Commando, la “salvajemente honesta” autobiografía de Johnny Ramone



«Me gustaban las entrevistas a poco que el periodista fuera bueno, pero sabía que no era el caso en cuanto me preguntaban si éramos hermanos». Johnny Ramone J
Mi reciente repaso por la discografía de Ramones, completa y en orden, me descubrió la autobiografía del guitarrista de la banda, Johnny Ramone. Pensé que leerla sería un magnífico complemento, tras haberme adentrado en la carrera y las vicisitudes de la banda. Así ha sido y debo confesar que ha disfrutado con la lectura de “Commando”, un libro que en realidad no está escrito como tal por Johnny pero que sí recoge con fidelidad las palabras del fundador de una de las bandas míticas de la historia del punk.
«Mi éxito se lo debo al trabajo duro, la inteligencia y haber sabido aprovechar la suerte”, afirma en el libro el guitarrista. Nacido como John William Cummings, a Johnny Ramone se le ha definido como ultraconservador, entusiasta seguidor del partido republicano, nacionalista, autoritario, gruñón, muy mirado para el dinero (vale, muy tacaño, él mismo cuenta que se gastó 5 dólares en la foto de boda con Linda y otros 15 en alquilar las flores, de plástico), egoísta, temido, borde… Sin embargo, su sentido de la responsabilidad y del trabajo cohesionó a un grupo compuesto por personalidades complejas y extremas y en el que hubo que lidiar con las adicciones y problemas mentales de sus componentes. Haber trabajado en la construcción le hizo saber a Johnny el valor del dinero y lo que cuesta ganarlo, y tomarse su carrera como un trabajo en el que había que asumir responsabilidades, estar en forma y ser puntual. En Johnny había “cero misticismo” en lo referido a la creación, ni dramatismos ni cursilerías en cuanto a su banda.
Johnny organizó la carrera de su grupo con mano de hierro, él se encargó de todo lo que tuvo que ver con los contratos y el dinero y trató de dirigir al grupo para que no abandonaran los márgenes del punk rock que él tenía tan claros. El guitarrista también tuvo mucho que ver en la creación del inconfundible “uniforme” de los Ramones, vaqueros ajustados y rotos, camisetas por debajo de su talla, zapatillas Keds (que no Converse), y sobre todo las chupas de cuero Perfecto, de estilo motero y con chapas. Un look de elegancia atemporal, todavía hoy adoptado por millones de jóvenes y no tan jóvenes en todo el mundo. Sin embargo, no se pudo salir siempre con la suya, chocando, entre otras cosas, con la ideología de Joey Ramone y su gusto por la música de los 50 y 60. Su relación con el cantante de Ramones fue nula desde inicios de los ochenta. Resulta sencillo querer al entrañable Joey; por el contrario, Johnny era ególatra, antipático, gruñón, conservador y tacaño. Tal vez en su descargo se pueda decir que se esforzó por mantener el grupo unido, porque los Ramones eran socios, no amigos o compañeros, y la banda era un curro. Punto. Respetó a su público, ofreció lo mejor de sí mismo y cuando “se le fue la música”, finiquitó a los Ramones. Su última actuación juntos, la 2.263, tuvo lugar el 6 de agosto de 1996 en el Hollywood Palace de Los Angeles. Siempre le quedó la intención de volver a juntarse puntualmente, pero la muerte de Joey en 2001 lo impidió. Sin la presencia de Joey ya era imposible.
Además de la inexistente relación entre Johnny y Joey, los Ramones tuvieron que lidiar con los problemas de Marky con el alcohol y la grave adicción de Dee Dee a las drogas. El bajista abandonó la banda en el año 1989 para dedicarse nada menos que al rap. Johnny propició entonces la entrada de CJ, un joven fan de la banda que mantuvo el tipo, lo que no era nada fácil. CJ estuvo con los Ramones siete años y compuso y cantó varios temas. Johnny le definió como “una buena persona fácil de llevar” y trató de que se sintiera parte de la banda. No hubo tan buen rollo con otros sustitutos de los Ramones originales, como el batería Richie Ramone, con el que no acabaron nada bien por un “quítame allá unas camisetas”.
“Commando” es un testimonio extravagantemente sincero, el guitarrista no hace ni el más mínimo esfuerzo por quedar bien ante los lectores. Johnny se desnuda por completo, mostrando sus opiniones sin ninguna clase de filtros. Habla sin tapujos sobre sus compañeros de banda, sobre el equipo que les acompañó, sobre los periodistas, sobre otros grupos, sobre la escena punk o sobre lo poco que le gustaba Europa, en especial Francia. Del mundillo musical de su época apreciaba a Johnny Thunders, odiaba a los miembros de Television y no se llevaba del todo mal con los Cramps, Blondie o Talking Heads, aunque también les atiza en varios momentos del libro. Su amor y respeto se repartió entre su público “los fans nos ayudaron a conseguir todo lo que alcanzamos”; su padre, el primer héroe de su vida y al que siempre admiró; sus muy escogidos amigos, como Lisa Marie Presley, Eddie Vedder, Nicolas Cage o Rob Zombie; algunos, pocos, compañeros de profesión y su esposa Linda, sí, aquella que fue antes novia de Joey. Johnny Ramone no quería tratos con quienes no le gustaban, se declaraba muy selectivo con la gente que entraba a formar parte de su vida. Así, su círculo de amigos fue escogido con sumo cuidado y murió rodeado de algunos de ellos. Un cáncer de próstata se lo llevó un 15 de septiembre de 2004. Está enterrado en el Hollywood Forever Cemetery en California, en una tumba presidida por una estatua suya de más de dos metros de altura.
Competitivo y mandón, no le gustaba perder bajo ninguna circunstancia. Lo que no impidió que todas las decisiones del grupo acostumbraran a tomarse por votación, aunque él perdiera en muchas ocasiones cuando Dee Dee y Joey votaban lo mismo. Su “salvaje honestidad” le presenta en el libro como un hombre empeñado en ganar un millón de dólares con la música para retirarse del negocio y cumplir su verdadero sueño, ser productor de películas de serie B. Sin embargo, y a pesar de ser tan controlador, sus planes no salieron como él esperaba, los Ramones no fueron un grupo de grandes éxitos ni de enormes cifras de ventas. En realidad, los grandes ingresos de la banda estuvieron en la venta de camisetas y en las continuas giras de conciertos en las que embarcaban. En un intento de conseguir éxito comercial recurrieron en 1980 al polémico Phil Spector para grabar el “End of the century”, su quinto álbum de estudio, adorado por muchos fans y odiado por los más fanáticos del punk rock. Sin embargo, aquel intento tampoco funcionó. La historia resultó una pesadilla para Johnny y para el resto de la banda, excepto para Joey, que era gran admirador de Spector. A partir de entonces, y dando muestras de su enorme pragmatismo, Johnny convirtió la carrera de su banda en un trabajo con el que trató de asegurarse “el dinero suficiente para no tener que trabajar en otra cosa”. Y en ello se empleó con decisión.
También hay lugar en estas memorias para el amor. Capítulo especial merece su relación más sonada y duradera. Linda Danielle, quien fuera novia de Joey se convertiría en la pareja de Johnny. 20 años estuvieron juntos y sólo les separó la muerte del guitarrista. Ella fue inspiradora de canciones tan maravillosas como “Danny Says”, “She's a Sensation” o “The KKK Took My Baby Away Away”, compuestas por Joey. En eso Linda salió perdiendo al cambiar de Ramone. Lo que realmente le preocupaba a Johnny cuando le “levantó” la novia a su compañero, era que su relación con Linda llevara a Joey a abandonar la banda.
El libro es muy completo en cuanto a imágenes y tiene una colorida y cuidada maquetación, como es habitual en las ediciones de Malpaso. En la parte final se muestran fotos de las agendas de Johnny en las que, de manera sumamente escueta, refleja hechos de su día a día, como grabaciones, conciertos en el CBGB o su paso por el cine para ver Taxi Driver. “Commando” finaliza con un repaso a la discografía de Ramones realizado de su puño y letra, donde Johnny cuenta el proceso de grabación y su opinión de cada disco, poniéndoles incluso nota. «Yo escribí el libro del punk y sólo a mí me ha sido dado decidir lo que es punk y lo que no lo es», afirma Johnny. Genio y figura.

Un año de desconexión digital



Su marido fue quien le hizo llegar aquella propuesta un tanto descabellada, lanzada por una marca para ella desconocida. Treinta mil euros por vivir un año de desconexión digital. Pensó antes en el tiempo, un eterno año, que en el dinero, unos salvadores treinta mil euros. Comprendió que tenía un problema, estaba realmente enganchada.
Ernesto le había animado a participar recordándole que con ese dinero lograrían tapar unos cuantos agujeros, como decían los ganadores de la Lotería de Navidad en los telediarios de cada 22 de diciembre. Aunque Marifé no podía ni sospecharlo, aquello no era más que una mascarada preparada por su marido, alarmado por su evidente dependencia del móvil y las redes sociales. Ernesto consideraba que su mujer perdía demasiado tiempo con las redes, inmersa en un universo paralelo de bromas, memes, fotos y amigos virtuales a quienes no conocía en persona.
Marifé trabajaba desde casa como traductora y correctora autónoma para varias empresas, aunque su deseo era llegar a hacerlo para una editorial. Obligada a pasar muchas horas frente al ordenador, la vida virtual suponía un cómodo escape de la rutina. Ernesto siempre la veía ensimismada, incluso sentía en ocasiones que la molestaba cuando intentaba iniciar una conversación o la invitaba a sentarse a ver la tele a su lado. “Tengo mucho trabajo”, se disculpaba ella. Pero al momento la veía de nuevo consultando el móvil y escribiendo frenéticamente. Ya hacía tiempo que había empezado a preocuparse, así que se inventó aquella disparatada historia con el propósito de alejarla de aquel monstruo voraz. Quería animar a su mujer, embarcarla en un propósito, lograr que tuviera más tiempo para su trabajo, para sus aficiones y para los dos. Tenía la impresión de que la red les estaba quitando tiempo de estar juntos.
A Marifé siempre le había causado inquietud aquella frase de Groucho Marx: “bebo para hacer a la gente interesante”. Ella usaba las redes para resultar interesante a los demás. Incluso compartía algunos de sus tropiezos revistiendo de entrañable despiste su desastrosa vida cotidiana. Se había puesto una norma que nunca quebrantaba, todo lo que compartía debía ser cierto. También se había propuesto no mostrar situaciones vergonzosas y que la dejaran en mal lugar, pero no siempre lo conseguía.
Usuaria de Twitter, pronto quedó atrapada por su inmediatez. Además tenía que reconocer que se lo pasaba muy bien, todo eran bromas y risas si se encontraba a la gente adecuada. Las menciones, etiquetas y diferentes formas de llamar la atención la ayudaron a hacerse con un grupo de seguidores habituales que la apoyaban y aplaudían. En la red por fin se sentía alguien. Sobre todo después del increíble éxito del video de su perro. Su verdadera vocación era la cocina y las publicaciones de los platos que compartía, sobre todo los postres, tenían cierta repercusión aunque nada comparado con sus calamidades. Su gran éxito, el que le proporcionó miles de “me gusta” y una cantidad escandalosa de nuevos seguidores, fue un breve video de su perro abalanzándose sobre una de sus tartas. Estaba subiendo a la red su creación y no se dio cuenta de que el perro entraba en su cocina. Aquel bicho nervioso y mugriento que había encontrado abandonado en la calle era una especie de maldición. Feo y torpe, nunca había sido cariñoso con quien le había salvado de un final trágico. Porque, ¿quién iba a adoptar a aquel adefesio, altivo y borde, excepto ella?
De alguna forma se sentía poderosa en las redes. Ella, que no se consideraba agraciada, que sabía que no era carismática ni lo bastante inteligente, que no había tenido éxito con los hombres hasta que conoció a Ernesto, se sorprendía de acaparar aquel incipiente interés virtual. Pero también había situaciones desagradables. La red estaba abierta, para bien y para mal, y cuando tenía algún encontronazo, sólo le apetecía compartir pensamientos negativos sobre lo mal que le salía todo. Twitter influía en su estado de ánimo. El aumento de seguidores tras el video de su perro le llenaba los privados de tarados que le enviaban todo tipo de mensajes horribles, así que no daba abasto con los bloqueos. Aquella efímera popularidad tenía su contrapartida negativa.
Lo más agradable de Twitter era su mejor amigo, Martin. Una aburrida tarde en la que mataba el tiempo navegando por internet había descubierto una página de citas con granjeros en Alabama. Tras sorprenderse de que existiera una página como aquella, entró por puro placer de cotillear. Y así conoció a Martin, un granjero que tenía cuenta en Twitter y cuyo bisabuelo asturiano había emigrado a los Estados Unidos en busca de fortuna. Aquel granjero además cantaba y tocaba el banjo en un grupo de country rock. Las ocasionales fotos que subía Martin mostraban a un tipo alto y escuchimizado con una melena rubia y lisa que acostumbraba a llevar recogida en una larga trenza. Solía vestir ropa vaquera, desgastados petos y pantalones, chalecos, cazadoras y camisas de cuadros. En su torso asomaba una suave mata de pelo claro y al cuello llevaba atados raídos pañuelos de colores. Se cubría con un pequeño sombrero de estilo vaquero y, lo que más le llamaba la atención, un parche pirata. Martin le confesó en uno de sus privados que una vaca le había dado una patada y había dejado muy dañado su ojo derecho.
Uno de los temas favoritos de Martin en sus conversaciones con ella era Asturias, la tierra de sus ancestros y el paraíso personal de Marifé, que desde niña soñaba con vivir allí. Aquel año Ernesto se hartó a comer fabada, pote, merluza a la sidra, cachopo o arroz con leche. Marifé aprendió a cocinar los callos a la manera asturiana, los tortos de maíz con picadillo y huevo y los casadielles, una empanadilla dulce rellena de nueces y anís. Contactó con una carnicería de Noreña desde donde le enviaban sabadiegos, un chorizo negro que asaba en la parrilla eléctrica. Ponía especial afán en preparar aquellos platos y en fotografiarlos y subirlos a su cuenta. El granjero y Marifé hablaban sobre las recetas al tiempo que repasaban juntos anécdotas e historias sobre la tierra que Martin deseaba conocer algún día.
Ernesto había planificado el engaño con ayuda de su mejor amigo, un programador que sin embargo arremetía con saña contra los peligros del exceso digital y las redes sociales. Ernesto tampoco era capaz de entender qué encontraba la gente en las redes. Dejó caer información sobre el supuesto concurso sin saber cómo iba a reaccionar su mujer. Lo que de verdad le preocupaba era qué pasaría si lograba completar aquel año de desconexión digital. Ernesto no confiaba en que ella fuera capaz de hacerlo pero en el improbable caso de que lo lograra, no sabía cómo conseguir los treinta mil euros. Marifé finalmente accedió a participar y se apuntó a través de un falso formulario que habían creado para la ocasión. Pocas semanas después se encargaron de comunicarle por correo electrónico que había sido la elegida. Preguntó a su marido si aquella historia le parecía fiable y si debía seguir adelante y Ernesto le aseguró que sí.
El experimento para desconectarse de la red dio comienzo tras las vacaciones de Navidad. La mañana del 7 de enero un mensajero, contratado por su marido, había llevado a su casa un móvil antiguo, de aquellos que sólo servían para hablar, y había retirado su smartphone. Las bases del concurso le prohibían avisar a sus seguidores de que cerraba la cuenta, en realidad una excusa para que los usuarios que tenían contacto con ella no escarbaran demasiado y descubrieran que todo era un engaño. Llegado el momento en que tenía que afrontar la desconexión digital se sentía insegura de poder completar con éxito aquel año. ¿Cómo iba a desafiar los sinsabores de la vida cotidiana sin quejarse en su cuenta, sin la música que le compartían, sin los comentarios de su gente preferida? Sus conversaciones con el granjero de Alabama, a pesar de las siete horas de diferencia horaria que les separaban, suponían una agradable compañía. Se preguntaba cómo iba a aguantar un año eterno sin hablar con él, sin saber cómo estaban las vacas, las gallinas y los cerdos, sin preguntarle cómo iba la cosecha de maíz, sin que le contara novedades de su banda, con la que hacían versiones de canciones como “Tennessee River”, “Born Country” o “Dixieland Delight”.
Con aquella inoportuna desconexión digital quedaba aparcado su proyecto de viajar a Alabama y alojarse en la granja de Martin, situada en un lugar de nombre tan evocador como Elberta. No se lo había llegado a contar a Ernesto porque no estaba segura de que le pareciera una buena idea. Había hablado con Martin sobre la posibilidad de visitar la tumba de Hank Williams en el Cementerio de Oakwood, conocer las Sequoyah Caverns, unas cuevas alucinantes en medio de un inmenso parque natural, o disfrutar del Festival de teatro dedicado a Shakespeare. Era consciente de que las gigantescas distancias y la falta de dinero serían escollos prácticamente insalvables para realizar un viaje como aquel, pero fantaseaba con invertir parte del premio en convertir su sueño en realidad.
Los primeros días fuera de la red resultaron extraños. No podía dormir y le costaba concentrarse en el trabajo, a causa de un mono mucho más duro que cuando dejó de fumar. Se encontraba desamparada. Cogía el viejo móvil y tocaba la pantalla, como si lo que tenía entre las manos fuera su smartphone. Se trataba de gestos involuntarios que disparaban su frustración cuando caía en la cuenta de que ya no tenía acceso a ninguna red. Había leído un artículo poco antes de iniciar su apagón digital en el que se calculaba que en el tiempo dedicado durante un año a las redes se podían leer unos doscientos libros. Hasta entonces no había sido consciente de haber perdido tanto tiempo atrapada en el mundo virtual.
Tras el desconcierto inicial, Marifé se propuso enderezar la situación. Los días le daban mucho más de sí y su concentración aumentaba poco a poco, dejando atrás el mal hábito de hacer varias cosas al mismo tiempo. Comenzó a ocuparse con mayor diligencia de su trabajo, con lo que llegaron nuevos clientes y los primeros encargos de una editorial asturiana. Gestionó la matrícula en un gimnasio donde hacía ejercicio por las mañanas antes de comenzar a trabajar y se apuntó a clases de cocina, con la intención de mejorar su insuficiente técnica. Era extraño en ella mostrarse tan rápidamente decidida en salvar una situación incómoda. En los últimos tiempos quejarse en la red se había convertido en una rutina, y los comentarios de sus seguidores no hacían más que retroalimentar sus lamentaciones. Por fin era consciente de que aquella nueva forma de llamar la atención no dejaba de ser un lastre que le impedía avanzar.
Marifé siempre se había considerado una persona recta y de palabra. Una de sus máximas era huir de los engaños, así que siguió a rajatabla las indicaciones del supuesto concurso. Durante el tiempo que duró la experiencia se mantuvo apartada de las redes y cumplió con la exigencia de usar el ordenador sólo para temas relacionados con el trabajo y a través de correo electrónico. En ocasiones tuvo la tentación de reabrir por un instante la cuenta de Twitter para ver qué sucedía por allí pero mantuvo lo acordado. Pensar en la vergüenza que pasaría si la pillaban era otro motivo para no hacer trampas. Imaginaba que habría una sofisticada instalación para controlarla. En realidad no había nada.
Sin embargo, en casa las cosas no mejoraron. El engaño ideado por Ernesto sirvió para agudizar las diferencias entre la pareja. Marifé tenía más tiempo para compartir con su marido pero, ¿querían pasar juntos más tiempo? La desconexión digital trajo una desconexión sentimental más que evidente. Ella canalizó toda su energía en el trabajo y en la cocina, mientras que Ernesto se perdía en una de las habitaciones de la casa con la excusa de leer con tranquilidad, aunque la realidad era bien distinta. Ernesto había encontrado lo que de verdad le complacía, grabarse vídeos comentando partidos de fútbol y subirlos a YouTube. Lo hacía a escondidas de Marifé porque no quería que se enterase de su nueva afición mientras ella estaba fuera de las redes sociales a causa de su treta. La cuenta donde retransmitía y comentaba jugadas de fútbol, que ella habría encontrado pueril y falta de ingenio, consiguió un número escandaloso de seguidores en la red.
Tras los primeros meses en que recibía puntual información de la marca que patrocinaba el concurso, a Marifé de pronto habían dejado de llegarle emails. Ella no podía imaginar que Ernesto, muy ocupado con sus videos, se había desentendido por completo de aquel asunto esperando que ella se aburriera y lo dejara estar. Una solitaria y descolgada Marifé continuaba la vida real a espaldas de la vida virtual que había vivido tan intensamente hasta solo unos meses atrás. ¿Qué vida era la verdadera?, ¿acaso no eran dos realidades vividas por Marifé? Su ausencia en la red fue causante de un progresivo aislamiento, mientras su marido se metía más y más en aquella popularidad que enganchaba como la droga más potente.
El día que se cumplió el año del inicio del concurso Marifé sentía una incómoda indecisión. Se debatía entre continuar fuera o regresar a las redes. Aquella mañana temprano abrió el correo, esperando tener noticias de la desaparecida marca. Como temía, no había ninguna comunicación suya en la bandeja de entrada, así que se decidió a escribirles reclamando su premio. No iba a obtener respuesta.
Tras mucho pensarlo Marifé decidió reabrir su cuenta en Twitter. Le temblaban las manos cuando publicó un escueto
Hola
con el que esperaba recibir decenas de comentarios de bienvenida pero transcurridos unos minutos no había respondido nadie, un largo año de ausencia había pasado factura a su popularidad. Lo siguiente fue buscar la cuenta de su amigo. Le costó asimilar lo que vio. Un Martin sin parche pirata sonreía desde su foto de perfil a la comunidad tuitera. ¿Dónde estaba el ojo malogrado por culpa de una vaca? Revisó por encima sus últimas publicaciones. Su amigo se declaraba entusiasta seguidor de Donald Trump, aquel presidente con aspecto de malvado de Batman que habían elegido los estadounidenses mientras Marifé tenía su cuenta cerrada. Sus publicaciones supremacistas le rompieron el corazón, no reconocía a aquel tipo a quien tanto había apreciado. Para completar la hecatombe, en las tendencias de Twitter encontró un video de un colgado que comentaba partidos de fútbol. El tipo, que no tenía ninguna gracia, era calcado a su marido.
Tan calcado como que era Ernesto.
Adiós, Alabama; adiós, cocina asturiana; adiós, música country. Hasta nunca, matrimonio. La ruptura con su marido era inevitable y Marifé se encontró con que tenía que abandonar la casa, que era propiedad de los padres de él. Aunque Ernesto, demasiado ocupado con su nueva vida, no le metió prisa para que se fuera, aquel ya no era su hogar. Al marcharse no se llevó el perro. Aquel chucho desleal adoraba a Ernesto a pesar de que ella fuera quien lo sacaba a pasear, quien le daba de comer y quien lo llevaba al veterinario. Allí se lo dejó.
Se mudó al piso de una amiga mientras encontraba un lugar donde vivir. Entre sus planes estaba trasladarse a Asturias aunque tal vez nunca fuera capaz de hacerlo. Su trabajo marchaba cada vez mejor y continuaba cocinando. Sabía que nunca llegaría a ser realmente buena en la cocina y que su afición jamás le reportaría ingresos pero la hacía feliz. Definitivamente cerró su cuenta de Twitter y se abrió una en Instagram para colgar sus recetas y estar al día en lecturas y propuestas culturales. Al fin y al cabo era experta en ponerse excusas para estar en las redes. Volvía a la casilla de partida.
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Un relato para el nº 25 de Maskao Magazine

Dead Kennedys + MadPunk + Kráneo. Un gran concierto en “la peor fecha del año”


Pero cómo no ver a Dead Kennedys (sí, sin Jello Biafra) ya que venían a Madrid. El lunes 12 de agosto, “la peor fecha del año para un concierto” como lo promocionaba la gente de No Future Fest, los Dead Kennedys (sí, sí, sin Jello Biafra) tocaban en Madrid como única fecha española. El año pasado tuve la ocasión de ver a Jello Biafra and the Guantanamo School of Medicine en un magnífico concierto en la sala Copérnico de Madrid, así que quería “completar el círculo” con el resto de la banda. Hay que recordar que Jello no está en Dead Kennedys desde 1986, año en que el grupo se rompió debido a las fuertes diferencias con sus otros tres compañeros. En aquel concierto vimos un set list poco previsible de Jello, en este me apetecía disfrutar en directo grandes temas de Dead Kennedys, con tres miembros de la formación clásica del grupo Klaus Flouride (bajo), East Bay Ray (guitarra) y D. H. Peligro (batería).
Desde que se anunció el concierto y a pesar de ser “la peor fecha del año” resultó evidente que el público de Madrid tenía ganas de ver a la banda y así se demostró al conseguir la promotora vender todas las entradas en un siempre deseado “sold out”. El caso es que me planté en la Sala But, donde ya había una cola importante para entrar. Mucho punk, mayoría masculina y también, me alegra decirlo, una nutrida representación femenina; gente de mi quinta, nos vamos haciendo mayores, aunque también había algunos jóvenes, sin duda atraídos por la leyenda de la banda surgida a finales de los años 70 en San Francisco, uno de los grupos punk estadounidenses que tuvo más éxito e impacto en Europa, con un talante muy político y muy reivindicativo desde la irreverencia.
Por su actitud estaba claro que el público que llenaba la sala estaba dispuesto a disfrutar. Yo también, situada en un lugar estratégico lejos de los pogos, bailes y el tremendo calor que emanaba la entregada audiencia. La tercera canción, la tremenda «Police Truck», fue uno de mis momentazos de la noche; escuchar en directo las ráfagas de guitarra de East Bay Ray en este tema es un auténtico lujo. En ese momento reflexioné que, sin desmerecer al actual cantante que tiene una dificilísima misión, también mola ir a un concierto para escuchar a un guitarrista, un bajista y un batería que son tremendos músicos y formaron (forman) parte de un grupo mítico.
La banda desgranó los temas que vienen haciendo habitualmente en la gira, con un ritmo algo irregular, un tanto lastrado por las palabras del cantante entre tema y tema, algún que otro problema con la guitarra y creo que cierta incomodidad de East Bay Ray con la gente que se subía al escenario. En definitiva, nada grave ni que impidiera que el concierto se desarrollara en medio de un magnífico ambiente. Sonaron temas como «Forward To Death» toda una declaración de intenciones “I don´t need this fucking world” en menos de dos minutos; la ácida ironía de «Kill the Poor»; «California Über Alles», una de sus primeras canciones, publicada en 1979, una andanada satírica contra Jerry Brown, gobernador de California entre 1975 y 1983; la vertiginosa y combativa «Nazi Punk Fuck Off!»; la chispeante «Jock-O-Rama», en la que encuentro ciertas reminiscencias surferas uno de los estilos preferidos del guitarrista o «Moon Over Marin», una belleza de canción de la que estoy enamorada, con una para mí luminosa guitarra de East Bay Ray. Para los bises dejaron la poderosa «Bleed for Me», la divertida versión del conocido tema de Elvis «Viva Las Vegas», «Holiday in Cambodia», todo un himno punk con delirante propuesta de unas “agradables” vacaciones a una Camboya asolada por todo tipo de horrores y, como airado final, «Chemical Warfare», canción llena de furia que incluye un vals descacharrado.
La historia de los desencuentros de la banda es de sobra conocida por los seguidores de Dead Kennedys, polarizados en dos bandos. La mayoría a favor de Jello, todo hay que decirlo, quien fue demandado por sus tres compañeros porque, según denunciaron, el sello de su propiedad Alternative Tentacles les pagaba menos pasta de la que les correspondía. Otro de los desencuentros vino por la posibilidad de usar «Holyday In Cambodia» en un anuncio de Levis, Jello montó en cólera (normal). Finalmente los tribunales permitirían que los tres pudieran girar bajo el nombre de Dead Kennedys. Así en 2001 se juntaron con Brandon Cruz, en el puesto de Biafra. En 2003, Cruz fue reemplazado por Jeff Penalty. En la actualidad el cantante es Ron “Skip” Greer, antiguo miembro de The Wynona Riders, una banda de pop punk formada en 1988.
La noche había comenzado desvelando la sorpresa del artista invitado a acompañar a Dead Kennedys, que en realidad fueron dos: Kráneo y MadPunk. Kráneo es una formación de la sierra norte madrileña con cuatro miembros, que ofrecieron una actuación rápida y reivindicativa en la que apenas dieron respiro al público. Empezaron con una versión del «Emergency» de Motörhead, continuando con temas propios como «Ratas», «Oh, Rivera», «Metralleta» o «La muerte tenía un precio» y cerraron con la versión que hacen MCD del «Emergency», «Violencia sin cuartel». Me quedo con sus palabras sobre el fascismo actual, camuflado entre colores y sonrisas.
Precedidos por el Blank Generation de Richard Hell y mientras sonaban mis adorados Television, sin apenas tiempo de espera aparecían en el escenario los amigos de MadPunk, a los que he tenido la suerte de ver varias veces en directo. El grupo formado por miembros de Larsen, Espasmódicos y TDK, tres bandas históricas del punk madrileño de inicios los 80, ofrecieron una actuación inolvidable en el mencionado concierto del año pasado. Los madrileños pusieron de nuevo todas las ganas, además de su sabiduría musical y escénica, potencia y actitud, como nos tienen acostumbrados. Héctor, Esteban, Monje, Magüu y Siemens tocaron temas que forman parte de la historia personal de varias generaciones de seguidores como «Frontera francesa», «Nacido de la pota de un punk», «Enciendes tu motor» o «La farmacia de mi barrio». Por otra parte, la banda no se duerme en los laureles y apuesta afortunadamente por material nuevo. Así pudimos escuchar un par de temas de su próximo álbum, que saldrá en septiembre. Puedo decir que la gente que estaba a mi alrededor disfrutó especialmente con «No creo», una canción que deja adivinar un gran trabajo.
Y así transcurrió una inolvidable noche de lunes en la que todo el mundo iba acompañado y vestía mayoritariamente de negro. Comprobé una vez más que aún queda gente que lleva cresta. Vi mucho pendiente y mucha tachuela y fui consciente de lo mayores que nos estamos haciendo. Yo iba sola, con una camiseta rosa y en las pausas de cambio de grupo me sentía un poco colgada, lo peor es no tener con quien comentar. Pero los caminos del punk para una señora de mediana edad son así. En un momento dado nos tiraron algo, espero que fuera cerveza. Vale, no estaba Jello, pero escuchar esas canciones en directo MERECE LA PENA.


The Beatles La alucinante (para mí) historia de la portada de Revolver


Este 5 de agosto se cumplen 53 años de la publicación de “Revolver”, una de las obras cumbres de los Beatles. El séptimo álbum de estudio de la banda supuso tal vez un punto de inflexión hacia la experimentación y la psicodelia, tras el giro que habían dado con el “Rubber Soul”, el disco en que abandonaban definitivamente las canciones pop “bonitas”, optimistas y románticas para adentrarse en unos caminos ciertamente apasionantes en lo musical, vital y compositivo.
Considerado uno de los mejores álbumes de todos los tiempos, en “Revolver” hay una apabullante mezcla de estilos, saliendo mucho más que airosos en todos ellos, la psicodelia de «Tomorrow never knows», la música hindú de «Love you to», los arreglos de cuerda de «Eleonor Rigby» (siempre me conmoverá hasta las lágrimas), la delicadeza de «Here, There and Everywhere»… En fin, cómo seguir. Se considera un álbum experimental que sigue de absoluta actualidad en este 2019 que continúa mirando con asombro el trabajo de los cuatro muchachos, y con rendida admiración y gratitud por mi parte. Todos hemos leído sobre la influencia del LSD en alguna de las canciones y sobre las innovaciones técnicas que se introdujeron en la grabación de este disco. Los Beatles ya no grababan álbumes a toda prisa, tenían tiempo, dinero y poder para experimentar, investigar y recrearse hasta lograr el resultado deseado. Mucho tuvo que ver en esta grabación el ingeniero de sonido Geoff Emerick, fallecido el año pasado y del que os recomiendo si no lo habéis leído su libro “El sonido de los Beatles”, repleto de anécdotas y vivencias de su trabajo con el grupo.
Como anécdota, se cuenta que para el disco se barajaron nombres como “Abracadabra” (menos mal que no prosperó la idea), “Beatles On Safari”, “Bubble and Squeak”, “Free Wheelin’ Beatles” y “Magic Circles”. En julio, un mes antes de su publicación, se decidió el nombre por el que todos le conocemos, imposible imaginar otro, referido al parecer al giro del vinilo y no a una pistola.
Uno de los aspectos que a mí me llaman más la atención de “Revolver” es su portada, los que habéis leído algo mío sabréis que para mí el tema gráfico es algo muy importante. Debo decir que de pequeña esta cubierta me daba cierto mal rollo, con sus caras inquietantes, en especial la de George. Compré el CD hace unos cuantos años pero en 2012, cuando las ceremonias de apertura y clausura de los Juegos Olímpicos de Londres volvieron a activar mi voracidad musical, encontré información muy interesante sobre cómo se gestó aquel icónico trabajo. Me quedé entonces con las ganas de escribir algo… y hasta hoy.  
La ilustración de la portada fue creada por el bajista, diseñador y fotógrafo alemán Klaus Voormann, uno de los viejos amigos de los Beatles de los días de Hamburgo. Me detendré más tarde en su figura y su relación con la banda pero ahora paso a hablar sobre el fascinante diseño que nos ocupa.
En un principio la idea era que se encargara de la portada Robert Freeman, cuyas fotografías ilustraron los discos “With the Beatles”, “Beatles for Sale”, Help! y Rubber Soul. Como curiosidad, tuve la inmensa suerte, desaprovechada, de conocer y entrevistar a Robert Freeman en 1995 durante la inauguración de una exposición suya en Madrid. Robert, amante de España y del flamenco, hablaba un correctísimo español y resultó ser un hombre absolutamente encantador. Me queda la pena de no haber hablado mucho más con él, mi timidez y la impresión de estar ante una figura como la suya me impidieron conversar más allá de las preguntas de la entrevista. La idea que Freeman presentó para el Revolver era una composición con diferentes imágenes de los cuatro que al girarse se fundían en una sola. Una idea que no entusiasmó a nadie y que se desechó. Freeman no volvería a trabajar con los Beatles aunque su relación siguió siendo buena.

Se le encargó entonces a Klaus Voorman, que se había trasladado a Londres. Su idea consistió en bocetar de memoria cuatro primeros planos de los miembros del grupo. Cuando trabajó sobre los retratos, tuvo problemas para dibujar a George, recortó los ojos y la boca de una foto suya y se los pegó al dibujo; creo que de ahí proviene el mal rollo que siempre me ha producido esa imagen de mi músico favorito.
A partir de las caras desarrolló un collage con pequeñas imágenes de los cuatro. Se dice que lo completó en la casa de John en Kenwood, recortando imágenes de periódicos y revistas. Así vemos a John con barba, a George con un salacot, a Ringo con un bañador a rayas de cuerpo entero en un extraño ángulo, además de una serie de pequeños dibujos.
Voorman temía la reacción de Brian Epstein y de la discográfica una vez presentada la obra. Sin embargo, les gustó. Y mucho. Un año después, en marzo de 1967 la portada de Revolver recibió un premio Grammy.
Para la contraportada se usó una foto en blanco y negro realizada por Robert Whitaker, donde los cuatro aparecen con gafas de sol. El CD que tengo en casa no tiene foto, tan sólo la lista de canciones sobre un fondo blanco. Whitaker fue el autor de las truculentas fotos de la “portada del carnicero” del álbum “Yesterday and Today”, otra historia maravillosa.
Y ahora voy con ese repaso a la fructífera relación de Klaus Voorman con los Beatles. Nacido en Berlín en 1938, recaló en Hamburgo en 1956 para estudiar en una escuela de arte. Allí conoció a la fotógrafa Astrid Kirchherr. La historia es sabida, conocieron a los Beatles en el club Kaiserkeller, durante la tremenda estancia del grupo en Hamburgo; se hicieron todos muy buenos amigos, Astrid les hizo fotos, se enamoró de Stuart Sutcliffe, amigo íntimo de John Lennon y bajista de The Silver Beatles por entonces y fueron novios hasta la repentina muerte de éste en 1962. Una de las historias más atractivas de la prehistoria Beatle y que se reflejó en una película de 1994, “Back Beat”, protagonizada por Stephen Dorff.
Voorman mantuvo siempre una estrecha relación con los miembros de la banda. Tocó el bajo en varios discos y conciertos de John, George y Ringo, formó parte de la Plastic Ono Band, participó en el Concierto por Bangladesh organizado por George Harrison en 1971 y formó parte de la banda del Concierto por George, el homenaje que se le hizo a Harrison en 2002, tras su muerte un año antes. Colaboró con ellos como artista gráfico en más ocasiones, por ejemplo en la cubierta del single de George «When We Was Fab» de 1988, para el que hizo un dibujo del estilo del de Revolver pero actualizado a los ochenta, o en el diseño de los tres álbumes de “The Beatles Anthology” de 1995 con un largo collage que representaba diferentes etapas del grupo.
Por último, mi agradecimiento al blog Beatles y solistas, de donde he sacado gran parte de la información y las fotos.

“En el infierno también escuchan rock”, memorias de Miguel Alférez de Decibelios. Siguiendo el camino de la música


“Cuando la música te indique el camino no lo dudes, ve por ahí”
La semana pasada un buen amigo me avisó de la presencia en Madrid, en Potencial Hardcore, de Miguel Alférez con motivo de la edición de su libro de memorias “En el infierno también escuchan rock” (Letrame Editorial). Alférez fue batería de Decibelios, grupo barcelonés a los que se considera introductores del Oi! en España. No me encontraba en Madrid en esa fecha pero el libro me llamó la atención y me decidí a leerlo. 
Antes de empezar, quiero aclarar que no recuerdo haber escuchado nunca a Decibelios y apenas sabía nada sobre ellos, excepto lo que pude escuchar a Tomás de la Fonoteca en la presentación de su libro “Punk pero qué punk”. Tampoco pienso meterme en jardines estilísticos o ideológicos sobre Decibelios o explicaciones sobre el Oi!, estilo musical que conocí en el instituto a mediados de los ochenta pero sobre el que me declaro una absoluta ignorante. Dicho esto, me interesa el libro de Miguel “En el infierno también escuchan rock” en su vertiente de memorias de un músico y de una época, la década de los ochenta, dos aspectos que me resultan especialmente atrayentes en cuanto a lectura y para escribir.
“En el infierno también escuchan rock” es un libro de memorias de muy agradable lectura, de hecho yo lo leí entero en una jornada de piscina. Miguel navega con estilo por las procelosas aguas del rock, en las que se sumergió desde muy joven y llegó a alcanzar relevancia. No hay lugar en estas memorias para disputas, ajustes de cuentas o revelaciones escandalosas. Quienes busquen polémica, desparrame o sexo y drogas, desde luego aquí no lo van a encontrar. Sí encontrarán los lectores la tercera premisa, mucho rock and roll, ese bicho que picó a Miguel durante su adolescencia parisina y que ya no le soltó jamás. Sobre dos de las polémicas recurrentes de Decibelios, la camiseta de Hitler que lució Fray y la bandera de España que aparecía en su local de ensayo, os remito al libro.
Los recuerdos que nos ofrece Miguel Alférez empiezan por el principio. Hijo de dibujante y de ama de casa, siendo él muy pequeño la familia se trasladó a Francia en busca de un futuro mejor. Era finales de los años 50 y Miguel cuenta con gracia las primeras travesuras infantiles, el colegio francés, una adolescencia rebelde y gamberra y la vuelta a Barcelona de toda la familia. A esas alturas Miguel ya había abandonado los estudios y comenzaba con la búsqueda de trabajo. Miguel cuenta, a mí me hubiera gustado que contara más, sobre esa Barcelona de inicios de los setenta, a la que regresó sin amigos y con un futuro bastante negro. Sus primeras incursiones musicales las hizo  trabajando de disc jockey en diferentes locales de Barcelona. El virus musical ya estaba dentro de él y desde muy joven compaginó la música con diversos empleos. Estuvo en la editorial Bruguera para la que trabajaba su padre como dibujante, trabajó de cerrajero o montó una carpintería de aluminio. Siempre compaginó su faceta de músico y currante, al fin y al cabo todos eran de origen obrero y humilde.
Pero me he adelantado. Su primera banda la formó con su hermano Manolo, su eterno compinche. Era 1974 y se llamaron Satanás; estaban influidos por el glam y el rock de aquella época, en especial Deep Purple, grupo favorito de Miguel por entonces. A Manolo no se le quitaron las ganas de ir con su hermano a pesar de las barrabasadas que le hacía de niños y le acompañaría en muchas de sus incursiones musicales. 
Tras un tiempo intentando montar una banda, el encuentro con Fray es decisivo. Los dos se entienden a la perfección y en 1980 forman el grupo Decibelios. Primero se llamaron dB y contaban con cinco miembros, con Miguel a la batería y haciendo labores de manager, y su hermano Manolo al bajo, Fray era el cantante y pronto se cayó Macià, uno de los guitarristas de la banda; más tarde Xavi, el otro guitarrista, dejó la banda y fue sustituido por Manel, de Masturbadores Mongólicos. Así quedó completada la formación definitiva del grupo, a la que se unía ocasionalmente una sección de viento cuando el grupo se decantó por el ska. 
Aunque la base de operaciones de Decibelios siempre estuvo en Barcelona, tuvieron una relación muy fluida con Madrid. Tras su primer concierto en la capital en 1982 entraron en contacto con Servando Carballar y firmaron con su discográfica D.R.O. (Discos Radiactivos Organizados), con la que grabaron casi la totalidad de sus discos y para la que Miguel tiene buenas palabras en el libro. Con ellos graban su primer sencillo, «Paletas Putrefactos». En 1984 graban su primer LP, “Caldo de pollo”, y un año después el segundo, “Oi!”, en el que aparece una versión de The 4 Skins, que ellos llamaron «Kaos» y se convirtió en uno de sus himnos. 
Me ha llamado la atención el afán de Miguel por seguir adelante en un panorama tan desolador como es el de la música española. A pesar de ser Decibelios una banda con aceptación y seguidores, tuvieron que seguir currando en otras cosas y currándoselo en la música para hacerse ver. Conocidos y documentados por la prensa son su concierto de media hora subidos en un camión en plena Gran Vía de Barcelona para el que no tenían ningún tipo de permiso, la vez que salieron por las bravas al escenario de las fiestas de la Mercé en las que el ayuntamiento nunca les invitaba a tocar, o el masivo concierto que dieron en Plaza Cataluña en 1985. Imaginación y arrestos nunca les faltaron. 
Miguel desmitifica algunas historias, ¿leyendas urbanas?, que rodearon a la banda, el mundo de la “mitología” del rock a veces puede ser especialmente idiota. Desmiente lo de que descabezaran pollitos en los conciertos, aunque en una ocasión sacaron una gallina en un televisor vaciado y a veces llevaban una cabeza de toro. A Decibelios les gustaba rociar el contenido de extintores sobre el público y lanzaban unas bombas caseras, fabricadas con flotadores de cisterna pintados de negro y con un petardo.
En el libro hay cumplido espacio para otros músicos y grupos de la época. Miguel, que tiene pinta de ser un gran tipo, habla de su amistad juvenil con Loquillo, su buena relación con las Vulpes, Manolo García (con quien estuvo a punto de montar el sello “Discos Criminales”), Siniestro Total, quienes le propusieron ser su batería, Edi Clavo que le dio un paseo en moto por las calles de Madrid, o su desencuentro con Jorge Ilegal que casi acaba en duelo a muerte de cervezas. También habla de periodistas como Jesús Ordovás que, según Miguel, apenas les dejó meter baza en una entrevista, o del encontronazo que tuvieron con un segurata del programa de Miguel Ríos “Qué noche la de aquel año” en el que nunca actuarían.
Su tercer disco, quizá el que tuvo más éxito, fue “Vacaciones en el Prat”, 1986. El disco con portada playera de pega y paella verdadera incluida “nos abrió las puertas a mucha gente que no nos conocía pero por el contrario nos las cerró a gente que nos seguía”, afirmaba Miguel en una entrevista. La canción «Sangre dorada» se pinchó mucho en las radios y llegó a ser disco rojo en los 40 Principales. En el video de la canción, grabado en una fábrica de cerveza, los músicos se cambiaron los papeles, cosa que les gustaba hacer en ocasiones. Miguel hacía el playback de Fray mientras que el cantante aporreaba unos barriles como si fuera el batería. Algo parecido hicieron en el recordado programa de televisión Plastic. En alguna ocasión incluso faltaba Manel que, como recuerda Miguel en el libro, si decía que no iba, pues no se presentaba y listo. Su versión de “Angelitos negros” popularizada por Antonio Machín y que ellos llamaron “Estos macarrones aún no están hechos” les trajo un disgusto en forma de denuncia. Perdieron el juicio y se destruyeron todos los ejemplares retirados de tiendas y los que había en el almacén además de tener que pagar una multa. Descalabro que se solucionó con nuevas copias del disco que no incluían la susodicha canción.
El cambio de compañía llegó en 1989. Decibelios abandonaron DRO firmando con Producciones Twins donde grabaron el álbum “Con el tiempo y una caña”, en el que por primera vez les produjo alguien ajeno a la banda, Rosendo Mercado. Miguel habla en el libro de su dificultad para adaptarse al metrónomo impuesto por Rosendo. La crítica habla de que en este disco Decibelios abandonaron su sonido característico por uno más cercano al del maestro de Carabanchel. Sería su último disco juntos. En 1990 la banda se separó tras diez años de andadura musical, atrás quedaban cinco discos, uno de ellos en directo, el “Vivo's 88”, grabado en la sala Zeleste de Barcelona.
Miguel formaría después Rivolta, junto a músicos como Albert Gil (Brighton 64), Boris (Hombre de Pekín) y David (de la última época de Decibelios), entre otros. Una experiencia que no acabó demasiado bien por diferencias con Albert.
En 2013 fundó SubTrabelios con esa auténtica leyenda que es Morfi Grei de La Banda Trapera del Rio y su hermano Manuel. Se les unió Bolo de Subterranean Kids como batería, David Ocaña de Decibelios y Rivolta, a la guitarra solista y Assumpta a los teclados. Miguel pasó a ocupar el puesto de cantante, problemas de salud le impedían ocuparse de la batería. 
Tras más de treinta años separados Decibelios casi al completo se volvieron a unir en 2014 para ofrecer la gira “¡A por ellos! 2014”, compuesta por tres únicos conciertos en Bilbao, Madrid y Barcelona, que se convirtieron en multitudinarios. Según Miguel, llegaron las desavenencias con Fray, el cantante de la banda, por la firma de más fechas de conciertos, algo que no era lo que se había hablado en un principio. La ruptura definitiva tendrá lugar por culpa de la administración de la cuenta del grupo en Facebook (la peligrosa red infernal). Miguel deja la música en 2015. En la actualidad Fray mantiene el nombre de Decibelios, pero esa ya es otra historia.
Y como anécdota personal, gracias a “En el infierno también escuchan rock” me he animado a bajar por primera vez a Potencial Hardcore, abigarrada tienda vallecana, templo de estilos como punk, hardcore, ska, rap o el mencionado Oi!. Destaco el paseo por la calle Melquiades Biencinto (con mirada hacia lo que fue el Cine Río y la Parroquia de San Ramón Nonato) y la amabilidad de Fernando, al frente de Potencial Hardcore desde 1986.
Foto: Miguel Alférez
Foto: Potencial Hardcore

Un paseo musical en el tiempo. UFO Club, el mítico local donde Pink Floyd empezó su carrera


La escritura del relato “Londres, 90 Wardour Street”, en el que una pareja del SXXI se pasea por diferentes escenarios del Swinging London en lo que parece ser un viaje musical en el tiempo, me ha servido para bucear en diferentes lugares de lo más interesantes.
Cuando buscaba ubicación para una fiesta psicodélica en la que estaba a punto de empezar (o no) una orgía, muy oportunamente me descubrieron el UFO Club (según parece iniciales tanto de Unidentified Flying Object como de Underground Freak Out [desmadre underground]), un famoso y efímero local, que se abrió en Londres a finales de 1966. Durante su corta vida se programaron espectáculos psicodélicos de luces, lecturas de poesía, danza, películas de vanguardia, conciertos de rock o exposiciones de arte. Sus bandas “residentes” fueron nada menos que Pink Floyd y Soft Machine.
A mediados de los sesenta algo (mucho) estaba cambiando en la mentalidad de la juventud inglesa, que disponían de dinero para gastar y buscaban nuevas formas de divertirse y de experimentar. En Londres se abrían decenas de locales, salas de música en vivo, clubs nocturnos, cafés (se pusieron de moda establecimientos que contaban con cafeteras espresso llegadas de Italia), lugares por donde se paseaban personajes de la contracultura, beatnicks, bailarines, estrellas del pop o gente de la farándula. Se pusieron de moda locales como Bag'O'Nails, Flamingo, Ad Lib (el lugar donde recalaron George Harrison Y John Lennon en pleno subidón de LSD que les había deslizado su dentista en el café), The Scotch Saint James, The Speakeasey, Sibylla's… y por supuesto el UFO Club al que dedico esta entrada.
Situado en el sótano del número 31 de Tottenham Court Road, el UFO Club había albergado anteriormente un salón de baile irlandés llamado “Blarney Club”, situado bajo el cine Berkeley. Fue fundado Joe Boyd y John “Hoppy” Hopkins.
“La gente iba por el ambiente. Era oscuro. Bajabas las escaleras… y, prácticamente te encontrabas en una bodega alargada. Había un escenario muy limitado, con altavoces pequeños, probablemente del modelo AC30, y la torre con los focos era como una pequeña plataforma”. Según puntualiza Nick Mason, batería de Pink Floyd, “La torre de iluminación estaba montada en algo parecido a un andamio de pintor o decorador”. June Child, secretaria de la oficina de Pink Floyd en aquella época y años después esposa de Marc Bolan.
Boyd contaba que “Hoopy” y él decidieron abrir aquel local porque estaban necesitados de dinero. La noche de su inauguración hicieron una buena entrada aunque no consiguieran llenarlo. Por entonces la psicodelia aún no había tomado las calles, pero en apenas seis meses todo cambió. Según Boyd, tras el éxito masivo del Sgt. Pepper la psicodelia “se convirtió en una moda comercial” en lugar de un movimiento verdaderamente subversivo.
"La noche de la inauguración, el 23 de diciembre de 1966, se anunció en el cartel de Michael English como "Night Tripper", con las palabras superpuestas en una letra delgada, como de patas de araña, sobre una fotografía de Karen, la hermosa prometida de Pete Townshend. Una semana más tarde, el club pasó a llamarse UFO". Nicholas Schaffner, "La odisea de Pink Floyd".
Como curiosidad, la programación durante la primera semana de vida del UFO Club incluyó películas de Andy Warhol y Kenneth Anger, además de actuaciones de Soft Machine y Pink Floyd. Enseguida aquello fue a más. Durante el tiempo que permaneció abierto se pudo visitar una muestra del arte vanguardista de Yoko Ono; ofrecieron comida macrobiótica, como “croquetas de arroz integral, hojas de vid rellenas y falafel”, suministrada por las primeras tiendas vegetarianas de la ciudad, y contaron con exhibiciones de tambores africanos. En su corta vida, la sala ofreció conciertos de artistas como Jimi Hendrix, Crazy World of Arthur Brown, Procol Harum, o Fairport Convention, entre otros.
"Pasamos películas con Marilyn Monroe, filmes de Kenneth Anger, "recortes" de William Burroughs, cosas que en aquella época se consideraban muy interesantes y experimentales. La gente podía tomar zumos de frutas y bocadillos, pero nada de alcohol, lo que suena extraordinario. También había un cuarto especial donde Caroline Coon calmaba a las personas que tenían malos viajes. Había pequeños head shops (donde se vendía parafernalia relacionada con drogas como papel de fumar o pipas) y Granny Takes a Trip había montado un puesto donde uno podía encargar un traje psicodélico. También había un puesto de prensa underground que repartía material gratis. Daba la impresión de que los Floyd se pasaban todo el tiempo tocando allí, y que el club existía desde hacía varios años, aunque en realidad no duró tanto". Barry Miles, cofundador de la revista International Times.
Mención aparte merecen los espectáculos de luces psicodélicas, ineludiblemente unidos al UFO Club. Como explica el escritor y músico Jon Newey, “Las luces se proyectaban sobre ellos y aquello aportaba mística. Podrías distinguir imágenes vagas en el escenario que intensificaban la experiencia. Eras consciente de los cuerpos que se movían en la oscuridad, pero nunca estabas seguro de si estaban allí”. Se proyectaban imágenes artísticas sobre humo y se usaban proyectores con bandejas transparentes llenas de líquidos y fluidos como agua, tinta, cerveza o incluso mocos o semen. No quiero olvidar los posters e iconografía que acompañaron las programaciones de la sala, repletos de colores, letras y dibujos psicodélicos en la mejor tradición de la cartelería tan de moda en aquellos años.
El nombre del UFO Club está unido irremediablemente a Pink Floyd. Por entonces la banda estaba empezando y eran liderados por Syd Barret, de quien Joe Boyd recuerda sus “brillantes ojos negros y su aguda inteligencia”. Los días del UFO Club fueron previos a la grabación de su primer disco, “The Piper at the Gates of Dawn”, que se lanzaría en agosto de 1967. Pink Floyd comenzaba a ser uno de los mayores exponentes del movimiento underground y, coincidiendo con sus primeros conciertos en la sala, fueron invitados a participar en la banda sonora de la película del recientemente desaparecido Peter Whitehead, “Tonite Let's All Make Love in London”. Se trata de un documental “arty” donde, además de Pink Floyd, aparecen los Rolling Stones, con imágenes de los disturbios que llevaron a interrumpir su actuación en el Royal Albert Hall en 1966. También participan Julie Christie y Michael Caine, actores muy relacionados con el Swinging London. A Pink Floyd les filmaron tocando dos temas, «Interstellar Overdrive» y «Nick's Boogie», aunque el director sólo aprovechó breves fragmentos de la actuación. 
“Lo mejor era el viernes por la noche, cuando podías vestirte como una vieja estrella de cine, tomar ácido, ir al UFO, ver a toda la gente de la misma onda, tomar algodón de azúcar y correr por allí hasta que apareciesen los Floyd. Eran el primer sonido auténtico de la conciencia del ácido. Me estiraba en el suelo y ellos salían al escenario como gárgolas sobrenaturales tocando su música espacial , y los mismos colores que estallaban encima de ellos también lo hacían sobre nosotros. Era como si se hubieran apoderado de nuestra mente, nuestro cuerpo y nuestra alma”. Jenny Fabian, escritora, autora de “Groupie”, una novela muy famosa en aquellos días. 
La presencia de Pink Floyd en el UFO Club fue breve. El enorme éxito que comenzaron a cosechar les llevó a actuar en salas cada vez mayores y con mayor caché. Aunque Boyd les recordó la importancia que había tenido el UFO Club para darles a conocer, sólo pudo conseguir tres actuaciones más de Pink Floyd. Él se encargó además de producir el single de debut de Pink Floyd, «Arnold Layne», que no apareció en su primer álbum pero está considerado como uno de los mejores trabajos de la época de Barret. De Joe Boyd (Boston, 1942) se ha dicho que “revolucionó la escena musical de los años sesenta” a su llegada a Inglaterra. “Promotor, cazatalentos, productor, ejecutivo discográfico”, antes de trabajar con Pink Floyd llevó la gira de Muddy Waters por Gran Bretaña en 1964 y era el director de escena del Festival de Newport cuando Bob Dylan sacó su guitarra eléctrica; trabajó con la gran Sandy Denny y Fairport Convention; trabajó con el malogrado Nick Drake… Boyd publicó unas interesantes memorias musicales bajo el título de “Blancas bicicletas: Creando música en los 60”,
Adam Ritchie, que hizo una sesión de fotos durante un concierto de Pink Floyd en el UFO Club para un extenso reportaje en una revista, recuerda que en el UFO Waters se mostraba agradable con los fotógrafos, siempre situado en la parte delantera del escenario. Por su parte, Barret se escondía tras el micrófono, por lo que era complicado fotografiarle. El fotógrafo recuerda que evitaba usar el flash porque habrían desaparecido en las fotos las imágenes psicodélicas que se proyectaban sobre el escenario. 
“Los Pink Floyd son la orquesta residente del underground. Su música suena más a Thelonious Monk que a los Rolling Stones. Las diapositivas proyectadas bañan a los músicos y al público con formas hipnóticas y delirantes de luces de colores líquidos. Laberintos, galaxias y células palpitantes giran alrededor del grupo con un desenfreno acelerado mientras la música va sonando”. De un artículo de la Revista Town.
Me detengo ahora en la figura del otro fundador del UFO Club, John “Hoppy" Hopkins, destacada figura de la contracultura del Londres de la década de los sesenta y al que incluí como personaje en mi relato. Fotógrafo, periodista, y combativo activista político, “Hoppy” murió en 2015 a los 77 años. Fue promotor de diferentes iniciativas, además del UFO Club, tales como la London Free School en Notting Hill o el periódico alternativo International Times.
Además, fue un destacado fotógrafo. Suyos son conocidos retratos de icónicos personajes del Swinging London, como The Beatles, Rolling Stones, Marianne Faithfull o Nico, activistas como Malcom X o personajes de la contracultura como Allen Ginsberg. “Hoopy” también fotografiaba en un sugerente blanco y negro estampas del Londres más oculto de la época, retratando salones de tatuaje, cafés, prostitutas o pandilleros.
En 1967 “Hoopy” pasó seis meses en la cárcel tras ser detenido por posesión de cannabis, lo que generó un movimiento de apoyo conocido como “Free Hoopy”. Coincidiendo con su encarcelamiento Stephen Abrams, activista en defensa del cannabis, coordinó una campaña solicitando la reforma de la ley; una de las acciones más recordadas fue el anuncio de página completa que apareció en The Times el 24 de julio de 1967, financiado al parecer por Paul McCartney. Hombre inquieto e incansable, “Hoopy” realizó investigaciones para la UNESCO o el Consejo de las Artes de Gran Bretaña, entre otros. En los ochenta se centró en el mundo del video. Siguió trabajando también en el ámbito de la fotografía y realizó varias exposiciones con sus aclamados retratos de los años 60.
El UFO Club se ubicó originariamente en Tottenham Court Road, una calle de algo más de un kilómetro, situada en el centro de Londres. Eminentemente comercial, desde mediados del siglo XX fue conocida por la concentración de tiendas de aparatos electrónicos, algo así como la madrileña calle Barquillo durante los setenta y los ochenta. En la zona hay un pequeño parque, el Whitfield Gardens, y en uno de los edificios que lo rodean se pintó en 1980 el “Fitzrovia Mural”, con diferentes personajes trabajando y divirtiéndose, realizado con un estilo que recuerda a Diego Rivera. Desde hace unos años hay una iniciativa para restaurar el mural, muy deteriorado por el clima y los graffitti y considerado un símbolo de la zona. Tottenham Court Road se menciona en algunas canciones como «Denmark Street» de The Kinks o «Transmetropolitan» de The Pogues.
Como curiosidad, la banda UFO, fundada en 1968 en Londres debe su nombre al local. Originariamente su nombre era Hocus Pocus pero ese mismo año durante una presentación en nuestro UFO Club fueron descubiertos por el propietario de una discográfica, que les ofreció un contrato. Tras firmar con el sello, la banda cambió su nombre como homenaje al local que les había dado suerte.
El UFO Club tuvo que abandonar el local de Tottenham Court Road tras publicarse un artículo desfavorable en el News of the World a finales de julio de 1967. Al parecer el periódico había tenido mucho que ver en el encarcelamiento de Mick Jagger y Keith Richards por posesión de drogas tras la redada que se hizo durante una fiesta en casa de Richards febrero de 1967. El News of the World tenía importantes contactos en las altas esferas y dio el chivatazo como venganza a una demanda presentada por el cantante de los Rolling Stones contra el tabloide. Por aquellos días el propio Hoppy Hopkins estaba en la cárcel, condenado a nueve meses por posesión de marihuana. Todo aquello desencadenó una protesta de la gente del UFO frente a la sede del periódico.
"El News of the World respondió a esas provocaciones con una serie de artículos que eran ataques directos contra el UFO, un club que, desde el punto de vista de aquel reaccionario periódico amarillo, habría sido un blanco irresistible en cualquier caso. Entre los "peligros ocultos" que a partir de ese momento fueron sacados a la luz para millones de estremecidos lectores se incluían una "música frenética", "motivos florales", "caras de inconsciencia", "extraños atuendos" y "hombres que bailan con hombres, chicas que bailan con chicas". Nicholas Schaffner, "La odisea de Pink Floyd".
Ante el panorama que se les venía encima, con el club en el punto de mira de la policía tras los artículos del tabloide. Joe Boy rescindió el contrato de alquiler del local de Tottenham Court Road y decidieron continuar en Roundhouse, donde ya habían realizado algunas fiestas. Lo inauguraron pocos días más tarde, el 4 de agosto de 1967, con un concierto de Eric Burdon & The New Animals y Family. Apenas duraron un mes, el 29 de septiembre de ese año se programaba el último concierto del UFO Club a cargo de, entre otros, Jeff Beck y Ten Years After.
Finalmente, en octubre de 1967 el UFO Club cerraba. A los tumultos que provocaban los conciertos de nombres como Pink Floyd, Hendrix o Jeff Beck y que no podían ser asumidos por un local tan pequeño, les sucedían noches en la que apenas entraba público, lo que hacía que el club perdiera dinero. Los problemas económicos se unieron al temperamento de inquieto de sus fundadores, que andaban metidos en mil cosas a la vez. Ni un año duró abierto el mítico UFO Club.

Foto: "Hoopy" Hopkins, 1963
Mi relato Londres, 90 Wardour Street

Led Zeppelin, repaso a la epopeya de unos dioses musicales


ABRUMADOS. Así estamos mi entusiasmo y yo.
Tras la divertida experiencia del repaso a la discografía completa de Ramones decidí emprender una aventura similar con otra banda mítica, surgida en 1969 en un momento en el que confluyó el fin de la era beat y el comienzo de una nueva época marcada por los grandes grupos de rock. Mis elegidos fueron Led Zeppelin, un grupo con una discografía breve, apabullante y de indiscutible calidad y un directo aplastante, sexual y violento. Su historia está llena de excesos, orgías, drogas, alcohol, extravagancias sin fin como aquel avión privado llamado “Starship”, caos y destrucción de coches, hoteles y lo que se pusiera por delante. Pero sobre todo está repleta de canciones legendarias. Ha resultado un viaje apasionante en el que he escuchado sus nueve discos de estudio, además de disfrutar del directo “The song remains the same”. He escuchado las grabaciones originales y no me he detenido en las reediciones y remasterizaciones, con extras y demás.
He redescubierto a un grupo al que escuché en mi adolescencia a través de los discos de mi hermano, pero a los que no presté la suficiente atención y a quienes tenía olvidadísimos. El repaso a la discografía lo he compaginado con la lectura de “Led Zeppelin. El martillo de los dioses”, la biografía escrita por Stephen Davis que me han prestado amablemente que recoge las peripecias de grupo marcado por todo tipo de excesos, que finalmente les llevaron a la destrucción pero que al mismo tiempo agrandaron su leyenda hasta límites estratosféricos. Una cosa por la otra.
Debo reconocer que la experiencia ha resultado algo accidentada. Comencé pensando en lo que iba a escribir, pero pronto entré en pánico por la complejidad de la tarea. Por suerte me di cuenta de que había empezado mal, lo fundamental era escuchar la música, sentirla y entenderla. Ya llegaría, o no, el momento de escribir sobre ellos. Y durante el proceso me asaltó una sorpresa, la escritura de un relato protagonizado por un guitarrista de voz nasal llamado Jimmy, que toca la guitarra con un arco de cello. El camino, con cuenta inhabilitada varios días en Facebook por compartir un video del “Houses of the Holy”, ha sido largo, tortuoso y plenamente gratificante.
La biografía de Stephen Davis recoge grandes momentos de la banda, como el sagrado instante en que se conocieron Page y Plant. Hubo conexión musical inmediata, simpatía y buen rollo. Tenían gustos muy similares y Page no podía creerse que un chico con aquella versatilidad para cantar blues, rock, hacer falsetes o llegar con naturalidad a tonos muy altos, no estuviera pillado por alguna banda. ¿Dónde estaba el truco? Supongo que de alguna forma y sin saberlo, Plant estaba esperando a que Jimmy Page se cruzara en su camino. Era 1968 y los Yardbirds, la anterior banda de Page, acababan de separarse.
En el libro “Led Zeppelin. El martillo de los dioses” se habla de la más que afortunada combinación que dio lugar a una banda diferente, en la que se juntaron cuatro músicos enormes: “unas cuerdas vocales que armonizaban con el sonido de las guitarras eléctricas, una garganta rubia que estaba destinada a dialogar a gritos en armonía con los solos poderosos de Page. Las manos espídicas de Bonzo a la batería, estructurando la base rítmica, la pausa mental en la línea del bajo o a los teclados de John Paul Jones”.
Uno de los aspectos que hacen diferente a Led Zeppelin es que la batería de Bonham seguía fundamentalmente a la guitarra de Page en lugar de al bajo de Jones, como suele pasar en los grupos de rock. En esa combinación se sustentaba el poderoso sonido de la banda. “Bonzo” era un batería de pegada fuerte, innovador, llegaba incluso a tocar con las manos. Sus eternos solos eran legendarios en los conciertos de la banda. Cuando murió Bonham Jimmy afirmó que simplemente plantearse seguir sin él era un insulto a la memoria de su amigo: “No hubiera podido interpretar los temas y darme la vuelta y ver a otra persona tocando la batería”, afirmó. Bonzo “golpeaba la batería con la fuerza de un obrero de la construcción, creando un sonido monumental”.
Dos de los miembros de Led Zeppelin pertenecían a la industria musical y tenían una larga experiencia como músicos de estudio y con otras bandas, Jimmy Page y John Paul Jones. Por otra parte, estaban “los chicos de pueblo”, John Bonham y Robert Page, con mucha menor experiencia musical. Aunque fue una banda formada por cuatro espléndidos músicos, las figuras más visibles siempre fueron Robert Plant “bailarín y salvaje dios del rock”, desbocado y apasionado en el escenario y Jimmy Page “el hombre que tocaba la guitarra como un ejercicio de atletismo” y que buscaba “poder, misterio y el martillo de los dioses”, como afirma Stephen Davis en su libro.
La banda llegó a ser increíblemente famosa entre sus fans, que eran multitudes, pero no acababan de calar en un público masivo. Led Zeppelin tenían mala fama entre la prensa y eran considerados bárbaros y salvajes. “Somos los mejores, pero nadie lo sabe”, se lamentaban. La audiencia de Led Zeppelin estaba compuesta por jóvenes, mayoritariamente hombres y principalmente de clase trabajadora.
La estética siempre fue muy importante en el grupo, me atrevería a decir que fundamentalmente para Plant y Page, coquetos, seductores y magnéticos. “Había algo medieval en Led Zeppelin, con su ropa de terciopelo, sus botas de piel de lagarto, las chaquetas de cuero, sus puntiagudas narices inglesas y su pelo largo y suelto”.
William Burroughs también escribió sobre ellos. Para el mítico escritor la clave de la banda estaba en la “habilidad de dar energía a la audiencia, recibir energía de ellos y de nuevo devolvérsela. Espectáculo basado en volumen, repetición y batería. Semejanza con la música para entrar en trance, donde los músicos son además magos. Sus conciertos son acumulaciones de energía. Todo eso puede resultar peligroso”.
En un repaso a la carrera de Led Zeppelin no podemos olvidar a dos figuras que resultaron claves en su historia de la banda. Peter Grant, un ex luchador y actor, fue su manager y productor ejecutivo de Swan Song Records, el sello discográfico fundado por la banda. Se le consideró un negociador controvertido y despiadado, que no dudó en emplear los métodos más expeditivos, incluso la violencia, para salvaguardar los intereses de sus representados. Richard Cole fue el road manager de Led Zeppelin y tuvo mucho que ver en los excesos y locuras que acompañaron las giras de la banda. Siempre estuvo rodeado de polémica, como cuando desaparecieron 180.000 dólares durante la gira de 1973; Cole, bajo sospecha, fue exculpado oficialmente, aunque el dinero nunca apareció. Acabó siendo despedido a causa de sus adicciones y fue la principal fuente para la mencionada biografía “Led Zeppelin. El martillo de los dioses”, lo que irritó a la banda.
El final de Led Zeppelin llegó con la muerte de su batería, el inconmensurable y excesivo John Bonham, “La Bestia”, en septiembre de 1980. En ese momento Jimmy Page, que pasaba por malos momentos de adicciones y confusión, se recluyó y se alejó de todos, incluso de sus amigos. Todos pagaron un alto precio por aquellos doce años de éxito estratosférico y descontrol, tanto la banda como los que les rodeaban. John Paul Jones fue el que quedó más intacto de los cuatro, nunca entró en esa espiral de desparrame y destrucción; inteligente, sensato, introvertido e independiente, su figura es posiblemente la más misteriosa dentro del grupo.
El resto es historia. Plant se embarcó en una exitosa carrera en solitario, mientras Jones se retiraba a vivir una vida tranquila y descansada y Page atravesó años de desierto creativo, lastrado por sus adicciones. Apenas ha habido reuniones de los tres miembros supervivientes, excepto los veinte caóticos minutos que tocaron en el Live Aid en 1985, el magnífico álbum en vivo “No Quarter: Jimmy Page and Robert Plant Unledded” para el que no se acordaron de llamar a Jones o el “Celebration Day”, concierto realizado en diciembre de 2007 en el o2 Arena de Londres, donde los tres estuvieron acompañados por Jason Bonham, el hijo de “Bonzo”.
Ya hace más de cincuenta años desde que Led Zeppelin decidieron unirse como banda, llegando a ser una de las más legendarias de todos los tiempos. Sin embargo, “la vieja magia sigue viva a pesar del implacable paso del tiempo”. Superada por fin la etapa de considerarles “dinosaurios” o cosas peores, la gran mayoría de las canciones de Led Zeppelin han resistido perfectamente el paso del tiempo, son ya auténticos clásicos en el mejor sentido de la palabra. Y nunca es tarde para descubrirlos o para empezar a valorarlos.
Y ahora sí, vamos con el repaso musical. De cada disco he escogido algunas canciones, en varios de ellos me ha resultado casi imposible descartar temas, aviso.
Led Zeppelin I (1969)
Lo que se llama empezar muy bien. Este año 2019 se han cumplido los 50 años de la publicación de un álbum impregnado de blues, con toques folk y según los que entienden de esto con influencias de la costa oeste americana.
El disco está compuesto por nueve temas y la mayoría de ellos sobrepasan de largo los cuatro minutos. Fue grabado, mezclado y editado en apenas una semana en los estudios Olympic de Londres en octubre de 1968, empleando apenas treinta horas de estudio y sin apenas ensayos.
Como curiosidad, Plant no aparece en los títulos de crédito a pesar de haber intervenido en la composición de las canciones porque aún tenía contrato con CBS, su anterior discográfica. Era el cantante de Band Of Joy, una banda inglesa no demasiado conocida y de la que salió a los pocos meses de entrar, refundándola con nuevos componentes, entre los que se encontraba John Bonham. Tampoco duró mucho, al poco tiempo pasó a formar parte del que se convertiría en un grupo fundamental en el devenir del rock mundial.
La portada, polémica, fue diseñada por George Hardie a partir de la foto de un dirigible en llamas que se identificó con el Hindenburg. Al parecer a la sobrina del inventor del Zeppelin tampoco le hizo mucha gracia el “homenaje” de aquellos melenudos gritones. La contraportada muestra una foto de la banda, realizada por Chris Dreja, bajista de los Yardbirds.
El ingeniero de sonido fue Glyn Johns, habitual de varios trabajos de The Who.
Cómo anécdota, mi primera escucha del disco fue de lo más accidentada. La música sonaba extraña y en exceso psicodélica. No entendía nada… hasta que me di cuenta de que estaba escuchando el “Led Zeppelin I. Reversed”, ¡¡el disco entero sonando al revés!!
«Good Times, Bad Times» (Page/Bonham/Jones) 2:47 Canción que abre el álbum. Gran trabajo de John Bonham a la batería, empezando por la inolvidable introducción.
«Babe I'm Gonna Leave You» (Page/Anne Bredon) 6:43 Un baladón. Versión de un tema de Anne Bredon, una cantante folk de los 50, que a su vez había tocado Joan Baez. Empieza como un tema acústico, pero a medida que avanza el tema, se introduce la guitarra eléctrica, crece la batería y Plant realiza una exhibición vocal de las suyas.
«Dazed and Confused» (Page/Jake Holmes) 6:26 Una de las canciones clásicas de la banda. A partir de la canción de Jake Holmes, músico de folk británico, Page hizo una nueva versión en la que introdujo toques de psicodelia y experimentación, como tocar la guitarra con un arco de violín. La canción es apabullante, con una ejecución impecable por parte de todos los miembros de la banda y en los directos llegaba a durar hasta media hora. Con este tema empieza la leyenda, llena de morbo y mitología, que afirma que introducían mensajes subliminales en sus canciones. Un maravilloso exceso.
«Black Mountain Side» (instrumental) (Jansch/Page) 2:06 Un instrumental que incluye los inevitables aires hindúes que mandaban en la época, a partir de una pieza del folklore irlandés.  La tabla de Viram Jasani, músico indio nacido en Kenia, dialoga con la guitarra acústica de Page para lograr una pieza de gran belleza. Preciosa.
«Communication Breakdown» (Page/Bonham/Jones) 2:30 Otra de las clásicas de la banda, más corta de la media del disco. Un tema más roquero en el que destaca la brillante ejecución de Jones con el bajo.
«How Many More Times» (Page/Bonham/Jones) 8:33. Temazo que cierra el disco. Toda una exhibición vocal e instrumental. Más de ocho minutos de canción compuesta de varias partes, unidas por una especie de “bolero”, que según se cuenta está inspirado en el Beck’s Bolero, en el que Page había tocado la guitarra y el bajo. Destacan los efectos que consigue Page en el disco al tocar la guitarra con un arco de violín.
Un debut directo y muy potente, pronto convertido en un disco histórico. Empezar más que bien.
Led Zeppelin II (1969)
Segundo álbum de la banda, también publicado en 1969, es un disco donde se repiten las influencias blues y folk, pero donde el hard rock va ganando espacio. Fue el disco que les consagró como una de las grandes bandas de una época en la que el beat y la posterior psicodelia se retiraban para dejar paso a los grandes álbumes del rock, estilo del que los Zeppelin fueron grandes exponentes. De alguna manera se considera una puerta para el heavy y con él alcanzaron el número 1 en listas británicas y estadounidenses. 
Fue un disco concebido durante la gira del primero y gran parte de la inmediatez y la rabia del directo se reflejan en las interpretaciones, que al mismo tiempo brillan gracias a la maestría de cada uno de los integrantes del grupo. Con él se sentaron las bases de lo que llegaría a ser Led Zeppelin. Page comenzó a usar una de sus guitarras más características, la Gibson Les Paul de 1959, y Plant, comenzó a acreditarse como letrista y a sentirse realmente cómodo dentro de la banda.
«Whole Lotta Love» (Page/Plant/Jones). 5:34. Cañonazo clásico de la historia del rock. Tremenda la sección rítmica y la línea de bajo que la inicia, los riffs de guitarra, impecable trabajo vocal de Plant, gemidos, susurros y gritos incluidos. Con esta canción la banda se adentra por senderos del rock duro, género del que fueron maestros e inspiradores. En fin, una barbaridad. Incluida entre las mejores canciones del rock, en la lista de mejores solos de guitarra, en la de mejores riffs… es uno de sus éxitos indiscutibles. Es otra de las canciones de los Zeppelin en las que hubo choques con otros autores por una más que evidente “inspiración”. Y, atención, hay incluso efectos hechos con theremin. ¿Hay alguien que no la conozca?
«What Is and What Should Never Be» (Page/Plant). 4:46. Sugerente medio tiempo, con energéticas subidas. En la intrahistoria de esta canción “de seducción y amor prohibido” se sugiere que refleja una relación de Plant con la joven hermana de su mujer.
«The Lemon Song» (Page/Plant/Jones). 6:20 Mantiene las influencias blues de la banda, sobre todo presentes en sus primeros discos. Se dice que esta es una de las mejores interpretaciones al bajo de John Paul Jones, lo que es mucho decir por su enorme nivel interpretativo habitual. El bajista afirmaba que se trató de una improvisación. Comienza con el sonido de un gong, uno de los múltiples “cacharros” que utilizaba el batería en sus exuberantes interpretaciones. “La canción del limón” da mucho juego con eso de exprimir el fruto hasta que chorrea el jugo.
«Thank You» (Page/Plant) 4:50 Balada de amor-amor, con letra íntegramente escrita por Plant. Dedicada a su mujer, destacan los maravillosos teclados de John Paul Jones
«Heartbreaker» (Bonham/Jones/Page/Plant). 4:14 Otro temazo rock. Preferido por el público en los conciertos, se cuenta que es uno de los pocos temas que se incluyó en todas las giras del grupo. Un riff mítico. Un solo de guitarra de exhibición. Una barbaridad, adjetivo que se va a repetir demasiado en este repaso.
«Living Loving Maid (She's Just a Woman)» (Page/Plant). 2:39. De las canciones que más me sonaban de la banda, de antes de iniciar este repaso, cuando escuchaba los CDs de mi hermano en nuestros tiempos de BUP. Una potente e impecable canción rock.
«Ramble On» (Page/Plant). 4:34. Otra magnífica canción de la banda, un suave medio tiempo con acústica y percusión de Bonham. En el estribillo la canción sube en intensidad hasta convertirse en una canción rock. Destaca un espléndido solo de guitarra en el que Page consigue un sonido inclasificable en otra de sus infinitas experimentaciones con el instrumento. La letra de Plant está influida por El señor de los anillos, Tolkien es una de las referencias recurrentes de sus composiciones.
La carátula fue diseñada por David Junipe a partir de una foto de la Primera Guerra Mundial que fue coloreada y la que se añadieron los rostros de la banda y otros miembros de su equipo.
Led Zeppelin III (1970)
Con su tercer disco Led Zeppelin dieron un viraje hacia un sonido más folk y acústico, que sorprendió a sus seguidores y a la crítica. Se ha calificado como “estilo folk-rock californiano” porque es un disco bastante más relajado y tranquilo, concebido durante el retiro de la banda para tomar fuerzas tras la locura de las giras que habían encadenado desde su creación. La cara A es la más rockera y en la B predomina el folk.
En esta ocasión la portada es de estética psicodélica con diferentes elementos (mariposa, avión, dirigible) diseñada por Zatron. Está troquelada, con varios agujeros por donde se pueden ver las imágenes que surgen al mover un elemento giratorio colocado debajo.
«Immigrant Song» (Page/Plant). 2:24. Aunque es un disco calificado como “tranquilo”, la verdad es que comienza a toda tralla. Una de sus canciones más conocidas, una barbaridad interpretativa con un Robert Plant totalmente desmelenado. Todas las bases del hard rock están aquí.
«Friends» (Page/Plant). 3:54. Una de mis canciones preferidas de la banda. Una maravillosa canción acústica, con percusión y un bonito arreglo de orquestación de aires orientales a cargo de Jones. Una canción que no interpretaban en directo hasta que fue rescatada en 1994 por Plant y Page en su disco “No Quarter” acompañados por músicos marroquíes y una orquesta egipcia. Ambos ya la habían grabado en 1972 con la Orquesta Sinfónica de Bombay durante un viaje a India, pero no quedaron satisfechos. Al final de la canción se escucha un sintetizador Moog que conecta con el siguiente corte.
«Since I've Been Loving You» (Page/Plant/Jones). 7:23 Una tremenda pieza de blues rock, género en el que los Zeppelin eran auténticos jefes. Se trata de una canción que iba a salir en el segundo disco de la banda, pero fue sustituida por «Whole Lotta Love». A la poderosa interpretación de Plant se une el fantástico trabajo de Jones con el órgano Hammond, demostrando el enorme teclista que es. Mención aparte la guitarra de Page, parece que el solo de la canción le dio bastantes problemas y, finalmente fue grabado de un tirón usando un ampli viejo. Una canción llena de sentimiento que provoca escalofrío, sin remedio.
«Gallows Pole» (trad. arr. Page/Plant). 5:00. Canción tradicional sobre la historia de un condenado. Empieza muy suave con acústica y voz, va in crescendo y añadiendo instrumentos bajo, banjo, batería, sonando cada vez más rápida. Una verdadera maravilla.
«Tangerine» (Page) 3:11. Comienzo con guitarra acústica y voz puramente folk, luego tienen unos puentes electrificados, y se introducen efectos con la guitarra. Al parecer Page la escribió en su época de The Yardbirds, tras quedarse muy tocado por un desengaño amoroso. Yo encuentro ciertos ecos de la posterior Stairway to heaven.
«That's the Way» (Page/Plant) 5:40. Otra balada, donde intervienen la guitarra acústica, la mandolina y el bajo. No hay batería, sólo una leve percusión con la pandereta. Según cuentan fue escrita en una pequeña casa de campo en Gales tras un largo paseo, es una mirada hacia la naturaleza.
«Bron-Y-Aur Stomp» (Page/Plant/Jones) 4:17. Es el nombre de la pequeña casa de campo en Gales donde se trasladaron Page y Plant para descansar de la agotadora gira de presentación de sus primeros álbumes. En esta casa pasaron algunas vacaciones la familia de Robert Plant. Sin agua ni electricidad, allí compusieron varios temas, «Over the Hills and Far Away», «Friends» o «That's the Way», entre otros, y también les sirvió para conocerse y afianzar su relación. Tiene un precioso inicio de aire country. Las percusiones se realizaron con cucharas y palmas.
Led Zeppelin IV, “el disco de los símbolos” (1971)
Como respuesta a la tibia acogida que tuvo en su momento el III Led Zeppelin publicaron un nuevo disco sin título y sin créditos en el interior. Resultó un éxito meteórico de ventas y de crítica, convirtiéndoles en auténticos dioses musicales. Incluye algunos de los mayores éxitos de la banda y una de mis preferidas, el blues «When the Levee Breaks». Grabado en los estudios de Headley Grange, un antiguo hospicio que sirvió de lugar de inspiración y grabación a numerosas bandas como Bad Company, Fleetwood Mac, Genesis, Peter Frampton, además de los Zeppelin.
En el interior del álbum aparecen cuatro símbolos que se corresponden con cada uno de los miembros de la banda y la representación de El Ermitaño, una de las cartas del tarot que otorga sabiduría, autosuficiencia y prudencia. Cada símbolo tiene su explicación excepto el llamado ZoSo que corresponde a Page, sobre el que hay diversas teorías, aunque ninguna confirmada. Como siempre, Page y sus misterios.
«Black Dog» (Page/Plant/Jones). 4:56. Una de sus canciones indiscutibles. Un monumento del rock, influido por el rock ácido que triunfaba en aquella época. Se dice que se inspiraron para el título en un perro negro que merodeaba los estudios de Headley Grange. Legendario riff de guitarra en otra magistral interpretación de Jimmy Page.
«Rock and Roll» (Page/Plant/Jones/Bonham). 3:41. Otra de sus canciones más recordadas que siempre incluían en los conciertos. Se cuenta que la canción surgió de una improvisación después de horas trabajando en el estudio. Destaco la batería de Bonham omnipotente y omnipresente durante todo el temazo.
«The Battle of Evermore» (Page/Plant). 5:53. Uno de esos acústicos folk que bordaba el grupo. Con inolvidable inicio de mandolina y acompañamiento a la voz de la malograda Sandy Denny de Fairport Convention, en lo que fue la única canción de los Zeppelin con vocalista invitada. Se trata de uno de esos temas de aire medieval inspirados en “El señor de los anillos”, tan del gusto de Plant.
«Stairway to Heaven» (Page/Plant). 8:02. Qué decir de una de las canciones más conocidas de la banda. Figura en todos los rankings posibles, en el de mejor solo de guitarra de la historia, la partitura más vendida o entre las canciones más aclamadas por la crítica de todos los tiempos. Todos los parabienes para un tema que en realidad nunca salió como single. También, cómo no, ha estado envuelta en polémicas, como la acusación de posible plagio o la polémica sobre los supuestos mensajes “satánicos” que se escuchan si se pone el disco “al revés”. Paparruchas aparte, esta enorme canción está repleta de detalles y adornos que aparecen con una escucha atenta. Comienza con la voz de Plant prácticamente desnuda, tan solo acompañada por la acústica y la flauta. La canción va incorporando instrumentos y subiendo en intensidad, ¿se ha dicho alguna vez que como si fuéramos subiendo por una escalera? Alberga el que es tal vez el solo más mítico del gran Jimmy Page; su interpretación en este tema es visceral, emotiva, repleta de figuras y cambios de ritmo, una locura que ha inspirado a millones de amantes de la guitarra en todo el mundo. Impresionante el trabajo de Bonham en la batería, que suena en algunos momentos con una fuerza casi sobrenatural. Por su parte Plant logra una de sus interpretaciones más acertadas, elegante, llena de matices, resolviendo de manera soberbia la intensa subida de la canción tras el solo de Page y, sin apenas respiro, volviendo a la calma en el instante final. Un auténtico clásico de la historia del rock que merece una escucha atenta, aunque nos parezca que lo tenemos muy sabido.
«Misty Mountain Hop» (Page/Plant/Jones). 4:40. Canción rock con un machacón e hipnótico riff que combina la guitarra de Page y los teclados de Jones. Potente batería del gran Bonham, para una canción con letra al parecer inspirada en drogas y de nuevo en Tolkien.
«Going to California» (Page/Plant). 3:32. Una de las joyas de este disco. Una canción folk delicada y preciosa, dicen que dedicada a Joni Mitchell, de quien Page y Plant eran admiradores. La voz de Plant está bellamente acompañada por la guitarra acústica de Page y la mandolina de John Paul Jones. Solía interpretarse en acústico y sin percusión en los conciertos, con los tres sentados en el escenario. Los Zeppelin solían encontrase divididos entre su vida familiar y tranquila en Inglaterra y el desmadre americano. Sin embargo, en esta canción California sugiere paz y sosiego de vertiente hippy “With love in her eyes and flowers in her hair”. Absolutamente maravillosa.
«When the Levee Breaks» (Page/Plant/Jones/Bonham/Memphis Minnie). 7:10. Un blues maravilloso, maravilloso, maravilloso para cerrar el disco. Es una de mis canciones preferidas de Led Zeppelin de todos los tiempos. Mi admirado Matt Johnson de The debe mucho a esta canción a su forma de introducir la armónica en muchas de sus canciones de los 90. Se trata de una versión de una antigua canción de los años 20. El tema fue grabado en diferentes tempos, con efectos en la armónica. La historia habla de cómo se colocaron en diferentes niveles los micros y la batería, consiguiendo un alucinante sonido y una de las más recordadas interpretaciones del gran “Bonzo”.
Houses of the Holy (1973)
Quinto álbum de la banda, primero con título “al uso” y en el que se alejan del blues predominante en discos anteriores para seguir con el hard rock y explorar otros estilos como el funk e incluso el reggae. Durante su escucha sufrí un bajón porque inexplicablemente me costó conectar con el disco. El cambio de registro en relación con sus cuatro primeros trabajos me dejó un poco descolocada. Por suerte, todo se fue colocando.
Mi repaso del disco tuvo lugar durante las vacaciones de Semana Santa y me deparó una sorpresa desagradable. ¿Quién iba a pensar que en pleno siglo XXI iba a tener problemas por reproducir una portada de un disco de inicios de los 70? Pues así me sucedió al compartir el video de mi preferidísima «Over the Hills and Far Away» en Facebook. La red de Zuckerberg me inhabilitó de comentar y publicar durante varios días “por culpa” de una portada que tanta lata dio a la banda. Diseñada por Hipgnosis, en lo que fue su primer trabajo para Led Zeppelin, en ella aparece un extraño paisaje con un niño y una niña desnudos, supongo que ahí es donde los puritanos y malpensados ojos de Facebook vieron un problema. Se realizó en unas formaciones rocosas en Irlanda del Norte y fue una auténtica pesadilla que costó varios días de posados en medio del frío y la lluvia y un arduo trabajo de postproducción. Sus protagonistas, los hermanos Stefan y Samantha Gates, entonces modelos infantiles, resumen perfectamente el signo de estos pazguatos tiempos “hoy en día no sería posible una portada así”. Que me lo digan a mí.
«The Song Remains the Same» (Page/Plant). 5:30. Canción que abre el álbum y se pega a la memoria cosa mala. Originalmente fue un instrumental compuesto por Page y llamado “The Overture”. Plant le añadió una letra sobre las vivencias del grupo en sus viajes y giras. Para el tema Page grabó varias pistas con una guitarra Rickenbacker de doce cuerdas y una Fender Telecaster. Para el directo utilizaba su legendaria Gibson de doble mástil, que ha quedado unida en la memoria de los fans a esta canción y a Stairway to heaven. Dio nombre a la película de la banda que recoge actuaciones en directo, un clásico del cine musical de los 70. “I have a dream / Crazy dream”.
«The Rain Song» (Page/Plant). 7:40. Una de las pocas baladas de amor de la banda. Se dice que la compusieron a raíz de que George Harrison les dijera que no llevaban ninguna en su repertorio. Solían tocarla después de «The Song Remains the Same», en el orden del disco, puesto que en ambas Jimmy Page utiliza la guitarra de doble mástil. Cuenta con una bonita parte instrumental intermedia que recrea una orquesta
«Over the Hills and Far Away» (Page/Plant). 4:53. Una de mis canciones preferidísimas de la banda. Comienza con una maravillosa introducción de guitarra acústica, acompañada después por la voz de Plant y posteriormente toda la banda en un ritmo cada vez más ascendente. Parece que fue compuesta en la cabaña de Bron-Yr-Aur en Gales y tiene referencias de El señor de los anillos.
«The Crunge» (Bonham/Jones/Page/Plant). 3:20. La que Fuera cara B de «D'yer Mak'er» es una jam session de estudio. Se trata de un tema funk, uno de los estilos que exploraron en este disco. Comienza con la batería de Bonham, se incorpora el bajo de Jones, a continuación entra un riff de Page y finalmente comienza a cantar Page, en un registro algo diferente del suyo habitual. Destacan también los teclados. Termina abruptamente con una pregunta: “Where's that confounded bridge?”
«Dancing Days» (Page/Plant). 3:44. Se dice que está inspirada una melodía que Robert y Jimmy habían escuchado durante su visita a Bombay. Salió como sencillo en EEUU y era tocada en directo bastante tiempo antes de publicarse el disco. “I got my flower, I got my power”.
«D'yer Mak'er» (Page/Plant/Jones/Bonham). 4:24 La única canción con aire reggae de Led Zeppelin. No muy apreciada por los críticos ni por algún miembro de la banda, se le achaca que tiene una batería demasiado contundente para el estilo de la canción. A mí es una canción que siempre me ha parecido juguetona. Defender esta canción casi provocó que me mandaran padrinos para un duelo.
«No Quarter» (Page/Plant/Jones). 7:04. Para mí una de las mejores canciones largas de la banda. De emotiva intensidad, la voz de Plant aparece ecualizada hasta casi “retorcerse” y hay un impecable solo de John Paul Jones a los teclados. En los conciertos Jones alargaba la canción, en ocasiones incluyendo fragmentos de música clásica. El título vendría a significar “sin cuartel”, una derrota en la que los vencedores no tienen clemencia y los vencidos no la piden. En 1994 dio nombre al álbum de reunión de Page y Plant.
«The Ocean» (Page/Plant/Jones/Bonham). 4:3. Dedicada al océano de fans que el grupo divisaba desde el escenario en los multitudinarios conciertos. El final de la canción es un rock clásico y desmelenado, un trozo de esos de quedarse a vivir en él. Gran cierre para un disco maravilloso. “It’s so good”.
Physical Graffiti (1975)
Sexto álbum de la banda, publicado en 1975. Es el primero que salió en la discográfica creada por el grupo, Swan Song Records.
Gran variedad de estilos musicales a lo largo del disco, que van desde el hard rock (como «The Rover», una canción que me chifla o «Houses of the Holy»), el rock orquestal con influencias orientales (la impresionante «Kashmir»), rock progresivo («In the Light»), funk («Trampled Under Foot»), rock and roll clásico («Boogie with Stu» y «Black Country Woman»), blues rock («In My Time of Dying»), y un instrumental con guitarra acústica («Bron-Yr-Aur»), entre otros. El disco, el referido de Plant, incluye siete descartes de varios discos anteriores hasta completar un disco doble.
La portada, diseñada por Peter Corriston, es una de las más conocidas de la banda y también de la historia del rock. Aparece una foto de un edificio de ladrillo, simétrico y lleno de ventanas. El diseñador estuvo buscando uno que se ajustara a su idea y finalmente dio con él en Nueva York. Concretamente el 97 de St. Mark's Place, una hermosa construcción que podéis observar cómodamente en Google Maps o en vivo si visitáis la ciudad, ya que se ha convertido en una parada preferida para los amantes del rock. Las ventanas aparecen troqueladas y al introducir la funda interior del disco aparecen las letras que forman el nombre del álbum. La foto delantera se tomó de día y la de la cubierta trasera se realizó por la noche.
«The Rover» (Page/Plant) (5:40). Una canción de rock clásico, sucia y pegadiza, un estilo en el que los Zep se manejaban más que bien. Un himno a la unidad y la amistad que es habitualmente subestimado pero que a mí me rompe la cabeza. Los cantantes heavies le deben mucho a la potente interpretación de Plant de esta canción.
«In My Time of Dying» (Page/Plant/Jones/Bonham). (11:07) De nuevo un blues desmelenado, inspirado en una canción gospel a la que Plant cambió la letra, que trata de una imploración en el momento de la muerte. Poco después de la publicación del disco tuvo lugar el terrible accidente de coche que afectó de gravedad a Plant y su familia en Grecia en agosto de ese año 1975. No puede dejar de dar escalofríos pensarlo. Por lo demás la canción es musicalmente impecable, con algunos de los mejores sonidos de guitarra slide tocados por Jimmy Page. Leo que es una de las pocas canciones en las que Page usó su guitarra Danelectro negra; se le puede ver tocándola en el video del concierto del Earls Court en mayo de 1975. Finaliza con toses y una breve conversación.
«Houses of the Holy» (Page/Plant). (4:05). Compuesta para su anterior disco, del mismo nombre, se descartó entonces porque entendieron que no encajaba con las demás canciones. Una canción rock que nunca fue interpretada en directo.
«Trampled Underfoot» (Page/Plant/Jones). (5:37). Pegadiza canción funk que trata sobre sucumbir al deseo sexual. Convertida en un tema fijo en los directos a partir de 1975, la canción se alargaba y se alargaba en las actuaciones. Destaca el trabajo de Jones en los teclados, con un inicio inspirado en el “Superstition” de Stevie Wonder y la técnica usada por Page en la guitarra.
«Kashmir» (Page/Plant/Bonham). (8:30). Otra de mis canciones “largas” preferidísimas de Led Zeppelin. De aires orientales, es en sí misma un grandioso templo. La versión de Plant y Page en el No Quarter grabada con músicos egipcios y marroquíes es una auténtica joya rebosante de belleza y sensibilidad.
«In the Light» (Page/Plant/Jones). (8:51). Se trata de una canción de rock progresivo, con destacada presencia de los teclados. Parte de una composición de John Paul Jones y está basada en una canción de los primeros años que se llamaba “In the morning”. Destacan en el tramo final de la canción los efectos de guitarra ascendente, ejecutados por Page con su habitual brillantez.
«Down by the Seaside» (Page/Plant). (5:14). Un tema melancólico con “temblorosa” ejecución de la guitarra. El aire bucólico de la canción varía hacia una pieza central más rockera retomando de nuevo la melodía original. Canción extraída de las sesiones del Led Zeppelin III.
«Ten Years Gone» (Page/Plant). (6:56). Una historia inspirada en la primera novia de Robert, de quien estaba muy enamorado pero que le pidió que eligiera entre ella y la música, qué mala idea. Una canción, maravillosa, que iba a ser instrumental. Se dice que el riff, magnifico, está sacado de una de las canciones perdidas de Jimmy llamada «Swang Song», nombre que se daría al sello discográfico de Led Zeppelin. Preciosa.
«The Wanton Song» (Page/Plant). (4:10). La canción trata sobre una relación con una mujer misteriosa que acaba convirtiéndose en una pesadilla. Page creó para la canción uno de sus poderosos riffs de guitarra, con diferentes efectos y ecos.
«Sick Again» (Page/Plant). (4:44). Una canción que tiene que ver con las groupies adolescentes que les perseguían en las giras. Entre el 75 y el 77 la incluían en los directos, con Page tocando la guitarra de doble mástil. One day soon you're gonna reach sixteen. Painted lady in the city of lies” dice la letra. Brillante cierre para un disco enorme.
Presence (1976)
Séptimo álbum de la banda, realizado tras el accidente de tráfico de la familia de Plant en Grecia, que les causó gravísimas lesiones. Se grabó a toda prisa, tan solo en tres semanas, en unos estudios de Munich, con Robert aún en silla de ruedas. Los Rolling Stones tenían en estudio reservado y se encajó a los Zeppelin para que pudieran grabar. Supuso una vuelta a la sencillez, tras los complejos arreglos de los dos discos anteriores. Fue un disco que tuvo buenas ventas, aunque no estuvo muy bien tratado por la crítica. A mí particularmente me encanta y considero que contiene dos de los mejores temas de la banda, «Achilles Last Stand» y «Nobody's Fault But Mine».
La gira por EEUU de este disco supuso el principio del fin de la banda, en un momento en que estaba naciendo el punk y grupos como los Zeppelin eran considerados unos dinosaurios y eran insultados por algunas de las nuevas bandas emergentes. En el libro “El martillo de los dioses” se afirma que “el inicio del fin de su reinado se inicia en 1976. Empezaban a perder su legendaria buena suerte y su poder”. Efectivamente a partir de este momento se sucedieron una serie de sucesos, accidentes, muertes, agravamiento de adicciones, graves peleas y disturbios. La gira de Presence fue sombría y les produjo malas vibraciones desde el inicio. Jimmy, enganchado a la droga “parecía vivir en un mundo de fantasía de heroína y tranquilizantes”, lo que le hacía sentirse indispuesto, llegando incluso a suspender algunas actuaciones. Peleas, palizas en el backstage, denuncia por salvaje agresión, drogas y absoluto descontrol, su carrera se les iba de las manos. Para complicarlo todo aún más, en medio de la gira llegó la terrible noticia de la muerte del pequeño hijo de Plant.
Después de aquello nada volvió a ser lo mismo. El grupo al completo nunca volvió a tocar en América. Surgieron rumores de ruptura y comentarios de muy mal gusto sobre que la afición de Page por el ocultismo había atraído las desgracias al grupo.
En mi escucha de la discografía de Zeppelin este disco ha sido la puerta para retomar el repaso con ganas renovadas tras el bajón que supuso la inhabilitación en Facebook por la portada del Houses of the Holy. Me atasqué con ese disco y no supe prestar la atención que merecía al Physicall Graffitti. Tras disfrutar del Presence regresé a los dos discos anteriores y todo volvió a funcionar.
La portada y el libreto, creadas por Hipgnosis, muestran imágenes de personas interactuando con una especie de obelisco negro. Dentro del libreto, al artefacto se le conoce simplemente como El Objeto. El título, que se encuentra en la carátula frontal del álbum, está en relieve, al igual que el logo de su discográfica Swan Song, que está en la carátula trasera del mismo.
«Achilles Last Stand» (Page/Plant). 10:24. Otra de mis preferidas entre las “canciones largas” de la banda, está considerado por Page como su mejor tema. Supone un “furioso y agitado diario de viaje de Led Zeppelin”, en palabras del biógrafo de la banda. Basada en el mito de Aquiles, supone ese “último esfuerzo de Aquiles en aferrarse a la vida” y está también inspirada en el terrible accidente de coche que sufrieron Robert y su familia. Una canción épica y absolutamente maravillosa, con un trabajo sobresaliente de toda la banda.
«For Your Life» (Page/Plant). 6:25. Un medio tiempo que se dice que habla sobre la cocaína y la muerte. A esas alturas las adicciones ya eran un gran problema para varios miembros de la troupe Zeppelin.
«Nobody's Fault But Mine» (Page/Plant). 6:30. Letra de redención y arrepentimiento sobre una de esos inolvidables trabajos de guitarra de Page. Al inicio, un diálogo entre la voz de Plant y la guitarra de Page. Un gran solo de armónica reforzado por la batería de Bonham. Considerado como un exorcismo”, sin duda es una de mis canciones preferidas de la banda.
«Candy Store Rock» (Page/Plant). 4:12. Un rock con influencias blues, con un sobresaliente trabajo de Page a la guitarra.
«Tea For One» (Page/Plant) 9:27 Blues de intensidad, al estilo los primeros álbumes. Canción triste sobre la soledad y la depresión de la vida en la carretera. La otra cara de una banda de éxito.
The Song Remains the Same (1976)
Álbum publicado en octubre de 1976, recoge la banda sonora de la película del mismo título protagonizada por Led Zeppelin. Se trata de un film muy preferido por los adolescentes de medio mundo que la disfrutaron en sesiones continuas de cines que programaban películas musicales, como el Covadonga en Madrid, del que algún día espero escribir algo.
La grabación del álbum y la película se realizó en los conciertos del 27, 28 y 29 de julio de 1973 en el Madison Square Garden de Nueva York. Tanto el disco como el film fueron remasterizados en 2007. Como precisión, la película incluye «Black Dog» pero descartó «Celebration Day», al contrario de lo que sucede en el álbum. Además, la película también contiene «Since I've Been Loving You», la introducción de «Heartbreaker», y un tema instrumental con zanfona (hurdy gurdy, un maravilloso instrumento medieval aún usado en la actualidad en la música folk) llamado «Autumn Lake».
El disco es una buena muestra de Led Zeppelin en vivo, una apisonadora sonora, sexual, salvaje, con una ejecución violenta por parte de los que fueron amos de la industria musical en aquellos años. Se colocaron por encima del bien y del mal y optaron por no respetar ninguna norma establecida, dinamitando también las reglas económicas gracias a su ladino manager. Canciones alargadísimas, solos kilométricos y furia interpretativa conforman uno de los discos en directo más absolutos de la historia del rock. En el disco escuchamos fastuosos solos de guitarra, la voz de Plant ardiendo como la lava, Bonzo maltratando seriamente la batería, el bajo de Jonesy sosteniendo todo aquel complejo entramado sonoro y, como un quinto integrante, un público absolutamente enloquecido. Aparecen canciones míticas como «Rock and Roll», «Black Dog», «Since I've Been Loving You», «No Quarter», «The Song Remains the Same» (me encanta esta versión), una impresionante «Dazed and Confused», «Stairway to Heaven» o «Whole Lotta Love».
Aunque este repaso es sólo para los discos, el visionado de la película nos permite hacernos una idea muy aproximada de cómo era estar en un concierto de los Zep y comprobar cómo se comía el escenario Jimmy Page, desplegando magnetismo y electricidad. Sin meneos gratuitos ni poses ni gestos, resultando brutalmente sexual pero a la vez lleno de finura y elegancia. Tener semejante estilazo enfundado en aquellos trajes setenteros repletos de bordados, lentejuelas y flecos demuestra lo jefe que era Page en esa época.
In Through the Out Door (1979)
Octavo y último disco de estudio de Led Zeppelin. Se trata de un álbum grabado en Estocolmo en diciembre de 1978, en el que, a causa de numerosos bajones personales, Page abandonó la dirección musical del disco dejando el liderazgo en manos de John Paul Jones, un magnífico músico por otra parte, posiblemente el “tapado” del grupo. Por su parte, las letras de Robert reflejan su montaña rusa emocional. Otro de los problemas a los que se enfrentaron durante la grabación fue el agravamiento del alcoholismo de Bonzo.
Es probablemente su álbum más sofisticado y el más alejado del sonido Zeppelin, grabado en pleno apogeo del punk y la new wave, cuando a Led Zeppelin y a otras bandas de su época se les calificaba de dinosaurios. El espíritu de la grabación fue “frío y aburrido”. Se le ha calificado de disco “comedido, oscuro y ominoso”. Para la portada, obra de Hipgnosis, Page mandó recrear un bar de Nueva Orleans, el “Absenta”, donde se dice que su admirado Aleister Crowley escribió un poema mientras esperaba a una chica, momento que se recrea en una fotografía. Según parece cuando el grupo se encontraba tocando en Nueva Orleans, una ciudad a la que siempre estuvieron muy apegados, solían acudir a ese bar.
Un disco que no fue muy bien considerado en su época, pero que bien merece ser escuchado y disfrutado ya, por fin, sin complejos.
«In the Evening» (Jimmy Page, John Paul Jones, Robert Plant). 6:52. Intensa canción cuyo origen se remonta a un proyecto fallido de Page, la banda sonora de la película “Lucifer Rising” de Kenneth Anger. De inicio inquietante, destacan las guitarras dobladas y la fuerza de la interpretación de Plant con sus gritos de “I’ve got pain”. Combina el sintetizador de Jones con un repetitivo riff de guitarra de Page, quien vuelve a usar en esta canción el arco de cello para crear el efecto de zumbido.
«South Bound Saurez» (Jones, Plant). 4:15. Pieza que comienza con un machacón sonido de piano o pianola. Page no participó en la composición de este tema y se cuenta que en la grabación hay varios errores suyos en la guitarra pero que decidieron dejarlos. Parece que lo de “Saurez” puede ser un error tipográfico, hay diferentes teorías al respecto.
«Carouselambra» (Page, Jones, Plant). 10:35. La última “canción larga” grabada por Led Zeppelin. Un carrusel de teclados, no en vano se trata del disco de Jones. Está dividida en tres secciones, una primera parte dominada por rápidos teclados, una segunda más lenta con guitarra blues y una tercera en la que vuelven los teclados. Esta canción fue la única en la que Page usó en estudio su famosa guitarra de doble mástil. Me resulta una canción complicada pero me gana en cada nueva escucha porque madurar es cogerle el punto a los teclados de Carouselambra, una canción única y completamente diferente a todo lo que hizo Led Zeppelin. Gran trabajo vocal de Plant cuya voz “dialoga” en esta ocasión con los teclados.
«All My Love» (Jones, Plant). 5:54. Una de las canciones más bonitas del disco. Se trata de un homenaje de Robert a su pequeño hijo Karac, fallecido con cinco años por una infección estomacal. La sentida y a la vez contenida interpretación de Plant se realizó en una sola toma. En la canción destaca el solo de sintetizador de Jones. Se dice que Jeff Porcaro de Toto ayudó a Bonham a encontrar el sonido de la batería, ya que Bonzo quería que se balanceara acompañando a la interpretación de Robert. Canción sobre duelo y reencarnación, es una concesión a la esperanza en un tiempo sumamente complicado y deprimente para la banda.
«I'm Gonna Crawl» (Page, Jones, Plant). 5:30. Bonita balada blues, con solo de Page y dulce acompañamiento del sintetizador de Jones. Una de esas canciones que hacen volar para cerrar un disco que merece ser escuchado.
Coda (1982)
Publicado en 1982 se trata del noveno disco de Led Zeppelin. La muerte de John Bonham en septiembre de 1980 provocó la disolución de una banda que ya entonces se encontraba destrozada. Obligados por contrato a sacar un nuevo disco para no traicionar la memoria de su compañero idearon este disco que recoge rarezas y canciones descartadas de otros álbumes. En un tiempo en que mandaban otros estilos, el disco en realidad fue un apaño y supuso un adiós bastante agridulce. Debo reconocer que me lo esperaba peor, me ha gustado, aunque no sea el disco ideal para despedir a una banda de tal calibre. Hicieron lo que pudieron para cerrar su historia en un momento sumamente doloroso y complicado.
La palabra CODA, que significa un pasaje en el que termina una pieza musical, fue elegida como título a modo de epílogo. La portada del disco fue de nuevo obra de Hipgnosis, su quinto trabajo con la banda y según parece la última portada que diseñaron. Las cuatro letras van en tipografía Neón, diseñada por Bernard Allum en 1978.
«We're Gonna Groove» (Bethea, King). 2:38. Iba a ser incluida en Led Zeppelin II. La canción publicada en el disco está compuesta de diferentes retazos, en realidad parte de un concierto grabado en 1970 y con guitarras sobrepuestas.
 «Walter's Walk» (Page, Plant). 4:31 Descarte de las sesiones de Houses of the Holy. Una potente canción rock en la línea de las que solía hacer la banda. Poderosa batería de Bonzo, guitarra pegajosa y gran interpretación de Plant.
«Ozone Baby» (Page, Plant). 3:36. Descarte del último trabajo en estudio, “In Through the Out Door”, un rock muy del estilo Zeppelin que no acabo de entender por qué no se incluyó en el mencionado disco, tal vez porque se alejaba un poco del estilo de los otros temas. A mí particularmente me gusta mucho, con pegadizo estribillo “Oh, it's my love, Oh, it's my own true love” y solo de guitarra marca Jimmy Page, de cierta influencia oriental en los acordes finales.
«Bonzo's Montreux» (Bonham). 4:18. Una exuberante pieza de batería de Bonzo”, grabada en 1976, probablemente incluida como homenaje a su compañero desaparecido.
«Wearing and Tearing» (Page, Plant). 5:32 Grabada en Estocolmo durante las sesiones del álbum In Through the Out Door” de 1978.
**FIN
Lo que empezaba en abril ha llegado a su final. Dos meses después, abrumada por lo escuchado, el balance es magnífico. Mucha música majestuosa, una biografía de lo más entretenida, una tolerancia a los teclados que me tiene alucinada y un relato del que me siento satisfecha. Con esta aventura de alguna manera pretendía repetir lo acontecido durante el repaso por la discografía de Ramones. Sin embargo, no han podido ser más diferentes, este viaje ha ido por donde le ha dado la gana. Me alegro.