Chavela y Fatma

8:00 p. m. Conx Moya 0 Comments


Del número 37 de la Revista Shukran  *Para Isabel Galeote
Chavela y Fatma se habían conocido en El Aaiún ocupado. Fatma, una activista saharaui de derechos humanos, se encontró con Chavela, observadora internacional que había viajado en una misión de acompañamiento a los territorios ocupados.
Las dos conectaron enseguida. Chavela se sintió muy cerca de aquella madre de dos hijos, que en algunas charlas que pudieron tener aquellos días, le contaba apenada lo poco que había podido disfrutar de su maternidad:
– A las saharauis la ocupación nos ha robado incluso eso.
Fatma había pasado algunas temporadas en la cárcel mientras sus hijos eran aún muy pequeños. Su madre, sus tías, hermanas y primas habían tratado de suplir en vacío de la madre. En aquellos días las dos pudieron hablar mucho, y pasaron, junto con otros compañeros, por momentos de enorme tensión con colonos y policías marroquíes. Decidieron desde entonces llamarse, y ser, hermanas.
Tras la vuelta de Chavela a España, el contacto con Fatma se hizo difícil. Ella cambiaba a menudo de móvil y Chavela esperaba siempre a recibir una llamada para tener noticias de todos ellos. Pero seguía teniendo a su hermana en el corazón y le daba vueltas a cómo regalarle un detalle especial para que siempre la tuviera presente. A Chavela siempre le había fascinado la artesanía, pocas técnicas se le escapaban, cuadros, tapices, cerámica, telar, madera, costura, el trabajo con las manos era su verdadera pasión. Se puso manos a la obra.
Le preparó a Fatma un cuadro con una poesía. Chavela tenía en el recibidor de su casa poemas de Benedetti. Buscó en la estantería de su habitación el libro de los poetas saharauis de Generación de la Amistad “Aaiún, gritando lo que se siente”, fuente de inspiración para muchos de sus escritos. Releía el libro a menudo y había pasado todos sus poemas en su programa de radio. Eligió el poema de Chejdan Mahmud, “¡Basta!”, cuánto le gustaba… “¡Basta!. Las calles enfurecidas / se alzan y comentan / las grandes injurias. ¡Basta!. Las casas pululan / de rabia desmesurada”. Bellísimo y reivindicativo poema. Sin duda a Fatma le iba a gustar. Eligió un papel especial de los que siempre tenía en casa para sus creaciones. Lo imprimió con tinta verde esperanza y pegó unas espigas teñidas de verde. Fatma le hablaba a menudo de las espigas que crecían en la badia, no recordaba el nombre. Su familia había sido nómada antes de la invasión y ella era, a través de sus padres y tíos, una enamorada de la naturaleza del desierto. Las enmarcó con una madera envejecida y barnizada, deseando que Fatma pudiera poner el poema en su casa de Maatala. A través de sus contactos preguntó si sería una locura hacérselo llegar, le dijeron que era posible y la maquinaria se puso en marcha. No supo cómo se lo entregaron pero tiempo después recibió un mensaje de Fatma en el que decía que el poema ocupaba un lugar muy especial en su casa.
La aceptación del cuadro con el poema decidió a Chavela a continuar con los regalos a su querida hermana. Llevaba varios años aprendiendo el arte del telar. Un carpintero le había construido uno para hacer tapices y pequeñas alfombras. Ya había realizado varios con bastante éxito y pensó que podía hacer uno para su querida hermana. Fatma era una mujer con un agudo sentido de la estética. A pesar de las situaciones extremas que vivía, y de la escasez de medios, Fatma siempre intentaba que su casa estuviera impoluta, que siempre hubiera buen incienso preparado, y se arreglaba con increíble esmero para cualquier ocasión. “El buen olor alarga la vida”, decía a menudo. Chavela pensó que una composición con un paisaje de su querida badia sería lo más adecuado. Unas montañitas, un camello y una talha. Buscó fotos en Internet, convirtió la que más le gustó en un sencillo dibujo, y se puso manos a la obra. Siempre recordaba a Fatma y a todos los compañeros que había conocido pero el tapiz hizo que los sintiera aún más cerca. Eligió los colores y los hilos con todo el cuidado y lo tejió con enorme amor. Quedó precioso y Chavela pidió de nuevo ayuda para hacérselo llegar a su hermana.
Meses después llegó un nuevo mensaje de Fatma, agradeciendo el precioso tapiz, “Wani bik”, con todo su cariño le daba las gracias, y le anunciaba que venía a España a participar en unas conferencias. Fatma era una mujer muy formada y preparada y Chavela se sentía feliz de que le dieran voz y espacio en un foro tan importante para denunciar la situación de los territorios ocupados.
– Hermana, guárdame por favor unos días.
Fatma iba a aprovechar a hacerse revisiones médicas, la salud de los activistas siempre era terriblemente frágil y delicada.
Finalmente viajó a España y realizó sus conferencias. Salió incluso en algunos medios y el movimiento solidario la aclamó como una de sus heroínas. Por fin pudo dedicar una semana a Chavela.
– Voy a hacer todo lo posible por que disfrutes y lo pases muy bien – le dijo.
– Con estar con mi hermana querida tengo bastante.
Chavela había cavilado mucho cómo podía hacer disfrutar a Fatma. Lo merecía, tantos años de lucha entregada debían tener una recompensa, aunque fuera tan modesta como la que ella pensaba ofrecerle. Para Chavela todos los seres humanos tienen derecho a momentos de felicidad y tranquilidad, a disfrutar de los sentidos, al arte, la cocina, la literatura, al reposo y la distracción, ojala todas las personas del mundo pudieran vivir la mayoría de sus días de la manera más agradable posible. Pensó, aparte de lo mucho que hablarían sobre la causa, llevar a su hermana al mar, hacer algunas excursiones y a disfrutar varias exposiciones y conciertos. El alma refinada y sensible de Fatma lo disfrutaría sin duda.
Fatma y Chavela por fin se juntaron. A la saharaui le encantó la casa de su amiga, llena de color, lucha y poesía. Chavela le preparó una preciosa habitación, de paredes pintadas de lila y morado y con algunas de las artesanías creadas por ella, como una bellísima colcha de ganchillo que había tejido tiempo atrás. En una estantería estaban colocados muchos de los recuerdos saharauis de Chavela, conchitas de las playas de El Aaiún y Bojador, una piedra muy chiquita de Tiris que una amiga le había sacado escondida entre los calcetines, algunos trabajos de cuero de los artesanos saharauis, y al lado un bellísimo cuadro del pintor Moulud Yeslem que Chavela le había comprado en los campamentos.
Además le tenía preparada otra sorpresa, esta vez le había tejido una bandera saharaui en su telar, y la tenía colgada en la pared. La habitación tenía además un escritorio para que Fatma pudiera seguir trabajando aquellas breves vacaciones. Ella conocía bien a su amiga y sabía que no iba a abandonar su causa ni un solo día.
Pero el verdadero caballo de batalla de Chavela fue la comida. Como experta y entregada cocinera, quería que su amiga también disfrutara con el paladar. Difícil misión, para los saharauis no hay nada peor que la glotonería, a la mayoría sólo les gustan sus platos típicos, que son muy pocos, y son muy reacios a probar cosas nuevas y experimentar. Chavela preparó con esmero sus especialidades para desayunos, comidas, meriendas y cenas. Desplegó toda su sabiduría culinaria en cocinar tortillitas de bacalao; cocas y empanadas, donde el cerdo fue sustituido por deliciosas verduras, pescado, pollo, cordero y ternera; verduras la plancha; algún que otro puchero y una personal interpretación de Chavela del tayin de pollo y verdura. También cocinó deliciosos postres, arroz con leche aromatizado con canela y cáscara de naranja; tartas de chocolate y turrón; delicadas torrijas caseras, aunque quedaba lejos la Semana Santa.
Y así una locura de delicias que llevaban al éxtasis a los amigos y que Fatma comía con tiento y contención. No hubo forma de que probara el salmorejo ni el gazpacho y ni pensar en vinagre, del ajo no más allá de una pizquita y las ensaladas costaron mucho. Las dos recordaron con una sonrisa a su querido amigo Brahim Dahan, a quien no había forma de hacer probar la ensalada, “es comida de cabras”, decía siempre entre risas. Pero poco a poco fue disfrutando de los nuevos sabores que salían de la cocina de su hermana. Sabía además que aquellos homenajes culinarios que le ofrecía estaban hechos con todo el cariño y el amor.
Aquellos días transcurrieron agradables y apacibles, pasaron demasiado rápido, les supieron a poco para tanto como tenían que decirse. Pero si algo le quedó grabado a Fatma de aquel viaje fue que todo, absolutamente todo el mundo tiene derecho a sus momentos de felicidad y disfrute en esta vida.
Conxi Moya

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