“Rendición”, madurez literaria de Ray Loriga


Una foto de Ray Loriga con melena, cazadora vaquera, botella de cerveza y enormes anillos componía la portada de su novela “Héroes” (1993). Por entonces otra foto del escritor madrileño decoraba el interior de uno de mis cuadernos, en los que recogía citas, fragmentos de lecturas y canciones. Entonces leí alguna de sus primeras novelas, pero no me identificaba con los personajes que poblaban aquellas historias. Veinticinco años más tarde una sesión del Gabinete de Lectura de La Central me ha permitido reencontrarme con aquel héroe literario de los 90.
El encuentro con un Loriga maduro no ha sido decepcionante, más bien al contrario. “Me he vuelto un antiguo” (El Confidencial, 2017), afirmaba en un titular. Reposado y serio, según avanza el Gabinete se le escapa un fino sentido del humor y un travieso reírse de todo, incluso de sí mismo. Más bajo de lo que esperaba, viste chaqueta de punto azul marino con cremallera, sobriedad que cubre, como en una metáfora, el colorido atuendo interior, un polo de manga larga a rayas y un pañuelo de cuello verde esmeralda con flores rojas y fucsias. Durante el gabinete se arremanga en ocasiones, dejando al descubierto dos enormes tatuajes de tinta desvaída por el tiempo (Loriga y sus tatuajes, en una época en que casi nadie los tenía), una especie de tribal que acaba en algo que me recuerda a la cola de un lagarto y un contundente “Christina” en el otro brazo. Nos regala frases contundentes y pensamientos lúcidos durante toda la sesión del Gabinete que compartimos con él.
Una de nuestras compañeras le recuerda un otro titular, “Yo quería ser Ray Loriga de mayor y ahora que lo soy no lo soporto” (Vozpópuli, 2014). “Uno acaba detestando el personaje que creó, no a la literatura. El personaje puede dar una proyección mediática pero acaba resultando pesado”, responde. Loriga ejerció durante años, además de como escritor, como modelo, pareja de rockera, letrista de canciones, niño mimado de un grupo mediático, enfant terrible, bello, superviviente…
Más titulares, “Estoy hasta los huevos de la etiqueta rock and roll” (CTX, 2017). Y tengo que ser yo la que le saca el tema, que él esquiva rápidamente, respondiendo que sólo ha escrito una novela sobre rock, la mencionada “Héroes”, aunque el rock sigue estando presente en su vida; durante la charla nombrará, entre otros, a David Bowie y a Neil Young, refiriéndose a su célebre canción “Hey Hey, My My” cuando se le pregunta por su película “La pistola de mi hermano”.
“Rendición” hace el número doce de los libros de Loriga, en una carrera de veinticinco años. El libro lo empezó hace siete, pero cuando lo llevaba avanzado lo aparcó para escribir “Za Za, emperador de Ibiza”, algo que no le había sucedido con anterioridad. Al ser “Rendición” una novela con una única voz, nos cuenta que tuvo miedo a que la voz se le fuera, “a veces pensaba que estaba hablando yo en lugar del personaje”. Después de finalizar “Za Za…” retomó el texto con “la mirada más limpia, las ideas más claras y más entusiasmo”, poner distancia le hizo bien. Loriga nos confiesa que las primeras páginas de la novela son las únicas que no han variado. El libro comenzó con “una sensación, un tono”, tenía claro que sería una novela de una sola voz, todo llegaría “a través de los ojos y el conocimiento” del protagonista. El tono era muy delicado y temía perderlo, de ahí el parón de varios años. Buscaba una fábula que estuviera construida con elementos realistas, futuros que pueden resultar creíbles.
La novela fue ganadora del Premio Alfaguara 2017. “Me gusta los premios cuando me los dan a mí”, dice entre risas. Trata sobre el proceso de traslación personal y de “diáspora mental”, y de cómo afecta ese proceso a lo que pensamos que somos. El protagonista es un hombre maduro, con una vida hecha, que tiene la sensación de “saber quién es”, en ese contexto llegan las preguntas sobre quién fuiste y quién llegarás a ser. Loriga opina que la sensación que tenemos sobre nosotros mismos “viene de nuestra relación con los demás”, amor, amistad, familia, trabajo, posición; “cuando eso se empaña, ¿cuánto queda de uno mismo?”, se pregunta el autor, que recalca en varias ocasiones que le interesa la reflexión del lector, “no quiero imponer dogmas sino presentar posibilidades”, evitando moralismos. Y lo consigue, la novela es un libro que presenta continuas “paradojas y conflictos” al lector, hace pensar constantemente, nos planta ante las diferentes encrucijadas que se le plantean al protagonista; llegamos a entenderle, a exasperarnos con él, a sentir su miedo y su incomodidad, a enfadarnos de su fanfarronería y de sus momentos de cobardía, le apoyamos en sus dudas y su disensión. El propio Loriga ha definido a su narrador en alguna entrevista como “un estorbo del futuro, un estorbo del progreso”.
La novela ha sido calificada como una distopía, aunque Loriga responde que la ve como “una fábula, rozando la ciencia ficción, aunque en este libro no hay ciencia”. Pensó incluso durante su escritura en “Los viajes de Gulliver”. Confiesa que el libro estaba casi finalizado hace cuatro años, coincidiendo con la enésima revisitación de “1984” de George Orwell, también volvía a la actualidad “El cuento de la criada” de Margaret Atwood por la serie basada en la novela. “Fueron coincidencias, confluyeron las cosas, no empecé el libro pensando en eso”, admite el autor.
Podríamos dividir “Rendición” en dos partes; la inicial, cuando están inmersos en esa guerra de la que poco sabemos y el posterior viaje en el que abandonan su comarca. La segunda parte comienza cuando se instalan en la ciudad de cristal. “No empecé la novela en la ciudad transparente para que el lector se diera de bruces con la ciudad, igual que le ocurre al protagonista”, explica. El narrador ve de alguna manera idealizado el mundo del que viene, porque allí tenía una posición privilegiada, de la que era consciente porque no venía de ahí, la consiguió por su matrimonio. Mientras a él no le afecta lo que va sucediendo a los otros individuos se iba escudando en el “yo no sabía”, esa “inocencia del desconocimiento”, que ha pasado tantas veces a lo largo de la historia, como sucedió en la Alemania nazi. La ciudad transparente, esa ciudad “ideal” a la que llegan tras abandonar su tierra, donde no hay olor ni dolor, a causa de esos baños que producen una constante e injustificada alegría que les lleva a ser incapaces de irritarse. En la ciudad transparente se impone una claridad que “engulle los secretos, los deseos y los misterios” y acaba siendo una muestra de que hasta lo bello y perfecto llevado a un extremo puede convertirse en algo terrible.
De alguna manera lo enlaza con lo que está sucediendo actualmente por la implantación masiva de las redes sociales. Pertenecemos a generaciones que crecieron en mundo en el que “protegíamos la privacidad de nuestro entorno”. Ahora todo el mundo quiere enseñarlo todo y opinar sobre todo, constantemente. La sociedad de la ciudad de cristal es una sociedad desnuda, exhibicionista, lo que conecta con la sociedad actual, la de las redes sociales. Es la idea de una sociedad “transparente” y la paradoja que conlleva, la ventaja de que no se puede esconder nada pero a la vez desaparecen los secretos y el misterio, algo fundamental para el ser humano. “Ya no hacen falta guardianes, nos vigilamos unos a otros”, afirma Loriga. También contiene la novela una reflexión política sobre el individuo, el grupo, la democracia y sus límites, “hasta qué punto puede pasar el consenso por encima de los derechos de unos pocos, incluso de uno solo”. Reflexiona el autor que las democracias desarrolladas deben al menos considerar la opinión del que está al margen. Otro tema que le interesa es “cuánto están dispuestos a perder en las sociedades del bienestar a cambio de una supuesta sensación de seguridad”.
Porque “Rendición” es también un libro sobre el totalitarismo. Loriga ha incluido un sistema plagado de “amabilidad y dulzura”, pensando en totalitarismos “invisibles y futuros”, porque como afirma en otra de sus certeras frases, “el diablo es tan listo que no vendrá de nuevo con el mismo rostro”. Y nos alerta de la apariencia de libertad que es la más totalitaria de todas, como la que ensalza al individuo como ser de producción y ser de consumo. “Cuando estás bien alienado no te das cuenta, incluso participas con entusiasmo”, reflexiona. El autor opina que “hay una sobrevaloración del consenso y una tiranía de la opinión general; esto provoca la sensación de que el individuo siempre tiene un grupo como enemigo”. Afirma que “Cuánto más grandes son las banderas, más pequeños los individuos”, otra contundente frase suya que escuchamos durante el Gabinete.
Como curiosidad en el libro no aparecen nombres, excepto el del niño que recogen y los hijos desaparecidos. “Soy muy malo con los nombres”, bromea, “en realidad tiene que ver con el limbo en que meto a los personajes, no se sabe la raza, el país, si la guerra es civil o contra otro país…”. El tema de la ausencia de nombre tiene que ver también con la voz del personaje que narra, “cuando uno piensa, no lo hace nombrando”. Al niño le llaman Julio porque tienen que ponerle un nombre, y a los hijos desaparecidos los nombra “por anhelo”.
También comenta su diferencia de registro a la hora escribir, lo que da lugar a novelas muy diferentes entre sí. No lo considera un mérito pero confiesa que no lo puede evitar ni lo hace adrede, “es mi forma de escribir”. Le influyen los libros que lee, las sensaciones literarias que permanecen en su cerebro. “Lo primero que busco es un tono, una voz y luego en qué historia puede encajar”. Explica que toma notas pero no planifica demasiado las historias ni lleva esquemas. Preguntado por cuál de sus novelas es su preferida, Loriga nombra, sin dudar, “Tokio ya no nos quiere”, una historia sobre la destrucción selectiva de la memoria.
Hay lugar para el cine en su conversación con nosotros. El séptimo arte es muy importante en la obra de Ray Loriga, no sólo por haber escrito guiones y dirigido películas. Lo considera como “escritura para otros”, en ocasiones por encargo, que le sirve “para desoxidar y combatir el solitario oficio de escribir”, ya que es un trabajo en equipo, donde hay que considerar más ideas. De alguna manera su escritura es muy cinematográfica. Así, confiesa haber tenido en la cabeza durante la escritura de “Rendición” a Andréi Tarkovsky y la aclamada película “Hasta el fin del mundo” de Win Wenders (1991).
Un reencuentro con un gran Loriga. Que veinticinco años no son nada…
Loriga es un hombre de frases contundentes cuando habla, y también cuando escribe. Estas que he subrayado durante la lectura de “Rendición”, pueden ocupar un lugar destacado en aquellos cuadernos de citas, que no estaría mal retomar.
Los responsables de lo nuestro piensan por nosotros mientras piensan en nosotros.
La gente que sabe contar historias siempre tiene compañía.
Un hombre que no provee de lo que necesitan a los suyos se va haciendo pequeño hasta que no existe.
Se obedece porque conviene y se duda porque se piensa. Y si una cosa salva la vida la otra parece salvar el alma.
Sorprende darse cuenta de cómo el amor alimenta y calma aun en las peores condiciones, o precisamente y con más razón en las peores condiciones.
Porque está guerra yo no la entendí desde el principio, ni sé por qué empezó ni por qué se luchaba exactamente.
Uno puede por razón o creencias o coraje rebelarse contra un mal, pero por nada puede un hombre cabal poner en peligro a los suyos.
A veces, cuando se ha perdido ya la magia y la situación ha decaído, lo más sensato es abandonar.
Con ser tan feliz frente a la adversidad, y sobre todo a mi pesar.
Es curioso comprobar cómo se echan de menos sensaciones que no son buenas, pero a las que uno se ha acostumbrado, y cómo sin miedo alguno se duerme bien pero se levanta uno extraño.
Nada de lo que pasara en mi vida, por raro o incómodo que fuese, conseguía entristecerme.
Había tan poca suspicacia en esa ciudad que al final era imposible no inquietarse.
Un hombre absurdamente satisfecho con su suerte.
Los días pasaban sin pena ni gloria. Todo va tan bien que los ciudadanos pierden el interés. Hastío
Una vez que aprendí a ordenar mis prioridades me di cuenta de que no tenía prioridades que ordenar.
Una vez que se acepta que Dios no lo ha llamado a uno para nada extraordinario, se empieza a vivir de veras como se tiene que vivir.
Mi alegría injustificada y yo nos fuimos aceptando.
De tanto verlo todo ya no quiere uno prestarle atención a nada.
En el campo uno aprende a conocer los límites de las cosas y es la tierra la que manda.
En esta otra vida no parecía mandar nadie.
Esta vida sin tormentas ni tropiezos no la entendía ni quería entenderla. 

Atrapada, un microrrelato con ilustración de Ana Müshell


Ilustración de Ana Müshell

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Guitarras sucias. Distorsión.
Voz rota. “Aunque los platos pagues…”
Una vez más comenzaba la lista con Los Enemigos. Una y otra y otra vez. Con ella dentro. La culpa era de Matías “el manco”, un fino guitarrista reconvertido en técnico de sonido. Azote de los pipas perezosos, le apodaban así por su endiablada pericia con las mesas de mezclas. “Yo me quedé encerrado en una época”, confesaba Matías, mientras le enviaba potentes canciones por aquel chat.
Pero quien quedó encerrada fue ella. Si al menos la hubiera atrapado en el interior de una Jukebox. Una de aquellas majestuosas cajas de música de elegantes cromados y luces de colores. Sin embargo, no hubo suerte. Confinada en una fría lista de reproducción de YouTube. “Mierda de nuevas tecnologías”, se lamentaba.
“Y algunos frutales para que me abracen que sus tiernas raíces me comprendan”, escupía Josele. Al menos las canciones eran de un gusto exquisito…
“Yo tengo amigos que no le recomendaría a nadie”, le dijo en una ocasión. Peligroso Matías. A base de simpatía musical la había metido allí. Porque estaba convencida de que él era el responsable del encantamiento.
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Siempre he pensado que mi forma de contar historias encaja mejor en formatos largos. He escrito diversos relatos con el tema del Sahara Occidental de fondo. Gracias a mi convivencia y amistad con saharauis en estos años he escuchado decenas de historias y anécdotas que considero muy literarias. Al menos a mí me ha inspirado numerosos relatos breves publicados en Delicias Saharauis y en el blog Haz lo que debas. La amable invitación del periodista y escritor mexicano Pedro Escobar a participar en su antología de relatos rock “Encore Trasatlántico” me descubrió que me siento cómoda en la narrativa rock breve. La exploración de este territorio me ha llevado más allá, jugando a reducir mi escritura a la mínima expresión: el microrrelato. La excusa para llevar a cabo el reto de escribir una pieza tan breve llegó de la mano de un concurso de microrrelatos rock. El hilo del que tirar fueron las recomendaciones musicales a través de las redes y una canción de Los Enemigos, “Me sobra carnaval”, que estaba escuchando mucho los días en que se anunció el concurso.
Finalmente no gané ni una mención en el concurso, pero pensé que mi relato merecía mejor suerte. Pensé en encargar una ilustración para mi historia y me decidí por la artista de Granada Ana Müshell, a quien descubrí  por su portada para el libro de Juarma “Poemas escritos a navajazos”. La única indicación que le hice a Ana fue que dibujara lo que le sugiriera el relato. Y este es el magnífico resultado. Absolutamente complacida.
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Visión de la ilustradora, Ana Müshell
Desde que leí el relato por primera vez visualicé un híbrido entre un bar vacío, con una chica que buscaba siempre el mismo disco, una y otra vez, y que se quedaba hasta que el bar cerraba escuchando la misma canción, y el interior de una casa donde esa espera y repetición de canciones se traduce en una lista de Youtube, y donde la primera canción la lleva de la mano a una copa de vino y una mesa de mezclas imaginaria.
Ella mira de frente, sin miedo, porque sabe lo que siente, lo que le hace sentir la música, y concretamente esa canción. No es la primera vez que le pasa, por eso se traslada mentalmente a una cita consigo misma (él aún no va a aparecer), delante de alguna jukebox solitaria a recrearse en las charlas en las que sigue atrapada, entre flores, humo, vino y esa canción de fondo.

“Una habitación en Lavapiés” de Maya Vinuesa. La importancia de un proyecto propio


*Foto: Clara Obligado Escritura Creativa
Una primera novela es algo muy serio. Cuando vi en redes sociales que Maya Vinuesa publicaba un libro me alegré mucho por ella. Una portada naif, colorista y atractiva, a cargo del diseñador gráfico Andrés Marquínez Casas, acabó de decidirme a leer su novela, “Una habitación en Lavapiés” de la traductora y escritora Maya Vinuesa. Publicar el primer libro es algo tremendamente emocionante para los autores y Maya ha conseguido hacerlo realidad gracias a Canalla Ediciones, una editorial independiente y underground, que ha apostado por esta novela “urbana y contemporánea”, como la define Inés Pradilla, su editora. Te sienta bien el color amarillo, dice uno de los personajes de la novela a Isabel, la protagonista. Y de amarillo se vistió Maya para la presentación de su obra el pasado viernes 26 de enero en la librería Cervantes y Cía  (Calle del Pez, 27).
Maya, integrante del Taller de Escritura Creativa de Clara Obligado, confiesa que su participación en el taller le ha dado un impulso decisivo para tomarse más en serio la escritura. El resultado ha sido esta amena novela, que aborda con frescura un viaje hacia la identidad, y se divide en dos partes, que transcurren a su vez en dos escenarios. La primera parte, narrada en tercera persona, sucede en el barrio madrileño de Lavapiés, e incluye un breve viaje al Bierzo que sirve de introducción al diario de la tía abuela Dora. La segunda parte transcurre en Londres y está narrada en primera persona.
La novela de Maya está repleta de hedonismo, placer, comida, bebida, olores, sexo, como señala la escritora Isabel Cienfuegos, encargada de la presentación de la novela. La autora explica que se trata de una historia de iniciación, del momento en que se abandona la casa de los padres. “Esa evolución que tiene lugar en la veintena, desde la educación culposa a una vida más libre y responsable”. Otra evolución que sufre Isabel, la protagonista, es pasar del deseo de ser mirada a la búsqueda de su propia identidad, a través de un personaje del pasado en el que halla la respuesta que la lleva a encontrarse a sí misma.
En la novela se abordan diferentes temas, la multiculturalidad, el amor interracial, la mujer, la importancia de tener un proyecto de vida propio, el viaje interior, la libertad, la creación. Isabel Cienfuegos destaca que la novela aborda todos estos temas, profundos, desde la anécdota y la vivencia. Así el libro, muy entretenido, se lee en un suspiro.
En efecto, en “Una habitación en Lavapiés” la multiculturalidad ocupa un lugar destacado. Una palabra que “viene de la sociología” y que como reflexiona Maya, “impone”. Prefiere hablar de “convivencia”, hay amor pero también hay conflicto. El barrio de Lavapiés, en el corazón de Madrid, tiene una tradición histórica de acoger a gente, antiguamente de otros barrios y de otras provincias. A partir de los noventa se amplió la acogida a gente de otros países, que comenzaron a habitar el barrio. En la actualidad muchos de ellos han tenido hijos que han nacido en Madrid,  las llamadas segundas generaciones. El libro recoge la revolución cultural que se gestó en Madrid en los años 90, y que Maya vivió en primera persona como vecina de Lavapiés. Es interesante la mirada que aparece cuando la protagonista viaja a Inglaterra, allí es vista como “mediterránea” y concebida como una blanca “de tercera”.
“África sólo pide que lo dejemos en paz y celebremos su belleza”. África es una presencia constante en la novela: los vecinos africanos de Lavapiés, el novio guineano de la tía abuela Dora, o la escritora ghanesa que resulta determinante para la protagonista. En el libro Maya tira de un hilo muy interesante, y que yo desconocía, los fernandinos, un grupo social de la Guinea Española que vivió en Fernando Poo, de ascendencia de Sierra Leona y Nigeria, eran peones en las plantaciones de cacao. Sus descendientes formaron una burguesía culta de terratenientes y comerciantes, constituyendo un grupo étnico diferenciado, con apellidos ingleses en muchos casos, y con un dialecto propio, el pichinglis. El personaje fernandino, Eduardo, supone una vuelta de tuerca a la visión colonial eurocentrista. En este caso el habitante de la colonia es culto, tiene dinero y viene a España a estudiar Derecho. Sin embargo, en la España de los 50 no estaba bien vista una élite entre los “nativos” y tampoco las relaciones interraciales. La novela aborda un tema tan escasamente tratado como es el colonialismo español en África, en concreto en Guinea Ecuatorial, la que fuera provincia española a partir de 1958 junto con el Sahara Occidental.
Maya dirige su mirada hacia mujeres de otras épocas, mujeres que han marcado el camino pero siempre han estado relegadas en los márgenes. Ahora es el momento de descubrirlas después de haber pasado desapercibidas tantos años. También mira a esas mujeres a las que se tachaba de “locas” cuando decidían vivir libres y salirse de la norma establecida. Como le ocurre en la novela a la tía abuela Dora.
De la mano de una mujer africana, Isabel aprenderá que la identidad pasa por tener un proyecto propio. El personaje que abre los ojos a la protagonista es una intelectual africana que conoce en Londres y que le descubre a Ama Ata Aidoo, escritora y activista por la independencia de Ghana, de la que se ha declarado admiradora la conocida escritora Chimamanda Ngozi Adichie. Hija, hazte un favor a ti misma: piensa en lo que quieres hacer y lucha por ello, le dice. Maya confiesa que la escritura de ese episodio le resultó especialmente grata, en la que “una intelectual africana le pregunta por su proyecto personal”. Así culmina un viaje interior que la desequilibra pero que a la vez la hará encontrarse a sí misma, Tú también emprendiste un viaje y perdiste el juicio, como debe ser en todo trayecto significativo. Pero no estás loca, le dice uno de los personajes. Romper el estereotipo de recurrir a la locura para etiquetar a la mujer que quiere volar libre.
Su trabajo de traductora se refleja en el libro. La protagonista también lo es. Traduce mediocres libros de viajes en una editorial no demasiado conocida y cae en la tentación de “adornar” los textos que traduce con párrafos de su entera cosecha. Así introduce el interesante tema de la tergiversación en la traducción. Maya confiesa que esto sucede “aunque todo tiene un límite”. Y es que “la traducción tiene una parte de creación”. Como ejemplo, la famosa y ardua traducción al inglés de “Las mil y una noches” por parte del capitán Richard Francis Burton, llena de controversia y añadidos.
La maestra de Maya, la escritora Clara Obligado, destacó durante la presentación tres de los epígrafes que inician los distintos capítulos de la novela. Precisamente una de las citas que más me llamaron la atención leyendo el libro es una de las leídas por Clara: “Las cosas que sueñas se cumplen a veces. Y las sobrevives” (Zhivka Baltadzhieva, poeta búlgara residente en Madrid). Porque a veces lo imaginado acaba siendo real. Un honor haber compartido con Maya el nacimiento de su primera novela.



Dos símbolos de Gdeim Izik


El anciano Deida Uld Yazid cuya edad se pierde en la larga noche de la memoria beduina. Nayem Elgarhi, 14 años. Varias generaciones les separaban. ¿Qué supone el año de nacimiento cuando se trata de defender la dignidad y el derecho de un pueblo a existir? Deida y Nayem. Los dos, saharauis de El Aaiún ocupado. Los dos, tan diferentes pero tan iguales, decidieron abandonar la espera y pasar a la acción directa. Formaron parte de aquella marea en la que miles de saharauis denunciaron al unísono su situación frente a la comunidad internacional.
Deida y Nayem dejaron su no existencia cotidiana en la ciudad ocupada, superaron la rabia y el hastío para renovar las ansias de lucha contra la opresión marroquí. Deida, anciano y Nayem, casi un niño… Varias generaciones les separaban pero eso no significa nada. En sus ojos se adivinaba la misma llama, la ilusión de unir al fin a todos los saharauis en su tierra independiente y libre. Los cansados ojos de Deida seguían esperando con curiosidad y optimismo lo que estuviera por venir. A los ojos de Nayem, curiosos y un poco asustados, les quedaba ya tan poco tiempo…
Deida y Nayem, dos símbolos de Gdeim Izik. Dos actitudes, dos decisiones, dos esperanzas, dos certezas. El presente encarnado en un viejito sabio y el pasado retenido en un niño que ya no será.
El anciano saludaba a la victoria, cercado por los esbirros marroquíes. El niño sólo quería probar junto a sus compañeros el sabor de sentirse libre en su propia tierra.
El mal se llevó a Nayem. Un golpe de brutalidad en forma de balas que condenó a no ser a un niño con toda la vida por delante. El transcurrir de los años nos arrebató a Deida.
Dos símbolos que iluminarán siempre al pueblo saharaui. Un niño eterno y un viejito luminoso y libre.
A la memoria de Deida Uld Yazid, fallecido el 24 de enero de 2018 y Nayem Elgarhi, asesinado el 24 de octubre de 2010.

“Londres, ciudad okupada” de Richard Dudanski. Historia del rock, huyendo de la mitomanía


Hace unos meses me avisaban desde la editorial Libros.com (donde edité Sin pedir permiso) que iniciaban el crowdfunding de “Londres, ciudad okupada”, la traducción al español de “Squat city rocks”, un libro de memorias que recoge la fructífera vida de Richard Dudanski un músico que ha tenido la suerte o el buen tino de formar parte de una cantidad increíble de historias que hacen suspirar a seguidores del rock de todo el mundo. La librería Molar en La Latina, que se encontraba a reventar, acogió la presentación del libro la tarde del jueves 18 de enero.
Richard Nother, su verdadero nombre, conoció a Joe Strummer cuando aún era Woody, un joven con quien compartió varias casas okupadas en el centro de Londres y banda, los 101ers, en referencia a una de las casas donde vivieron. Richard conservaría una estrecha amistad con el líder de The Clash hasta su muerte, aunque con un periodo de dos años de “disgusto” que coincidió con el vertiginoso despegue de “the only band that matters”. Richard se toma su historia con la pasmosa tranquilidad de quien sabe que lo que está contando son sus propias vivencias, sin trampa ni cartón, dejando incluso escapar una ligera incomodidad en algunos momentos en los que sube la idealización. Pero, como afirma Servando, “parte del juego de la cultura pop es engrandecer esa mitomanía”. Y no es fácil resistirse a ello.
El título de libro hace alusión a los años que Richard vivió como okupa en Londres, explicado en la primera mitad del libro. En 1973, cuando Richard empezó a okupar, existían muchas viviendas vacías en Londres, destrozadas de manera intencionada por las autoridades para que no fueran habitadas. “Vivíamos dentro de una cierta organización, haciendo nuestros proyectos artísticos. Pero nos encontrábamos con problemas con la policía y el Ayuntamiento”, recuerda Richard.
Dudanski y Strummer formaron parte los 101ers, banda en la que empezaron haciendo versiones de clásicos del rock, aunque luego firmarían sus propias canciones. En un momento en que el panorama musical “estaba estancado”, los 101ers se vieron inscritos en el fenómeno que se denominó pub rock, encajado entre el glam y el punk, se les consideró una community band. “Teníamos bastante sentido de formar comunidad. Todo ello respondía a nuestra necesidad de compartir”, explica Richard. Dr. Feelgod fue para ellos una inspiración. “Joe se inspiró para montar los 101ers viendo tocar a Wilko Johnson en los pubs”. Confiesa Richard que empezaron a tocar “sin pensar en lo que hacíamos, creo que porque no éramos capaces de hacer otra cosa”.
“Londres, ciudad okupada” es Richard Dudanski pero también es la artista Esperanza Romero, su compañera de vida desde hace más de cuarenta años y la autora de las ilustraciones del libro. Los dos estuvieron en el ojo del huracán de lo que fueron los inicios del punk británico, trataron a todas las luminarias de aquella escena y acumulan decenas de anécdotas. Esperanza es hermana de Paloma, pareja de Strummer en los años de las okupas y batería de The Slits y de las Raincoats, bautizada como Palmolive por el bajista de los Clash, Paul Simonon. Resulta una delicia escuchar de la boca de un Richard que trata de sacudirse las alabanzas mitómanas, su pelea con Steve Jones de los Sex Pistols la noche de la primera actuación de The Clash que vio rebotado y bebido; su amistad con un joven Lemmy Kilmister; la historia de la última felicitación navideña que recibieron de Joe dos días antes de su repentino fallecimiento o la última vez que le vieron, en la celebración de su 50 cumpleaños.
Servando Rocha inscribe el libro de Richard dentro del auge de literatura rock que se está viviendo en los últimos años, aunque muchos de estos libros sean “autorreferenciales y laudatorios”. No es el caso de “Londres, ciudad okupada”, libro que define como apasionado, lleno de aventuras y “tremendamente honesto”. Como honesta es su forma de hablar sobre su relación ambivalente con el punk, un movimiento que considera positivo por la revolución musical y social que supuso. “Pero sus formas no me convencieron porque fue muy controlado y manipulado por los managers”, en referencia a Malcolm McLaren de Sex Pistols y Bernie Rhodes de The Clash.
No podía dejar de contar Richard el delicado momento en que Joe Strummer dejó los 101ers. “Nuestra relación era muy cercana, era mi mejor amigo y lo perdí, también a mi grupo”. Richard explica que Joe cambió mucho durante los dos primeros años de la formación de The Clash, vivió una lucha contra su propio personaje. “Para él fue complicado, se había lanzado al 100% y después de dos años extenuantes”. Luego todo empezó a calmarse, incluso en 1980 grabamos el disco de los 101ers, que sacamos en un sello creado por nosotros, Andalucía Records.
Más allá de los 101ers, grupo al que considero que Richard guarda un mayor cariño, Dudanski fue durante un tiempo batería de conocidas bandas como The Raincoats, banda de chicas reivindicada en los años 90 por Kurt Cobain. “No tenían batería y me uní a ellas durante su primera etapa. Nos llevábamos muy bien y disfrutaba mucho con ellas”, aunque el final de su relación no fuera precisamente agradable. Dudanski también tocó en un álbum de PiL (Public Image Ltd), la banda que montó John Lydon, quien fue líder de los Sex Pistols, otro músico que luchaba “contra su propio personaje”. Lo define como “un hombre muy inteligente, independiente, que hacía música interesante”. John también intentaba recuperar su propia identidad, “se hartó de la dominación de Malcolm McLaren”, concluye Richard. Brasil.
Dudanski es mucho más que rock. Recuerda su relación de aquellos años con la música española a través de los discos de Paco Ibañez y de flamenco que llevaron Paloma y Esperanza a Inglaterra y que fue el primer contacto de Strummer con España. Pero además el autor es amante de la música clásica y de la música negra, reggae, blues, jazz, y de la entonces incipiente world music. Con el dinero ganado en PiL, Esperanza y Richard se marcharon nueve meses a Brasil, un país que le fascinaba desde niño, y que ocupa un interesante espacio en el libro. En esa época tan anterior a Internet el autor buscaba libros de antropología en la biblioteca para conocer sobre la cultura y la música brasileñas.
Podríamos pasar horas escuchando a esta deliciosa pareja, que forma parte de la historia de la música con mayúsculas. Y no sólo por lo vivido hace décadas, ellos no son pasado, son presente ya que, como recuerda Servando, Dudanski compagina en la actualidad tres proyectos musicales. La clave de la autenticidad que rebosa Richard la tiene Antonio, chileno, uno de sus compañeros en aquellas okupas a inicios de los 70. “Nunca se ha inventado un personaje, Richard ha sido una persona”.



#Hzlqdbs 2017 Resumen de un año intenso

03/04/2017. “Del color de la leche” de Nell Leyshon. Un libro hermoso, brutal y necesario http://hazloquedebas.blogspot.com.es/2017/04/el-color-de-la-leche-de-nell-leyshon-un.html
15/09/2017. Eres vieja

#Cocina Menú de Reyes 2018


La comida del Día de Reyes es la celebración de Navidad que hacemos en nuestra casa. Para mí supone el momento de experimentar, de hacer platos diferentes y más elaborados que los que cocino habitualmente, aunque siempre dentro de la sencillez, porque no soy ni mucho menos una experta cocinera. Al inicio de las fiestas empiezo a pensar en lo que voy a preparar y a buscar recetas. Este año, el que ya se va convirtiendo en tradicional artículo de la murciana Amor González y su Casa Taller Birdie en la revista Vogue, me dio varias ideas. Quería que este año el plato principal fuera cerdo, y finalmente me decidí a prepararlo con cerveza negra y mostaza, idea basada en la receta de una de sus cenas clandestinas, el pastel de estofado de cabeza de lomo con cerveza negra y mostaza antigua.
Uno de los entrantes ha sido el paté de alcachofas del artículo con recetas navideñas de Casa Taller Birdie en la revista Vogue. Compré seis estupendas alcachofas, ahora estamos en plena temporada, aunque finalmente cocí cuatro, he dejado dos para otro plato. A las alcachofas hay que quitarles las hojas duras y pelar el tallo. Recomendable irlas echando en una fuente de agua con limón porque se quedan negras enseguida. Poner a calentar agua con sal en una cacerola y, cuando el agua está hirviendo, echar las alcachofas. Retirarlas cuando estén tiernas. Luego pasarlas por la batidora con sal, pimienta, aceite de oliva, hojas de albahaca fresca, ralladura de limón y ajo. Amor asa en el horno el ajo. Así lo hice yo también con una cabeza de ajos asada. Usé tres dientes para el paté porque personalmente me da miedo pasarme pero la cantidad debe estar al gusto de quien la prepara. De esta forma el ajo queda con un sabor diferente, suave y con un cierto toque ahumado. El paté no me ha resultado sencillo de preparar. Las alcachofas tienen hebras, mi batidora es de vaso y le costaba batir, recomiendo ir quitando los restos que se quedan entre las cuchillas. Fui pasando después por el chino el “puré” de alcachofa para eliminar las molestas hebras. El resultado es fresco, con una textura y un sabor natural y muy rico. He separado el paté en dos recipientes, uno lo he servido con lascas de queso parmesano y el otro lo he decorado con una hoja de albahaca. Un plato trabajoso, pero el resultado ha merecido la pena.
Este año he repetido la ensalada de perdiz escabechada (lata de Lidl Deluxe) con escarola. En esta ocasión cambiando la composición de la vinagreta, hecha con zumo de naranja, al que he añadido aceite de oliva y mostaza. No le he puesto nada más a la ensalada. Atención al zumo de naranja para las ensaladas, aporta frescura y menos acidez. Como anécdota, se nos rompió el abrelatas y tuvieron que veniral rescate mis padres trayendo uno de su casa.
Para el plato principal he preparado lomo de cerdo con cerveza negra y mostaza antigua. Compré un lomo de cerdo en la carnicería, limpio de grasa. Metí la pieza entera en una cacerola grande, con aceite, lo fui dorando poco a poco a fuego no muy fuerte durante un rato, con la tapadera puesta porque salta bastante y para que se fuera haciendo también por dentro. Una vez dorado, hay que sacar la pieza de carne en una fuente y añadir la verdura en el aceite donde el lomo ha soltado su jugo. Para mi versión del lomo de cerdo he puesto cebolla y media, dos zanahorias, un boniato pequeño y varios trozos de calabaza, predominio de las verduras de color naranja como podéis ver. He dorado la verdura despacio y, cuando estaba melosa he devuelto la pieza de cerdo a la cacerola, lo he tenido un rato con las verduras, dándole la vuelta y finalmente he añadido la cerveza negra (una botella de Guinnes) y dos cucharadas de mostaza antigua. A partir de ahí cocer a fuego suave con la tapadera puesta hasta que pinchéis y veáis que la carne está bien tierna. Atención al amargor de la cerveza negra, probad la salsa para ver qué punto os gusta, yo he añadido unas cucharaditas de azúcar moreno para rebajarla pero eso depende del gusto de cada uno. En mi caso he preparado la carne la noche antes para que cogiera más sabor. Por la mañana he sacado el lomo y lo he cortado en trozos anchos, de nuevo cada uno puede hacerlo a su gusto. Luego sólo hay que incorporar las rodajas a la salsa y calentarlas para servir. En mi caso no he pasado la salsa por el chino, se puede comer con los trozos de verdura a la vista o pasarla para que quede una salsa más fina. A gusto del consumidor. Es un plato riquísimo, y que sale muy bien de precio.
Como plato alternativo he preparado unos contramuslos de pollo con curry y limón. Lo he guisado con cebolla, zanahoria, pimiento rojo y calabacín cortados en tiras. Frío bien el pollo especiado con curry y con la cebolla, le añado las verduras y después bajo el fuego. Echo el zumo de medio limón y dejo que termine de hacerse la carne despacio en la cacerola que uso para esta receta, baja y de tapa con agujero. Así, el pollo se acaba de hacer en su jugo y queda muy rico.
He acompañado los dos platos con patatas panadera a las que he dado un toque de romero.
De postre hemos tenido roscón con nata, comprado en pastelería, porque no me atrevo aún a hacerlo en casa, bombones y una selección de frutos secos y deshidratados Barberá, bañados con diferentes chocolates.
Si la inspiración para estos platos han sido las recetas de Amor González, no quiero dejar de mencionar a Isabella Bo, que es quien se encarga de la ropa de mesa, la vajilla y la decoración. Yo no tengo mano para poner una mesa bonita, ni dinero para comprar buenas vajillas, copas o manteles, ni sitio donde guardarlos pero no dejo de admirar las preciosas mesas que monta Isabella. En mi caso he usado velas de estrella, mantel y servilletas de papel de Mercadona, vajilla de Ikea y copas regalo de mi tío Miguel. En todo caso buen provecho y espero que os animéis a probar estas recetas fáciles y deliciosas.


“París puede esperar”, una delicia ligera de Eleanor Coppola


Un viaje de vuelta de vacaciones en tren nos ofreció la ocasión de disfrutar de una bonita película, en el más amplio sentido de la palabra, que en su día se nos escapó. Estoy hablando de “París puede esperar”. Cuando la anunciaron por megafonía busqué información en internet, para ver si merecía la pena pasar viéndola una parte del viaje. Me encontré con que estaba protagonizada por la gran Diane Lane, un aliciente añadido a una película sobre un viaje en carretera, repleta de buen vino y buena comida, como contaban los comentarios que leí por encima. Un film que además cuenta con la sorpresa de que su directora es alguien que sonará a los amantes del buen cine.
Ella es Eleanor Coppola (nacida Eleanor Jessie Neil en Los Ángeles, 1936), quien se ha pasado la vida siendo “esposa de”, en su caso el mítico director Francis Coppola. Por si esta losa no fuera lo bastante pesada, la exitosa carrera en el cine de su hija Sofia (Las vírgenes suicidas, Lost in Translation o María Antonieta) también la ha convertido en “madre de”. Y sin embargo Eleanor es una mujer inquieta que, a su actividad como artista plástica, une su labor como escritora y directora. Una muestra de su trabajo son sus libros “Notas sobre una vida” (editorial Circe), un diario en el que recoge sus recuerdos más íntimos y “Con el corazón en las tinieblas”, sobre el rodaje de Apocalypse now, pesadilla que también reflejó en un documental del mismo título “Hearts of darkness” (1991), ganador de un Emmy. A sus 81 años Eleanor ha debutado como directora de ficción con “París puede esperar”, una deliciosa comedia, con más que evidentes tintes autobiográficos, estrenada en 2017.
La historia que narra la película es de lo más sencilla. Una mujer se encuentra de viaje en Cannes acompañando a su marido, un exitoso productor de cine norteamericano que no la hace demasiado caso, siempre ocupado en su absorbente trabajo. Un inoportuno dolor de oídos, que la impide viajar en avión, es aprovechado por el socio francés de su esposo para invitarla a llevarla en coche hasta París. Lo que sigue es un viaje de placer y deleite, sin interferencias de trabajo, prisas o preocupaciones, repleto de diversión, lugares bellos, buena comida, mejor vino, humor y un cierto toque de chispeante romance. De la mano de su acompañante francés, la protagonista despertará al disfrute de los sentidos y encontrará una nueva pasión por la vida.
Y es que uno de los secretos de la vida es saber disfrutar en la medida de nuestras posibilidades, y esto lo refleja de manera acertada la directora en esta amable road movie. El sibarita Jacques, interpretado por Arnaud Viard, conduce a la bella Anne, a quien da vida Diane Lane, por las carreteras de Francia, en un destartalado y encantador coche, en un camino al que se enfrenta sin ninguna prisa y sí con toda la intención de disfrutar. Porque como afirma Jacques “conducir es la única manera de ver un país”. Pasarán por preciosos parajes, como los campos de lavanda de la Provenza o el Puente del Gard en Remoulins; visitarán el Museo de Miniaturas y Cine y el de los Tejidos (una de las pasiones de Anne) ambos en Lyon o la catedral de Vézelay en Borgoña. Por el camino pararán en cafés, bistrós y restaurantes, saborearán deliciosas carnes y pescados, beberán el mejor vino y disfrutarán de delicados dulces y chocolates (otra de las pasiones de la norteamericana). Así, lo que empieza como un viaje en el que se ve envuelta sin pretenderlo una Anne confundida y hasta cierto punto incómoda, se irá convirtiendo en un trayecto divertido, lleno de aprendizaje y gozo, un itinerario por los sentidos, que irá fotografiando la protagonista con su pequeña cámara de bolsillo. “Finjamos que no sabemos dónde vamos o ni siquiera dónde estamos”, dice Jacques en otro momento de la película. La simulación y el juego acompañan este viaje de placer.
Diane Lane, una vieja conocida de la familia Coppola, que trabajó con Francis en las míticas y ochenteras adaptaciones de las novelas juveniles de Sue E. Hinton “Rebeldes” y “Rumble Fish”, se convierte en la película en una especie de alter ego de Eleanor. Las melancólicas reflexiones de Anne sin duda tienen mucho ver con experiencias vividas por la directora, como su labor en la sombra para hacer más fácil la vida de su ocupado marido; su papel como madre y el síndrome del “nido vacío”; las probables infidelidades de su esposo… Pero cuando de verdad Anne se abre a su compañero de viaje, sucede al hablar sobre el fallecimiento de su hijo recién nacido, un trago amargo por el que también pasó Eleanor. Su hijo mayor, Gio, falleció con 22 años en un desgraciado accidente durante el rodaje de “Jardines de piedra” (1986), dirigida por su padre. “No puedes usar el dolor como escudo. Hay que celebrar su memoria, su presencia entre nosotros”, afirmaba la directora en una entrevista sobre aquella trágica pérdida.
La falta de visibilidad como creadora Eleanor Coppola es también el drama de tantas mujeres de generaciones pasadas, a quienes les tocó permanecer a la sombra de sus maridos, primando su rol de esposas y madres por encima de su capacidad, su trabajo y sus aspiraciones. Así lo contaba en una entrevista para el diario El Mundo en junio de 2017: “Las mujeres de mi generación fuimos educadas para ayudar a nuestros maridos y durante años ése fue mi trabajo. (…) Veo a mi hija Sofia y me doy cuenta de cómo han cambiado las cosas”.
“París puede esperar” ha recibido críticas por no tener “aspiraciones intelectuales”, resultar “ligera como un suflé” y no ser mucho más que un mero viaje de placer. Estos comentarios pueden tener su parte de razón, aunque no creo que las pretensiones de Eleanor al rodar la película hayan ido mucho más allá que reflejar de manera amable y sencilla una historia en torno a despertar a los placeres de la vida. Y eso sin duda lo consigue. Como curiosidad, se han creado itinerarios en revistas de viajes que reproducen los recorridos de Anne y Jacques en la película.
Y por favor, déjennos por una vez ser disfrutones y ligeros. Que también lo necesitamos.


Apegos feroces de Vivian Gornick. La imposibilidad de escapar de la madre


"La infelicidad tiene que estar viva para que pueda suceder cualquier cosa". Con la novela “Apegos feroces” de Vivian Gornick (Nueva York, 1935), reciente premio al Mejor Libro de Ficción otorgado por el gremio de Libreros de Madrid 2017, hemos cerrado una nueva sesión de otoño del Gabinete de Lectura de La Central marcada por la literatura femenina. De cinco libros leídos, cuatro han sido escritos por mujeres; se trata de cuatro fantásticos volúmenes de gran nivel. La escritora Lucía Litjmaer (Buenos Aires, 1977) fue la encargada de hablarnos sobre el libro y la sesión estuvo coordinada por Yaiza Berrocal.
Publicado en 1986 “Apegos feroces” es una profunda reflexión sobre relaciones afectivas feroces, materno filiales, de pareja, sexuales... Una “historia de mujeres con mujeres”, como la define la propia historia, una abanderada del feminismo y de la revolución cultural de la década de los 60. Lucía Litjmaer nos puso en antecedentes sobre los avances literarios de la época en la que comienza “Apegos feroces”. Comentó como, tras la psicosis de la Primera Guerra Mundial, la narración tradicional fue dejando de tener sentido y así las historias comenzaron a contarse de manera fragmentada. El libro avanza a trompicones, nos ofrece “pedazos” de historias y constantes saltos en el tiempo. Lo que realmente unifica la narración y hace de eje conductor son los paseos por las calles de Nueva York de la adulta Vivian y la anciana madre. También tras la Primera Gran Guerra la idea de amor romántico tradicional dejó de funcionar. El amor “como una iluminación” acabó por convertirse en un “anticlímax” para la generación de la autora.
“Todas nos entregábamos a nuestros placeres. Nettie quería seducir, mamá quería sufrir y yo quería leer”. Como se recoge en el libro, Vivian Gornick tuvo en la infancia dos modelos femeninos muy diferentes. Por un lado la madre, que refleja el amor romántico puro y el duelo. Por otro lado Nettie, cuya identidad se sustenta en la atracción que despierta, y que de alguna manera es un personaje “desdibujado porque se ve bajo los ojos idealizados de la niña”. Resulta fascinante el luto de la madre, parece como si hubiera esperado toda su vida para llegar a ese sufrimiento. “Es una imagen muy típica de la tradición judía, la yidish mamma, la madre frustradora”, explicó Litjmaer. Vivian no logrará liberarse en la edad adulta de ese amor castrante de la madre. Lucía Litjmaer reflexionó como, curiosamente, en el libro hay por parte de la autora una absoluta desnudez emocional, sin embargo su cuerpo es omitido. Así, en “Apegos feroces” hay una gran elipsis que oculta cómo rompe y despierta a la sexualidad. Una manera de quitar importancia al amor en el discurso narrativo. Sus relaciones la dejan defraudada pero parece que “ella misma es quien no permite que avancen sus historias más personales”, todas las que aparecen en el libro se caracterizan por el enfrentamiento. Con respecto a algunos de sus “apegos feroces”, en un momento de la narración desaparecen y no se vuelve a saber nada más de ellos. No así la madre, omnipresente en todo el texto. La madre la asfixia pero al mismo tiempo la hace sentirse segura. Se trata de una compleja relación madre e hija llena de ansiedad. Litjmaer califica el libro de “freudiano”, por los temas que aborda: infancia, sexo, muerte, madre. De alguna forma el libro “puede ser una especie de terapia”.
La escritura tiene para la protagonista una importancia vital. Así, otro de los temas centrales de “Apegos feroces” es la necesidad de la autora de conciliar su voz, el eterno dilema de las mujeres creadoras y artistas: la búsqueda de un espacio para crear (la habitación propia de Virginia Woolf). Vivian lo aborda a través de ese “rectángulo creador” al que apela en varias ocasiones, un espacio al que le cuesta acceder por el apego con la madre. Ese “rectángulo” del que habla en el libro es, en palabras de Litjmaer, un concepto muy propio del psicoanálisis, sobre la difícil convivencia entre el placer y el trabajo. A la protagonista sin duda le cuesta gozar. No logra despegarse de las convenciones, tampoco de la angustia y la autocompasión.
Es interesante cómo se abordan sus relaciones con los hombres que aparecen en el libro. Como su amigo de la adolescencia, que se convertirá con el tiempo en rabino; su marido, con el que establece una relación que parece basada en “jugar a las casitas”, según Litjmaer, en la que no se entienden, no consiguen relajarse ni disfrutar juntos; la tercera relación es la que tiene con el sindicalista casado, un hombre bastante mayor que ella, que abre la puerta para una nueva amante cuando la relación cae en la rutina.
No podemos olvidar el contexto histórico y social en el que se encuadra el libro. Vivian Gornick estudió en la universidad en la década de los 50. En aquella época las mujeres se casaban a los 19 o 20 años, no era común estar soltera con esa edad y entrar a la universidad, además perteneciendo a la clase obrera. La madre fue de alguna manera una adelantada a su tiempo,  además de una institución en su vecindario, tiene un marcado perfil político y en muchos aspectos estuvo libre de convenciones, como su apoyo a Nettie, la vecina gentil que se queda sola y desprotegida en un barrio judío donde no la aceptan.
Durante la sesión Yaiza Berrocal de La Central nos habló sobre las diferentes escrituras del yo. Nos explicó como Gornick de alguna manera practica un periodismo personal, una forma de autoficción, que es un concepto un tanto controvertido en Estados Unidos, donde el género de “non fiction”, en el que destacaron autores como Wolfe, Capote o Didion, debe ser claramente no ficción. Gornik se vio envuelta hace años en una polémica cuando explicó que alguna parte de “Apegos feroces” era inventada, como el encuentro con el vagabundo, lo que le generó críticas. Además Vivian Gornick se queda fuera de ese celebrado género al contar su vida, explicó Berrocal. Las escrituras del yo tienen problemas con el llamado “pacto de lectura”. Se trata de un género aún a debate. Autobiografía, memoria y autoficción son los tres subgéneros, en los que hay que tener en cuenta el pacto con el lector, el compromiso con la verdad, la recreación, las licencias que se toma el autor para transmitir determinadas ideas… La crítica ha calificado “Apegos feroces” de ensayo personal, novela autobiográfica o clásico del memorialismo norteamericano.
Personalmente, me resultan fascinantes los recuerdos de la infancia, la descripción de la vida en el Nueva York de los años 30 y 40, la estrecha relación entre los vecinos, la vida en un barrio popular de la gran ciudad estadounidense.
Una lectura nada fácil ni complaciente la de “Apegos feroces”. Un libro sobre el amor indiscutible y la imposibilidad para abandonar el útero materno, escrito con maestría por Vivian Gornick.

Josele Santiago. En Crudo y En Directo


Cuando nos enteramos de que Josele Santiago iba a estar con Javier Gallego (Carne Cruda), en una entrevista y concierto acústico, no lo dudamos. Mi primer recuerdo de su banda, Los Enemigos, es una canción “Boquerón” que sonaba a todo trapo en Radio 3 durante el año 89, mi año de COU y selectividad, en el que escuchaba la radio constantemente. Sus maravillosas versiones de “Señora” (Serrat) o “Entonces duerme” (Leño), canciones como “Septiembre”, “¡Cómo Es!” o “Me sobra carnaval” y su constancia y verdad han hecho de Los Enemigos un grupo acompañado y adorado por una legión de seguidores en todo el territorio nacional.
En un saloncito de aire añejo montado en el escenario del Teatro Arlequín el cantante se somete a las cuestiones de Javier sobre su disco, la actualidad política y diferentes aspectos de su carrera. Nos resulta mágico ser público de un programa de radio, que además es combativo, culto y muy actual. Josele Santiago acaba de sacar al mercado su nuevo disco en solitario, “Transilvania”, un trabajo irremediablemente pesimista. Josele reconoce que lo que sucede a su alrededor le influye en lo que escribe y que el “malestar difuso” por la situación actual se ve reflejado en sus canciones. “El 15M puso un poquito de luz pero al final ganó el PP con mayoría. Está muy bien juntarse en las plazas pero hay que ir a votar después. Ya que estamos en este sistema y sabemos cuál es el juego, seamos prácticos”.
Sobre su forma de componer, un tanto caótica, el cantante explica que toma muchas notas y coge ideas de cualquier parte, en la naturaleza, en la calle, en un bar, en la furgoneta… La parte de composición de la melodía es “más lúdica”. La música sale “jugando con la guitarra, el bajo o un teclado”. Le queda luego un arduo trabajo de ir cortando y cuadrando las letras con las melodías. Encontramos a un Josele maduro, centrado, serio pero con su retranca habitual, feliz con su oficio de músico e incluso con las servidumbres que genera. “Me gustan las entrevistas. Gracias a ellas puedo enterarme de muchas cosas sobre mí”, ironiza. Explica que sobre todo escucha “música del siglo pasado” o música actual que suena al siglo pasado. Josele se declara admirador del soul y el jazz “cuanto más bestia mejor”, sobre todo le gustan Charlie Mingus o Sun Ra, músicos menos sofisticados pero que se nota que disfrutan cuando tocan. La música le fascina desde pequeño, no recuerda haber sentido “una epifanía” en un determinado momento. Confiesa seguir sintiendo nervios cuando se sube a un escenario y le sigue pareciendo increíble que haya gente “que se sabe las letras incluso mejor que yo” y que vaya a ver en directo las canciones por las que él se ha partido la cabeza para componerlas. También confesó que le gusta la carretera.
Josele, que se acompaña a la guitarra por David Krahe, interpreta en acústico varias canciones de su “Transilvania”. “Cómo reír” (las gracias al jefe) es una canción inspirada en la novela de Francisco Casavella “El día del Watusi”, una novela “en la que constantemente pasan cosas, muy burlesca, en la que hay mucha calle y hay mucha música y unos personajes de los que te enamoras”. “Ángel” es otra de las canciones de “Transilvania” que nos ofrece Josele En Crudo y en Directo. Reconoce haberla escrito en un momento en que estaba desquiciado por el ruido de los vecinos y la calle. Se trata de un alegato “por el exterminio de la raza humana”, porque el hombre se comporta como un virus. La letra, bestia y radical, se completa con una música muy amable, y así “el mensaje es mucho más potente y perverso”.
Javier Crudo le pregunta por la imaginería religiosa que aparece en muchas de sus canciones. Josele, que estudió en un colegio de curas, considera la religión como un espectáculo, ya que crea “imágenes muy potentes”. Posee “una cosmogonía que parece un tebeo de la Marvel. Es de tripi pero sigue funcionando”. El salón retro de En Crudo y En Directo es un lugar perfecto para desgranar recuerdos, así Josele confiesa que fue un niño bizco y con un parche en el ojo, que pretendía pasar desapercibido, algo que no le resultaba fácil. Siempre estuvo rodeado de música y arte en casa, por su padre, que pintaba, tocaba la guitarra y cantaba “con mucha gracia” y sus tíos y primos, también pintores y dibujantes. Reconoce que en sus inicios con Los Enemigos lo que menos le gustaba era cantar, buscaba alguien que cantara sus letras hasta que finalmente en el disco “La vida mata” se decidió por empezar a cultivar su propio estilo y dejar de imitar a cantantes como Lee Brilleaux de Dr. Feelgood. Se nota que Josele cada vez canta más suelto y relajado, en especial desde su operación de garganta tras la que tuvo que aprender a cantar y a hablar de nuevo. Recuerda haberse destrozado la garganta cantando y gritando en los bares, “porque yo he salido mucho”. Asume con gusto su nueva condición de tipo que se cuida, “no queda otra cuando uno va cumpliendo años”.
El proceso catalán es un tema que ha impactado profundamente a Josele Santiago, no hay que olvidar que vive desde hace unos años en Cataluña. David Krahe avisa que si empieza con “el tema” no hay forma de pararle. La cuestión catalana aparece “por culpa” de una pregunta de Javier “Crudo” sobre la canción “Un Guardia Civil”, presente en este disco y que también nos ofrece en directo. “Menudo momento para hablar de la Guardia Civil viviendo en Cataluña”, ironiza Javier. “Desde niño me ha caracterizado por encontrarme en medio de todos los líos”, responde Josele. Dice no entender el independentismo, lo que no quita que la actuación del gobierno haya sido desproporcionada. Se podía haber dejado a la gente que votara, aunque no fuera válido el resultado, pero lo que ha sucedido, con barco Piolín incluido, no tiene para él justificación y sienta un precedente que puede ser peligroso.
En la charla hay lugar para hablar sobre cómo ha cambiado Madrid en estos últimos años. Josele recuerda que había muchos conciertos todos los fines de semana, incluso entre semana. Malasaña era un barrio muy vivo y activo y Los Enemigos se convirtieron en un icono musical del barrio. “Yo tenía enchufe en el Agapo y eso se notaba”. El músico reivindica la posibilidad de actuar que había entonces. “Lo mismo podía tocar gente muy reconocida como Johnny Thunders que gente que no conocía nadie”. Josele lamenta que los chavales que están empezando ahora lo tienen muy crudo porque incluso hay salas donde hay que pagar para tocar. “El futuro que se antoja es muy preocupante. Sólo va a tocar el que pueda permitírselo”. Estas circunstancias afectan a todos los artistas. “Las instituciones no ayudan pero ahora ya es el colmo, hemos llegado a un punto en el que lo único que importa es hacer dinero inmediato, sin una visión de futuro”.
Para este disco Josele Santiago ha contado con la producción del reconocido Raúl Fernández “Refree”, quien ha producido a artistas tan dispares como Lee Ranaldo, Silvia Pérez Cruz o Kiko Veneno. El músico reconoce que tenía ganas de trabajar con él desde hace más de diez años. “Su trayectoria me parece impresionante desde cualquier punto de vista”. Aprovechando que los dos viven en Barcelona, el mismo Josele se ofreció, le presentó sus canciones y Refree aceptó trabajar con él. “Muy a gusto”, confiesa Josele, “ha conseguido una calidez, una profundidad y una cercanía acojonantes”. Refree es ahora un productor “que está en todas partes, lo hace todo, es muy valiente”. Josele admite que trabajar con “Refree” “le ha venido muy bien”. Con el productor ha introducido sintetizadores y algunos instrumentos novedosos para él. Josele confiesa que se ha desmadrado y ha conseguido una grabación “muy divertida”. Destaca la participación de la banda de Xarim Aresté, “uno de los artistas más interesantes con los que me he topado nunca”, explica Josele.
El músico reconoce que cada vez se siente más a gusto en acústico, aunque esté en las antípodas de lo que pueda ser un concierto de Los Enemigos. “Empecé con el acústico por necesidad, todos hemos tenido que reducir el formato”. Josele tuvo un parón musical durante el que trabajó como auxiliar de veterinaria, pero sin olvidar la música en casa, “sin música me muero”, precisamente pudo volver a tocar profesionalmente gracias al formato acústico. Reconoce que Los Enemigos volvieron a juntarse por el dinero, “nunca lo ocultamos” pero se muestra orgulloso de haber aparcado sus diferencias y seguir comportándose “como una bada viva”. A estas alturas de la película Josele se niega a forzar la máquina, “Intento no pensar en estilos a la hora de escribir. Si sale un tema muy potente, una melodía fuerte, pues va para Los Enemigos, pero no hago más distinciones que intentar hacer buenas melodías, buenas letras y nada más”.
Josele nos regala aún algunos temas más, como una potente versión, aunque sea en acústico, de “Ole papa” de su disco en solitario “Las golondrinas etcétera” (2003). Una noche deliciosa gracias al buen hacer de Carne Cruda, que siempre está inventando para ofrecernos lo mejor. Agradecidos.