De cómo se desarrolló el municipio de Vallecas antes de su integración en Madrid. En la conferencia del profesor Manuel Valenzuela


Mi infancia son recuerdos de un patio de Vallecas. El rosal, las plantas amorosamente cuidadas por las manos mágicas de mi abuela, la vieja tortuga que andaba suelta a sus anchas, la primitiva lavadora donde la abuela lavaba la ropa de un equipo de fútbol del barrio, la pila de piedra, las baldosas desaparejadas…
Mujeres cosiendo delante de las casas bajas, vecinas hablando a la caída de la tarde sentadas en sillas de anea, el pastor alemán Rocco de la señora Manuela, la vieja y para mí terrorífica muñeca de mi tía colocada sobre la cama de la habitación del fondo, los vasos de cristal azul donde la abuela hacía los flanes, los cojines de ganchillo, el precario baño situado en el patio, la bodega de Saturnina, la tienda de chucherías de la Reme, la panadería, el bar Nueva York… todo un universo que giraba en torno a aquella empinada calle 9 donde pasé mi primer año y medio de vida. Tantos recuerdos, lágrimas, trabajo y esfuerzo concentrados en aquella casita baja. Mi abuela María la habitó desde inicios de los años 50 hasta diciembre de 1983. No dejo de buscar el aroma de aquel barrio donde pasaba muchos fines de semana y días de vacaciones a la vera de mi adorada abuela. Varios personajes de mis novelas son de Vallecas y en lo próximo que preparo, el barrio será de nuevo un escenario principal. A principios de los ochenta las casas bajas de Palomeras eran derruidas y los vecinos realojados en barrios nuevos con amplias aceras, prometedores parques y edificios de buena construcción en los que se contaba con ascensores, calefacción y “gas ciudad”.
Así, tuve claro que no podía perderme la conferencia del profesor Manuel Valenzuela, Catedrático Emérito de Geografía Humana de la Universidad Autónoma. Su exposición, titulada “Vallecas, de municipio rural a suburbio de inmigración”, forma parte del ciclo “La creación del gran Madrid. Anexión de municipios limítrofes”. Como nieta de aquella inmigración me interesa la prehistoria del barrio, los hechos y las anécdotas que lo cimentaron hasta llegar a ser el gigante en que se ha convertido hoy. La conferencia del profesor Valenzuela finaliza precisamente en el momento en que mi familia se instaló en Vallecas, cuando se convirtió en un barrio de acogida y recogida de miles de personas que llegaban de diferentes rincones de España en busca de una vida mejor y huyendo de la miseria y el hambre que les mordía en sus lugares de origen. ¿A que os suena?
La didáctica conferencia ofrecida por Manuel Valenzuela, un experto en la materia, ha llamado mi atención sobre diferentes aspectos relacionados con el barrio, en especial en lo referido al Puente de los Tres Ojos, el ferrocarril conocido como La Maquinilla, la figura del alcalde Amós Acero y la casa de Peironcely, 10. Veamos.
La anexión de Vallecas a Madrid se produjo en 1950, concretamente el 22 de diciembre. Era el más poblado de los 13 municipios que se integraron en Madrid, aportó el 26% de la población, algo más de 86.000 habitantes, tantos como muchas de las capitales de provincias entonces. También aportaba una gran superficie. El último de los municipios que se anexionaron a Madrid en los 50 fue Villaverde, en 1954. Estos municipios aportaron nada menos que el 88% de la superficie de Madrid.
Vallecas se encuentra situada en el sureste de Madrid, una zona esteparia de cultivos no intensivos, cereales, algo de viñedo, sin el atractivo que podía tener la sierra. Desde finales del siglo XIX se habían construido en la sierra de Madrid casas de veraneo por algunas familias pudientes, pero eso apenas sucedió en Vallecas. La villa de Vallecas era un municipio rural en el que había amplias zonas de cultivo situadas fundamentalmente en las zonas de  Portazgo y Alto del Arenal. Vallecas era además proveedora de ladrillos, yeso, pedernal o tuberías, materiales fundamentales para la construcción de edificios o para el empedrado de muchas calles, el crecimiento de la capital se disparaba. De esta forma se desarrolló una importante actividad industrial en Vallecas, centrada en las fábricas de yeso, como La Invencible o La Vascongada, o las ladrilleras como Ladrillos Valderribas, Ladrillera Española o Cerámica Española. El profesor Valenzuela nos enseña una foto suya de los años 70 que muestra la chimenea y la estructura de una de aquellas fábricas.
Fruto de aquella actividad industrial surgió La Maquinilla, un ferrocarril inaugurado en 1888 para transportar el yeso de las canteras vallecanas. Su recorrido comenzaba en Pacífico y llegaba hasta las canteras. También fue usado para el transporte de personas hasta 1923, cuando se inauguró la ampliación de la Línea 1 de metro desde Atocha hasta el Puente de Vallecas, bajo la avenida Ciudad de Barcelona. He buscado información sobre La Maquinilla en la red y, según se cuenta, tardaba en realizar el recorrido unos 35 minutos, con una frecuencia de hora y media entre cada tren. La Maquinilla seguía circulando cuando llegó el metro al barrio, para disgusto de los vecinos. Discurría entre “calles estrechas, huertas y zonas de escuelas” y suponía un peligro “a causa de las chispas numerosas, que por tratarse de material antiguo, se desprendían de la máquina”. La tensa situación se mantuvo hasta junio de 1931, cuando un grupo de vecinos del barrio llegaron a levantar las vías del tren. Finalmente el ministro de Obras Públicas, por aquel entonces Indalecio Prieto, se hizo eco de las reclamaciones vecinales y puso fin a La Maquinilla.
Y es que el transporte ha sido siempre una necesidad fundamental en un barrio obrero como Vallecas. Durante años se contó con una línea de tranvía que llegaba a Puente de Vallecas. En abril de 1972 se clausuró la última línea que seguía operativa. Otro importante medio de transporte fue el trolebús, siendo pionera la línea inaugurada en julio de 1949 que conectaba el Puente de Vallecas con la zona del pueblo. Aquellos trolebuses que aparecen en muchas películas de la época desaparecieron en 1966.
A principios del siglo XX Vallecas ya se organizaba en distintos barrios como Doña Carlota, Nueva Numancia, Vallecas o La China. Hacia 1920 se empieza a nombrar el barrio de Entrevías, delimitado por las vías del tren a Zaragoza y las del tren a Alicante, de La MZA (Compañía de los ferrocarriles de Madrid a Zaragoza y Alicante), fundada en el siglo XIX por José de Salamanca Mayol, marqués de Salamanca. La zona de Peña Prieta es una de las más antiguas, además del propio Puente de Vallecas. Quiero detenerme en la historia del barrio de Doña Carlota. Si bien Vallecas fue desde sus inicios un barrio eminentemente obrero, existió una quinta, la de Doña Carlota Mejía, fallecida en 1881 y propietaria de los terrenos donde se levantó más tarde el barrio. Como afirma una noticia de ABC en su edición del sábado 4 de agosto de 1916, en su testamento Doña Carlota dejó escrito su deseo de que se construyera un barrio en esos terrenos, “imponiendo un gravamen o censo” para las parcelas. Estaba bien trazado, con “calles amplias y espaciosas” que conformaban un barrio “sano y populoso”, con iglesia, escuela, “muchas tabernas” pero con problemas por entonces de abastecimiento de agua y transporte. El profesor Valenzuela nos explica que en este barrio se establecieron miembros de la judicatura y personajes como el dúo Pompof y Teddy, tíos de los famosos “payasos de la tele”, ídolos de los niños de los años 70 entre los que me encuentro. Prueba de la vinculación vallecana de los míticos payasos es la tumba de Fofó, fallecido en 1976, en el Cementerio de Vallecas. En este cementerio está enterrada mi tía María Luisa y para visitarla debíamos pasar por delante del sepulcro del artista, con el consiguiente disgusto y llantos por nuestra parte. Siempre llena de flores, cuenta con un busto de mármol negro que representa a Fofó caracterizado como el personaje que le dio fama. Vallecas ha dedicado una amplia avenida, al lado del Campo del Rayo, a la figura de Alfonso Aragón Bermúdez.
La historia del Puente de los Tres Ojos, situado sobre el Arroyo del Abroñigal, también llama mi  atención. Se proyectó en 1845 para la línea del ferrocarril de Madrid a Aranjuez. Las obras se realizaron entre 1846 y 1850. Cinco años más tarde una crecida del Arroyo del Abroñigal afectó al puente, que se hundió al paso de un tren, por lo que fue reconstruido. En 1928 se ampliaron los carriles del puente y se reforzó con una plataforma metálica. Bajo el puente, símbolo del barrio, discurría la Avenida de la Paz y posteriormente la M-30. El aumento del tráfico llevó a la demolición del puente en marzo de 1983. Actualmente hay un puente sin ningún encanto aunque más adecuado para la circulación. En torno al puente de los Tres Ojos y el Arroyo del Abroñigal surgió de manera espontánea a principios del siglo veinte un suburbio de casas precarias levantadas por el proletariado que trabajaba en las fábricas. Se trataba de inmigrantes procedentes de toda España. Se encontraba estratégicamente situado, cerca de las fábricas, próximo a Atocha pero con nulas infraestructuras. Sin servicios, sin canalización de agua o alcantarillado, las infraviviendas apenas contaban con pozos para abastecerse de agua y pozos negros para los residuos.
La Guerra Civil fue otro de los acontecimientos históricos que afectó terriblemente a Vallecas. El municipio sufrió un duro asedio durante la guerra al encontrarse en pleno frente. Además su situación geográfica la convirtió en lugar de paso entre Madrid y Valencia, donde se había trasladado el gobierno de la República. Entrevías, el Pozo del Tío Raimundo y el pueblo de Vallecas fueron las zonas más castigadas durante la guerra, sufriendo numerosos bombardeos aéreos. El profesor Valenzuela hace referencia a la casa fotografiada por Robert Capa, situada en Entrevías en la calle Peironcely 10, que puede ser víctima de la piqueta y la especulación inmobiliaria. La icónica foto de Capa, tomada en noviembre de 1936, muestra una casa de ladrillo llena agujeros de metralla y frente a ella, sentados en una acera llena de cascotes aparecen tres niños. Gracias a aquella imagen hubo asociaciones como el Socorro Rojo que comenzaron a enviar alimentos a la castigada población de Madrid. Capa publicó en diciembre de 1936 un amplio reportaje en la revista Regards, donde se incluía la foto, sobre el padecimiento del pueblo de Madrid. La casa, una de las humildes construcciones en la que habitaban los obreros vallecanos de principios de siglo, todavía conserva marcas de metralla en su fachada, aunque la mayoría han sido tapadas con yeso. La noticia de la demolición de la mítica casa saltó a numerosos medios el pasado año 2017, lográndose parar por el revuelvo popular. Por el momento hay una iniciativa para salvar la casa y desde el ayuntamiento se han comprometido a incluirla en el Catálogo de Bienes y Elementos Protegidos.
La conferencia del profesor Valenzuela encamina mis pasos hacia la figura del alcalde de Vallecas, Amós Acero, desconocida para mí hasta hace poco tiempo, y muy relacionada con aquellos dolorosos años. De extracción muy humilde, este maestro se afilió al Partido Socialista en 1920. En julio de 1927 le fue ofrecida una plaza de maestro de 1ª enseñanza en Vallecas, donde se instaló con su familia. Fue elegido alcalde de Vallecas en las elecciones de abril de 1931 con la proclamación de la II República. Fue elegido diputado a Cortes en junio de 1931 y en 1936 Acero fue restituido en su cargo de alcalde de Vallecas, cargo que mantuvo hasta el final de la guerra de España, manteniendo durante la contienda un comportamiento ejemplar. En marzo de 1939 abandonó Madrid hacia Valencia junto al gobernador civil de Madrid, siendo detenido en el puerto de Alicante y encerrado en el campo de concentración de Albatera. Fue sometido a dos juicios y, sentenciado a pena de muerte, fue fusilado el 16 de mayo de 1941 en las tapias del cementerio de la Almudena, con los ojos destapados por propia voluntad. Tenía 47 años. En los últimos años Vallecas ha querido recuperar la memoria de su alcalde. Así, en julio de 2016 se inauguró una estatua en el distrito de Puente de Vallecas y en enero de este año 2018 la Junta Revolucionaria de Vallecas realizó una pintada de homenaje al alcalde vallecano en la Avenida de la Albufera a la altura de Buenos Aires.
Vallecas ha sido desde sus inicios un barrio eminentemente obrero y “de aluvión”, en los años 20 se alimentó de los obreros que se establecieron en el municipio para trabajar en las fábricas de yeso y ladrillos. Y comenzó a crecer desmesuradamente a partir de los años cincuenta debido a la riada de personas que llegaban desde las zonas rurales de provincias como las dos Castillas, Extremadura o Andalucía, que llegaban en busca de una vida mejor. Somos orgullosos hijos de la inmigración y queremos conocer nuestro pasado.




Metarrelato con perfume


Mi colaboración con Maskao Magacin. 02/07/2018
Me sorprendo decidida a contar al vendedor por qué busco el perfume, pero una vez que he empezado no voy a parar. Sé que va a sonar muy loco pero no voy a parar.
Llevo varias semanas buscando perfumes de hombre. Estoy dando vueltas a una nueva novela. Ha nacido a partir de una canción, en un proceso un tanto extraño. Me he acostumbrado a no inmutarme ante nada que tenga que ver con escribir. Es así y no quiero darle más vueltas.
Pero soy consciente de que va a sonar muy loco. Nunca me ha gustado dejarme llevar por misticismos en torno a la literatura. Desde que escribo en serio me han pasado varias anécdotas que resultan, como poco, difíciles de explicar. Yo misma soy testigo de cómo las historias se entrecruzan con la realidad, surgen extrañas casualidades e incluso en ocasiones lo que escribo acaba sucediendo. Los círculos de la creación me dan miedo, no quiero insistir sobre ello. Porque el impulso de escribir es más fuerte. No es algo que me guste contar.
Y sin embargo, sin saber por qué, me decido a explicar al dependiente qué hago allí.
– Verás, cómo lo digo… Busco las palabras.
– Es para algo que voy a escribir. Soy escritora. Cuánto me cuesta aún pronunciarlo. Escritora.
– Estoy buscando perfume para un personaje. La idea es que me ayude a caracterizarlo, ya lo he hecho en otras ocasiones.
El vendedor no pone, como espero, cara de extrañeza. Es más, parece entenderme. Sus ojos brillan y sin asomo de duda va al grano.
– ¿Qué tipo de hombre es?
Se lo describo por encima. Hace un gesto de afirmación y se lanza a por uno de los frascos. Pulveriza el perfume sobre un abanico, con delicados movimientos que tienen algo de performance. Lo huelo. En momentos como este lamento tener un olfato tan poco desarrollado, agravado por la presión de tener que decidirme sin demorarme demasiado. Había pensado que me toparía con el aroma como por arte de magia, que iba a surgir un flechazo con el perfume exacto. Pero se me está complicando más de lo que pensaba. Curiosamente la idea del olor, qué contradicción, ronda en mi cabeza. Espero que este ritual me ayude a encontrarlo.
En realidad mi periplo había comenzado en un gran almacén. Las vendedoras acechaban y en cuanto me veían acercarme a un expositor empezaban el interrogatorio.
– Quiero un perfume de hombre.
– Que no sea fresco, ni deportivo.
¿Cítrico? ¿Herbal? ¿Amaderado? ¿Especiado? ¿Oriental? ¿Frutal? Madera, almizcle, ámbar o resina, vainilla, pimienta y canela, lavanda, espliego, hojas, tallos, musgo, mandarina, pomelo, naranja, bergamota.
A partir del quinto perfume ya no conseguía captar ningún matiz, sentí incluso un leve mareo. Oler sobre unas cartulinas tampoco ayudaba. Y las miradas expectantes de las vendedoras me generaban incomodidad.
Desistí de seguir buscando allí pero seguí apostando por la capacidad evocadora del perfume para ayudarme a crear mi personaje.
En uno de mis paseos he descubierto esta tienda en una calle comercial. Me he decidido a entrar sin pensarlo dos veces. No me ha dado tiempo a mirar apenas. De inmediato se me ha acercado el dependiente. Alto, delgado, con perilla y bien peinado, viste completamente de negro.
Después de oler el primer perfume me encuentro tensa. ¿Qué estoy haciendo? Insisto.
– Igual esto te parece muy loco.
El vendedor niega con aspavientos.
– Soy actor. Me encanta esto afirma mientras prosigue con el ritual.
Tras la primera experiencia fallida en el gran almacén, había decidido adentrarme en una pequeña perfumería. Cambié de táctica, buscando un perfume en concreto, aquel cuyo frasco reproduce el torso de un marinero. Una amiga me había contado que su olor le evocaba intensamente al sexo. Me sonó literario, aunque en realidad mi hombre no será especialmente sexual. Lo imagino cálido, social y refinado. Al fin y al cabo en eso consiste escribir, en inventar lo que al autor le dé la gana. Tampoco vi claro que esa fragancia fuera la que buscaba. Lavanda, vainilla y ámbar. Para un hombre “provocador e irreverente”, me dijeron. Mi personaje no lo es. Lo intenté con otro de la misma casa. Higuera, pachulí, cacao, cedro y vetiver. “Afrodisiaco y lleno de energía”, lo definieron. Lo encontré demasiado intenso. Aún probé otro de la marca. Cardamomo, artemisa y pimienta, unidos a salvia y canela. Definitivamente no. Una molesta sensación había empezado a instalarse en mi cabeza, ¿y si estaba empeñada en seguir un camino equivocado?
En otra de mis búsquedas recalé en Serrano. De nuevo el gran almacén pero en esta calle la tienda, de una sobria elegancia, estaba decorada con madera, espejos y cuero. Me asaltaron los olores nada más entrar. En absoluto fue una sensación violenta. Evocaban clasicismo, seguridad y pulcritud. Como tal vez oliera a mediados del siglo pasado en el baño de un escritor de éxito, un reputado cirujano, un político trepa y prometedor o un publicista a lo Mad Men. Había entrado al local de Serrano para hacer pis. Los grandes almacenes siempre son mi comodín, con sus baños limpios, el papel higiénico a punto y toallitas de papel de buena calidad. Salía de un concierto en la Residencia de Estudiantes y decidí bajar andando hacia Colón para despejarme. Todo rebosaba estilo y distinción en el establecimiento. El guardia de la puerta, apuesto como un galán de Hollywood me dio las buenas tardes al entrar. Los dependientes, de impecable traje, recordaban a George Clooney, con cuidado corte de pelo y canas como pintadas una a una.
Volví mi mirada, ávida, hacia colecciones de frascos minimalistas, con formas rectas y tipografía clásica en las etiquetas. Correspondían a marcas de las que no necesitan anunciarse en televisión. Aromas de un clasicismo vetusto, de perfumistas que cuentan historias disparatadas sobre el nacimiento de sus perfumes.
Tanto lujo me incomodaba.
La respuesta tampoco podía encontrarse allí, mi personaje, desclasado y sibarita, no podría permitirse esos precios. Pienso que tal vez el ritual desplegado por el actor puede funcionar. Y me dejo llevar. El dependiente frunce el ceño y me busca otro perfume. Repite el gesto con el abanico. Pero el anhelado flechazo no llega. Sus explicaciones tampoco ayudan. Habla de desiertos, de nómadas, narguiles, inciensos y oasis. A mi cabeza acude un término “orientalismo”, ese mal que los antropólogos condenan y que yo lucho por desterrar de mi mirada. Ese orientalismo con el que miré en su día a la India y al norte de África. Sin embargo, él está poniendo empeño. Opto por no ser aguafiestas. Y sigo oliendo. Me decido por la combinación que me ha llenado más, ámbar, almizcle y un toque de pimienta blanca. Compro un frasco pequeño, de promoción y me lo llevo. En casa me perfumo con él. Con disgusto, acabo admitiendo que tampoco es éste.
No encuentro un final adecuado. Aún no tengo perfume para mi personaje y no estoy segura de si debo seguir buscando. Para este metarrelato sobre escritura podría inventarme hallarlo gracias al anuncio de una revista antigua, o en una caja con cosas de mi abuelo, en realidad yo no conocí a ninguno de los dos, o en un choque fortuito con un tipo perfumado en el metro, o…
Pero lo cierto es que el flechazo aún no ha sucedido. Sin embargo, la novela seguirá adelante, ya es inevitable.

“¿Cuándo es ahora?”, memorias de Johnny Marr. Una mirada atrás sin ira del “rey sin corona” de los Smiths


En julio de 1989 disfrutaba llena de emoción de lo que era el primer concierto de mi vida. The The, el grupo de Matt Johnson con Johnny Marr a la guitarra, presentaban su exitoso “Mind bomb”. Éramos fans de The The y adorábamos a los Smiths. Porque me gustaba tanto su trabajo con The Smiths como con los discos que grabó con The The. No hay duda, yo soy muy fan de Johnny Marr.
Si queréis enteraros sobre qué sucedió para que The Smiths se separaran sólo cinco años después de empezar su meteórica y exitosa carrera, desde luego no os sacará de dudas “¿Cuándo es ahora?”, la autobiografía de Johnny Marr editada en España por Malpaso. Es curioso como un libro que da tantos detalles acerca de situaciones, guitarras, canciones, grabaciones, casas y amigos, pase tan de puntillas por un asunto tan peliagudo y que ha hecho correr tantos ríos de tinta. Dejando a un lado este tema las memorias del “rey sin corona de los Smiths” son un libro delicioso sobre música, amistad, crecimiento y cómo sobrevivir al interés que sigue despertando el mítico cuarteto de Manchester. Recreando sus palabras, Johnny Marr ha sabido cargar con el fardo de los Smiths, y ha intentado que sus numerosos compañeros no hayan tenido que pagar peajes por su pertenencia a la famosa banda.
El guitarrista, que se define como obsesivo en el aspecto artístico se sumergió desde crío en la música con una actitud mística. Trabajador nato y músico muy inquieto, explica que siempre ha trabajado “para mejorar”. Y ese deseo de mejorar en su carrera y en su vida es una constante de sus memorias. Su máxima siempre ha sido seguir el instinto de la música.
Hijo de irlandeses, gran parte de su familia emigró a Manchester para buscar trabajo y una mejor vida. John Maher (1963) vivió rodeado de música desde su niñez. De padres muy musicales que no le impidieron desarrollar su vocación, la música siempre tiró de él. Sus otras vocaciones fueron el fútbol, fue un prometedor jugador e hincha del Manchester City, y la moda. Orgulloso habitante del norte, de familia obrera y convicciones de izquierdas, Marr reivindica su origen pero también el esfuerzo para mejorar en la vida, no en vano, la pobreza era algo que su familia se había esforzado en dejar atrás, Nunca cometí el error de confundir la escasez con la virtud ni de asociar la pobreza con nada idílico.
El pequeño y siempre voluntarioso Johnny Marr realiza con “¿Cuándo es ahora?” (“Set the boy free” es su título original) una mirada atrás sin ira, incluso en lo que se refiere a la banda que le dio fama mundial y que ha marcado a fuego su carrera, aunque Marr supo seguir adelante desde el mismo momento de la separación. Nuestra increíble aventura había durado cinco años, y en ellos logramos hacer la música que queríamos para descubrir que a mucha gente le encantaba, y también habíamos roto algunas reglas. Habíamos logrado un éxito increíble sin ceder un ápice, pero nuestro modus operandi era tremendamente disfuncional, y nos había causado infinidad de problemas hasta desembocar en un final inevitable.
The Smiths fueron en muchos aspectos una banda atípica. Eclipsados por la personalidad y la verborrea de su cantante, Morrissey, la banda conoció un éxito meteórico, se separó inexplicablemente cuando estaban en su momento de esplendor y nunca más volvieron a juntarse, ni hay previsiones de que lo hagan en un futuro. No eran un grupo de amigos, a diferencia de muchas otras bandas. Marr llevaba mucho tiempo, en realidad desde los nueve años, intentando montar su propio grupo, y se encontró con Morrissey, un joven con un enorme mundo interior, cierto bagaje literario y muchas cosas que decir. Las dos personalidades se complementaron en un tándem creativo narrado con lujo de detalles en “¿Cuándo es ahora?” y que tuvo mucho de mágico.
La división de tareas siempre estuvo muy clara en los Smiths. Marr se encargaba de la música y la producción e incluso se vio obligado en ocasiones a realizar labores de manager, lo que le hacía verse superado por los acontecimientos. Morrissey ponía las letras a las melodías que le pasaba el guitarrista, se encargaba de las portadas y de la prensa. Andy y Mike se limitaban a tocar, no es poco porque alcanzaron un nivel interpretativo muy notable, pero en la banda el tándem Morrissey-Marr era el que “cortaba el bacalao”. Johnny explica que asumió, a pesar de su juventud, el papel de protector del grupo. Durante la vida de los Smiths la relación de Marr con los medios siempre fue ambivalente, dejando el protagonismo a Morrissey. De hecho, el guitarrista se queja en sus memorias del “toque ácido” de la prensa británica hacia todo lo que él hace. La relación del grupo tras finalizar su carrera juntos ha sido tormentosa. Andy Rourke y Mike Joyce llevaron a juicio al dúo Morrissey-Marr por temas de royalties. Si bien Andy se retiró de la contienda y ha mantenido una buena relación con Marr, su amigo de adolescencia, con Mike la relación está completamente rota. En cuanto al dúo compositor, tan solo ha habido algún contacto en estos años. Pero Marr, sin dar detalles, explica que en su relación actual con el cantante hay recelo, distancia y desconfianza. Como él afirma, una pena.
En los meses previos a la creación de los Smiths, Marr trabajó en varias tiendas de ropa de estética rockera en Manchester. Cuando crearon los Smiths, tanto Morrissey como él mismo, dieron gran importancia a la imagen del grupo, creando un estilo propio. Oscilaron entre los tupés sin brillantina de Morrissey al corte a tazón de nuestro protagonista y a un posterior peinado cardado, complicado de lucir. La estética de los dos líderes de la banda se basaba en camisas retro, rebecas y jerseys de lana, gafas “de la Seguridad Social”, collares de cuentas y ramos de flores, que Morrissey esparcía por el escenario ante el espanto del guitarrista que temía resbalar. Pero se les asociaba también con la desafección y el miserabilismo, algo de lo que el guitarrista siempre ha querido desmarcarse.
Johnny Marr ha tardado décadas en tocar en directo una canción de los Smiths. Lo hizo a petición del músico Neil Finn, de Crowded House, y finalmente quedó satisfecho. Actualmente incorpora varias canciones del repertorio de los Smiths en sus conciertos. Y debo decir que a mí me suenan muy bien.
La carrera musical post Smiths de Marr ha estado marcada por su trabajo con innumerables músicos y la pertenencia a varias bandas. Ya durante su época con los Smiths el grupo colaboró con cantantes como con Kirsty MacColl o Sandie Shaw. Pero la ruptura de su banda generó un número incontable de colaboraciones y proyectos, que continúa hasta hoy día. Incansable trabajador, siempre se ha aplicado el consejo que le dio un día a Noel Gallagher, no parar de escribir canciones “porque con las canciones todas las piezas siempre encajan”. En su autobiografía Marr se defiende de quienes le acusan de haber sido un músico a sueldo en muchos momentos de su vida, como si trabajar fuera algo malo. Johnny Marr ha colaborado y compartido banda con luminarias de la música como Bryan Ferry, su canción “The right stuff” es una versión de un tema instrumental de The Smiths; The Pretenders, recuerdo con especial gusto su versión de la canción de los Rolling Stones “1969”; Talking Heads; Pet Shop Boys; Beck o Bernard Summer, con quien creó el dúo Electronic, otra vuelta de tuerca del guitarrista, que coincidió con la época del llamado “sonido Manchester”.
Pero la que para mí ha sido su gran colaboración es su trabajo durante dos álbumes con el talentoso Matt Johnson. Estuvieron juntos cinco años, con una formación estable, que completaban James Eller al bajo y David Palmer a la batería. Debo reconocer mi predilección por Matt Johnson y el hecho de que Johnny formara parte de la banda e hicieran juntos dos discos tan maravillosos como “Mind bomb” y “Dusk”, fue para mí una de las grandes alegrías de finales de los 80. De hecho el concierto de The The presentando Mind bomb en Madrid, (Sala Jácara, 18 de julio de 1989) fue el primer concierto en el que estuve en mi vida. En el libro Marr destaca el talento y la capacidad visionaria en cuanto a música y temas de Matt Johnson, al que conoció a inicios de los 80, cuando Johnny estaba a punto de fundar los Smiths y Johnson arrasaba con su disco de debut “Soul Mining”.
Marr hace en sus memorias un completo repaso de la escena musical británica y de los diferentes grupos y proyectos personales por los que ha pasado, como buen culo inquieto que siempre ha sido. Por ejemplo la efervescente escena musical de Manchester a finales de los 80, con la mítica sala The Haçienda, en la que tanto tuvo que ver su colega en Electronic, Bernard Sumner, miembro de bandas como Joy Division o New Order. Fueron los tiempos del enorme éxito de bandas como Stone Roses o Happy Mondays.
El guitarrista encaraba la década de los 90 con la percepción de que la música electrónica se estaba estancando y había bandas de rock que no compartían la visión pesimista que llegaba desde la música de EEUU, en evidente alusión al grunge. En Inglaterra algo nuevo estaba llegando con bandas como The La's u Oasis, a quienes Marr conoció antes de saltar a la fama. Según cuenta en sus memorias, Johnny hizo muy buenas migas con Noel Gallagher, le regaló un par de guitarras con historia y le presentó a su manager, con lo que les dio un empujón en su carrera. Johnny ha ayudado a gente joven que estaba empezando, como los mencionados Oasis, pero él también ha tenido sus mentores, como Joe Moss, que ejerció de manager de los Smiths en sus inicios y fue un hombre decisivo en su vida o Bert Jansch, guitarrista de los míticos Pentangle, Sentía que Bert veía en mí algo de lo que yo no era consciente. Tocar la guitarra juntos era otra forma de trasvasar esas ideas profundas (…) A veces estas excursiones guitarreras se prolongaban mucho, y otras veces solo daban para un breve garbeo. Pero fuéramos a donde fuéramos, siempre eran buenos sitios. Una preciosa descripción sobre cómo dos artistas comparten improvisación y creatividad.
La vida personal y la artística de Johnny Marr siempre han estado mezcladas. Angie, su pareja desde la adolescencia, le acompañó durante toda la época de The Smiths en grabaciones y conciertos. Así está presente en gran parte de las páginas del libro. Por otra parte, las casas de Marr han sido siempre, además del hogar de su familia, estudio y refugio de músicos.
A pesar de que Marr nunca permite que estas memorias desprendan amargura, el guitarrista reflexiona sobre el poder reductor de la fama, ya que puede definirte por algo que hiciste en tu juventud, sin que importe que tu obra de madurez posea la misma valía. Él sabe sobre esto pero siempre lo ha combatido como sabe hacer, tocando la guitarra.
Además de los proyectos y colaboraciones mencionados, Marr tampoco ha parado en el siglo XXI. Fundó en 2003 una banda de space rock con el nombre de Johnny Marr&The Healers, en la que estaba su amigo Zack Starr (el hijo de Ringo y batería actual de The Who), donde nuestro héroe ocupaba por primera vez el puesto de cantante, una labor que desempeña con solvencia. Nuestro inquieto héroe´< se incorporó en 2006 a la banda estadounidense Modest Mouse. Estuvo tres años formando parte del grupo, se mudó a Portland, realizó una extensa gira por todo el mundo y el disco que grabó con ellos “We Were Dead Before the Ship Even Sank”, alcanzó el nº 1 en EEUU. Tras su aventura estadounidense se incorporó a la banda indie británica The Cribs con quienes grabó en 2009 el álbum “Ignore the Ignorant”. Una muestra de su versatilidad es su participación en la banda sonora de “Origen”, un film de Christopher Nolan, compuesta por el reputado Hans Zimmer.
En el libro Johnny Marr habla extensamente sobre su relación de amor con la guitarra, una  fascinación que comenzó siendo muy niño. Confiesa que escoge una guitarra porque le despierta un instinto y su relación con ellas es de enamoramiento. He pasado por cosas con mi guitarra igual que si fuera mi otra compañera. La culminación de esta relación de varias décadas es la blanca guitarra Fender Johnny Marr, en cuyo diseño y creación participó activamente el músico.
Johnny Marr afronta el ecuador de la cincuentena sin beber, sin drogarse, haciendo deporte y  haciendo música. Estar sano y en forma le ha hecho más rebelde y le ha acelerado. En la actualidad está inmerso en una extensa gira con su último disco “Call the comet”, aparecido este año 2018 y que le traerá a Madrid el próximo 21 de noviembre. Los fans ya nos frotamos las manos.


Sudor + Futuro Terror + La URSS, y salir llena de canciones


Por segunda vez en este año 2018 se me planteaba la posibilidad de quedarme sin ver un concierto que me apetecía muchísimo por tener que ir sola. Y una vez más hice lo que tenía que hacer cuando llega la llamada de la música y no hay quien la pare. Llevaba meses esperando este concierto, con un cartel impecable, Sudor + Futuro Terror + La URSS, grupos etiquetados como punks (o incluso postpunks), etiquetas sobre las que habría bastante que hablar. Descubrí a las tres bandas este verano cuando me hablaron sobre el concierto y lo cierto es que me apena no haber sabido antes de la existencia de estos grupos. Así que acudí con mucha curiosidad y ganas a la cita el sábado 29 de septiembre en la sala El Sol, donde se respiraba expectación y donde hubo muy buena entrada.
Comenzaron los toledanos Sudor, muy pegados al punk clásico de los ochenta. De las tres es la banda que controlo menos, pero pude escuchar el tema más conocido del grupo, ese trallazo llamado “Tu coche, tu casa y tu novia (me sudan las pelotas)”, una barbaridad se escuche en el disco o en uno de sus anfetamínicos directos.
La banda formada en 2006 por Cuéllar (bajo), Héctor (guitarra y voz) y Koke (batería) descargó con la rabia y velocidad habituales su urgente repertorio de punk crudo. Incluso hubo tiempo para que nos abroncara el cantante desde el escenario por tener que venir grupos de fuera (Toledo, Alicante y digamos Granada) para animar la noche madrileña. Sin pelos en la lengua igual que en sus canciones
Poco después comenzaron su concierto los alicantinos Futuro Terror, que ofrecieron una contundente actuación apoyada en su disco más reciente, el magnífico “Precipicio”, editado por el sello barcelonés BCore Disc. La banda formada por José Pazos (guitarra y voz), Néstor Sevillano (bajo) y Héctor Bardisa (batería y última incorporación, sustituyendo a Joan), interpretó un repertorio que sólo puedo definir como brillante. Es el caso de “Precipicio”, que da nombre al disco; la potente “Se encerró”, con un energético inicio; “Tumba de cristal”, otro de esos temas que “mantienen una intrínseca crítica al capitalismo y la post-modernidad”, como afirma su discográfica; mi muy preferida “Espíritu”, que sonó potente en directo, con una letra de poderosas imágenes, por un túnel de escarcha avanzas tan veloz, eres transparente, oro en la oscuridad, y con una parte instrumental en la que bajo y batería dialogan con unos afilados punteos de guitarra, llegando a un final apoteósico, con un José gritando una letanía desesperada Piensas en el futuro, dime qué mierda ves;  “El Paso Diatlov”, canción que se hace eco de una historia real, la muerte en extrañas circunstancias, no aclaradas, de nueve jóvenes excursionistas el 1 de febrero de 1959 en los montes Urales, por “una fuerza desconocida e insuperable”, según se afirmó cuando sucedieron aquellos misteriosos hechos; esa suerte de himno generacional que es “Urgentes” fuimos lo mejor del mundo, fuimos tan valientes (…) fuimos tan indivisibles como la serpiente (…) fuimos tan urgentes ; o la preciosa “Aelita” cómo podría pedirte perdón si sólo quieres venganza, otro tema con referencias a la cultura soviética, en este caso “Aelita Reina de Marte”, película muda de ciencia ficción estrenada en 1924 que, como explica José, “tiene un significado a nivel personal” más allá de lo meramente referencial; o “Salir de aquí”, canción de su anterior álbum y una de mis preferidas de la banda, con la que se hicieron un pequeño lío, saliendo con estilo y gracia del embrollo.
Adictivos, oscuros, políticos, Futuro Terror saben crear ambiente, como demostraron durante su emocional e intensa (en el mejor sentido de ambos términos) actuación, con un José, cantante y también principal compositor, entregado y a la vez contenido en sus interpretaciones. Me llamó la atención la expresión plácida de su rostro, de auténtico disfrute en alguna de las canciones, ventajas de ver el concierto en sala pequeña.
“Precipicio” ha supuesto cambio y avance en la carrera de Futuro Terror. Un disco serio, oscuro e introspectivo, político y anticapitalista, con referencias soviéticas en varias canciones. La sobria portada, una obra de arte de María Gea, contrasta con la portada con reminiscencias de cómic fantástico realizada por el ilustrador Adrián Bago para su disco anterior “Su Nombre Real es Otro” (2016). También han cambiado de estudio de grabación, de El Miradoor de Alhama de Murcia a Harri Sound de Alicante. Una banda que me ha ganado por completo y a la que deseo la mejor de las suertes.
Muy contentos y expectantes llegamos a la actuación de la tercera banda de la noche, La URSS un grupo respetado y muy valorado en la escena underground nacional y también fuera de nuestras fronteras; han girado varias veces por EEUU, donde se ha editado alguno de sus discos. La banda también presentaba en directo su nuevo trabajo, en su caso el álbum “Nuevo testamento”. Difícil expresar lo que me hace sentir este grupo, grande y complejo, con una ya extensa trayectoria pero a los que yo también he descubierto este año.
Grupo punk andaluz formado en 2006, se definen como “El hilo musical para tiempos de autodestrucción y agonía existencial”. Grupo inclasificable, sin embargo admiten la influencia de bandas como Eskorbuto y flamencos como Camarón. Pablo a la batería, Miguel/Maïk al bajo, Jorge a la guitarra y el cantante Áfrico forman esta banda, “cuyos cuatro miembros viven en tres ciudades distintas”, Miguel y Jorge siguen afincados en Granada, Áfrico se trasladó a Barcelona y Pablo a Madrid, por lo que los dos últimos discos de la banda “se han llevado a cabo en abstracto”, como explican, al no tener apenas tiempo para componer o ensayar juntos. La URSS creó además su propio sello autogestionado, La Corporación, en el que han editado algunos de sus discos.
En sus canciones la banda ofrece letras herméticas y desesperadas, creando atmósferas oníricas más cercanas a las pesadillas que a sueños plácidos. Religión, cruces, calvario, crimen, fuego, ruina, sacrificio, condena, tremendismo, no futuro, apocalipsis cotidianos, crueldad, muerte, son algunos de los temas que habitan sus canciones, conformando un universo creativo absolutamente propio.
Tuvimos la suerte de situarnos durante su concierto frente al escenario y flipamos fuerte con la eléctrica actuación que ofrecieron, no en vano La URSS tiene al frente a Áfrico, un ser de otra galaxia, magnético y extraño, que se mueve por el escenario con todo el poderío. Su personalidad y belleza andrógina y elástica hace difícil dejar de mirarle mientras canta y se retuerce, con espasmos entre lo flamenco y lo religioso.
Disfruté al máximo de las canciones, como la épica “Olvido”, “Souvenires de la nada” o “Habrá un sacrificio”, tema en el que encuentro reminiscencias de Parálisis Permanente y uno de mis o favoritos de la banda. Tocaron unos compases de “+” su canción más flamenca de este disco, hay pueblos que lloran cantando, enlazándola con “Non plus ultra”, un tema sobre imperio, cal viva, fosas y otras viejas palabras como España. “El lamento”, canción que me remueve, no sonó el sábado, me quedé con las ganas pero en realidad no importa, La URSS tiene tal repertorio y lo ejecutan con tal poderío que bienvenido sea aquello que decidan tocar. Después de este directo tengo claro que La URSS es de esos grupos que hay que ver al menos una vez en la vida.
Y como curiosidad tengo el gusto de conocer al bajista Miguel en su faceta de miembro del estudio granadino de arte El Rapto, muy valorado por su buen trabajo. De este estudio salieron las láminas y camisetas del crowfunding que hice con el músico Migüel Bastante para la edición de nuestro disco de CierreXImpago.
Sudor + Futuro Terror + La URSS, un concierto inolvidable del que salí llena de canciones. Y una vez más, gracias al maestro por el descubrimiento y la sorpresa.




Seis grados de separación. “El guateque” y los Rolling Stones



Inauguro una nueva sección en #Hzlqdbs No sé si dará para mucho o se quedará en nada, pero lo vamos a intentar. La idea es contar nexos de unión entre diferentes historias que me llamen la atención. Nos estrenamos con una pirueta que relaciona la delirante película de Blake Edwards y Peter Sellers El guateque (The party) con la canción Claudine de los Rolling Stones.
El cine de verano de Cibeles nos ha permitido ver en pantalla grande y en versión original una de las mejores comedias de la historia. Estrenada en 1968, muchos tenemos en la retina diferentes escenas de la película, como el pollo volador que se inserta en la tiara de una invitada o la entrada del pequeño elefante pintado con consignas hippies. La historia habla de una gran fiesta de un magnate de Hollywood saboteada inconscientemente por el peor invitado que se podría imaginar.
Peter Sellers está espléndido en un papel a su medida, el desastroso actor indio Hrundi V. Bakshi (“¿Habla usted indostaní?”), que lleva el caos y la desgracia de manera inconsciente allá por donde pasa. Su presencia completamente fortuita en la fiesta de un productor de cine, al que ha reventado previamente el rodaje de una de sus producciones, desencadena una serie de divertidísimos incidentes que acaban como el rosario de la aurora. Un elefante hippie, un camarero borracho, una orquesta rusa, un loro parlanchín (birdy nam nam), una piscina llena de espuma, una casa con suelos que se mueven peligrosamente, un baño atascado, un pollo volador que acaba pinchado en una tiara y mil locuras más, caracterizan una comedia de impecable ritmo, con un Sellers disfrutando al máximo de su increíble capacidad de imitar acentos.
“El guateque” es una obra coral, a pesar del indudable protagonismo de Sellers, llena de tramas y detalles que necesitan más de un visionado. Pura filigrana para una película que tuvo mucho, al parecer, de improvisada. Según se cuenta el rodaje tuvo mucha miga, con tiranteces y problemas entre el director y la estrella, un hombre tan talentoso como complejo. Tras esta película, la primera que rodó Sellers en Hollywood, ambos estuvieron un tiempo sin hablarse y pasaron varios años hasta que volvieron a trabajar juntos. Algo que no afectó en absoluto a la calidad de la película.
El indiscutible protagonista es el cómico inglés nacido en 1925 en el seno de una familia de artistas de variedades. Edwards le rodeó de una serie de fantásticos secundarios entre los que destacan Steve Franken como el hilarante mayordomo borrachín, Gavin MacLeod (el capitán de Vacaciones en el mar) en el papel de uno de los tipos gordos de la productora, Fay McKenzie, como la atribulada dueña de la casa y organizadora de la fiesta, Herb Ellis interpretando al director de la película que malogra Hrundi, Denny Miller como la estrella de serie B “Wyoming Bill” Kelso admirado por Hrundi y que solo piensa en agenciarse a la bella Conchita, J. Edward McKinley el magnate cinematográfico dueño de la casa… todos brillantemente ajustados a sus respectivos papeles.
El desastroso Hrundi es, sin embargo, un ser tierno y amable. La única que parece entenderlo es la francesa Michele Monet, que está en la fiesta para intentar le hagan una prueba como actriz. Interpretada por la actriz y cantante Claudine Longet, suya es la almibarada interpretación de “Nothing to Lose” una de las canciones de la película, cuya banda sonora corre a cargo del gran Henry Mancini. Y atención que aquí llega la relación con los Rolling Stones, no perdáis detalle.
Si la vida de Peter Sellers tuvo mucho de agitada, el maravilloso actor ha pasado a la historia del cine como un ser insoportable, despreciativo, obsesivo, tormentoso e imprevisible, la de la dulce Claudine Longet no se queda atrás. Esposa del músico Andy Williams saltó a la crónica negra, y a una canción de los Rolling, por un caso que llenó páginas de cotilleos y sucesos e hizo relamerse a la prensa amarilla de todo el mundo. Claudine se enamoró perdidamente de una famosa estrella del esquí, el bello Vladimir “Spider” Sabich. En 1975 ella y los tres hijos que había tenido con Andy Williams se trasladaron a vivir a la casa que el esquiador ruso tenía en Aspen, Colorado, estación de esquí frecuentada por millonarios y famosos de todo el mundo. Lo que empezó como una arrebatadora historia de amor, se fue deteriorando hasta que Sabich invitó a la actriz a abandonar su casa. El caso fue que el 21 de marzo de 1976 el esquiador murió de un tiro en el abdomen. Falleció desangrado. Longet fue responsable de lo que sus abogados describieron como un “accidente” cuando estaba aprendiendo a usar la pistola. Se inició un juicio muy mediático y finalmente se la absolvió de homicidio pero fue declarada culpable del cargo de negligencia criminal, un delito menor. Cumplió treinta días de cárcel, que el juez le permitió distribuir como prefiriera para que afectara lo menos posible a sus hijos. La instrucción al parecer estuvo plagada de irregularidades, con pruebas obtenidas sin orden judicial y una incorrecta manipulación del arma.
Poco después el abogado de Claudine, Ron Austin, abandonó a su mujer e hijos y se fue con su defendida. Según cuentan las crónicas ambos siguen viviendo en Aspen. La actriz, de ochenta años, nunca más volvió a actuar. La familia del esquiador inició una demanda civil que quedó resuelta tras un acuerdo económico y la promesa de no hablar nunca sobre el tema.
Esta desgraciada historia inspiró una canción a los Rolling Stones, “Claudine”. Se grabó durante las sesiones del Some Girls (1978). Se hicieron varias versiones que han circulado en varios piratas, lo que los entendidos llaman bootlegs, a lo largo de los años. Por fin en 2011, la canción se incluyó oficialmente en la reedición de Some Girls, formando parte del disco de bonus tracks. La letra es explícita, aunque al parecer sólo hubo un tiro y no fue ni en la cabeza ni en el pecho.
Claudine's back in jail again
She only does it at weekends
Claudine
Now only Spider knows for sure
But he ain't talkin' about it any more
Isn't, Claudine?
There's blood in the chalet
And blood in the snow
She washed her hands of the whole damn show
Claudine
She shot him once right through the head
She shot him twice right through the chest
The judge says ruled it was an accident Claudine
Accidents will happen

Y hasta aquí la historia de la relación, ciertamente truculenta, de “El guateque” con los Rolling Stones.


Y sigo arropándola



Mi colaboración con Maskao Magacin. 18/05/2018
La encuentro tan graciosa, con su pelito corto, sus cigarrillos negros de una marca poco usual, su forma peculiar de fumar sin tragarse el humo; ella dice que en realidad quema tabaco… Es muy sociable, pero con una cierta timidez que hace que se quede un paso por detrás en los saraos.
Desde que nos conocimos me he convertido en su preferido, o al menos así lo creo, y eso me hace sentirme bien. Quiero arroparla, que sienta mi calor. Suelo acompañarla en sus correrías alrededor de una radio libre en la que participa activamente, en realidad es lo que ocupa casi todo su tiempo. Somos habituales de un maremágnum de entradas y salidas alrededor de las actividades de la radio.
Me encanta la gente de la radio. En realidad aún no han empezado a hacer programas, todo el ingente trabajo que realizan está destinado a la compra de los equipos de la emisora. Cuando participo en sus historias, la sigo como puedo. En ocasiones acabo perjudicado, salpicado de la pringosa leche de pantera que está preparando junto con otro compañero o rozado por un cigarrillo dentro de un pogo en algún concierto. A pesar de lo mucho que ella se preocupa por mí, experimento cierta tensión cuando participamos en una actividad de la radio, porque nunca sé cómo vamos a acabar.
La mañana nos ha sorprendido con más frío del que podía esperarse para el primer día de mayo. Se ha despertado temprano y lo primero que ha hecho ha sido levantar la persiana y mirar el cielo, cubierto de nubes que amenazan lluvia. Como llueva se nos fastidia la manifestación. Se ha abrigado, por lo que pueda pasar, así que hoy me toca ir con ella. Nos espera trabajo duro en el chiringuito que han montado en la Plaza de Santa Ana. Al llegar, divisamos a lo lejos la enorme pancarta que han atado entre dos árboles. Con esta nueva fiesta de la radio en el Día Internacional de los Trabajadores, pretenden seguir avanzando en su propósito de equipar la emisora.
Uno de sus compañeros ha traído una cámara buena. Ellos se quejan a menudo de que apenas tienen fotos juntos, así que han decidido remediarlo. A ella le ha pillado desprevenida, y mientras el chico tiraba una serie de fotos, le ha increpado en broma, con el cigarrillo en la mano. Luego ya ha posado, pero no le gusta que le hagan fotos, se pone muy nerviosa. Ella intenta disimularlo, pero yo sé que anda disgustada. Asuntos de corazón de esos en los que yo no puedo hacer mucho. Al menos intento arroparla cuando en ocasiones la siento helada por dentro.
*
Diez años después de encontrarnos, la causa saharaui ha irrumpido en su vida. Nuestras salidas se centran ahora en innumerables actividades, manifestaciones, charlas, presentaciones y conferencias relacionadas con el Sahara Occidental. En esta noche de sábado nos acercamos al Colegio Mayor Chaminade. Un grupo de estudiantes solidarios han organizado unas jornadas para presentar una recién creada plataforma universitaria de apoyo a la causa.
Se descalza y se sienta sobre una alfombra junto con varios chavales. Las alfombras nos protegen del helado suelo de terrazo. Hace frío en el salón, escasamente caldeado, por lo que procuro ceñirme a ella para que mi presencia le dé calor. Un escritor saharaui ha traído uno de sus libros y comienza a hablarnos sobre los jóvenes de su tierra que en los años 70 estudiaban en las universidades de España y que formaron parte de una generación prodigiosa, que tuvo que asumir importantes responsabilidades en un momento especialmente difícil para la supervivencia del pueblo saharaui, cuando España abandonó el territorio de la peor manera posible y el Sahara Occidental fue invadido por Marruecos. Los estudiantes han participado activamente en el debate posterior, haciendo preguntas sobre la juventud, la cultura y las experiencias de los saharauis que viven en España como inmigrantes, en un segundo exilio que ellos llaman diáspora. Estamos sentados alrededor de una lámpara de cuero pintado, que emite una luz tenue, creando un ambiente perfecto para lo que nos están contando. Un poeta saharaui ha comenzado a preparar té muy amablemente mientras explica cómo se introdujo esta bebida en su cultura y recita unos poemas. “El primer té es amargo como la vida. El segundo, dulce como el amor. El tercero, suave como la muerte”, dicen los saharauis. Un leve seseo, vestigio de sus estudios en Cuba, otorga una especial musicalidad a las palabras del poeta. “Cuando la luna se abriga / la anciana noche se asila / en la silueta de una hoguera”, recita con voz pausada.
Desde que el Sahara está en su vida la encuentro muy feliz.
*
Veinte años hace ya que estamos juntos. He visto crecer su pelo, su cuerpo ha ensanchado, han llegado las primeras canas y su cara se va poblando de arrugas, ya no sólo de expresión. La he visto sonreír mucho más con los años. Siempre observadora, me complace su empeño en aprender y su determinación por madurar. A pesar del paso del tiempo se mantiene joven y divertida y ese es el motivo de que yo siga a su lado. He de decir que también tiene muchos defectos, pero no voy a ser yo quien los desvele. Nunca hay que traicionar a los nuestros.
En los últimos tiempos ha puesto todo su empeño en escribir y ha recuperado su interés por la música y la radio. Hemos venido a una Feria del Libro y del Disco en Radio Vallekas. Es un frío y soleado día de diciembre y como siempre mi propósito es arroparla. Ella ha colocado sus cosas en la esquina de una mesa y enseguida hemos ido a ver lo que se cocía por los otros puestos, repletos de fanzines, ilustraciones, pegatinas, libros, discos, chapas, marcapáginas... Nunca ha tenido espíritu comercial pero sí una enorme curiosidad, así la encuentro en su salsa, rebuscando entre los puestos, hablando con los artistas, preguntando a las chicas de los fanzines, “ahora hay muchas chicas haciendo cosas”, nos dice una de ellas. Entramos al estudio donde están entrevistando a unos chicos de una editorial independiente sin ánimo de lucro en la que entre todos los componentes distribuyen libros “por amor al arte”, con el propósito de hacer frente al control sobre la creación literaria que ejercen las grandes corporaciones.
Hay una banda en una sala al fondo. Están empezando a montar los instrumentos. Esto promete. Echaba de menos aquel ambiente eléctrico por el que nos habíamos movido en el pasado, así que estoy feliz de que siga contando conmigo en este viaje que ella llama “un proyecto propio”.
*
En ocasiones me pregunto cuál fue mi anterior hogar y quién me llevó a Marmota. Pero no soy capaz de recordar cómo recalé en aquella tienda de ropa de segunda mano. Allí llegué a mediados de los años 90, a poco de que abrieran aquel local en los alrededores del Rastro de Madrid. Mi memoria de lana comienza con aquellas dos chicas entrando en la tienda, rebuscando entre las perchas y los estantes, probándose gafas, sombreros y fulares. Recuerdo las risas cantarinas que llenaban de luz sus ojos. Cómo habría deseado en ese momento tener la capacidad de moverme y captar su atención. Deseaba con todas mis fuerzas gustar a alguna de ellas y que me llevara consigo. ¿Hay algo más triste que quedarte tirado en un estante, doblado todo el día? Sin posibilidad de embellecer y arropar a una muchacha.
Mientras rebuscaban chaquetas de cuero para la chica de enormes ojos verdes, la de pelo corto reparó en mí. Se me acercó al momento. Fue un flechazo. Me eligió sin dudar. Le he escuchado decir en ocasiones que yo le recordaba a los jerséis que le tejía su tía cuando era pequeña. De cuello abierto, manga francesa, con aberturas a los lados, de brillante color verde y con unas flores bordadas en un lado, mi confección recuerda efectivamente a unos sueters de punto que estuvieron de moda en los setenta. Creo que soy un jersey bonito, pero claro, qué voy a decir yo.
Han venido otros, han entrado y salido de su habitación, sin embargo yo soy el que sigue en su armario. Veinte años con ella y sigo arropándola.

Mi Blade Runner Blues


Es jueves 16 de agosto. Sólo hace unas horas que el mundo ha conocido el fallecimiento de Aretha Franklin. Las redes se llenan de música de la artista, ya inmortal, y su desaparición eclipsa otras efemérides como los 41 años de la muerte de Elvis o el 60 cumpleaños de Madonna. El día se tiñe de nostalgia y yo me preparo para ver por la noche en pantalla grande Blade Runner, una película que me pone melancólica. Voy entrando en ambiente escuchando la colosal banda sonora de Vangelis, una obra clásica a la que sin duda el film debe parte de lo que es. Mi hermano compró el disco a principios de los 90, cuando los dos descubrimos la película en televisión y nos convertimos en entusiastas seguidores de la historia del cazador de replicantes Decker (Harrison Ford) en el espectral Los Ángeles de 2019 que ideó Ridley Scott. Qué vértigo da pensar que el próximo año alcanzaremos una fecha que nos parecía tan lejana cuando vimos la película por primera vez. A Decker, nunca estuvo tan bello Harrison Ford, le encargan ejecutar, “retirar” a cuatro, ¿cinco?, replicantes del modelo Nexus-6, más humanos que los humanos, bellos y perfectos físicamente, elásticos, con una fuerza descomunal, y con un intelecto privilegiado que, fuera de todo pronóstico, desarrollan emociones, sentimientos, apego a la vida y necesidad de trascender.
Volviendo a la inmortal obra de Vangelis, a través de sus sintetizadores me adentro en un ambiente oscuro, denso y pegajoso como el petróleo, el perfecto envoltorio para la propuesta distópica de Ridley Scott. Curiosamente la banda sonora tardó varias décadas en aparecer en el mercado, otra de las extrañas anécdotas que rodean a la película, lo que se saldó con innumerables ediciones piratas. Me llena de escalofríos, en especial el tema “Memories of Green”, que acompaña la escena en la que Rachel (Sean Young) confirma lo que temía, que es una replicante, que sus recuerdos de infancia han sido implantados y en realidad pertenecen a la sobrina del dueño de Tyrell Corporation. Un sutil tour de forcé, con un Decker que abre los ojos con rudeza a una confundida Rachel. Hasta que se da cuenta del daño que le está causando y se apiada de ella. Es entonces cuando Decker descubre que se ha enamorado de un ser al que algún día probablemente se vería obligado a dar caza. Inmortal es el tema de amor, con el saxo tenor de Dick Morrissey, y épica la composición para los títulos de crédito, que no aparece en todos los montajes, y que en España fue sintonía durante muchos años del programa de TVE En portada.
En ese estado de pura emoción volví a ver la película, esta vez en pantalla grande, en versión original y sin la discutida voz en off de Decker. Son muchas cosas curiosas las que rodean a un film considerado de culto, pero incomprendido cuando se estrenó en 1982. Como la cantidad de versiones y montajes que ha sufrido, algo no muy habitual. A los diferentes montajes que se probaron desde antes incluso de su estreno, se unen las versiones llamadas “del director”, más de una, en las que se eliminan las explicaciones de Decker y el final feliz con la escapada en coche, y a las que se añade el sueño del unicornio, un elemento que tanto ha dado que hablar y que explicaría, o no, la verdadera naturaleza del cazador de replicantes.
La predisposición de ánimo y el visionado en el cine de verano de Cibeles me sumergió en el ambiente agobiante de esa ciudad donde no deja de llover, caótica, oscura y sucia, esa torre de Babel que habitan seres solitarios que siempre tienen prisa, esa metrópoli cruel y despiadada. La película, una de las más influyentes de la historia del cine en cuanto a temática y estética, está envuelta en una inconfundible y densa atmósfera, gracias al espectacular manejo de la luz y el claroscuro, a la manera de los pintores flamencos, se me ocurre Caravaggio, con una reducida paleta que incluye variaciones de marrones, grises, ocres y dorados. Más un frío azul metalizado en la secuencia de la muerte de Roy. Magnífica, la fotografía de Jordan Cronenweth.
La escenografía de la película también ha creado escuela. Los coches voladores que se mueven entre la incesante lluvia; el enorme anuncio digital de la mujer japonesa, una imagen prendida en la retina de cualquier amante del cine; la sede de la Tyrell Corporation, sin duda inspirada en los zigurat sumerios; la decadente habitación del magnate, con un toque vampírico en esa enorme cama rodeada de velos blancos y almohadones, a la luz dorada de decenas de velas; la oscura vivienda de Decker, donde a pesar de todo hay lugar para la belleza en el piano rodeado de fotos; la espectral casa donde vive el diseñador genético J.F. Sebastian (William Sanderson), un genio solitario, enfermo y rodeado de inquietantes muñecos mecánicos de su creación; el edificio es el escenario de la violenta lucha entre Decker y Roy (Rutger Hauer) y en su azotea empapada transcurre el mítico alegato del replicante al que le ha llegado la “hora de morir”, escena a la que acompaña otro grandioso tema de Vangelis.
Merece la pena también dedicarle un breve espacio a la ropa, fruto del delicado trabajo de vestuario de Michael Kaplan y Charles Knode. Así, resultan inolvidables las gafas de Eldon Tyrell (Joe Turkell); el corpiño, las botas de legionario romano y el impermeable transparente de la replicante  Zhora (Joanna Cassady), cuánto le deben Robert Rodríguez y Salma Hayek a su baile con la serpiente; o el aspecto postpunk de la replicante Pris (Daryl Hanna), con el áspero pelo amarillo cortado a hachazos, las ligas y ese maquillaje en forma de máscara que se aplica en los ojos. Quiero detenerme en Rachel y su estilo a lo diva de los años cuarenta, con enormes hombreras, mangas anchas acabadas en puños ajustados, pequeños botones forrados, el pelo recogido con “tupé” y los labios en rojo brillante al igual que la perfecta manicura de uñas. Cuando Rachel y Decker se enamoran el aspecto de la protagonista muta en una de aquellas heroínas románticas a lo Cumbres borrascosas, con abundante pelo suelto desordenado, ojos ahumados y tez pálida. Sentirse amada abre a Rachel como una flor.
A través de Blade Runner, una clara influencia para muchas películas posteriores, se hacen profundas reflexiones filosóficas sobre la creación, el sentido de la vida, el abuso y el control sobre el sometido (Es toda una experiencia vivir con miedo, eso es lo que significa ser esclavo), la identidad, la vida y la muerte, el amor, el paso del tiempo y la necesidad de trascendencia, de poder tomar decisiones, de tener el control sobre la propia vida. Casi nada para un thriller muy negro y futurista, aunque ese futuro ya esté aquí.
La película ofrece escenas inolvidables y se clausura con un frenético final, que completa la obra maestra. Por derecho propio la escena del monólogo del feroz Roy, se ha convertido en una de las escenas más recordadas de la historia del cine. He visto cosas que vosotros no creeríais: atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir… El replicante deja este testamento hablado ante la mirada atónita de su oponente, al que acaba de salvar la vida tras una cruel batalla. Al parecer el actor holandés fue quien dio su forma definitiva a esta melancólica y poética despedida, que ha inspirado a músicos y literatos de todo el mundo. En ese breve monólogo el replicante asume la derrota del tiempo con resignación y, a pesar de que ha sido creado para no sentir, se rebela atesorando una serie de intensas emociones y recuerdos experimentados en su breve vida. La luz que brilla con el doble de intensidad dura la mitad de tiempo, y tú has brillado mucho, Roy.
Finalmente Rachel acepta su destino junto a Decker, el tiempo del que dispongan. “Te quiero”. “Confío en ti”. Se cierran las puertas. Eliminado del montaje el final feliz, se impone la incertidumbre. Hasta que llegó Blade Runner 2049 y nos lo contó, aunque esa ya es otra historia.





Por fin Quadrophenia en pantalla grande


Si me preguntan cómo conocí a los Who, podría responder sin dudar que fue a través de una maravillosa canción, “Love, Reign o'er Me”, lo recuerdo perfectamente. Con esfuerzo, eran los primeros noventa y no existía internet ni nada parecido, fui recopilando información sobre la banda, conociendo sus discos y sus diferentes etapas y sabiendo más sobre su carrera. Así descubrí que aquel tema pertenecía a Quadrophenia, la segunda incursión de The Who en un álbum conceptual, lo que entonces se llamaba ópera rock. Compré el vinilo (nosotros decíamos disco) en El Corte Inglés; 2600 pesetas me costó. La portada en blanco y negra era muy pintona. Un mod subido en una scooter en cuyos espejos se reflejan las caras de los miembros del grupo, arropado por una parka con el nombre de los Who pintado en blanco. En el interior, una serie de fotos en blanco y negro ilustran la historia. Siempre tuve la idea de hacerme una camiseta con la foto del horrendo desayuno compuesto de garbanzos, pan de molde, huevo, café y unas colillas de cigarro pero nunca la llevé a la práctica.
Completamente loca por el disco, grabado en 1973, mi siguiente descubrimiento fue que en el año 1979 se había estrenado una película a partir de la ópera rock escrita por Pete Townshend. Entonces no disponíamos apenas de medios y la mayor parte de mi información provenía de un libro de Ediciones Júcar sobre la banda, además de lo que podía leer en alguna que otra revista musical. En aquellos días aún vivían tres de sus miembros, sólo faltaba Keith Moon, fallecido en 1978, y el grupo había vuelto a la carretera en una gira donde tocaban Tommy y otros grandes éxitos. La grabación de uno de aquellos shows de 1989, que en España emitió Telemadrid, se convirtió en una de mis cintas más preciadas.
La suerte se puso de mi lado cuando programaron “Quadrophenia” en lo que aún se llamaba segunda cadena. Por supuesto la grabé en video, en una cinta Maxell de 180 minutos para la que hice su correspondiente ficha, que guardé en el interior de la funda. Le dimos mucha tralla a aquella cinta. Recuerdo verla en casa con mi hermano y amigas del colegio y también la pusimos en el pueblo, de nuevo con mi hermano y mis amigas de allí, en un improvisado cineclub que montamos en nuestra casa. Aquel verano ya teníamos video en el pueblo y recuerdo que también vimos, entre otras películas, “El sentido de la vida” de los Monty Python.
Cuando descubrí “The kids are alright”, documental sobre The Who estrenado en Cannes en 1979, leí que las dos películas se estrenaron en su día en cines de Madrid. Aquello me llamó la atención, pensando en que debió ser una gozada asistir a alguna de aquellas proyecciones con la música a toda mecha, rodeados de un público tan fanático como yo misma. Pero entonces se quedó en un deseo incumplido.
Hasta que veinte años después el Matadero de Madrid me ayudó a cumplir aquel deseo. “Quadrophenia” era una de las películas programadas dentro del ciclo “Sonido, subcultura y cine” sobre “las fascinantes relaciones que existen entre la escena underground, la música y la delincuencia”. Bien por el Matadero, que está ofreciendo una excelente programación a un precio muy asequible y en ocasiones incluso de manera gratuita. Como esperaba, resultó muy emocionante el visionado en pantalla grande y una experiencia maravillosa escuchar en cine la banda sonora, que no hace sino ganar con los años. También es un punto a favor verla en versión original, aunque yo era fan del doblaje del desaparecido actor catalán Enric Arredondo.
El guión de la película desarrolla la idea del disco de Pete Townshend sobre un joven de clase obrera llamado Jimmy con una “personalidad dividida en cuatro facetas distintas”, en un “estado avanzado de esquizofrenia”, desdoblado en cuatro personalidades: “Un tipo duro, un bailarín indefenso. Un romántico, ¿soy yo por un momento? Un maldito lunático, te llevaré el equipaje. Un mendigo, un hipócrita, el amor reina sobre mí”, como aparece en el disco. Con pocas perspectivas en la vida, lo que le hace sentirse diferente es su pertenencia a la corriente mod. Vacío, su único respiro lo encuentra en su ropa, sus amigos, su música y su moto.
Ambientada en los años 60, la película recoge todo el dolor de vivir, la desorientación y la falta de expectativas que caracterizan a la juventud de cualquier época. Los protagonistas son jóvenes escasamente cualificados, con empleos basura, disparados el fin de semana “gracias” a las anfetas y cantidades ingentes de alcohol. Individualistas, egocéntricos, hedonistas, vanidosos, superficiales… y autodestructivos.
Dirigido por Franc Roddam en 1979, el film cuenta con Phil Daniels, inolvidable en su papel de Jimmy; como curiosidad a Daniels se le pudo ver años después en el video de la canción “Parklife” de Blur. Leslie Ash interpreta a Steph, la chica de la que está enamorado y un joven Sting rubio platino es el mod “Ace Face” (As de Oros). El film recoge una de aquellas batallas campales que tuvieron lugar a mediados de los 60 en Inglaterra, en concreto la de 1964 en Brighton, localidad costera del sur, que por cierto inspiró el nombre de una gran banda barcelonesa de los ochenta. Los mod con sus Levi’s ajustados, sus trajes de doble botón a medida, sus peinados lamidos, las scooters “secadores de pelo” llenas de espejos, frente a las chupas de cuero, los zapatos de puntera afilada, la gomina y las motos de mayor cilindrada de los rockers. Cada uno con sus músicas. Enemigos irreconciliables.
En España “Quadrophenia” se estrenó en el Cine Urquijo, en Argüelles, y míticas fueron sus proyecciones en el Cine Covadonga, situado en la calle López de Hoyos-161 y al que apodaban el “Covacha”. Yo ya intuía que los pases de la película a inicios de los ochenta debían ser la pera pero no es nada comparado con lo cuentan numerosas crónicas sobre un cine muy peculiar donde se fumaba de todo, se bebían litronas, se comían pipas y de vez en cuando se alborotaba el gallinero más de la cuenta. Por supuesto guardan su propia leyenda urbana, que hablan de un mod saltando desde el palco del cine a la manera de Jimmy en el “ballroom” de Brighton cuando intenta llamar la atención de una Steph deslumbrada por el bello y lacónico Ace Face. Otros cuentan que en realidad el que salió volando fue un rocker, “ayudado” por unos mods, en un delirante programa doble donde juntaron “Quadrophenia” con una peli de Elvis. A saber…
La película no tuvo muy buenas críticas en su día. Se la definió como una mezcla no del todo lograda entre el free cinema inglés de los 60, el cine musical y un pretencioso ejercicio de nostalgia. Más allá de apreciaciones, Quadrophenia se ha convertido con los años en un clásico, con momentos inolvidables como los del callejón, los bailes de Ace Face, la turba que vocifera aquel “We are the mods, we are the mods, we are, we are, we are the mods”, cuando Jimmy descubre al “bell boy” llevando las maletas y por supuesto la cabalgada en moto rozando el precipicio. Una película iniciática que está entre los mejores recuerdos de mi juventud.
Sábado 14 de julio de 2018. QUADROPHENIA. Ciclo “Sonido, subcultura y cine”. Cineteca del Matadero de Madrid.