Volvemos en septiembre tras un año lleno de inspiración



Para #Hzlqdbs el curso 2017-18 ha estado lleno de música y creación. Muchas ganas de escribir, lecturas interesantes, presentaciones y magníficos conciertos han completado la ecuación de un año muy movido.
Los relatos han ocupado un importante espacio en el blog. Comenzábamos con “Eres vieja”, una historia de mujeres y rock, dos temas que han estado muy presentes en los relatos que he escrito este año. Es el caso de “Atrapada”, un microrrelato musical que presenté a un concurso, que ha sido ilustrado con una ilustración de Ana Müshell, un auténtico lujo. La vida tiene momentos delirantes, como que un tipo arrojara un pato de plástico al escenario de un concierto, acción que desencadenó uno de los relatos que más he disfrutado escribiendo “Un pato de plástico”, la historia de Coco y Roque. Del pato nacieron además un collage y una lámina de Marino Masazucra, premios para un par de sorteos en redes sociales. Puro disfrute.
Esta ha sido una temporada repleta de maravillosa música. En septiembre llegaba la reseña de la exposición “DAVID BOWIE is”, que vimos en junio de 2017 en Barcelona, para quedarse a vivir en ella. Los fans de Matt Johnson y The The estamos de enhorabuena con su regreso a sus escenarios, no en vano nos contemplan treinta años de enamoramiento musical. En octubre participamos en un experimento refrescante de “Madridaje” caribeño en la caseta 1 de la Cuesta de Moyano con Hostia un Libro, la música y enseñanzas de nuestro admirado Raúl Frutos (Crudo Pimento) y las delicias del restaurante cubano Havana Blues. Otro estupendo experimento con música y radio nos lo ofreció Carne Cruda en el concierto y entrevista con Josele Santiago, una gran noche. Amplío las entradas sobre canciones de George Harrison con “Apple Scruffs”, dedicada a “las andrajosas de Apple”, una delicia de la que llevaba tiempo deseando escribir.
Y si de algo he disfrutado, y mucho, este curso ha sido de la música en directo. Así pude ver a de nuevo a mi admirado en un concierto de Chris Robinson lleno de lucidez y estilo. Y ya que este ha sido el año de descubrir a Pink Floyd (sí, ya me vale) no podíamos faltar al concierto de Roger Waters en Madrid, que regaló una inolvidable y muy combativa noche. El proyecto de Kerman de homenajear a los Ramones con un disco de sus éxitos en clave ska nos llevó hasta una sesión mañanera en el Gruta77 para disfrutar en directo de su disco Gabba Gabba Ska!, acompañados por un lujoso plantel de músicos. En un año lleno de Steve Winwood acudimos a Bilbao al BBK Music Legends Festival 2018, para ver a Winwood y a otros mitos musicales como Jeff Beck, John Cale, Glenn Hughes o Wilko Johnson, espectacular. A pesar de diferentes inconvenientes que se me presentaron antes del concierto, pude finalmente disfrutar con el brutal directo del tremendo Jello Biafra and the Guantanamo School of Medicine, teloneados por los no menos míticos MadPunk (Larsen, Espasmódicos y TDK). He iniciado este año una serie de colaboraciones con la revista Maskao. En la primera, hago una revisitación de las famosas máquinas del millón a través de mis recuerdos y los de varios amigos, “De pinballs, flippers o petacos. Un viaje a la memoria infantil”. Gracias a Juan Ramón Puyol por proponerme la colaboración. Iré subiendo el resto al blog.
2017 fue el año de presentación de Encore Trasatlántico, o lo que es lo mismo, la antología de relatos rock con autores mexicanos y españoles editada por Pedro Escobar en la que participo con un cuento “Gozando de los sones rebeldes”. Tuve la suerte de encontrarme a finales de septiembre con Pedro en Madrid, gracias a un providencial viaje. Conseguimos llevar el libro hasta Radio Nacional, al programa “Viaje al Centro de la Noche”, y presentarlo en la librería Molar, en pleno barrio de La Latina, acompañados por Pepo Márquez, autor de uno de los relatos y por Marino Masazucra, autor de la ilustración de mi cuento. Una noche inolvidable. Todavía Encore nos sigue danto alegrías, como los artículos del incansable Tomás González Lezana para La Fonoteca y el Ruta66.
En el blog vuelve a tener un lugar destacado el Gabinete de Lectura de La Central de Callao, donde un año vez más hemos disfrutado de libros de enorme calidad. Este año hemos perdido a nuestro querido Jesús Casals, inmerso ahora en labores editoriales. Todavía con él al frente leímos “Botchan”, de Natsume Sōseki, editado por Impedimenta. Para nuestro primer Gabinete ya sin Jesús leímos “Americanah” de Chimamanda Ngozi Adichie, que nos presentó Elvira Lindo. Nos estremecimos con la terrorífica canción de cuna de Leïla Slimani  en su aclamada “Canción dulce” o una de las sensaciones de esta temporada lectora, “Apegos feroces” de Vivian Gornick. En el mes de febrero tuve la ocasión de conocer a uno de mis mitos de juventud, Ray Loriga, que nos vino a presentar su “Rendición”, un magnífico libro que demuestra su madurez literaria; una maravillosa novela de la gran Carson McCullers, “El corazón es un cazador solitario”, un auténtico lujo, o “Duelo” del escritor guatemalteco Eduardo Halfon, cuya visita en el Gabinete fue un placer.
El Sahara sigue ocupando un lugar destacado en el blog. En octubre estuvimos en el Aleatorio de Malasaña disfrutando de un festival de poesía por el Sahara, en apoyo a la asociación APS Madraza de Ciudad Real. También nos acercamos a la Universidad Complutense para la charla ofrecida por la fotógrafa  Ana Valiño, que presentó su proyecto “El rostro de las mujeres saharauis”, acompañada de la poeta Zahra Hasnaui y Nueina Djil, una histórica activista saharaui. Enero nos traía el adiós del anciano Deida Uld Yazid,  abuelo de la Intifada saharaui; quise recordarle uniendo su memoria a la del niño Nayem Elgarhi, asesinado por tropas marroquíes en los alrededores del campamento de Gdeim Izik en octubre de 2010. Disfrutamos además de la presentación en Madrid de “Toda la muerte para dormir” de Jorge Molinero, una espléndida novela sobre la breve e intensa vida de Luali Mustafa Sayed, el líder de la revolución saharaui. El mes de abril nos traía la participación en el “Ciclo sobre literatura saharaui y mujer” en la Facultad de Filología en la Universidad de Sevilla, un encuentro largamente esperado, en el que participé con una charla sobre “La cuestión saharaui y su recepción en las autoras españolas” en lo que fue una jornada inolvidable.
En #Hzlqdbs he intentado seguir ofreciendo reseñas de algunos de los libros que más he disfrutado este curso. Algunas han sido primeras novelas, estupendas, como “Una habitación en Lavapiés” de Maya Vinuesa, “El día que aprendí a volar”; la novela de la “eterna migrante” Stefanie Kremser; “Los motivos del fuego” de Juan Carlos Muñoz, de la editorial RELEE. O la sorpresa del espléndido debut narrativo de uno de mis ilustradores de cabecera, el granadino Juarma que se ha estrenado con la enorme “Al final siempre ganan los monstruos”, que además vino a presentar en Madrid. 26/10/2017. Mi admirada Pilar Adón ha publicado dos librazos este año, y estuvimos en las presentaciones de Madrid, con “La vida sumergida” se ha confirmado como una maestra en el relato; Pilar ha recibido también muy buenas críticas por su poemario “Las órdenes” sobre el deseo de escapar del refugio. En esta temporada conocí la obra del autor argentino Raúl Argemí, un destacado autor de novela negra, su libro “A tumba abierta” es potente, crudo y lleno de desesperanza, muy bueno. Otro de los libros reseñados esta temporada es “La movida que te salvó” de Mariano Pinós, un canto a la contracultura de los 90 que me gustó especialmente.
Muy disfrutados y comentados son algunos libros con música que he leído esta temporada. Es el caso de “Éramos unos niños”, la historia de Patti Smith y Robert Mappelthorpe narrada en primera persona por la cantante y poeta; “Cuatro millones de golpes” de Eric Jiménez, batería de Los Planetas entre otros grupos, estuvimos en la presentación de Madrid; o un libro en el que he colaborado como mecenas en la edición, “Londres, ciudad okupada” de Richard Dudanski, quien fuera amigo y compañero del mítico Joe Strummer,  
He de reconocer que poco cine he visto este año y menos todavía he reseñado. El cine de verano de Cibeles me permitió descubrir el pasado septiembre “Sing Street” de John Carney, una película que me pasó desapercibida en su estreno. En noviembre vi “El autor”, una película sobre creación donde Javier Gutiérrez hace un gran trabajo. También vi en cine “Blade Runner 2049”, la secuela de la mítica película de Ridley Scott, debo decir que me gustó pese a la tremenda melancolía que me inyectó la aparición de un aún magnético Harrison Ford. De vuelta de las vacaciones de Navidad vi en el tren una delicia ligera “París puede esperar”, dirigida por Eleanor Coppola. Y pude revisitar una película ochentera de vampiros y con su punto de mitología musical por la aparición de Bauhaus; efectivamente se trata de “El ansia”, protagonizada por mi adorado David Bowie, Catherine Deneuve y Susan Sarandon. Siguiendo con el audiovisual, el Ciclo Mujeres Hechas de Punk en la Cineteca del Matadero de Madrid me ha permitido ver este verano dos documentales magníficos, “De un tiempo libre a esta parte” de Beatriz Alonso Aranzábal, una mirada sin nostalgia a un Madrid adolescente y musical y “El peor dios”, un documental sobre las luces y sombras de la banda barcelonesa Desechables, realizado por Alejandro Montes, Daniel Arasanz y Nico Tarela.
Terminamos con Arte. Hemos realizado varios safaris de arte urbano durante este curso en Malasaña y Lavapiés, para el blog cuento un recorrido por la historia del arte urbano en Lavapiés ofrecido por Madrid Street Art Project. Además estuvimos en la presentación de “Agujero”, un nuevo trabajo de la Editorial El cañón de Garibaldi, con grabados de Alberto Pina y texto de Andrés Barba.

Jello Biafra and the Guantanamo School of Medicine + MadPunk en Madrid. Larga vida al punk



*Fotos cedidas por Kerman de Rockypunkto
Si algo tengo claro es que en la vida hay que hacer lo que hay que hacer. Y yo tenía que presenciar el concierto de Jello Biafra and the Guantanamo School of Medicine, con MadPunk como teloneros. Un bombazo. Y aunque surgieron ciertos impedimentos logré sobreponerme y hacer. La recompensa fue enorme.
Me situé estratégicamente en el fondo de la sala Copernico, agarrada a un timón (sí, habéis leído bien) que apestaba a barniz. Como poco, raro. Pero me sirvió para estar a salvo de los espeluznantes pogos que se vivieron en la sala y para tener una vista de conjunto privilegiada, esquivando a esos tipos altísimos que siempre nos suelen fastidiar la visión en los conciertos.
Comenzaron “como un reloj” los MadPunk, banda que reúne repertorio y componentes de tres grandes grupos del punk madrileño de los ochenta: Larsen, TDK y Espasmódicos. Si llegado a este punto no los conocéis, por favor, tirad de Google y haced un repaso por su historia y sus canciones. Su calidad está por encima de estilos y etiquetas. Los MadPunk son Monje (primer cantante de Larsen) más J. Siemens y Manuel Pilarte “Magüu”, guitarrista y batería de Espasmódicos y más tarde de TDeK. A ellos se unen Esteban Palazuelos a la guitarra y Héctor Lukas al bajo.
La banda ofreció sin pausa ni para un respiro temas como “¿Qué es este temblor?” (TDK) o “Vomitas sangre” (Larsen), que confieso que son de mis preferidos. Magnífico concierto, y es que no es ninguna broma contar con temas como “Lucha contra el tecno” (Larsen), “Noche de destrucción en Rock-Ola” (Larsen), “Tía, vete a cagar” (Espasmódicos), “Te quiero” (TDK), “Mata” (Espasmódicos), “Nacido de la pota de un punk” (Larsen), “Frontera francesa” (Larsen), “La farmacia de mi barrio” (TDK), o la endiablada para cantar “Drógate” (Espasmódicos), canciones que son auténticos puñetazos. Particularmente viví un momento muy emocionante cuando Monje, mientras sonaban los primeros compases de “Israel” (TDK), se refirió a Palestina y gritó Sahara Libre. Gracias. Punk rebelde y con mensaje. Finalizaron el concierto con la espléndida “Enciendes tu motor” (Espasmódicos) y pienso en el tremendo repertorio que atesora esta banda y lo bien que estaría que grabaran un disco en estudio con temas nuevos.
Y es que si alguien merece telonear en España a Jello Biafra esos son Madpunk. No en vano a Monje se le ha comparado en muchas ocasiones en su forma de interpretar con el músico estadounidense y para la historia queda la carta que el propio Jello dirigió, de puño y letra, a TDeK preguntándoles por su single “La farmacia de mi barrio/Maleta para Moscú”, ya que no podía encontrarlo en EEUU. Casi nada.
Si mi nota en el conocimiento de las canciones que tocaron MadPunk apunta el notable alto, con los temas que ofreció la banda de Jello Biafra roza el suspenso. El repertorio ofrecido el martes es bastante inédito, con excepciones como las míticas “California Über Alles”, y “Holiday in Cambodia” de su archiconocida banda Dead Kennedys. También sonaron “Police Truck”, “Nazi Punks Fuck Off” y “Too Drunk to Fuck”. Del repertorio de su banda actual sobresalió “Pets Eat Their Master”, aunque me faltó “The Terror of Tinytown”, un tema redondísimo, de lo mejor del músico. Ambas canciones pertenecen al “The Audacity Of Hype”, un gran disco, con un demoniaco Jello que aparece en la portada a lo Obama y su “Yes, we can”. Cerró el concierto con “Crapture”, canción de su último disco “White People And The Damage Done”.
El músico salió vestido de almirante granate, con gorra de cuero, lleno de elegancia punk. En el segundo tema se quedó en camisa con retazos de la bandera de EEUU, y a partir de la tercera canción lució su contundente camiseta “Nazi Trumps Fuck Off”, no en vano el músico estadounidense es uno de los artistas de todo el mundo que han decidido convertirse en azote del horrible mandatario que parece decidido a autodestruir “el Imperio”.
En lo musical, la banda es espléndida. Formada por Ralph Spight, un guitarrista alucinante, con querencia a subirse a las plataformas próximas al escenario para delicia del público; Kimo Ball, guitarrista nacido en Hawaii que está junto a Jello Biafra desde 2008; Larry Boothroyd al bajo y Jason Willer, batería de tatuajes en los brazos y pelo oxigenado que golpeó los tambores sin ninguna piedad. Grandes músicos. Qué decir de Jello Biafra, el mítico cantante está en plena forma. Se dejó tocar por el público, se lanzó hacia la gente desde el escenario en un par de ocasiones, bailó, se tiró al suelo, en fin, no faltó de nada.
Con una vitalidad increíble a sus 60 años, continúa con su labor de activista, en la estela de aquel joven Jello que se presentó como candidato a la alcaldía de San Francisco en 1979. Las crónicas cuentan que consiguió un más que meritorio tercer puesto, arrancando a sus rivales un importante puñado de votos. Aquello se calificó entonces de “pantomima”, y en parte su propuesta tenía mucho de desenmascarar un sistema podrido. Y vaya si la lio.
La alegría comenzó ya en la prueba de sonido, según hemos podido ver en redes, con un MadPunk rendidos al “Gran Jefe” Biafra, uno de sus ídolos de siempre. Vivimos un fin de fiesta emocionante donde pudimos saludar a amigos que merecen los momentos de plena felicidad vividos ayer. El punk (no) ha muerto, larga vida al punk.






BBK Music Legends Festival 2018 Bilbao, la espectacular cuarta juventud de nuestros mitos musicales


La suerte de tener al mejor maestro de música que te hace reescuchar y descubrir clásicos. Enterarte de que toca en un festival tu último artista adorado, junto con unas cuantas estrellas de la mejor época del rock. Paladear el cartel del BBK Legends, con Wilko Johnson, Steve Winwood, John Cale, Glenn Hughes y Jeff Beck, entre otros. Leer en una red social a un amigo que se escaparía al festival si pudiera. Pensar que sería una fantástica idea… Y surge la posibilidad… ¿Y si, SÍ?
Efectivamente nos decidimos y allí estuvimos, en la Ola de Sondika para disfrutar de un par de días de conciertos, el viernes 29 y el sábado 30 de junio, con un cartel de campanillas y en una ciudad, Bilbao, a la que siempre hay que volver. ¿Qué podemos decir que no sepáis sobre la belleza de su casco viejo, lo bonito de pasear siguiendo la ría o la amabilidad de su gente? A todo lo que ofrece de bueno la ciudad hay que añadir la estupenda organización de este festival al aire libre, desde el acceso en transporte público (a tan solo tres paradas del centro), con empleados en todas las estaciones que ayudan en lo que haga falta al viajero despistado y al turista (aprende Madrid), hasta el acceso, los puestos de comida, bebida y merchandising, o la cómoda salida del festival. Situado en un entorno privilegiado, el BBK Legends es un festival amable que reconcilia con este tipo de eventos de los que no soy fan. También ayuda estar rodeados de un público maravilloso y ecléctico, de todas las edades y condición, un público que ama de verdad la música y pasa del postureo de muchos de estos saraos. Volveré al público, que tanto ha llamado mi atención, más adelante.
El viernes nosotros comenzamos los conciertos con Wilko Johnson, el incombustible guitarrista de Dr. Feelgood. Acompañado de bajista y batería, vimos a un Wilko que se mantiene en buena forma, una vez que parece superada la grave enfermedad que se le detectó hace unos años. Durante su enfermedad Wilko no ha parado quieto, una muestra es su álbum “Going Back Home”, con Roger Daltrey de los Who. Un lujo escuchar en directo la incombustible “Roxette”, rodeados de árboles y relativamente cerca del escenario, sin agobios ni apreturas. El titán Wilko afortunadamente sigue vivo, coleando y ametrallando al público con su guitarra rojinegra, en lo que es uno de sus gestos más reconocibles en el escenario. Hay que destacar el gran trabajo del bajista Norman Watt-Roy, que no paraba de moverse, con un sonido de bajo contundente e incluso dominante en muchos momentos. Nacido en la India, formó parte del grupo de Ian Dury. Casi nada.

Y llegó el momento de mi actuación más esperada, la del enorme Steve Winwood. Con una larga carrera en solitario e integrante de bandas míticas como Spencer Davis Group, Traffic o Blind Faith, cincuenta años de espléndida carrera son su mejor carta de presentación. Magnífico teclista, más que competente guitarrista y maravilloso cantante de voz negra, el pelirrojo Winwood ha escrito algunas de las páginas más brillantes de la historia del rock. Tenía mucha curiosidad por verlo y no me defraudó. Como sucede con estas figuras, el músico de Birmingham vino a Bilbao acompañado de una gran banda, eso sí, sin bajista. Rich Bailey a la batería, Jose Neto a la guitarra (una curiosidad, sin clavijero), el percusionista Edwin Sanz y Paul Booth, versátil multiinstrumentista que además de tocar saxo, flauta y clarinete y acompañarle en los coros, se pasaba al teclado en las canciones más rockeras, para las que Winwood recuperaba la guitarra. Nuestro ídolo pasó gran parte de la actuación sentado frente a un precioso órgano ¿Hammond? de hechuras sesenteras. Fue un concierto donde predominaron los sonidos jazzísticos y de R&B, con momentos cumbres como “Dear Mr Fantasy” de Traffic y mi canción fetiche “Can´t find my way home”, de Blind Faith, el supergrupo formado con Eric Clapton, Ginger Baker y Ric Grech, un tema que casi encierra una vida dentro de él. También de este irrepetible trabajo, que pude comprar el mes pasado en una feria de disco de ocasión, sonó “Had to cry today”. Puro escalofrío. El mito cerró su actuación con “Gimme some loving”, el gran éxito de su etapa en Spencer Davis Group. Con un repertorio así y tan buena ejecución, poco más se puede hacer que dejarse llevar por una música exquisita y ya atemporal. Winwood, con gafas de vista y una ancha camisa blanca, mantiene buen pulso con los instrumentos y una voz elegante y en perfecta forma. Hubo un problema con el sonido y, ante las quejas de algunos espectadores de primera fila, paró el concierto en la tercera canción para intentar solucionarlo. Las leyendas también se reconocen por su forma de salir del paso de las situaciones, y así sucedió con Winwood, quien no perdió la compostura en ningún momento, prosiguiendo la actuación sin más sobresaltos cuando todo quedó resuelto. Impecable, enorme, bello, un concierto plenamente feliz.
El sábado contamos con la presencia de otros tres míticos intérpretes de la historia del rock. Llegamos con el concierto de John Cale empezado, pero aún nos dio tiempo a escuchar “Waiting for my man”, lo que no es cualquier cosa. Historia viva del rock entre otros motivos por haber fundado con Lou Reed The Velvet Underground, vimos a un Cale con el pelo teñido de rubio y delgado, se mantiene en buena forma a pesar de haber rebasado con creces la séptima década. El músico galés se acompañaba de una banda joven, con la que realizó un sonido de corte experimental, alternando por su parte la ejecución de teclados y guitarra.
Sin que sufriéramos una transición de escenario demasiado larga, mientras se cambiaban los instrumentos vimos desplegarse una colorida tela con el nombre de Glenn Hughes. Otro mito. Bajista y cantante en alguna de las formaciones de Deep Purple en los 70, y cantante de Black Sabbath en los 80, con Hughes llegó el rock duro al escenario de la Ola. Acompañado por una potente y competente banda, cómo no, desplegó su portentosa voz en el escenario. Hughes, que se define como un “atleta vocal”, es poseedor de un registro muy amplio, alcanzando notas muy agudas. Compaginó las voces con el bajo, que abandonó en alguna ocasión en manos de otro miembro de la banda. El público más metalero vibró de lo lindo. Los que lo somos menos y nos perdemos entre los cuatro (¿son cuatro?) Mark, también disfrutamos lo nuestro. Nosotros vimos parte de la actuación sentados cómodamente sobre el césped, pero nos levantamos hacia el escenario cuando sonaron las primeras notas de “Smoke on the water”. Hubo una versión, “Georgia on my mind”, desnuda y emotiva, para acometer lleno de potencia las incombustibles “Highway Star” y “Burn”. El lujo de escuchar en directo temas como estos queda para mi memoria y emoción personal. “No habéis venido a verme, he venido a veros”, afirmaba el músico. El concierto finalizó con la banda abrazada a Glenn, que se mostró como un tipo de lo más afable. “El amor es la respuesta y la música la curación”, nos dijo como despedida.
Y llegó la actuación que pondría fin a la edición de 2018 de este BBK Legends. Era el turno de Jeff Beck, uno de los guitarristas míticos de la época dorada de los sesenta y setenta. Contemporáneo de grandes guitarristas como Eric Clapton, Jimmy Page o Pete Townshend. Beck formó parte de grupos como The Yardbirds, creando más tarde su propia banda, Jeff Beck Group donde militaron músicos como Rod Stewart o Ron Wood. De Beck se suele destacar su eclecticismo, gracias al que experimenta con rock, blues, heavy metal, jazz e incluso música electrónica. Se alaba su perfección en la ejecución del instrumento pero al mismo tiempo se le tacha de cierta frialdad. Opiniones para todos los gustos sobre un músico cuya carrera, ininterrumpida, alcanza ya cinco décadas. Instantes antes de aparecer en escena la megafonía indicaba que no se podían tomar imágenes del concierto, algo poco entendible, teniendo en cuenta que la noche anterior en su concierto madrileño en las Noches del Botánico, sí se habían podido hacer fotos y videos. Sin darnos tiempo para reaccionar, los músicos aparecieron en escena. Nuestras miradas se dirigieron hacia Beck, menudo, con eternas gafas de sol, ancho pantalón blanco, chaleco que dejaba al descubierto sus brazos y pañuelo negro al cuello, repeinado, más tarde se encargaría de despeinarse en la ejecución de uno de sus solos, con la única guitarra que usó durante todo el concierto, una inmaculada Fender blanca. La banda que acompaña a Beck está compuesta, por supuesto, por prestigiosos músicos de estudio. En esta gira no le acompaña la joven australiana Tal Wilkenfeld quien, como he podido leer, actualmente es telonera con su propia banda en la gira de The Who. Su bajista actual es la fantástica Rhonda Smith, quien se llevó muchos aplausos del público, en su haber destaca su trabajo con Prince entre muchas otras luminarias. El batería es Vinnie Colaiuta, quien ha tocado con estrellas como Frank Zappa, Leonard Cohen, Beach Boys o Eric Clapton. Beck ha cambiado los teclados por el cello de Vanessa Freebairn-Smith, con una larga carrera en la que ha tocado con Trent Reznor, Ringo Starr o Dhani Harrison. Aunque gran parte del concierto es instrumental, Beck cuenta con un cantante, Jimmy Hall, nacido en Alabama, para mi gusto un poco torpón en el escenario, aunque realizó una poderosa interpretación de “A Change Is Gonna Come” de Sam Cooke, que finalizó tirándose literalmente al suelo. Muy bonita. Durante el concierto el helado Beck poco a poco fue entrando en calor, empezó a sonreír e incluso tuvo algún gesto cómplice con el público. También sonó el “Little Wing” de Jimi Hendrix y, en lo que fue uno de los momentos más emotivos, el “A day in the life” de los Beatles, emoción total en una demostración de lo indiscutibles que son los fabulosos cuatro de Liverpool. Música inmortal interpretada como homenaje por otro de sus contemporáneos. Precioso. Despedida emotiva y cálida, con un Beck que parecía feliz, y que ofreció el único bis de un Festival donde los tiempos estaban perfectamente medidos.
La tercera o cuarta juventud que están disfrutando los ídolos que por suerte nos quedan vivos, nos está permitiendo descubrirlos en directo a los que éramos pequeños o no habían nacido cuando ellos triunfaban, y a sus seguidores de entonces volver a verles en activo. Una suerte para todos porque la mayoría sigue en un estado de forma envidiable.
Y como colofón, quiero dedicar un comentario especial al público. Envuelto en aromas de pachuli y humo de todo tipo de hierbas, ecléctico, tremendamente respetuoso, entregado y feliz con lo que estábamos viviendo. Una gozada de público. Como rezaba la camiseta que vi a un señor en el tren de regreso: “Seré un abuelo pero aún voy a conciertos chulos”. Un público variopinto, entre el que vi a un señor con pinta de comercial, camisa, rebeca, pantalones de pinzas y zapatos castellanos, encadenando un cigarro tras otro mientras disfrutaba, hierático, de los conciertos de sus ídolos de juventud; o una pareja vestida con ropa de impecable factura y complementos caros, montados en los solos de Jeff Beck, abrazados y con los ojos cerrados; hippies de frondosa melena blanca; jóvenes con los más variados estilismos, incluidas botas de agua con shorts al estilo Glastonbury e innecesarias porque tuvimos la suerte de que en las dos noches no cayera ni una gota; rockeros de aspecto clásico, vaqueros campana, camiseta entallada, ancho cinturón de cuero con medallones metálicos, gafas de sol vintage, grandes patillas y melena con reflejos rubios; y mujeres, muchas mujeres, de todas las edades, maravillosas abuelas rockeras, ninguna acompañante, todas protagonistas, verdaderas locas por la música, de las mías. Qué gusto estar rodeada de un público que paladea estas músicas exquisitas, sin molestas charlas, animando a sus ídolos a gritos, con los ojos cerrados, moviéndose ondulantes, agitando desenfrenadamente la cabeza, con guiños heavies, balanceando los brazos, aullando al escuchar los primeros compases de una de aquellas canciones de su juventud, o al escuchar un riff descubierto entre los discos de los padres (o de los abuelos). Pero siempre, todos, disfrutando desde la absoluta admiración y el respeto. Generando una corriente que retroalimenta a los músicos y al público, en una feliz comunión. Al fin y al cabo eso es la música. Como cantaban The Who, “Long Live Rock (Be It Dead or Alive)”.




“El peor dios”, luces y sombras de Desechables, una banda mítica

Conocí a Desechables hace cuatro años a través de El Sótano de Radio 3. En uno de sus programas Diego R.J. radió una de las canciones de la banda barcelonesa. La curiosidad habitual me llevó a buscar sobre ellos, aunque no podía imaginar la tremenda historia que se escondía tras aquella banda que sacudió el panorama musical español de inicios de los ochenta. Una historia trágica, y de alguna manera épica, que incluye drogas, mala fortuna e incluso una de las muertes más absurdas de la historia del rock.
El trío formado por Tere, Pei y Miguel lo tenían casi todo para triunfar: juventud, actitud, descaro, una imagen bien chula y sobre todo a una de las cantantes más fascinantes que ha dado la música española de todas las épocas, a la altura de cualquiera de las divas internacionales. Tere, de 14 años cuando se creó la banda, poseía el estilo perfecto, delgada y andrógina, de rostro anguloso, pelo corto e imagen atemporal. A pesar de su juventud, era una mujer que exudaba sexualidad y poderío en el escenario. Los tres, jóvenes, bellos y malditos, se agarraron a la música para escapar del aburrimiento y de la mediocridad del entorno. No tenían medios, no sabían tocar ni cantar, pero ¿quién lo necesitaba?, con actitud se podía superar todo, y ellos la poseían a raudales. No eran un producto fabricado, eran auténticos, ellos se inventaron, en otro fascinante ejemplo del “hazlo tú mismo” que mandó en la época.
¿Qué podía salir mal? Pues casi todo.
La historia de la malograda banda de Vallirana fue recogida el año 2013 en un espléndido documental realizado por Alejandro Montes, Daniel Arasanz y Nico Tarela, y que ha podido verse en el ciclo Mujeres Hechas de Punk programado en la Cineteca de Matadero. Conocemos a Desechables través de fotos, recortes de prensa, imágenes de archivo (algunas muy difíciles de encontrar como las de sus actuaciones en Francia) y extensas conversaciones con los dos miembros que quedan con vida, Tere y Pei, además de la participación de los periodistas Jesús Ordovás, uno de sus valedores en Madrid, y Jaime Gonzalo, quien trató al grupo en sus inicios; los músicos Ángel Altolaguirre y Enano, quienes formaron parte de la banda en diferentes etapas o la fotógrafa Ana Torralva, autora de la foto donde Tere aparece con los ojos vendados y los pechos desnudos sobre un plato que sería portada del disco “Buen ser-vicio”. Además se leen diferentes testimonios de quien fuera manager de la banda, Esteban Torralva, fallecido en 2005.
Al trío original, a los Desechables primigenios, se les ha definido como austeros, primitivos y salvajes. Lo eran en cuanto a sonido, a vestimenta y a forma de estar en el escenario. La guitarra de Miguel y la reducida batería de Pei, que solía tocar de pie poco más que la caja y un plato, tan solo se complementaban con la voz de Tere, con sus aullidos, gritos, gemidos, susurros y espasmos. Y su imponente presencia. No hacía falta más. Vestidos, o desvestidos, normalmente de negro o gris oscuro, sin estampados ni colores de ninguna clase, el único color lo aportaba la sangre (real) que se aprecia en algunas de las fotos del grupo. Hebillas, tachuelas, y para Tere cuero, lencería, tirantes, medias de rejilla y botines. Me sorprende la elegancia atemporal que mostraban, en especial en sus primeros tiempos.
La historia de Desechables es también un reflejo del escueto panorama musical de la Barcelona de inicios de los 80. La banda fue llamada a Madrid, cuna de la nueva ola nacional, donde se encontraron y unieron a Esteban Torralva. En la capital también recibieron el apoyo del sello Tres Cipreses de Ana Curra y Eduardo Benavente; de Jesús Ordovás, que les abrió las puertas del Diario Pop, y se les abrieron las puertas de la Sala Rock-Ola. Arrasaron en varias actuaciones en Francia y, cuando iban a grabar su primer disco en directo, llegó la tragedia. Miguel fue asesinado por un joyero al que había entrado a atracar armado con una pistola de juguete. Un hecho incomprensible y estúpido que marcaría para siempre al grupo. Finalmente se rescataron conciertos y las actuaciones francesas y se editó el primer LP de la banda “Golpe tras golpe” (1984). Con Miguel sólo lograron grabar un single en estudio. “Sólo pienso en la sangre que calmará mi sed”, “Quiero salir de este maldito agujero”, “No me consigues divertir”, “Llorad, que no sois nada. Llorad, que vais a palmar”, grita más que canta Tere. El grupo arroja con crudeza caos y angustia vital desde los surcos del disco, reeditado décadas después por Munster Records.
El puesto de Miguel fue cubierto por Enano, el hermano de Pei, y siguieron adelante. Lastrados por la tragedia, las adicciones y una falta de ambiciones crónica, el grupo aún aguantó varios años, sacando algún disco de estudio, como el que grabaron en los estudios de Radio Nacional, “Nadaquentender” (1987). Una producción cuidada no era tal vez lo más adecuado para un grupo como Desechables, así que el disco pasó bastante desapercibido. La banda, que llegaría a tener en algún momento hasta siete miembros, se terminará separando. Todo había terminado.
 “El peor dios” es un documental que huye de mitomanías y amarillismos, y eso que la historia podría dar para mucho, con unos Tere y Pei enormemente lúcidos, que no rehúyen ningún aspecto de su vida, y que asumen las sombras pero también las luces. Al fin y al cabo también hubo mieles en una carrera plagada de baches y contratiempos pero que les permitió escapar de una vida que no les gustaba, viajar o conocer a algunos de sus ídolos como The Cramps o Johnny Thunders, con quien tuvieron alguna que otra anécdota curiosa en Zaragoza en los últimos tiempos de la banda. Sin duda el enorme esfuerzo que han realizado sus directores ha merecido la pena y se nota el esfuerzo y el cariño que se ha puesto en el trabajo. Tere y Pei se muestran cómodos ante la cámara, lo que contribuye a que se sinceren sin rehuir ningún tema. Se agradece su disposición y el tono respetuoso que mantienen los directores durante todo el metraje. Incluso en momentos muy emotivos como cuando Pei y Tere se reencuentran con el hermano de Miguel, tras veinte años sin verse, y Tere le lleva la guitarra que tocaba el malogrado músico. En definitiva, luces y sombras de una banda mítica.


De un tiempo libre a esta parte. Mirada sin nostalgia a un Madrid adolescente y musical


Madrid era adolescente... saliendo de una infancia negra y con los excesos típicos de la edad. (Monje)
A principios de este año 2018 acudimos a un concierto punk en una céntrica sala de Madrid. Por circunstancias, aquel concierto inspiró Un pato de plástico, relato que disfruté mucho escribiendo, además de un collage y el descubrimiento de mucha música, cine y libros. Por esas extrañas conexiones, mientras que me documentaba para situar a mi protagonista Coco en el Madrid de 1983, me topé con el documental “De un tiempo libre a esta parte”. Me llamó la atención aquel audiovisual dirigido por Beatriz Alonso Aranzábal, porque parecía tener mucho en común con lo que yo estaba escribiendo. Por fin he podido ver el documental en el Ciclo Mujeres Hechas de Punk en la Cineteca del Matadero de Madrid y comprobar que no andaba desencaminada.
El documental, realizado en 2015, hace un recorrido por los inicios de lo que fue la nueva ola madrileña a finales de los 70 y principios de los ochenta del siglo pasado. Se centra en los testimonios de una serie de protagonistas que no fueron primeras figuras entonces pero si ocuparon su sitio como creadores y espectadores en un momento de efervescencia del “hazlo tú mismo” en el país. Nuevos aires que llegaban desde el exterior a la todavía entonces cerrada frontera española, una nación con un pasado inmediato aburrido y esclerótico que estaba empezando a desperezarse tras la muerte del dictador. Beatriz destaca la importancia que tenía entonces la creatividad por encima de la técnica o el virtuosismo. La inquietud por hacer cosas primó entre aquellos jóvenes que se lanzaron a hacer la música que querían hacer, sin pensar en un éxito o en un futuro que entonces, como ahora, no existía. La propia Beatriz tocaba el teclado en una banda, Los Monaguillosh, que llegó a aparecer en La Edad de Oro de Paloma Chamorro en junio de 1983.
Dicen que “El pasado no existe”. En el documental se recuerda de manera amable y divertida una época juvenil, pero todos los que intervienen coinciden en señalar que  no lo hacen desde la nostalgia. Así, la directora tiene el acierto de finalizar el documental con los proyectos actuales de cada uno de ellos. Algunos de los protagonistas del documental son, entre otros, Joaquín Rodríguez, bajista de los Nikis, de actualidad con su libro su libro “NPI de música”, opina con lucidez que cada generación piensa acertadamente que su juventud fue la mejor; Rafa Notario de Ángeles Caídos, aún se muestra con ganas de molestar y de llevar ropa chula; Clara Morán de Oviformia, recuerda una accidentada actuación de su banda pocos días después del golpe de estado del 23F; Juan Antonio Nieto de Alphaville, muy crítico con la movida “oficial” y con fenómenos como “Operación Triunfo”; Jesús Amodia de PVP, banda de Carabanchel que coqueteó con el after-punk con irregular éxito; Arturo Lanz de Aviador Dro y Esplendor Geométrico, abanderados en España de la música industrial; Marta Cervera de Aviador Dro, que se mantiene muy actual y lúcida ante lo que pueda deparar el futuro y que comenta que sólo se subía a un escenario porque de alguna manera lo hacían enmascarados, o Almudena de Maeztu, bajista de Las Brujas (un grupo de chicas que sólo tocó una vez), Alphaville y La Mode.
Madrid era entonces algo así como un pueblo grande. Y era diferente, no tengo claro si sólo para peor, pero desde luego diferente. En aquel Madrid en blanco y negro que se sacudía como podía los cuarenta años de dictadura, hubo un cierto vacío cuando los poderes fácticos se mostraban más interesados en dejar bien atados los aspectos políticos y financieros de aquella transición. Esa brecha fue aprovechada por los jóvenes de entonces, deseosos de experiencias y apertura. En el documental cuentan cómo se reconocían entre ellos en la calle o en el metro. En aquel Madrid uniformado, donde “sólo se vestía de azul y gris”, saltaba la alerta por unas chapas, unos pantalones de rayas, unos zapatos o unas tachuelas. En aquellos momentos en Madrid estaba todo por hacer culturalmente hablando, no había tiendas de ropa, discos o instrumentos. Los jóvenes se buscaban las mañas para crear su propio mundo, leyendo las pocas revistas de fuera que llegaban, haciéndose su propia ropa y estilismos o tirando de los “afortunados” que podían viajar a Londres, el lugar hacia donde todos ellos dirigían la vista. La directora, cuando se afirma desde el público que ahora estamos peor, parece querer decir “no sabéis lo que era aquello”.
El documental huye de los artistas de más renombre, sobre ellos ya se ha escrito y hablado mucho, como explica Beatriz. Pero sí se recuerdan muchos de los conciertos más sonados de aquella época como el de Los Ramones en Vista Alegre con Nacha Pop de teloneros en septiembre de 1980, el concierto de The Clash en el Pabellón del Real Madrid en abril del 81, Siouxie o Doctor Feelgood, o las salas más conocidas de entonces, el Marquee y sobre todo el Rock-Ola.
Todos los protagonistas se ponen de acuerdo en que el final de aquella época tuvo lugar entre 1983 y 1985, y estuvo marcado por hechos como la desgraciada muerte de Eduardo Benavente en accidente de tráfico, el incendio de la discoteca Alcalá 20 o el cierre del Rock-Ola, coincidiendo con el inicio de la movida “promovida” u oficial, de la que todos ellos reniegan.
La proyección en el Matadero y posterior coloquio ha contado con la presencia del periodista musical Jesús Ordovás, Neus Arboles, batería de Las Brujas y Las Chinas, además de algún que otro protagonista del documental.
En definitiva, más que recomendable este “De un tiempo libre a esta parte”, un documental que recoge muy bien una época que muchos no vivimos pero que nos interesa y que de alguna forma nos hizo como ahora somos. Una parte de nuestra historia más reciente contada sin nostalgias ni mitologías huecas. Porque cualquier tiempo pasado fue… pasado.
MUJERES HECHAS DE PUNK. Ciclos Cineteca + Exposición. Matadero de Madrid. Programado por Nuria Triana Toribio y Cristina Garrigós González. Desde el 25 de junio 2018 al 01 de julio 2018.

Duelo de Eduardo Halfon, un pulso con la identidad y la vida


Una madre y sus dos hijos pequeños entran en el vagón de metro. Enseguida se aprecia rivalidad entre los hermanos. El mayor pincha al pequeño, por cómo canta una canción del colegio, por su postura, por sentarse cuando hay un sitio libre, le amenaza con no compartir con él una pelota, en fin no le deja parar. Curiosamente, me acompaña un libro, “Duelo” de Eduardo Halfon, donde he leído alguna escena muy similar a la que estoy presenciando.
Este autor guatemalteco nos visita en una sesión del Gabinete de Lectura de La Central de Madrid. Tengo la suerte de sentarme muy cerca de él, lo que me permite observar sus gestos, su perenne sonrisa, notar el gusto con el que habla sobre los recovecos de su obra o cómo juega al despiste con nosotros cuando le preguntamos si alguna historia de las que aparecen en el libro sucedió como la cuenta o no. Halfon se ha convertido en un fenómeno editorial del que todo el mundo habla y su obra está siendo traducida a diferentes idiomas, síntoma de la extensión de su éxito. La narrativa de Halfon se inscribe, aunque él no se muestra muy de acuerdo, en eso que se denomina “autoficción”, obras en las que, sin ser memorias ni diarios, el yo ocupa un lugar central de la narración. Como afirma la periodista Paula Corroto, “Los libros de Eduardo Halfon siempre mantienen un pulso con la identidad. Es parte de su vida”.
El autor nos explica que su propia historia es el telón de fondo pero lo que sucede es invención. “No quiero compartir mi historia sino emociones”. Reflexiona sobre que este libro no es de memorias ni tampoco autoficción. “Yo firmo un contrato de ficción con los lectores, pero a los lectores, desde el inicio, se les olvida”. “Yo no sé por qué hago esto”, confiesa, “me valgo de trucos para que el lector venga conmigo y para transmitirle una emoción”.
Aunque Halfon niega que el narrador sea él. Se trata, dice, de “el otro Eduardo Halfon”. Un Eduardo Halfon que fuma, mientras que el verdadero no fuma, aunque veo una foto en la red donde tiene encendido un cigarro. Como nos explica el autor sus libros conforman un proyecto que nace con “El boxeador polaco”, libro que reúne cinco cuentos hilvanados y narrados por una misma voz. Se trata de episodios de la vida del narrador donde se colaba la historia en Auschwitz del abuelo del autor, historia que también aparece en “Duelo”. Los cuentos de “El boxeador polaco” se pueden leer casi como una novela. A la vez, uno de los cuentos, “Fumata blanca”, se vuelve capítulo en “Monasterio”. De esta forma, “El boxeador polaco” ha generado otros libros, resultando una especie de “libro madre, que ha engendrado a otros”. En las traducciones de “El boxeador polaco” se incluyen los otros libros, de manera que se han publicado como una unidad.
Para esta obra el autor ha elegido un título que tiene diferentes connotaciones. Se refiere al duelo entre hermanos enfrentados, al duelo causado por la muerte y al duelo referido a dolor, un dolor por un país y por la infancia perdida, un juego de palabras que no es fácil mantener en las traducciones a otros idiomas. “Duelo” es el quinto libro de ese proyecto o conjunto de libros que el autor ha ido escribiendo como una especie de novela por entregas, aunque sin planificar. “Ahora no sé qué va a pasar”, confiesa Halfon al ser preguntado por nuevos proyectos. El autor explica que en realidad la escritura es una búsqueda de algo, su protagonista está desorientado, “tal vez si lo encuentra, acabe la escritura”.
Una de las cosas que más me interesan de cuando vienen los autores al Gabinete son las apreciaciones sobre su manera de crear que a veces nos regalan. Eduardo Halfon nos confiesa el momento exacto del nacimiento del libro, que tiene claro en la memoria. Fue en agosto de 2015 en Guatemala, donde aún viven sus padres. En uno de sus viajes al país volvió a preguntar a su padre por su desaparecido hermano Salomón. A pesar de que el padre le prohibió que escribiera sobre aquello, lo que ha quedado reflejado en la contraportada del libro, el autor siguió adelante con la historia. “Me gustó el misterio, el tono. Sabía que podía ofender por sacar la historia de la familia, una historia prohibida que iba a generar un problema con ellos, que iba a molestar. Pero no podía evitarlo. Cuando me prohíben algo, me lanzo”, confiesa, travieso, Halfon. La historia del hermano de su padre, Salomón, al que Eduardo niño creyó ahogado en el lago, es determinante en la historia. “El recuerdo no lo tengo claro, no sé si me inventé la historia o la mezclé, o si mi abuela quería desviar la atención”. Aunque la realidad de lo que sucedió a Salomón fue bien distinta. “Lo que sí está claro es que Salomón murió en Nueva York y murió solo, mi abuela no viajó entonces”.
La obra de Halfon está influida por su país de nacimiento, Guatemala, y por la religión. “Mi familia tiene un problema con que yo sea crítico con el judaísmo y con Israel”. Sin embargo, Eduardo reconoce que su rechazo hacia su país y hacia su religión son dos ejes de este libro aunque le interesan desde el punto de vista literario, como factor de identidad. “Me queda el sentido del humor judío y el erotismo” pero confiesa que “los uso en el momento menos adecuado”. También es influencia judía la oralidad, un aspecto que se refleja en la forma en que el autor escribe.
El lago es una metáfora poderosísima, “que se traga niños pero que también es una salvación”. Los lectores destacamos en el Gabinete la excelencia que alcanza la escritura de esta parte de la novela. El narrador entra al lago al final del libro, un lago contaminado e irremediablemente enfermo, en una especie de purificación en medio de aquellas aguas pútridas. Quiero destacar el potente personaje de Doña Ermelinda, la “bruja”, “hechicera” o “santera”, cómo denominarla, un personaje enigmático, lleno de sabiduría, y al que Halfon describe de tal manera que nos hace sentirla a nuestro lado mientras leemos.
En el libro conviven dos ejes principales: las memorias de la infancia y el presente, cuando el protagonista acude al lago. Una opción era dividir el libro en dos partes y otra, la elegida, intercalar las dos historias, para lo que se requiere la atención y la participación del lector. Además introduce elipsis llevándonos hasta Polonia y Berlín. Nueva York y la búsqueda de la tumba de Salomón fue en algún momento un tercer eje por donde el autor pensó que se podría encaminar el libro, aunque luego lo descartó. De alguna manera el personaje de Salomón es una excusa para hablar de otras cosas.
Halfon reconoce que escribe “como cuentista, más que como novelista”. Nos explica que se deja llevar por la intensidad y la expresividad, sin saber hasta dónde va a llegar. “Trato de no imponerme yo sobre la historia, de no controlarla”, algo que va en contra de su naturaleza de ingeniero. A pesar de todo, reconoce que el interior de sus cuentos sí tiene una estructura muy trabajada. El autor consigue condensar mucha información en pocas páginas. Confiesa que escribió el libro muy rápido. En unos cinco meses tenía el primer borrador, que trabajó durante año y medio. El mayor trabajo fue cuidar el lenguaje, la musicalidad, la concisión y la claridad.
Explica que su propia historia es el telón de fondo pero lo que sucede es invención. “No quiero compartir mi historia sino emociones”. Reflexiona que este libro no es de memorias ni tampoco autoficción. “Yo firmo un contrato de ficción con los lectores, pero a los lectores, desde el inicio, se les olvida”. “Yo no sé por qué hago esto”, confiesa, “me valgo de trucos para que el lector venga conmigo y para transmitirle una emoción”.
Halfon nos habló de su nada convencional descubrimiento de la literatura. Sucedió cons 28 años, a su regreso a Guatemala, de donde salió siendo aún niño con sus padres en dirección a EEUU. Había estudiado ingeniería y nunca se había interesado por la lectura. El regreso coincidió con una crisis personal. Comenzó a estudiar en su país de origen Filosofía y Letras y se topó con la narrativa. A partir de ahí, leyó todo lo que estaba en sus manos. Empezar a escribir sus propias historias formó parte de un proceso de alguna manera natural. “Me llené de libros y lo que rebosó fue la escritura. Fue accidental”.
El autor se encontraba en Madrid para la promoción de un nuevo libro, en este caso ilustrado, “Oh gueto mi amor”, con ilustraciones de David de las Heras. En esta obra vuelve a aparecer la historia de su abuelo, salvado por un boxeador polaco en Auschwitz. El nieto realiza un peregrinaje a la tierra de sus ancestros en busca de su identidad. “Oh gueto mi amor” fue originalmente un relato incluido en la antología “Signor Hoffman” (2015).
Eduardo Halfon fuma

El ansia. Eternidad sin descanso ni escapatoria


– Mátame. Libérame – dice John.
– No hay liberación. Ni descanso. No hay escapatoria – responde Miriam.
Porque lo de la vida eterna “tenía truco”. Miriam está condenada a vivir eternamente, sin fin, y siempre necesita de alguien a su lado que lo comparta con ella.
– Me buscarás – le dice a Sarah –. Cuando el ansia duela tanto y yo te tenga que enseñar cómo aplacarla.
Pero Sarah tendrá otros planes.
“El ansia” es una película de 1983 dirigida por Tony Scott y con un deslumbrante trío protagonista: Catherine Deneuve, Susan Sarandon y David Bowie. Una película de vampiros que en su día no recibió muy buenas críticas, algunas fueron incluso feroces, pero que se convirtió con los años en una película de culto. Los actores, la estética, la combinación de delicadas piezas de música clásica con destacados artistas de música contemporánea, el vestuario y la ambientación, lograron que la película no sólo haya sobrevivido al paso del tiempo sino que  tenga un club de rendidos fans a lo largo del mundo.
El inicio de la película deja sin aliento, con un montaje fragmentado y un ritmo perfecto, que presenta todas las claves del drama en pocos minutos. En este inicio se sugiere más que se cuenta, pero logra situarnos a la perfección en lo que vamos a ver en los siguientes minutos. Luego la película baja de intensidad, transcurriendo de forma más apagada y lenta. Gran culpa de ese colosal inicio la tiene el grupo Bauhaus. Vemos a la pareja de vampiros formada por Miriam y John llegando a un club nocturno donde hay una actuación que resulta ser de la banda de Peter Murphy. Bauhaus, banda británica nacida en 1978, interpreta uno de sus grandes éxitos, la exquisita “Bela Lugosi's Dead”, maravilloso exponente de lo que fue el after-punk. Casi nada. La canción y la felina interpretación del cantante es uno de los puntos fuertes de la cinta y una de esas secuencias que está fija en la retina de muchos aficionados a la música y al cine. Soberbio inicio.
Miriam es una vampira cuyo origen se remonta al antiguo Egipto. Su vagar sin fin a lo largo de la historia le lleva a buscar parejas que la acompañen en su inagotable recorrido. Miriam, como ser inmortal, es “dueña” de su tiempo, como ella misma afirma. Bella y helada, su egoísmo le lleva a utilizar a sus compañeros sin miramientos. Se fija en su nuevo acompañante humano coincidiendo con el envejecimiento del que le acompaña, sin asomo de compasión por quien ha estado junto a ella durante siglos. Cuando el proceso es irreversible se deshace de ellos sin remordimiento alguno. Y es que la promesa de lo nuevo resulta demasiado atrayente para ella.
Miriam y John, cuyos rostros se funden y confunden en escenas del pasado, han vivido una relación tórrida que se vuelve hielo cuando él comienza a envejecer a pasos agigantados. El final está cerca. El nuevo fuego será para Sarah. Miriam se fija en ella y la hechiza, la nueva presa empezará a verla en todas partes. Como en realidad sucede con la persona amada cuando comienza el cortejo.
Como en el film de Jim Jarmusch “Sólo los amantes sobreviven”, película que guarda muchas similitudes con “El ansia”, estos vampiros ochenteros no tienen afilados colmillos ni muerden el cuello de sus víctimas. Algo tan carnal y pringoso no va con ellos. Para cazar usan un anj egipcio, a modo de colgante, la cruz egipcia que curiosamente era un símbolo de vida. En el Antiguo Egipto se relacionaba con la vida después de la muerte y la búsqueda de la inmortalidad. Todo encaja.
Si bien se le pueden poner peros en cuanto a la historia y a la planificación de las escenas, “El ansia” es una sucesión de buen gusto, sustentado especialmente en la puesta en escena, la música y el vestuario. Habrá espectadores a los que esto les parezca un tostonazo pero yo, que en el fondo llevo una pequeña esteta dentro, he disfrutado de lo lindo con las flores, la música, las estatuas y la ropa. Vamos por partes.
El vestuario es obra de la grandísima Milena Canonero, directora de vestuario habitual de Francis Coppola, y de películas como La naranja mecánica, Barry Lyndon, Carros de fuego, Dick Tracy o ese derroche de rosa, puntillas, lazos y pelucas que es la Maria Antonieta de Sofía Coppola. La ropa que aparece en la película está diseñada a partir de una escueta gama de negros, blancos y grises, el color sólo lo pondrá la sangre. Otro aliciente es el indiscutible dandismo de Bowie, bello a rabiar con sus sombreros, gabardinas e impecables trajes, que tampoco tenemos mucho tiempo de disfrutar porque en pocos minutos comienza su imparable decadencia y ya lo más destacado de nuestro héroe será un logrado maquillaje que le echa setenta años encima. Susan Sarandon, radiante y andrógina, con su llameante pelo impecablemente cortado, viste trajes de corte recto, pantalones de talle alto e impecables abrigos cruzados, destacando la espectacular chaqueta larga de tela brillante con la que recorre, enajenada, las calles de Nueva York. Pero el punto fuerte lo pone Catherine Deneuve, vestida por su adorado Yves Saint Laurent, con quien inició una larga y productiva asociación desde que el modisto le diseñara el vestuario para la película de Buñuel “Belle de jour”. En la película Deneuve luce espléndida impecables trajes de chaqueta con hombreras, abrigos que son pura arquitectura, delicadas blusas y complementos divinos, pulseras, broches, anillos y pendientes (los de lágrima de azabache son una belleza). Con cierta influencia del vestuario que lucían las divas de Hollywood de los años cuarenta, en algún momento el público español puede recordar a nuestra Martirio, en los looks de gafas oscuras y sombreritos con velo.
La puesta en escena se recrea en la mansión donde vive Miriam en Nueva York. Escaleras, cuadros, lámparas de cristal, estatuas egipcias, bustos romanos de evidente parecido con la dueña de la casa, ramos de flores, jarrones con calas, y sobre todo cortinas, decenas de cortinas y velos que acaban poniendo de los nervios al fan más entregado. Un derroche de decadente exquisitez.
La música es una pieza clave en la película. La magnífica banda sonora combina piezas de Schubert, Bach o Ravel, con la ya nombrada Bela Lugosi’s Dead de Bauhaus y temas de Iggy Pop como “Funtime”, que suena en la escena del ochentero patinador que sufre un envite de un ya caducado John. El refinamiento de la pareja de vampiros se refleja también en su amor por la música clásica, ambos disfrutan interpretando piezas en la gran sala de la mansión, John toca el contrabajo y Miriam el piano. En varios sitios de internet se puede consultar la música que aparece en la película. Así podemos escuchar la 'Suite nº 1' de Bach, para recordar los momentos felices cuando Miriam y John comenzaban su romance; el Miserere de Allegri; el Dueto de las Flores de 'Lakme', ópera de Léo Delibes que utiliza Miriam para seducir a Sarah, en una de las escenas más comentadas de “El ansia”; o el Trio in E Flat, Op. 100 de Schubert, la pieza de piano utilizada también en el Barry Lyndon de Stanley Kubrick, composición alrededor de la que gira la película, que primero refleja el amor de Miriam hacia John y posteriormente como ese amor volverá a repetirse pero hacia la otra protagonista. Los temas instrumentales compuestos para la película son obra de Michel Rubini y Denny Jaeger, piezas que marcan los momentos de intriga y desasosiego, y que utilizan, entre otros instrumentos, sintetizadores y vientos.
Se ha tachado a “El ansia” de anuncio de largo metraje, de videoclip kitsch, defectos con los que definen gran parte de la obra del director, pero lo cierto es que esta metáfora sobre el envejecimiento, tiene muchos puntos para verla con agrado y para mantenerla en la memoria.– Mátame. Libérame – dice John.
– No hay liberación. Ni descanso. No hay escapatoria – responde Miriam.
Porque lo de la vida eterna “tenía truco”. Miriam está condenada a vivir eternamente, sin fin, y siempre necesita de alguien a su lado que lo comparta con ella.
– Me buscarás – le dice a Sarah –. Cuando el ansia duela tanto y yo te tenga que enseñar cómo aplacarla.
Pero Sarah tendrá otros planes.
“El ansia” es una película de 1983 dirigida por Tony Scott y con un deslumbrante trío protagonista: Catherine Deneuve, Susan Sarandon y David Bowie. Una película de vampiros que en su día no recibió muy buenas críticas, algunas fueron incluso feroces, pero que se convirtió con los años en una película de culto. Los actores, la estética, la combinación de delicadas piezas de música clásica con destacados artistas de música contemporánea, el vestuario y la ambientación, lograron que la película no sólo haya sobrevivido al paso del tiempo sino que  tenga un club de rendidos fans a lo largo del mundo.
El inicio de la película deja sin aliento, con un montaje fragmentado y un ritmo perfecto, que presenta todas las claves del drama en pocos minutos. En este inicio se sugiere más que se cuenta, pero logra situarnos a la perfección en lo que vamos a ver en los siguientes minutos. Luego la película baja de intensidad, transcurriendo de forma más apagada y lenta. Gran culpa de ese colosal inicio la tiene el grupo Bauhaus. Vemos a la pareja de vampiros formada por Miriam y John llegando a un club nocturno donde hay una actuación que resulta ser de la banda de Peter Murphy. Bauhaus, banda neogótica británica nacida en 1978, interpreta uno de sus grandes éxitos, la exquisita “Bela Lugosi's Dead”, maravilloso exponente de lo que fue el post punk. Casi nada. La canción y la felina interpretación del cantante es uno de los puntos fuertes de la cinta y una de esas secuencias que está fija en la retina de muchos aficionados a la música y al cine. Soberbio inicio.
Miriam es una vampira cuyo origen se remonta al antiguo Egipto. Su vagar sin fin a lo largo de la historia le lleva a buscar parejas que la acompañen en su inagotable recorrido. Miriam, como ser inmortal, es “dueña” de su tiempo, como ella misma afirma. Bella y helada, su egoísmo le lleva a utilizar a sus compañeros sin miramientos. Se fija en su nuevo acompañante humano coincidiendo con el envejecimiento del que le acompaña, sin asomo de compasión por quien ha estado junto a ella durante siglos. Cuando el proceso es irreversible se deshace de ellos sin remordimiento alguno. Y es que la promesa de lo nuevo resulta demasiado atrayente para ella.
Miriam y John, cuyos rostros se funden y confunden en escenas del pasado, han vivido una relación tórrida que se vuelve hielo cuando él comienza a envejecer a pasos agigantados. El final está cerca. El nuevo fuego será para Sarah. Miriam se fija en ella y la hechiza, la nueva presa empezará a verla en todas partes. Como en realidad sucede con la persona amada cuando comienza el cortejo.
Como en el film de Jim Jarmusch “Sólo los amantes sobreviven”, película que guarda muchas similitudes con “El ansia”, estos vampiros ochenteros no tienen afilados colmillos ni muerden el cuello de sus víctimas. Algo tan carnal y pringoso no va con ellos. Para cazar usan un anj egipcio, a modo de colgante, la cruz egipcia que curiosamente era un símbolo de vida. En el Antiguo Egipto se relacionaba con la vida después de la muerte y la búsqueda de la inmortalidad. Todo encaja.
Si bien se le pueden poner peros en cuanto a la historia y a la planificación de las escenas, “El ansia” es una sucesión de buen gusto, sustentado especialmente en la puesta en escena, la música y el vestuario. Habrá espectadores a los que esto les parezca un tostonazo pero yo, que en el fondo llevo una pequeña esteta dentro, he disfrutado de lo lindo con las flores, la música, las estatuas y la ropa. Vamos por partes.
El vestuario es obra de la grandísima Milena Canonero, directora de vestuario habitual de Francis Coppola, y de películas como La naranja mecánica, Barry Lyndon, Carros de fuego, Dick Tracy o ese derroche de rosa, puntillas, lazos y pelucas que es la Maria Antonieta de Sofía Coppola. La ropa que aparece en la película está diseñada a partir de una escueta gama de negros, blancos y grises, el color sólo lo pondrá la sangre. Otro aliciente es el indiscutible dandismo de Bowie, bello a rabiar con sus sombreros, gabardinas e impecables trajes, que tampoco tenemos mucho tiempo de disfrutar porque en pocos minutos comienza su imparable decadencia y ya lo más destacado de nuestro héroe será un logrado maquillaje que le echa setenta años encima. Susan Sarandon, radiante y andrógina, con su llameante pelo impecablemente cortado, viste trajes de corte recto, pantalones de talle alto e impecables abrigos cruzados, destacando la espectacular chaqueta larga de tela brillante con la que recorre, enajenada, las calles de Nueva York. Pero el punto fuerte lo pone Catherine Deneuve, vestida por su adorado Yves Saint Laurent, con quien inició una larga y productiva asociación desde que el modisto le diseñara el vestuario para la película de Buñuel “Belle de jour”. En la película Deneuve luce espléndida impecables trajes de chaqueta con hombreras, abrigos que son pura arquitectura, delicadas blusas y complementos divinos, pulseras, broches, anillos y pendientes (los de lágrima de azabache son una belleza). Con cierta influencia del vestuario que lucían las divas de Hollywood de los años cuarenta, en algún momento el público español puede recordar a nuestra Martirio, en los looks de gafas oscuras y sombreritos con velo.
La puesta en escena se recrea en la mansión donde vive Miriam en Nueva York. Escaleras, cuadros, lámparas de cristal, estatuas egipcias, bustos romanos de evidente parecido con la dueña de la casa, ramos de flores, jarrones con calas, y sobre todo cortinas, decenas de cortinas y velos que acaban poniendo de los nervios al fan más entregado. Un derroche de decadente exquisitez.
La música es una pieza clave en la película. La magnífica banda sonora combina piezas de Schubert, Bach o Ravel, con la ya nombrada Bela Lugosi’s Dead de Bauhaus y temas de Iggy Pop como “Funtime”, que suena en la escena del ochentero patinador que sufre un envite de un ya caducado John. El refinamiento de la pareja de vampiros se refleja también en su amor por la música clásica, ambos disfrutan interpretando piezas en la gran sala de la mansión, John toca el contrabajo y Miriam el piano. En varios sitios de internet se puede consultar la música que aparece en la película. Así podemos escuchar la 'Suite nº 1' de Bach, para recordar los momentos felices cuando Miriam y John comenzaban su romance; el Miserere de Allegri; el Dueto de las Flores de 'Lakme', ópera de Léo Delibes que utiliza Miriam para seducir a Sarah, en una de las escenas más comentadas de “El ansia”; o el Trio in E Flat, Op. 100 de Schubert, la pieza de piano utilizada también en el Barry Lyndon de Stanley Kubrick, composición alrededor de la que gira la película, que primero refleja el amor de Miriam hacia John y posteriormente como ese amor volverá a repetirse pero hacia la otra protagonista. Los temas instrumentales compuestos para la película son obra de Michel Rubini y Denny Jaeger, piezas que marcan los momentos de intriga y desasosiego, y que utilizan, entre otros instrumentos, sintetizadores y vientos.
Se ha tachado a “El ansia” de anuncio de largo metraje, de videoclip kitsch, defectos con los que definen gran parte de la obra del director, pero lo cierto es que esta metáfora sobre el envejecimiento, tiene muchos puntos para verla con agrado y para mantenerla en la memoria.



Al final siempre ganan los monstruos, una novela punk de Juarma


Nadamos ríos de lluvia, literalmente, para recoger en correos la primera novela de Juarma “Al final siempre ganan los monstruos”. Nos sorprende un diluvio a la salida de la oficina, acompañado por una batería de rayos y truenos. Protejo el libro con mi cazadora porque he visto en las redes que otro ejemplar llegó empapado a su destino y no quiero que al mío le suceda lo mismo. Intentamos cobijarnos bajo un balcón pero ya estamos chorreando. Echamos a correr hacia una sucursal bancaria, temo caerme. Esperamos allí un rato, relampaguea con violencia y el sonido da miedo. No queremos esperar más, total, ya estamos calados. Echamos de nuevo a correr hasta casa, no puedo apenas abrir los ojos, la cortina de agua sigue cayendo sobre nosotros. Menos mal que nos da por reír. Llegamos a nuestro portal como si nos hubiéramos tirado vestidos a una piscina. Los vecinos se nos quedan mirando. Al fin en casa, helados, echamos la ropa a lavar, nos secamos el pelo y nos pegamos al radiador. Pero el libro está seco.
Vaya inicio más punk.
Perdida la esperanza, perdida la ilusión/ los problemas continúan, sin hallarse solución/ Nuestras vidas se consumen, el cerebro se destruye/ nuestros cuerpos caen rendidos, como una maldición/ El pasado ha pasado y por el nada hay que hacer/ el presente es un fracaso y el futuro no se ve/ La mentira es la que manda, la que causa sensación/ la verdad es aburrida, puta frustración.
Pienso que la letra de “Cerebros destruidos” de Eskorbuto es un resumen redondo de “Al final siempre ganan los monstruos”, primera novela de Juarma, escrita, editada y prácticamente agotada en tiempo récord. Porque así hace las cosas el artista de Deifontes, con rabia y determinación, apretando los dientes y sin pensárselo más de la cuenta. “Estoy agotado. Contento pero rabioso a la vez. Me gustaría que hubiese sido más fácil llegar a más sitios y a más personas”, afirma el artista en su cuenta de Twitter, nunca del todo satisfecho con el resultado por más que haya sido francamente brillante. Es lo que tienen los genios. Reconoce Juarma que “del punk me gusta la parte de creer en otra forma de hacer las cosas”, la filosofía del “hazlo tú mismo” que él sigue para sus cosas. También para esta novela “carente de cualquier atisbo de esperanza, ideal para jóvenes desgastados”, como canta la banda malagueña Sputnik Veneno.
Todo comenzó con una serie de “historias raras que fue escribiendo en el bloc de notas del ordenador”. Empezó a subirlas a un grupo secreto en Facebook “y al poco tiempo nació una novela”. Juarma lo cuenta con total naturalidad, como si fuera la cosa más sencilla del mundo. Ha sido editada por Camping Motel Ediciones, la maquetación y las letras de portada las ha hecho Jess García y la portada corre a cargo de la artista granadina Ana Müshell, que ya dibujó la de su libro anterior, el poemario “Poemas escritos a navajazos”. “Te puedes quedar en tu casa viendo la tele, quejándote, llorando y dándole vueltas a las cosas. O te puedes pasar el día en un bar poniéndote hasta el culo. Pero es maravilloso poder apretar los dientes y pelear y sacar toda la rabia que tienes dentro haciendo cosas”, afirma el autor en una entrevista.
“Al final siempre ganan los monstruos” es una novela punk de un artista que tiene legión de seguidores de sus tebeos y libros. Autor de viñetas geniales, llenas de furia y violencia, pero también rebosantes de sentido común, el universo Juarma está plagado de colores vivos, personajes delirantes, historias tremendas, crítica social, ausencia de “bienquedismo”, sentencias redondas, caos, destrucción y un potente lirismo que en ocasiones nos deja muy tocados. Juarma ha tenido el acierto de trasladar su particular universo a la escritura, lo que no era tarea fácil, y lo ha hecho de manera brillante, a través de una novela coral narrada en primera persona por los diferentes personajes que la habitan. Estructurada en forma de puzzle y compuesta por múltiples piezas perfectamente engarzadas, la novela está marcada por la adicción a la cocaína que sufren sus protagonistas, aunque igual podía haberse hablado de pastillas, heroína, marihuana o alcohol.
La cocaína era el centro de mi vida. Todo lo que hacía lo enfocaba hacia el consumo lúdico y compulsivo. Organizaba todo alrededor de ella. Todos mis planes, todas mis decisiones, todas mis ambiciones las determinaba la coca. Y a mí me gustaba.
Estas palabras de uno de los personajes me evocan el “Heroin” de Lou Reed.
Heroin, be the death of me / Heroin, it's my wife and it's my life / Because a mainer to my vein / Leads to a center in my head / And then I'm better off than dead.
“Al final siempre ganan los monstruos” aborda sin ahorrarse crudeza la historia de unos no tan jóvenes habitantes de Villa de la Fuente, un pueblo cualquiera del sur de España, que sufren un grave problema. A la escasez de trabajo, la precariedad y la ausencia de un proyecto de futuro se une su adicción a la cocaína. Abrazan la droga como salvavidas con el que superar muchas de sus carencias. Pero la adicción siempre será la peor solución posible. Juarma ha escrito una historia tremenda, que se puede encontrar en cualquier pueblo de cualquier rincón de España. “La vida misma”, como dice la madre del autor. Me resulta curioso ese extraño candor con el que mucha gente mira la vida de los pueblos, cuando en este país el mundo rural está completamente abandonado por parte de los que mandan. La falta de oportunidades y trabajo, la escasa o nula oferta cultural, la ausencia de inversiones y el caciquismo que nunca se fue son los mimbres sobre los que se sostiene un panorama muy poco halagüeño para la juventud rural. El autor realiza un demoledor retrato costumbrista, alejado de cualquier trazo grueso, más bien al contrario, resulta un finísimo observador. Salpica además el texto con oportunas pinceladas de su característico humor.
Que la vida duele (y mata como dicen Los Enemigos), es algo que sabe bien Juarma. En algunos momentos la negrura de la historia desemboca en el nihilismo. No hay futuro, pero tampoco presente. No hay nada en que creer. Desde la rabia Juarma edifica una potente historia, llena de aristas que arañan durante su lectura. No saldremos indemnes de ella.
Nunca he creído en el amor, ni en los putos sentimientos (…) A veces tengo la sensación de que todo es mentira y de que con algunas ideas estúpidas intentamos llenar el vacío que es nuestra lucha por sobrevivir en este mundo tan asqueroso. No entiendo a las personas que son capaces de sentir algo que no sea terror a la vida.
El autor aborda el complejo problema de los protagonistas sin ápice de moralina. Sobre sus personajes han dicho en las redes que “serán unos mierdas pero son nuestros mierdas” (La Sarishe). Y también ellos son, somos, nosotros. Todos tenemos nuestros monstruos interiores y nuestras miserias, que procuramos esconder.
Los personajes centrales son cinco amigos de infancia, cinco hombres adultos y tremendamente inmaduros, cinco colegas que forman “un puño”, que siempre están juntos, que siempre están todos para todos. Pero más allá de una bonita amistad, se trata de una relación cohesionada por la cocaína.
(…) por eso éramos amigos (…) Habíamos construido un entorno a nuestra medida para consumir cocaína. Eso es lo que nos había quedado. La razón por la que seguíamos juntos.
Nuestros (anti)héroes son Lolo, matón desequilibrado, su dolor de vivir tiene mucho que ver con una infancia marcada por un padre maltratador y alcohólico; Juarma tiene la osadía de matarle al inicio del libro a pesar ser uno de los personajes más carismáticos, pero su presencia será muy vívida durante toda la novela. Jony, licenciado en filosofía, ha logrado un elevado tren de vida gracias al tráfico de drogas, es considerado como un amigo fiel por los que en realidad son sus mejores clientes; Juanillo, trabajador muy valorado, no se le caen los anillos por currar en lo que se le ponga por delante, aunque a nivel personal es un completo desastre; drogadicto y alcohólico siempre está el primero para llevarse palizas. Los dos personajes con una infancia feliz y una familia estable son Liendres y Dani, lo que no evita que también consuman. Liendres trabaja como mecánico y es un tipo noble, el amo del Tinder que va en busca del “amor bonito”. Dani, director de una sucursal bancaria, cocainómano de oficina, es el que en apariencia tiene una vida más “normal” de todas. Dani y Liendres protagonizarán el estremecedor último capítulo del libro, “Busca siempre tu libertad”, con una escena final que demuestra el manejo de la narración que tiene Juarma.
Además de los cinco amigos hay otros narradores. Juarma ha salido airoso de una apuesta muy compleja, ofrecer a todos ellos una voz propia y diferenciada. La que ofrece una distinción más obvia es la voz de El Liendres, con su hablar entrecortado, a partir de frases cortas e incluso interrumpidas por la puntuación. Conocemos cómo son los personajes a través de lo que cuentan sobre sí mismos y a través de lo que otros dicen sobre ellos.
Lo escalofriante de la situación es que los personajes no están al margen de la sociedad, trabajan y llevan unas vidas incluso insulsas. Consiguen disimular su adicción a la coca, la droga de la “normalidad” porque al principio no causa destrozos tan evidentes como lo hace la heroína. Eso los diferencia de los personajes de Trainspotting, la saga de Irvine Welsh. Encuentro ciertas conexiones entre los yonquis escoceses  y los personajes de Juarma, aunque el autor creo que no está muy de acuerdo conmigo. Los personajes masculinos de “Al final siempre ganan los monstruos” son trabajadores, responsables en lo referido a su vida laboral pero en general un completo desastre en lo personal. Rascando un poco la superficie, los cinco no son tan parecidos, en realidad la escuela fue la que los juntó y la cocaína la que los hizo inseparables. Ni siquiera ofrece una visión positiva de Jose, el policía. Está limpio, es un buen padre y marido, pero es un palizas y al fin y al cabo un agente de la autoridad.
Las mujeres también tienen sus propios capítulos para contar su visión de la historia. La sensatez y la fuerza llegan de manos de ellas, que tiran del carro de unas relaciones que no pueden llegar a buen puerto. Son trabajadoras y resueltas, y nunca se dejan humillar. Me gusta como Juarma levanta unos personajes femeninos auténticos y en absoluto sufridores. Cuando no pueden soportar los problemas causados por la adicción de sus parejas, terminan con la relación aunque sigan enamoradas; un mensaje positivo para luchar contra el estúpido amor romántico, que no el “amor bonito” que busca el Liendres. María, Vanessa, Candela, incluso Lorena (especialmente logrado el retrato que le hace Juarma a esa chica “pijita” y muy suya, dueña del gato Mordisquitos), tienen voces auténticas y poderosas. Antoñica es el personaje más entrañable. Por sus dificultades de expresión ella no es una de las narradoras, aunque sí tiene su capítulo propio, “El post-it”, con el texto de una nota. Juarma no carga las tintas en su retraso, su mirada es de respeto y cariño. De ella parte el amor más auténtico y desinteresado; en su caso dirigido hacia Juanillo, ese completo gañán que le ha tocado en desgracia. El personaje me recuerda a la Lourdes de “Un árbol caído”, de Rafael Reig. Ambas son mujeres que, por sus circunstancias, viven sin miedo y sin reservas, de manera intensa, sin ambiciones ni dobleces.
En el libro se nota la obsesión por la verdad. Todos mienten, porque todos, de una manera u otra, mentimos. Por omisión, por no hacer daño, por no quedar mal, por cobardía, por maldad. Mentimos aunque al final siempre caen las máscaras.
Mis problemas no eran culpa de las drogas. Al final siempre nos ganan los monstruos que escondemos dentro. Que por mucho que te esfuerces y luches, los monstruos siempre acaban escapando de tu corazón y haciéndolo todo pedazos. Y que de alguna forma, es hermoso darlo todo y perder.
La velocidad tan punk de Juarma en escribir, editar y agotar “Al final siempre ganan los monstruos”, no debe ser un obstáculo para que este libro dure y perdure mucho tiempo. Sin duda lo merece.