Duelo de Eduardo Halfon, un pulso con la identidad y la vida


Una madre y sus dos hijos pequeños entran en el vagón de metro. Enseguida se aprecia rivalidad entre los hermanos. El mayor pincha al pequeño, por cómo canta una canción del colegio, por su postura, por sentarse cuando hay un sitio libre, le amenaza con no compartir con él una pelota, en fin no le deja parar. Curiosamente, me acompaña un libro, “Duelo” de Eduardo Halfon, donde he leído alguna escena muy similar a la que estoy presenciando.
Este autor guatemalteco nos visita en una sesión del Gabinete de Lectura de La Central de Madrid. Tengo la suerte de sentarme muy cerca de él, lo que me permite observar sus gestos, su perenne sonrisa, notar el gusto con el que habla sobre los recovecos de su obra o cómo juega al despiste con nosotros cuando le preguntamos si alguna historia de las que aparecen en el libro sucedió como la cuenta o no. Halfon se ha convertido en un fenómeno editorial del que todo el mundo habla y su obra está siendo traducida a diferentes idiomas, síntoma de la extensión de su éxito. La narrativa de Halfon se inscribe, aunque él no se muestra muy de acuerdo, en eso que se denomina “autoficción”, obras en las que, sin ser memorias ni diarios, el yo ocupa un lugar central de la narración. Como afirma la periodista Paula Corroto, “Los libros de Eduardo Halfon siempre mantienen un pulso con la identidad. Es parte de su vida”.
El autor nos explica que su propia historia es el telón de fondo pero lo que sucede es invención. “No quiero compartir mi historia sino emociones”. Reflexiona sobre que este libro no es de memorias ni tampoco autoficción. “Yo firmo un contrato de ficción con los lectores, pero a los lectores, desde el inicio, se les olvida”. “Yo no sé por qué hago esto”, confiesa, “me valgo de trucos para que el lector venga conmigo y para transmitirle una emoción”.
Aunque Halfon niega que el narrador sea él. Se trata, dice, de “el otro Eduardo Halfon”. Un Eduardo Halfon que fuma, mientras que el verdadero no fuma, aunque veo una foto en la red donde tiene encendido un cigarro. Como nos explica el autor sus libros conforman un proyecto que nace con “El boxeador polaco”, libro que reúne cinco cuentos hilvanados y narrados por una misma voz. Se trata de episodios de la vida del narrador donde se colaba la historia en Auschwitz del abuelo del autor, historia que también aparece en “Duelo”. Los cuentos de “El boxeador polaco” se pueden leer casi como una novela. A la vez, uno de los cuentos, “Fumata blanca”, se vuelve capítulo en “Monasterio”. De esta forma, “El boxeador polaco” ha generado otros libros, resultando una especie de “libro madre, que ha engendrado a otros”. En las traducciones de “El boxeador polaco” se incluyen los otros libros, de manera que se han publicado como una unidad.
Para esta obra el autor ha elegido un título que tiene diferentes connotaciones. Se refiere al duelo entre hermanos enfrentados, al duelo causado por la muerte y al duelo referido a dolor, un dolor por un país y por la infancia perdida, un juego de palabras que no es fácil mantener en las traducciones a otros idiomas. “Duelo” es el quinto libro de ese proyecto o conjunto de libros que el autor ha ido escribiendo como una especie de novela por entregas, aunque sin planificar. “Ahora no sé qué va a pasar”, confiesa Halfon al ser preguntado por nuevos proyectos. El autor explica que en realidad la escritura es una búsqueda de algo, su protagonista está desorientado, “tal vez si lo encuentra, acabe la escritura”.
Una de las cosas que más me interesan de cuando vienen los autores al Gabinete son las apreciaciones sobre su manera de crear que a veces nos regalan. Eduardo Halfon nos confiesa el momento exacto del nacimiento del libro, que tiene claro en la memoria. Fue en agosto de 2015 en Guatemala, donde aún viven sus padres. En uno de sus viajes al país volvió a preguntar a su padre por su desaparecido hermano Salomón. A pesar de que el padre le prohibió que escribiera sobre aquello, lo que ha quedado reflejado en la contraportada del libro, el autor siguió adelante con la historia. “Me gustó el misterio, el tono. Sabía que podía ofender por sacar la historia de la familia, una historia prohibida que iba a generar un problema con ellos, que iba a molestar. Pero no podía evitarlo. Cuando me prohíben algo, me lanzo”, confiesa, travieso, Halfon. La historia del hermano de su padre, Salomón, al que Eduardo niño creyó ahogado en el lago, es determinante en la historia. “El recuerdo no lo tengo claro, no sé si me inventé la historia o la mezclé, o si mi abuela quería desviar la atención”. Aunque la realidad de lo que sucedió a Salomón fue bien distinta. “Lo que sí está claro es que Salomón murió en Nueva York y murió solo, mi abuela no viajó entonces”.
La obra de Halfon está influida por su país de nacimiento, Guatemala, y por la religión. “Mi familia tiene un problema con que yo sea crítico con el judaísmo y con Israel”. Sin embargo, Eduardo reconoce que su rechazo hacia su país y hacia su religión son dos ejes de este libro aunque le interesan desde el punto de vista literario, como factor de identidad. “Me queda el sentido del humor judío y el erotismo” pero confiesa que “los uso en el momento menos adecuado”. También es influencia judía la oralidad, un aspecto que se refleja en la forma en que el autor escribe.
El lago es una metáfora poderosísima, “que se traga niños pero que también es una salvación”. Los lectores destacamos en el Gabinete la excelencia que alcanza la escritura de esta parte de la novela. El narrador entra al lago al final del libro, un lago contaminado e irremediablemente enfermo, en una especie de purificación en medio de aquellas aguas pútridas. Quiero destacar el potente personaje de Doña Ermelinda, la “bruja”, “hechicera” o “santera”, cómo denominarla, un personaje enigmático, lleno de sabiduría, y al que Halfon describe de tal manera que nos hace sentirla a nuestro lado mientras leemos.
En el libro conviven dos ejes principales: las memorias de la infancia y el presente, cuando el protagonista acude al lago. Una opción era dividir el libro en dos partes y otra, la elegida, intercalar las dos historias, para lo que se requiere la atención y la participación del lector. Además introduce elipsis llevándonos hasta Polonia y Berlín. Nueva York y la búsqueda de la tumba de Salomón fue en algún momento un tercer eje por donde el autor pensó que se podría encaminar el libro, aunque luego lo descartó. De alguna manera el personaje de Salomón es una excusa para hablar de otras cosas.
Halfon reconoce que escribe “como cuentista, más que como novelista”. Nos explica que se deja llevar por la intensidad y la expresividad, sin saber hasta dónde va a llegar. “Trato de no imponerme yo sobre la historia, de no controlarla”, algo que va en contra de su naturaleza de ingeniero. A pesar de todo, reconoce que el interior de sus cuentos sí tiene una estructura muy trabajada. El autor consigue condensar mucha información en pocas páginas. Confiesa que escribió el libro muy rápido. En unos cinco meses tenía el primer borrador, que trabajó durante año y medio. El mayor trabajo fue cuidar el lenguaje, la musicalidad, la concisión y la claridad.
Explica que su propia historia es el telón de fondo pero lo que sucede es invención. “No quiero compartir mi historia sino emociones”. Reflexiona que este libro no es de memorias ni tampoco autoficción. “Yo firmo un contrato de ficción con los lectores, pero a los lectores, desde el inicio, se les olvida”. “Yo no sé por qué hago esto”, confiesa, “me valgo de trucos para que el lector venga conmigo y para transmitirle una emoción”.
Halfon nos habló de su nada convencional descubrimiento de la literatura. Sucedió cons 28 años, a su regreso a Guatemala, de donde salió siendo aún niño con sus padres en dirección a EEUU. Había estudiado ingeniería y nunca se había interesado por la lectura. El regreso coincidió con una crisis personal. Comenzó a estudiar en su país de origen Filosofía y Letras y se topó con la narrativa. A partir de ahí, leyó todo lo que estaba en sus manos. Empezar a escribir sus propias historias formó parte de un proceso de alguna manera natural. “Me llené de libros y lo que rebosó fue la escritura. Fue accidental”.
El autor se encontraba en Madrid para la promoción de un nuevo libro, en este caso ilustrado, “Oh gueto mi amor”, con ilustraciones de David de las Heras. En esta obra vuelve a aparecer la historia de su abuelo, salvado por un boxeador polaco en Auschwitz. El nieto realiza un peregrinaje a la tierra de sus ancestros en busca de su identidad. “Oh gueto mi amor” fue originalmente un relato incluido en la antología “Signor Hoffman” (2015).
Eduardo Halfon fuma

El ansia. Eternidad sin descanso ni escapatoria


– Mátame. Libérame – dice John.
– No hay liberación. Ni descanso. No hay escapatoria – responde Miriam.
Porque lo de la vida eterna “tenía truco”. Miriam está condenada a vivir eternamente, sin fin, y siempre necesita de alguien a su lado que lo comparta con ella.
– Me buscarás – le dice a Sarah –. Cuando el ansia duela tanto y yo te tenga que enseñar cómo aplacarla.
Pero Sarah tendrá otros planes.
“El ansia” es una película de 1983 dirigida por Tony Scott y con un deslumbrante trío protagonista: Catherine Deneuve, Susan Sarandon y David Bowie. Una película de vampiros que en su día no recibió muy buenas críticas, algunas fueron incluso feroces, pero que se convirtió con los años en una película de culto. Los actores, la estética, la combinación de delicadas piezas de música clásica con destacados artistas de música contemporánea, el vestuario y la ambientación, lograron que la película no sólo haya sobrevivido al paso del tiempo sino que  tenga un club de rendidos fans a lo largo del mundo.
El inicio de la película deja sin aliento, con un montaje fragmentado y un ritmo perfecto, que presenta todas las claves del drama en pocos minutos. En este inicio se sugiere más que se cuenta, pero logra situarnos a la perfección en lo que vamos a ver en los siguientes minutos. Luego la película baja de intensidad, transcurriendo de forma más apagada y lenta. Gran culpa de ese colosal inicio la tiene el grupo Bauhaus. Vemos a la pareja de vampiros formada por Miriam y John llegando a un club nocturno donde hay una actuación que resulta ser de la banda de Peter Murphy. Bauhaus, banda británica nacida en 1978, interpreta uno de sus grandes éxitos, la exquisita “Bela Lugosi's Dead”, maravilloso exponente de lo que fue el after-punk. Casi nada. La canción y la felina interpretación del cantante es uno de los puntos fuertes de la cinta y una de esas secuencias que está fija en la retina de muchos aficionados a la música y al cine. Soberbio inicio.
Miriam es una vampira cuyo origen se remonta al antiguo Egipto. Su vagar sin fin a lo largo de la historia le lleva a buscar parejas que la acompañen en su inagotable recorrido. Miriam, como ser inmortal, es “dueña” de su tiempo, como ella misma afirma. Bella y helada, su egoísmo le lleva a utilizar a sus compañeros sin miramientos. Se fija en su nuevo acompañante humano coincidiendo con el envejecimiento del que le acompaña, sin asomo de compasión por quien ha estado junto a ella durante siglos. Cuando el proceso es irreversible se deshace de ellos sin remordimiento alguno. Y es que la promesa de lo nuevo resulta demasiado atrayente para ella.
Miriam y John, cuyos rostros se funden y confunden en escenas del pasado, han vivido una relación tórrida que se vuelve hielo cuando él comienza a envejecer a pasos agigantados. El final está cerca. El nuevo fuego será para Sarah. Miriam se fija en ella y la hechiza, la nueva presa empezará a verla en todas partes. Como en realidad sucede con la persona amada cuando comienza el cortejo.
Como en el film de Jim Jarmusch “Sólo los amantes sobreviven”, película que guarda muchas similitudes con “El ansia”, estos vampiros ochenteros no tienen afilados colmillos ni muerden el cuello de sus víctimas. Algo tan carnal y pringoso no va con ellos. Para cazar usan un anj egipcio, a modo de colgante, la cruz egipcia que curiosamente era un símbolo de vida. En el Antiguo Egipto se relacionaba con la vida después de la muerte y la búsqueda de la inmortalidad. Todo encaja.
Si bien se le pueden poner peros en cuanto a la historia y a la planificación de las escenas, “El ansia” es una sucesión de buen gusto, sustentado especialmente en la puesta en escena, la música y el vestuario. Habrá espectadores a los que esto les parezca un tostonazo pero yo, que en el fondo llevo una pequeña esteta dentro, he disfrutado de lo lindo con las flores, la música, las estatuas y la ropa. Vamos por partes.
El vestuario es obra de la grandísima Milena Canonero, directora de vestuario habitual de Francis Coppola, y de películas como La naranja mecánica, Barry Lyndon, Carros de fuego, Dick Tracy o ese derroche de rosa, puntillas, lazos y pelucas que es la Maria Antonieta de Sofía Coppola. La ropa que aparece en la película está diseñada a partir de una escueta gama de negros, blancos y grises, el color sólo lo pondrá la sangre. Otro aliciente es el indiscutible dandismo de Bowie, bello a rabiar con sus sombreros, gabardinas e impecables trajes, que tampoco tenemos mucho tiempo de disfrutar porque en pocos minutos comienza su imparable decadencia y ya lo más destacado de nuestro héroe será un logrado maquillaje que le echa setenta años encima. Susan Sarandon, radiante y andrógina, con su llameante pelo impecablemente cortado, viste trajes de corte recto, pantalones de talle alto e impecables abrigos cruzados, destacando la espectacular chaqueta larga de tela brillante con la que recorre, enajenada, las calles de Nueva York. Pero el punto fuerte lo pone Catherine Deneuve, vestida por su adorado Yves Saint Laurent, con quien inició una larga y productiva asociación desde que el modisto le diseñara el vestuario para la película de Buñuel “Belle de jour”. En la película Deneuve luce espléndida impecables trajes de chaqueta con hombreras, abrigos que son pura arquitectura, delicadas blusas y complementos divinos, pulseras, broches, anillos y pendientes (los de lágrima de azabache son una belleza). Con cierta influencia del vestuario que lucían las divas de Hollywood de los años cuarenta, en algún momento el público español puede recordar a nuestra Martirio, en los looks de gafas oscuras y sombreritos con velo.
La puesta en escena se recrea en la mansión donde vive Miriam en Nueva York. Escaleras, cuadros, lámparas de cristal, estatuas egipcias, bustos romanos de evidente parecido con la dueña de la casa, ramos de flores, jarrones con calas, y sobre todo cortinas, decenas de cortinas y velos que acaban poniendo de los nervios al fan más entregado. Un derroche de decadente exquisitez.
La música es una pieza clave en la película. La magnífica banda sonora combina piezas de Schubert, Bach o Ravel, con la ya nombrada Bela Lugosi’s Dead de Bauhaus y temas de Iggy Pop como “Funtime”, que suena en la escena del ochentero patinador que sufre un envite de un ya caducado John. El refinamiento de la pareja de vampiros se refleja también en su amor por la música clásica, ambos disfrutan interpretando piezas en la gran sala de la mansión, John toca el contrabajo y Miriam el piano. En varios sitios de internet se puede consultar la música que aparece en la película. Así podemos escuchar la 'Suite nº 1' de Bach, para recordar los momentos felices cuando Miriam y John comenzaban su romance; el Miserere de Allegri; el Dueto de las Flores de 'Lakme', ópera de Léo Delibes que utiliza Miriam para seducir a Sarah, en una de las escenas más comentadas de “El ansia”; o el Trio in E Flat, Op. 100 de Schubert, la pieza de piano utilizada también en el Barry Lyndon de Stanley Kubrick, composición alrededor de la que gira la película, que primero refleja el amor de Miriam hacia John y posteriormente como ese amor volverá a repetirse pero hacia la otra protagonista. Los temas instrumentales compuestos para la película son obra de Michel Rubini y Denny Jaeger, piezas que marcan los momentos de intriga y desasosiego, y que utilizan, entre otros instrumentos, sintetizadores y vientos.
Se ha tachado a “El ansia” de anuncio de largo metraje, de videoclip kitsch, defectos con los que definen gran parte de la obra del director, pero lo cierto es que esta metáfora sobre el envejecimiento, tiene muchos puntos para verla con agrado y para mantenerla en la memoria.– Mátame. Libérame – dice John.
– No hay liberación. Ni descanso. No hay escapatoria – responde Miriam.
Porque lo de la vida eterna “tenía truco”. Miriam está condenada a vivir eternamente, sin fin, y siempre necesita de alguien a su lado que lo comparta con ella.
– Me buscarás – le dice a Sarah –. Cuando el ansia duela tanto y yo te tenga que enseñar cómo aplacarla.
Pero Sarah tendrá otros planes.
“El ansia” es una película de 1983 dirigida por Tony Scott y con un deslumbrante trío protagonista: Catherine Deneuve, Susan Sarandon y David Bowie. Una película de vampiros que en su día no recibió muy buenas críticas, algunas fueron incluso feroces, pero que se convirtió con los años en una película de culto. Los actores, la estética, la combinación de delicadas piezas de música clásica con destacados artistas de música contemporánea, el vestuario y la ambientación, lograron que la película no sólo haya sobrevivido al paso del tiempo sino que  tenga un club de rendidos fans a lo largo del mundo.
El inicio de la película deja sin aliento, con un montaje fragmentado y un ritmo perfecto, que presenta todas las claves del drama en pocos minutos. En este inicio se sugiere más que se cuenta, pero logra situarnos a la perfección en lo que vamos a ver en los siguientes minutos. Luego la película baja de intensidad, transcurriendo de forma más apagada y lenta. Gran culpa de ese colosal inicio la tiene el grupo Bauhaus. Vemos a la pareja de vampiros formada por Miriam y John llegando a un club nocturno donde hay una actuación que resulta ser de la banda de Peter Murphy. Bauhaus, banda neogótica británica nacida en 1978, interpreta uno de sus grandes éxitos, la exquisita “Bela Lugosi's Dead”, maravilloso exponente de lo que fue el post punk. Casi nada. La canción y la felina interpretación del cantante es uno de los puntos fuertes de la cinta y una de esas secuencias que está fija en la retina de muchos aficionados a la música y al cine. Soberbio inicio.
Miriam es una vampira cuyo origen se remonta al antiguo Egipto. Su vagar sin fin a lo largo de la historia le lleva a buscar parejas que la acompañen en su inagotable recorrido. Miriam, como ser inmortal, es “dueña” de su tiempo, como ella misma afirma. Bella y helada, su egoísmo le lleva a utilizar a sus compañeros sin miramientos. Se fija en su nuevo acompañante humano coincidiendo con el envejecimiento del que le acompaña, sin asomo de compasión por quien ha estado junto a ella durante siglos. Cuando el proceso es irreversible se deshace de ellos sin remordimiento alguno. Y es que la promesa de lo nuevo resulta demasiado atrayente para ella.
Miriam y John, cuyos rostros se funden y confunden en escenas del pasado, han vivido una relación tórrida que se vuelve hielo cuando él comienza a envejecer a pasos agigantados. El final está cerca. El nuevo fuego será para Sarah. Miriam se fija en ella y la hechiza, la nueva presa empezará a verla en todas partes. Como en realidad sucede con la persona amada cuando comienza el cortejo.
Como en el film de Jim Jarmusch “Sólo los amantes sobreviven”, película que guarda muchas similitudes con “El ansia”, estos vampiros ochenteros no tienen afilados colmillos ni muerden el cuello de sus víctimas. Algo tan carnal y pringoso no va con ellos. Para cazar usan un anj egipcio, a modo de colgante, la cruz egipcia que curiosamente era un símbolo de vida. En el Antiguo Egipto se relacionaba con la vida después de la muerte y la búsqueda de la inmortalidad. Todo encaja.
Si bien se le pueden poner peros en cuanto a la historia y a la planificación de las escenas, “El ansia” es una sucesión de buen gusto, sustentado especialmente en la puesta en escena, la música y el vestuario. Habrá espectadores a los que esto les parezca un tostonazo pero yo, que en el fondo llevo una pequeña esteta dentro, he disfrutado de lo lindo con las flores, la música, las estatuas y la ropa. Vamos por partes.
El vestuario es obra de la grandísima Milena Canonero, directora de vestuario habitual de Francis Coppola, y de películas como La naranja mecánica, Barry Lyndon, Carros de fuego, Dick Tracy o ese derroche de rosa, puntillas, lazos y pelucas que es la Maria Antonieta de Sofía Coppola. La ropa que aparece en la película está diseñada a partir de una escueta gama de negros, blancos y grises, el color sólo lo pondrá la sangre. Otro aliciente es el indiscutible dandismo de Bowie, bello a rabiar con sus sombreros, gabardinas e impecables trajes, que tampoco tenemos mucho tiempo de disfrutar porque en pocos minutos comienza su imparable decadencia y ya lo más destacado de nuestro héroe será un logrado maquillaje que le echa setenta años encima. Susan Sarandon, radiante y andrógina, con su llameante pelo impecablemente cortado, viste trajes de corte recto, pantalones de talle alto e impecables abrigos cruzados, destacando la espectacular chaqueta larga de tela brillante con la que recorre, enajenada, las calles de Nueva York. Pero el punto fuerte lo pone Catherine Deneuve, vestida por su adorado Yves Saint Laurent, con quien inició una larga y productiva asociación desde que el modisto le diseñara el vestuario para la película de Buñuel “Belle de jour”. En la película Deneuve luce espléndida impecables trajes de chaqueta con hombreras, abrigos que son pura arquitectura, delicadas blusas y complementos divinos, pulseras, broches, anillos y pendientes (los de lágrima de azabache son una belleza). Con cierta influencia del vestuario que lucían las divas de Hollywood de los años cuarenta, en algún momento el público español puede recordar a nuestra Martirio, en los looks de gafas oscuras y sombreritos con velo.
La puesta en escena se recrea en la mansión donde vive Miriam en Nueva York. Escaleras, cuadros, lámparas de cristal, estatuas egipcias, bustos romanos de evidente parecido con la dueña de la casa, ramos de flores, jarrones con calas, y sobre todo cortinas, decenas de cortinas y velos que acaban poniendo de los nervios al fan más entregado. Un derroche de decadente exquisitez.
La música es una pieza clave en la película. La magnífica banda sonora combina piezas de Schubert, Bach o Ravel, con la ya nombrada Bela Lugosi’s Dead de Bauhaus y temas de Iggy Pop como “Funtime”, que suena en la escena del ochentero patinador que sufre un envite de un ya caducado John. El refinamiento de la pareja de vampiros se refleja también en su amor por la música clásica, ambos disfrutan interpretando piezas en la gran sala de la mansión, John toca el contrabajo y Miriam el piano. En varios sitios de internet se puede consultar la música que aparece en la película. Así podemos escuchar la 'Suite nº 1' de Bach, para recordar los momentos felices cuando Miriam y John comenzaban su romance; el Miserere de Allegri; el Dueto de las Flores de 'Lakme', ópera de Léo Delibes que utiliza Miriam para seducir a Sarah, en una de las escenas más comentadas de “El ansia”; o el Trio in E Flat, Op. 100 de Schubert, la pieza de piano utilizada también en el Barry Lyndon de Stanley Kubrick, composición alrededor de la que gira la película, que primero refleja el amor de Miriam hacia John y posteriormente como ese amor volverá a repetirse pero hacia la otra protagonista. Los temas instrumentales compuestos para la película son obra de Michel Rubini y Denny Jaeger, piezas que marcan los momentos de intriga y desasosiego, y que utilizan, entre otros instrumentos, sintetizadores y vientos.
Se ha tachado a “El ansia” de anuncio de largo metraje, de videoclip kitsch, defectos con los que definen gran parte de la obra del director, pero lo cierto es que esta metáfora sobre el envejecimiento, tiene muchos puntos para verla con agrado y para mantenerla en la memoria.



Al final siempre ganan los monstruos, una novela punk de Juarma


Nadamos ríos de lluvia, literalmente, para recoger en correos la primera novela de Juarma “Al final siempre ganan los monstruos”. Nos sorprende un diluvio a la salida de la oficina, acompañado por una batería de rayos y truenos. Protejo el libro con mi cazadora porque he visto en las redes que otro ejemplar llegó empapado a su destino y no quiero que al mío le suceda lo mismo. Intentamos cobijarnos bajo un balcón pero ya estamos chorreando. Echamos a correr hacia una sucursal bancaria, temo caerme. Esperamos allí un rato, relampaguea con violencia y el sonido da miedo. No queremos esperar más, total, ya estamos calados. Echamos de nuevo a correr hasta casa, no puedo apenas abrir los ojos, la cortina de agua sigue cayendo sobre nosotros. Menos mal que nos da por reír. Llegamos a nuestro portal como si nos hubiéramos tirado vestidos a una piscina. Los vecinos se nos quedan mirando. Al fin en casa, helados, echamos la ropa a lavar, nos secamos el pelo y nos pegamos al radiador. Pero el libro está seco.
Vaya inicio más punk.
Perdida la esperanza, perdida la ilusión/ los problemas continúan, sin hallarse solución/ Nuestras vidas se consumen, el cerebro se destruye/ nuestros cuerpos caen rendidos, como una maldición/ El pasado ha pasado y por el nada hay que hacer/ el presente es un fracaso y el futuro no se ve/ La mentira es la que manda, la que causa sensación/ la verdad es aburrida, puta frustración.
Pienso que la letra de “Cerebros destruidos” de Eskorbuto es un resumen redondo de “Al final siempre ganan los monstruos”, primera novela de Juarma, escrita, editada y prácticamente agotada en tiempo récord. Porque así hace las cosas el artista de Deifontes, con rabia y determinación, apretando los dientes y sin pensárselo más de la cuenta. “Estoy agotado. Contento pero rabioso a la vez. Me gustaría que hubiese sido más fácil llegar a más sitios y a más personas”, afirma el artista en su cuenta de Twitter, nunca del todo satisfecho con el resultado por más que haya sido francamente brillante. Es lo que tienen los genios. Reconoce Juarma que “del punk me gusta la parte de creer en otra forma de hacer las cosas”, la filosofía del “hazlo tú mismo” que él sigue para sus cosas. También para esta novela “carente de cualquier atisbo de esperanza, ideal para jóvenes desgastados”, como canta la banda malagueña Sputnik Veneno.
Todo comenzó con una serie de “historias raras que fue escribiendo en el bloc de notas del ordenador”. Empezó a subirlas a un grupo secreto en Facebook “y al poco tiempo nació una novela”. Juarma lo cuenta con total naturalidad, como si fuera la cosa más sencilla del mundo. Ha sido editada por Camping Motel Ediciones, la maquetación y las letras de portada las ha hecho Jess García y la portada corre a cargo de la artista granadina Ana Müshell, que ya dibujó la de su libro anterior, el poemario “Poemas escritos a navajazos”. “Te puedes quedar en tu casa viendo la tele, quejándote, llorando y dándole vueltas a las cosas. O te puedes pasar el día en un bar poniéndote hasta el culo. Pero es maravilloso poder apretar los dientes y pelear y sacar toda la rabia que tienes dentro haciendo cosas”, afirma el autor en una entrevista.
“Al final siempre ganan los monstruos” es una novela punk de un artista que tiene legión de seguidores de sus tebeos y libros. Autor de viñetas geniales, llenas de furia y violencia, pero también rebosantes de sentido común, el universo Juarma está plagado de colores vivos, personajes delirantes, historias tremendas, crítica social, ausencia de “bienquedismo”, sentencias redondas, caos, destrucción y un potente lirismo que en ocasiones nos deja muy tocados. Juarma ha tenido el acierto de trasladar su particular universo a la escritura, lo que no era tarea fácil, y lo ha hecho de manera brillante, a través de una novela coral narrada en primera persona por los diferentes personajes que la habitan. Estructurada en forma de puzzle y compuesta por múltiples piezas perfectamente engarzadas, la novela está marcada por la adicción a la cocaína que sufren sus protagonistas, aunque igual podía haberse hablado de pastillas, heroína, marihuana o alcohol.
La cocaína era el centro de mi vida. Todo lo que hacía lo enfocaba hacia el consumo lúdico y compulsivo. Organizaba todo alrededor de ella. Todos mis planes, todas mis decisiones, todas mis ambiciones las determinaba la coca. Y a mí me gustaba.
Estas palabras de uno de los personajes me evocan el “Heroin” de Lou Reed.
Heroin, be the death of me / Heroin, it's my wife and it's my life / Because a mainer to my vein / Leads to a center in my head / And then I'm better off than dead.
“Al final siempre ganan los monstruos” aborda sin ahorrarse crudeza la historia de unos no tan jóvenes habitantes de Villa de la Fuente, un pueblo cualquiera del sur de España, que sufren un grave problema. A la escasez de trabajo, la precariedad y la ausencia de un proyecto de futuro se une su adicción a la cocaína. Abrazan la droga como salvavidas con el que superar muchas de sus carencias. Pero la adicción siempre será la peor solución posible. Juarma ha escrito una historia tremenda, que se puede encontrar en cualquier pueblo de cualquier rincón de España. “La vida misma”, como dice la madre del autor. Me resulta curioso ese extraño candor con el que mucha gente mira la vida de los pueblos, cuando en este país el mundo rural está completamente abandonado por parte de los que mandan. La falta de oportunidades y trabajo, la escasa o nula oferta cultural, la ausencia de inversiones y el caciquismo que nunca se fue son los mimbres sobre los que se sostiene un panorama muy poco halagüeño para la juventud rural. El autor realiza un demoledor retrato costumbrista, alejado de cualquier trazo grueso, más bien al contrario, resulta un finísimo observador. Salpica además el texto con oportunas pinceladas de su característico humor.
Que la vida duele (y mata como dicen Los Enemigos), es algo que sabe bien Juarma. En algunos momentos la negrura de la historia desemboca en el nihilismo. No hay futuro, pero tampoco presente. No hay nada en que creer. Desde la rabia Juarma edifica una potente historia, llena de aristas que arañan durante su lectura. No saldremos indemnes de ella.
Nunca he creído en el amor, ni en los putos sentimientos (…) A veces tengo la sensación de que todo es mentira y de que con algunas ideas estúpidas intentamos llenar el vacío que es nuestra lucha por sobrevivir en este mundo tan asqueroso. No entiendo a las personas que son capaces de sentir algo que no sea terror a la vida.
El autor aborda el complejo problema de los protagonistas sin ápice de moralina. Sobre sus personajes han dicho en las redes que “serán unos mierdas pero son nuestros mierdas” (La Sarishe). Y también ellos son, somos, nosotros. Todos tenemos nuestros monstruos interiores y nuestras miserias, que procuramos esconder.
Los personajes centrales son cinco amigos de infancia, cinco hombres adultos y tremendamente inmaduros, cinco colegas que forman “un puño”, que siempre están juntos, que siempre están todos para todos. Pero más allá de una bonita amistad, se trata de una relación cohesionada por la cocaína.
(…) por eso éramos amigos (…) Habíamos construido un entorno a nuestra medida para consumir cocaína. Eso es lo que nos había quedado. La razón por la que seguíamos juntos.
Nuestros (anti)héroes son Lolo, matón desequilibrado, su dolor de vivir tiene mucho que ver con una infancia marcada por un padre maltratador y alcohólico; Juarma tiene la osadía de matarle al inicio del libro a pesar ser uno de los personajes más carismáticos, pero su presencia será muy vívida durante toda la novela. Jony, licenciado en filosofía, ha logrado un elevado tren de vida gracias al tráfico de drogas, es considerado como un amigo fiel por los que en realidad son sus mejores clientes; Juanillo, trabajador muy valorado, no se le caen los anillos por currar en lo que se le ponga por delante, aunque a nivel personal es un completo desastre; drogadicto y alcohólico siempre está el primero para llevarse palizas. Los dos personajes con una infancia feliz y una familia estable son Liendres y Dani, lo que no evita que también consuman. Liendres trabaja como mecánico y es un tipo noble, el amo del Tinder que va en busca del “amor bonito”. Dani, director de una sucursal bancaria, cocainómano de oficina, es el que en apariencia tiene una vida más “normal” de todas. Dani y Liendres protagonizarán el estremecedor último capítulo del libro, “Busca siempre tu libertad”, con una escena final que demuestra el manejo de la narración que tiene Juarma.
Además de los cinco amigos hay otros narradores. Juarma ha salido airoso de una apuesta muy compleja, ofrecer a todos ellos una voz propia y diferenciada. La que ofrece una distinción más obvia es la voz de El Liendres, con su hablar entrecortado, a partir de frases cortas e incluso interrumpidas por la puntuación. Conocemos cómo son los personajes a través de lo que cuentan sobre sí mismos y a través de lo que otros dicen sobre ellos.
Lo escalofriante de la situación es que los personajes no están al margen de la sociedad, trabajan y llevan unas vidas incluso insulsas. Consiguen disimular su adicción a la coca, la droga de la “normalidad” porque al principio no causa destrozos tan evidentes como lo hace la heroína. Eso los diferencia de los personajes de Trainspotting, la saga de Irvine Welsh. Encuentro ciertas conexiones entre los yonquis escoceses  y los personajes de Juarma, aunque el autor creo que no está muy de acuerdo conmigo. Los personajes masculinos de “Al final siempre ganan los monstruos” son trabajadores, responsables en lo referido a su vida laboral pero en general un completo desastre en lo personal. Rascando un poco la superficie, los cinco no son tan parecidos, en realidad la escuela fue la que los juntó y la cocaína la que los hizo inseparables. Ni siquiera ofrece una visión positiva de Jose, el policía. Está limpio, es un buen padre y marido, pero es un palizas y al fin y al cabo un agente de la autoridad.
Las mujeres también tienen sus propios capítulos para contar su visión de la historia. La sensatez y la fuerza llegan de manos de ellas, que tiran del carro de unas relaciones que no pueden llegar a buen puerto. Son trabajadoras y resueltas, y nunca se dejan humillar. Me gusta como Juarma levanta unos personajes femeninos auténticos y en absoluto sufridores. Cuando no pueden soportar los problemas causados por la adicción de sus parejas, terminan con la relación aunque sigan enamoradas; un mensaje positivo para luchar contra el estúpido amor romántico, que no el “amor bonito” que busca el Liendres. María, Vanessa, Candela, incluso Lorena (especialmente logrado el retrato que le hace Juarma a esa chica “pijita” y muy suya, dueña del gato Mordisquitos), tienen voces auténticas y poderosas. Antoñica es el personaje más entrañable. Por sus dificultades de expresión ella no es una de las narradoras, aunque sí tiene su capítulo propio, “El post-it”, con el texto de una nota. Juarma no carga las tintas en su retraso, su mirada es de respeto y cariño. De ella parte el amor más auténtico y desinteresado; en su caso dirigido hacia Juanillo, ese completo gañán que le ha tocado en desgracia. El personaje me recuerda a la Lourdes de “Un árbol caído”, de Rafael Reig. Ambas son mujeres que, por sus circunstancias, viven sin miedo y sin reservas, de manera intensa, sin ambiciones ni dobleces.
En el libro se nota la obsesión por la verdad. Todos mienten, porque todos, de una manera u otra, mentimos. Por omisión, por no hacer daño, por no quedar mal, por cobardía, por maldad. Mentimos aunque al final siempre caen las máscaras.
Mis problemas no eran culpa de las drogas. Al final siempre nos ganan los monstruos que escondemos dentro. Que por mucho que te esfuerces y luches, los monstruos siempre acaban escapando de tu corazón y haciéndolo todo pedazos. Y que de alguna forma, es hermoso darlo todo y perder.
La velocidad tan punk de Juarma en escribir, editar y agotar “Al final siempre ganan los monstruos”, no debe ser un obstáculo para que este libro dure y perdure mucho tiempo. Sin duda lo merece.



Concierto de Roger Waters en Madrid. Una noche de descubrimiento y pura emoción


*Fotos: Elena PerSa y Conx
En realidad yo siempre he huido de Pink Floyd. Conocía muy pocos detalles de la banda, que fueron el grupo del malogrado Syd Barret, la complicada relación entre ellos y lo muchísimo que siempre me ha emocionado Wish you were here, canción que conmovería a una roca. Aparte de eso, les relacionaba con el rock sinfónico, estilo que aún se me resiste, y no me apetecía indagar mucho más en el grupo.
Por circunstancias, y gracias a la fortuna de haber encontrado en las redes sociales a algún generoso fan incondicional de la banda británica, decidí “estudiar para graduarme en Pink Floyd”. La fortuna nos ha traído a Roger Waters, fundador y uno de los líderes de la banda, a Madrid este mes de mayo de 2018. No quise desperdiciar la ocasión de verle en directo, en la que probablemente será su última gira.
La historia del rock cuenta que la banda se creó en 1965, con lo que se han cumplido cincuenta y tres años desde que Syd Barrett, Roger Waters, Richard Wright y Nick Mason se unieran, adoptando como estilo el rock psicodélico que triunfaba en aquella época. Ha pasado mucho tiempo desde entonces, se encuentran distanciados y fracturados, faltan Syd Barrett (quien abandonó la banda en 1968 y falleció en 2006) y Rick Wright, fallecido en 2008; como dice uno de mis maestros, “sin él, Pink Floyd ya nunca será Pink Floyd”. Tras un pleito que le enfrentó a sus antiguos compañeros, Roger Waters no puede usar la “marca” Pink Floyd, pero sí las canciones de la banda de la que él fue fundador e ideólogo.
Quiero ahondar en la historia de un grupo caracterizado por la profundidad de sus letras, la minuciosa elaboración de sus álbumes, el gusto por la experimentación, las enigmáticas portadas llenas de detalles obra del grupo de diseño artístico Hipgnosis, o la espectacularidad de sus directos. De su primera época, la psicodélica, apenas he escuchado temas, aunque conozco la desgraciada historia del bellísimo Barrett, al que siempre he tenido entre mis más adorados músicos de los años 60. Apenas sé sobre los desencuentros entre los dos líderes que tomaron las riendas tras la salida de Barret, David Gilmour y Roger Waters. Conozco pocos datos, sujetos con pinzas, que resultan insuficientes para mí, siempre dispuesta a empaparme sobre las peripecias de los artistas a los que admiro para saber situarme en su trayectoria. He llegado a este concierto con muy pocos conocimientos pero con una ventaja, una mirada virgen que ha acrecentado mi sorpresa y lo ha convertido en una experiencia alucinante.
Lo vivido la noche del pasado jueves 24 de mayo en el antiguo Palacio de los Deportes de Madrid resultó para mí absolutamente épico, desde el desconocimiento y el asombro. Waters nos ofreció un colosal espectáculo multimedia con canciones históricas, proyecciones audiovisuales de alta definición, un sonido envolvente, una banda brillante y una escenografía realmente asombrosa. Durante el concierto, dividido en dos partes, Waters realiza un recorrido centrado en los cuatro álbumes más míticos de la banda: ‘The dark side of the Moon’ (1973), ‘Wish you were here’ (1975), ‘Animals’ (1977) y ‘The wall’ (1979). El músico, de 75 años maravillosamente llevados, sacó el pasado año 2017 su primer disco rock en solitario desde 1992, ‘Is This The Life We Really Want?’, y durante la primera parte del espectáculo también ofrece varios temas de ese trabajo.
La banda que le acompaña en la gira es la que toca en su disco más reciente. Además de Roger, que se encarga de cantar, las guitarras y el bajo, se acompaña entre otros de Nigel Godrich a los teclados y guitarras; Joey Waronker a la batería; el estupendo músico estadounidense Jonathan Wilson a la guitarra y voz, quien toca con gran finura las partes de guitarra de David Gilmour y canta varios de los temas, saliendo airoso y con brillantez de la complicada misión que le ha encomendado Waters; o las vocalistas Jess Wolfe y Holly Laessig, integrantes de la banda indie norteamericana Lucius; las dos aparecen ataviadas con sendas pelucas platino y refulgentes vestidos de lentejuelas negras, protagonizando momentos de gran belleza como su interpretación de la épica The Great Gig in the Sky, cuando parecen flotar en un cielo estrellado que llena la pantalla gigante.
Durante la primera parte disfrutamos de temas como ‘Breathe’, ‘Time’, ‘Welcome to the Machine’, Wish you were here’, la canción dedicada a su amigo Syd Barrett, acompañada por una animación de dos manos a punto de juntarse y que comienzan a desintegrarse en pequeñas partículas rojas, o ‘Another Brick in the Wall’, tema principal de aquel album conceptual convertido más tarde en película, y para el que sube al escenario un grupo de adolescents, que suele pertenecer a asociaciones y ONGs de la ciudad que visita el músico. Al finalizar, los chicos muestran en una camiseta el lema reivindicativo del concierto: “RESIST”, una llamada a no tirar la toalla en estos tiempos terribles que estamos viviendo.
La segunda parte, muy potente, cuenta con el aliciente de comenzar con ‘Dogs’ y ‘Pigs’, dos de mis temas favoritos de Pink Floyd, incluidos en el disco Animals, obra conceptual que critica la forma de vida británica, con ciertas reminiscencias del Animal Farm de Orwell, que obtuvo peores críticas que sus discos anteriores y con el que se agravaron las disensiones de Waters con el resto de la banda. A partir de este momento empieza una épica apoteosis. Con los primeros compases de Dogs, del cielo del pabellón baja una plataforma con luces rojas que se sitúa sobre el público de pista y enfrente de nosotros, que estamos sentados en uno de los laterales. La plataforma comienza entonces a convertirse en la Battersea Power Station, la estación eléctrica construida a inicios del siglo XX cuyo maravilloso edificio industrial protagoniza la portada del disco. La proyección cuenta incluso con chimeneas que echan humo. Quiero detenerme en este colosal edificio, una central eléctrica de carbón inactiva ubicada en Battersea, Londres y que también aparece en la película ‘Help!’ de The Beatles. Otro de los elementos de la portada introducidos en este espectáculo es el del cerdo inflable. Curiosas son las anécdotas que hablan de Algie, el enorme globo de helio con forma de cerdo que acabó cayendo sobre un prado, cabreando a un granjero y asustando a unas vacas. En el concierto de Madrid disfrutamos de nuestro correspondiente cerdo, que dio un par de vueltas volando alrededor del pabellón con el mensaje “Stay Human”.
La actual gira de Waters tiene una fuerte carga política y social. No hay que olvidar que el músico es un destacado defensor de diferentes causas y siempre ha utilizado sus composiciones para lanzar potentes mensajes. Activista contra la caza del zorro en su país, este año 2018 ha sido galardonado en Argentina por su compromiso con la identificación de soldados de la guerra de las Malvinas. Es uno de los músicos que apoya el boicot a Israel (BSD) por su política de ocupación y genocidio en Palestina. Ha visitado Palestina y pintó con spray sobre el muro israelí de la vergüenza. Así, la interpretación de ‘Pigs’ se convierte en un alegato contra los líderes mundiales, el gobierno británico con Theresa May y Boris Johnson, Erdoğan, Berlusconi, Macron o incluso Mariano Rajoy en pleno escándalo por la sentencia de la Gurtel. Pero quien se lleva la palma es el presidente de EEUU, Donald Trump, ridiculizado sin piedad a través de las imágenes proyectadas. “Los cerdos gobiernan el mundo” o “Trump es un cerdo”, son algunas de las soflamas lanzadas durante la canción. El mismo Waters se descubre tras retirarse una careta de cerdo y acaba brindando con champán frente al público y arrojándole la copa. La presencia de un público perteneciente a varias generaciones, desde contemporáneos de Waters a veinteañeros demuestra la absoluta vigencia de Pink Floyd, una banda convertida en un clásico de la música universal.
Una vez retiradas las pantallas colgantes del centro de la pista, nos queda por disfrutar otro espectacular efecto visual, un prisma de luz que recrea la inolvidable portada de ‘The Dark Side of the Moon’ para terminar el concierto con dos temas de ‘The Wall’, ‘Mother’ y ‘Comfortably Numb’. La despedida, llena de emoción, con un Roger Waters presentando a la banda que le acompaña en la gira y lanzando abrazos al público, muestra de la evolución de un músico que en su día tuvo una compleja relación con sus seguidores y que con el paso de los años parece sentirse cada vez más cómodo en el escenario. Miles de papelitos rosas con la palabra, de nuevo, “Resist”, cayeron sobre el público en forma de abundante lluvia que ojalá empape en nuestra actitud, tan necesitada de ánimo y de fuerza.
Al final una alucinante tormenta eléctrica sobre el cielo de Madrid nos acompañó como sobrecogedor espectáculo en el camino de regreso a casa. Exhaustos, sudorosos, felices, con el corazón a mil revoluciones y deseando larga vida a Roger Waters y a todos los mitos musicales que aún nos quedan vivos. Una noche de descubrimiento y pura emoción.
Setlist del concierto de Roger Waters en el WiZink Center de Madrid, el jueves 24 de mayo de 2018.
A continuación, recojo las canciones del concierto con comentarios. La mayoría conoceréis de sobra estos apuntes y anécdotas, pero me sirven para situarme en el universo Pink Floyd, territorio aún bastante ignoto para mí.
Parte 1:
Speak to Me (Pink Floyd). Canción que abre ‘The Dark Side of the Moon’. Es en realidad una obertura que resume el contenido del disco. Se trata de una idea de Nick Mason, teclista de la banda. El nombre se refiere a la petición del ingeniero de sonido, Alan Parsons, en las grabaciones de voz: “háblame”. Se enlaza con el siguiente tema, ‘Breathe’.
Breathe (Pink Floyd). Según se cuenta, la idea original de esta canción del disco ‘The Dark Side of the Moon’, le surgió a Roger Waters durante la realización de la banda sonora de la película ‘The Body’. En la misma, el cuerpo es una metáfora de la existencia humana. Breathe es “una invitación a tomarse un respiro, a detenerse y reflexionar sobre el significado de la vida”.
One of These Days (Pink Floyd). Canción que abre ‘Meddle’, album de 1971 con el que definitivamente abandonaron la psicodelia y se adentraron en otros caminos. Es una canción prácticamente instrumental y compuesta por todos los miembros del grupo. Destaca el atronador bajo, las guitarras distorsionadas, los arañazos que aportan los teclados y finalmente la apoteosis de la batería. “Uno de esos días te voy a cortar en pedazos” dice la voz distorsionada de Nick Mason. En esta gira las coristas hacen una coreografía en la que parecen aporrear tambores, en lo que resulta un momento vibrante y potente en lo musical y en lo visual.
Time (Pink Floyd). Tema que comienza con alarmas de relojes, perteneciente al album ‘The Dark Side of The Moon’. En su composición participaron los cuatro miembros de la banda y ofrece uno de los espectaculares solos de guitarra de David Gilmour.
Breathe - Reprise- (Pink Floyd)
The Great Gig in the Sky (Pink Floyd). Caracterizada por el derroche vocal que en la versión original corría a cargo de la cantante Clare Torry. Pertenece al disco ‘The Dark Side of The Moon’. Fue Alan Parsons quien llevó al estudio a la cantante, a quien había escuchado en alguna grabación. Sin una letra ni una idea muy clara de lo que querían, pidieron a Torry que improvisara sobre la música, hicieron varias tomas y el resto, es historia. Convertida en un instrumento más de la canción, Clare Torry consiguió, tras poner una demanda, figurar como coautora y recibir ganancias por la canción.
Welcome to the Machine (Pink Floyd). Canción del álbum ‘Wish You Were Here’. Destaca la presencia de sintetizadores y guitarras, así como la introducción de diferentes efectos de sonido. La canción refleja el desencanto del grupo con la industria musical, a la que ven como una máquina de generar dinero y que no tiene en cuenta la parte artística. Por extensión, ofrece una visión negativa hacia la sociedad industrial.
Déjà Vu. Canción de su último disco en solitario, ‘Is This The Life We Really Want?’, su primer álbum de rock en 25 años. Un medio tiempo quizá alejado del estilo Pink Floyd, pero que resulta melancólico y emocionante.
The Last Refugee. Otro de los temas de su último disco en solitario. Durante la interpretación se proyectan imágenes de una bailaora de flamenco, que se convierte en refugiada.
Picture That. Otra canción de su último disco en solitario. Parte de una jam session con Nigel Godrich. De contenido social y politico, habla sobre la elección de líderes sin cerebro como Donald Trump.
Wish You Were Here (Pink Floyd). Preciosa canción que apareció en el disco del mismo nombre, retrata el sentimiento de nostalgia tras la pérdida. Dedicada a su amigo Syd Barrett, al igual que Shine On You Crazy Diamond, que por cierto no interpreta en esta gira.
The Happiest Days of Our Lives (Pink Floyd). Incluida en su disco conceptual The Wall, se trata de una apertura para la canción Another Brick in the Wall.
Another Brick in the Wall Partes 2 y 3 (Pink Floyd). La conocidísima canción es una denuncia contra las duras reglas que existían en la escuela en la infancia de los miembros del grupo, en plena posguerra. “We don't need no education”, afirma la famosa frase que significaría algo así como “No necesitamos una no-educación”.
Parte 2:
Dogs. (Pink Floyd). Canción de Animals. Aquí los “perros”, a diferencia de la obra de Orwell, son los empresarios y hombres de negocios, despiadados, obsesionados con el dinero y destructores de sí mismos y de lo que les rodea. Una extensa (17 minutos) y maravillosa canción.
Pigs -Three Different Ones- (Pink Floyd). Otra de las crudas canciones de Animals, un disco creado a mediados de los 70, un tiempor especialmente turbulento, aquejado por una grave crisis industrial, desempleo, huelgas obreras y agitación social, con un gobierno laborista cuya inoperancia acabaría llevando al poder a Margaret Thatcher. Los cerdos de la canción representan a la clase dominante en el sistema capitalista, los politicos y los ideólogos que dan una cara amable pero en realidad son hipócritas y cobardes, manipulan para mantener su poder, dinero y riquezas.
Money (Pink Floyd). Perteneciente al álbum ‘The Dark Side of the Moon’. Una de sus canciones más conocidas, habla sobre el dinero y sus propiedades para corromper los ideales de las personas. La irónica letra refleja la visión e ideología de Waters en cuanto al dinero y la acumulación de riqueza.
Us and Them (Pink Floyd). Del álbum ‘The Dark Side of the Moon’, da nombre a la gira. Fue escrita por Rick Richard Wright y Roger Waters y cantada en el disco por David Gilmour y Richard Wright. Al parecer fue originalmente escrita para la banda sonora de la película Zabriskie Point, pero el director Michelangelo Antonioni la rechazó. En la canción tienen un papel destacado el teclado Hammond y el saxo.
Smell the Roses. Canción de su último disco en solitario recuerda a los temas clásicos de Pink Floyd, con un teclado que evoca al de Rick Richard Wright y unas guitarras al estilo de Gilmour.
Brain Damage (Pink Floyd). Fue lanzada en el disco ‘The Dark Side of the Moon’ y compuesta por Roger Waters durante la gira del álbum ‘Meddle’, momento en el que escribió también Money. Según se cuenta, el título se refiere a Syd Barrett y su deterioro mental relacionado con el excesivo consumo de drogas. La canción fue finalmente cantada por Waters y Gilmour hizo los coros. Como curiosidad, las risas que se oyen al final de la canción son de Peter Watts, road manager fallecido en 1976 y padre de la actriz Naomi Watts.
Eclipse (Pink Floyd) Brain Damage y Eclipse se funden en el directo al igual que lo hacen en el disco original. ‘Eclipse’ cierra ‘The Dark Side of the Moon’ y es famoso por su frase “There’s no dark side of the moon, really. Matter of fact is all dark”.
Bises:
Mother (Pink Floyd). Canción incluida en el disco ‘The Wall’. Desde el punto de vista de la melodía se trata de una especie de canción de cuna, suave y tranquila. Sin embargo, la letra se refiere de forma amarga a una madre sobreprotectora que ha contribuido a levantar un alto muro alrededor de su hijo. Cantada en forma de diálogo entre Waters y Gilmour.
Comfortably Numb (Pink Floyd). Perteneciente a la “opera rock” ‘The Wall’, contiene uno de los solos de guitarra de David Gilmour más apreciado. La canción habla sobre el estado de adormecimiento al que llevan los calmantes para mitigar el dolor, no sólo físico, sino también emocional, debido a carencias afectivas. Habla sobre la dificultad para manifestar emociones a medida que nos hacemos mayores, la pérdida de la inocencia y el muro que las personas vamos construyendo a nuestro alrededor a medida que pasan los años.












Al final siempre ganan los monstruos, presentación en Madrid de la primera novela de Juarma


Es un genio. Juarma (Deifontes, Granada. 1981) es conocido como uno de los mejores dibujantes de su generación, poseedor de un personalísimo estilo. Curtido en fanzines y autoedición, acumula decenas de tebeos, viñetas, ilustraciones sobre música y en la actualidad vuelve a colaborar en la revista El Jueves. Además de esta frenética actividad en el dibujo, Juarma se ha destapado en los últimos tiempos como escritor, una faceta que se toma realmente en serio y en la que quiere avanzar. Así, hace un tiempo publicó una pequeña tirada, que literalmente voló, de sus “Poemas escritos a navajazos”, en la que recogía casi toda su producción poética escrita hace más de veinte años. Y como culminación el pasado mes de abril Camping Motel Ediciones publicaba su primera novela, “Al final siempre ganan los monstruos”, con una tirada mayor que prácticamente se ha agotado en un mes. En ambos libros ha contado para la portada con la ilustradora granadina Ana Müshell, de quien el autor dice que espera que le ilustre toda su obra literaria.
Dos años después de conocerle en su anterior visita a la librería Molar, volvemos a encontrarnos con el artista que recibe más “Piropos y Puñaladas” en las redes. Tarda un poco en aparecer, nos cuentan que está firmando algunos libros en el piso de arriba. Se nota que el público que llenamos la sala estamos expectantes por la entrada del autor, y parece sentirse una descarga eléctrica cuando por fin entra y se sienta. Juarma aparece con el pelo rapado a los lados, camiseta estampada (no le gusta llevar las de sus dibujos), y sonrisa entre tímida y traviesa.
Flanqueado por el editor Enrique J. Rodríguez y el periodista Iván Romero, ambos granadinos, espera con calma a que le presenten. Enrique, editor de Camping Motel, destaca que con esta novela Juarma se abre a un nuevo público. “Aprecio al público  que tengo y me alegra, pero me gustaría llegar a más gente”, explica el artista. “Estoy un poco quemado con el dibujo y me ha servido para despejarme. Escribir me resulta más fácil que dibujar”, reconoce.
El periodista Iván Romero explica que descubrió a este “tipo entrañable” hace siete años, cuando estaba metido en el mundo del fanzine. Admite que al principio “tal vez es complicado acceder al universo Juarma”, un artista con una serie de claves estilísticas y temáticas muy reconocibles. Viene de Deifontes, un pueblo en los Montes Orientales de Granada, rodeado de olivos, aislado y donde sólo apenas hay media docena de autobuses al día a la capital. “Es importante tener todo esto en cuenta, porque explica muchas cosas de su universo creativo”, aprecia Iván.
Juarma reconoce la influencia del escritor estadounidense Donald Ray Pollock. No he leído a este autor, pero la descripción que se hace de la literatura de este empleado de un matadero y de una fábrica de papel que sitúa sus relatos en su pueblo, un lugar lleno de violencia en el sur profundo de Estados Unidos, me lleva a encontrar similitudes con ese Villa de la Fuente, situado en el sur del sur de Europa, que es donde transcurre “Al final siempre ganan los monstruos”. Si a Pollok se le califica de “audaz y divertido”, lo mismo podemos decir de esta novela en la que Juarma cuenta situaciones muy duras y tremendas pero siempre desde un punto de vista muy particular, marca de la casa. Como indica Iván, “se trata de una novela dura pero salpicada con el humor de Juarma, que actúa como un ácido que ayuda a digerir la historia”. Él está de acuerdo con que el humor sirve para “digerir la dureza de la vida”. Efectivamente la novela mantiene de alguna manera el estilo Juarma. Los lectores que conozcan la particular visión del autor y quienes de alguna manera reconozcan lo que se cuenta, serán quienes mejor la valoren y entiendan.
La forma de construir esta novela, que comenzó siendo una serie de relatos cortos, también ha sido curiosa. Juarma abrió un grupo de Facebook para la novela al que se unieron una serie de personas para acompañarle. “Me animaban los comentarios del grupo. No había guion y la historia iba saliendo, resultó divertido. Ha sido una experiencia chula”. Según explica, la narración en ocasiones se iba desarrollando a partir de comentarios del grupo, de manera un tanto improvisada. “Lo que ha costado más ha sido enlazar las diferentes historias”. Desde el inicio la gente se enganchó a la propuesta. Se siente complacido por la acogida que está recibiendo la novela. “Los comentarios de los lectores coinciden con que es adictiva, que una vez que se empieza resulta difícil parar”. Yo, que la acabo de terminar, me sumo a esta opinión.
Juarma no parece estar muy conforme con las referencias que le hacemos. No acepta definir su novela ni como la “Fariña del sur” que apunta Iván, ni como una suerte de “Trainspotting granadino”, como señalo yo. Juarma es un escritor que se muestra seguro de su nueva criatura. Si resulta auténtico e inclasificable en todo lo referido a sus dibujos, también es consciente de que lo es a la hora de escribir. Pero con su obra no se anda con bromas. Hace bien.
En “Al final siempre ganan los monstruos” la cocaína marca la vida de los protagonistas. Explica que en un principio el libro se centraba en la marihuana, el consumo y la plantación en los pueblos, pero luego la historia tomó otro rumbo. La motivación del autor no parece ser exactamente reflejar la vida de personajes con problemas de drogadicción. “En realidad quiero mostrar cómo se busca la vida la gente en los pueblos ante la falta de oportunidades y la obligación de arreglárselas solos”, aclara. En opinión de Iván el libro supone “una fotografía muy interesante sobre cómo es la vida en ciertas zonas de Andalucía”, y por extensión yo creo que en casi toda la olvidada España rural. Con un alto índice de fracaso escolar, sin salidas laborales, parte de la juventud no encuentra más forma de tirar para adelante que trapichear con la droga. “No es una lección moral, pero sí una forma de mostrar los monstruos que produce la droga”, reflexiona Iván.
El talentoso Juarma genera tal entusiasmo que la editorial Camping Motel se ha creado para editar esta novela, un libro “editado sin ningún tipo de apoyo”, como explica Enrique Rodríguez. Para un escritor que no se mueve en los círculos literarios hay múltiples quebraderos de cabeza a la hora de publicar. “Nosotros le convencimos de que sacara la novela porque pensamos que era necesario”. Enrique encuentra similitudes en el estilo de Juarma con Chirbes, un escritor muy valorado por la crítica. “Juarma puede sin duda dar el salto a otras editoriales.  La cultura no es sólo la que aparece en el primer puesto del escalafón”.
Lucidez y verdades como puños. “Me gustaría seguir dibujando y escribiendo”, nos dice Juarma. Parece que nuestro artista ya tiene una nueva novela en proceso. Y que no dude que muchos estamos deseando leerla.
Su cercanía y la calidez con la que consiguió que sintiéramos que nos conocíamos de toda la vida, la dejamos para nuestra historia personal. Siempre gracias, Juarma.





La cuestión saharaui y su recepción en las autoras españolas



Pocos lugares resultan tan atrayentes y mágicos para la creación literaria como el desierto. Y qué decir del territorio del Sahara Occidental, del que España fue potencia colonizadora durante cien años. Porque en el Sahara no sólo hay desierto de arena, hay bellísimas costas atlánticas, faros, viajeros, mitos y leyendas, sorprendentes montañas y cuevas mágicas, eruditos y sabios. A todos estos ingredientes se le une el terrible drama que aún viven los saharauis tras el abandono español y la ocupación marroquí de su territorio. El asunto del Sahara es un tema pendiente de la Transición y hasta que España no asuma sus responsabilidades, la democracia española no podrá estar plenamente consolidada. De ahí el gran interés que despierta este tema, tanto para lectores como para investigadores y escritores.
Sin embargo, a pesar de tantos atractivos para la creación, en esta breve revisión de la influencia de la cuestión saharaui en la literatura femenina española veremos que tras un siglo de historia común, y 42 años transcurridos desde el abandono del territorio, no hay aún muchas autoras que se inspiren para sus creaciones en la que fuera nuestra provincia 53.
Particularmente me interesa tanto la causa saharaui y me fascina de tal forma su cultura, que no puedo evitar escribir sobre el Sahara, aunque pienso que atreverse/atreverme a escribir sobre una temática tan rica y a la vez tan compleja como es la saharaui, es cuestión de valientes, cuando no de temerarias.
A la hora de escribir con el Sahara Occidental como escenario debemos plantearnos una serie de cuestiones. Es fácil ceder a la tentación de imitar o mitificar determinados aspectos de otras culturas desde una mirada puramente occidental, con el riesgo de terminar cayendo en tópicos y estereotipos, creando un imaginario falso. Aunque la saharaui no deja de ser una cultura relativamente cercana por la historia común, fascinante y exótica, la mirada de la escritora debe huir del “orientalismo” y rechazar el etnocentrismo y el neocolonialismo. Bajo mi punto de vista debemos acercarnos como incipientes y observadoras antropólogas.
Hay que huir de las miradas paternalistas, del exotismo “rancio”, de mirar exclusivamente con nuestros ojos realidades que nos son ajenas. Otro error grave es la falta de una correcta documentación, con lo que se acaba incurriendo en errores de localización, de términos o de hechos históricos. En España la causa saharaui es bastante más conocida de lo que pueda parecer en un principio y contaremos con muchos posibles lectores que no dudarán en afearnos el trabajo mal hecho. De este error adolecía la infausta novela de una escritora Reyes Monforte, que tuvo un desafortunado acercamiento literario a la temática saharaui, con una novela “Besos de arena”, llena de errores geográficos, temporales y culturales.
Otro dilema que se nos puede presentar a quienes nos decidimos a escribir sobre el Sahara Occidental es el de hacerlo desde la militancia. “El escritor militante tiene el compromiso de participar directamente a favor del otro, porque de eso se trata el compromiso: de un trabajo por el otro, que conforma el nosotros, ese otro necesitado o excluido”. Hago mías estas palabras del escritor argentino Carlos Aletto. Como escritora que se ha inspirado en los saharauis, pretendo poner mis historias al servicio de un pueblo olvidado, necesitado y excluido, víctima de la voracidad de los poderosos y que lucha, desde la justicia y la legalidad, por recuperar lo que es suyo, su libertad y su territorio usurpado. Comprender, intentar entender, acompañar, empatizar y por encima de todo respetar, incluso aquello que no entendemos o que no nos acaba de gustar. Porque sin duda lo que une al pueblo saharaui con nosotros es mucho más que lo que nos separa.
Un poco de historia
Durante el periodo colonial, mientras España estaba aún en el territorio del Sahara Occidental, no hubo apenas escritores interesados en reflejar aquella época. La estancia española en sus colonias africanas fue relativamente breve, un siglo, lo que no permitió que hubiera varias generaciones de colonos nacidos y criados en aquellos territorios (como ocurrió en el caso de la Argelia francesa o la India inglesa). En la época de la presencia española se editaron varios libros, fundamentalmente escritos por militares, centrados en temas como la geografía, los pozos, fauna y flora, historia o antropología.
Hay que tener en cuenta que hasta los años 60 la gran mayoría de población “europea” del territorio estaba compuesta por militares y que el Sahara Español, en palabras del periodista Pablo Dalmases, siempre se gobernó “como un cuartel”. Los militares, además de ser quienes vivían en la colonia, la conocían en profundidad gracias a sus patrullas con las Tropas Nómadas, compuestas en su mayoría por soldados saharauis. Muchos de aquellos militares españoles convivieron también con los beduinos y pudieron conocer las costumbres y formas de vida saharaui de forma directa. Eso influyó en que algunos de ellos escribieran sobre el Sahara Occidental.
Mi intención es centrarme en la producción femenina, en aquellas escritoras y poetas españolas que han tenido el Sahara Occidental como fuente de inspiración para sus creaciones.
Autoras que pasaron su infancia en el desierto
Es el caso de la escritora canaria Maribel Lacave, una de las primeras autoras que se inspiró en el Sahara Occidental, y que conoció en profundidad al pueblo saharaui desde la época de la metrópoli. Maribel, que pasó su niñez y juventud en el que fuera Sahara Español, publicó en 1988 el poemario “Donde sólo media luna”, dedicado en su totalidad al pueblo saharaui, en el que predomina una poesía combativa y militante a favor de la causa saharaui, una vez consumado el abandono de la metrópoli.
Jugaremos al aire
por las playas de Dajla
y en un instante
volarás al mañana.
-¿Qué es el mar?
El mar, pequeño mío,
es toda la patria liberada.
(Maribel Lacave)
Maribel Lacave publicó en 2008 el libro “Los mundos de Gali” sobre el programa de Vacaciones en paz (gracias al cual niños saharauis salen de los campamentos de refugiados en verano para librarse de las terribles temperaturas del desierto, hacer revisiones médicas y conocer la vida en circunstancias “normales” para cuando puedan regresar a su tierra en libertad, *Esperanza ahondará posteriormente en esta cuestión). También participó en el poemario “Isla Truk” (2011), definido como “Un viaje a la utopía que todos construimos en la niñez y que no debemos perder nunca”, y dedicado a la misteriosa isla Herne de la península de Dajla, antiguo Villa Cisneros. La pequeña isla (a la que yo he definido como “una delicada joya que adorna la península de Dajla”) forma parte de los inolvidables recuerdos de muchos niños saharauis y españoles que vivieron emocionantes aventuras en ella.
(…) El siroco cómplice se calla
brindándome el silencio preciso
para oírte
Isla, Truck, Herne,
amor secreto.
Dime
¿Me moriré sin verte de nuevo?
¿Sin olerte?
¿Sin que el viento me llene la cara con tu arena?
(Maribel Lacave)
Este poemario está realizado junto a la escritora, realizadora y editora canaria Mª Jesús Alvarado, quien también pasó su infancia en la ciudad saharaui de Villa Cisneros durante la época de la metrópoli. “No lloro de nostalgia, si no de desarraigo”, afirma la autora en referencia a este libro.
Cielo, arena y mar,
Perfume de salitre,
Incienso y flores.
Todas las voces del mundo.
(Mª Jesús Alvarado)
Alvarado es también autora del libro “Suerte Mulana” (2002), una deliciosa recopilación de recuerdos de su infancia saharaui, que dedica “Al infinito cielo del Sahara, que me protegió mientras crecí”.
“El niño y su madre salen a pasear cada noche. A ella le gusta alejarse de la daira y tumbarse en la arena a contemplar el cielo estrellado.
Las estrellas fugaces comienzan pronto su juego.
Para él son niños que se deslizan por los toboganes de un parque, de esos parques de ciudad que nunca he conocido.
Para ella, tan sola, cada estrella que cae es un día menos para la vuelta a casa”.
Mª Jesús Alvarado
La mirada de Mª Jesús Alvarado vuelve a dirigirse hacia el Sahara en “El principito ha vuelto” (2015), un libro que mezcla texto, dibujos y fotografías (que corren a cargo de Teresa Correa), conformando una historia entre vivida e imaginada, protagonizada por un personaje tal vez real, con quien se topó la autora en un viaje al Sahara. Un libro con reminiscencias del inmortal personaje de Saint-Exupéry.
“El desierto tiene múltiples caras, cuando menos te lo esperas surge un grupo de acacias salpicando de verde el fondo claro de arena, o cambia en un abrir y cerrar de ojos transformándose de llanura pedregosa en ondulado mar de dunas. La nada se multiplica haciendo que todo sea posible. La inmensidad te hace sentir tan pequeño como inmenso: todo lo que eres, mucho o poco, queda al descubierto, y una fuerza sobrenatural te obliga a ser puro, limpio y transparente, como el cielo que todo lo cubre y que allí parece tan fácil tocar”.
Mª Jesús Alvarado
La autora canaria es además editora e impulsora de diferentes publicaciones del grupo de escritores saharauis Generación de la Amistad, a través de su editorial Puentepalo. Es el caso de la antología “Bubisher” (2003) o del libro “Versos de la madera” (2004), del escritor saharaui Limam Boicha.
El Sahara Occidental y la literatura infantil
El Sahara Occidental ha llamado la atención a autoras de literatura infantil como Elena O' Callaghan, quien publicó en 2005 el álbum “El color de la arena” en Edelvives, con maravillosas ilustraciones de Mª Jesús Santos. Cuenta la historia de un niño saharaui, Abdulá, al que le gusta que le cuenten historias, leer y hacer dibujos en la arena. Desde su mirada inocente, este niño narra las experiencias de tantos niños que se ven forzados a vivir en campos de refugiados, ante la indiferencia del mundo.
Libros ilustrados
La combinación entre literatura e ilustración ha dado más bellos frutos. Como “Cartas de Salka” (2010), donde la ilustradora Carmen García recoge pensamientos de una joven saharaui que vive en los campamentos de refugiados, acompañados de coloridas ilustraciones de su autoría. Todo el libro es una verdadera delicia para la vista.
Cada día sale el sol y el sueño no se ha cumplido, esperamos a que anochezca por si se cumple con la luna, pero sale la luna y el sueño sigue sin cumplirse, y así van pasando días y años, la espera se alarga y la gente desespera y se impacienta. Ya estamos cansados de tanta espera y sufrimiento.
(Carmen García)
La conocida poeta Ana Rossetti, madrina del grupo de escritores saharauis en español Generación de la Amistad, es autora del libro “El mapa de la espera” (2010), con ilustraciones de Elena González. Se trata de un libro lleno de poesía y esperanza que, sin ser para niños, es para todos los públicos. El Sahara, el exilio de la tierra y el mapa de la espera, son los temas centrales del libro. Al no haber estado nunca ni en los campamentos ni en los territorios ocupados, la autora se creó la estructura mental de cómo los saharauis imaginarían cómo es su tierra. Con “El mapa de la espera” Ana Rossetti quiso reconstruir el exilio saharaui, y también el de millones de personas que viven hoy en día exiliadas en todo el mundo. De gran poder evocador la autora utiliza la prosa poética.
Trazar nuevas cartas de navegación fuera de la vigilancia de los faros y de los guardacostas… En los mapas no se ve lo que hay debajo de la tierra… y tampoco se ve el cielo.
Dentro del mar hay ejércitos de peces como hojas planas de cuchillos, venas de coral, fortificaciones de rocas.
La mar en los mapas son orlas que van desde el celeste al oscuro. Pero el que yo me imagino es como un cielo fruncido lleno de charcas de plata.
(Ana Rossetti)
La mirada de los artistas
Eventos como ARTifariti (Encuentros Internacionales de Arte y Derechos Humanos del Sahara Occidental) o el festival de cine FISahara difunden la causa saharaui desde un punto de vista cultural y artístico. Numerosas figuras del arte y la cultura de todo el mundo se han acercado a los campamentos para conocer la realidad de los refugiados saharauis. Es el caso de la escritora Lucía Etxebarria, que conoció los campamentos en un viaje de la Plataforma de Mujeres Artistas Contra la Violencia de Género. De aquel viaje nació el relato “Sin tierra”, aparecido dentro de su libro “Una historia de amor como otra cualquiera” (2003). El relato se centra en la condición de la mujer en el Sahara, a través de las reflexiones de una joven refugiada saharaui que regresa a los campamentos tras estudiar en Cuba.
Para entender mi historia tienes que entender la historia de mi pueblo, porque todo lo que yo he hecho y todo lo que soy no se entiende sin saber de dónde yo vengo.(…) salí de allí en el vientre de mi madre, y nací en esta tierra que no es mi tierra, porque ésta no es la tierra de mis padres, porque en esta tierra no están enterrados mis antepasados. Esta no es tierra de nadie.
(Lucía Etxebarria)
La poeta Laura Casielles también ha dirigido su mirada a los saharauis. Además de las crónicas literarias que realizó sobre el campamento saharaui de Gdeim izik en la época en que trabajó como corresponsal en Marruecos, Laura participó en una antología de poetas asturianos y saharauis, “Bajo el mismo cielo SON” (2015). La escritora nunca ha estado en los campamentos de refugiados pero tiene contacto con algunos poetas de la Generación de la Amistad Saharaui y un compromiso político con la causa.
Lleva tus ojos al mar para recordar que lo permanente se alimenta   [de lo que cambia.
Lleva tus ojos al desierto para comprobar que la suma de lo pequeño [hace lo vasto.
Mira la nada alguna vez.
Mira lo hermoso siempre que puedas.
Mira también a veces lo que no hay.
(Laura Casielles)
Literatura solidaria
Desde la solidaridad y el compromiso con la causa numerosas autoras han publicado libros relacionados con los campamentos de refugiados saharauis, las experiencias de acogida de niños, la presencia española en la excolonia y su salida del territorio. Muchos de estos libros nacen a partir de un primer viaje a los campamentos.
Es el caso de Mayte Martin. En su libro “Sahara, un territorio, un pueblo” (2010), las fotos y las ilustraciones ocupan un lugar importante. El libro alterna dos miradas, por un lado la de las experiencias vividas en los campamentos de refugiados saharauis y por otro mira la historia de este pueblo desde sus orígenes, pasando por la colonización española, el abandono de la metrópoli y el éxodo de la población hasta su situación actual en el refugio. El marcado acento solidario del libro lo relaciona además con la carrera Sahara Maratón que se celebra desde el año 2000 en los campamentos de refugiados saharauis. La recaudación íntegra del libro fue destinada a las escuelas de ciegos de los campamentos.
“Otro día más”, libro de Mercedes Romero, con ilustraciones de Jesús Romero Núñez fue editado en 2017. Retrata con una prosa sencilla y limpia, alejada de artificios un día cualquiera de la vida de una saharaui refugiada. El libro acerca a la realidad de los campamentos, con pequeños y reconocibles detalles de la cotidianeidad de las familias saharauis, en especial ancianos, mujeres y niños, en el duro exilio que padecen desde hace más de cuarenta años. Los autores conocen en profundidad al pueblo saharaui como familia acogedora y miembros activos del movimiento solidario.
Hace ya un rato que Noara calienta carbón en la cocina. Desde allí oye a la abuela entrelazando sus rezos con los giros a las cuentas de su rosario. Los niños duermen aún a su lado.
De pie en la cocina mira con ojos dormilones y ensimismados el carbón incandescente. De repente, un suspiro involuntario la saca de ese estado. Comienza otro día. Otro día más.
(Mercedes Romero)
De la experiencia de la acogida y de la militancia prosaharaui nace también “Tres miradas” de Esperanza Jaén, un libro sobre el Sáhara. El libro de Esperanza habla con amor y desde el corazón sobre el Sahara de los campamentos y el Sahara que se vive desde España, el de los saharauis que viven en la diáspora y el Sahara que los niños de Vacaciones en Paz traen a los hogares de acogida. Alterna las miradas de las dos madres de estos niños, la saharaui y la de acogida, de una relación que se alarga en el tiempo, más allá de las diferencias.
O “Cartas contra el olvido” (2017) de Alicia Guisado Morillas. Conocedora de los campamentos de refugiados desde hace varios años, la autora presenta este libro en forma de cartas a su hija, en las que le cuenta lo que conoció y vivió entre los saharauis.
Del movimiento solidario prosaharaui también han salido otras interesantes experiencias literarias. Es el caso de la escritora Antònia Pons, madre de acogida y militante de la causa saharaui, que ha publicado dos magníficos libros de relatos, “Exilios” (2012) y “Si tú supieras” (2011). Como afirma la escritora, con sus libros “pretende devolver la voz robada a los saharauis, a la generación perdida y a la que intenta florecer una tierra que no da tregua. El significado de exilio no se comprende mejor que leyendo el rostro de un excombatiente o de una de las cientos de ancianas que pasan sus últimos días echadas en una jaima, bajo una manta de colores y la cabeza perdida en sus recuerdos”.
Antònia Pons ha dado el paso hacia la novela con la publicación de “Memoria rota”, editado por Arma Poética en 2017. Narradora más que competente, observadora finísima, la autora es capaz de dibujar unos personajes llenos de vida y matices. “Memoria rota” comienza en los meses previos a la apresurada salida de España del Sahara Españo y deja varios rotundos mensajes: la importancia de la amistad más allá de las diferencias, la memoria como algo que nos persigue o que nos acompaña a lo largo de toda nuestra vida, la importancia de luchar por las causas justas, aunque se consideren perdidas o imposibles. Por eso esta historia tiene gran interés, no sólo por su acercamiento a los saharauis, sino como un retrato de una época cercana y trepidante, la del fin de la dictadura y el paso a una democracia, considerada ejemplar durante tantos años y cuya buena imagen hace tiempo que empezó a resquebrajarse.
Por las noches las despedidas deben ser más soportables porque en la oscuridad no puedes ver sus ojos. De día es demoledora. Esas miradas resignadas, esas miradas… nosotros nos vamos, como siempre, y ellos se quedan solos en este páramo, olvidados del mundo, dignos y orgullosos esperando el día. Partir es morir un poco. La vida es un conjunto de holas y adioses y no se puede hacer nada.
(Antònia Pons)
Para finalizar, os acerco mi experiencia como escritora, que además tiene la suerte de estar cerca del grupo de escritores saharauis de Generación de la Amistad. Publiqué en 2008 “Los otros príncipes”, donde contaba en forma de libro de viajes mi primera experiencia en los campamentos de refugiados saharauis. Con “Delicias Saharauis” (2009) intento introducirme en el mundo de los saharauis, sus tradiciones, historias, leyendas, eruditos y sabios, además de “literaturizar” testimonios e historias personales que he ido escuchando a lo largo de estos casi veinte años que conozco al pueblo saharaui. Las historias que recojo en el libro están engarzadas por el personaje de una joven saharaui de la diáspora, “a quien la nostalgia y la necesidad de conocer de dónde viene convierten en una buscadora de historias”. Para mí “Delicias saharauis” es como la caja de los nómadas, el lemyar que nunca falta cuando viajan en busca de pastos para el ganado. Ese lemyar es el libro “Delicias saharauis”, lleno de historias, anécdotas, fábulas, poemas, y todo tipo de pinceladas sobre geografía saharaui, el desierto, las ciudades, las tradiciones, personajes, eruditos y sabios.
Existe una piedra en el Sahara que suena, cuando la agitas, como un sonajero prehistórico. Se llama hayrit guiyim y cuenta la leyenda que quien la encuentre será afortunado para siempre. Los nómadas la buscan en la badia y pocos de los que la encuentran lo reconocen, quieren alejar el fantasma de la envidia de sus jaimas. En hasania se dice abrac men hayrit guiyim, tienes tanta suerte como la que da hayrit guiyim.
Y dime, ¿sabes lo que esconde en su interior?
(Conchi Moya)
*Ponencia Conchi Moya. “Ciclo dedicado a la literatura femenina y el Sahara Occidental”. 27 de abril de 2018 en la Facultad de Filología de la Universidad de Sevilla.