Tino Casal y el arte de un ser excesivo

11:33 p. m. Conx Moya 0 Comments



Mi colaboración en el número 78 de Discos y otras pastas
“Me miran de arriba abajo. A la gente le da envidia cómo me visto”. Tino Casal.
Para nosotros, niños en los años 80, Tino Casal (José Celestino Casal Álvarez. Asturias, 1950 - Madrid, 1991) se convirtió en un personaje habitual de Aplauso, Tocata y Rockopop, programas musicales de aquellas décadas que a mí me fascinaban. Artistas como Tino Casal colorearon la antigua tele franquista de años pasados y cambiaron por chupas rosas los trajes gris marengo de los tecnócratas del régimen. Sólo por enseñarnos que la vida podía tunearse merece la pena Tino Casal, todo lo demás es un plus.
“El arte por exceso” es el nombre de la exposición compuesta por 200 piezas que le ha dedicado el Museo del Traje en Madrid. El visitante es recibido por el enorme cuadro de Costus “Caudillo”, en el que aparece Tino vestido de cuero y con melena llameante al viento ante el Valle de los Caídos.  Dentro esperan ropa, cuadros, esculturas, complementos, zapatos y objetos personales del cantante. Porque Tino Casal fue mucho más que música. Convertido en una especie de Bowie patrio, creó con tesón su propio personaje. Pintor, escultor, decorador, productor, diseñador de moda, estilista, escenógrafo.
Comenzó su carrera musical a la temprana edad de trece años, pasando por varias bandas en la década de los sesenta como Los Zafiros Negros o Los Archiduques, donde practicaba un pop muy de la época con pinceladas folk. A mediados de los setenta se marchó a Londres, donde reafirmó su poderosa estética. De vuelta a España consiguió un contrato discográfico y se dedicó a tiempo completo al espectáculo. Sólo pudieron retirarle del escenario un problema de necrosis en una pierna, que le obligó a una larga convalecencia, y el accidente de coche por el que perdió la vida hace veinticinco años.
Entre sus éxitos se encuentran “Champú de Huevo”, “Embrujada”, “Bailar hasta morir”, “Pánico en el edén” (sintonía de la Vuelta ciclista a España en aquellos años en que la música techno y el grupo Azul y Negro acompañaban a los ciclistas mientras pedaleaban) o “Eloíse”, la majestuosa versión de la canción de Barry y Paul Ryan, que también interpretaron The Damned.
Tino traspasaba sus estilismos a los músicos que le acompañaban en las actuaciones televisivas y en los conciertos, siempre rodeado de unas escenografías barrocas y delirantes muy en su línea. Zapatos, pendientes, broches, brocados y encajes, pieles, “cebrerío y serpenterío”, chaquetas de hombreras imposibles, ropa arquitectónica, chupas de cuero pintadas a spray, pantalones estampados. Cuidaba al milímetro el peinado, el tinte y el maquillaje. Acumulación, superposición y exceso, Tino elevó el glam a la enésima potencia.
Colaboró con los más pintones de aquella época. Fue modelo de las pinturas de Costus, le fotografiaron Pablo Pérez-Mínguez, Juan Nebot, Álvaro Villarrubia o Miguel Trillo. Pintó al alimón con MacNamara y colaboró con importantes modistos como Francis Montesinos y Antonio Alvarado.
Tenaz, excesivo, audaz, inquieto, precoz, teatral, dandy, fetichista, elegante, una suerte de Diógenes para acumular objetos barrocos, estos titulares aparecidos en la prensa española dan cuenta de su dimensión: “Cada día estoy menos loco”, “No me gustaría ser una petarda de mayor”, “He visto la muerte de cerca y tenía mi cara”, “Soy bastante mejor de lo que esperaba”. 



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