda era ese abrazo cálido y suave que olía a desierto y les consentía todo lo imaginable porque ellos eran también sus nietos queridos.

Su padre les leía a menudo aquel poema sacado de un libro de tapas amarillas, con un nómada saharaui a camello en la portada, antes de irse a la cama. Le escuchaban decir muchas veces que no había nada tan bueno para el alma como una poesía diaria, entonces no entendían del todo lo que quería decir el padre, pero les gustaba especialmente ese momento en el que los cuatro se sentían tan cerca, los niños agotados de cansancio y con el sueño llamándoles apaciblemente. Y en especial les gustaba aquel poema donde se nombraba su ciudad, Villa Cisneros, la pequeña península blanca donde estaba su hogar.

Llegaron los días de instituto, donde continuaron la relación estrecha con sus amigos saharauis que no abandonaron los estudios. Juntos compartieron guateques y música pop, que también llegó al Sahara. Las españolas se acortaban las faldas y los saharauis se dejaban el pelo más largo de lo que podían consentir sus padres, empezaban a correr aires nuevos por la alejada provincia africana y había “algo en el ambiente” que auguraba que nada seguiría siendo igual. Los estudiantes consideraban rancios los poemas coloniales y los hermanos ya no se juntaban por la noche a escuchar poesía, cada uno descubría por su cuenta las nuevas canciones y los poemas que traían aires de libertad.

Aquellos aires nuevos fueron barridos de forma abrupta por el vecino del norte y la traición de la metrópoli. Llegaron años de pesadilla, la peor de las maldiciones cayó sobre los saharauis, que perdieron su tierra y comenzaron un camino incierto y desesperado. También cayó la desgracia sobre ellos, que se quedaron de un día para otro sin nada. Tras su precipitada salida del Sahara aterrizaron en un país que ya no era el suyo, donde agonizaba un tirano y la incertidumbre paralizaba a la población. La ocupación se tragó sin piedad todo aquello donde podía aferrarse. Sus hermanos lo fueron superando pero Ella, que estaba irremediablemente enferma de Sahara, se angustiaba cada día con las noticias que llegaban, repletas de guerra, desolación, huida y hambre. Empezó a combatir la pesadilla con una actividad frenética para organizarse, llamando a todas las puertas en un intento de que el drama saharaui no quedara en el olvido. Participó en la fundación de las primeras asociaciones, colaboró en la organización de caravanas de ayuda humanitaria, se encargaron de traer a los primeros niños refugiados desde los campamentos de Tinduf, organizaban charlas, visitaban radios libres, no dejaban una asociación de vecinos sin visitar y se reunían con cualquiera que quisiera escucharles. Fueron años de lucha y propaganda en una España que asistía asustada a su propio cambio. Sus consignas fueron Polisario vencerá y Sahara Libre, con ellas combatían los “bastante tenemos con lo nuestro” y “los saharauis no quisieron ser españoles”, que tanto la enfadaban.

El tiempo implacable continuó arrebatándole lo que más había querido, sus padres, sus amigos, muchos de ellos muertos, otros desterrados en el desierto argelino, algunos errantes por diferentes lugares del mundo. Tantas ausencias…. Villa Cisneros, Dajla para los saharauis, seguía en manos marroquíes, Ella nunca se atrevió a volver pero le contaron que con los años la habían llenado de invernaderos, hoteles baratos para surferos y lujosos alojamientos para ricos en busca de un exotismo fácil. Más triste aún era la situación de La Güera, abandonada y sepultada por las arenas, lo que había visto en fotos le llenó de desolación. ¿Qué estaban haciendo con su amada tierra? No se atrevía a recordar los buenos tiempos, sólo admitía luchar en una huida hacia delante.

Y ahora, tantos años después, tantas vueltas que había dado su vida, aquellos versos volvían a su memoria “De Güera a Villa Cisneros”. Ay, amor, su Sahara, tanto lo echaba de menos… tuvo una idea, si metía los versos en Internet seguro que salía el poema y el autor, ¿acaso no estaba todo en la red?, ese mundo extraño para Ella pero donde había intuido encontrar un gran aliado para su causa.

Allí estaba, el poema, el nombre del poeta enamorado Julio Martín Alcántara, incluso la portada del librito amarillo. Su estilo delataba el paso del tiempo, ¿realmente hacía tantos años?, pero rebosaba amor por la tierra en todos los versos. Así encontró una respuesta, no había que dejar caer en el olvido los años que saharauis y españoles pasaron juntos. Cierto que Ella aún se moría de vergüenza cuando hablaba con los saharauis sobre la traición de España y aunque los amigos que le quedaban de entonces sabían que Ella había sido una víctima más de aquel desastre, con los jóvenes era distinto. Pero al fin entendió que había nombres a los que exigir responsabilidades y que Ella no podía vivir toda la vida con la culpa de otros encima. Aquel poema, ya anticuado pero siempre delicioso, sería el mapa que le ayudaría a recorrer sin miedo los caminos de su memoria.

Sus padres, la vieja Dedda, la isla Herne, las sirenas, los nómadas de piel tintada de azul, el olor tostado del desierto, la brisa del mar, la inolvidable luz de Villa Cisneros, sus amigos saharauis caídos en la guerra… eso nunca, sus recuerdos nunca podrían arrebatárselos. De La Güera a Villa Cisneros, de la mano de aquel viejo poema, su alma vagaba ahora libre por el territorio de su infancia. Por su querido Sahara.



De Güera a Villa Cisneros

De Güera a Villa Cisneros,
De Cabo Juby a Tantán,
Hay dos senderos que corren
parecida inmensidad.

Ay, amor,
agua o tierra, ¿Qué más da?
Si te quedas en Aaiún
allí te saldré a buscar.

Tengo una barca con remos
Hechos de azul y de sal
y tengo execaf y camello
por si quieres caminar.
Dime tu
lo que prefieres. Si contar
las arenas del desierto
O las espumas del mar.

II
Entre graras llegaremos
hasta la orilla del Draa
y agua arriba, a Tisgui Remtz
iremos a descansar
a la verde sombra clara que se ciñe al palmeral.
Y después,
sin prisa en el caminar,
por la Hamada y Semara
Y Guelta Zemmur, a Tichlá.
Por una orilla de arena,
hacia la orilla del mar.
Luna y Sol
y toda la soledad
de un espacio de silencios
para nuestra libertad.

III
De Güera a Villa Cisneros
De Cabo Jubi a Tantán…
Ay, amor,
Yo no sé si serán más
las arenas del desierto
o las espumas del mar.

Romancero Saharauí. Julio Martín Alcántara. Sahara 1950

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