Mi “Odisea” de Pink Floyd, un viaje por la carrera musical de un grupo decisivo

Lo importante es el viaje, no la meta... si te has divertido jugando, el resultado es irrelevante
#PinkFloyd “Sumérgete. Porque es un viaje fantástico si dejas que ocurra”, afirma el líder de Tool. En ese viaje he estado enfrascada durante meses y este es el (extenso) resultado.
Mi repaso a los álbumes de estudio de Pink Floyd comenzó un 17 de agosto de 2019. La historia de la banda había empezado mucho antes. Nick Mason, Rick Wright y Roger Waters se conocieron en 1962 en la Escuela Politécnica de Regent Street en Londres, donde estudiaban arquitectura. Enamorados de la música, montaron una banda, Sigma 6, que aún recibió otros nombres. Finalmente, en 1964 se les unió Roger “Syd” Barrett, un amigo de Cambridge de Waters. Él les puso el nombre definitivo a partir de dos desconocidos músicos de blues, Pink Anderson y Floyd Council.
Los comienzos de Pink Floyd no fueron como los de la mayoría de grupos de la época. Ellos eran chicos de clase media y comenzaron tocando en un club underground de Londres con lo más granado de la escena psicodélica. Enseguida lograron llamar la atención de público, medios y discográficas, consiguiendo un contrato con EMI. Su líder, Syd Barret, se convirtió en leyenda en apenas un año. Les tocó reinventarse cuando Syd se rompió de manera tan triste. En la banda se puede decir que convergieron “dos grupos”. Por un lado, los nacidos o criados en Cambridge (Gilmour, Barrett y Waters) y por otro, los estudiantes de arquitectura (Waters, Wright y Mason).
En este artículo hablaré de la “odisea” por la que pasaron de ser “favoritos de la contracultura” a megaestrellas de la música, lo que originó “Las guerras civiles de Pink Floyd”, una de las disputas más virulentas de la historia del rock.
Comencé mi escucha en el mes de agosto, tras haber realizado días antes una primera visita a la exposición dedicada al grupo. Una empresa complicada pero acometida sin prisa y sin agobios, tomando el tiempo que hiciera falta, repitiendo discos y canciones, volviendo hacia atrás tantas veces como ha sido necesario. Esta vez, por encima de un afán de conocimiento, había sobre todo ganas de disfrutar la música. Al mismo tiempo, me he lanzado de lleno a buscar todo lo que he podido sobre ellos. Durante el viaje me han acompañado varios libros, “La odisea de Pink Floyd” de Nicholas Schaffner (2005), “Dentro de Pink Floyd” de Nick Mason (2007) y “Syd Barrett: El brillo de la ausencia” de Rob Chapman (2012). Además, he visto las películas “More” (1969), “Pink Floyd Live at Pompeii” (1972) y “The Wall” (1982) y he visitado dos veces la magnífica exposición sobre el grupo “Pink Floyd: Their Mortal Remains”. Completito.
Con Pink Floyd hay unanimidad en que “El conjunto es mejor que las partes”, los cinco músicos que han pertenecido a la banda. Roger Waters, el mayor de todos, es enérgico y entregado de manera obsesiva a su música. Nick Griffiths, ingeniero de sonido de The Wall, le definió como un “individuo muy competitivo que disfruta de una buena discusión (…) A veces es muy difícil trabajar con él, pero probablemente sea el tipo más íntegro que conozco. Cuando cree en algo, lo sostiene hasta las últimas consecuencias”. Syd Barret fue el primer líder de la banda, cantante, guitarrista y compositor de todos sus primeros temas. De aspecto imponente y hermoso, “un genio con pinta de Adonis (…) Era como un modelo, todo le quedaba perfecto”, por desgracia su terrible historia se ha impuesto por encima de su faceta como músico. Nick Mason, el batería, fue el encargado de reclutar a Gilmour para el grupo, se convirtió en el gran aliado de Waters durante muchos años y finalmente se puso del lado de Gilmour para seguir con la banda en los años 80. Destaca su fino sentido del humor, nada complaciente, como se refleja en sus memorias. Técnicamente no es el mejor batería de la historia, pero Pink Floyd no se puede imaginar sin él detrás de su batería de dos bombos. De Rick Wright, el inolvidable teclista de la banda, ya fallecido, se dice que tenía un carácter apacible y en los primeros años fue el más cercano a Syd. Gran parte del reconocible sonido de Pink Floyd se debe a sus teclados, en especial al Farfisa Compact Duo, que compró en 1966 y le acompañó durante prácticamente toda su carrera. David Gilmour pasó de ser el “sustituto de Syd Barrett” a convertirse en uno de los pilares de la banda por el sonido de su guitarra, en un proceso laborioso muy adecuado al carácter de Gilmour, en apariencia templado pero en realidad decidido e inquebrantable en sus posturas. Mason resume en sus memorias las complicadas relaciones entre ellos: “Aunque teníamos una enorme habilidad para enfurecernos y hacernos enfadar unos a otros (...) nunca conseguimos la habilidad de poder hablar unos con otros sobre asuntos importantes”.
Antes de grabar su primer LP Pink Floyd alcanzó una gran repercusión con dos singles. Su primer sencillo fue «Arnold Layne», sobre un hombre que roba ropa de mujer para travestirse. Compuesta por Syd Barrett, fue producida por Joe Boyd, cofundador de UFO Club, y rechazada por Radio London debido a su temática. Su segundo sencillo fue «See Emily play», también compuesto por Syd Barrett. Según parece estaba dedicada a Emily Young, una joven aristócrata, hoy reputada escultora, a la que conocían en el UFO Club como “the psychedelic schoolgirl”. Barret fue además autor del dibujo de la portada, un tren de trazo infantil que yo tengo estampado en una preciosa camiseta rosa. David Bowie, gran admirador de Barrett, la incluyó en su álbum de versiones “Pin Ups” (1973). En ambos temas los teclados de Richard Wright tienen un papel muy importante, en especial el órgano Farfisa en «Arnold Lane». En la época del UFO Club predominaban las largas improvisaciones y las luces psicodélicas, Pink Floyd aparecían “vestidos con las prototípicas camisas floreadas de volantes compradas en Granny Takes a Trip, con grandes collares y fluidos pañuelos de colores”, como contaba Barry Miles en el New Musical Express.
“The Piper at the Gates of Dawn” (agosto de 1967) está considerado uno de los mejores discos psicodélicos de la historia. Fue grabado en los estudios Abbey Road, coincidiendo durante un mes con la grabación del Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band de The Beatles. Hay numerosos testimonios que cuentan cómo Paul, George y Ringo fueron a visitarles al estudio contiguo, donde estaban grabando. Su nombre está tomado de un libro para niños “El viento entre los sauces” de Kenneth Grahame. En la portada aparece una foto de sus cuatro componentes en un efecto caleidoscópico muy acorde con su interior, realizada por el fotógrafo Vic Singh. El productor del disco fue Norman Smith, que había trabajado como ingeniero de sonido de The Beatles entre 1963 y 1965.
Son canciones repletas de fantasía, con letras plagadas de imágenes, en las que destaca la interpretación vocal de Syd. Música innovadora, brillante, creativa, vanguardista, alejada de los compases básicos del rock, caracterizada por la disonancia y experimental. Sin embargo, el disco es diferente a lo que acostumbraba a hacer la banda en directo con improvisaciones que podían rebasar los veinte minutos. EMI quería éxitos y Norman Smith tuvo que casar ambas posturas. Es un disco claramente de Barrett. Entre sus influencias estaban el oráculo chino, los cuentos de hadas infantiles, la ciencia ficción, Tolkien, la electrónica, la vanguardia, el folclore inglés y el blues de Chicago. Todo ello pasado por su mente conformaba un sonido muy original, como una “música de colores”.
Destaco «Astronomy Domine», considerada como uno de los primeros exponentes del llamado “space rock”, junto con el instrumental «Interstellar Overdrive», que recrea una atmósfera espacial a través de los instrumentos, ecos, efectos y letra; la astronomía era uno de los temas preferidos de Syd.
La maravillosa «Matilda Mother», una especie de cuento, con raros acordes de guitarra, cambios de ritmo abruptos, armonías vocales y una letra llena de imágenes extrañas tan del gusto de su autor, es una canción que me fascina y la llave que me ha abierto este disco.
«Lucifer Sam», pura psicodelia para una canción con influencias surf y presencia del teclado Farfisa en la que Barrett canta a Sam, su gato siamés; Love and Rockets, grupo formado por varios ex miembros de Bauhaus, hicieron una versión del tema en 1986.
«Bike», una canción de letra “infantil” pero que guarda una frase que me encanta You're the kind of girl that fits in with my world I'll give you anything, ev'rything if you want things.
«Chapter 24» que incluye otra de las grandes frases de Barrett Change returns success Action brings good fortune.
Y sin duda «Interstellar Overdrive», cuya versión en el UFO Club, encontrada en YouTube me ayudó a empezar a adentrarme en la etapa de Pink Floyd con Barret, ya que yo sólo conocía su leyenda, pero no su obra.
En los inicios de su carrera todo parecía ir sobre ruedas para Pink Floyd ya que alcanzaron muy pronto un éxito nada desdeñable. Habían creado un buen grupo de amigos y seguidores a su alrededor, y eran una banda respetada musical e intelectualmente. Sin embargo, pronto llegaría la pesadilla en forma de una conducta cada vez más errática de su líder. La presión de la incipiente fama, la exigencia de más y más canciones, la obligación de constantes actuaciones y viajes incluso a lugares donde no entendían su música y donde eran insultados y agredidos. Y sobre todo el LSD. Puede que Barrett ya sufriera entonces algún desorden mental, pero el abuso diario de sustancias alucinógenas probablemente aceleró y agravó su enfermedad. Syd ido por completo, Syd encerrado durante días, Syd agrediendo a su novia, Syd paranoico en la visita a un hospital, Syd quieto y sin tocar ni cantar en los conciertos… La banda entró en pánico, su líder, bello, carismático, talentoso, el compositor de todas las canciones tocaba fondo. El sueño apenas había durado un par de años. “El éxito comercial nos atraía a todos excepto a Syd”, afirma Nick Mason en sus memorias.
Para intentar paliar las ausencias de Barrett, y mientras esperaban que se recuperara, la banda reclutó a David Gilmour, un amigo de Syd que había tocado en otros grupos. La idea era que Syd compusiera mientras que David abordara las actuaciones en directo. No pudo ser. Como cuenta Mason “David tuvo que dar lo mejor de sí en una situación embarazosa”. “Aún me sorprende que cualquier tipo de turbación que debiéramos haber sentido al perder a nuestro principal motor creativo fuese eclipsado por una sensación de alivio”, remata el batería.
El segundo disco de Pink Floyd se llamó “A Saucerful of Secrets” (junio de 1968). En él Syd prácticamente no participó y el rock psicodélico del primer álbum empezó a dar los primeros pasos hacia el rock progresivo que caracterizó los siguientes discos de Pink Floyd. El grupo estaba intentando recomponerse y encontrar su camino, mientras todo el mundo los daba por acabados. La portada del disco es la primera elaborada por Hipgnosis, dúo artístico que sería responsable de las portadas de varios discos de Pink Floyd y cuyo nombre se asoció para siempre a ellos, aunque trabajaran con otros artistas como Led Zeppelin. Se utilizó la superposición de varias imágenes, entre ellas una de la banda, con las que pretendían reflejar estados alterados de consciencia. Las letras intentaron imitar la forma de escribir juguetona y de elevado nivel lingüístico de Syd. Pero al mismo Waters y Wright empezaron a experimentar en busca de una nueva dirección musical.
Una de mis canciones preferidas del disco es la preciosa «Remember a day», escrita y cantada por Rick Wright, en ella Syd Barrett hace un solo de guitarra; como curiosidad la batería fue interpretada por el productor, Norman Smith, porque Mason no encontraba el ritmo adecuado.
«Let There Be More Light», escrita por Roger Waters, comienza con una línea de bajo muy chula. La mayor parte de la interpretación vocal es de Wright, Gilmour canta en un estribillo y Waters aporta las partes susurradas; en ella aparece el primer solo de guitarra de Gilmour.
«Set the controls for the heart of the sun» es una larga pieza casi instrumental en la que se dice que hay guitarras de Syd y Dave, por lo que es la única canción de la banda en la que aparecen sus dos guitarristas; compuesta por Waters, para la letra cogió partes de un texto de Li He, poeta surrealista chino del siglo X ya que a Roger, que estaba comenzando a coger las riendas de la composición, aún le costaba escribir las letras; curiosamente anda por YouTube una versión en directo en la BBC donde canta Syd.
«Jugband Blues», el único tema de Syd que incluye el disco y su última canción grabada con Pink Floyd, es “tan descarnado como extraño y muy brillante”, en palabras de David Gilmour. En él participaron ocho miembros del Ejército de Salvación a los que se pidió improvisar. And I’m much obliged to you for making it clear That I’m not here, dice en su triste letra.
Otra canción curiosa es «Corporal Clegg», compuesta por Waters y la primera de Pink Floyd que alude a la guerra, un tema recurrente del bajista, que perdió a su padre en la Segunda Guerra Mundial; Gilmour canta, toca la guitarra y el kazoo, una especie de pito metálico.
El plan no salió como esperaban y finalmente Barrett abandonó/ fue expulsado del grupo antes de que saliera el disco, en abril de 1968, unos momentos en los que era “una fuerza voladora en caída libre”. Dave y Roger le echaron una mano en la grabación de su disco en solitario, que fue bastante complicada. De aquella época es la sesión de fotografías de Mick Rock para la portada de “The Madcap Laughs” (grabado entre 1968-69 y publicado en 1970). Syd pintó para la ocasión las tablas del suelo de morado y naranja y una inquietante mujer oriental se paseaba desnuda por la habitación, apareciendo en varias fotos; se trataba de su novia de entonces, Iggy the skymo. La sesión se tomó en un piso del barrio de Earl’s Court, donde Syd vivía en aquellos días. Aún grabaría otro disco, “Barrett”. La marcha de Syd coincidió con el abandono de los managers de la banda, Peter Jenner y Andrew King, quienes se decantaron por seguir a Syd, esperando que pudiera continuar su carrera en solitario, cosa que por desgracia nunca ocurrió. El nuevo representante fue Steve O’ Rourke, que continuaría con ellos hasta 2003, año de su muerte. O’ Rourke fue el encargado de negociar la separación de la banda y Roger Waters en los años ochenta. Pink Floyd lograron sobreponerse a la falta de Syd a base de mucho empeño y constancia. Comenzaron a avanzar en innovaciones técnicas, como el espectacular sonido cuadrafónico que empezaron a llevar en los directos e innovadores efectos visuales. La huella de sus estudios de arquitectura comenzaría a impregnar sus trabajos.
A partir de ese momento el grupo quedó de alguna manera dividido entre “los músicos”, Gilmour y Wright y “los arquitectos”, Waters y Mason, también interesados en el aspecto visual y escenográfico de los conciertos, en dar a las giras un cierto aire teatral, primero con efectos y más adelante con muñecos y complicadas estructuras, que se convertirían en marca distintiva. “El fuerte de Roger siempre ha sido la arquitectura (…) Es muy estructurado”, afirma Andrew King, ex manager de la banda; para el periodista Barry Miles, la música de Pink Floyd “siempre suena profundamente arquitectónica (…) Mason, Wright y Waters han estudiado arquitectura y aquella visión arquitectónica de la música floreció en grandes catedrales que ocupan álbumes enteros y llenan grandes anfiteatros”. En sus memorias Nick Mason recuerda aquel periodo como “especialmente feliz”. “Una vez más estábamos comprometidos con los mismos objetivos e ideas musicales, y tocamos juntos de una manera más estructurada. Había vuelto ese sentimiento de ser una banda al completo”, afirma el batería.
Entre el segundo y el tercer disco, Pink Floyd buscaron el éxito a través de singles, como era lo habitual todavía en la época. Uno de ellos fue «It Would Be So Nice» de 1968, compuesto por Richard Wright (“jodidamente malo”, según Nick Mason), con la delicada «Julia Dream», de Roger Water, en la cara B. El otro sencillo, de Roger Waters, fue «Point me at the sky». No gustaron a la crítica, ni al público ni a la propia banda. La falta de éxito de ambos en un momento en que Pink Floyd seguían explorando qué camino seguir, les llevó a dejar de intentar ser un “grupo de singles” y decididamente centrarse en los álbumes, al igual que hicieron Led Zeppelin.
El tercer disco en la carrera de Pink Floyd fue “More” (junio de 1969), en realidad una banda sonora para la película del mismo nombre de 1969, primer trabajo del director Barbet Schroeder. Filmada en Ibiza, es una peli sobre los estragos de la heroína. Fue el primer disco en el que no aparecía Syd Barrett y es el único de Pink Floyd donde todas las voces principales corren a cargo de Gilmour. En el disco hay psicodelia, folk acústico, música progresiva, rock duro, pinceladas de jazz en las percusiones y efectos de la naturaleza. Un disco bonito y extraño, en definitiva. La carátula es una imagen solarizada de una escena de la película, diseñada por Hipgnosis, donde aparece el Molino Viejo de La Mola, Formentera.
Me han gustado la sorprendente «The Nile Song», una rareza en la carrera de Pink Floyd, de las canciones más roqueras que jamás han grabado, de alguna manera en la línea de Black Sabath o de algunos temas de Led Zeppelin, cuya línea se repite en «Ibiza Bar»;
La preciosa «Cymbeline» es un tema de Waters cantado por Gilmour, que se mantuvo durante años en las giras del grupo hasta que comenzaron a realizar versiones tempranas de The Dark Side of the Moon. Su letra cuenta la historia de una pesadilla y, como curiosidad, la esposa de Nick Mason toca la flauta.
«A Spanish Piece», compuesto por Gilmour, de influencia “flamenca”, donde demuestra sus dotes con la guitarra clásica y donde deja unas frases “beodas” tales como Pass the tequila, Manuel.
«Up the Khyber», nerviosa mezcla de teclados con psicodelia a lo Barrett.
«Party Sequence», un breve instrumental “étnico”, con percusiones y flauta.
«Main Theme» es un instrumental donde tienen un papel destacado un gong y el órgano Farfisa de Wright.
“Ummagumma” (febrero de 1969), cuarto disco de la banda, fue la respuesta de Pink Floyd al final de la década. Para entonces la banda decidió centrar su atención en la creación de álbumes en sintonía con el cambio de gusto musical. El público abandonaba el sencillo por el LP. Libres al fin de tener que “fabricar éxitos”, se centraron en la experimentación con sus instrumentos e investigaciones sonoras. Se trata de un disco doble que cuenta con una reconocida portada de Hipgnosis, en la que juegan con el “efecto droste”, un cuadro dentro de otro cuadro, en este caso con fotos de la banda colocada en diferentes posiciones; se trata de la única ocasión en la que el grupo protagoniza una de sus cubiertas. Debo confesar que en el momento de la escucha del segundo disco de “Ummagumma” me entró un bajón importante porque me encontré perdida en medio de un maremágnum de composiciones extrañas. Por suerte conseguí la tranquilidad necesaria para escucharlo entero y por orden.
El primer disco recoge una serie de temas en directo, grabados en dos actuaciones en Manchester y Birmingham. El sonido hipnótico de estas canciones, extraídas de los dos primeros álbumes de la banda, grabado con excelente calidad, tiene mucho que ver con el éxito que alcanzó este disco. Destaco pistas como «Astronomy Domine» o «Set The Controls for The Heart of The Sun». Maravillosa «Careful With That Axe, Eugene» con aullidos de Waters, mi depredador favorito. Se incluyen además tres magníficas canciones de sus dos primeros discos.
El segundo disco es experimental y donde reside la madre del cordero. Cada miembro de la banda compuso una pieza en solitario (Waters, dos) para desarrollar sus respectivas experimentaciones sonoras. Sonidos de animales, juegos vocales, largos solos de batería, improvisaciones con los teclados. En definitiva, un espacio para “hacer música rara” como lo calificó Wright, que partió de una propuesta de Roger y para el que no todos estaban igual de capacitados y motivados. Estas son mis impresiones.
«Sysyphus» es una suite instrumental de más de trece minutos dividida en cuatro partes, compuesta e interpretada por Richard Wright. Referida al mito de Sísifo, condenado a empujar cuesta arriba por una montaña una piedra que antes de llegar a la cima, volvía a rodar hacia abajo, repitiéndose una y otra vez. La música compuesta por Wright representa musicalmente este castigo, utilizando Mellotron, órgano Farfisa, piano, además de gran profusión de percusión y timbales.
«Grantchester Meadows», es una composición pastoral de Waters con guitarra acústica y acompañada por gorjeos de pájaros. Canción de alabanza al campo inglés, en concreto a los prados de Grantchester, en los alrededores de Cambridge, de donde son originarios o vivieron Gilmour, Waters y Barrett.
«Several Species of Small Furry Animals Gathered Together in a Cave and Grooving with a Pict», con un título casi más largo y loco que la canción, de cinco minutos, en la que Roger Waters simula con la voz sonidos de roedores y pájaros jugando con diferentes velocidades y percusiones en el micrófono, además de lanzar varias frases en exagerado acento escocés. “¿Es lo bastante vanguardista?” Es rallante, Roger.
«The Narrow Way», fue la contribución experimental de Gilmour, una canción de doce minutos dividida en tres partes, en la que él toca todos los instrumentos. La primera parte es de guitarra acústica adornada con efectos; en la segunda toma protagonismo la guitarra eléctrica con percusiones y efectos consiguiendo una pieza psicodélica; la tercera parte, de especial belleza, incluye una interpretación vocal de Gilmour, la única para el disco de estudio.
«The Grand Vizier’s Garden Party» es la pieza compuesta por Nick Mason. El título se refiere al gran visir del Imperio Otomano. Casi nueve minutos de pieza instrumental experimental, dividida en tres partes. Nick interpreta todos los instrumentos (batería, percusión, mellotrón y xilófono), excepto la flauta, a cargo de su esposa de entonces, Lindy.
Pink Floyd inauguró la década de los 70 con el “Atom Heart Mother” (octubre de 1970). Su quinto álbum, el de la vaca, debe su nombre a una noticia del periódico sobre una mujer embarazada a la que se le implantó un marcapasos. En la portada del disco, de nuevo de Hipgnosis, aparecía la vaca lechera Lulubelle, sin ninguna referencia al nombre de Pink Floyd. Una osadía que aterrorizó a su discográfica, EMI. En este disco hizo su aparición Alan Parsons, como ingeniero de sonido. Pese a las diversas opiniones de la crítica musical, fue el primer disco de Pink Floyd que llegó a número 1.
El disco surgió a partir de una gran pieza instrumental que dio título al álbum, de unos 24 minutos de duración para la que contaron con la ayuda del músico Ron Geesin. Fanfarrias, vientos, relinchos de caballos, explosiones, motores, coros épicos, teclados y magníficos solos de guitarra de Gilmour. Fue uno de los primeros exponentes del rock sinfónico y tuvo un gran éxito en Gran Bretaña. Nick Mason cuenta en sus memorias la pesadilla que resultó la grabación del tema, para el que contaron con una orquesta, poco dispuesta a trabajar con rockeros y a ser dirigida por Geesin. La técnica tampoco estaba entonces lo suficientemente avanzada para lo que pretendían hacer, lo que complicó muchísimo la grabación. Un tema nada fácil, pero a estas alturas mis oídos están bien entrenados y me he podido limitar a disfrutarla. Monumental.
«If», canción “confesional” de Waters donde refleja su “intratable y contradictoria personalidad” en frases como If a were a good man I’d understand the spaces between friends, con unos preciosos arreglos de guitarra eléctrica.
En la luminosa «Summer’68», encuentro ecos de armonías de Beach Boys, una bonita guitarra acústica y gran trabajo de Wright con algunas notables partes de piano. Escrita y cantada por Rick Wright, su letra describe el encuentro de Wright con una groupie.
«Fat Old Sun», escrita por Gilmour, es una canción de alabanza campestre que fue tocada en directo antes de que se publicara en el disco en versiones más extensas. Como curiosidad fue interpretada años más tarde por Gilmour, Mason y Wright en el funeral de su representante Steve O'Rourke. Personalmente, la interpretación vocal me recuerda a Ray Davies. Gilmour, además de cantarla y componerla toca la guitarra, el bajo y la batería.
El disco incluye una “sobrada”, la pieza instrumental «Alan’s Psychedelic Breakfast», “la mezcolanza más grande que hemos hecho”, en palabras de Gilmour.
Según aprecia el biógrafo de la banda, Nicholas Schaffner, hasta la llegada de “Meddle” en 1971 el grupo no tomó definitivamente las riendas de su música ni había logrado que se esfumara definitivamente la presencia/ausencia de Syd. Barrett había participado, aunque muy poco en “A saurceful of secrets”. “More” era una banda sonora en la que de alguna manera debían ceñirse a la película. “Ummagumma” era un disco que alternaba canciones en directo con experimentos solistas de cada miembro. “Atom Mother Heart” fue un disco realizado en colaboración con Ron Geesin y músicos de estudio. En el despegue que supuso “Meddle” tuvo mucho que ver el que Gilmour encontrara definitivamente su sitio en el grupo.
A estas alturas del repaso decido hacer una nueva visita a la exposición de Pink Floyd, habiendo escuchado todos los discos principales para entender lo que hay expuesto. Mi decisión pasa por poner el turbo, escuchar todos los discos que me quedan y retomar después la escucha a mi ritmo.
El sexto álbum de Pink Floyd “Meddle” (octubre de 1971) es uno de los más celebrados de la banda y el que se adentra definitivamente por los caminos del rock progresivo, abandonando definitivamente la psicodelia. Sólo por esa cara B ocupada por completo por «Echoes», una catedral del rock, ya merecería la pena. Pero hay mucho más. La portada es una de las más recordadas de las que les hizo Hipgnosis, producto de la superposición de dos fotografías, la de una oreja de cerdo y unas ondas en el agua. En sus memorias Mason recuerda que es uno de los discos en los que la banda trabajó más unida en el estudio y está repleto de experimentaciones que lograron en sus interminables horas de preparación y grabación. Como novedad, el disco ya no fue grabado en su totalidad en Abbey Road, los míticos estudios propiedad de EMI, su discográfica, sino que gran parte se grabó en los estudios AIR de George Martin, que por entonces se había establecido por su cuenta. EMI era aún demasiado conservadora con respecto a los artistas de rock y sus estudios necesitaban una modernización urgente. En AIR Pink Floyd encontraron la tecnología y la libertad para experimentar que tanto buscaban.
El disco comienza con el magnético bajo de «One Of These Days», una canción absolutamente impresionante. Unos sonidos del viento dan paso a dos bajos saturados tocados por Waters y Gilmour, entra la guitarra distorsionada y a continuación Wright ruge el famoso One of these days, i'm going to cut you into little pieces, dicen que dedicada a un DJ de la radio, con una apoteósica parte final.
Maravillosa «Fearless», compuesta por Waters y Gilmour, en la que se incluyen cánticos de los aficionados del Liverpool F.C, la emocionante «You'll Never Walk Alone», a pesar de que Waters sea un hincha declarado del Arsenal, como recuerda Nick Mason en sus memorias.
La disfrutona «San Tropez» es un tema que llevó Waters ya completo al estudio; se sale un poco del tono del disco y se refiere al tiempo que pasó la banda y sus respectivas familias en una casa alquilada en el sur de Francia en el verano anterior a la grabación de “Meddle”.
Otro tema “fuera del disco” es «Seamus», un blues en el que se incluyen los aullidos del perro de Steve Marriot, de los Small Faces, que David estaba cuidando por entonces.
Sobre la monumental «Echoes», sólo decir que aprendí a escucharla y conseguí apreciarla durante la elaboración de un relato futurista que me costó sangre, “No estamos programados para la felicidad”, en el que este tema juega un papel importante. La maquinaria Pink Floyd funciona perfectamente engrasada y a pleno rendimiento en un tema sobre la comunicación y la conexión, convertido en pura historia del rock. No sé si es el tema más grande de la banda, pero por ahí debe andar.
Poco tiempo después de la publicación de “Meddle” la banda empezó a incluir en sus conciertos esbozos de temas que aparecerían más tarde en “The Dark Side of the Moon”.
“Obscured by Clouds” (junio de 1972) fue el séptimo disco de Pink Floyd, un álbum de nuevo compuesto para la banda sonora de una película de Barbet Schroeder, “El valle”. La película trata sobre la búsqueda de un valle escondido, siempre oculto por las nubes y está ambientada en los Montes Ekuti, de Nueva Guinea. La portada, de nuevo de Hipgnosis, reproduce una imagen desenfocada vista a través de un bosque.
Se trata de un disco de rock sin apenas adornos, “un LP sensacional”, según Mason, grabado en Francia. De alguna manera se aleja del camino sinfónico que habían tomado, pero a la vez se trata de un disco en el que la banda continuó experimentando con las técnicas de grabación, lo que desarrollarían más ampliamente en grabaciones posteriores. Una joya escondida entre “Meddle” y “The Dark Side of the Moon”. En cierta forma una rareza, porque hicieron un rock más “básico” dentro de la complejidad que estaba tomando su música, de la que salieron más que airosos, a pesar de componerlo y grabarlo en muy poco tiempo. Fue un álbum feliz, donde participaron todos.
Destaco temas como la magnífica «Obscured by Clouds», que empezaron a usar para abrir sus conciertos.
«Free Four», una canción de Waters que me recuerda a las de T. Rex, primera en la que trata la muerte de su padre tan presente en álbumes posteriores y que fue lanzada como sencillo.
Hay tres canciones con música de Wright y letra de Waters, «Burning Bridges», «Mudmen», con un maravilloso solo de guitarra, y el medio tiempo «Stay», una balada preciosa.
Y me gustan en especial «Childhood's End», compuesta por Gilmour, y «The Gold It's in the...», un tema con ecos del rock que se hacía en la época, en concreto me recuerda a cosas que hacían por entonces George Harrison o Free.
En anteriores repasos discográficos he metido discos en directo. En este voy a hacer algo un poco diferente. En lugar de escuchar un disco en directo de la banda, paso directamente a una peli, la mítica “Pink Floyd: Live at Pompeii” (1972), grabada en un momento en que tenían ya un gran estatus pero aún no habían alcanzado el éxito estratosférico que supuso “The Dark Side of the Moon”. Se trata de un concierto en directo, sin público, “un anti Woodstock”, acompañados por el Vesubio y bajo la mirada de piedra de las pinturas, mosaicos y estatuas que decoran el anfiteatro de las ruinas de Pompeya. Dirigido por Adrian Maben y rodado en cuatro días en octubre de 1971, la interpretación desnuda de los temas, sin artificios y en un ambiente tan monumental y sobrio al mismo tiempo es una de las grandes bazas de una película habitual en muchos cines de sesión continua de hace varias décadas. Con una versión absolutamente magnífica de «Echoes», y temas como «Careful with that Axe, Eugene», «A Saucerful of Secrets», la épica «One of These Days», o la hipnótica «Set the Controls for the Heart of the Sun», con Roger a la voz y atacando con ganas el gong; destaca el nivel interpretativo de Rick Wright mientras nos ofrecen imágenes de un volcán en erupción, no en vano estamos en Pompeya. Entre los temas se incluyen algunas entrevistas con el grupo en los Estudios Abbey Road.
“The Dark Side of the Moon” (marzo de 1973), octavo disco de la banda, es uno de los más apreciados por los fans. Antes de ser grabado en estudio el disco “tuvo tiempo para madurar y gestarse, y evolucionó con las diferentes actuaciones en directo” durante casi un año, como explica Nick Mason en sus memorias. Su título provisional fue “Eclipse”. Consiguió un éxito estratosférico y cifras mareantes de ventas, permaneciendo más de diecinueve años en las listas. También recibió la aprobación unánime de la prensa musical. Fue grabado en Abbey Road con Alan Parsons como productor. Como curiosidad, parte de los beneficios se invirtieron en la producción de “Monty Python and the Holy Grail”. Los miembros de Pink Floyd eran fans de los Python, se cuenta que paraban las sesiones de grabación solo para ver Flying Circus, el programa de televisión de los Monty Python que se emitió entre 1969 y 1974. Ian Anderson y Led Zeppelin también fueron inversores en la película.
La temática de sus letras incluye la avaricia, el envejecimiento, la muerte y la enfermedad mental, tema que sería explorado más a fondo en el siguiente disco. Fue el resultado de cinco años de arduo trabajo y experimentaciones y su título no tiene que ver con la astronomía sino, como explicó Gilmour, es “una alusión a la demencia”. Según Mason el éxito de “The Dark Side of the Moon” se debió a “la idea global que unía las canciones, las presiones de la vida moderna, tuvo una respuesta universal, y continúa captando la imaginación de la gente”. Este álbum marca un punto de inflexión con respecto a la relación entre Waters y los otros tres miembros, cuyo compromiso absoluto con el grupo comienza a disiparse. Su biógrafo, Nicholas Schaffner considera que es el álbum en el que Roger Waters “se apropió de Pink Floyd”. 
Hay que destacar la importancia que tienen en el disco los efectos sonoros: latidos, pasos, explosiones, relojes, monedas o cajas registradoras. También se intercalan pasajes hablados, que se grabaron en Abbey Road. Se desecharon frases de Paul y Linda McCartney; sí salieron las voces del portero de los estudios Abbey Road (suya es la famosa frase There's no dark side of the moon really, in matter of fact it's all dark), o la risa de Pete Watts (su road manager, muerto de sobredosis en 1976 y padre de la actriz Naomi Watts).
Hipgnosis se hizo cargo de nuevo de la portada, presentando hasta siete propuestas. Finalmente, la elegida fue la del prisma en forma de pirámide que transforma un haz de luz blanca en un arcoíris, según parece, diseñada a partir de una idea de Rick Wright. Se trata, probablemente una de las portadas más míticas de la historia del rock.
Es un disco tan maravilloso que no voy a descartar ninguna canción, comento todas.
«Speak to Me» la canción que abre el disco comienza con latidos de corazón. Es en realidad una obertura que incluye breves fragmentos de todas las canciones del disco. Se trata de una idea de Nick Mason, batería de la banda, que él calificó como un “montaje de colores y sonidos”. El nombre se refiere a la petición del ingeniero de sonido, Alan Parsons, en las grabaciones de voz: “háblame”. Se enlaza con el siguiente tema.
«Breathe». Según se cuenta, la idea original de esta canción le surgió a Roger Waters durante la realización de la banda sonora de la película “The Body”. En la misma, el cuerpo es una metáfora de la existencia humana. «Breathe» es “una invitación a tomarse un respiro, a detenerse y reflexionar sobre el significado de la vida”.
«On the Run» es un instrumental de Gilmour y Waters en el que destacan unos alucinantes sintetizadores que tocan ellos dos, no Wright; parece ser que tiene que ver con el miedo a volar que tenían los miembros de la banda; destaca la frase de Roger “The Hat” Manifold, live for today, gone tomorrow, that's me, roadie de la banda que se hizo un hueco en la historia de Pink Floyd por las frases que reprodujeron en el disco sacadas de una entrevista que le hizo Waters.
«Time» comienza con un tic tac y alarmas de reloj y a continuación una larga introducción con percusión y teclado. En su composición participaron los cuatro miembros de la banda y ofrece uno de los más espectaculares solos de guitarra de David Gilmour. Se va convirtiendo en una de mis canciones preferidas a medida que la escucho; esa mezcla de rock, el estribillo suave y los potentes coros me parece irresistible.
«The Great Gig in the Sky» es una canción instrumental de Rick, en la que se invitó a cantar a la vocalista gospel Clare Torry, a quien instaron a improvisar sobre la música. Hicieron varias tomas y el resto, es historia. En palabras de Wright, la interpretación de Torry “me dio escalofríos (…) No tenía letra, sólo los gemidos de ella… pero hay algo muy seductor en todo aquello”. Convertida en un instrumento más de la canción, Clare Torry consiguió, tras poner una demanda, figurar como coautora y recibir ganancias por la canción. Comienza con la frase de Gerry Driscoll, portero de Abbey Road, And I am not frightened of dying, any time will do I don't mind…
«Money» es una de las canciones más conocidas de Pink Floyd, en cuanto escucho las monedas que suenan al inicio me entran ganas empezar a cantarla. Compuesta por Waters y Gimour fue lanzada como sencillo. Destacan los compases un tanto especiales en los que está escrita y el solo de saxo de Dick Parry. Mitiquísima.
«Us and Them» es un emocionante tema compuesto por Wright y Waters y cantado por Gilmour y Wright. Fue compuesta originalmente para la película “Zabriskie Point” de Antonioni, pero el director la rechazó. Waters la utilizó para dar nombre a su gira “Us + Them”; estuvimos presentes en uno de sus dos conciertos de Madrid en mayo de 2018 y literalmente alucinamos. En ese momento fui consciente de que me estaba perdiendo algo muy grande si seguía pasando de Pink Floyd.
«Any Colour You Like», otro instrumental con sintetizadores, compuesto por Gilmour, Mason y Wright. Los expertos lo denominan como una pieza de rock progresivo, rock espacial y atmósfera psicodélica, que ayuda a crear la guitarra de Gilmour.
«Brain Damage», compuesta y cantada por Waters. The lunatic is in my head (…) And there's someone in my head but it's not me. Fue compuesta por Roger Waters durante la gira del álbum “Meddle”, momento en el que escribió también «Money». Según se cuenta, el título se refiere a Syd Barrett y su deterioro mental. La canción fue finalmente cantada por Waters y Gilmour hizo los coros. Como curiosidad, las risas que se oyen en la canción son de Peter Watts, road manager fallecido en 1976 y padre de la actriz Naomi Watts.
Mis torpes pasos por la discografía de Pink Floyd me impidieron diferenciar «Eclipse» en las primeras escuchas del disco. Por fin, con calma, lo logré. Resultó ser esa maravillosa “coda” que aparece a continuación de «Brain Damage»; como me dicen “el corte está muy claro... el Hammond de Rick”. Una pieza maravillosa. Everything under the sun is in tune, but the sun is eclipsed by the moon.
El disco finaliza con los latidos de corazón con los que comenzaba.
Coincidiendo con mi escucha (muy detallada) de “The Dark Side of the Moon” el diario El País comenzaba el domingo 29 de septiembre una colección con la discografía completa de Pink Floyd, y lo hacía precisamente con este disco. Un motivo más para seguir celebrando a Pink Floyd, convertido en una pequeña pesadilla debido a la dificultad actual para encontrar kioscos de prensa. La proverbial intervención de mi padre hizo que no me quedara sin el disco.
Además el 2 de octubre se pasó en cines de todo el mundo “Us+Them”, documental de Sean Evans que recoge el concierto en Amsterdam de la gira de 2017-2018 de Roger Waters, precisamente la que pudimos ver en Madrid en mayo de 2018. El documental fue presentado en el Festival de Venecia, dentro de la Sección oficial fuera de concurso. Nosotros fuimos a verlo al Palacio de la Prensa de Madrid y fue una maravillosa forma de celebrar un aniversario.
Y así llegamos al noveno álbum de la banda “Wish You Were Here” (septiembre de 1975), considerado para muchos la cumbre que alcanzó el grupo y su último gran álbum. Su temática explora la aridez de la industria musical, la codicia, la ambición y también la ausencia, y el desorden mental. En este disco volvieron a mirar hacia su antiguo compañero, Syd Barrett. La grabación del álbum se produjo en un momento especialmente difícil para el grupo, agotados emocional y físicamente tras el éxito de “The Dark Side of the Moon”. Habían logrado sus sueños de fama y dinero y una vez alcanzada la cima se sentían vacíos. Aquella época fue descrita por Waters como “una tortura”, porque el increíble éxito del disco les hizo ser conscientes de que estaban acabados como “una banda de hermanos”, “ya no lo éramos ni nunca más volveríamos a serlo”. “Me encanta líricamente, musicalmente. Escucho ese álbum por placer” declaró Rick Wright, que lo consideraba su disco de Pink Floyd preferido.
La portada, de nuevo de Hipgnosis, reproduce la imagen de un hombre de negocios literalmente en llamas, mientras que otro hombre “trajeado” le da la mano, el lugar de socorrerle. Para hacerla, entonces no había las herramientas informáticas actuales, recurrieron a dos especialistas. El “quemado” llevaba “un traje ignífugo debajo de sus ropas, una capucha y una peluca, se le roció con gasolina y se la prendió fuego”. Tres tomas necesitaron para conseguir la foto y el especialista Ronnie Rondell quedó algo chamuscado pese a las medidas de seguridad.
El álbum se inicia con los primeros compases de «Shine On You Crazy Diamond», composición que me produce un completo escalofrío y que, dividida en varias partes, abre y cierra el disco. Se trata de un tema prácticamente instrumental, con un gran trabajo de toda la banda y en especial unos cuantos solos de Gilmour, ya míticos. Pura emoción y melancolía. Contiene una de las letras de Waters que más me gustan “Remember when you were Young You shone like the Sun Shine on, you crazy diamond”, dedicada a Syd Barrett, un “épico homenaje de Pink Floyd al flautista y profeta, a aquel hombre extraño y legendario”, de quien Waters dijo: “No podría haber sucedido sin él, pero no podríamos haber seguido adelante con él”. Es sabida la visita que sucedió durante la grabación del disco, no está claro si fue cuando estaban grabando precisamente esta canción, de un hombre grueso, con el pelo y las cejas afeitadas, una gabardina y zapatos blancos y una bolsa de plástico blanca en la mano. La banda tardó un tiempo en descubrir que se trataba de Syd Barrett; la foto que hay de aquel día rompe el corazón, podemos imaginar cómo se quedaron ellos. Syd se marchó un rato después y nunca más volvieron a verse. Syd, “el que tocaba esa Fender Squire característica con sus discos reflectantes, el que tenía un armario lleno de camisetas de Thea Porter e iba acompañado de su hermosa novia rubia”, recuerda Nick Mason, quien reflexiona que “todos habíamos tenido que ver con el estado de Syd, ya fuera por no querer reconocer su situación, por la falta de responsabilidad, la insensibilidad o un egoísmo descarado”.
«Welcome to the Machine», canción de Waters cantada por Gilmour (“llorada” me dicen en Twitter) es una crítica a la industria discográfica que sólo entiende la música como una máquina de generar dinero. La ambientación industrial del inicio introduce una canción futurista y un tanto apocalíptica, en la que destaca el excelente tratamiento de los teclados y la interpretación de David, en un registro vocal diferente del suyo habitual.
Una historia curiosa rodea a la grabación de «Have a Cigar», de nuevo una crítica a la industria del disco. Recoge la frase: Oh, by the way, which ones Pink?, que al parecer les dijo algún ejecutivo discográfico en sus comienzos. Cuando se dispusieron a grabarla, Waters no se encontraba bien de voz y Gilmour no quería grabarla él solo, al parecer no se encontraba cómodo con la letra. Se ofreció a interpretarla Roy Harper, un cantautor folk muy cercano a otra gran banda, Led Zeppelin. Según se cuenta, Waters esperaba que la cantaran los otros miembros de la banda y no le sentó muy bien que aprobaran la propuesta. Por otra parte, Harper tampoco pareció quedar muy satisfecho con el pago por su intervención.
Y qué decir de «Wish You Were Here», compuesta por Waters y Gilmour, una de las pocas canciones que conocía de la banda y que siempre me ha roto el corazón. Una de las canciones más bellas de la historia del rock, un tema que trascenderá en el tiempo.
En esta etapa aumentaba la complejidad de las giras crecían y su “apetito por los efectos escénicos”, que tal vez estaban llegando a ser “excesivos”, según aprecia Mason en sus memorias. Y, sin embargo, todavía quedaba mucho más en cuanto a complejidad y espectacularidad en los montajes, algo que ya nunca abandonaron. Haber crecido tanto en popularidad y ventas los llevó a grandes estadios, y tocar en esos enormes recintos conllevaba la necesidad de entretener y asombrar al público. La formación de arquitectos de tres de sus músicos también tuvo mucho que ver con este deseo. Así colaboraron con arquitectos, diseñadores, artistas e ingenieros para crear shows en directo cada vez más ambiciosos y espectaculares. Además de los efectos de luz que usaron desde sus inicios, trabajaron con estructuras movibles e inflables.
Pink Floyd había despegado en 1967, en pleno verano del amor. Sin embargo, el de 1976 fue el verano de la ira, con la economía británica en plena crisis, huelgas, inflación y desempleo; un momento de gran tensión y desilusión, del No Future y la llegada del punk. Pink Floyd era uno de los principales exponentes de los denominados “dinosaurios” del rock. Aquel estallido musical supuso una especie de revulsivo para Roger, quien no se achantó por las andanadas recibidas. Preocupado por la situación política mundial, dio un giro al sonido de Pink Floyd, terminando con “los ritmos soñadores, los celestiales fondos de órgano y las etéreas armonías vocales”.
Nick Mason tampoco se tomó mal la llegada del punk y sus ataques. “A algunos les gustas y a otros no”, afirmó. El batería llegó incluso a producir el segundo disco de The Damned, “Music for pleasure”, aunque la banda no quedó satisfecha. “Nadie quiere que el mundo esté poblado sólo por dinosaurios, pero es bueno dejar a algunos vivos”, explicó Mason con su habitual sorna. En la exposición sobre el grupo que vimos en Madrid, se recuerda las camisetas de Pink Floyd que lucían Johnny Rotten y los Sex Pistols, tuneada con un “I hate”. Con los años, Rotten confesaría que sí le gustaba la banda.
En ese contexto surgió el décimo disco de Pink Floyd, “Animals” (enero de 1977), el último en que trabajaron en equipo y el particular “grito de furia” de Roger. Un disco con letras muy comprometidas, la “primera destilación de altísima graduación alcohólica del veneno sociopolítico de Roger” y calificado de “intransigente y audaz en su formato”. En palabras de Gilmour, que afirma haberlo pasado muy bien grabando el disco, “abarca una sonoridad más dura, directa y agresiva”.
Inspirado de alguna forma en “Animal farm”, de George Orwell, en el disco Waters divide a los seres humanos en “cerdos” que son “moralistas, santurrones y tiránicos”, “perros” caracterizados por ser “pragmáticos y competitivos”, dispuestos a usar sus garras y dientes para alcanzar sus propósitos, y “ovejas”, que forman un “rebaño sumiso y masificado”. Un disco plenamente de Roger, que también se incluye en esa “misántropa” clasificación, haciendo una especie de confesión en «Pigs on the wing», una de mis canciones favoritas del disco.
La portada, mi preferida, fue diseñada de nuevo por Hipgnosis a partir de una idea de Roger, en ella aparece la Central Eléctrica de Battersea, diseñada por Sir Giles Gilbert Scott. Inaugurada en los años 30 del siglo pasado, fue orgulloso emblema del poderío industrial británico, aunque en la época en que se grabó el disco la mitad de la central había dejado de funcionar. La idea de la portada le sobrevino a Waters, que aún vivía en Londres, al pasar a menudo con el coche por los alrededores de la central. Encargaron además un gran globo aerostático con forma de cerdo, “Algie”, que debía sobrevolarla y que generó numerosas anécdotas (y peligro) al soltarse descontrolado hasta aparecer en un prado de Kent donde lo rescató un granjero. Como curiosidad, la tipografía que aparece en la cubierta corresponde a la letra de Nick Mason.
Durante la grabación de este disco Waters se dejó llevar por su ego, en una deriva que hizo aún más complicada su relación con el resto del grupo. Tuvo también encontronazos con Storm Thorgerson (Hipgnosis) a pesar de ser amigos de juventud, con periodistas, con miembros de la “tripulación” de la banda e incluso con su público (la historia del salivazo a un fan en un concierto canadiense, que sería posteriormente la semilla de “The Wall”, resulta bastante reveladora). Roger se convirtió en una persona aún más complicada de lo que ya era, lo que afectó sin duda a la música y al desarrollo del grupo. La grabación en los estudios de Britannia Row en Islington, propiedad de la banda, resultó digamos complicada. “Animals fue un trabajo duro. No fue un álbum divertido de hacer, pero esto fue en la época en la que Roger se creía el único compositor de la banda. Pensaba que solo era por él que la banda seguía adelante”, afirmó Rick Wright que no compuso ninguna canción para “Animals” y se convirtió en blanco de la ira de Waters, situación que se agravaría en el siguiente disco.
Se trata de un álbum con tan solo cinco canciones, tres de ellas superan los diez minutos.
«Pigs on the Wing 1 y 2» Temas que abren y cierran el disco. Hablan sobre el desencuentro y la falta de empatía entre los seres humanos, lo que nos lleva a la inseguridad y el desequilibrio, males que se pueden corregir si las personas se acercan y se preocupan por lo que les sucede a los demás. El especial sentido del humor de Waters le llevó a decir que era una canción de amor dedicada a su mujer (en aquella época estaba casado con Lady Carolyne Christie).
Me pasó algo curioso con «Dogs». Estos repasos, por mucho que quiera esmerarme, resultan complicados por la cantidad ingente de canciones que debo manejar. Vi en redes una canción llamada «You Gotta Be Crazy», que en un principio no identifiqué con este tema. Posteriormente me explicaron que se trataba de una primera versión de «Dogs», un tema que había sido tocado en varios directos algún tiempo antes de grabarse, incluso con una letra diferente. Cantada por Gilmour y Waters, la canción ofrece diecisiete minutos maravillosos de principio a fin, con una interpretación de guitarra de Gilmour que parece llevarte en volandas. And when you lose control You'll reap the harvest you have sown And as the fear grows The bad blood slows and turns to stone. De lo mejor de Pink Floyd.
«Pigs (Three Different Ones)» es otra de mis canciones preferidísimas de su carrera. Potente, con un magnífico trabajo de la sección rítmica y en el tratamiento de la voz de Roger, que suena corrosiva como pocas veces.
«Sheep» comienza con un suave sonido de teclado de Wright para ir in crescendo, ganando protagonismo las guitarras de Gilmour, con solos entrecortados y agresivos. Cantada por Waters, está llena de rabia y agresividad, como el resto de temas de “Animals”. Como también me explican, hay versiones previas de «Sheep» con el título «Raving and Drooling».
Coincidiendo con la escucha de “Animals” voy por segunda vez a visitar la exposición “Pink Floyd: Their Mortal Remains”. Un viernes 18 de octubre en el que paso tres horas buceando por los objetos, instrumentos, libros, manuscritos, fotografías, portadas y videos, una vez que puedo situar la historia, discos y etapas del grupo. Salgo mareada, pero feliz de indagar en el ingente material que recoge la exposición.
“The Wall” (noviembre de 1979), undécimo álbum de estudio, es un disco doble producido por Bob Ezrin, junto a Waters y Gilmour. Se trata de un proyecto de Waters que tiene mucho de autobiográfico, sobre una estrella de rock llamada Pink cuyo padre muere en la Segunda Guerra Mundial, dominado por una madre absorbente, manejado por la industria discográfica y que llega a rozar la locura debido al consumo de drogas. ¿Os resulta familiar? Todos estos problemas son los ladrillos en el muro que le separa del público y del mundo.
Debido a la ruina del entramado de empresas creado para manejar su dinero, el grupo se vio obligado a ausentarse de Inglaterra, por lo que el disco se grabó en Los Angeles, lo que les vino bien, según el productor, ya que insufló energía a su música. Por mi parte, desconocía por completo el disco (excepto la celebérrima «Another Brick in the Wall»), y en el momento de escribir esto, aún no había visto la película, aunque parezca imposible. Las primeras escuchas del disco me costaron, pero me ha ido gustando más y más según me he ido adentrando en él.
Por primera vez desde “A Saucerful of Secrets” la portada no fue diseñada por Hipgnosis, debido a las diferencias de Waters con los diseñadores. Se le encargó a Gerald Scarfe, un conocido dibujante que ideó una portada minimalista que refleja el muro en color blanco. Alejada de las exuberantes creaciones de Thorgerson y compañía, en su simplicidad residió su éxito, tal vez a la manera de la portada “White Album” de los Beatles.
Para “The Wall” Pink Floyd dieron una vez más gran importancia a los efectos sonoros: bombardeos, helicópteros, llantos de bebé, sonido de escuela, teléfonos, junto con frases recurrentes. Destaca la grabación de un coro de veintitrés niños de una escuela de Islington (el barrio donde vivía Roger) grabados en su clase por Nick Griffith, que se convirtió en una parte fundamental del tema «Another Brick in the Wall». Media hora de canto que sirvió a la prensa amarilla para atacar al grupo por haber “explotado” a los escolares.
El resto de la banda no se vio tan implicada como Waters en el álbum, por ejemplo Gilmour afirmaba que él no sentía ese muro entre él y el público. En aquel momento fue cuando empezaron a saltar las alarmas sobre la mala relación entre Roger y David. Bob Ezrin diría años después “bajo esa postura tan inglesa de antagonismo ambiguo que adoptan, sonrientes y sin levantar la voz, la guerra que existía entre esos dos tipos era increíble”. La grabación de “The Wall” terminó de dinamitarlos como grupo. Waters echó a Rick Wright de la banda de muy malos modos, y el teclista aceptó seguir con ellos como músico contratado.
«In the Flesh?» está cantada por Roger y tiene un cierto aire épico a la manera de algunas composiciones de Queen; la canción vuelve a aparecer (sin interrogación) en la cara B del disco 2 y se refiere a la deriva de Pink en la que se ve como un caudillo fascista que arenga a sus seguidores.
«Another Brick in the Wall» es una de las canciones más exitosas de Pink Floyd. A pesar de no ser una banda de sencillos ésta salió como single y arrasó en ventas. Hay hasta tres versiones en el disco. La primera está cantada exclusivamente por Waters y en ella hay un trabajo magnífico de Gilmour, con esas guitarras con ecos tan características. Quizá la parte más conocida es la segunda, donde cantan los niños del Islington Green School Choir. Mítica, magnífica, uno de los himnos del rock de todos los tiempos. ¿Hay alguien que no la haya escuchado?
«Mother» es una de las canciones del disco que más me gustan. Desde el punto de vista de la melodía se trata de una especie de canción de cuna. Sin embargo, la letra refleja una tensa relación, refiriéndose de forma amarga a una madre sobreprotectora que ha contribuido a levantar un alto muro alrededor de su hijo. Cantada en forma de diálogo entre Waters y Gilmour. Mama's gonna make all of your nightmares come true Mama's gonna put all of her fears into you.
«Goodbye Blue Sky». Bonita balada con guitarra acústica que de alguna forma se refiere a los desastres de la guerra que afectan sobre todo a la población civil, los inocentes, los más vulnerables. Las bombas lanzadas en apariencia para conseguir un mundo mejor, que en realidad destrozan vidas y acaban con el cielo azul. The flames are all long gone but the pain lingers on Goodbye, blue sky.
«Empty Spaces». Una breve canción de dos minutos, con una introducción “especial” que da paso a la voz doliente de Waters. Refleja los momentos dolorosos por los que pasa Pink en su matrimonio. La leyenda dice que la canción incluye un mensaje “oculto” referido a Barrett, el ausente siempre presente. Durante la escucha de “The Wall” me compartieron una interesante versión de esta canción a cargo de la banda californiana Astra, cuyo sonido remite al rock progresivo de los 70. La versión, de más de seis minutos, se grabó para una revisitación del álbum publicada por la revista Mojo, “The Wall Re-Built!” (2011).
«Young Lust». Un rock potente cantado por Gilmour en un registro vocal mucho más “desmelenado” del suyo habitual. Will some woman in this desert land Make me feel like a real man? Ooh, I need a dirty woman. Pink, el protagonista, es ya una estrella del rock que no ve a su esposa durante meses y se acuesta con groupies durante las largas y solitarias giras. Termina con una conversación telefónica con una operadora por la que descubre que su esposa le está siendo infiel. Se habla de que la canción puede tener un claro tinte autobiográfico en lo que respecta a Waters y su primera mujer, Judy Trim.
«One of My Turns». Otra canción de rock poderoso, cantada por Waters. Gilmour se encarga de la guitarra principal, Lee Ritenour de la guitarra rítmica, Wright del piano y el productor, Bob Ezrin, toca el órgano y el sintetizador. Comienza con las palabras de la groupie a la que invita el protagonista, Pink, después de enterarse de la infidelidad de su esposa. La cosa no sale bien y Pink destroza la habitación donde se encuentran. La canción sube en intensidad y la interpretación de Waters también, hasta que pregunta a la chica por qué ha salido huyendo. Why are you running away?
«Hey You». Otra de mis canciones favoritas del disco, aunque fue excluida de la película. Comienza como una balada, con una suave guitarra acústica. Cantada por Waters y Gilmour, me llena la cabeza el solo de guitarra, que es fantástico y reproduce algunas notas de «Another Brick in the Wall».         
«Comfortably Numb». Una de las mejores canciones del disco, curiosamente compuesta a partir de una demo de Gilmour para su primer álbum en solitario. Descartada entonces, la llevó a las grabaciones de The Wall. Waters escribió la letra a partir de una tremenda experiencia que vivió antes de salir a un concierto; se encontraba con fuertes dolores y un médico le administró un calmante que le permitió tocar, aunque completamente adormecido. Se trata de uno de los temas más celebrados y recordados de “The Wall” y contiene uno de los solos de guitarra de David Gilmour más apreciado. La canción habla sobre la dificultad para manifestar emociones a medida que nos hacemos mayores, la pérdida de la inocencia y el muro que las personas vamos construyendo a nuestro alrededor con el paso de los años. 
«The Show Must Go On». Breve canción de minuto y medio que me recuerda armonías vocales de algunos temas de la ELO. Tampoco se incluyó en la película.
La gira de The Wall fue una de las que contó con una estructura más complicada y, aunque fue un éxito de público, dejó pérdidas para el grupo, excepto para Wright, que ya sólo participó como músico a sueldo.
A estas alturas del repaso hago una vuelta a los inicios. Escucho de nuevo “The Piper at the Gates of Dawn” porque me encuentro finalizando el libro “Syd Barrett: El brillo de la ausencia” de Rob Chapman. De camino al trabajo en el metro me acompañan las notas juguetonas de «Lucifer Sam» y la voz de Syd, con su manera de cantar y pronunciar tan características. Se refleja en el cristal del vagón un viajero. Alto, de ojos profundos, canoso pelo abundante y ondulado. Ensimismado en lo que escucha por sus cascos, sonríe misterioso…
Antes de empezar la escucha de “The Final Cut” me dispongo a ver por fin la película de “The Wall”, de 1982, dirigida por Alan Parker y protagonizada por el cantante Bob Geldof. Con 15 minutos de secuencias animadas creadas por el ilustrador Gerald Scarfe, está llena de surrealismo y violencia y, aunque parece que no fue muy del gusto del grupo, se ha convertido en una película musical de culto, con secuencias que forman parte de la historia de Pink Floyd.
La escucha de “The Final Cut”, un disco que temía, me ha resultado finalmente grata, la cuestión era escucharlo varias veces, con atención y sin prejuicios. No es un disco de canciones pegadizas. He descubierto unos cuantos buenos temas en medio de otros que no me han dicho gran cosa o que incluso en algún momento puntual me han resultado incómodos. Pero, al fin y al cabo, se trata de Roger Waters y (un poquito de) Pink Floyd, no se les había olvidado hacer buena música.
“The Final Cut” (marzo de 1983) es el duodécimo álbum de estudio, en el que no participó de Rick Wright, que había sido despedido en 1981, y es el último de la banda en contar con Roger Waters, compositor y letrista de todas las canciones del disco. La mayoría de ellas cuentan con él como vocalista principal; Waters no es un gran cantante, aquí su voz suena desnuda y desprotegida, probablemente esa crudeza en la interpretación era lo más adecuado para este disco. Gilmour aporta su voz a sólo una de las doce canciones, «Not Now John». Sin Wright y con Waters tomando las riendas de todo, Mason y Gilmour no se sintieron parte del proyecto. Se trata de un álbum conceptual antibélico, en particular contra la Guerra de las Malvinas y líderes mundiales como Thatcher y Reagan. Waters sacó a relucir un tema recurrente en su obra: la muerte de su padre en la Segunda Guerra Mundial. Está considerado como un álbum casi en solitario de Waters aunque se editara bajo el nombre de la banda. El disco no tuvo malas ventas pero dividió a los críticos musicales. Gilmour fue especialmente crítico con el álbum, al que dedicó calificativos nada halagüeños.
Grabado en ocho estudios diferentes, se lanzaron cuatro cortometrajes para acompañar el disco. “The Final Cut” fue concebido en sus inicios como una banda sonora para la adaptación cinematográfica de “The Wall” en 1982, pero la Guerra de las Malvinas entre Argentina e Inglaterra cambió los planes. Roger Waters fue un férreo opositor de aquel desafortunado conflicto bélico y los temas sobre guerra y pérdida que habían aparecido en “The Wall” se convirtieron en el tema de “The Final Cut”. En “The Final Cut” se utilizan una vez más efectos sonoros como cristales rotos, explosiones, viento, aviones, sonido de reloj, risas enloquecidas, enriquecidos por las innovaciones técnicas de la época. Nick Mason se encargó de los efectos de sonido. La banda terminó de romperse durante la grabación de este disco, en especial se intensificaron las diferencias entre Waters y Gilmour hasta que los dos no pudieron seguir trabajando juntos.
En mis primeras escuchas percibo en ocasiones un tono en exceso solemne que resulta cansino, con unas melodías que me han sonado “iguales”. Comentando con un amigo sobre el disco, que él califica de “incómodo y pesimista” e “impregnado de mal rollo”, coincidimos en que se nota demasiado la falta de Gilmour. En este disco es palpable cómo el ego de Waters le impidió ver que lo mejor de Pink Floyd residía en la suma de todos. Y, sin embargo, este disco también merece una escucha atenta.
Para “The Final Cut” Waters se hizo cargo del arte, usando fotos hechas por su cuñado, Willie Christie. Sobre un fondo negro la portada muestra la amapola inglesa que recuerda a los caídos y medallas de guerra.
«Your Possible Pasts» es una de las canciones que más me han gustado del disco. Como curiosidad, la letra del estribillo Do you remember me? How we used to be? Do you think we should be closer? fue incluida en la película “The Wall”. Es leída por Pink en la escena del cuarto de baño.
«One of the Few», este breve tema de poco más de un minuto también me ha gustado especialmente. Comienza con el tic tac de un reloj. El lamento de Waters se acompaña de un tenue sonido de guitarra acústica tocada por Gilmour.
«The Hero's Return» Canción con un bonito inicio de guitarra, estaba compuesta originalmente para “The Wall” pero se quedó fuera. Una versión extendida se incluyó en la cara B del single de «Not Now John». Jesus, Jesus, what's it all about? Trying to clout these little ingrates into shape
«The Fletcher Memorial Home» es uno de los más inspirados temas del disco y contiene un gran solo de Gilmour. Waters expresa su frustración por los dirigentes mundiales, nombrando entre otros a Reagan, Thatcher, Brezhnev, Nixon o el argentino Galtieri. Propone reunirlos a todos y retirarlos en la Fletcher Memorial Home, un nombre en homenaje de su padre muerto, Eric Fletcher Waters. The Fletcher Memorial Home For Incurable Tyrants and Kings… Esta canción se ha incluido en un par de recopilatorios de Pink Floyd.
«Not Now John» es mi canción preferida de “The Final Cut”. Se trata del tema más largo y se sale de la tónica musical del resto de las canciones. Fue escrita por Waters como una crítica hacia la codicia y la corrupción política. Se trata de una potente canción rock, con brillante interpretación vocal de Gilmour. Es el único tema del disco en el que canta el guitarrista, Waters hace la segunda voz, y hay una destacada presencia de coros femeninos. Fue elegido como sencillo, aunque tuvieron que cambiar en el estribillo la frase el estribillo Fuck all that.
«Two Suns in the Sunset», la canción que cierra el álbum hace referencia a una explosion nuclear en su verso the sun is in the east, even though the day is done. Bonito solo de saxo final a cargo de Raphael Ravenscroft.
Nick Mason, que compartía posiciones políticas con Roger y siempre se había llevado muy bien con él, incluso le eligió como padrino de su hijo, también se vio relegado durante la grabación de The Final Cut. Empezó a acercar posturas con Gilmour.
Se suele simplificar afirmando que Roger suele estar más interesado por las letras y David por la música. Lo cierto es que David y Roger son dos personas a quienes les gusta dirigir, aunque lo manifiesten de diferente forma. Roger se estaba volviendo “demasiado autócrata” y las intensas diferencias que se produjeron con “The Wall” habían quedado en un tenso empate. Con “The Final Cut” todo estalló y Pink Floyd se rompió definitivamente. Roger decidió disolver el grupo “una fuerza gastada creativamente” pero Gilmour no opinaba igual. Así llegaron “las guerras civiles de Pink Floyd” o “la disputa más grande del rock and roll”. Aunque las diferencias en la banda fueran algo habitual y hubieran vivido momentos como la expulsión de Rick Wright, lo peor llegó con la ruptura final entre Waters y el resto y las demandas judiciales que duraron varios años y permitieron finalmente a los otros tres seguir usando el nombre de Pink Floyd.
En medio de la tormenta, Gilmour, Mason y Wright editaron un nuevo álbum “A Momentary Lapse of Reason” (septiembre de 1987) decimotercer álbum de estudio bajo el nombre de Pink Floyd, aunque Waters pusiera el grito en el cielo, les atacara e incluso les ridiculizara. Nick Mason habla en sus memorias sobre aquellos días y da una visión bastante equilibrada (él mismo se ríe de su tendencia a “quedar bien con todo el mundo”) sobre lo que sucedió. La opinión generalizada afirma que Waters quería que el grupo desapareciera oficialmente para que no hiciera sombra a su carrera como solista. En diciembre de 1985 Waters había dado por finalizada la carrera de la banda de manera unilateral. Gilmour quería seguir y el mejor acicate para hacerlo fueron las palabras de Waters: “Nunca lo conseguiréis”. Waters rompió con el manager de la banda Steve O'Rourke, que siguió representado a Pink Floyd. Subestimó a sus compañeros, en especial a Gilmour, también de fuerte carácter aunque más templado que Waters, y que reforzó su postura al sentirse insultado. El disco recibió críticas contrapuestas y fue ridiculizado por Waters pero tuvo mejores ventas que “The Final Cut”, aupado además por una gira que fue un éxito indiscutible.
Fue coproducido entre Gilmour y Bob Ezrin, quien fuera coproductor de “The Wall” y que acababa de rechazar participar en el disco en solitario de Waters “Radio K.A.O.S.”. Durante bastante tiempo Gilmour dudó entre convertirlo en un nuevo álbum de Pink Floyd o en uno en solitario. En la grabación participó “un gran elenco de talentosos colaboradores”, que también contribuyeron en la composición de varias canciones. Es el caso de Phil Manzanera, Jon Carin, Anthony Moore, y Toni Levin en el bajo. Además, incorporaron a Rick Wright, quien apenas participó en la grabación en calidad de músico de estudio, aunque sí salió de gira con ellos. Gilmour pensó que su presencia les haría más fuertes “tanto en el aspecto legal como en el musical”.
En este caso no se trató de un disco con una historia como nexo de unión, sino de colección de canciones rock que no tenían que ver entre sí. Sin embargo, la atmósfera la puso el río Támesis, donde estaba amarrado el estudio flotante en el que se grabó gran parte del disco, el Astoria, propiedad de Gilmour. Según Bob Ezrin el río acabó impregnando la grabación. Una plácida atmósfera constantemente interrumpida por las peleas con Waters con respecto al uso del nombre de Pink Floyd. Así lo ha reconocido David Gilmour en una entrevista reciente con el periodista Matt Everitt de BBC Radio, emitida a través del podcast “The Lost Art of Conversation”: “Estábamos en medio de nuestra disputa legal (con Waters) mientras grabábamos y, en medio de cada pequeña cosa que hacíamos, tenía que ir al teléfono a hablar con los abogados. Consumían nuestro tiempo en el estudio, y me agotaban a mí”. Por eso David califica la grabación de “A Momentary Lapse of Reason” de “pesadilla”.
El grupo no tenía muy claro el título, pero la solución llegó de la mano de una de las canciones del disco, concretamente «One Slip», donde se dice A momentary lapse of reason That binds a life for life. Por primera vez desde “Animals” el encargado de la portada y el arte del disco fue el gran Storm Thorgerson. En la portada se ven cientos de camas de hospital colocadas en una playa, con un hombre sentado sobre una de ellas y un ala delta en el cielo. En la exposición de Pink Floyd que vimos en Madrid, Thorgerson cuenta las complicaciones que surgieron con la (carísima) foto que tardó dos semanas en tomarse. Pero, una vez más, valió la pena. La portada es realmente impactante. Se incluyó una foto de Gilmour y Mason tomada por David Bailey, la primera con miembros del grupo que aparecía en un disco de Pink Floyd desde “Meddle”. El gesto se consideró como una forma de recalcar que Waters ya no estaba en el grupo. Wright tan solo apareció en los créditos.
Todos los repasos tienen su atasco y el mío ha venido con este disco. Pasé bien el bache de “Ummagumma” y la complicación de “The Final Cut”, pero la escucha de “A Momentary Lapse of Reason” ha resultado áspera en todo momento. Mis problemas vienen de lo poco que me gusta la producción, con esas baterías, teclados ochenteros y arreglos que me hacen desconectar del disco, aunque reconozco que tiene canciones apreciables. Pero esa producción me desinfla. El propio Gilmour se ha pronunciado en la mencionada entrevista con la BBC sobre el “polémico sonido” de “A Momentary Lapse of Reason”. “Eran los 80 y había una cantidad increíble de nueva tecnología, así que para ese disco la abrazamos del todo. Nuevos teclados, sintetizadores… queríamos hacer un disco de su época. Acogimos aquello con todo el entusiasmo, pero fue una moda. Y las modas… pasan de moda. Años después, hay momentos en los que pienso que no seguimos la idea atemporal que deberíamos haber seguido”. Por mi parte quedo a la espera de la publicación en diciembre de 2019 de la remezcla completa del disco, en la que se han incluido otras baterías y teclados.
«Signs of Life» canción instrumental, aunque se incluye la voz de Nick Mason recitando unos versos. Canción que tiene una atmósfera muy especial (a lo “Blade Runner”), que incluye sonidos del río y uno de los mejores tratamientos de los teclados de todo el disco, con un solo de guitarra de Gilmour especialmente bonito.
«Learning to Fly», fue el primer single del disco y alcanzó un éxito considerable en radiofórmulas de la época. Recuerdo haber visto el video en alguno de los programas musicales de entonces. Su letra está inspirada en las lecciones de vuelo que recibía Dave y refleja el “intento del hombre de tomar vuelo espiritualmente”. Hay quien dice que también se refiere al “renacimiento” que supuso el disco y a la toma de liderazgo del grupo por parte de David. Compuesta entre Gilmour, Moore, Ezrin y Carin.
«The Dogs of War», canción de Gilmour sobre los políticos que inician guerras y la presencia del dinero detrás de todos los conflictos bélicos. Rock crudo, con una buena interpretación vocal de Gilmour, la canción contiene uno de esos “duelos” de guitarra y saxo de los que gusta Pink Floyd.
«One Slip», se trata de una canción compuesta por Gilmour y Manzanera. De su letra salió el título del álbum. Durante mi accidentada escucha me anima mi amigo Carlos, muy fan de este disco, a escuchar la remezcla de 2019 de esta canción, en la que se ha cambiado la batería, que en mi opinión mejora bastante, aunque no acaba de ser lo contundente que me gustaría. Me dice que me fije en el Hammond, porque en esta mezcla han incluido partes de Wright, no del estudio (donde no participó), sino del directo. Por otra parte, me habla del sonido del contundente bajo. Se trata del bajo original, grabado por Tony Levin, bajista de Peter Gabriel y de King Crimson, que tiene una forma de tocarlo muy personal porque se pone una especie de palos atados a los dedos para golpear las cuerdas, lo que llaman “funk fingers”.
«Yet Another Movie» es una de las canciones que más me han nombrado en Twitter al referirme a este disco. Comienza con sonidos de secuenciador, y cuando empieza a sonar la guitarra de Gilmour se escuchan pequeños fragmentos de diálogo de la película “Casablanca”. Al tema le envuelve una intensa atmósfera sonora y tiene una letra especialmente cuidada
«Sorrow» es la canción que cierra el disco y personalmente es otra de las que más me gustan, con los arañazos de guitarra del inicio y las similitudes que encuentro con «Echoes» en algunos de los sonidos que adornan la canción, además de ecos del maravilloso bajo de «One Of These Days». A pesar de que en alguna ocasión Gilmour ha declarado que las letras no son su punto fuerte, esta es una de las canciones de las que se siente más satisfecho en cuanto a la letra.
Más sencillo me ha resultado “The Division Bell” (marzo de 1994) decimocuarto álbum de Pink Floyd. En 1993 Rick Wright volvió a ser miembro de pleno derecho de la banda. “Creo que en particular Rick se sintió mucho más integrado en el proceso esta vez. Estuvo bien tenerlo de vuelta”, afirmó Nick Mason en sus memorias. Los tres se unieron en el estudio para improvisar y generar nuevas canciones; consiguieron reunir unos cincuenta esbozos, que consiguieron reducir a las once canciones que salieron en el disco a base de un sistema de votaciones. Este álbum es de alguna manera una mirada retrospectiva a la historia de la banda y en gran parte está compuesto entre Gilmour y Wright; la crítica afirmó que la conexión entre ambos supuso “el corazón musical del álbum”. Gilmour se apoyó para la composición de las letras en su segunda esposa, la periodista y escritora Polly Samson. Gran parte de la temática del álbum se refiere a la comunicación y la toma de decisiones.
Habían pasado siete años desde la salida del anterior disco, “A Momentary Lapse of Reason”, años azarosos por el contencioso con Waters y marcados por el divorcio de Gilmour y su adicción a la cocaína. Poco a poco todo se fue calmando y con “The Division Bell” Gilmour pudo dar salida a su trabajo en Pink Floyd libre de las ataduras con Waters. La grabación del disco tuvo lugar en lugares tan conocidos por la banda como los estudios Britannia Row y la casa estudio flotante de Gilmour, el Astoria. Contaron con viejos colaboradores como el productor Bob Ezrin, el saxofonista Dick Parry o el bajista Guy Pratt.
También contaron con un viejo conocido y amigo para la espectacular e inolvidable portada, que una vez más corrió a cargo de Storm Thorgerson. En ella aparecen dos enormes cabezas, que recuerdan a un tótem, colocadas juntas creando la ilusión óptica de que están de perfil hablando una frente a otra y al mismo de una única cara frente al espectador. Las enormes cabezas metálicas que se construyeron para la portada se encuentran actualmente en el Rock and Roll Hall of Fame de Cleveland. La de “The Division Bell” fue elegida como una de las portadas de discos de todos los tiempos inmortalizadas en unos sellos de la Royal Mail en 2010.
La escucha del álbum me ha costado mucho menos que “A Momentary Lapse of Reason”. Un amigo define “The Division Bell” como “orgánico e inspirado” y yo estoy de acuerdo. Me da la sensación de que el grupo se encontraba tranquilo y relajado durante la grabación del álbum, ya ajenos a las andanadas de Waters y tras haber obtenido un éxito de ventas y público con el álbum anterior y sobre todo con la gira.
«Cluster One», de nuevo un tema instrumental para abrir un disco de Pink Floyd. La canción comienza con un minuto de ruidos y chisporroteos que, según uno de los ingenieros del sonido, reproducen el “ruido electromagnético del viento solar”. La melancólica canción se sustenta posteriormente en los teclados de Wright y suaves sonidos de la mítica guitarra de Gilmour.
«What Do You Want from Me?», canción donde juega un papel destacado la potente guitarra de Gilmour, quien confesó que tiene que ver con las relaciones personales al ser preguntado si se refería en ella a la relación con el público. En realidad, trata sobre un hombre que se ofrece a hacer por su pareja incluso lo imposible You can have anything you want You can drift, you can dream, even walk on water Anything you want. Convincente interpretación vocal de Gilmour apoyada por unos potentes coros femeninos. No hay muchas canciones de amor de Pink Floyd, ¿verdad?
«Poles Apart» Muy bonita canción. Suena a gloria el órgano de Nick Wright, por fin ocupando el lugar que merece. Según se dice la letra se refiere a los dos ex miembros de la banda, Barrett y Waters. Tiene una parte intermedia con un toque psicodélico conseguido mediante unos arreglos orquestales.
«Marooned» es otro instrumental compuesto entre Gilmour y Wright, con una nueva exhibición de Gilmour a la guitarra.
«A Great Day For Freedom», aunque mucha gente ha querido buscar en la letra un reflejo de los insondables e irresolubles problemas entre Waters y Gilmour, este último siempre ha dicho que la canción es su particular mirada hacia los conflictos bélicos, la intolerancia y los muros, en especial hacia la Europa del Este, tan de actualidad en el año en que salió el disco.
«Wearing the Inside Out» es una suave balada compuesta por Richard Wright, quien hace además la voz principal acompañado por la cantante Sam Brown a los coros. Hay alguna parte de teclados especialmente bella. Se refiere a “las barreras que levantamos para ocultarnos de otras personas”.
«Take It Back», otra preciosa canción, fue uno de los sencillos del disco. Se trata un tema de concienciación ecologista, referido a los daños que los seres humanos causamos a la Tierra y que ya no tienen mucha solución ni posibilidad de marcha atrás.
«Keep Talking». Aires espaciales en los teclados en otra canción que me remite a Blade Runner y que fue el primer single de este disco. Aparece una frase hablada del científico Stephen Hawking, tomada de un anuncio de televisión de la multinacional de telecomunicaciones BT que impresionó a Gilmour. Volverían a usar la voz de Hawking en «Talkin' Hawkin'», un tema del siguiente álbum, “The Endless River”.
«High Hopes» es una canción especial por muchos motivos. Narra la historia de la banda desde sus inicios, pasando por el enorme éxito de “The Dark Side of the Moon” y “Wish you were here”, We reached the dizzy heights of that dreamed of world, hasta su difícil ruptura, Encumbered forever by desire and ambition. La canción está llena de detalles que remiten a Pink Floyd, como el sonido de la campana, tocada por Wright, el piar de pájaros y zumbido de moscas o la voz de Steve O'Rourke, histórico manager de la banda, que les había pedido en numerosas ocasiones aparecer en alguna canción. Este tema contiene el verso que dio nombre al álbum The ringing of the division bell had begun y otra estrofa al final, The endless river, que sería el título del siguiente y último disco de la banda, un homenaje a Rick Wright tras su fallecimiento.
A petición de Gilmour, Pink Floyd se disolvió después de cerrar la gira “The Division Bell Tour”, con lo que pusieron fin a casi treinta años de brillantísima carrera. Gilmour llegó a afirmar a la prensa que el peso de haber llevado el liderazgo de la banda en los dos álbumes en los que no participó Waters había sido demasiada carga y no quería seguir.

Sin embargo, “los cerdos volaron”, “lo supuestamente imposible acabó por suceder” y los cuatro miembros de Pink Floyd, Gilmour, Waters, Wright y Mason, se reunieron para tocar juntos en el concierto Live8 contra la pobreza en junio de 2005. Impulsado y organizado por Bob Geldof, viejo conocido de la banda por protagonizar la película “The Wall”, Geldof se implicó personalmente, y consiguió que los cuatro tocaran juntos una vez más. Fue la última, ya que Rick Wight falleció tres años después, en septiembre de 2008. El concierto de Londres de Pink Floyd fue lo más visto de todo el Live8; era el más esperado, sin duda.
Y finalmente el 25 de noviembre de 2019, algo más de tres meses después de haber comenzado este repaso, acometo la escucha de “The Endless River” (noviembre de 2014), el decimoquinto y último álbum de estudio del grupo. Se trata de un homenaje a la figura del teclista Richard Wright, que había fallecido el 15 de septiembre de 2008. Rick fue el segundo miembro de la banda en desaparecer; dos años antes, el 7 de julio de 2006, había muerto el mítico Syd Barrett, que nunca retomó su carrera artística y continuó con su vida anónima en Cambrigde hasta su definitivo adiós.
He de confesar que he escuchado “The Endless River” tan ricamente en modo “hilo musical”. Se trata de un disco creado a partir de descartes de las sesiones del anterior álbum de la banda, “The Division Bell”. El álbum consta de cuatro piezas que componen un flujo continuo de música en su mayoría ambiental e instrumental. “The Endless River” fue terminado entre 2013 y 2014, de nuevo en el estudio de grabación flotante de Gilmour. El disco alcanzó el número 1 en Inglaterra y, aunque en general fue masacrado por la crítica, algunos lo aceptaron como lo que realmente era, un homenaje a Wright. Así, David Fricke de la Rolling Stone escribió: “Wright fue la majestad constante y vinculante en las exploraciones de Pink Floyd. Este álbum es un epitafio inesperado y bienvenido”. En mi opinión, sin los teclados de Rick, Pink Floyd no habrían alcanzado la excelencia que consiguieron. “Creo que este disco es un buen modo de reconocer lo que hizo y cómo su forma de tocar era el corazón del sonido de Pink Floyd. Volviendo a escuchar las sesiones, de nuevo vi lo buen teclista que era”, declaró el batería Nick Mason a The Mirror.
En este álbum de pérdidas y adioses, también faltaba la figura de una persona fundamental en la carrera de Pink Floyd, Storm Thorgerson, el diseñador de casi todas las portadas de la banda, que había fallecido un año antes de la publicación del disco, en 2013. En este caso, se apoyaron en Aubrey Powell, cofundador de Hipgnosis, para que supervisara el arte. Eligió una foto del artista egipcio Ahmed Emad Eldin que representa a un hombre subido a una barca navegando por un mar de nubes hacia el sol. El resultado final es una recreación del trabajo de Eldin realizado por la firma de diseño londinense Stylorouge, autora de portadas de Blur, The Cure, Morrissey, Siouxsie & the Banshees, Stereophonics, Killing Joke o el cartel de la película “Trainspotting”.   
Además de los diferentes temas instrumentales del disco, que no logro diferenciar bien aunque su escucha sea agradable, destaco la única canción con letra, cuya historia además me resulta interesante.
Se trata de «Louder than Words», la canción que cierra el álbum y fue el único sencillo del mismo. Coescrita entre Gilmour y su esposa, Polly Samson, cuenta con la participación del cuarteto electrónico de cuerda Escala. Es una canción referida a las relaciones del grupo y sus luchas internas. Samson explicó que la inspiración le vino al observar a los tres en el estudio y más tarde en el Live8 junto con Waters. Descubrió que apenas hablaban entre ellos, “No es hostil, simplemente no hablan. Y luego suben al escenario y musicalmente esa comunicación es extraordinaria”.
Este repaso musical también ha contado con comentarios, opiniones y sugerencias en redes sociales. Como Leo Kiron: “¡Ya cruzaste la línea! Cuando entras en el universo Pink Floyd ya no hay vuelta atrás, quedas atrapada de por vida. ¡Bendita esclavitud!”. O Rafa Avero, quien conoció a la banda en Miami en la época de “The Division Bell”: “¿Repaso?, ¿quién dijo repaso? Lo que haces es, bajo mi humilde opinión, editar su historia, puntuar textualmente. Además, con perdón, a tu edad, es decir, con la madurez perfecta para escribir sobre un grupo sin la experiencia previa de los de tu-nuestra- generación. Chapó. Me encanta leerte”.
El martes 3 de diciembre de 2019 di por finalizada la monumental inmersión en el universo de un coloso de la música contemporánea como son Pink Floyd. Esto han dado de sí los más de tres meses de repaso a su discografía en estudio, que comenzó el sábado 17 de agosto de 2019. Asignaturas: todos los álbumes de estudio de la banda // Bibliografía: “La odisea de Pink Floyd” de Nicholas Schaffner (2005), “Dentro de Pink Floyd” de Nick Mason (2007) y “Syd Barrett: El brillo de la ausencia” de Rob Chapman (2012) // Prácticas: Exposición Their Mortal Remains // Material Audiovisual de Apoyo: More, Live at Pompeii, The Wall // Trabajo fin de master: aprender a tocar el gong con cara de demente.
Y el agradecimiento más especial es para mi maestro y mentor musical. Sin él, habría sido completamente imposible llegar hasta aquí. Por muchas más músicas.
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