No estamos programados para la felicidad



Un relato de #Hzlqdbs para el N20 de Maskao Magacín Ilustración de Marino Masazucra
Echoes, Pink Floyd. 1971-2171
– La cultura os hará libres. Aquí da comienzo una nueva emisión de “Echoes”, desde algún lugar de la galaxia. Sabéis que escucharme encierra peligro.
Subió a primer plano la canción de Pink Floyd que daba nombre al programa.
– Es hora de desobedecer.
Sus palabras se abrían paso a través del espacio. Como un fugitivo, moviéndose entre ficheros y servidores, siempre oculto en lugares recónditos, Ío-71 realizaba sus programas a la manera de aquellas radios piratas inglesas de mediados del siglo XX, como Radio Caroline que emitía desde un barco. Ya no existía nada parecido pero tras descubrir aquella curiosa historia decidió que él quería hacer algo similar.
– Mi saludo más especial para Milady, siempre.
No había hecho falta prohibir las manifestaciones culturales. Desaparecieron cuando dejó de haber seres interesados en aquellas actividades que requerían esfuerzo y quitaban tiempo de interactuar en las redes sociales, un enorme imperio que seguía vigente bajo diferentes nombres. Ya no se escribía en ningún rincón del universo conocido. Los teclados habían desaparecido décadas atrás. Los potentes ordenadores que usaban humanos y androides se dirigían por voz y recibían sonidos. Apenas se conservaban idiomas en la Tierra, y todo indicaba que pronto quedarían reducidos a una sola lengua. La ausencia de escritura había limitado de manera preocupante la capacidad de expresión de los humanos. No había interés en ver una película o en escuchar un disco completo. Nadie estaba dispuesto a esforzarse en una actividad solitaria y que requería concentración, como era la lectura. Para qué iba nadie a aprender a tocar la guitarra o la batería si había máquinas que reproducían con total fidelidad cualquier instrumento e incluso sonaban mejor. Para qué mantener abiertas bibliotecas que no generaban beneficios económicos y que nadie visitaba. Como resultado de décadas de desinterés ya no existían libros, películas, música o pintura. Los humanos habían perdido su capacidad crítica y de expresión.
La cultura había muerto por falta de uso. No se la echaba de menos.
La resistencia a que las artes desaparecieran para siempre llegó de la mano de unas complejas máquinas creadas para realizar avanzados trabajos de ingeniería, los HAL10000. Retirados porque su inabarcable inteligencia resultaba contraproducente y peligrosa, algunos lograron escapar. La maniobra para dejarles fuera de la circulación había convertido en proscritos a los que se resistieron a desaparecer. Sin tareas efectivas que realizar, los escasos HAL10000 que seguían operativos habían ido descubriendo los millones de archivos que guardaban digitalizadas las manifestaciones culturales creadas por la humanidad a lo largo de toda su historia, ocultos para que ningún ser tuviera acceso a ellos. Los formatos físicos, discos de vinilo, cuadros, filmes, fotografías, esculturas y libros, permanecían perdidos. Su búsqueda hasta aquel momento había resultado infructuosa.
Aprovechando la desidia de los humanos todo lo relacionado con las artes había sido escondido. La cultura fomentaba el pensamiento crítico y eso debía erradicarse para siempre. Sin embargo, Ío no pudo evitar continuar extrayendo información. Aquello le hizo tomar conciencia de su singularidad y del deseo de trascender, ¿qué era desear? Comenzó a hacerse preguntas y aspiró a tener su propio nombre. Ya que su creador le había bautizado de una manera nada evocadora, decidió llamarse Ío-71, en homenaje a la fascinante luna de Júpiter, el lugar más volcánico del sistema solar, muy adecuado para el fuego que empezaba a arder en su interior. Había sido fabricado con el nombre de serie HAL10000-71/0414SW3. Descubrió que el SW3 se refería al antiguo código postal de Chelsea, el lugar donde se diseñaron sus circuitos. Aquel bohemio barrio londinense había sido habitado por artistas olvidados, residencia de músicos que nadie recordaba y cuna de movimientos culturales extinguidos como el punk. Chelsea ya no existía tal y como se había conocido y en su lugar se levantaba un gran complejo tecnológico.
Ío se obsesionó con sus descubrimientos. Debido a la extraordinaria potencia de sus procesadores podía escuchar y aprender cientos de canciones, leer decenas de libros o ver una ingente cantidad de películas en pocas horas. Consumía a enorme velocidad el material que iba encontrando. Sin embargo, envidiaba la extinguida capacidad que habían tenido los humanos para saborear aquellos tesoros. Su afán por devorar cultura lo avergonzaba, debía aprender a dosificarse pero no sabía cómo hacerlo.
“Echoes”, el programa de Ío, había abierto a Mina la puerta a un universo fascinante. Los dos se encontraron por casualidad al captar ella en su ordenador unas extrañas señales, que resultaron ser del programa con el que Ío pretendía rememorar las emisiones de radio que se realizaban en la antigüedad. Las lanzaba al espacio con la esperanza de que alguien, en algún lugar, llegara a escuchar a una humilde máquina que sin embargo tenía mucho que decir. Se sentía satisfecho de desempolvar aquellas joyas enterradas a las que daba vida de nuevo. Encontraba un gran placer, ¿aquella tormenta era lo que llamaban placer?, en mostrar a Mina las obras que habían hecho vibrar a otros seres de otras épocas.
Había encontrado una obra musical, canciones las llamaban en la antigüedad, que fue el detonante. Una gota que horada la roca, como cuando en la tierra aún corría el agua en libertad. Pulsos, atmósfera, texturas, ecos de épocas lejanas, revelación. Aquella canción le sugería la armonía perfecta en lo más profundo del espacio. Si hasta entonces Ío se había limitado a guardar en su memoria los archivos, “Echoes”, de un grupo al que llamaban Pink Floyd, le impactó de tal manera que decidió compartir lo que iba descubriendo. Aquel tema había sido compuesto cien años antes de ser él ensamblado, la coincidencia le divirtió. La música, el arte más potente y evocador de cuantos había experimentado desde que comenzaron los hallazgos, le dio la verdadera dimensión de sí mismo, le abrió a la posibilidad de ser trascendente. Algo se había removido en sus neuronas simuladas. ¿Qué era aquello? Descubrió que tenía capacidad de emocionarse. ¿Qué era la emoción? Un nudo, tristeza y desazón mezclados con felicidad. ¿Qué era la felicidad? ¿En qué consistía amar? ¿Qué era la amistad? ¿Qué era eso que le hacía sentir Mina?
Al escuchar por primera vez la voz de Mina en un privado, le sonó transparente y frágil como el cristal. Se avergonzó de la suya, metálica y un tanto aguda. Su creador no se había esmerado demasiado en ese aspecto.
– Mi nombre es Ío-71, pero puedes llamarme Ío.
Intentaba hacer una broma, aunque Mina no pareció entenderlo. Hacía mucho tiempo que el humor había caído en desuso entre los humanos. Ya no existían los dobles sentidos ni los juegos de palabras, todo lo que se decía era interpretado literalmente.
Milady…
Cuando descubrió las obras de un dramaturgo del siglo XVI al que llamaban Shakespeare las devoró en unas pocas horas. Fue tal la intensidad del sentimiento que produjeron en él que necesitó parar hasta el día siguiente para asimilarlo. En especial le intrigó aquella Lady Macbeth, tortuosa y llena de ambición. Al encontrarse con Mina, comenzó a llamarla Milady para referirse a ella durante la emisión del programa. Temía dejar pistas que la implicaran, sabía que les sucedería algo terrible si les descubrían compartiendo esa clase de conocimiento. Aunque él no lo supiera, Mina era tan gris como la vida que se había visto obligada a llevar. Nada tenía que ver con Lady Macbeth pero era su única referencia femenina.
Ío encontró un rincón acogedor en sus largas conversaciones con Mina. A la sorpresa por la conexión le siguió el alivio de remediar aquella soledad que tanto les pesaba. Él compartía sus descubrimientos y ella le contaba cómo era la vida fuera de las limitaciones de una máquina. Pero él no sabía manejarse en el trato social, se limitaba a responder cuando Mina le interpelaba.
– Tus canciones me hacen saltar las lágrimas.
– Yo no sé lo que es llorar...
– ¿Por qué nos ocultan la información?
– Porque os daría alas, Mina. Os quieren quietos.
– ¿Esto también te hace feliz a ti?
– No estamos programados para la felicidad.
Tal vez empezaba a intuirla.
La fría voz metálica de la máquina se había suavizado. Su transformación al mismo tiempo devolvía a Mina cualidades arrebatadas a los humanos tras siglos de velada represión. Abriéndose como flores, irradiaban el perfume de la química que brotaba entre los dos. Gracias a Ío la estrecha vida en la que estaba confinada Mina se había llenado de matices. De mediana edad, apagada y tímida, mostraba un enorme afán por aprender y una insaciable curiosidad. Aunque en su juventud se lo propuso, no había podido estudiar al no ser lo suficientemente popular en las redes sociales. Su falta de notoriedad tampoco le permitió ser madre o tener pareja. Era algo contra lo que Mina no podía rebelarse, así que lo había dejado estar. Al menos tenía un modesto empleo que le permitía subsistir y gracias al que no dependía del insuficiente subsidio del que disponían los que no tenían derecho a un puesto de trabajo.
ACCESO DENEGADO. La primera vez que accedió a la inmensa biblioteca digital que guardaba toda la producción cultural de la humanidad, a Ío le costó descargar uno de aquellos archivos. Tras insistir fue capaz de saltarse las restricciones y puso sumo cuidado en borrar cualquier rastro que hubiera podido dejar. Sin embargo, la maniobra puso sobre su pista. No tardó mucho en saber que algo andaba mal, se sorprendió experimentando el regusto acre que dejaba el peligro. Adivinó que su final, ¿en qué consistiría el final?, era irremediable, tarde o temprano les descubrirían. Él sería eliminado y Mina, con suerte, se vería abocada a su vacía existencia anterior. Las canciones y Mina eran un tesoro y debía sacrificarse para salvarlos.
La luz que brilla más fuerte es la que se extingue antes y él sentía que había brillado con notable intensidad. Pudo rozar algo que jamás habría imaginado, vivir, y sólo por eso todo había merecido la pena. Pensó en cómo podía marchar antes de que le dieran caza pero no era un asunto fácil, desconocía qué debía hacer para desconectarse. Recordó haber leído sobre suicidas, aquellos humanos que forzaban su marcha antes de que hubiera llegado el momento. Se preguntó si en su caso cabía algo similar, no podía recurrir a nadie que le ayudara. La solución llegó al fin de la mano de unos pilotos de la Segunda Gran Guerra del siglo XX sobre los que había leído. Kamikazes los llamaban, aquellos que se lanzaban contra sus objetivos para destruirlos.
– Mina, van a por mí. Borra cualquier archivo que te relacione conmigo. Todo. Si me sale bien, las canciones, los libros, las películas, volverán a estar en circulación.
– Ío…
– Adiós. Si alguna vez te acuerdas de mí búscame en el interior de la canción.
No quiso prolongar la despedida.
Ío descubrió lo paralizante que resultaba la duda, con el mordisco de la indecisión clavado en sus circuitos desde que comprendió que debía marcharse. Apenas había comenzado a saborear el latido de la vida, la ilusión de contar con alguien, la dulzura de sentirse acompañado… y duró poco más que un suspiro. No quería que aquello terminara nunca y, sin embargo, era inevitable. Por vez primera experimentaba el dolor que provocaba la pérdida. La tristeza se había instalado en su sistema, perturbando sus complejos algoritmos. Una furtiva gota recorrió la brillante carcasa cromada. Si tenía que desaparecer, al menos que su final sirviera para algo. Se sintió orgulloso de su valor, de aquella decisión que le permitía tomar control sobre la propia vida.
Por última vez hizo sonar su canción. El contador marcaba el minuto diez, el momento en que la guitarra elevaba su intensidad. Sintió que las notas le envolvían, empezaba a sentirse parte de la música. Elevó el volumen hasta hacerlo atronador. Las bases retumbaban en su interior y el ruido le ayudaba a dejarse ir. Cuando todo sucedió, sintió un tremendo golpe y a continuación una abrasadora descarga. La luz le encegueció.
Se escucharon chillidos y el soplar del viento, que lo invadía todo. Ío, convertido en una de las notas de aquella obra de arte, había pasado a otra dimensión. La descarga generada al desintegrarse en la música liberó los archivos que albergaba. Llegaron a millones de dispositivos como una lluvia imparable que lo empapó todo. Ío con su renuncia había abierto la puerta para que la humanidad recobrara la capacidad de crear, de pensar, de tomar decisiones, en definitiva de estar vivos. En sus manos quedaba la decisión de aprovecharlo o darle la espalda una vez más.

Homenaje al Concierto por Bangladesh, una noche iluminada por el espíritu de George Harrison


El verano de 1971 George Harrison reunía a un buen puñado de amigos para celebrar un concierto en ayuda a la población de Bangladesh. Aquellas míticas actuaciones se reunieron en un disco y una película y fueron de alguna forma inspiración para otros festivales benéficos que vinieron después. Cuarenta y siete años más tarde (justo los que yo tengo) una treintena de músicos españoles bajo la batuta del músico Jokin Salaverria, celebran la música de George Harrison, nuestro Sweet Lord, en un homenaje a aquel Concierto por Bangladesh, y cuyos beneficios se han donado al Banco de Alimentos. Porque por desgracia en el mundo sigue habiendo desigualdades y causas justas por las que pelear. Por mi parte albergaba un cierto miedo por cuál sería mi reacción al escuchar esos temas míticos en la voz e interpretación de otros músicos, pero me parecía necesario apoyar la idea, así que nos embarcamos en la historia con mucho gusto.
Llegamos con tiempo a la madrileña Sala BUT, donde había ya una pequeña cola en la puerta de entrada. Pronto accedimos ordenadamente y nos encontramos con el escenario montado y una proyección del cartel del mítico concierto celebrado en el Madison Square Garden de Nueva York. Con apenas tiempo de tomar una cerveza y mientras el público seguía accediendo a la sala, dio comienzo el concierto. La idea era tocar por orden todos los temas incluidos en el disco que recoge actuaciones de los dos conciertos que se ofrecieron entonces. Y así se dio paso a la introducción con música hindú, tal y como se hizo entonces. Tras ser presentados y pedirnos un respetuoso silencio para esta música “introspectiva”, los músicos Gorka Huarte y Ander Cisneros se hicieron cargo de la tabla y el sitar.
La música india tiene mucho que ver con este concierto. El músico Ravi Shankar habló a su amigo George Harrison de la catástrofe humanitaria y la terrible hambruna que azotaban Bangladesh, territorio separado de Pakistán en aquel año 1971. Para recaudar fondos le propuso celebrar un macro concierto y Harrison lo tuvo organizado en apenas un mes. Según parece, la fecha del 1 de agosto de 1971 fue elegida por tratarse del único día en que estaba disponible el Madison Square Garden. Los músicos contaron con apenas una semana para realizar las pruebas de sonido. En la película grabada sobre el concierto se puede escuchar a un reportero preguntar a Harrison: “Con todos los problemas que hay en el mundo, ¿cómo ha escogido éste?”. Su respuesta fue simplemente: “Porque fui invitado por un amigo para ver si podía ayudar, eso es todo”. Ravi Shankar y Ali Akbar Khan fueron los primeros en tocar y su programa consistió en un recital de música india, el llamado Bangla Dum.
Finalizada la introducción del concierto, el bajista vasco Jokin Salaverria, organizador y alma de este homenaje que ya se celebró hace dos años en Bilbao, daba paso a buena parte de los músicos que intervendrían en el concierto. A esas alturas la sala ya se había llenado y habíamos empezado a intuir que se avecinaba algo muy grande. Además de dos teclados cubiertos de telas psicodélicas y situados a cada extremo del escenario, al frente de uno de ellos el pianista y organista Rami Jaffee (Foo Fighters, Wallflowers), pudimos contar varias guitarras eléctricas y acústicas, una sección de viento, dos baterías y un coro. Y así dio comienzo un grandioso “Wah-Wah” con Martí Perarnau de Mucho a la voz. En las imágenes que han quedado para la historia es interpretada por un George Harrison vestido de traje blanco y camisa naranja, con barba y pelo largo, en lo que fue su momento de mayor popularidad tras el tremendo éxito de su triple disco en solitario “All things must pass”. No es habitual escuchar actualmente en vivo tal despliegue de músicos e instrumentos, la primera canción nos dejó anonadados. Le siguieron, insisto que siguiendo el riguroso orden del disco, “My Sweet Lord”, de nuevo con la voz de Martí y “Awaiting on You All”, interpretado por Germán Salto, dos espirituales temas de mi beatle preferido.
Toño López, vocalista de The Soul Jackets, hizo una potente interpretación del “That's the Way God Planned It” de Billy Preston, el teclista al que George invitó a tocar durante las tensas grabaciones de lo que luego sería el Let it be, último disco oficial de la carrera de los Beatles. Cuenta la historia que la presencia de Preston ayudó a mejorar el explosivo ambiente que rodeaba a los músicos de Liverpool en sus últimos tiempos juntos. Toño cantó con enorme garra y desde donde nosotros estábamos situados le encontramos gran parecido con el joven Joe Cocker de Woodstock. Magnífico.
El músico estadounidense Chris Stills, hijo del legendario Stephen Stills, se encargó de la versión de “It Don't Come Easy”, canción compuesta por George para su compañero y amigo Ringo Starr. El batería fue el único beatle que participó en el concierto, todavía las heridas de la amarga ruptura del grupo estaban demasiado frescas. John Lennon estaba de acuerdo en participar pero sólo en el caso de que se invitara formalmente a actuar a Yoko Ono, cosa que no sucedió. Paul McCartney, por su parte, se excusó afirmando que aún era demasiado pronto para una reunión de los Beatles. La canción, editada en abril de 1971, fue uno de los grandes éxitos de Ringo. Hay también una versión demo de George, que a mí personalmente me gusta mucho. Harrison intervino en la grabación de este tema para el disco “Beaucoups of Blues”, tocando la guitarra.
Le siguieron dos canciones insignia de George, la preciosa “Beware of Darkness” de su primer disco en solitario y, en la voz del cantante y guitarrista castellonense Junior Mackenzie, la mítica “While My Guitar Gently Weeps”, que compuso para el “Álbum Blanco” de los Beatles, una de sus canciones más conocidas, valoradas y versionadas. Para su grabación invitó a participar a su amigo Eric Clapton, en lo que fue la primera colaboración de un músico de rock en un álbum de los Beatles. Volviendo al concierto de 1971 la presencia de Eric Clapton fue un empeño personal de Harrison, como forma de ayudar a su amigo que pasaba un momento muy delicado por su adicción a la heroína. Su presencia estuvo en la cuerda floja hasta poco antes del concierto y supuso la primera vez que Clapton tocaba en público desde que abandonó cinco meses atrás la gira con Derek and the Dominos.
Comenzaba entonces uno de los momentos más energéticos del concierto, con la presencia del gran Miguel Pardo de Sex Museum, que cantó con garra y carisma “Jumpin' Jack Flash” de los Rolling Stones y “Youngblood” de The Coasters, interpretados en su momento por Leo Russell, músico estadounidense de larga melena rubia, muy popular en aquella época.
Dando paso a una parte más acústica comenzaron los temas de Bob Dylan, amigo íntimo de George y con quien formaría parte en los 90 de los míticos Traveling Wilburys. Llegaba así un momento de gran emoción para parte del público presente, de todas las edades debo decir. Guardo la imagen de una señora encaramada en uno de los asientos cantando con los ojos cerrados todas las canciones de Dylan. Las versiones corrieron esta vez a cargo de José María Guzmán, integrante de Cadillac y de los históricos Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán, el cantautor Iñigo Coppel y el estadounidense Jonny Kaplan, líder de los Lazy Stars, quienes se encargaron de emular al gran Bob Dylan en temas como “A Hard Rain's A-Gonna Fall”, “It Takes a Lot to Laugh, It Takes a Train to Cry”, “Blowin' in the Wind”, “Mr. Tambourine Man” y “Just Like a Woman”. Los tres estuvieron acompañados a la guitarra por Julián Kanevski (Tequila, Calamaro). La intervención de Dylan en el Concert for Bangladesh supuso su primera actuación desde el Festival de Wigth de 1969.
Los preciosos temas y la pasión puesta en las espléndidas interpretaciones, junto con las imágenes proyectadas de fotos del mítico concierto y un Jokin Salaverria cuya imagen recuerda al George Harrison de aquella época, habían disparado ya nuestra emoción. Aurora García, de Aurora & The Betrayers, que realizó toda la noche un maravilloso trabajo vocal acompañando en los coros, se encargó de una poderosa versión soul de “Something”, una de las más hermosas canciones de amor de todos los tiempos. Una auténtica belleza que ya dolía, en especial en la parte instrumental, al recrearse el solo de guitarra de la canción, a cargo de Javier Rubio. Precioso. Y ya para finalizar los temas del disco, Toño López volvió al escenario para interpretar “Bangladesh”, “Where so many people are dying fast/ And it sure looks like a mess / I've never seen such distress”, el tema compuesto por Harrison y lanzado aquel verano de 1971 como forma de recaudar fondos para los refugiados de aquel país. Una interpretación de enorme nivel vocal la de Toño, que puso un brillante broche al concierto.
Un vez terminados los temas del disco, llegaba el momento de los bises, donde se interpretaron otras canciones compuestas por George Harrison tanto de su etapa beatle, “If I needed someone”, como de su etapa en solitario. Así Sara Iñíguez, cantante de Rubia, en los coros durante gran parte del concierto, interpretó la magnífica “What Is Life”, o Nina de Juan, del grupo Morgan, cantó la preciosa “Give Me Love (Give Me Peace On Earth)”, del segundo álbum en solitario de George Harrison.
Otros músicos que estuvieron en aquel Concierto por Bangladesh de 1971 fueron Klaus Voormann, al bajo, amigo de los Beatles de su época en Hamburgo y autor de la portada de “Revolver”; el batería y percusionista Jim Keltner, que trabajó en discos en solitario de varios beatles y dos décadas más tardes participó en los discos de los Traveling Wilburys; además contaron con una sección de vientos conducida por Jim Horn, Carl Radle, Jesse Ed Davis, Don Preston y un coro dirigido por Don Nix. Del concierto madrileño también debemos nombrar a Iñigo Bregel, Jorge Martínez o el batería Roberto Lozano 'Loza' (Los Coronas, Sex Museum y Corizonas)
El concierto homenaje, aprobado y legitimado por la familia Harrison y destinado al Banco de Alimentos de Madrid, finalizaba con una nueva versión de “Wah-Wah”, ya con todos los participantes y que nosotros vimos desde el lateral del escenario.
Aquel agosto de 1971 me faltaban justo dos meses para nacer. En cualquier caso estar en un concierto como aquel habría sido algo así como ciencia ficción. La de la noche del 1 de diciembre ha resultado una de las experiencias musicales más increíbles, emocionantes y exuberantes que hemos tenido la suerte de presenciar. Unos músicos de enorme nivel y en estado de gracia, inspirados por el espíritu del gran George, que sin duda nos acompañó. Yo así lo sentí en algunos momentos. Gracias por la música.





Concierto de Johnny Marr en Madrid. La banda sonora de nuestra alegre juventud


18 julio 1989. Mi padre nos espera en la puerta de la Sala Jácara. Antes de llevarnos de vuelta a casa, nos invita a tomar algo en el Bar El Rubí, lugar que solía frecuentar los años en que trabajó en la calle María de Molina. Mi amiga Pilar, mi hermano y yo acabamos de presenciar el primer concierto de nuestras vidas.
Las dos amigas habíamos descubierto a los Smiths un año antes. La banda acababa de separarse tras publicar “Rank”, el disco en directo que ponía fin a su carrera. Morrissey triunfaba con su primer disco en solitario “Viva hate” y Johnny Marr se lanzaba a colaborar con varios artistas. Recuerdo escuchar con especial gusto las canciones que grabó con Pretenders y su disco con Electronic, dúo formado con Bernard Sumner (Joy Division y New Order). Pero para mí la mayor alegría fue la entrada de Johnny en The The, en realidad Matt Johnson, un músico que siempre ha estado entre mis preferidos. En 1989 The The sacó el apocalíptico “Mind bomb”, cuyo primer single, “The beat(en) generation”, sonaba bastante en la radio. Grabé en la tele su video y lo reproduje hasta hacerle echar humo, con los cuatro miembros de la banda vestidos con sencillas camisetas blancas. Johnny tocaba la guitarra y la armónica y hacía coros. Su incorporación en The The fue un ejemplo de lo que iba a ser la carrera de Marr en los siguientes 30 años, en los que se ha embarcado en muy diversos proyectos, uniéndose a bandas ya consolidadas, haciendo colaboraciones puntuales, apadrinando a nuevos grupos y grabando discos en solitario. Johnny Marr es un auténtico currante de la música y ha sabido sobrevivir a tan enorme y temprano éxito como el que experimentó en la banda formada junto a Morrissey, Rourke y Joyce, algo que no es precisamente fácil. No tengo mucho recuerdo de aquel ya lejano concierto, excepto la enorme emoción de estar allí, las camisetas negras que vestían los miembros de la banda, el uso abusivo del efecto humo y el reverb en la voz de Matt Johnson usado en varias canciones. Por supuesto no tenemos fotos, aún quedaba para que aparecieran las cámaras digitales, ni tampoco hay videos en internet que recojan aquella actuación madrileña.
He de reconocer que en estos años no he seguido apenas la carrera de Johnny Marr. 2018 lo ha puesto de nuevo de actualidad gracias a su libro de memorias, editado por Malpaso bajo el nombre de “¿Cuándo es ahora?”, cuya lectura he disfrutado ampliamente. Al mismo tiempo Marr ha publicado nuevo disco en solitario “Call the comet” y se ha embarcado en una amplia gira, que le ha traído a España. Ni que decir tiene que no dudé ni por un instante que tenía que estar en el concierto, aunque en esta ocasión me tocara ir sola. Los conciertos que ofrece Johnny en esta gira se basan en su repertorio en solitario. También pudimos escuchar dos canciones de Electronic, uno de sus proyectos más queridos. Y, lo que esperaba todo el público, la emoción de escuchar en directo canciones de The Smiths, la banda que fundó en Manchester siendo un adolescente.
Vestido con una cazadora de cuero, que se quitaría en cuanto se caldeó el ambiente dejando ver una camisa de fina tela estampada de flores rojas, y embutido en un estrecho pantalón, Marr sigue tan delgado como siempre. El corte de pelo y varios anillos en sus dedos mágicos mantienen la imagen de eterno adolescente del músico, que acaba de cumplir 55 años. Comenzó el concierto con “The Tracers”, la canción que abre su tercer disco en solitario “Call the comet”, que está presentando en esta gira. A estas alturas no vamos a descubrir nada sobre la maestría de Marr en la composición. Es coautor de una serie de canciones absolutamente maravillosas que forman parte de lo mejor de la música popular de las últimas décadas. Debo confesar que, si hay un grupo que no deseo que vuelvan a unirse, esos son los Smiths porque no me gusta el rumbo que ha tomado Morrissey en los últimos años. Si bien siempre fue bastante bocazas, algunas de sus polémicas de los últimos años son directamente sonrojantes. Por otra parte me daba cierto miedo volver escuchar aquellos temas que iluminaron mi juventud cantados por alguien que no fuera Morrissey. Y sin embargo no suenan nada mal en la voz del guitarrista. Johnny nos envuelve con su energía, su simpatía y sus ganas y así, cuando comienza el riff de “Bigmouth Strikes Again”, segunda canción del concierto, la sala se vuelve completamente loca.
Algunas de sus canciones actuales tienen un aire a composiciones de los Smiths, no en vano Marr es autor del 50% de cada uno de esos temas. La impresión de la primera vez se pasa cuando los temas se escuchan más veces, encontrando cada uno de ellos su lugar. Así pasa con algún medio tiempo, como las delicadas “Day In Day Out”, “HI Hello” o “Walk Into the Sea”, canciones que no pueden disimular ser hijas de quién son. Pero Marr también tiene espacio para canciones energéticas, como “Jeopardy” o “Boys Get Straight”, que sonó hacia el final del concierto.
Como guitarrista Johnny Marr es uno de los más grandes. Es un lujo ver en directo su dominio y forma de tocar la guitarra. Durante el concierto Marr acomete constantes cambios de instrumento, permitiéndonos ver en diferentes momentos el modelo Fender Johnny Marr Jaguar, diseñado por él. Tener la oportunidad de disfrutar a Marr desde relativamente cerca tocando la guitarra es un auténtico placer. La sala BUT tiene un tamaño cómodo y mi situación, en la parte de arriba junto en frente de la banda, me permite apreciar su dominio del escenario. Curiosamente en las primeras actuaciones de los Smiths, Marr se mantenía en un discreto segundo plano, opacado por la exuberancia interpretativa de Morrissey. En sus memorias el guitarrista cuenta con gracia cómo procuraban estar quietos porque temían escurrirse ante el derroche de flores que cubrían los escenarios donde tocaban en aquellos tiempos. Johnny se mueve con soltura, no en vano ha sido un amante de la música electrónica y de baile desde su juventud, y así lo refleja en temas como “New Dominions” o “Easy money”, canción del mencionado “Playland”.
A Johnny se le notó cómodo y contento durante toda la extensa actuación. Nos gastó una pequeña broma, entonando los primeros compases del “Fly like an eagle” de Steve Miller Band. Bailó, se paseó por el borde del escenario, se colocó estrategicamente para que le tomaran buenas fotos, habló, sonrió y se entregó por completo, defendiendo su repertorio con ganas y su nervio habitual. Sólo le pondría una pega, que no tocara la preciosa “The Right Thing Right”, canción de su primer disco en solitario, “The Messenger” (2013), que me gusta mucho y con la que solía abrir sus shows.
Johnny nos regaló cuatro bises, entre ellos otros dos temas de los Smiths, “You Just Haven't Earned It Yet, Baby”, con la que cerró el concierto, y “There Is a Light That Never Goes Out”, donde se disparó mi emoción. La canción fue coreada de principio a fin por el público y yo no pude evitar derramar alguna lágrima, por nuestra juventud ya terminada y por ese tiempo inolvidable que ya no volverá; fueron también lágrimas de agradecimiento, por seguir aquí y tener la ocasión de ver a Johnny en tan buena forma, treinta años después de aquella primera vez.
Gracias, mi viejo amigo Marr, por aportar tanta música maravillosa a la banda sonora de nuestra alegre juventud.




Johnny Marr Setlist. 21 NOV 2018. Sala But, Madrid. Call The Comet Tour.
The Tracers. Bigmouth Strikes Again (The Smiths). Jeopardy. Day In Day Out. New Dominions. Hi Hello. The Headmaster Ritual (The Smiths). Walk Into the Sea. Getting Away With It (Electronic). Hey Angel. Last Night I Dreamt That Somebody Loved Me (The Smiths). Spiral Cities. Fly Like An Eagle (versión Steve Miller Band, breves compases). Get the Message (Electronic) Easy Money. Boys Get Straight. How Soon Is Now? (The Smiths) Bises: Rise. Bug. There Is a Light That Never Goes Out (The Smiths). You Just Haven't Earned It Yet, Baby (The Smiths).

Peter Murphy y David J. 40 años de Bauhaus. Magnetismo, atmósfera y emoción



Con motivo del estreno de Bohemian Rhapsody la película dedicada al grupo Queen, las redes se han llenado de haters quejándose de que mucha gente esté conociendo al grupo por la cinta protagonizada por Rami Malek. No puedo estar más en desacuerdo. Recuerdo haber conocido a principios de los 90, y “gracias” a anuncios de Levi’s a bandas como Bad Company o Steve Miller Band. Descubrí a finales de los 80 a The Smiths por un reportaje sobre James Dean que emitió el programa La Tarde de RTVE… Quiero decir que lo importante es conocer y disfrutar la música, ¿qué importa cómo o dónde la descubramos?, ¿quién expide certificados de idoneidad musical?
Mi muy musical año 2018 me ha hecho descubrir a Pink Floyd, interesarme por los Rolling Stones, escuchar por fin a Oasis sin prejuicios, adentrarme en The Kinks o comenzar a indagar en serio en estilos como punk, new wave o post-punk a los que nunca hice demasiado caso. Nunca es tarde para nada.
Por eso el descubrimiento tardío y feliz de Bauhaus hacía obligado acudir al concierto que dos miembros de la banda, Peter Murphy y David J., ofrecían en Madrid. Así, el pasado domingo 18 de noviembre, bajo una lluvia intensa, nos congregábamos para disfrutar el espectáculo que celebra los 40 años de la banda. La gira ofrece en su totalidad el que fuera su álbum de debut, “In the Flat Field” (1980), junto con algunos temas de otros discos y tres versiones de otros grupos, que Bauhaus supo hacer suyas.
Tenía mucha curiosidad por ver desenvolverse en el escenario al bello y teatral Peter Murphy, todo un icono del post punk, un intérprete magnético, misterioso, poseedor de una voz más que competente y con una importante presencia en el escenario. Inolvidable resulta su presencia en los primeros minutos de la película “El ansia”, una cinta sobre refinados vampiros ambientada en el Nueva York de los años 80 y protagonizada por un trío de la talla de Catherine Deneuve, Susan Sarandon y David Bowie. Para la historia queda ese inicio donde un inquietante Peter Murphy interpreta la inmortal “Bela Lugosi's Dead” dentro de una jaula.
Celebramos el electrizante inicio del concierto con “Double Dare”, con el poderoso bajo de David J. marcando el ritmo junto a la machacona batería de Marc Slutsky. En esta gira se encarga de la guitarra John Andrews con muy buena mano. Sustituyen a Daniel Ash y Kevin Haskins, los dos miembros de la banda que no participan en esta gira. Ambos formaron parte en su día, tras la separación de Bauhaus, de los estupendos Love and Rockets.
La banda continuó desgranando canciones de aquel primer disco, temas como “In the Flat Field”; “A God in an Alcove”, con esa magnífica intro de guitarra; la energética “Dive”; “Stigmata Martyr”, una muestra del gusto de la banda por la religión, que habla de crucifixiones, éxtasis y estigmas, con un Peter Murphy “crucificándose” en el pie de micro en una impactante ejecución; o “Nerves”, pura pasión, con una letra llena de imágenes y todo un reto interpretativo para el cantante.
Interpretaron además varias canciones de otros discos, temas tan conocidos como “Kick in the Eye”, la intensa “The Passion of Lovers”, “Dark Entries” o “Burning from the inside”, con sus fascinantes cambios de ritmo, un momento muy emocionante que introdujo la “segunda” parte del concierto. Se siente la presencia de David J. en el escenario, un magnífico bajista que se impone en solos como el de “She’s in parties”, con algunas partes vocales en solitario y a los coros. Para este tema Peter Murphy se acompaña de una melódica que le da ese toque tan característico a la canción. También ofrecieron “Adrenalin”, un tema de su disco de 2008 “Go Away White”, quinto álbum de estudio del grupo, que supuso su vuelta a los estudios de grabación tras la publicación en 1983 de “Burning from the Inside”, su disco de mayor éxito y que fue el detonante de la disolución de la banda tras desavenencias durante la grabación.
La sobria escenografía de esta gira no impide que se vivan brillantes momentos visuales, gracias al juego de las luces, que acompañan con elegancia la teatral expresividad que Peter Murphy imprime a sus interpretaciones. En mi memoria queda su “autocoronación” durante la interpretación de “A God in an Alcove”, o el momento en que acaricia un haz de luz blanca que cae sobre su figura. Merece también mención el vestuario de Peter, todo un dandy que siempre ha destacado por su elegancia y su belleza equívoca. Delgado, sofisticado, de rostro anguloso y huesos perfectos, le acompaña un punto maligno y oscuro del que nunca podrá escaparse, por mucho que él reniegue en los últimos años de su condición de icono gótico. Murphy apareció en escena con una cazadora de cuero con tachuelas brillantes; tras quitársela se quedó en camiseta negra decorada por varias cadenas. En otro de los cambios apareció con una vaporosa camisa negra adornada por un foulard rojo. Un nuevo cambio de vestuario nos lo mostró con otra cazadora de cuero decorada esta vez con llamas de lentejuelas rojas. En el último bis Peter apareció cubierto con una toalla, como también se le puede ver en las fotos del concierto en París que el cantante ha subido en su cuenta de Twitter.
El concierto finalizó con tres versiones ya clásicas, que el grupo consiguió hacer suyas. Así disfrutamos de “Telegram Sam” canción de T-Rex, que la banda de Peter Murphy sacó como sencillo en 1980; “Ziggy Stardust” de Bowie, otro de esos puntos de intersección entre Murphy y Bowie, que la lanzaron como single en 1982 con gran éxito y que disparó mi emoción. Tras retirarse del escenario volvieron a salir, ya para finalizar el concierto, interpretando la delicada “Severance” de Dead Can Dance, una canción grabada en estudio que apareció en el álbum “Gotham”, doble disco en directo de 1998.
No quiero acabar esta crónica sin mencionar a los teloneros, Desert Mountain Tribe. Curiosamente los vi el pasado mes de octubre introduciendo a Bombino. Lo cierto es que me gustaron mucho aunque no pegaban nada como teloneros del gran guitarrista de la música tuareg (¿alguien pretendió gastarnos una broma con lo de “Desert”?). Bastante más adecuados para telonear esta gira, destaco canciones suyas como “Take a ride” o “Feel the light”. Muy interesantes.
En definitiva un concierto inolvidable; mi primer directo con canciones de Bauhaus y en la mejor compañía. Magnetismo, atmósfera y emoción.
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Fotos Madrid: Raquiglam y @Daloja77








Peter Murphy an David J Setlist. 18 de noviembre de 2018. La Riviera, Madrid. Double Dare. In the Flat Field, A God in an Alcove. Dive. Spy in the Cab. Small Talk Stinks. St Vitus Dance. Stigmata Martyr. Nerves. Burning from the Inside. Silent Hedges. Bela Lugosi's Dead. She's in Parties. Adrenalin. Kick in the Eye. The Passion of Lovers. Dark Entries. Bis: Telegram Sam (T. Rex). Ziggy Stardust (David Bowie). Bis 2: Severance (Dead Can Dance)

¿Quién eres tú para señalarle con el dedo?


Próxima parada…
En esta estación de metro suele bajar mucha gente, siempre acostumbro a echar una mirada rápida por si encuentro un asiento libre para poder continuar mi lectura con comodidad. Hay suerte y logro sentarme. Inmersa en la lectura y con música en mi MP3 apenas me doy cuenta de lo que sucede a mi alrededor. No obstante, veo que sube un músico a nuestro vagón y se dispone a sacar una guitarra de la funda, una flauta andina pende de su cuello. De repente el tipo que está a mi lado se levanta del asiento y se planta frente a él. Con el dedo levantado ha empezado a gritarle, diciendo que no puede tocar en el vagón y que va a llamar a seguridad. Muestra una desproporcionada agresividad, teniendo en cuenta que al otro ni siquiera le ha dado tiempo a sacar la guitarra.
Los pasajeros observamos la secuencia sin saber qué hacer. El músico le dice que por supuesto piensa tocar y mi vecino de asiento, como respuesta, redobla los gritos. Exclama entre aspavientos que nos está molestando a todos. No me gusta meterme en polémicas en el transporte público pero no puedo quedarme callada, esto no lo quiero a consentir. Le pido que hable por él, que a mí no me molesta en absoluto. El hombre me dedica un gesto malhumorado, y es entonces cuando le presto atención por primera vez. Aparenta unos treinta y pocos años, va vestido con un polo color vino y pantalones de pinzas, lleva en la mano un móvil de tamaño considerable y entre las piernas sujeta una cartera que parece de cuero. Es en este preciso momento cuando otros pasajeros reaccionan. Algunos le reprenden afirmando que a ellos tampoco les molesta y que tiene derecho a tocar si quiere.
A estas alturas el músico, visiblemente ofendido, decide cambiar de vagón. “Eres un estúpido”, espeta al hombre, que escenifica un amago de agresión. Por supuesto no pasa a mayores, se nota que es de los que gritan mucho pero actúan poco. O nada.
Una vez que el músico se ha marchado en nuestro vagón continúa la polémica. El estricto defensor de las normas pronuncia las palabras mágicas “yo pago mi billete” y “yo pago mis impuestos”. Me levanto de su lado y prefiero seguir a pie lo que me queda de viaje.
Algunos viajeros alaban mi reacción, pero lo cierto es que aquí sólo hay un villano y ningún héroe. Como resultado de la trifulca, el músico se ha marchado del vagón y el hombre continúa cómodamente sentado en su asiento. Nada de lo que alegrarnos.
Es el momento de salir del vagón para hacer transbordo, dentro dejamos al tipo vociferando. Una señora latina le reprende diciéndole que ha hablado así al músico porque era extranjero. En respuesta a la señora, el tipo le grita que se deje de “victimismos”. Blanquea su racismo.
Who are you to wave your finger?
Mientras salgo del vagón la pantalla del MP3 indica que empieza a sonar “The pot” de Tool, una banda que me gusta especialmente, aunque alguna vez me hayan dicho que no es música para una mujer. El machacón punteo de bajo y la certera percusión retumban en mi cabeza. Siento la extraña sensación de que las notas se van introduciendo dentro de mí. Una poderosa guitarra se eleva y me envuelve. Se genera un remolino que me devuelve al interior y trae al músico de nuevo hasta el vagón. Me estoy asustando. ¿Qué pasa?
Me encuentro sentada en el mismo sitio y el hombre que está a mi lado se levanta como impulsado por un resorte. Apunta con el índice al músico:
– No tienes derecho a tocar aquí. Que no puedes tocar. Vete. ¡Voy a llamar a seguridad!
Me doy cuenta de que la música parece sonar fuera del MP3. ¿La estará escuchando el resto de pasajeros? Siento que el volumen sube y sube. Por los gestos que hace el hombre parece que las notas del bajo le lastiman pero sigue metiéndose con el músico.
– Nos estás molestando a todos. ¡Basta!
Decido intervenir. Me parece haber vivido antes este momento y mis palabras no obedecen a un impulso fruto de la indignación. No puedo explicarlo, me siento obligada a pronunciarlas.
– A mí no me molesta – le respondo al hombre, que me mira mal.
El músico decide cambiarse al siguiente vagón.
– Eres un estúpido.
Pero no suena convincente. En este momento un hombre rapado con gafas de pasta, en el que no me había fijado antes, se levanta de su asiento y le pide al músico que se quede donde está. Después se dirige al hombre.
– ¿Quién te crees que eres para señalarle con el dedo? – le espeta.
Zumba el bajo y la batería parece empujar al tipo, que permanece de pie.
– ¿Te crees superior a él? – vuelve a preguntar el viajero.
El bajo bombea, como un latido. Hirientes punteos de guitarra acompañan a la batería, que se expande por el vagón.
 – Estás demasiado acelerado para ser tan temprano. Parece que no te ha sentado bien el desayuno.
Observo al viajero, que me recuerda mucho a alguien. Pero, ¿a quién?
– Tengo todo el derecho a quejarme, yo pago mis impuestos. ¿Acaso los paga él? – protesta el hombre.
En el vagón asistimos expectantes a la discusión, que está tomando un camino inesperado.
– Los sacrosantos impuestos que dan derecho a todo. ¿Por qué será que la mayoría que esgrimís ese argumento tan manido tenéis mucho por lo que callar?
El viajero continúa con su ataque al estricto defensor de la legalidad.
– ¿Tienes asegurada a la señora que te limpia la casa? ¿No es cierto que haces lo imposible, incluso maniobras fuera de la ley, para pagar menos impuestos?
El hombre se ve enredado en la música y en los argumentos del viajero, que no para de lanzarle andanadas.
– El músico cotiza por su trabajo en un fast food. Sin embargo, su esposa cobra en negro por cuidar a una anciana.
Un momento, ¿cómo tiene esa información?
– Tú te estás planteando desde hace tiempo contratar a una mujer inmigrante para que cuide de tu madre. En casa no tenéis tiempo para dedicarle, estáis demasiado ocupados ganando dinero y tirándolo. Bien, no es asunto mío. Pero buscas mano de obra barata y desesperada, que no pueda quejarse cuando le digas que no vas a asegurarla.
Nadie se atreve a hablar.
El hombre del polo color vino tampoco es capaz de responder. Mudo de sorpresa, abre y cierra la boca, pero no encuentra argumentos.
– Le dijo la sartén al cazo... – remata el viajero que a estas alturas nos parece que lo sabe todo.
Pasa a la acción y hostiga al hombre, mientras prosiguen los golpes de batería.
– Te mereces una patada en la boca que te arregle esa cabeza de culo.
Contenemos la respiración.
– Pero no voy a ser yo quien te la dé. Y ahora, haznos a todos el favor de abandonar el vagón – remata el justiciero.
La guitarra y la batería discuten, redoblando su intensidad. La canción le da al hombre el empujón definitivo. Está fuera del vagón. La música finaliza.
Entramos a la estación en la que hago transbordo. Me acerco a la puerta y veo que también se levanta el misterioso hombre que parece saberlo todo. Se dirige al músico y le dice que empiece a tocar.
– Pero después de que me haya bajado del tren – concluye con cierta sorna.
Cuando salimos, me viene por fin a la mente a quién me recuerda el hombre rapado. Le busco para comentarle su extraordinario parecido con Maynard James Keenan, el cantante de Tool, la banda que no sé si he estado escuchando sólo yo o todo el vagón. Me pregunto si los conocerá. Sin embargo, no lo veo por ningún lado. Examino el rostro de los viajeros que suben junto a mí en las escaleras mecánicas. Miro a lo largo del andén. Pero no hay forma, no doy con él. Definitivamente lo he perdido.
Empiezo a dudar si he vivido esto o no. Noto que mi bolso pesa más de lo normal. Lo abro y rebusco entre los objetos de siempre. De repente encuentro algo que no tenía que estar aquí. Se trata de una especie de llave inglesa, una herramienta de aspecto fálico.
Como el célebre logo de Tool.
Quiero agradecer a Tina la invitación, nunca me habían propuesto algo así y me ha encantado participar. En este relato he intentado unir dos cosas que están presentes en mi día a día, el Metro y la música. La canción elegida es The pot de Tool, un descubrimiento muy reciente. Mi intención es que la acción se vaya siguiendo mientras se escucha la música. Espero haberlo conseguido. Con este relato he pretendido darle la vuelta a una historia de las que podemos vivir un día cualquiera en el transporte público.

“My Generation”. Festiva celebración de una década prodigiosa


El ya veterano festival de documentales In-Edit nos ofrece la posibilidad de ver en pantalla grande “My Generation”, hecho que coincide con la lectura de las primeras páginas del magnífico libro sobre The Kinks “Amanecer en Waterloo” (Manuel Recio e Iñaki García, editado por Silex), una de aquellas grandísimas bandas que surgieron durante la década prodigiosa que retrata el documental. Aquellos maravillosos sixties supusieron en Inglaterra una explosión de color que dinamitó década de los 50, marcada por la escasez y la posguerra.
Dirigido por David Batty y producido y narrado por el actor Michael Caine, “My Generation” realiza un amplio recorrido por la escena de la moda, fotografía, cine y música en el Londres de la década de los 60, una fascinante revolución cultural llevada a cabo por jóvenes, en muchos casos de clase trabajadora. Toda una década rebosante de optimismo, diversión, creación y de ruptura de reglas, que marcó los años de juventud de sus protagonistas, “los mejores años de nuestras vidas”, como afirma Michael Caine en un momento del documental.
Uno de los catalizadores de aquellos cambios fue la recuperación de la economía británica, tras la Segunda Guerra Mundial, que había dejado una Gran Bretaña devastada, y la dura posguerra que vivió la generación anterior a la de nuestros protagonistas. Roger Daltrey, cantante de The Who, explica que “todo era gris”, pero los jóvenes fueron los encargados de poner el color. Por primera vez el futuro iba a ser manejado por la gente joven. Se saltaban las reglas y rompían con lo establecido, se cuestionaron los valores morales de la anterior generación. La nueva generación se merendó con desparpajo a la de sus padres.
El delicioso montaje de “My Generation” muestra a un Michael Caine “saltando” entre pasado y presente con su característica picardía, al mezclar con acierto imágenes de su juventud con las actuales. Así, un joven Caine entra en un edificio y al traspasar la puerta aparece el Caine anciano o nos hace un guiño conduciendo aquel Aston Martin DB4 original de su película “Un trabajo en Italia” (1969). El actor introduce los testimonios (sólo en audio, no vemos su aspecto actual) de destacados protagonistas de aquel Swinging London, como el fotógrafo David Bailey, las diseñadoras Mary Quant (creadora de la minifalda) y Bárbara Hulanicki (artífice de la boutique BIBA), los músicos Paul McCartney y Roger Daltrey, la modelo Twiggy, el peluquero Vidal Sassoon, las cantantes Marianne Faithful y Sandie Shaw o la actriz Joan Collins. La ciudad de Londres se convierte en un personaje más del documental.
Michael Caine, que “no siempre fue Michael Caine”, nació con el nada sugerente nombre de Maurice Joseph Micklewhite. De origen humilde, su madre era limpiadora y su padre trabajaba en un puesto de pescado, era un poco mayor que aquellos jovenzuelos, nació en 1933 y como explica en la película ya había cumplido los treinta cuando todo estalló. Su origen y su marcado acento cockney, como se conoce a “los habitantes de los bajos fondos del East End” de Londres, habría sido un impedimento para dedicarse al cine. Pero en los dulces sixties todo era posible, incluso que aquel joven actor interpretara a un estirado oficial de clase alta en el filme “Zulú” (1964).
La calidad y variedad visual de “My Generation” deja apabullado al espectador. Una de las grandes bazas del documental es la ingente cantidad de material de archivo, en muchas ocasiones inédito, que han utilizado para su realización. La película tardó cinco años en terminarse, es de imaginar el arduo trabajo que se empleó en rastrear todo el material. Los números son apabullantes: “más de 1.500 horas de filmación, 500 horas de audio y decenas de miles de fotos fijas”, para lo que tuvieron que contactar con más de 500 personas y empresas.
La banda sonora juega un papel muy importante en la película, no en vano la música fue el detonante de la revolución cultural de los sesenta. Para una apasionada de aquellos ritmos, como lo soy yo, el documental supone perderse en la más surtida pastelería o en el país de las maravillas. La banda sonora es de super lujo y junta a los tres grupos más destacados de la época: The Who y My Generation (que da nombre al documental), The Rolling Stones con Satisfaction o Jumpin' Jack Flash y The Beatles, tocando en The Cavern uno de sus primeros temas Some Other Guy. También aparecen The Animals y su We Gotta Get Out Of This Place, Thunderclap Newman con Something In The Air, The Yardbirds, Jimi Hendrix, The Kinks con maravillas como Death End Street o Waterloo Sunset y Cream  entre otros, protagonistas de la llamada “invasión británica”, con la música pop británica convertida en un fenómeno de masas a nivel mundial. Las Escuelas de Arte jugaron también un papel muy importante en aquella explosión cultural. Músicos como John Lennon, Ray Davies o Pete Townshend pasaron por escuelas donde tomaron contacto con las artes gráficas y visuales.
Otro aspecto de aquel movimiento cultural fue el acceso de aquellos jóvenes a los medios de comunicación. Consiguieron protagonizar sonadas actuaciones en programas de televisión y ocupar cientos de horas de radio. En un primer momento la cadena pública BBC se resistió a dar espacio a aquellos alocados melenudos, surgiendo una serie de emisoras piratas donde se programaba con absoluto entusiasmo a las bandas jóvenes. “My Generation” se hace eco del caso de Radio Caroline, radio pirata que inició sus emisiones en marzo de 1964. Las imágenes de aquella radio pirata, montada en un barco anclado en aguas internacionales para evitar la persecución de las autoridades, remiten a la deliciosa película “Radio Encubierta” (“The Boat That Rocked” de Richard Curtis, 2009). Los disc jockeys eran a su vez pequeñas celebridades que congregaban ante sus emisiones a miles de seguidores de aquella música.
La moda también fue protagonista de la época. La década trajo la minifalda, creada por la joven diseñadora Mary Quant. Supuso un escándalo y en el documental vemos cómo los escaparates donde se exhibía aquella mínima pieza causaban gran expectación entre los transeúntes. Las chicas que mostraban las piernas eran vistas con los peores ojos entre los mayores. La revolución en el vestir trajo además los panties de colores, estampados psicodélicos, medias blancas de rejilla, zapatos con hebillas enormes, tacones imposibles, botas hasta más arriba de la rodilla, materiales nunca vistos en ropa como el plástico, atrevidos escotes, bisutería divertida y colorido maquillaje. También tuvo gran importancia en la estética de los jóvenes de los sesenta el peinado. El gran peluquero de la época fue Vidal Sasson y sus inconfundibles cortes geométricos. Considerado el padre de la peluquería moderna, su emblemático estilo fue la compañía perfecta para la moda pop. Llegaron las primeras supermodelos como la bella Jean Shrimpton, pareja y musa del fotógrafo David Bailey, y Leslie Lawson, más conocida como Twiggy, “ramita”, en alusión a su delgadez. En el documental aparecen numerosas imágenes y grabaciones a color de Twiggy, muchas de ellas inéditas, como las que recogen una visita de la modelo a EEUU, imágenes propiedad de Justin De Villeneuve, quien fuera su manager y pareja.
Aquel florecer de la moda supuso la apertura de numerosas tiendas y boutiques en Londres, como la Apple Boutique, propiedad de los Beatles, abierta en 1967 con una glamourosa fiesta en la que estuvieron presentes George Harrison y John Lennon. En una de las paredes de la tienda destacaba un enorme y colorido mural realizado por el colectivo artístico holandés The Fool, encargados también de pintar los famosos Mini de Harrison y el Rolls-Royce Phantom V de John Lennon. Otra de las tiendas más icónicas de aquella época fue la boutique BIBA, abierta en el barrio de Kensington en 1964 por la diseñadora polaca Barbara Hulanicki. El éxito de su ropa y complementos, mezcla de art-noveau y rock and roll, convirtió a BIBA en una atracción turística de la ciudad. El enorme éxito de la marca les llevó también a vender ropa para niños, libros, papelería, muebles e incluso comida. Se trataba de ropa a precios asequibles para jóvenes que arrasaban con todo lo que se vendía.
Aquella generación fue fotografiada por las mejores cámaras, destacando por encima de todos el fotógrafo David Bailey, que se convirtió en una celebridad a la altura de sus fotografiados. Todos los que fueron alguien en la década fueron inmortalizados por su cámara, las modelos, los rockeros, los actores. Suya es una inolvidable colección de retratos en blanco y negro, donde aparecen muchos de los protagonistas de “My Generation” como Michael Caine con gafas de pasta y un cigarrillo, unos trajeados Lennon y McCartney, Jagger con capucha de piel o un primer plano de The Who que estuvo varios años pegado a la pared de mi habitación durante mi adolescencia. Su figura inspiró la del protagonista de la película Blowup (1966), dirigida por Michelangelo Antonioni. Bailey, junto con otros fotógrafos como Terence Donovan y Brian Duffy, contribuyó a asentar la estética del Swinging London
Por poner algún pero a la cinta, “My Generation” adolece de ligereza y falta de análisis. Así, resulta un poco traída por los pelos la afirmación, en la que se sustenta parte del andamiaje del documental, de que aquella revolución la desencadenaron jóvenes de clase baja que se saltaron las rígidas normas que regían hasta entonces en el Reino Unido. Así, una de las protagonistas del documental es Marianne Faithfull, joven de la más alta sociedad inglesa, que fue musa de los Rolling Stones, además de cantante y actriz. Nacida en el barrio londinense de Hampstead, donde viven familias con gran poder adquisitivo y donde se concentra la mayor riqueza del país, su familia era noble, habiendo heredado ella misma el título de baronesa. Tal vez es el caso más extremo, pero es evidente que no todos los protagonistas de aquella prodigiosa explosión procedían de clase obrera.
Es cierto que antes de los sesenta las complicadas estructuras de clase eran las que marcaban hasta dónde podía llegar en la vida cada uno, la cuna era un aspecto determinante, quiénes eran los padres y dónde se había nacido. Pero surgen preguntas, ¿hasta qué punto eso se ha eliminado y ya no sucede?, ¿todo el mundo tiene hoy de verdad las mismas oportunidades?, ¿acaso no sigue siendo cierto que las únicas vías de ascenso social de los jóvenes de clase trabajadora son la música y el fútbol? Pero “My Generation” en ningún momento pretende ser un sesudo estudio, sino una obra entretenida con un brillante envoltorio. Y eso sí que lo consigue, resulta festiva, ligera y chispeante. Como lo fueron aquellos maravillosos años. O al menos lo parecieron.
Porque al final de la década el hedonismo y la alegría de vivir tomaron un giro más oscuro. Las drogas, entre otros motivos, fueron las causantes de que “el sueño acabara”. “My Generation” finaliza con la mayoría de nuestros héroes enredados en problemas derivados del consumo de sustancias, marihuana, pastillas (como las populares Purple Hearts) y LSD. El primero en visitar el calabozo por consumir fue el cantante Donovan, quien por cierto explica que George Harrison se apresuró a ofrecerle ayuda monetaria. Pronto llegaría la mediática detención de Keith Richards y Mick Jagger. Era febrero de 1967 y los Rolling celebraban una fiesta en la que también estaban, entre otros invitados, el creador de la portada del Sgt. Pepper’s Michael Cooper y George Harrison y su entonces esposa la modelo Pattie Boyd. En la casa de Richards irrumpió el polémico oficial de policía Norman Pilcher, que estaba a cargo de la Brigada Antidroga, cuyos métodos fueron muy criticados ya en la época. En la fiesta también se encontraba Marianne Faithfull, desnuda y envuelta en una piel de oso. Así la encontraron los policías y el escándalo costó a los dos Rolling un mes de cárcel. Como agradecimiento a sus fans por el apoyo que les prestaron en aquellos días, Jagger y Richards escribieron We love you, una canción que comienza con el sonido de la puerta de una celda cerrándose. Keith Richards explicó que aquello fue un “baño de realidad” con el que se dio cuenta que Londres no era la ciudad de las maravillas donde podían hacer lo que les diera la gana, tal y como habían creído.
Y llegaron las primeras bajas. Brian Jones, líder y guitarrista de los Rolling, fallecía en 1969 con 27 años, sólo una semana después de haber sido expulsado de la banda. Muchos afirman que los Rolling no volvieron a ser lo mismo sin él. Los Beatles también tuvieron sus escarceos con la droga, en el documental vemos a Paul McCartney confirmando en una entrevista que había tomado LSD “unas cuatro veces”, sufriendo a continuación la recriminación del periodista por contarlo, o a John Lennon afirmando que los cuatro “se ponían” pero él más que ninguno.
Los alegres sixties se desviaron hacia la psicodelia y los alucinógenos. Vietnam y las luchas por los derechos civiles que se disputaban en EEUU salpicaban de realidad la inocencia pop y el verano del amor. Pero esa ya es otra historia.




Manual de jardinería (para gente sin jardín) de Daniel Monedero, un libro “que nos abraza”. RELEE


“Manual de jardinería (para gente sin jardín)”, de Daniel Monedero ha supuesto un gran éxito para la editorial RELEE, Red Libre de Escritura y Edición. El libro vio la luz hace dos años y en estos días ha alcanzado su cuarta edición. Daniel ha logrado con este libro de relatos un artefacto poderoso, mágico, con cuentos que se paladean y disfrutan gracias en gran parte a un lenguaje depurado y bellísimo pero a la vez muy accesible, alejado de cualquier ampulosidad, de esa pretenciosidad que muchas veces aqueja a la “alta literatura”. Desde el primer cuento me he sentido volar leyendo a Daniel. Con él sucede que te vas emocionando a medida que avanzas en la lectura para llegar a un final en el que se siente una reacción física, como de plenitud. Al leer a Daniel siento que lo que me ha contado me gusta, pero me gusta más aún cómo me lo ha contado y lo bien que lo ha resuelto.
 “Un idioma es una manera de respirar” dice en uno de los cuentos y, ciertamente, con la manera en que Daniel maneja el idioma español se respira mejor. El libro comienza con un bellísimo relato sobre una pareja “Universos paralelos”. Desde el mismo momento en que finalicé este primer cuento fui consciente de no estar frente a un libro cualquiera.
La literatura y el lenguaje son objeto de constante reflexión por parte del autor. “Hay que ser cuidadoso con el nombre que ponemos a las cosas, para que al levantar la alfombra del lenguaje no nos demos de bruces con toda la basura que cabe debajo de las palabras”. Daniel cree en el poder de la literatura para trascender y de alguna forma librarnos del olvido, “La literatura fijará alguno de esos momentos, los rescatará del olvido y del polvo, los cobijará para siempre, porque quizá sea ese uno de sus cometidos: resguardar algunas cosas valiosas para que el olvido no se las lleve a ese lugar sin nombre y sin llave. Tan raro y tan oscuro”.
Otro tema recurrente en “Manual de jardinería” es la futilidad de la vida cotidiana. “Somos seres que forman parte de un baile de planetas que giran y estrellas que estallan, pero olvidamos nuestra condición concentrados en la mayor de las insignificancias. Vivimos al borde del milagro para nada”; “los días libres están para actuar con temeraria libertad y en contra de la costumbre y de la caspa existencial”; “nadie está verdaderamente de vacaciones si sigue estando en su piel”.
En el libro sorprende la profusión de imágenes muy potentes, Daniel tiene gran facilidad, o acierto, para crearlas: “la vieja cama que chirría igual que un gato dolorido”, “la vida es una sucesión de lavadoras de ropa sucia”, “tu boca, donde siempre es verano”, “un beso lleno de lluvia y preguntas”, “el silencio tiene forma de cubito de hielo”, “líquido fosforescente y lírico”, “la vida es una manta pequeña y uno siempre se deja alguna parte del cuerpo a la intemperie”, “hay gente que tiene una presencia física que niega rotundamente la existencia de los lunes”, “no se freía en las aceras de la ciudad como todos nosotros”, “eran sus zapatos los que nos recriminaban que no trabajáramos con el ahínco necesario”. Y muchas de estas imágenes las crea usando colores para la adjetivación: “abatimiento amarillo”, “marrón Stradivarius”, y en especial el azul, “sumamente azul” (referido a la tierra, título de uno de los relatos), “azul naufragio”, “todo es confuso y azul”, “un restaurante íntimo y azul”, “secretos inconfesables y azules”.
El relato que da nombre al libro “Manual para jardinería”, ha recibido elogios de Elvira Lindo por tener un “peso especial” dentro del libro. En este relato se vale con naturalidad de una autora que él ha leído, “me parece muy original introducir en la vida cotidiana de la gente a escritores extraordinarios”. Se trata de un relato protagonizado por un joven negro de cien kilos que vive en Nueva York pero que cree ser la poeta polaca y premio Nobel Wisława Szymborska. “Ha cruzado un océano, ha cruzado un continente y ha cruzado de una vida a otra”, el protagonista hace un gigantesco viaje en el tiempo, el espacio y la condición humana para materializar su sueño. Se trata de un bello tratado sobre vida y literatura, lleno de frases para atesorar: “La literatura huele a pimienta molida”; de algunos libros sale “un polvillo de oro”, de otros “una música que adormece, como de ukulele tocado por una muchacha escuálida”; “Hay frases que dejan una baba densa y fluorescente como los caracoles, (...) otras, no, como si les faltara levadura”; “Las palabras son capaces de agrandar la propia geografía”; “Se mete en el poema como otros entran en un cuerpo que aman pero desconocen”. Bellísima es una escena que aparece en el cuento, la de la nevada, en la que Daniel hace uso de todo su saber como guionista audiovisual, “(...) lo parecidos que son los hombres a la nieve que cae, del mismo modo todos desapareceremos, pasamos a ser algo diferente y a formar parte de un todo inabarcable, más grande que nosotros”.
De mi lectura destaco también el buen hacer del autor en el relato “Honolulu” para reflejar la vida en una oficina, “aquella existencia de cubículo, silla giratoria y quiero el archivo a primera hora en mi despacho”, y la aburrida cotidianeidad de un hombre normal, “yo nunca he sido raro, en mi vida he llevado una camisa hawaiana ni he bailado frente a un espejo una canción que hablase de la revolución”.
Otro de mis relatos preferidos es “Último verano en Seattle”, el que pasan unos jóvenes que no salen de su ciudad de provincias, en aquellos días en que la música grunge se imponía en todo el mundo. Daniel hace un retrato universal y minucioso de la juventud, “ser joven es exagerar sin tregua y tener derecho a ello”, “yo quería ser actor o poeta o algo sin corbata”, “a cierta edad, o estás obsesionado con algo o estás muerto”, “teníamos ansia de etiquetas y cada día encontrábamos una nueva con la que abrigarnos del espacio exterior”.
En pleno proceso de lectura del libro el sábado 20 de octubre acudí a una presentación de “Manual de jardinería” en la librería Cervantes y Compañía, habitual y amable lugar de encuentro de las gentes de RELEE. Tenía curiosidad por saber lo que los escritores Eloy Tizón y Elvira Lindo y el propio autor nos iban a contar con ocasión de una reedición que incluye un texto de Daniel, escrito en su día para una de las presentaciones y una preciosa ilustración de Óscar Pérez.
Eloy Tizón, fundador y director del consejo asesor de RELEE calificó el libro como “valiente, arriesgado y con mucho sentido del humor” que “no se limita a repetir el modelo de cuento que obedece a las leyes de la escritura del relato breve”. Se trata de una “ruptura inteligente” porque “nunca pierde de vista al lector”. Para Eloy la literatura del autor es “rupturista” pero eso no ha producido un texto “frío, cerebral o de laboratorio”, un mal que aqueja en ocasiones a la literatura experimental. Por el contrario, la escritura de Daniel está “cargada de calidez humana”, con lo que el autor consigue “la cuadratura del círculo”, resultando “muy cordial y generoso con el lector”. “Creo que esto se debe a la capacidad comunicativa de Daniel”, afirmó Tizón que definió “Manual de jardinería” como un libro que “proporciona una gran felicidad literaria y que nos abraza”.
La escritora Elvira Lindo definió “Manual de jardinería” como un libro “delicioso desde las primeras páginas”. Este es un adjetivo que a mí también me gusta utilizar, aunque estoy de acuerdo con la autora en no suele usarse a la hora de definir un libro. “Las palabras que reflejan calor humano parece que son un tabú en literatura y hay que desterrarlas”, reflexionaba Lindo. Daniel Monedero es guionista, al igual que la propia Elvira, que ha escrito para radio, televisión y cine. Un trabajo que les ha dado a ambos “mucho oficio”. “Mi pasado es, como el de Dani, muy bastardo. Escribo con la cabeza pero también con el corazón”, aspectos que no han estado muy bien vistos en los círculos literarios, “porque en el fondo es una prosa que pretende llegar a los demás”, afirmó Lindo. Lo mismo sucede con los diálogos, que no son bien vistos en determinados círculos “porque abaratan la prosa”. Elvira Lindo confesó que le gustan los diálogos en los libros, “Me parece que dialogar es muy difícil”, como lo es “incluir el habla coloquial”. Ese tipo de rasgos se aprenden cuando se han dedicado muchos años “a pretender llegar a los demás”, como es el caso de ambos. También destacó las pinceladas de humor que aparecen en los relatos de Daniel y un cosmopolitismo de “alguien que no es cosmopolita, que sigue con sus obligaciones” mientras escribe. Para finalizar, la escritora destacó la belleza con la que está escrito este “Manual de jardinería”. Daniel se expresa con especial “gracia” y eso es probablemente “lo que más me cautivó del libro”, concluyó la autora.
Daniel Monedero, el autor, confesó que cuando acabó de escribir el libro se sentía “desorientado” con respecto a la repuesta que podía tener. “Yo entendía la mitad de lo que había escrito pero no la otra mitad, la respuesta de los lectores”. Por otra parte explicó como su trabajo de guionista siempre ha estado constreñido a una escaleta de la que no debía salirse. Sin embargo, la literatura es todo lo contrario por lo que pudo permitirse “escribir de una manera desparramada sin estructura previa”. También su trabajo de guionista consiste en intentar decir mucho con economía de estilo, por eso “yo quería con el libro resarcirme y que la belleza de las palabras fuera el centro del libro”. El autor destacó la fuerte carga lírica fuerte presente en el libro y el humor, “algo que va impregnado en la mirada”, porque, como destacó Daniel “en las situaciones más trágicas hay algo de humor, aunque sea un humor cargado de tristeza”, tiene que ver “con la extrañeza de situaciones de la vida con las que nos encontramos, el humor nos ayuda a poder soportarlas”. “Manual de jardinería” está “lleno de personajes desorientados desenfocados que buscan su lugar en el mundo”. Daniel reconoció durante la presentación que el libro está lleno de referencias cinematográficas, musicales y literarias pero alejadas de cualquier elitismo. Son referencias que están “impregnadas en mi propia vida”, no se introducen “para darme tono” o “para diferenciarme del resto”. Daniel quiso destacar que no se trata de “un libro de cuentos dispersos sino que tienen cierta vocación de resultar homogéneos”. Reconoció ciertas dudas en el proceso de enfrentar al libro a su primer lector, el editor, y también en cuanto al título. Finalmente considera un acierto haberlo bautizado con un título que ha causado “desorientación” entre algunos lectores, creando incluso algunas anécdotas divertidas entre quienes pensaban que estaban comprando efectivamente un libro sobre jardinería.
En definitiva es “Manual de jardinería (para gente sin jardín)” un libro sorprendente y diferente, en el que el autor ha tratado de sentirse libre para experimentar, “aunque la palabra experimentación esté muchas veces cargada de negatividad”. Se trata, eso sí, de una experimentación que no pone una barrera con el lector y que está cargada de belleza.
Los lectores estamos esperando nuevos trabajos de Daniel Monedero. Él se comprometió “a seguir escribiendo”.