Presentación en Burgos de Las acacias del éxodo, relatos sobre la provincia 53


Siguiendo con las presentaciones de “Las acacias del éxodo”, mi libro de relatos sobre el Sahara Occidental, la que fuera provincia 53 española, el viernes 8 de noviembre recalamos en Burgos. Era este 8 de noviembre una fecha destacada por varios motivos. Se celebra el Día de las Librerías y se cumplían nueve años del brutal desmantelamiento a manos del ocupante marroquí del campamento saharaui de Gdeim Izik. Coincidiendo con otra efemérides, la caída del muro de Berlín, recordamos que en el Sahara Occidental todavía se levanta el muro marroquí de la vergüenza, sembrado de minas y que divide en dos el territorio saharaui. La presentación tuvo lugar en la librería Hijos de Santiago Rodríguez y contamos con la presencia de miembros de la comunidad saharaui en Burgos.
En la mesa estuve acompañada por Chema Gete, de la Asociación Burgalesa de Amigos del Pueblo Saharaui. Chema presentó “Las acacias del éxodo”, destacando mi tarea de difusión de la causa saharaui a través del medio que me es “más propicio", la literatura, “como autora o como antóloga" y casi siempre desde el punto de vista de la mujer. En palabras de Chema, con mis libros investigo sobre “la cultura, las costumbres, la identidad y la personalidad del pueblo saharaui” para acercar una realidad que de otra forma “sería imposible de conocer”. Chema señaló que mi obra dedicada al Sahara Occidental está comprometida con la defensa de los derechos humanos y directamente influida por mi relación con activistas saharauis. Recordó que varios relatos del libro están inspirados por la represión marroquí de Gdeim Izik y en la mujer saharaui, “que sigue siendo vanguardia de la lucha”; otros temas que aparecen en el libro son la cultura y la música saharaui y la esperanza, “que se mantiene intacta”, de volver a la tierra.
En mi intervención recordé que Gdeim Izik fue el detonante que me llevó a escribir los primeros relatos, una tarea que he ido realizando de manera discontinua a lo largo de varios años, hasta que hace dos veranos una conversación con Moina Chejatu, actual delegada saharaui en Cantabria me decidió a agrupar los relatos en un libro y a buscar editorial donde publicarlos. Destaqué durante la presentación que el libro está basado en historias reales y es un intento de lograr que los lectores conozcan lo que sucedió y empaticen con la causa saharaui con más facilidad que a través de un discurso político.
Chema eligió varios relatos de “Las acacias del éxodo” para que los comentáramos en la mesa. Es el caso de “Tengo Tengo Tengo”, protagonizado por un activista de territorios ocupados que había perdido el idioma español que estudió en el colegio cuando España estaba en el territorio; “De Güera a Villacisneros”, que recoge un poema de Julio Martín Alcántara, escrito en 1950 en alabanza a la belleza del territorio saharaui; y “Una oportunidad a la paz”, el relato que abre el libro, sobre la encrucijada en que se vieron envueltos aquellos jóvenes de la Generación del 73 saharaui, los conocidos como “yeye”, que tuvieron que tomar las armas contra el invasor marroquí.
Quiero  destacar que la librería Hijos de Santiago Rodríguez, que nos acogió tan amablemente, es una auténtica institución en la ciudad y la más  antigua de España. Fundada en 1850, todavía la dirige la misma familia. Estuvo acompañándonos durante toda la presentación Mercedes, dueña de la librería, a quien quiero agradecer desde aquí su amabilidad y disposición.
Gracias en especial a los miembros de la Asociación Burgalesa de Amigos del Pueblo Saharaui, a Carmen Valcárcel y David Fernández por la organización y a Chema Gete, que me acompañó en la mesa, como ya hizo hace seis años para la presentación de “La primavera saharaui”. Agradecemos a asociaciones como la de Burgos su convicción en la literatura como medio eficaz de difusión de la causa saharaui.



Presentación de “Las acacias del éxodo” en Zaragoza arropados por la bandera de la República Saharaui


Fotos: Jesús Antoñanzas
Bajo una enorme bandera saharaui colocada en un salón del CS Luis Buñuel presenté el pasado viernes 25 de octubre en Zaragoza mi libro “Las acacias del éxodo” (Sílex Ediciones) durante las IX Jornadas de Formación de delegados y delegadas saharauis y de CEAS-Sahara, organizadas por Um Draiga (Amigos del Pueblo Saharaui en Aragón).
Enrique Gómez de Um Draiga fue el encargado de presentar un libro de relatos sobre el Sahara que recoge historias relacionadas con el pasado saharaui y el tiempo de la colonización española, el presente ubicado en una “violenta paz” y un relato final sobre un futuro imaginado. Enrique recordó la frase de Gabriel Celaya, Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse, al considerar que “Las acacias del éxodo” es un libro que toma partido por la causa que defiende la libertad del pueblo saharaui y su lucha por regresar al territorio injustamente arrebatado hace ya cuarenta y cuatro años. Enrique mencionó mi trabajo junto a Bahia Awah en la difusión de noticias sobre el Sahara Occidental a través del blog Poemario por un Sahara Libre, abierto en 2004. De aquella época data nuestra relación con Um Draiga, asociación que siempre apostó por la difusión de noticias y análisis sobre el Sahara, y por un trabajo decidido y muy eficaz de apoyo a la literatura saharaui en español, con la edición de varias antologías y libros de poetas saharauis de la Generación de la Amistad.
En “Las acacias del éxodo” he recogido historias que de otra forma probablemente hubieran quedado en el olvido. Me sorprendió el hecho de que Enrique tuviera subrayada una frase de la contraportada del libro, que recoge un texto del escritor saharaui Bahia Awah: Por naturaleza el saharaui no cuenta sus éxitos, evita ser presumido. Con esta frase Bahia refleja que la forma de ser de los saharauis conlleva que se pierdan acontecimientos importantes para ellos. A Enrique esta frase le “golpeó” antes de comenzar la lectura del libro. Le llevó a recordar a Mohamed “Cas Cas”, gran amigo suyo, que por la modestia habitual de los saharauis guardaba para sí gran cantidad de historias personales sobre el exilio, la complicada huida de la ocupación marroquí, su viaje a Paris donde se unió a otros saharauis para después ir a la guerra… Enrique recordó emocionado cómo le insistía en que esas historias debían ser contadas. Mohamed falleció en 2005 cuando un rayo incendió una fábrica de Huesca a la que acudía a comprar harina para su comercio. Aquellas historias sobre el Sáhara se marcharon con él.
Los relatos de “Las acacias del éxodo” están inspirados en historias reales que he escuchado en charlas, entrevistas, encuentros y en momentos que he vivido en estos casi veinte años andados al lado del pueblo saharaui. Recordé en Zaragoza cómo los primeros relatos del libro fueron escritos en 2010, motivados por la impresión que me causó el violento desmantelamiento por parte del ocupante marroquí del campamento saharaui de Gdeim Izik. A aquellos relatos se unieron otros, escritos a lo largo de varios años de manera intermitente. Sin embargo, no tomé conciencia de que los agruparía en un libro hasta el verano de 2017 cuando entablé una larga charla telefónica con una mujer saharaui que precisamente estaba sentada frente a mí en la presentación. Se trata de Moina Chejatu, actual delegada saharaui en Cantabria, cuyas vivencias aparecen diseminadas en dos relatos de “Las acacias del éxodo”, “La visita”, que narra el viaje de Felipe González a los campamentos de refugiados en 1976 y su posterior traición al pueblo saharaui, y “La alfombra de La Güera”.
Con el libro pretendo llegar fundamentalmente a lectores que no conozcan apenas la causa saharaui. Enrique no opina lo mismo. También debería ser leído por saharauis y movimientos solidario, porque en ocasiones conocer una causa hace que los discursos sean “previsibles y repetitivos”. “Las acacias del éxodo” trae, en opinión de Enrique, nuevas ideas y reflexión para proseguir con la tarea. Según explicó ha tardado en leer el libro porque ha releído, ha parado y ha pensado sobre las diferentes historias y personajes, muchos de ellos conocidos en persona o por referencias.
Enrique había propuesto centrar nuestra charla en cuatro relatos de “Las acacias del éxodo”, que hablan sobre la época de la colonización, la relación entre saharauis de ambos lados del muro, la situación en territorio ocupado y la esperanza en un futuro luminoso.
“La alfombra de La Güera” es un relato que habla sobre la época de la metrópoli en el territorio y sobre el éxodo. Pero al mismo tiempo profundiza en la dicotomía entre ser “saharauis y españoles” que tenían los habitantes del territorio durante la etapa de la provincialización, que no fue otra cosa que una maniobra de España para prolongar su presencia en el Sahara Occidental. Es también un homenaje a La Güera, aquella población saharaui situada “al sur del sur” que hoy yace sepultada por la arena, en espera de que regresen sus verdaderos habitantes y La Güera vuelva a florecer.
En “Las llamas que encienden mi corazón” recreo los recuerdos de aquella joven generación del 73 saharaui, los jóvenes que prendieron la revolución, mediante la historia de una pareja separada años después por la guerra. También hablo sobre la relación de los saharauis de uno y otro lado. Durante décadas fue imposible el paso de un lado a otro del muro y muy difícil la simple comunicación. Marruecos blindó por completo durante décadas los territorios ocupados. La llegada de internet y la Intifada de 2005 nos permitió conocer lo que estaba sucediendo en las zonas ocupadas. De alguna forma el muro empezó a resquebrajarse.
El relato “La combatiente” está ambientando en los territorios ocupados. Recoge un hecho real, el ataque de las fuerzas marroquíes de ocupación a la fiel compañera del activista saharaui de derechos humanos Hmad Hamad y a quien Enrique pudo conocer en el viaje de observación que realizó a El Aaiun ocupado en noviembre de 2009, durante la huelga de hambre de la activista saharaui Aminetu Haidar. Enrique viajó junto a su compañero de Um Draiga Rafa Antorrena y los políticos aragoneses José Luis Soro (CHA) y Álvaro Sanz (IU). Aquella fue una visita muy tensa en la que la delegación estuvo constantemente seguida y vigilada por la policía ocupante, y donde se reunieron en el desierto con tres destacados activistas saharauis Ahmed Esbai (preso político del Grupo Gdeim Izik actualmente encarcelado, como recordó Enrique), Mohamed Dadach (Premio Rafto de derechos humanos) y el mencionado Hmad Hamad. Los activistas fueron detenidos y los aragoneses expulsados.
El libro finaliza con un largo relato que también fue seleccionado por Enrique para la presentación. Titulado “Canciones para una revolución”, en él la música saharaui juega un destacado papel. Lo he situado en un futuro concebido como un tiempo en el que los saharauis han regresado por fin a la tierra.
La presentación de la Zaragoza contó con una amplia representación de autoridades saharauis encabezadas por el Ministro de Salud Pública Mohamed Lamin Daddi, la Representante Saharaui para España Jira Bulahi y el Delegado Saharaui en Aragón Sidahmed Darbal, además de delegados de diferentes comunidades autónomas de todo el estado español. Hay que destacar además la participación de la Comunidad Saharaui en Aragón y de representantes de CEAS-Sahara. También hay que destacar la presencia del activista saharaui de derechos humanos, ex preso y ex desaparecido Brahim Sabbar, en representación de los territorios ocupados.
En definitiva, una jornada emocionante que me sirve para reafirmarme en mi compromiso con la cultura y la literatura como eficaces medios de lucha y difusión de la causa saharaui.



The Psychedelic Furs + David J. en Madrid. Un concierto “imperial” y muy deseado


Hay ocasiones en que una banda largamente esperada llega a tu ciudad, la dejas pasar y te arrepientes desde el primer momento de no haber ido a verla. Lo normal es esperar, veinte años tuve yo que esperar a 091, o perderlos para siempre. El año pasado no me decidí a ver a The Psychedelic Furs y me supo fatal. Pero a veces la suerte se pone de tu parte. Apenas ha transcurrido un año y hemos vuelto a tenerles en Madrid.
Me cuentan que el grupo dio una serie de conciertos inolvidables en la mítica Rock-Ola, tres noches consecutivas en junio de 1984. Repitieron en febrero de 1986 en el Pabellón de Deportes del Real Madrid. En ambas visitas su último disco publicado era “Mirror Moves” (1984), aunque en la de 1986 se acababa de estrenar la conocida película “La chica de rosa” que catapultó a la fama a Molly Ringwald y a la canción «Pretty in Pink». El tema se había publicado originalmente en 1981 dentro de su segundo disco, “Talk Talk Talk”, pero su revisitación cinematográfica les colocó en las listas de éxitos de medio mundo. Por aquella época los conocí yo, aunque muy por encima.
Y por fin llegó la noche del domingo 20 de octubre en la sala Kapital en Atocha. Me gustó el local, de amplio y teatral escenario, situado a buena altura para poder divisar bien al tan esperado grupo londinense, liderado por los hermanos Butler y catalogado desde sus inicios en esa atractiva etiqueta del post-punk, aunque en su caso con más que evidentes toques pop. Para añadir más atractivo a la noche, el concierto lo abrió David J., integrante de Bauhaus y Love and Rockets, al que pudimos ver en noviembre del año pasado junto a Peter Murphy en un concierto para mí absolutamente inolvidable.
David J., amable y conversador, ofreció un concierto casi acústico con temas de su nuevo disco “Missive to an angel from the halls of infamy and allure” (2019). David J. se encargó de la guitarra, acompañado de un teclista y una violinista. Coincidimos en que era un concierto que habríamos visto mejor sentados pero que nos llenó de emoción y algún que otro escalofrío. En especial durante su homenaje a David Bowie, que sonó en la parte final del concierto, en el que una onírica iluminación en tonos bronce y dorado envolvía a David J. Su interpretación, con mirada hacia el cielo de la sala, de «The Day That David Bowie Died» casi nos hizo volar. Where were you the day that David Bowie died? Otro gran momento fue la interpretación desnuda de la eléctrica «The Dog-End Of A Day Gone By» de Love and Rockets, banda maravillosa que me encantaría ver en directo.
Y tras unos minutos de espera aparecieron ellos, The Psychedelic Furs, divinos representantes de una época de oro a inicios de los ochenta. Banda fundada en 1977, cuya música fue calificada por algún crítico musical como “hermoso caos”. Comenzaron con tres temas redondos: «Dumb Waiters», «Mr. Jones» y «Love My Way», con un público entregado desde las primeras notas, rendido y deseoso de bailar y corear todos los temas. Para entonces yo ya había echado un rápido vistazo al atuendo de la banda, que esas cosas me pierden. Elegancia es una palabra que les califica, en cuanto a música, actitud y, por supuesto, ropa. Vestidos predominantemente de negro, con la excepción de la chaqueta granate del bajista Tim Butler, miembro fundador de la banda y hermano del mítico Richard Butler. El cantante apareció vestido de negro con una camisa con pequeños lunares blancos (¿o eran estrellas?) y ribetes blancos en el cuello de solapa, además de chaleco y chaqueta que pronto se quitó. Espectacular.
Y es que Richard Butler es miembro de esa divina trinidad formada además por el David Bowie de los ochenta (qué presente estuvo en la sala) y Peter Murphy de Bauhaus; cantantes de belleza equívoca, fascinante elegancia y voces muy personales. El bello Butler no sólo conserva un aspecto envidiable, su voz se mantiene prácticamente igual, dúctil, sensualmente ronca y arrebatadora, “uno de los crujidos más sexis del pop-rock” me dice Marisol Galdón en Twitter. Sigue interpretando con absoluta solvencia y pasión los grandes temas de la banda, que son los que sonaron en un concierto prácticamente calcado, según me cuentan, al de hace un año.
Para entonces The Psychedelic Furs seguían desgranando, sin apenas respiro gracias a su magnífico estado de forma, temas indiscutibles como «The Ghost in You», «Like a Stranger», «Sister Europe», «Heaven», «All That Money Wants», o «Into You Like a Train», auténticas preciosidades. Tras «The Boy Invented Rock & Roll», una nueva canción que están estrenando en esta gira, llegó mi adorada «Pretty in pink», un tema que me hace celebrar los días que me visto de rosa (cada vez más habituales). En este concierto yo vestía una camiseta rosa con el dibujo que hizo Syd Barrett para el single de Pink Floyd «See Emily play». Y, lo que son las cosas, a ratos me pareció ver en el escenario a alguien con un punto a Barrett, en este caso el guitarrista Rich Good. Ya para finalizar quedaban dos de mis temas preferidos, «Sleep Comes Down», un prodigio de elegancia, ensoñación y buen gusto con toques de psicodelia. Y el único bis de la noche «India», magnífico tema de su álbum de debut.
Del grupo original sólo se mantienen los hermanos Butler, Richard y Tim, que sigue tocando el bajo con helada elegancia de nuevo romántico. Ya no está con ellos el guitarrista John Ashton, reclutado para el primer disco, y que se quedó con los hermanos Butler cuando la banda se convirtió en trío. Su nombre quedó asociado a los Furs y le han recuperado en alguno de sus regresos a la carretera. La hemeroteca recuerda a un Ashton pasado de vueltas en alguna de las actuaciones del Rock-Ola. En la actualidad acompañan a los hermanos Butler el batería Paul Garisto, Rich Good a la guitarra (no he podido encontrar el nombre del otro guitarrista), Amanda Kramer a los teclados y Mars Williams, que realiza un espectacular trabajo con el saxo
En estos momentos de revisitar a The Psychedelic Furs veo el concierto que programó en RTVE La Edad de Oro un 1 de enero de hace 34 años, con un Richard Butler tan parecido al de la noche del domingo que casi da escalofríos. Pelo rubio cardado, vestido de negro con anchas prendas de corte ochentero, delgado, pálido y con gafas oscuras frente a un Richard Butler de sesenta y tres años, en espléndida forma, pelo ligeramente cardado y ahora blanco, la misma palidez y las mismas gafas oscuras, repitiendo gestos de cordialidad con sus músicos y con el público. Por algunos parece no pasar el tiempo.
En definitiva, un concierto magnífico. Con un repertorio tan brillante como el suyo, sólo queda ponerle entusiasmo para que sea “imperial”, como dice mi compa de concierto. Entusiasmo y buen hacer lo pusieron a raudales la noche del domingo nuestros adorados “Furs”.
Y como siempre, infinitas gracias por descubrimientos y compañía.
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The Psychedelic Furs + David J. Teatro Kapital, Madrid. Domingo, 20 de octubre de 2019
Dumb Waiters - Mr. Jones - Love My Way - There's a World Outside - The Ghost in You - Like a Stranger - Sister Europe – Heaven - All That Money Wants - Into You Like a Train - The Boy That Invented Rock & Roll - Pretty in Pink - President Gas - Sleep Comes Down - Heartbreak Beat – India.



Presentación en Ciudad Real de ‘Las acacias del éxodo’ y celebración del Día de la Unidad Nacional Saharaui



Fuente: Laza Digital. 12 Octubre 2019
A. Ruiz /Ciudad Real
El Villaseñor acogió la celebración del Día de la Unidad Nacional Saharaui con las rimas del slammer Rafa Psico, la poesía de Bahía Awah y el rap de Yslem ‘Hijo del Desierto’
“Casi cien años juntos” España y el Sáhara Occidental y el 12 de octubre, además del Día de la Hispanidad, es el de la Unidad Nacional Saharaui que se celebró este sábado en el Museo López-Villaseñor con reivindicativos relatos, poesía y rap.
La escritora madrileña Conchi Moya presentó ‘Las acacias del éxodo’, libro de relatos con una primera parte sobre el pasado dedicada a “la colonización española, cómo se vivía allí y cómo lo vivían los españoles y saharauis”; una segunda sobre la actualidad, “una paz que en realidad es violenta porque no tienen su tierra y están pasando por una situación muy complicada especialmente en territorio ocupado donde se producen muchas violaciones de derechos humanos”; y un cuento final sobre el futuro que, aunque “no se sabe que pasará”, la autora quiere concebirlo como esperanzador de que “puedan alcanzar su objetivo” y los refugiados puedan volver a un Sáhara libre.
Todos los relatos reunidos en el libro, publicado por Sílex Ediciones, “tienen un poso real” y surgen a partir de historias verdaderas que le han contado, ha visto y algunas que ha vivido la autora, que comenzó a escribirlos con las movilizaciones desde “el campamento saharaui Gdeim Izik (Dignidad) en los territorios ocupados por Marruecos que fue el inicio en 2010 de las primaveras árabes”.
Algunos de los relatos están protagonizados por activistas saharauis y otros por personas anónimas de un pueblo en el que todos son “héroes”, no sólo los que han muerto por el conflicto, sino todos los que están resistiendo tanto la opresión en el Sáhara Occidental como las duras condiciones y carencias en los campamentos de refugiados, indicó Moya, que subrayó que ha tratado en todo momento de huir en sus relatos del exotismo y lo irreal, y resaltó su adhesión a una “causa justa”, la de un pueblo con una “rica, ancestral, nómada y matriarcal” cultura.
Sombra, remedios sanitarios naturales y diversos usos de su madera como para muebles proporcionan las acacias en un entorno como el desierto de escasa vegetación, apreció la escritora sobre el título de un libro que alude específicamente a un enclave en la parte de Argelia, “cercana a donde están ahora los campamentos de refugiados, donde los saharauis cuando huían durante la invasión marroquí hacían una especie de parada para organizarse y el Frente Polisario les daba las tiendas de campaña y comida para luego trasladarlos al campamento definitivo donde iban a vivir”.
Acompañada por Marino Masazucra, organizador del encuentro y autor de la ilustración que anunció el evento, Moya habló, entre otros temas en la puesta de largo del libro, de la ‘generación de oro’ de los años 70, algunos de los cuales eran pacifistas –les llamaban saharauis ye-yés- y tuvieron que “ir a la guerra porque les invadían”; se refirió a las dificultades que encuentran los refugiados para conseguir la documentación necesaria para viajar a otros países; e indicó cómo a través de la cultura, y en especial de la música, los saharauis han buscado trasladar mensajes de sensibilización sobre sus reivindicaciones.
El concejal de Cultura, Ignacio Sánchez, asistió al encuentro en el que el slammer ciudarrealeño Rafa Psico interpretó varias composiciones y el escritor saharaui Bahía Awah habló de la identidad y cultura afroárabe de los saharauis y recitó poemas suyos -como uno en el que recreó la primavera en el Sáhara- y de otros autores como Fernando Quiñones, además de un mensaje de Jorge Guillén de apoyo a “los desvalidos saharauis”. La cita culminó con la energía y versos del rapero y activista Yslem, Hijo del Desierto.

miciudadreal - 12 octubre, 2019 – 12:273 Comentarios
Luis Mario Sobrino Simal. -Esta mañana ha tenido lugar en el Museo “López Villaseñor” la presentación en Ciudad Real del libro de Conchi Moya, “Las acacias del éxodo”. Un pequeño viaje a través de la experiencia al mundo del Sáhara para exigir su más que anhelada liberación tras la descolonización inacabada de España.
En el acto, presentado por Marino Masazucra y coincidiendo con el Día de la Unidad Nacional Saharaui – 12 de Octubre –, la autora ha hablado tanto de su libro como de la problemática pasada, presente y sobre todo futura de la ex colonia española y sus problemas actuales así como del papel de las Naciones Unidas y el resto de la comunidad internacional, en este histórico proceso inacabado.
En el evento han participado el slamer ciudadrealeño Rafa Psico, el poeta Bahía Awah y el rapero saharaui, Yslem “hijo del desierto”.
Han asistido representantes de la Asociación “Madraza” así como Nacho Pascual, concejal de cultura de Ciudad Real y Abdelahe Bacada, Delegado saharaui adjunto en CLM, y Delegado en Ciudad Real.

Televisión local de Ciudad Real




The Movement en concierto. Sencillez y orgullo de clase para un directo imprescindible


Ofrecer un magnífico concierto no consiste sólo en cantar o tocar con pericia. Actuar también es actitud. Y eso es algo que me chifla. La energía y la forma de plantarse en directo de los Clash, Pete Townshend haciendo el molinillo con la guitarra o lanzándose de rodillas a lo largo del escenario, la elegancia de los Jam, son gestos que han quedado prendidos en las retinas de muchos de los que nos consideramos locos por la música.
Herederos de esa forma de entender los directos son The Movement, banda formada en Dinamarca en el año 2000. Su líder, que se ha mantenido al frente del trío a lo largo de todos estos años, es Lukas Sherfey, guitarrista y cantante de voz grave y peculiar. En 2007 disolvió la banda para comenzar su carrera en solitario con el disco “Soul Vacation” de 2009. En 2010 volvieron a la carga con nueva formación, publicando en 2012 el fantástico “Fools Like You”. En la actualidad, y tras nuevos cambios de componentes, el grupo lo forman Lukas, Sebastian Page, bajista desde 2014, y Alexander Page, batería desde 2017.
We got love, we got hope, we got Marx (We Got Marx), Let`s globalize your hate (More products), We need to organize And put our words in action We need to go on this way (Monday Morning), This world belong to us (Put The Lights On). Si algo caracteriza a esta banda danesa son sus canciones energéticas y llenas de consignas de izquierda, sobre el orgullo y la conciencia de clase, llamadas a la revolución y a despertar, en las que intercalan discursos de Fidel Castro o Hugo Chávez, además de algún que otro tema de (des)amor.
Sus canciones molan, pero si no los habéis visto en concierto os falta lo mejor. Ya me advirtieron que la banda, que se ha dejado caer varias veces por España, tiene uno de los mejores directos que se pueden ver en la actualidad, aunque no sean en absoluto una banda de éxito masivo. Me había perdido sus conciertos en sala, en Madrid suelen recalar en el Gruta 77, así que no podía faltar a su actuación en la Fiesta del PCE, celebrada este año en Rivas.
Los conciertos de The Movement son cortos porque es imposible mantener esa intensidad durante una hora. Pero merecen la pena todos y cada uno de los segundos que permanecen en el escenario. Los daneses ofrecen un baño de pura adrenalina con una puesta en escena sencilla y contundente. Como el elegante grupo mod que son, se presentan ataviados con traje impecable, camisa de rayas y corbata. En el escenario se acompañan de una icónica imagen de Ché Guevara y el logo de la banda que incluye el característico vector que también usaron The Who. Sin una escenografía especial ni ninguna clase de artificios, los tres se bastan para montar un bochinche impresionante.
Cuando vi aparecer al bajista en el escenario con unas gruesas rodilleras cosidas en sus sobrios pantalones oscuros intuí que nos iba a deleitar con algún que otro pase extremo. Sin embargo, no podía imaginar el recital de estilo que nos iba a ofrecer la banda. Lo que decía al inicio, pura actitud. La forma de coger y mover guitarra y bajo, el bajista lanzándose de rodillas a lo Townshend, el bajista subido en la batería y saltando abierto de piernas en el aire, el bajista (sí, tremendo) girando y enrollándose alrededor del cable del bajo, las coreografías entre Lukas y (sí, de nuevo) el bajista y su completa compenetración en el escenario convierten a The Movement en un grupo con un directo imprescindible. Sonaron, sin darnos tiempo ni para tomar aliento, temas como “Karl Marx”, “Put the lights on”, “We got Marx”, “Fools like you” o “More products”.
El sábado pensaba, mientras disfrutaba y me pasmaba con The Movement, la diferente forma de entender la música que tienen los daneses frente al grupo que había actuado con anterioridad. Su deslumbrante sencillez frente a una cantidad apabullante de músicos e instrumentos, continuas proyecciones de imágenes e incluso llamaradas de fuego. Y también pensé en la diferencia entre mi solitario concierto de la noche anterior de los magníficos Then Comes Silence, a estar viendo a The Movement rodeada de gente a la que tanto aprecio.
Y, de verdad, perderse a The Movement en directo no puede volver a ser en ningún caso una opción.

Concierto Ellas por el Sahara para apoyar a los medios de comunicación saharauis



(Fotos: Jalil Mohamed, Bahia Awah y Miguel Paubel) Escribo una crónica de urgencia y llena de emoción por lo vivido anoche en La Riviera. El concierto Ellas por el Sahara, continuación del que en octubre de 2017 ofrecieron Rozalén, Aziza Brahim y Amparanoia, reunió a cinco destacadas cantantes en apoyo a la iniciativa solidaria “Un micro para el Sahara”. Con una sala que rozaba el lleno Suilma Aali, Carmen Boza, Rocío Márquez, Amparanoia y Rozalén nos hicieron pasar una noche deliciosa y ayudaron a recaudar fondos para los medios de comunicación saharauis.
Con su inseparable guitarra acústica y acompañada de un guitarrista y el percusionista Nico Roca, abrió la noche la cantante saharaui-hispana Suilma Aali, una intérprete de espléndida voz y presencia, que tiene varios discos en su haber, el último a punto de ver la luz lleva el título de “Flor amarilla”. Suilma interpretó los temas “Amor tóxico”, “Las chicas del río”, “A lo ancho del mundo” y “Flor amarilla”. Coreamos con gran emoción su precioso tema “Coria y el mar”, canción compuesta por Suilma para la película documental del mismo título. También tuvo un recuerdo para nuestra inolvidable Mariem Hassan, cantando unas estrofas de “Ana saharauia”, soy saharaui, en una noche en la que todas hemos sido saharauis. 
Carmen Boza salió al escenario tan solo (y no es poco) armada con su guitarra eléctrica. Su forma de tocar y de moverse me recuerda gratamente a una de mis artistas favoritas desde mi juventud, Ani DiFranco. Virginia Díaz de Radio3, presentadora del evento, nos recordó que con su último disco, “Caja Negra”, Carmen está consiguiendo un merecido éxito. Me quedo con una de sus canciones, que nos invitó a corear, “Gran Hermano”: El gran hermano me está mirando y está velando por mí
Mi familia murciana me descubrió a Rocío Márquez hace unos años en un concierto de la cantaora onubense junto al Niño de Elche en Teatro Circo Murcia. Ganadora en 2008 de la Lámpara Minera del prestigioso Festival del Cante de Las Minas, Rocío canta desde niña, tiene seis discos y es una de las voces más reconocidas, también internacionalmente, del flamenco actual. Ayer Rocío cumplía 34 años y eligió pasar un día tan especial actuando en favor del pueblo saharaui. Es muy difícil mantener al público en silencio y atento en una sala de estas características con un repertorio exclusivamente flamenco, con guitarrista y cantaora. Ella, tan grande, lo consiguió anoche con creces, ganándose enormes aplausos y el calor del público. Simplemente maravillosa.
Energético concierto el ofrecido por Amparo Sánchez, Amparanoia, una mujer con unas tablas impresionantes y a la que pinchábamos tanto y tanto en nuestra alegre juventud en Radio Resistencia. La artista jienense (aunque la identificamos con Granada y Lavapiés) se define como “una experimentadora incansable del mestizaje” y es veterana en esto de la solidaridad con el pueblo saharaui. Ha estado en los campamentos de refugiados del sur de Argelia, llegando a grabar con la inolvidable Mariem Hassan el tema “Flor del desierto”. Acompañada de su acústica de color azul y un estupendo guitarrista, nos hizo bailar y corear temas como “Welcome to Tijuana”, “Que te den” o “Hacer dinero” Hacer dinero con lo que sea, hacer dinero es tu tarea Vender piel muerta, vender la guerra vender los niños vender miseria hacer dinero...

Una gratísima sorpresa resultó para mí Rozalén, artista a la que apenas había escuchado hasta el concierto de anoche. Qué certeras las letras de esta gran mujer, qué delicadeza en su interpretación. Tres discos tiene en su haber la cantante de Albacete, el último “Cuando el río suena...” publicado en 2017. Pudimos escuchar canciones como “Justo”, dedicada al tío abuelo de la cantante, enterrado en una de las fosas comunes de los desaparecidos del franquismo, una de esas vergüenzas inmensas pendiente aún de solución: Calla No remuevas la herida Llora siempre en silencio No levantes rencores que este pueblo es tan pequeño Eran otros tiempos; o “La puerta violeta”, sobre la violencia contra la mujer; “Girasoles” para esos momentos de desánimo que todos tenemos viendo cómo está el mundo (los saharauis saben un rato de esto) por suerte aún el mundo está lleno de mujeres y hombres buenos.
María nos cantó en acústico, un formato que le va especialmente bien a sus temas. Me llamó mucho la atención el instrumento que tocaba la cantante. El periodista Fernando Íñiguez me explica que se trata de una guitarra, con una forma especial realizada por un luthier, que ha cambiado la B con la que hace el agujero de la caja de resonancia, por una R personalizada para ella. Rozalén estuvo acompañada al cajón y por su inseparable intérprete de signos para personas sordas, Beatriz Romero, a la que conoció en 2013. La artista, que estudió psicología y musicoterapia, nos explicó que está preparando varios talleres para realizar en los campamentos con mujeres saharauis y con niños y niñas saharauis con capacidades diferentes. Rozalén actuará además en el concierto que pondrá el broche al FISahara 2019.
El proyecto “Un micro para el Sáhara” nació en 2017 y está formado por periodistas de distintos medios de comunicación españoles movidos por el “convencimiento” de que “lo que no se cuenta no existe”. “Creemos que la radio es el medio de comunicación más universal para la transmisión de la cultura y la defensa de los Derechos Humanos, porque las ondas llegan incluso allá donde no lo hace Internet”, afirmaban en la nota de prensa.
Si este mundo tiene algún remedio, vendrá a través del arte. Gracias a toda la gente bonita que ha hecho posible Ellas por el Sahara, mención especial para la periodista saharaui Ebbaba Hameida y todos sus compañeros de Un micro para el Sahara.
SÁHARA HURRA

“An Accidental Studio”. Las aventuras de George Harrison como productor de cine


Un artículo de #Hzlqdbs para MiCiudadReal.es
Los rendidos admiradores de George Harrison sabíamos de su faceta de productor de cine, no muy conocida para la mayoría del público. Deseosa de saber todo lo posible sobre mi ídolo, había leído sobre esta cuestión en la recomendable biografía “George Harrison: de Beatle a jardinero” de Javier Tarazona y Ricardo Gil Salinas y en el megadocumental “George Harrison: Living in the Material World” de Martin Scorsese, estrenado en 2011.
La entrada de George en el cine fue cuando menos curiosa y tuvo mucho que ver con su forma de entender la vida y la creación. Tras la separación del grupo más famoso de la historia, el beatle “tranquilo” (qué tramposas son las denominaciones, nada tenía George de tranquilo en realidad) disfrutaba de una exitosa carrera en solitario, en especial con sus primeros discos. Los siguientes fueron teniendo peor aceptación y George se dedicó a vivir la vida, cuidar el enorme jardín de su impresionante mansión Friar Park, a disfrutar de los coches y la velocidad y a seguir grabando a su ritmo y sin giras.
A George Harrison le gustaba trabajar en grupo y tenía una estrecha amistad con Eric Idle, uno de los miembros de los famosos Monty Python, lo más parecido a un grupo de rock entre los comediantes anglosajones. Le encantaba su humor y había colaborado con ellos en varias ocasiones. Por ejemplo para grabar el chiflado video de su canción “Crackerbox Palace”, del disco Thirty Three & 1/3. El video, rodado en Friar Park y estrenado en el programa Saturday Night Live en noviembre de 1976, fue dirigido por Eric Idle y cuenta con la actuación de otro de los miembros de la troupe de los Python, Neil Innes. George también colaboró con gran entusiasmo en un programa de televisión de Idle e Innes, The Rutles, sobre un grupo de rock parodia de los propios Beatles. Harrison llegó a aparecer en el programa y les asesoró en su trabajo. “Los Rutles me liberaron de los Beatles de alguna manera. Fue el único programa de los que se hicieron sobre los Beatles que vi. Fue en realidad el mejor, el más divertido y el más mordaz. Pero al mismo tiempo, fue el que se hizo con más amor”, afirmó George.
En 1978 “La vida de Brian” se cruzó en el camino de George y “la entrada de cine más cara de la historia” fue el detonante para la creación de HandMade Films, el estudio con el que George Harrison se convirtió en productor de cine de forma accidental. La proverbial aparición del beatle tuvo lugar cuando EMI, productora inglesa de cine que iba a financiar la película, decidió retirarse del proyecto a pesar de que parte del equipo se había trasladado ya a Túnez para comenzar el rodaje. Al presidente de EMI, Lord Delfont, le dio por leer el guion y calificó la película de “obscena y sacrílega”. George se enteró por su colega Eric Idle del aprieto en que se encontraba el grupo, así que decidió hipotecar su mansión para conseguir el dinero. “Simplemente quería ver la película”, confesaría después. Por suerte, “La vida de Brian”, dirigida por Terry Jones, se convertiría un éxito de taquilla y hoy en día es una película que se ha ganado un lugar destacado en la historia del cine.
Así comienza “An Accidental Studio”, el documental dirigido por Bill Jones, Kim Leggatt y Ben Tim­lett que cuenta la historia de HandMade Films, la productora creada por George junto con el abogado estadounidense Denis O´Brien para que sus amigos pudieran filmar la película que deseaban. Peter Sellers presentó a los futuros socios y O´Brien se convirtió en su asesor financiero en 1973. El documental incluye entrevistas con muchos de los directores e intérpretes que participaron en aquella aventura. Así, entre los miembros de Monty Python, podemos ver a Terry Gilliam, director de “La vida de Brian” y “Time Bandits” (“Los héroes del tiempo” en España), una peli de aventuras y fantasía estrenada en 1981 y que fue una de las apuestas de gran presupuesto de la productora; en “An Accidental Studio” Gilliam habla sobre su legendario mal carácter y cómo George le puso en su sitio con la letra de la canción “Dream Away” escrita para los títulos finales del film. También podemos escuchar testimonios de Eric Idle, compinche y amigo íntimo del beatle y “culpable” de la creación de la productora cuando contó a George el aprieto en el que estaban metidos con “La vida de Brian”, y de Michael Palin, protagonista de varios films de la productora y director de “El misionero”, una película de época estrenada en 1982 para la que Palin escribió también el guion.
George, amante del séptimo arte desde muy niño cuando devoraba películas en los espectaculares cines de posguerra en su ciudad natal, Liverpool, había entrado en el negocio animado por la posibilidad de financiar películas que otras productoras “no querían hacer”. En sus inicios en HandMade Films primó la creatividad por encima de la búsqueda de beneficios, consiguiendo durante un tiempo medirse de tú a tú con los grandes estudios británicos, EMI y RANK, ya entonces en retirada. Como se afirma en el documental “si repasas la industria cinematográfica inglesa de los años 80 y quitas las películas de HandMade Films apenas queda nada”. Harrison vio su productora como una manera de ayudar a sus adorados Monty Python y a la vez de ayudar a otros artistas, sin que primara el aspecto comercial. Tal vez una forma demasiado romántica de ver el negocio, pero así era George. Su satisfacción residió en ayudar y hacer felices a sus amigos desde su posición privilegiada, algo que siempre situó por delante de dinero, negocios, fama o poder.
Destaca la variedad de temáticas que se abordaron en las películas producidas por HandMade Films, desde comedia, a cine de aventuras, de época o cine negro. Algunos de estos títulos se han convertido con el tiempo en películas de culto. Es el caso de “El largo viernes santo” (1980) de John Mckenzie, una aproximación a las películas clásicas americanas de gánsters pero a la inglesa y con terroristas del IRA, protagonizada por Bob Hoskins y  Helen Mirren; la espléndida “Mona Lisa” (1986), un thriller dirigido por Neil Jordan, con Bob Hoskins, Michael Caine y Cathy Tyson, éxito de público y crítica que sirvió a Bob Hoskins para lanzar su carrera en EEUU; o la comedia negra de culto “Withnail y yo” (1987) de Bruce Robinson, en cuyo rodaje se pusieron de manifiesto las injerencias de Denis O´Brien en el proceso creativo, a pesar de ser abogado y no tener experiencia artística. Pese al buen rollo y las ganas que puso George en un proyecto que le divertía y le apasionaba, se topó de nuevo con la figura del hombre de negocios que venía a perturbar lo que pretendía ser un paraíso creativo. George acabaría demandando en 1995 a su socio Denis O´Brien por varios millones de libras. Lo peor de todo fue sentirse traicionado por alguien a quien había considerado un amigo y en quien había confiado.
Sin embargo, en HandMade Films no siempre primó el aspecto artístico. Algunas películas parecen más un divertimento. Es el caso de “Loca juerga tropical” (“Water” en inglés), protagonizada por Michael Caine y una alocada Brenda Baccaro con un extraño acento nicaragüense, inspirado en una de sus asistentas según explica la propia actriz en el documental. La película, una sátira sobre un diplomático británico en una isla caribeña en la que se descubre un manantial de agua, se queda a mitad de todo, no tuvo éxito comercial ni de crítica. Como curiosidad al final de la película aparece la banda inventada The Singing Rebels integrada por George Harrison, Ringo Starr, Jon Lord de Deep Purple y Eric Clapton, interpretando la canción “Freedom”.
Como consecuencia de la ambición de O’Brien, HandMade Films se trasladó a Hollywood, con la aspiración de hacer películas con mayor presupuesto y con estrellas, algo que no tenía nada que ver con el propósito con que el estudio fue creado. Harrison dejó hacer a su socio, a pesar de que no estaba de acuerdo con el rumbo que estaba tomando su proyecto. Así llegó “Shanghai Surprise”, la gran apuesta hollywoodiense de Denis O´Brien. La película, ambientada en el Shanghai de los años 30 con ligero toque de misterio e historia de amores reñidos, estuvo protagonizada por la ya entonces megaestrella Madonna, y su recién estrenado esposo, el visceral Sean Penn. El rodaje fue un despropósito y el resultado un desastre. Aquello estresó a George, que de nuevo veía cómo lo bonito y lo divertido de la creación se estropeaba por el tema monetario. Tuvo que viajar a Hong Kong, donde se estaba rodando, para poner paz. En el documental podemos ver imágenes de la movida rueda de prensa que ofreció con Madonna en Londres a mitad del rodaje. George se implicó aún más, haciendo un breve cameo como director de orquesta y componiendo varias canciones para la banda sonora, destacando la preciosa “Someplace else”, una delicada balada de esas que bordaba George; al menos la película sirvió para algo bueno.
El conocido percusionista Ry Cooper fue otro de los integrantes de HandMade Films. Destacado músico acompañante de todos los grandes de la época, trabajó en estudio y en directo con luminarias como Rolling Stones, The Who, George Harrison, The Kinks, Eric Clapton, Elton John y un largo etcétera. Desempeñó el cargo de director creativo de HandMade Films de la mano de George, quien le pidió que fuera él (George) dentro del estudio. Cooper resultó ser además un gran lector de guiones, se le daba muy bien escuchar y solucionar problemas y medió en numerosas ocasiones entre George y su socio.
“An accidental studio” es un documental convencional en su estructura pero muy interesante para los fans de George Harrison. Dispone de mucho y muy jugoso material de archivo, incluidas divertidas declaraciones del propio George quien, dentro de su modestia y su buen humor habituales, quitaba importancia a muchos de los logros conseguidos con las películas que producía.
George aguantaría en la compañía hasta 1994, año en que fue vendida a Paragon Entertainment. Tenía un nuevo sueño creativo, formar parte de nuevo de un grupo que le gustaba. Desde 1988 era integrante de los Travelling Willburys, supergrupo formado con Bob Dylan, Jeff Lynne, Roy Orbison y Tom Petty, junto con el batería Jim Keltner. Los disgustos de HandMade Films eran más llevaderos así.
“An accidental studio” me ha servido para reiterarme en mi pasión por ese personaje maravilloso que fue George Harrison. Formó parte de un grupo mítico y de referencia para cualquiera que ame la música y fue autor de canciones grandiosas y además fue un aclamado productor de cine. Sin embargo, todos sus logros no le convirtieron en un ser vanidoso o engreído. Mantuvo su pasión por el aspecto artístico por encima del negocio, practicó una aconsejable y nada fácil ausencia de vanidad y prefirió siempre la amistad y el trabajo en grupo por encima de cualquier otra consideración.



Commando, la “salvajemente honesta” autobiografía de Johnny Ramone



«Me gustaban las entrevistas a poco que el periodista fuera bueno, pero sabía que no era el caso en cuanto me preguntaban si éramos hermanos». Johnny Ramone J
Mi reciente repaso por la discografía de Ramones, completa y en orden, me descubrió la autobiografía del guitarrista de la banda, Johnny Ramone. Pensé que leerla sería un magnífico complemento, tras haberme adentrado en la carrera y las vicisitudes de la banda. Así ha sido y debo confesar que ha disfrutado con la lectura de “Commando”, un libro que en realidad no está escrito como tal por Johnny pero que sí recoge con fidelidad las palabras del fundador de una de las bandas míticas de la historia del punk.
«Mi éxito se lo debo al trabajo duro, la inteligencia y haber sabido aprovechar la suerte”, afirma en el libro el guitarrista. Nacido como John William Cummings, a Johnny Ramone se le ha definido como ultraconservador, entusiasta seguidor del partido republicano, nacionalista, autoritario, gruñón, muy mirado para el dinero (vale, muy tacaño, él mismo cuenta que se gastó 5 dólares en la foto de boda con Linda y otros 15 en alquilar las flores, de plástico), egoísta, temido, borde… Sin embargo, su sentido de la responsabilidad y del trabajo cohesionó a un grupo compuesto por personalidades complejas y extremas y en el que hubo que lidiar con las adicciones y problemas mentales de sus componentes. Haber trabajado en la construcción le hizo saber a Johnny el valor del dinero y lo que cuesta ganarlo, y tomarse su carrera como un trabajo en el que había que asumir responsabilidades, estar en forma y ser puntual. En Johnny había “cero misticismo” en lo referido a la creación, ni dramatismos ni cursilerías en cuanto a su banda.
Johnny organizó la carrera de su grupo con mano de hierro, él se encargó de todo lo que tuvo que ver con los contratos y el dinero y trató de dirigir al grupo para que no abandonaran los márgenes del punk rock que él tenía tan claros. El guitarrista también tuvo mucho que ver en la creación del inconfundible “uniforme” de los Ramones, vaqueros ajustados y rotos, camisetas por debajo de su talla, zapatillas Keds (que no Converse), y sobre todo las chupas de cuero Perfecto, de estilo motero y con chapas. Un look de elegancia atemporal, todavía hoy adoptado por millones de jóvenes y no tan jóvenes en todo el mundo. Sin embargo, no se pudo salir siempre con la suya, chocando, entre otras cosas, con la ideología de Joey Ramone y su gusto por la música de los 50 y 60. Su relación con el cantante de Ramones fue nula desde inicios de los ochenta. Resulta sencillo querer al entrañable Joey; por el contrario, Johnny era ególatra, antipático, gruñón, conservador y tacaño. Tal vez en su descargo se pueda decir que se esforzó por mantener el grupo unido, porque los Ramones eran socios, no amigos o compañeros, y la banda era un curro. Punto. Respetó a su público, ofreció lo mejor de sí mismo y cuando “se le fue la música”, finiquitó a los Ramones. Su última actuación juntos, la 2.263, tuvo lugar el 6 de agosto de 1996 en el Hollywood Palace de Los Angeles. Siempre le quedó la intención de volver a juntarse puntualmente, pero la muerte de Joey en 2001 lo impidió. Sin la presencia de Joey ya era imposible.
Además de la inexistente relación entre Johnny y Joey, los Ramones tuvieron que lidiar con los problemas de Marky con el alcohol y la grave adicción de Dee Dee a las drogas. El bajista abandonó la banda en el año 1989 para dedicarse nada menos que al rap. Johnny propició entonces la entrada de CJ, un joven fan de la banda que mantuvo el tipo, lo que no era nada fácil. CJ estuvo con los Ramones siete años y compuso y cantó varios temas. Johnny le definió como “una buena persona fácil de llevar” y trató de que se sintiera parte de la banda. No hubo tan buen rollo con otros sustitutos de los Ramones originales, como el batería Richie Ramone, con el que no acabaron nada bien por un “quítame allá unas camisetas”.
“Commando” es un testimonio extravagantemente sincero, el guitarrista no hace ni el más mínimo esfuerzo por quedar bien ante los lectores. Johnny se desnuda por completo, mostrando sus opiniones sin ninguna clase de filtros. Habla sin tapujos sobre sus compañeros de banda, sobre el equipo que les acompañó, sobre los periodistas, sobre otros grupos, sobre la escena punk o sobre lo poco que le gustaba Europa, en especial Francia. Del mundillo musical de su época apreciaba a Johnny Thunders, odiaba a los miembros de Television y no se llevaba del todo mal con los Cramps, Blondie o Talking Heads, aunque también les atiza en varios momentos del libro. Su amor y respeto se repartió entre su público “los fans nos ayudaron a conseguir todo lo que alcanzamos”; su padre, el primer héroe de su vida y al que siempre admiró; sus muy escogidos amigos, como Lisa Marie Presley, Eddie Vedder, Nicolas Cage o Rob Zombie; algunos, pocos, compañeros de profesión y su esposa Linda, sí, aquella que fue antes novia de Joey. Johnny Ramone no quería tratos con quienes no le gustaban, se declaraba muy selectivo con la gente que entraba a formar parte de su vida. Así, su círculo de amigos fue escogido con sumo cuidado y murió rodeado de algunos de ellos. Un cáncer de próstata se lo llevó un 15 de septiembre de 2004. Está enterrado en el Hollywood Forever Cemetery en California, en una tumba presidida por una estatua suya de más de dos metros de altura.
Competitivo y mandón, no le gustaba perder bajo ninguna circunstancia. Lo que no impidió que todas las decisiones del grupo acostumbraran a tomarse por votación, aunque él perdiera en muchas ocasiones cuando Dee Dee y Joey votaban lo mismo. Su “salvaje honestidad” le presenta en el libro como un hombre empeñado en ganar un millón de dólares con la música para retirarse del negocio y cumplir su verdadero sueño, ser productor de películas de serie B. Sin embargo, y a pesar de ser tan controlador, sus planes no salieron como él esperaba, los Ramones no fueron un grupo de grandes éxitos ni de enormes cifras de ventas. En realidad, los grandes ingresos de la banda estuvieron en la venta de camisetas y en las continuas giras de conciertos en las que embarcaban. En un intento de conseguir éxito comercial recurrieron en 1980 al polémico Phil Spector para grabar el “End of the century”, su quinto álbum de estudio, adorado por muchos fans y odiado por los más fanáticos del punk rock. Sin embargo, aquel intento tampoco funcionó. La historia resultó una pesadilla para Johnny y para el resto de la banda, excepto para Joey, que era gran admirador de Spector. A partir de entonces, y dando muestras de su enorme pragmatismo, Johnny convirtió la carrera de su banda en un trabajo con el que trató de asegurarse “el dinero suficiente para no tener que trabajar en otra cosa”. Y en ello se empleó con decisión.
También hay lugar en estas memorias para el amor. Capítulo especial merece su relación más sonada y duradera. Linda Danielle, quien fuera novia de Joey se convertiría en la pareja de Johnny. 20 años estuvieron juntos y sólo les separó la muerte del guitarrista. Ella fue inspiradora de canciones tan maravillosas como “Danny Says”, “She's a Sensation” o “The KKK Took My Baby Away Away”, compuestas por Joey. En eso Linda salió perdiendo al cambiar de Ramone. Lo que realmente le preocupaba a Johnny cuando le “levantó” la novia a su compañero, era que su relación con Linda llevara a Joey a abandonar la banda.
El libro es muy completo en cuanto a imágenes y tiene una colorida y cuidada maquetación, como es habitual en las ediciones de Malpaso. En la parte final se muestran fotos de las agendas de Johnny en las que, de manera sumamente escueta, refleja hechos de su día a día, como grabaciones, conciertos en el CBGB o su paso por el cine para ver Taxi Driver. “Commando” finaliza con un repaso a la discografía de Ramones realizado de su puño y letra, donde Johnny cuenta el proceso de grabación y su opinión de cada disco, poniéndoles incluso nota. «Yo escribí el libro del punk y sólo a mí me ha sido dado decidir lo que es punk y lo que no lo es», afirma Johnny. Genio y figura.

Un año de desconexión digital



Su marido fue quien le hizo llegar aquella propuesta un tanto descabellada, lanzada por una marca para ella desconocida. Treinta mil euros por vivir un año de desconexión digital. Pensó antes en el tiempo, un eterno año, que en el dinero, unos salvadores treinta mil euros. Comprendió que tenía un problema, estaba realmente enganchada.
Ernesto le había animado a participar recordándole que con ese dinero lograrían tapar unos cuantos agujeros, como decían los ganadores de la Lotería de Navidad en los telediarios de cada 22 de diciembre. Aunque Marifé no podía ni sospecharlo, aquello no era más que una mascarada preparada por su marido, alarmado por su evidente dependencia del móvil y las redes sociales. Ernesto consideraba que su mujer perdía demasiado tiempo con las redes, inmersa en un universo paralelo de bromas, memes, fotos y amigos virtuales a quienes no conocía en persona.
Marifé trabajaba desde casa como traductora y correctora autónoma para varias empresas, aunque su deseo era llegar a hacerlo para una editorial. Obligada a pasar muchas horas frente al ordenador, la vida virtual suponía un cómodo escape de la rutina. Ernesto siempre la veía ensimismada, incluso sentía en ocasiones que la molestaba cuando intentaba iniciar una conversación o la invitaba a sentarse a ver la tele a su lado. “Tengo mucho trabajo”, se disculpaba ella. Pero al momento la veía de nuevo consultando el móvil y escribiendo frenéticamente. Ya hacía tiempo que había empezado a preocuparse, así que se inventó aquella disparatada historia con el propósito de alejarla de aquel monstruo voraz. Quería animar a su mujer, embarcarla en un propósito, lograr que tuviera más tiempo para su trabajo, para sus aficiones y para los dos. Tenía la impresión de que la red les estaba quitando tiempo de estar juntos.
A Marifé siempre le había causado inquietud aquella frase de Groucho Marx: “bebo para hacer a la gente interesante”. Ella usaba las redes para resultar interesante a los demás. Incluso compartía algunos de sus tropiezos revistiendo de entrañable despiste su desastrosa vida cotidiana. Se había puesto una norma que nunca quebrantaba, todo lo que compartía debía ser cierto. También se había propuesto no mostrar situaciones vergonzosas y que la dejaran en mal lugar, pero no siempre lo conseguía.
Usuaria de Twitter, pronto quedó atrapada por su inmediatez. Además tenía que reconocer que se lo pasaba muy bien, todo eran bromas y risas si se encontraba a la gente adecuada. Las menciones, etiquetas y diferentes formas de llamar la atención la ayudaron a hacerse con un grupo de seguidores habituales que la apoyaban y aplaudían. En la red por fin se sentía alguien. Sobre todo después del increíble éxito del video de su perro. Su verdadera vocación era la cocina y las publicaciones de los platos que compartía, sobre todo los postres, tenían cierta repercusión aunque nada comparado con sus calamidades. Su gran éxito, el que le proporcionó miles de “me gusta” y una cantidad escandalosa de nuevos seguidores, fue un breve video de su perro abalanzándose sobre una de sus tartas. Estaba subiendo a la red su creación y no se dio cuenta de que el perro entraba en su cocina. Aquel bicho nervioso y mugriento que había encontrado abandonado en la calle era una especie de maldición. Feo y torpe, nunca había sido cariñoso con quien le había salvado de un final trágico. Porque, ¿quién iba a adoptar a aquel adefesio, altivo y borde, excepto ella?
De alguna forma se sentía poderosa en las redes. Ella, que no se consideraba agraciada, que sabía que no era carismática ni lo bastante inteligente, que no había tenido éxito con los hombres hasta que conoció a Ernesto, se sorprendía de acaparar aquel incipiente interés virtual. Pero también había situaciones desagradables. La red estaba abierta, para bien y para mal, y cuando tenía algún encontronazo, sólo le apetecía compartir pensamientos negativos sobre lo mal que le salía todo. Twitter influía en su estado de ánimo. El aumento de seguidores tras el video de su perro le llenaba los privados de tarados que le enviaban todo tipo de mensajes horribles, así que no daba abasto con los bloqueos. Aquella efímera popularidad tenía su contrapartida negativa.
Lo más agradable de Twitter era su mejor amigo, Martin. Una aburrida tarde en la que mataba el tiempo navegando por internet había descubierto una página de citas con granjeros en Alabama. Tras sorprenderse de que existiera una página como aquella, entró por puro placer de cotillear. Y así conoció a Martin, un granjero que tenía cuenta en Twitter y cuyo bisabuelo asturiano había emigrado a los Estados Unidos en busca de fortuna. Aquel granjero además cantaba y tocaba el banjo en un grupo de country rock. Las ocasionales fotos que subía Martin mostraban a un tipo alto y escuchimizado con una melena rubia y lisa que acostumbraba a llevar recogida en una larga trenza. Solía vestir ropa vaquera, desgastados petos y pantalones, chalecos, cazadoras y camisas de cuadros. En su torso asomaba una suave mata de pelo claro y al cuello llevaba atados raídos pañuelos de colores. Se cubría con un pequeño sombrero de estilo vaquero y, lo que más le llamaba la atención, un parche pirata. Martin le confesó en uno de sus privados que una vaca le había dado una patada y había dejado muy dañado su ojo derecho.
Uno de los temas favoritos de Martin en sus conversaciones con ella era Asturias, la tierra de sus ancestros y el paraíso personal de Marifé, que desde niña soñaba con vivir allí. Aquel año Ernesto se hartó a comer fabada, pote, merluza a la sidra, cachopo o arroz con leche. Marifé aprendió a cocinar los callos a la manera asturiana, los tortos de maíz con picadillo y huevo y los casadielles, una empanadilla dulce rellena de nueces y anís. Contactó con una carnicería de Noreña desde donde le enviaban sabadiegos, un chorizo negro que asaba en la parrilla eléctrica. Ponía especial afán en preparar aquellos platos y en fotografiarlos y subirlos a su cuenta. El granjero y Marifé hablaban sobre las recetas al tiempo que repasaban juntos anécdotas e historias sobre la tierra que Martin deseaba conocer algún día.
Ernesto había planificado el engaño con ayuda de su mejor amigo, un programador que sin embargo arremetía con saña contra los peligros del exceso digital y las redes sociales. Ernesto tampoco era capaz de entender qué encontraba la gente en las redes. Dejó caer información sobre el supuesto concurso sin saber cómo iba a reaccionar su mujer. Lo que de verdad le preocupaba era qué pasaría si lograba completar aquel año de desconexión digital. Ernesto no confiaba en que ella fuera capaz de hacerlo pero en el improbable caso de que lo lograra, no sabía cómo conseguir los treinta mil euros. Marifé finalmente accedió a participar y se apuntó a través de un falso formulario que habían creado para la ocasión. Pocas semanas después se encargaron de comunicarle por correo electrónico que había sido la elegida. Preguntó a su marido si aquella historia le parecía fiable y si debía seguir adelante y Ernesto le aseguró que sí.
El experimento para desconectarse de la red dio comienzo tras las vacaciones de Navidad. La mañana del 7 de enero un mensajero, contratado por su marido, había llevado a su casa un móvil antiguo, de aquellos que sólo servían para hablar, y había retirado su smartphone. Las bases del concurso le prohibían avisar a sus seguidores de que cerraba la cuenta, en realidad una excusa para que los usuarios que tenían contacto con ella no escarbaran demasiado y descubrieran que todo era un engaño. Llegado el momento en que tenía que afrontar la desconexión digital se sentía insegura de poder completar con éxito aquel año. ¿Cómo iba a desafiar los sinsabores de la vida cotidiana sin quejarse en su cuenta, sin la música que le compartían, sin los comentarios de su gente preferida? Sus conversaciones con el granjero de Alabama, a pesar de las siete horas de diferencia horaria que les separaban, suponían una agradable compañía. Se preguntaba cómo iba a aguantar un año eterno sin hablar con él, sin saber cómo estaban las vacas, las gallinas y los cerdos, sin preguntarle cómo iba la cosecha de maíz, sin que le contara novedades de su banda, con la que hacían versiones de canciones como “Tennessee River”, “Born Country” o “Dixieland Delight”.
Con aquella inoportuna desconexión digital quedaba aparcado su proyecto de viajar a Alabama y alojarse en la granja de Martin, situada en un lugar de nombre tan evocador como Elberta. No se lo había llegado a contar a Ernesto porque no estaba segura de que le pareciera una buena idea. Había hablado con Martin sobre la posibilidad de visitar la tumba de Hank Williams en el Cementerio de Oakwood, conocer las Sequoyah Caverns, unas cuevas alucinantes en medio de un inmenso parque natural, o disfrutar del Festival de teatro dedicado a Shakespeare. Era consciente de que las gigantescas distancias y la falta de dinero serían escollos prácticamente insalvables para realizar un viaje como aquel, pero fantaseaba con invertir parte del premio en convertir su sueño en realidad.
Los primeros días fuera de la red resultaron extraños. No podía dormir y le costaba concentrarse en el trabajo, a causa de un mono mucho más duro que cuando dejó de fumar. Se encontraba desamparada. Cogía el viejo móvil y tocaba la pantalla, como si lo que tenía entre las manos fuera su smartphone. Se trataba de gestos involuntarios que disparaban su frustración cuando caía en la cuenta de que ya no tenía acceso a ninguna red. Había leído un artículo poco antes de iniciar su apagón digital en el que se calculaba que en el tiempo dedicado durante un año a las redes se podían leer unos doscientos libros. Hasta entonces no había sido consciente de haber perdido tanto tiempo atrapada en el mundo virtual.
Tras el desconcierto inicial, Marifé se propuso enderezar la situación. Los días le daban mucho más de sí y su concentración aumentaba poco a poco, dejando atrás el mal hábito de hacer varias cosas al mismo tiempo. Comenzó a ocuparse con mayor diligencia de su trabajo, con lo que llegaron nuevos clientes y los primeros encargos de una editorial asturiana. Gestionó la matrícula en un gimnasio donde hacía ejercicio por las mañanas antes de comenzar a trabajar y se apuntó a clases de cocina, con la intención de mejorar su insuficiente técnica. Era extraño en ella mostrarse tan rápidamente decidida en salvar una situación incómoda. En los últimos tiempos quejarse en la red se había convertido en una rutina, y los comentarios de sus seguidores no hacían más que retroalimentar sus lamentaciones. Por fin era consciente de que aquella nueva forma de llamar la atención no dejaba de ser un lastre que le impedía avanzar.
Marifé siempre se había considerado una persona recta y de palabra. Una de sus máximas era huir de los engaños, así que siguió a rajatabla las indicaciones del supuesto concurso. Durante el tiempo que duró la experiencia se mantuvo apartada de las redes y cumplió con la exigencia de usar el ordenador sólo para temas relacionados con el trabajo y a través de correo electrónico. En ocasiones tuvo la tentación de reabrir por un instante la cuenta de Twitter para ver qué sucedía por allí pero mantuvo lo acordado. Pensar en la vergüenza que pasaría si la pillaban era otro motivo para no hacer trampas. Imaginaba que habría una sofisticada instalación para controlarla. En realidad no había nada.
Sin embargo, en casa las cosas no mejoraron. El engaño ideado por Ernesto sirvió para agudizar las diferencias entre la pareja. Marifé tenía más tiempo para compartir con su marido pero, ¿querían pasar juntos más tiempo? La desconexión digital trajo una desconexión sentimental más que evidente. Ella canalizó toda su energía en el trabajo y en la cocina, mientras que Ernesto se perdía en una de las habitaciones de la casa con la excusa de leer con tranquilidad, aunque la realidad era bien distinta. Ernesto había encontrado lo que de verdad le complacía, grabarse vídeos comentando partidos de fútbol y subirlos a YouTube. Lo hacía a escondidas de Marifé porque no quería que se enterase de su nueva afición mientras ella estaba fuera de las redes sociales a causa de su treta. La cuenta donde retransmitía y comentaba jugadas de fútbol, que ella habría encontrado pueril y falta de ingenio, consiguió un número escandaloso de seguidores en la red.
Tras los primeros meses en que recibía puntual información de la marca que patrocinaba el concurso, a Marifé de pronto habían dejado de llegarle emails. Ella no podía imaginar que Ernesto, muy ocupado con sus videos, se había desentendido por completo de aquel asunto esperando que ella se aburriera y lo dejara estar. Una solitaria y descolgada Marifé continuaba la vida real a espaldas de la vida virtual que había vivido tan intensamente hasta solo unos meses atrás. ¿Qué vida era la verdadera?, ¿acaso no eran dos realidades vividas por Marifé? Su ausencia en la red fue causante de un progresivo aislamiento, mientras su marido se metía más y más en aquella popularidad que enganchaba como la droga más potente.
El día que se cumplió el año del inicio del concurso Marifé sentía una incómoda indecisión. Se debatía entre continuar fuera o regresar a las redes. Aquella mañana temprano abrió el correo, esperando tener noticias de la desaparecida marca. Como temía, no había ninguna comunicación suya en la bandeja de entrada, así que se decidió a escribirles reclamando su premio. No iba a obtener respuesta.
Tras mucho pensarlo Marifé decidió reabrir su cuenta en Twitter. Le temblaban las manos cuando publicó un escueto
Hola
con el que esperaba recibir decenas de comentarios de bienvenida pero transcurridos unos minutos no había respondido nadie, un largo año de ausencia había pasado factura a su popularidad. Lo siguiente fue buscar la cuenta de su amigo. Le costó asimilar lo que vio. Un Martin sin parche pirata sonreía desde su foto de perfil a la comunidad tuitera. ¿Dónde estaba el ojo malogrado por culpa de una vaca? Revisó por encima sus últimas publicaciones. Su amigo se declaraba entusiasta seguidor de Donald Trump, aquel presidente con aspecto de malvado de Batman que habían elegido los estadounidenses mientras Marifé tenía su cuenta cerrada. Sus publicaciones supremacistas le rompieron el corazón, no reconocía a aquel tipo a quien tanto había apreciado. Para completar la hecatombe, en las tendencias de Twitter encontró un video de un colgado que comentaba partidos de fútbol. El tipo, que no tenía ninguna gracia, era calcado a su marido.
Tan calcado como que era Ernesto.
Adiós, Alabama; adiós, cocina asturiana; adiós, música country. Hasta nunca, matrimonio. La ruptura con su marido era inevitable y Marifé se encontró con que tenía que abandonar la casa, que era propiedad de los padres de él. Aunque Ernesto, demasiado ocupado con su nueva vida, no le metió prisa para que se fuera, aquel ya no era su hogar. Al marcharse no se llevó el perro. Aquel chucho desleal adoraba a Ernesto a pesar de que ella fuera quien lo sacaba a pasear, quien le daba de comer y quien lo llevaba al veterinario. Allí se lo dejó.
Se mudó al piso de una amiga mientras encontraba un lugar donde vivir. Entre sus planes estaba trasladarse a Asturias aunque tal vez nunca fuera capaz de hacerlo. Su trabajo marchaba cada vez mejor y continuaba cocinando. Sabía que nunca llegaría a ser realmente buena en la cocina y que su afición jamás le reportaría ingresos pero la hacía feliz. Definitivamente cerró su cuenta de Twitter y se abrió una en Instagram para colgar sus recetas y estar al día en lecturas y propuestas culturales. Al fin y al cabo era experta en ponerse excusas para estar en las redes. Volvía a la casilla de partida.
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Un relato para el nº 25 de Maskao Magazine