Estamos de Huerta, la música de raíz del Sureste llega a Lavapiés



Cuando Araceli Tzigane me dijo hace unos meses que venía a Madrid un grupo de Murcia que no podíamos perdernos, no lo dudé. Íbamos a disfrutar de auténtica música de la tierra, sin el filtro del conservatorio o las discográficas, uno de esos tesoros populares que se transmiten de verdad de padres a hijos y en el que hay que poner todo el cuidado para que no desaparezca.
Y efectivamente el folclore murciano de raíz llegaba a visitarnos al castizo barrio de Lavapiés en Madrid en la calurosa tarde del sábado 24 de junio. De la mano de la Asociación para la Difusión de los Estilos y Mapamundi Música, cuatro músicos de Murcia y Albacete nos han acercado la huerta, los pueblos murcianos, las raíces árabes y flamencas o la jota, llenos de fuerza y autenticidad.
Tomás Garcia, Pedro Cabrera, Alfonso Avilés y Javier Gómez (Javi de Nerpio) son cuatro músicos murcianos que bajo el nombre de Estamos de Huerta se han juntado por primera vez en Madrid para darnos a conocer la música del Sureste del país. Son músicos que no actúan de manera profesional, excepto Tomás, que sí viene de la folk music, y que acostumbran a tocar en familia y en fiestas populares. Como ha destacado Araceli Tzigane, impulsora de la actuación, ha sido una magnífica oportunidad de disfrutar de “música de raíz, sin concesiones”. En palabras del músico murciano Paco Frutos se trata de músicos “nada ortodoxos pero bastante academicistas, en el sentido de que siempre están estudiando, bebiendo y recuperando desde muchas fuentes ya perdidas”.
Curiosos como somos, no hemos perdido detalle del despliegue de instrumentos que han traído los murcianos, laúd, guitarra, guitarro (instrumento anterior a la implantación de la guitarra española, de diferente afinación y con diferentes tamaños, número de cuerdas y afinación), bandurria, platillos, cañas (las llaman castañetas), violín, castañuelas (en Murcia se llaman postizas) y pandereta. Preciosas las blusas y esparteñas, elementos del traje regional murciano, que han traído Alfonso y Javi.
Hemos tenido el privilegio de escuchar la música en directo, sin amplificación, con los músicos intentando, y finalmente consiguiendo, implicar al público para que saliera a bailar jotas, y bailes “agarraos” como mazurcas y pasodobles, estos dos últimos ritmos se introdujeron a finales del siglo XIX, e incluso nos han ofrecido un foxtrot. Con los bailes la sala se ha venido arriba, así como en la improvisación final de Pedro, donde nos ha nombrado a los asistentes en unas coplas que iba inventando.
Antes nos habían expuesto un amplio repertorio de esa música “sin concesiones”. Comenzaron con las Parrandas, composición del sureste español que tiene su origen en las seguidillas, como la parranda del Tío Perete de Puerto Lumbreras, municipio de Murcia que linda con Almería, y que suenan por tanto con cierto aire flamenco. Desconocedores de estos sones, las explicaciones de Pedro nos han resultado tremendamente útiles. Así nos ha contado que hay parranda “sordas”, que no se cantan, o que hay dos tipos de Malagueñas murcianas, las “antiguas” y otras más movidas que tienen otras denominaciones, casi tantas como cantantes que introduzcan su individualidad y su matiz. De nuevo la influencia del flamenco. Cuando ha llegado el turno de una Malagueña “cartagenera” el grupo ha sacado unas cañas de río convertidas en instrumento de percusión. Incluso han ofrecido una sevillana sin letra, cuya melodía me ha recordado a aquel “Arenal de Sevilla y olé, Torre del Oro”.
Los cuatro músicos se juntaban por primera vez como “grupo” al uso para ofrecer este concierto, único en cuanto a concepción, de música de amigos y cuadrillas, de fiestas populares, de recuperación de la tradición oral, lleno de la improvisación y la genialidad que mandan en esta música. Así un tema no suena igual dos veces aunque lo ejecute el mismo músico o una nueva tonalidad para una canción se encuentra por pura casualidad tras varios días tocando de fiesta y sin apenas dormir. Una auténtica joya.
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“Vernon Subutex1” de Virginie Despentes, ¿qué fue de aquellos punks?


Virginie Despentes ha realizado un trabajo espléndido en su novela “Vernon Subutex1”, primera parte de una ambiciosa trilogía. El inicio de la saga me ha dejado con muchas ganas de seguir leyendo los siguientes volúmenes, que publica en España Ramdon House. Mi admiración por una autora que ha logrado una potentísima novela coral, con protagonista masculino, y a la que no se puede echar en cara esa expresión tan machista de que se trata de una novela escrita por una mujer y por tanto, para mujeres.
“Estamos en el tercer milenio, todo está permitido”, dice uno de los personajes de “Vernon Subutex1”. Si dentro de cien años alguien quisiera conocer cómo era la vida en la segunda década del año 2000, una forma rápida de ponerse al día sería leer la novela, un fresco enormemente entretenido y completo sobre la Europa del siglo XXI, uniforme “gracias” a los efectos de la globalización, un continente agonizante y que no sabe a dónde se dirige ni qué terminará siendo. París, el escenario de la novela, se ha convertido en un decorado de “cartón piedra” repleto de turistas; sus calles “son una máquina expendedora de recuerdos”.
Novela de marcado tinte social, “Vernon Subutex” se ocupa de temas como la crisis económica, el fin del capitalismo, la destrucción de lo público y del estado del bienestar por parte del neoliberalismo, a sociedad multirracial donde no hay verdadera integración, los traumas de la cincuentena en una generación “rockera” que se hace vieja “sin pasar por la madurez”, el islamismo o el auge de la extrema derecha entre jóvenes de clase obrera, racistas y fascistas. Despentes ha escrito una fascinante novela coral que gira alrededor del personaje que da nombre al libro, aunque en la narración se asume la mirada y el punto de vista de cada uno de los personajes, que prestan su voz en diferentes momentos de la historia.
La novela se puede encuadrar además dentro del género de narrativa rock, ya que está repleta de música, músicos y canciones. Muchos de los personajes tienen que ver con el mundo del rock, como Alex Bleach, el “ángel caído del rock francés”; una periodista musical; antiguos músicos o el propietario de una tienda de discos llamada Revolver. Al mismo tiempo la música que escuchan ayuda a caracterizar a los personajes. Así aparecen Crazy Caravan, The Easybeat, David Bowie, Jimi Hendrix, Janis Joplin, Steve Winwood, Fugazi, Joy Division, o la música que pincha Vernon en la mansión de Kiko, un tiburón de las finanzas. Los pensamientos que la música produce en la cabeza del broker mientras suena son un prodigio de buena escritura.
La autora ofrece una mirada irónica y descarnada hacia todas direcciones. Arremete contra los artistas, “culturetas” y hacia esos intelectuales de izquierdas que defienden a víctimas silenciosas y que no dudarían en intercambiar si llegaran a tomar la palabra, “buscarían otras víctimas silenciosas”. Se muestra inmisericorde con esos cincuentones con dinero e ínfulas, que se las dan de modernos, “La pureza de los pequeños burgueses obedientes que se conceden un espacio de rebeldía” y con los que fueron jóvenes rebeldes y no supieron crecer “Las mujeres evolucionan con la edad. Intentan entender lo que les está pasando. Los hombres resisten heroicamente, y luego retroceden de golpe”. También ataca a los tiburones de los negocios y a los ultraderechistas, además de lanzar su afilada escritura hacia las redes sociales, donde se cuelgan publicaciones “de indiscutible encanto, idóneas para despertar las mayores simpatías posibles”. Despentes reflexiona como antes de Internet la relación con los medios de comunicación no consistía sólo en la desconfianza, porque la red es además campo abonado para los comentarios anónimos y los trolls. “Lanzar un linchamiento mediático es fácil todavía se revientan los contadores de vistos artificialmente y la cultura contemporánea de cuántos likes su estrategia es escandalosamente fructífera es la es la fiebre del oro nadie entiende nada de nada pero todo el mundo quiere su pepita. El que ataca es aquel al que se escucha siempre. El desprecio se transmite con más facilidad que la sarna Internet es la herramienta de la delación anónima del humo sin fuego y del ruido que corre sin que se sepa de dónde viene”. El usuario de las redes no es capaz de producir ningún análisis “sólo rabia y un asco enfermizo”, mientras asiste a la descomposición del mundo como un espectáculo.
La historia es una eterna búsqueda. Así, Silvye busca a Vernon; El productor busca a Xavier; todo facebook busca a Vernon por el hashtag contra él subido por Silvye. Muchos buscan las cintas grabadas por Alex, en esta primera parte aún no sabemos por qué. Todos los personajes buscan la felicidad; la búsqueda es lo que les conecta. Hay tal cantidad de personajes que no da tiempo a desarrollarlos a todos, algunos se quedan en meros esbozos. Sin embargo, la capacidad de observación e ironía de la autora logra esquivar la caricatura, armar una galería de personajes sólidos, incluso los más episódicos. La novela levanta su andamiaje a partir de Vernon, quien, tras años sobreviviendo después de cerrar su tienda de discos y quedarse sin ingresos fijos, sin tener apenas contacto social y sin mantener relaciones sexuales, inicia un recorrido por una serie de domicilios de gente de su entorno, donde se encuentra con una galería de personajes de lo más variopinto en cuanto a edad, sexualidad, procedencia, ideología, profesión, estatus y condición. Estos son los principales:
Vernon Subutex, a duras penas superviviente de una industria analógica engullida por los tiempos modernos, se ve obligado a cerrar su tienda. La falta de ingresos le lleva a una inevitable cuesta abajo. La situación de Vernon plantea uno de los graves problemas actuales de las grandes ciudades europeas, donde poco a poco sólo pueden vivir ricos y turistas, y su despersonalización al tratarse de un espacio donde las familias y los amigos pierden el contacto. Vernon es definido como un  tipo enrollado, bonachón, “burlón, sin ser bocazas”. Sus ojos azules siempre le han proporcionado un gran éxito entre las mujeres. Su forma de seducir se basa en subir en un pedestal a la que le gusta, la “acribillaba a halagos” y cuando se cansa, la deja plantada sin más. A pesar de estar ajado, conserva su magnetismo y su capacidad de seducción. Supone para algunas mujeres “el sabor del cuero y la blasfemia, del hombre salvaje y peligroso”. Agobiado por sentir que no ha sabido ver hasta qué punto Alex se estaba destruyendo, se justifica diciéndose que “dejarlo en paz también es una manera de ser su amigo”.
Álex Bleach, el ídolo del rock de vida trágica, una suerte de Kurt Cobain negro y francés. Sufre la enfermiza pasión del adicto, “nada libra de la angustia como la droga, ninguna mujer es tan dulce y tan de confianza como el polvo”. Alex, “auténtico hijo de obrero”,  al que el éxito le aterroriza y le hunde en los abismos de la depresión.
Emilie, bajista de la banda punk de los años 80 Chevaucher le Dragon, quien treinta años después vive como una aburrida burguesa. Se ha vuelto implacable con la propiedad, antes pasaba olímpicamente. “Se ha convertido en lo que sus padres esperaban que se convirtiera”, excepto en ser madre, así que todo lo demás “no cuenta”, desentona en la familia. Aquejada de una fuerte depresión, es la eterna amante que nunca llegará a ser la "oficial", se lamenta de sus equivocaciones, "¿Por qué algunas personas se empeñan en destrozarse mientras que para otras parece tan fácil hacer las cosas como hay que hacerlas?”. Frágil, harta de “poetas de los cojones”, la terapia le ha enseñado “a cerrar su puerta de vez en cuando”. Integrante de un grupo de punk en su juventud, tuvo que soportar sola el machismo de sus colegas al ser la única chica del grupo; según ellos les “cortaba el rollo”, el punk rock debía seguir siendo “cosa de hombres”.
Xavier es un guionista en horas bajas. Representa a las clases medias europeas escoradas a la derecha, con un discurso racista. Se ha convertido en un gran charlatán. Dominado por su rica mujer, lleva una vida que no le satisface.
Laurent, ejecutivo. Productor de cine, egocéntrico, inseguro, ansioso y angustiado, "para él la mala educación es un principio". Paga por hundir la reputación de sus rivales.
Silvie, burguesa de izquierdas, a la que le ha salido un hijo de derechas. Aquejada del síndroma del nido vacío al abandonar su hijo el hogar familiar para irse a vivir con su novia. Drogadicta en su juventud, considera que ha podido controlar su adicción, “Es difícil ser una buena drogadicta, poca gente lo consigue” para ello hay que saber “gestionar su consumo”. Ex pareja de Álex años atrás, rompieron y la muerte de él hizo hecho imposible una reconciliación. Frívola y obsesiva, lo que más le gusta de sus amigas es despellejarlas cuando se dan la vuelta.
Lidia Bazooka, periodista y escritora, bulímica y adicta al sexo y a Internet, con la “capacidad de concentración de una polilla”. Obsesa del rock, “una pirada que se refugió en sus discos” y auténtica fan de Álex, a quien siguió y entrevistó como periodista. Quiere hacer una biografía sobre él, pero Vernon no tiene claro que consiga sacarla adelante, “Tenía la labia de los que no consiguen poner en marcha su proyecto. La acalorada verborrea que ocupa el lugar del paso a la acción”.
Pamela, una estrella porno retirada, amiga de Satana, una de las parejas de Álex Bleach. “En nuestra época, si queríamos joder al mundo hacíamos porno, pero hoy en día basta con ponerse el velo”, opina Pamela de las nuevas generaciones, que “son un coñazo”.
Gaël, lesbiana, de edad similar a la de Vernon, aunque parece bastante más joven. Hija de burgueses, sobrevive en la bohemia, flotando por encima de las contingencias materiales.
Aisha, hija de Saltana. Joven inmigrante de segunda generación, hija de padre musulmán pero laicos. A la generación anterior les vendieron al llegar a Francia la quimera de la igualdad pero en realidad jamás fueron tratados como franceses, no tenían las mismas oportunidades ni podían acceder a los mismos empleos. La hija ha abrazado la religión como forma de protegerse y aliviarse.
Marcia, madura y deslumbrante trans brasileña, de la que un fascinado y confundido Vernon se enamorará perdidamente.
Patrick, marxista, ex Hell Angel, ex bajista del grupo de hardcore Nazi Whores, maltratador. Él no cree que esos golpes sean malos tratos, al igual que mujeres, que aguantan pensando que el amor lo solucionará todo.
El capítulo donde aparece Kiko, el bróker, es rápido como sus pensamientos, como una raya de coca, como una operación en la bolsa, como las decisiones que toma a toda velocidad en sus negocios. De noche, su vida se compone  de droga, alcohol, mujeres y desfase. De día, son atareados hombres de negocios. El que no sabe mantener el ritmo se queda fuera del juego. “Su cerebro es una gigantesca intersección”. Al millonario Kiko le repugnan los pobres. Van en metro, ganan menos de 5000€ al mes, limpian y hacen la compra, gente de segunda, que tienen lo que merecen. La vida es la guerra y él es un mercenario.
Preparada con mucha curiosidad para leer la segunda parte, que espero me resulte tan adictiva como ésta.
“Vernon Subutex1” de Virginie Despentes. Literatura Random House, 2016.

“Tea Rooms. Mujeres obreras” de Luisa Carnés, justicia para los vencidos


“Recuerdo un bonito collar de ámbar con el que yo que jugueteaba de niño, algún olor, sensaciones”, nos contaba Alejandro Puyol, nieto de la escritora madrileña Luisa Carnés. Alejandro y su hermano Juan Ramón nos hablaron de “Tea Rooms. Mujeres obreras”, en el que ha resultado nuestro gabinete de lectura más emotivo y tierno, a pesar de lo combativo de la literatura de Luisa Carnés, autora injustamente olvidada que ha sufrido un merecido renacimiento ochenta años después de que se publicara esta novela, ahora redescubierta por la editorial asturiana Hoja de Lata.
Como se explica en el completo epílogo de Antonio Plaza Plaza, uno de los mayores expertos en la literatura de Luisa Carnés, la autora, autodidacta, llegó a la literatura por la necesidad de evadirse de su realidad. Nacida en el madrileño barrio de Huertas en 1905, la pobreza la llevó a dejar el colegio con once años y trabajar desde entonces, aunque mantuvo un constante esfuerzo para su autoformación. La situación de Luisa nada tenía que ver con el universo de las letras, fue la calidad de su trabajo y su determinación lo que le llevó a hacerse un nombre entre las autoras de la época de la Segunda República, hoy injustamente olvidadas, reflejo de la batalla por la igualdad que se impulsó en aquellos años. Luisa abordó en sus obras la problemática de la mujer, sometida a condiciones laborales peores que las de los hombres, convirtiéndose en una destacada autora de la novela social femenina, en la que se reflejaba el surgimiento de una mujer nueva que buscaba la emancipación a través del trabajo, la cultura y la lucha colectiva. Los planteamientos de la novela siguen hoy estando vigentes.
Luisa conocía bien el mundo de las “mujeres obreras” que aparecen en “Tea Rooms” y en muchas de sus obras. Siendo una niña entró a trabajar en el taller de sombreros de una tía suya y trabajó después en una pastelería, el escenario de su “Tea Rooms”. También desempeñó trabajos de telefonista o mecanógrafa en una editorial, mientras comenzaba su formación autodidacta a través de sus lecturas. En 1928, año en que publicó su primera novela, “Camino del calvario”, consiguió un trabajo en la Compañía Iberoamericana de Publicaciones (CIAP), una importante editorial española de la primera mitad del siglo XX, que quebró en 1931. La vida de Luisa se vería irremediablemente marcada por la Guerra Civil. Su firme posicionamiento a favor de la República le llevaría a exiliarse en 1939 en México, país donde falleció en 1964 de manera inesperada. Esposa del cartelista y pintor Ramón Puyol, autor del célebre cartel del “No pasarán” y abuelo de nuestros invitados, fue posteriormente la pareja del poeta Juan Rejano. Luisa también desempeñó una prolífica actividad como periodista, colaborando con Mundo Obrero. Puyol no salió de España, fue encarcelado y condenado a muerte, pena que se le conmutó por condena a trabajos forzados en la restauración de frescos en El Escorial y el Palacio Real de Madrid. Rejano falleció en 1976 en México cuando preparaba su regreso a España. 
Luisa Carnés fue una prolífica autora de cuentos y novelas, “Tea Rooms”, calificado por ella de "novela reportaje" y su libro más conocido hasta la fecha, forma parte de lo que se considera una trilogía, donde la autora es de alguna manera la protagonista . “Natacha”, publicada en 1930 y basada en sus experiencias como trabajadora en una sombrerería de la calle Moratín en el centro de Madrid, recoge las dificultades del trabajo, los horarios interminables, los sueldos magros, la discriminación laboral femenina. “Tea Rooms”, publicada en 1934 y considerada su novela más lograda a decir de los críticos, es una obra de mayor madurez; Matilde, la protagonista, es también un alter ego de Luisa. “El eslabón perdido”, escrita ya en el exilio mexicano, cuenta la historia de un profesor preocupado porque su hijo ha perdido sus raíces con España, tratando así el tema del desarraigo, una preocupación de la autora.
Alejandro y Juan Ramón reconocieron que aún están descubriendo la obra de su abuela. “2014 fue un año muy importante para la obra de Luisa por la edición facsímil de “Tea Rooms” (Asociación de Libreros de Lance) y  también por la publicación de la tesis doctoral de Iliana Olmedo, “Itinerarios de exilio”. Destacaron que, hasta la edición de Hoja de Lata, la obra de Luisa había sido objeto de estudio en un ámbito exclusivamente académico. Sin embargo, según su opinión en el éxito de la reedición ha tenido mucho que ver Hoja de Lata, una editorial independiente asturiana, “más viva, que conoce bien las redes sociales, lo que ha contribuido en que el libro tenga mucho tirón y mucho éxito”.
La quinta edición de la novela demuestra que los lectores la han acogido con entusiasmo. A pesar de haber sido escrita en los años treinta, “Tea Rooms” se mantiene fresca y actual, gracias a los temas que aborda, como el aborto, jornadas de trabajo extenuantes sustentadas “en el temor al superior”, salarios miserables, hambre, acoso en el trabajo, crisis económica, trabajadores desunidos y sin conciencia de clase o la defensa de los derechos de la mujer y de los trabajadores. Novela coral, donde las trabajadoras del salón de té componen los diferentes caracteres que se suelen encontrar en un centro de trabajo. El dueño, duro y distante, al que sólo le interesan los resultados favorables para su negocio; la encargada, el desagradable mando intermedio que aprieta las tuercas a las trabajadoras para el beneficio del patrón; Antonia, la empleada más antigua, buena mujer pero temerosa de los que mandan, nunca ha visto reconocido su buen trabajo pero ella lo acata mansamente; Marta, casi una niña, la miseria que vive su familia le ayuda a distraer algunos beneficios del local; Paca, aún joven pero sólo dedicada en su escaso tiempo libre a los rezos y las monjas; o Laurita, la alocada ahijada del dueño, cuyos sueños la convertirán en víctima de un desgraciado final. La protagonista es Matilde, alter ego de la autora, que carga “el peso de su condición de explotada”, doblemente porque a la explotación laboral se une en el caso de las mujeres la explotación por su género, incluyendo abuso sexual. Ella sí tiene conciencia de esa eterna división de clases entre “los que suben en ascensor y los que utilizan la escalera interior”, es rebelde y aspira a un futuro mejor, tiene inquietudes políticas, vaticina “la llegada de una nueva era, que ponga fin a la explotación, en la que los obreros dejen de pasar hambre”; el triunfo de “una sociedad fuerte, culta, sana, sustituirá a la actual sociedad, depauperada y famélica”. Para Matilde la esperanza en un cambio viene de Rusia, donde hay un sistema criticado por “los ricos y los pobre ignorantes, o los fanatizados por la religión, para los que los libros y la ciencia son la condenación eterna”.
La mujer es el eje del libro. “Tea Rooms” aboga por las mujeres que se independizan, “que viven de su esfuerzo sin necesidad de aguantar tíos”. Sin embargo, ellas también sufren explotación, en este caso el de los patronos, “de una u otra forma, la humillación, la sumisión al marido o al amo explotador”. España es un país atrasado, donde las únicas que podrían emanciparse a través de la cultura son las hijas de ricos, “pero a ellas no les preocupa la emancipación”. Ellas viven una buena vida, “el hambre es el que engendra rebeldes”. Las empleadas, a cambio de trabajo duro sin apenas descanso, obtienen un mísero sueldo. Ese aprendizaje para ganarse la vida “hay que pagarlo”, pero pagarlo “en lágrimas y humillaciones”.
La autora se muestra también muy crítica con España, “en todo país culto son respetadas las ideas por avanzadas que estas sean; aquí, el menor gesto de simpatía hacia determinado país desencadena contra el individuo no sólo las iras policiacas, sino del elemento civil de todo el país”. Sin la solidaridad obrera y la unión de los trabajadores es imposible alcanzar avances, pero eso no es posible en España, donde lo único que se hace es quejarse por detrás. “El que habla es el que pierde”, es la opinión generalizada. Las cabezas “se agachan medrosas” ante lo que ordena el patrón, que tiene “la llave del estómago” de cada uno de sus trabajadores y es que “la necesidad atrofia el sentido moral”, lleva a  “acostumbrarse a todo”.
Un libro muy madrileño, que rezuma autenticidad y compromiso, de una de las integrantes de aquella generación de la República, surgida en un momento en la que se revitalizó la vida española en muchos aspectos. Luisa bebió de toda aquella efervescencia, había una revolución en marcha, se presentía que algo iba a pasar. Sea una suerte de justicia poética o buen karma, el caso es que Luisa Carnés está hoy más vigente que nunca, apoyada con entusiasmo por su familia y sus fantásticos nietos.           

Ropa música chicos, de Viv Albertine. Encuentro con los lectores ♡


Pocas cosas hay más decepcionantes que la mitomanía. En mala hora conocemos a algunos de nuestros ídolos. El encuentro de lectores con Viv Albertine, figura destacada del punk inglés desmiente ambas afirmaciones.
Viv Albertine, guitarrista de The Slits, estuvo en el lugar adecuado en el momento preciso, en todo el centro del ojo de aquel huracán, aquella Inglaterra de la era Thatcher, un lugar horroroso que originó tantas cosas increíbles: el movimiento punk, bandas y más bandas, arte, moda, música, cine. La entronización del Do It Yourself, en un tiempo plagado de extremismo, locura y diversión. Y mucha  mitología.
Viv tuvo banda propia, conoció a todos los músicos chulos, tuvo sus más y sus menos con alguno de ellos (Mick Jones o Johnny Thunders), y su lista de conocidos marea: The Clash, Sex Pistols, Malcolm McLaren y Vivienne Westwood, John Peel, Julien Temple. Pero lo que ella fue, es, lo ha conseguido por sí misma. Sufridora de la violencia de la escena punk, del desprecio del padre y de la falta de comprensión de sus parejas, ha sabido salir airosa de todo aquello a lo que se ha enfrentado. Superviviente nata, Viv ha superado la enfermedad, las dificultades para ser madre, ser un icono del punk e incluso el machismo imperante en el mundo del rock.
Cuando salió “Ropa música chicos”, el libro de Viv editado en español por Anagrama, pensé que era la clase de libro lleno de música, reflexiones y anécdotas que no podía dejar de leer. La casualidad ha querido que su única visita a España haya coincidido con nuestra presencia en Barcelona. Era imposible perdérnoslo.
La sonrisa de Viv ha brillado desde el momento en que ha hecho acto de presencia en la terraza de La Central. Llegaba de un encuentro con periodistas en el Primavera Sound, desfallecida, lo primero que ha hecho al llegar fue comerse un bocadillo de tortilla y una cookie. Delgada, alta, vestida con una preciosa camisa desteñida, vaqueros y chanclas negras, la guitarrista se mantiene joven de manera natural. Extremadamente amable y cálida, Viv ha departido con los lectores que nos hemos acercado a saludarla y a que nos firmara el libro, sin barreras levantadas por editorial, manager o prensa, con la más absoluta naturalidad. Hablarle en mi deficiente inglés a todo un icono del punk como es Viv no es cosa de broma pero su jovialidad me ha animado a no quedarme callada y decir algo más allá de las cuatro palabras de rigor.
Ahora me queda leer estas memorias, por lo que dicen, escritas de manera más que competente. La tarde de hoy nos ha dejado claro que Viv es una de las nuestras y que, como ella afirma, las mujeres “Juntas somos invencibles".


Manual de exilio de Velibor Čolic. El desgarro de los refugiados



Es “Manual de exilio” de Velibor Čolic, editado por Periférica, uno de los libros que más me han impresionado y más hondo me ha llegado, de los leídos en el Gabinete de Lectura de La Central. Porque nosotros convivimos con el exilio. A pesar de los esfuerzos por sobrellevarlo, el exilio siempre está ahí, latente. Su mordisco acecha en las noticias sobre los territorios ocupados, las llamadas de la familia, en muchos recuerdos del ayer. Nadie sale ileso del exilio. Todos deberíamos leer este libro.
“Manual de exilio” aborda el drama de un refugiado de la guerra de Bosnia, aquel horror sucedido en los años 90 en el interior de Europa, que demostró hasta qué punto los seres humanos podemos ser tibios, egoístas e indiferentes ante el dolor de nuestros semejantes. Aquella guerra terminó pero aún hoy, décadas después, supuran unas heridas difíciles de cerrar. Los Balcanes son uno de esos sitios “con tanta historia”, que llega a resultar “insoportable”, porque nunca tendrán tranquilidad. Čolic, “perdido en una Europa ciega, indiferente al destino de los nuevos apátridas”, reniega de esa Europa que apenas hizo nada por frenar aquella locura que se llevó sus vidas por delante, “Tengo demasiado acento y demasiada guerra para ser europeo”, afirma. También arremete contra esas supuestas “buenas intenciones de políticos, politicastros, gurus, humanitarios, todos muestran interés y se entrometen en el destino de mi pobre y martirizado país”. El infierno está lleno de buenas intenciones, sabemos de eso.
La de exiliado es una “segunda existencia, dura, fría y adulta”. El drama del exilio y de los refugiados sigue hoy vigente. A situaciones enquistadas, como los más de cuarenta años que llevan fuera de su tierra los refugiados saharauis, a los emigrantes africanos que llevan años muriendo en el éxodo a esa supuesta tierra prometida, se une estos últimos años la tragedia de los refugiados sirios, también iraquíes, afganos, palestinos..., que huyen de guerras, masacres, hambrunas y ocupación. En 1992, año en que Čolic desertó del ejército bosnio y arribó a Francia, los refugiados partían de de Irak, Bosnia, Somalia o Etiopía.
Čolic recorre en “Manual de exilio” sus primeros años como refugiado en Francia, el país de la “igualdad, libertad y fraternidad” pero que a la vez tiene mucho que ver como antigua potencia colonial en el drama de tantos pueblos que sufrieron su opresión y aún hoy sienten su intromisión y sus injerencias. Se muestra amargamente crítico contra la “Europa dormida”, llamada a repetir una y otra vez antiguos errores. Como exiliado el autor atraviesa “el escandaloso silencio y la indiferencia del mundo”, marchando errante por diferentes territorios (también recala en Budapest) que jamás podrán reemplazar su lugar de nacimiento. Así define al refugiado como un “hombre sin papeles y sin rostro, sin presente y sin porvenir”. Se trata de una existencia desposeída de sentido, “Ya no tengo nombre, ni soy mayor ni joven, ya no soy hijo ni hermano”; el exiliado es menos que nada, “Soy un perro mojado de olvido”.
Sin concesiones ni medias tintas el libro muestra el abismo que existe entre “el mundo de verdad y el inframundo de los ciudadanos de segunda clase, sin papeles, sin rostro y sin esperanza”; la desgarradora separación de la gente con la que se ha vivido y ya no está, “son nosotros mismos: somos nuestra propia historia”. Poco a poco su país correrá el peligro de diluirse en su memoria, “sólo existe en el espejo deformado de mis recuerdos”.
El testimonio de Čolic tiene más valor porque no sólo se muestra crítico con los demás, también expone con sinceridad sus propias miserias. Así, cuando pasa por la experiencia de los centros de acogida, siente que ese no es su lugar al creerse superior al resto de acogidos, no sabe canalizar su frustración, “Agotado, enfadado conmigo, con el mundo, con la guerra”, el orgullo no le permite aceptar su destino, “una nueva vida sin mañana”. El alcohol será, momentáneamente, la equivocada vía de escape para combatir el “frío metafísico que le habita”, aunque emborracharse no sea más que una “ceremonia amarga”, que lo empeora todo.
Escritor en su antigua vida, Čolic se ve despojado de esta forma de expresión en Francia al desconocer el idioma. Lo primero que tiene que hacer al llegar es asistir a clases de francés, pero la dificultad para expresarse en la nueva lengua es mucho más frustrante para un hombre de letras como es su caso. La única forma de empezar de nuevo es el olvido de lo anterior. Su terapia es la escritura y el aprendizaje del nuevo idioma, “Así el dolor permanecerá para siempre en mi lengua materna”. La literatura, ese “centinela valiente”, será una tabla de salvación. No obstante el autor tampoco se corta ante la crítica al mundillo literario e intelectual francés, que le acoge como una criatura exótica de un país cuyo drama estaba entonces “de moda”.
La amargura que invade el libro no da lugar a buenismos ni recetas mágicas. La del exilio es una experiencia de la que nadie sale indemne. Las frases de Colic, secas y certeras como balas, no nos conceden tregua: “Miro furtivamente aquel mundo que no es el mío"; “Antes de la guerra era un hombre, ahora soy un insulto”; “Soy el otro, el que no entiende nada y no consigue hacerse comprender”; “A los refugiados les está prohibido soñar”; “Un hombre sin papeles es un hombre sin rostro. El hombre sin patria no es nada”; “Estoy robotizado por el miedo, deshumanizado por la miseria”. “Soy una mancha molesta y sucia, una bofetada en el rostro de la humanidad. Soy un inmigrante”; “El hombre despojado de su tierra no puede aspirar al cielo”.
Un libro desgarrador, que rezuma emoción y verdad en todas sus páginas. Imprescindible.

La levedad de Catherine Meurisse. Una novela gráfica “para no perder nada de lo que ocurrió, porque lo perdí todo”


En la mañana del 7 de enero de 2015 dos hombres que portaban Kalashnikovs irrumpieron en la sede de la revista satírica Charlie Hebdo en París en el momento en que tenía lugar una reunión editorial. Dispararon hasta 50 tiros y mataron a doce personas, dos de ellas miembros de la Policía Nacional de Francia, e hirieron de gravedad a otras cuatro. Fueron asesinados en el ataque Stéphane Charbonnier (director de la revista desde 2009), los dibujantes Cabut, Tignous, Georges Wolinski, Honoré (intelectual y erudito de Historia del Arte) o el corrector de textos Mustapha Ourrad, entre otros. Catherine Meurisse, una las dibujantes de Charlie Hebdo, se durmió aquella mañana y escuchó la matanza cuando llegaba al edificio. Después de un tiempo en estado de shock, que le supuso pérdida de memoria, problemas en el lenguaje y le impedía dibujar, comenzó un proceso de curación a través del arte y la belleza. El resultado es su novela gráfica “La levedad”, editada en España por Impedimenta, donde habla sobre lo que pasó después de aquel amargo 7 de enero, fecha que repitió en varias ocasiones, “Una experiencia tan personal, estuve en el centro, por eso es muy difícil para mí tener una visión mundial. No sé si hay una mayor conciencia de la libertad de expresión, hay mucha hipocresía política al respecto”.
Meurisse, licenciada en Historia del Arte y Lenguas Modernas y autora de otras novelas gráficas como “La comedia literaria” (repaso a la historia de la literatura francesa), ha recalado en España para hablar de su trabajo. El Institut Français acogió en Madrid la presentación de “La levedad”, definida como un “álbum impactante y emocionante, una catarsis de gran calidad gráfica y emocional, en el que habla de forma brillante de sentimientos”. Allí pudimos ver a una autora cercana, sumamente agradable y certera, que nos brindó emociones y opiniones de lo más oportunas en estos convulsos días que vivimos. Sin sensiblerías ni dramatismos, llena de sentido común.
“A menudo los libros son más inteligentes que los propios autores”, según Meurisse, quien explicó que por ahora ha abandonado el dibujo de prensa, que “requiere una síntesis de asuntos de actualidad, es muy rápido, muy urgente” y prefiere centrarse en la novela gráfica que le permite “pensar y avanzar despacio”. Aquel 7 de enero se le paró el tiempo y cambió para siempre su vida y la forma de enfrentar su trabajo, “Los supervivientes necesitan dulzura, y eso me lo permite el cómic, un medio en el que me expreso más libremente”. Los atentados cambiaron también su mirada artística, ahora se interesa más por el arte contemporáneo y por sentir obras, separándose poco a poco del discurso de los historiadores del arte. Expresó su predilección por Goya, que por fin ha podido ver en el Museo del Prado, un pintor “muy moderno”, del que destaca “sus atrevimientos gráficos”. Sobre la creación de “La levedad” afirmó que se produjo en un momento lleno de “sensibilidad y emotividad”. La dibujante confesó que no pensaba en hacer un libro en aquellos momento, “solamente necesitaba dibujar”, que realizó en un cuaderno y no en hojas sueltas por miedo a que se perdieran. La selección de los dibujos se hizo de manera natural, “Fue la lógica. Me encontraba en un estado extraño pero sabía lo que tenía que decir”. Tan sólo dejó fuera del álbum el dibujo sobre una pesadilla donde aparecían los asesinos. “El desorden del principio también se ve en el aspecto gráfico del álbum, me vi envuelta en el pánico de no poder volver a dibujar”.
La presentación se realizó en formato entrevista. El encargado fue el periodista de El País Guillermo Altares, que definió “La levedad” como un “cómic extraordinario en el terreno personal para lidiar con aquella tragedia y en el artístico como puro retrato de aquellos momentos que cambiaron la vida de Europa”.
GUILLERMO ALTARES: Hay un cierto sentido de irrealidad en ocasiones en “La levedad”, como de seguir pensando que no ocurrió.
CATHERINE MEURISSE: Sí soy consciente. He hecho el álbum para que se sepa lo que ocurrió, todo lo que está ocurriendo. Sigue siendo un sinsentido irracional el acto de los asesinos, matar a unos dibujantes. Sigo sin entenderlo pero es real. Lo he hecho para no olvidar cómo ocurrió y lo qué ocurrió después. Para no perder nada porque lo perdí todo
G.A.: En algún momento el personaje es un espíritu libre que se ríe de todo. ¿Cómo construir una sociedad que no tenga miedo?
C.M.: Tal vez desarrollando el sentido del humor. En Charlie Hebdo se dibujaba para no temer a la muerte. Nuestro equipo eran humoristas, gente muy graciosa, sin miedo a decir lo que pensaban y a la vez muy sensibles. El fundador, François Cavanna, que murió en 2014, no soportaba la idea de la muerte. La mejor forma de olvidar que somos mortales es reírnos. Recibimos críticas cuando somos humoristas de actualidad pero en realidad de lo que nos burlamos es de la condición humana. No eran sólo humoristas, eran personas muy profundas incluso filósofos.
G.A.: No esperaba que hubiera tanto sentido del humor en este cómic.
C.M.: Si hubiera perdido el sentido del humor habría sido la muerte. En “La levedad” intenté recuperar mi condición de dibujante y también recuperar el humor para no volverme loca. Me sirve para no caer en algo demasiado dramático, presento un remedio para sanar. El humor es muy útil, no quería separarme de él.
G.A.: En “La levedad” hay muchas imágenes sin texto.
C.M.: Reflejan mi silencio interior después del atentado. No quiero contar lo que ocurrió después de los tiros, prefiero enseñar esta secuencia onírica. La cultura fue asesinada aquella mañana. En el álbum atravieso los muros en silencio y me topo con “El Grito” de Munch, que viene a romper el silencio poco a poco. Ese grito es el que no pude sacar el 7 de enero por el trauma y el abatimiento. El 2015 fue un año de silencio. Apelo a un pintor para que me ayude a expresar lo inexplicable. Tomo imágenes de los pintores y escultores a los que pido ayuda, es un SOS a los artistas. Lo importante después del 7 de enero era actuar y caminar.
G.A.: En el álbum aparece Rothko.
C.M.: Sí, siempre me ha gustado mucho. Me ayude a través de Rothko para reflejar una escena que viví poco después del atentado. La experiencia fue como un incendio, un rojo no de sangre sino un rojo de vida.
G.A.: También aparece Caravaggio, un pintor violento.
C.M.: A lo largo de 2015 tuve una cierta obsesión con la belleza. Me fui a Roma a buscarla. Daba largos paseos y necesitaba entrar en museos e iglesias. Caravaggio me atrajo especialmente. Es un pintor asesino y paradójico, de enorme potencia. Los claroscuros de Caravaggio frente a la oscuridad de los asesinos y la claridad de la luz. Atravieso la muerte y la violencia y Caravaggio me ayudaba a ver la muerte de la que yo me escapé y en la que murieron algunos de mis amigos. La sala de redacción se parecía al cuadro “La balsa de la medusa”, según me contó Sigolène Vinson, una de mis compañeras en la revista que sí estuvo presente aquella mañana. Fui con ella y con mi hermana a contemplar el cuadro, que tiene una connotación de esperanza.
G.A.: En la puerta de la sede de Charlie Hebdo había flores, mensajes, poesías, y ahora ya no queda nada.
C.M.: No me molesta que no haya ninguna huella. No soy muy partidaria de las conmemoraciones. Ya se hicieron y ahora la vida normal debe volver. No olvidamos aunque ya no haya flores. Allí están mis dibujos, los de mi compañera Sigolène Vinson, al lado de retratos de otros dibujantes anónimos. Nuestros compañeros están en nuestra mente y en nuestro corazón.
G.A.: Proust es la conexión entre tus libros y la literatura francesa.
C.M.: Sí, empecé a leerle tarde, con 29 años. En mi vida hay un antes y un después de Proust, no es un tópico. Proust es mi ayudante de vida. No soy una especialista en él pero me gusta todo lo que ocurre con Proust, aunque después del 7 de enero perdí la memoria de los textos. Un mes después del atentado fui con una amiga al Gran Hotel Cabourg, en el que estuvo Proust, allí nos comimos una magdalena y una infusión y mi amiga me leyó un texto de “En busca del tiempo perdido”. Pero yo no sentía nada, tenía la memoria bloqueada para la literatura. Al principio sólo me ayudaron las artes visuales, la literatura me ayudó pero tiempo después.
G.A.: Tienes gran simpatía por los escritores de la Edad Media, por su libertad para romper con los códigos de la época.
C.M.: Es así. La Edad Media queda muy lejos pero el arte producido entonces es maravilloso y enriquecedor para un dibujante. Como el Romance de Renart, un conjunto de poemas de los siglos XII y XIII de los que no conocemos exactamente a los autores. Ese uso de los animales como personajes se ha utilizado mucho posteriormente. Es de alguna manera como el Charlie Hebdo de la Edad Media.
G.A.: Tal vez ha habido una banalización del “Je suis Charlie”.
C.M.: No puedo criticarlo. Entiendo que la gente se haya agarrado a este lema igual que yo hacía yo lo hacía a la belleza. Cada uno ha hecho lo que ha podido. No cuestiono la sinceridad de la gente aunque es verdad que fue un poco surrealista, me sobrepasó. Charlie se convirtió en un símbolo cuando siempre odiamos desde la revista de los símbolos. La pregunta realmente debía ser ¿quién soy yo?, eso es lo que yo me preguntaba y lo que quiero decir está en el libro.
G.A.: En tu estancia en Roma sigues las huellas de Stendhal, pero encuentras la libertad y cierto orden a través del arte.
C.M.: El viaje Roma fue crucial, es donde mi álbum empieza a volar. Me encontraba en la Villa Médici, que acoge artistas franceses. Esta comunidad de artistas me permitió recobrar la sonrisa, me reencontré con los colores, con los detalles, la perspectiva. Es el lugar simbólico de mi reconstrucción.
G.A.: El personaje que más me impresionó es el corrector argelino, un personaje inolvidable.
C.M.: Se trata del corrector de textos, Mustapha Ourrad. Él fue asesinado con los demás y es cierto que tiene un papel importante en “La levedad”. Le veía todas las semanas, era muy discreto y hablábamos mucho sobre literatura. Él era un experto en lengua francesa, un hombre muy culto. Él representa el lenguaje, la palabra que nos faltó en su día para definir la matanza. El terrorismo es el enemigo del lenguaje, aniquiló mi capacidad, fue un transtorno. Me cuesta acordarme de un poema de Baudelaire que recitaba Mustapha, un fanático de la literatura. Pero poco a poco fueron volviendo las palabras. El poema elegido de Baudelaire fue finalmente “Elevación”, muy apropiado. Estoy feliz de haberle dado visibilidad a Mustapha. Los medios olvidaron a algunas víctimas de la matanza, como es el caso de Honoré y Mustapha.
Dejamos a Catherine firmando un montón de ejemplares de “La levedad”, tras haber recibido un cálido y largo aplauso del público. No ha recobrado la levedad, “Sólo con pronunciarlo temo que vuelva a irrumpir el 7 de enero. La melancolía y la tristeza siempre estarán presentes en mí. Actualmente estoy en plena creación de un álbum sobre mi niñez en el campo, sobre las raíces, aquello que no se va a derrumbar nunca, así que también está presente en este nuevo libro una cierta melancolía. Espero reencontrarme con el humor, la viveza y la rapidez pero de momento poco a poco”, concluyó.



Nuestro recorrido por el festival de arte urbano C.A.L.L.E. para dinamizar el barrio de Lavapiés



En los años 90, cuando en mi juventud descubrí Lavapiés, sus rincones y su inimitable encanto de la mano de mis amigos de la radio, al barrio le amenazaba un peligro. Los poderes públicos habían echado el ojo a ese castizo y maravilloso rincón del centro de Madrid, tomado por población envejecida y los primeros grandes grupos de inmigrantes que se instalaban en nuestra ciudad. Entonces la idea era desalojar aquella población para ser habitado por personas de mayor poder económico. De alguna forma aquello se frenó. Veinte años después el problema es otro, la gentrificación. El barrio se está convirtiendo, a la manera de otras ciudades europeas, en un centro para turistas. Muchos pisos se transforman en apartamentos lo que llevará, si no se frena, a la completa desaparición del barrio. Los que amamos Madrid y adoramos Lavapiés, no podemos permitirlo. Hay que presentar batalla desde la cultura y la imaginación.
Así, cuando supimos que la gente de C.A.L.L.E. Lavapiés (Convocatoria Artística Libre Lavapiés Emergente) organizaban recorridos por el barrio comentando las intervenciones artísticas que pueblan el barrio nos apuntamos sin dudarlo. Fue todo un acierto ya que pasamos una deliciosa mañana de domingo visitando las obras y viendo trabajar a algunos los artistas. Este año se celebra la cuarta edición de C.A.L.L.E., que nos lleva a (re)descubrir Lavapiés a través de 50 intervenciones artísticas realizadas en los comercios del barrio. Se trata de una iniciativa de la Asociación Comerciantes de Lavapiés, dirección artística de MADRID STREET ART PROJECT y con patrocinio de Cervezas Alhambra.
De la mano de Marta hemos realizado un recorrido bien interesante. Pintura, rotuladores, cuerdas, espejos, origami, cartón, papel pintado… caben diferentes materiales para unas obras estarán expuestas hasta el 28 de mayo, aunque algunas permanecerán en los comercios todo el año. Para alguno de los artistas es todo un reto intervenir en la calle, porque no forma parte de su cotidianeidad. No están todos los que son pero sí son todos los que están.

Comenzamos el recorrido por una tienda de la calle Ave María, La positiva. Allí el colectivo Escool, han hecho un marco de tela para la puerta, la tela ha sido plastificada y decorada con  dibujos que recuerdan al tatuaje old school, fotos vintage pintadas y alusiones a las redes sociales como #Nomesigas o #Soytufollower

La muralista Martín Corella ha pintado tres monstruos clásicos en la fachada del café cine Dr Steam. Pudimos charlar con la artista mientras terminaba el mural, y nos contó que lo más complicado era pintar desde la escalera, debido a la pendiente que tiene la calle del Olivar, una de las más empinadas del barrio.
Digodiego ha pintado el mural “Vacío” en El Perkal de Lavapiés. Se trata de una obra muy colorida y alegre que sin embargo denuncia la vida solitaria e individualista en las grandes ciudades a través de una figura pintada completamente de negro. Cómo la ciudad deshumaniza y se pierden los espacios comunitarios.

DosJotas ha empapelado las Bodegas Lo Máximo. Se trata de un artista que ve la ciudad “como un campo de acción e intervención artística”, un “terreno donde cuestionar y criticar nuestra sociedad, nuestros hábitos y nuestras ideas”. En el papel pintado ironiza sobre los hípsters, los turistas con sus trolley, las cámaras de vigilancia o los carros de los centros comerciales.

La fotógrafa Cynthia Estébanez nos invita a asomarnos por el visor de las antiguas cámaras de fotos , en su instalación del escaparate de Farmacia Lavapiés, en el edificio donde Isaac Albéniz compuso parte de la suite Iberia. Cynthia pretende “invitar a los vecinos a que exploren y jueguen con las cámaras y descubran lo que habita el edificio y en el barrio”, según nos explicó ella misma.

Erb Mon ha realizado un potente mural de brillantes colores en Decoraciones Acevedo, tienda situada en un edificio en chaflán en la calle La Fe. La pieza tiene que ver con Brasil, con el Amazonas y la Ayahuasca y sobre los estados alterados de conciencia que dan una visión distinta.

La gaditana Marta Nieto, Miss Grandson, ha realizado su trabajo justo enfrente, también en Decoraciones Acevedo. Su mural se articula alrededor de la frase “El mapa no es el territorio”. Mezcla el dato objetivo de la cuadrícula del mapa del barrio (situado del revés, como nos explicó) con las vivencias subjetivas de cada sujeto. Para ella misma, Madrid y Lavapiés son lugares de una enorme carga emocional. 

Maransay ha intervenido en Angatá Arte Africano - Asociación Cultural. Su proyecto habla sobre la identidad del barrio como lugar de encuentro de diferentes recorridos vitales. En Lavapiés convergen personas de origen diferente y con expectativas de futuro distintas. Bahia participó en la instalación, escribiendo en las cuadrículas que aún están vacías para que participe la gente, su lugar de origen, el Sahara Occidental y el lugar donde quiere verse en un futuro, el Sahara Occidental. Golondrinas e hilos de color amarillo que unen el origen y el futuro, convergiendo en el barrio.

Hemos visto uno de los anuncios del artista social Por Favor en la calle Argumosa, un cartel sobre la próxima apertura de un restaurante de comida rápida en el barrio. Sin embargo, sus intervenciones están por todo el barrio. Sus trabajos quieren concienciarnos sobre la intención de convertir Lavapiés en un parque temático, un barrio lleno de apartamentos para turistas. Así su trabajo denuncia el intento de gentrificación del barrio. En su proyecto Lavapiés se divide en varias reservas: la gitana, la musulmana, la africana o la india y se pide a los visitantes del parque temático que “no arrojen comida a los indígenas”.
En muchos de los bares y comercios de Argumosa hay intervenciones de artistas de C.A.L.L.E., como el colectivo Brochka en EL Automático (uno de mis bares de Lavapiés preferidos) con una pintura en la cristalera para concienciarnos sobre comprar en el pequeño comercio del barrio. 
Ampparito ha realizado una intervención en el Restaurante El Económico Soidemersol, su obra tiene que ver con las advertencias sobre cómo los artistas deben preparar los muros para que queden como estaban antes de realizar las intervenciones. A la advertencia de no pintar el zócalo de mármol él lo ha pintado sesenta veces sobre la pared.
Parsec ha intervenido en el escaparate de Muebles Magarcay, con una pintura en el escaparate referida a la relación que se establece entre los muebles y las personas. El dibujo corresponde a una mujer dormida sobre una mesa, en dos espacios temporales, el presente representado por el vapor que sale de la taza de café, y otro espacio temporal representado por su cara, que ha salido del cuerpo dormido y se observa a sí misma.
Casassola ha pintado un rostro de mujer sobre la pared de teselas de La Buga del Lobo. Realiza mudras: pinturas basadas en la posición de las manos del hinduismo. 
NULO en La playa de Lavapiés ha realizado un mural con colores arena en las paredes, manteniendo un dibujo sobre una de las puertas de una intervención de festivales anteriores.
Akesi Martinez Ilustracion ha realizado un maravilloso dibujo para la cristalera de Paréntesis de olvido - Magia y Té, “Los cosmonautas, comida espacial”. Forma parte de un trabajo llamado Antropoland y es precioso verlo en vivo, tan lleno de detalles. 

Durante el recorrido nos hemos encontrado a Aleix Font, conocido como Tremendamente, trabajando en la cristalera del enorme escaparate de Muebles Magarca. Nos ha comentado que estaba trabajando con unos rotuladores de pintura. Su obra “Lluvia nutritiva” tiene que ver con su actitud cuando viene a Madrid, donde se ve arrasado por una lluvia intensa de estímulos. Consiste en una cabeza abierta de enormes ojos (yo le encuentro parecido a él), en la que bullen multitud de ideas. La lluvia le nutre de ideas. 

Hamgeo, desde Cartagena, ha realizado un grafitti wildstyle en las persianas metálica del mexicano La Jalapeña. Trabaja con letras pero no le interesa el texto, sino las formas.

Al final de Argumosa encontramos la intervención del colectivo Petronza (Son3k, Juanito Ilógico, Demeseone), que han realizado una intervención con unos extraños objetos de colores, a mí me recuerdan a ovnis, en la fachada de La Libre, librería café. Un rincón por cierto bien bonito del barrio que lleva varios años funcionando. Marta nos comentó que a los tres artistas del colectivo les encanta trabajar juntos.

Terminamos el recorrido con el colorido mural que estaba finalizando la gente del estudio artístico barcelonés Cocolia, inspirado en la idea de que “Los curiosos no tienen prisa” deben tomarse su tiempo para observar las cosas
Desde Haz lo que debas apoyamos la iniciativa de C.A.L.L.E. porque NO queremos que Lavapiés se convierta en un parque temático para turistas.

Zanón, Villalobos, Savage y Pernice. Literatura, música y cultura popular en Primera Persona



Después de llevar tiempo con ganas de participar en el Festival Primera Persona este año por fin lo hemos conseguido. No se puede desaprovechar ver y escuchar a escritores y artistas tan interesantes en un formato directo, fresco y cercano. Con edición paralela en Barcelona y Madrid, el Primera Persona de Kiko Amat y Miqui Otero cuenta este año con Carlos Zanón, Juan Pablo Villalobos, Jon Savage, Joe Pernice, Jonathan Coe, Mercedes Cebrián, Kate Bolick, Silvia Nanclares, Ana Curra y Alicia Kopf, a través de lecturas, charlas y actuaciones en directo.
Esto es lo que dio de sí la sesión del viernes 12 de mayo en la Casa Encendida de Madrid, a la que acudimos nosotros.
“Toda semejanza entre los personajes de este libro y personas de la vida real es intencionada y malévola”. La cita de inicio ya daba pistas sobre por dónde iba a transitar la charla a dos voces de los escritores Carlos Zanón y Juan Pablo Villalobos, quienes reflexionaron sobre “el saqueo de la memoria personal y mutación de la realidad a la ficción”. Para ambos autores, los escritores practican el saqueo, también de la memoria familiar, “Lo peor que le puede pasar a una familia es tener un miembro escritor”, ironizaron.
Juan Pablo Villalobos es el actual Premio Herralde de novela (Anagrama) con “No voy a pedirle a nadie que me crea”, una parodia de los géneros autobiográficos en la que usa su propio nombre, “Quería invertir lo que se hace cuando se usa el alter ego y sólo funcionaría usando mi nombre. Aunque la narración es muy hiperbólica entendí que podía enfadar a mi madre. Así que, después de muchos años, le pedí permiso”. Carlos Zanón, poeta, novelista, amante de la música y autor de títulos como “Nadie ama un hombre bueno”, “Tarde, mal y nunca”, “No llames a casa” o “Yo fui Johnny Thunders” le respondió con un contundente “En la familia nadie se lee nuestros libros. Si no, no nos invitarían a casa”.
La charla transcurrió dentro del contexto de la inspiración de los autores a partir de lo que les rodea, familia, amistades, conversaciones, recreación de la memoria familiar, la exageración, el uso de personajes populares disimulados. Una experiencia “depredadora, también con lo que te cuentan los demás”, en palabras de Villalobos. Y es que el trabajo del escritor es conseguir armar una historia que valga la pena, muchas veces sin pararse a pensar el estropicio que se puede causar con ello. Villalobos afirmó que el escritor lo hace por un “motivo egoísta, porque quieres escribir un buen libro”. Zanón se mostró de acuerdo, “Me da igual lo que pase si hago un buen libro. Te conviertes un poco en un monstruo. De experiencias terribles quieres sacar un buen material”. El escritor se vuelve implacable, “Si tienes una buena historia, te da igual que se enfaden”, insistió Zanón.
A través de la literatura los escritores también aspiran a saber más cosas sobre sí mismos. En palabras de Villalobos, “Al final no podemos salir de nosotros mismos para narrar. Queremos quitarnos esa responsabilidad de haber sido bocazas, porque es su culpa habernos traumatizado y así convertirnos en escritores”. Las familias, eterna fuente de inspiración de los escritores, que usan sus historias haciendo el trabajo de lograr algo que valga la pena. “Se necesita de la hipérbole, la exageración o una mirada particular”. Las familias dicen que no hay problema, aunque siempre suelen poner algún pero. “Es difícil que expongan sinceramente lo que han sentido al leer”, reconoció Villalobos.
Y al final los escritores acaban soltando inadvertidamente cosas que no querían contar, “Escribes de manera consciente pero hay cosas que se escapan inconscientemente”, admitió Zanón, a lo que Villalobos le respondió que en muchos aspectos los escritores no saben lo que escriben. La exposición a la que se somete el escritor le convierte en realidad en “el más desprotegido y vulnerable”, en opinión de Zanón.
“He conocido a un personaje que podría salir en tus libros”. “Tu personaje XXXX eres tú”. Los conocidos o familiares que no quieren reconocerse en los personajes creados por el escritor o los famosos que los lectores quieren ver escondidos entre los protagonistas. “No hay que avisar a nadie sobre las historias que vas a utilizar”, convinieron, después de que Zanón confesase que va a usar en su próxima novela una tremenda historia familiar, el “asesinato” de su abuelo a manos de su abuela.
Y es que, en el fondo “No sabemos nada del otro, nos comunicamos fatal, de ahí que no te reconozcas ni te reconozcan”. Nunca subestimen el poder de un escritor, en especial si lo tienen cerca.

A continuación apareció en el escenario Jon Savage, el conocido como “historiador del punk”, autor de la “biblia” de este estilo musical y forma de vida, el libro “England’s Dreaming”, escrito en 1991. Autor de varios libros sobre música y cultura juvenil: el mencionado “England’s dreaming”, “Teenage” y “1966”, entre otros, Savage habló sobre los tres en su participación en el Primera Persona.
“England’s dreaming”, su libro sobre los Sex Pistols, el punk y la cultura inglesa de finales de los años setenta, acaba de ser editado en español por Reservoir Books. “Conocer a los Sex Pistols, The Clash y The Damned me hizo implicarme en el punk”. Así comenzó a escribir en revistas musicales de aquella época, un momento “muy emocionante para ser periodista”. Savage explicó la diferencia entre los tres grupos, pilares del punk inglés, “The Clash y The Damned eran magníficos pero más fáciles de entender, como The Who o The Kinks acelerados”. Pero los Sex Pistols eran otra cosa. “Te atraían, querías seguirlos y a la vez repelían, eran amenazantes en aquella época”. El clímax fue el recorrido que hizo la banda en un pequeño barco por el Támesis hasta el parlamento británico, durante las celebraciones por el 25 aniversario de la reina Isabel II en el trono. Jon Savage estaba allí y fue testigo de la represión policial que se desató. Sin embargo, no se muestra nostálgico, “Fue emocionante pero ¿por qué tendría que volver a suceder ahora?, han pasado más de cuarenta años”. Para Savage, Trump y el Brexit son el final de la época; tras la victoria de EEUU y Reino Unido en la Segunda Guerra Mundial, asistimos al “final de una era”. No sabemos qué vendrá en el futuro, los recursos naturales son finitos, “¿qué se va a ser del mundo en los próximos cincuenta años?”, se preguntó.
Su libro “Teenage”  investiga sobre la creación de la cultura juvenil, recorriendo los orígenes de esta cultura que no había tenido lugar en ningún otro momento de la historia, “Antes eras niño y después adulto, no existía la adolescencia ni la juventud”, esa etapa que se suele situar entre los trece y los veinticuatro años. El libro de Savage trata un periodo definido, entre 1875 y 1945, recuerda el fenómeno de “flappers” y “zootsuiters”, el grupo de los “Bright Young Things”, grupo de aristócratas bohemios londinenses en los años 20, los parados de los años 30 y la generación perdida que luchó en la Segunda Guerra Mundial. Ropas, peinados, música, los teddy boys, Rimbaud, Peter Pan. El libro se convirtió en documental bajo la dirección de Matt Wolf. Fascinante.
“1966”, libro editado en 2015, es un homenaje a su amor por la música. “Veo el mundo a través de la música y así construí mi identidad”. Eligió ese año por ser un momento decisivo en muchos aspectos, “El libro debe habitar el tiempo sobre el que habla, y 1966 fue un año maravilloso, no sólo por la música, sino una época de lucha por el feminismo, el antibelicismo y los derechos civiles”. El libro está estructurado en doce capítulos con doce canciones, una por cada mes del año. Savage hizo un repaso por The Kinks “los jóvenes se vestían como pavos, coloridos, con pelo largo, algo sorprendente en aquella época”; Brian Jones “fantástico, andrógino, me parecía enormemente atractivo”; Lou Reed, la Velvet y Andy Warhol; la revista Life; el fenómeno fan; los movimientos norteamericanos pro derechos civiles; los Beatles, cuando John Lennon afirmó que eran “más famosos que Jesucristo”, lo que generó una enorme polémica, “La gente se volvió contra sus ídolos y se volvieron a quemar productos culturales como en la época nazi”. El pop, que hasta entonces era “inocente” empezó a ser mirado con desconfianza por los mayores, algunos jóvenes y por las autoridades. Las drogas, en especial el LSD, “lo cambiaron todo”, dando un toque mesiánico a algunas bandas. Muchos músicos empezaron a meterse en política “con p minúscula”, lo que tampoco gustó a la autoridad. “Es un libro sobre la libertad”, concluyó un encantador Savage. “El historiador del punk”, con aspecto de profesor despistado, vestido con polo a rayas horizontales, chaqueta con rayas a la contra y chinos color mostaza, bolsa de tela al hombro, escuchó cómodamente tumbado en los cojines que ocupaban la parte delantera de la sala, el concierto acústico del último participante, el músico y escritor Joe Pernice.


Esta canción me recuerda a mí” es el nombre de la novela del músico Joe Pernice, que acaba de editar en España Blackie Books. Calificada como “una canción pop perfecta: triste, sentimental, divertida y tremendamente pegadiza, para perdedores y corazones rotos”, cuenta la historia de un joven músico sin futuro que, tras su fugaz matrimonio, se refugia en una casa familiar en la costa de Cape Cod”, lugar de veraneo de lo más deprimente en invierno. La novela ha sido alabada por Nick Hornby quien, como afirman en la promoción, siente “envidia por el talento que hay en esta novela”.
El músico, nacido en Massachusetts, ha sido integrante de las bandas Scud Mountain Boys y Pernice Brothers, su banda más conocida. Ha colaborado también con Norman Blacke, de The Teenage Fanclub, bajo el nombre The New Mendicants. Debo confesar que no le conocía pero me ha llamado la atención la novela, que espero leer para incluir en mi proyecto sobre narrativa rock, al ser el protagonista un músico.
Pernice interpretó en directo, tan solo acompañado por una guitarra, las canciones de su disco en solitario “It Feels So Good When I Stop” (título original del libro), la “banda sonora” de la novela que incluye las versiones de algunas de sus canciones favoritas que aparecen en ella. Escuchamos canciones como “Amazing Glow” o “Tell me when it’s over”, versión de los maravillosos The Dream Syndicate, ofrecidas con la voz limpia y cristalina, regada por buen vino tinto español, que Pernice alabó entre canción y canción.
Vestido con una camiseta que reproducía la portada del “Meat is murder” de The Smiths, álbum sobre el que escribió en la serie “331/3”, explicó que Esta canción me recuerda a mí” habla sobre alguien que sigue la ruta de sus propios problemas, “No me gustan los héroes ni las epifanías, mi personaje está jodido de verdad y al final del libro sigue igual”.