“Éramos unos niños”. La historia de Patti Smith y Robert Mappelthorpe narrada en primera persona


Me recuerdo a finales de los ochenta, cuando empecé a degustar música de verdad, escuchando entusiasmada el “People have the power” de Patti Smith, una canción luminosa cuyo video reproducían con insistencia en los programas musicales que nos brindaba la televisión pública de entonces. La trepidante historia vital que atesoraba Patti Smith era tremendamente atrayente, incluida su relación con un artista fascinante, el fotógrafo Robert Mappelthorpe. La desgraciada muerte por aquellos días de este último les puso a ambos aún más de actualidad.
Publicado en 2010 “Éramos unos niños”, el libro de memorias de Patti Smith sobre su relación con Mappelthorpe es un testimonio tremendamente humano sobre unos días y una escena enormemente atrayente y mítica, repleto de escenarios y personajes relevantes. Los primeros, la pareja protagonista. Patti hace gala de gran sensibilidad, emoción e inteligencia en su narración de historias, a veces cotidianas, a veces tremendas, siempre llenas de alegría de vivir y compartir. Por encima de todo es un trabajo lleno de amistad y amor, y una muestra de la “atómica agenda de teléfonos” que tuvo y tiene esta adorable mujer, poeta, pintora, hija, madre, amante, amiga, cantante, musa y creadora.
La vida de Smith y Mappelthorpe siempre estuvo unida desde que se encontraron en Nueva York cuando eran “unos niños”. Solos y sin recursos, habían huido de sus respectivas familias, Patti a causa de un embarazo no deseado tras el que había entregado en adopción a su bebé y Robert huyendo de su católico y estricto entorno. Se apoyaron, deseosos de desarrollar una carrera artística, a pesar de no contar con medios ni apoyos y sin tener del todo claro qué querían hacer.
Por encima de todo el arte siempre fue el “territorio común” de los dos, incluso haciendo arte con sus propias vidas. A través de su relación, primero sentimental y luego fraternal cuando Robert aceptó su verdadera sexualidad sin romper sus lazos con Patti, recorremos dos décadas apasionantes del arte y la música de los Estados Unidos, su epicentro, Nueva York. Las idas y venidas de los frenéticos Smith y Mappelthorpe nos llevan a escenarios míticos como el Hotel Chelsea, en cuya habitación 204 la pareja vivió un tiempo, y el no menos fantástico Max’s, el local donde gravitaba la galaxia Warhol, espejo del artista de incuestionable éxito que aspiraba a ser Mappelthorpe. Allí fueron encontrando su sitio y se relacionaron con Candy Darling, Edie Sedgwik, Tennessee Willliams. Por entonces Warhol ya estaba en retirada del local pero por allí seguían apareciendo luminarias como Lou Reed y la Velvet Underground. Mappelthorpe, ambicionando alcanzar estatus y fama como artista, fue quien arrastró a Patti a ambos templos llenos de artistas donde debían dejarse ver. El tiempo le dio la razón. Robert luchó denodadamente por alcanzar el éxito, ese futuro brillante “que tan resueltamente había buscado y tanto se había esforzado por alcanzar” y finalmente logró. Muchas estrellas de las galaxias Max’s y Hotel Chelsea tuvieron finales trágicos, “sucumbieron a las drogas y a los infortunios. Pero Patti y Robert jugaron cartas ganadoras.
El libro está repleto de luminarias de la época, músicos, artistas, escritores, actores y mecenas con los que la pareja se relacionó. Admiradora incondicional de Jim Morrison, Brian Jones y Bob Dylan, con quien finalmente establecería una cálida relación, Patti conoció en los años del Hotel Chelsea (1969-70) a músicos como Janis Joplin, Jimi Hendrix o, Todd Rundgren. En el libro Patti habla sobre su relación sentimental con el recientemente desaparecido Sam Shephard, ya entonces un joven dramaturgo de prestigio. Escribieron juntos la obra de teatro “Cowboy Motel” en 1971 y mantuvieron su amistad toda la vida.
Como un chamarilero, Robert recorría todo tipo objetos de tiendas y rastrillos, incluso rebuscaba en la basura, para crear sus fantásticos collages y montar sus extrañas piezas de bisutería. Patti trabajaba y comenzaba a escribir sus primeros poemas, mientras animaba a Robert a probar con la fotografía. Él, siempre impaciente y deseoso de resultados rápidos, no acababa de decidirse. En aquellos años donde lo compartían todo, ambos pusieron la semilla de lo que se sería su posterior y conocida obra. Cuando Robert empieza a exponer, con éxito, sus primero collages, para Patti la experiencia de compartir su obra con otros despertó su “instinto posesivo”, “Ver a personas mirando la obra que yo había visto crear a Robert”. Si ya había soltado a Robert en el plano sexual, también empezaría a dejarlo libre en el aspecto artístico.
Robert tuvo acceso a la alta sociedad culta y artística de Nueva York, que les relacionó con Bianca Jagger, Diane de Furstenberg o Marisa Berenson. Patti no se sentía cómoda en esos ambientes pero, a pesar de todo, seguían gravitando uno en torno al otro a pesar de sus diferencias sociales. Robert fue encontrando los mecenas que le dieron acceso a aquel mundo como John McKendry, director de fotografía del Museo Metropolitano de Arte, o el millonario Sam Wagstaff, que se convertiría en su pareja y cuyo mecenazgo fue decisivo para el fotógrafo. “Se necesitaban. El mecenas para verse glorificado por la creación. El artista para crear”.
Y llegó la entrega absoluta de Robert a la fotografía. Abandonó sus collages e instalaciones, por fin la fotografía no era un medio sino un fin en sí misma. Había comenzado a trabajar con una Polaroid, con lo que desarrolló decisión y un ojo rápido. Encontró un estilo personal, completamente suyo, donde “la luz lo es todo”. Se decantó por el retrato y tomaba para modelos de sus fotos a la gente que conocía por su “compleja vida social”, desde famosos hasta “un chapero tatuado”. Desde el principio la obra de Robert fue objeto de polémica: “Su obra era buena pero peligrosa (…) Se fijaba en áreas de opinión sobre las que había poco consenso y las transformaba en arte (…) Revestía lo homosexual de grandeza, masculinidad y nobleza”. Sin embargo, como afirmó Cocteau sobre un poema de Genet, “Su obscenidad nunca es obscena”. En su obra Mappelthorpe reflejaba la dualidad de su carácter, la lucha entre el bien y el mal, una obsesión católica que le perturbaba, “El artista y puto era el buen hijo y monaguillo”. Patti intentaba calmar esa desazón, “No necesitas ser malo para ser distinto. Ya eres distinto. Los artistas son una raza aparte”.
Tras el despegue del éxito de Robert, Patti siguió siendo musa: “Contigo siempre acierto”. A Robert le interesaba “cómo hacer la fotografía”, a Patti “cómo ser la fotografía”. “El credo que establecimos como artista y modelo era simple. Confío en ti, confío en mí”, afirma Patti. Siempre se movieron entre esa dualidad entre la inspiración y el trabajo material, “Es responsabilidad del artista equilibrar la convicción la comunicación mística y el esfuerzo de la creación”. El Robert obsesionado por el éxito también se preocupaba por la obra de Patti y por su triunfo, quería que ella, que estaba empezando a componer en clave musical, “tomara un camino que me diera éxito”. Sandy Pearlman fue el primero en ver el potencial que podría desarrollar Patti al frente de una banda de rock. Mientras tanto, Patti seguía dibujando y escribiendo de manera desordenada sus versos, influida por Rimbaud y la Generación Beat. Trató a Gregory Corso, Allan Gringsberg y William S. Burroughs, “joven y viejo al mismo tiempo. En parte sheriff en parte detective”, afirma Patti sobre él. También realizaba reseñas en revistas musicales como Rolling Stone, en una época en la que “la profesión de periodista musical podía ser una ocupación noble”. Logró publicar un par de poemario y comenzó a hacer perfomances con sus poemas y un par de músicos. Uno de ellos, Lenny Kaye, se convertiría en el eterno compañero de su carrera musical. Comenzaron a actuar en cualquier local que quisiera acogerlos y en ese momento llegó su encuentro con el mítico CBGB, entonces poco más que un antro desconocido. Allí trató a Tom Verlaine y sus Television.
En la época del CBGB Patti y Lenny montaron finalmente su banda y consiguieron contrato discográfico. Su primer disco lo grabaron en el estudio de grabación de Jimi Hendrix, los Electric Lady Studios. El debut de la banda, en lo que fue “una noche iniciática” contó con la presencia de Bob Dylan, la persona que ella “había tomado como modelo”. Robert, cómo no, se encargó de realizar la mítica foto para la portada del álbum “Horses” (1975), “Cuando la miro no me veo nunca a mí. No os veo a los dos”, dice Patti. Tan sólo realizaron juntos una exposición, con dibujos de Patti y fotografías de Robert. Nunca viajaron juntos, “Jamás vimos nada aparte de Nueva York, salvo los libros”.
En 1978 Patti consigue al fin el éxito masivo como estrella del rock tras su colaboración con Bruce Springsteen en “Because the night”. Robert lo vivió complacido “lo que quería para sí, lo quería para los dos”; “Te has hecho famosa antes que yo”, le dijo. Patti abandonaría finalmente Nueva York con su pareja, el músico Fred Sonic Smith, guitarrista de MC5, fallecido en 1994.
Robert, un hermano para Patti, “es la estrella azul en la constelación de mi cosmología personal”, fallecería en 1989 de SIDA, en aquellos años en los que no había curación ni esperanza. Patti vivió muy pendiente de su ángel durante los desgarradores meses de enfermedad hasta que falleció “Mi amor por él no podía salvarle. Su amor a la vida no podía salvarlo”.
Una historia fascinante narrada en primera persona.

“Cuatro millones de golpes” de Eric Jiménez, memorias de un enorme batería



Cada vez son más los músicos de rock que deciden publicar sus autobiografías. Una profesión tan fascinante, loca y extrema es perfecta para generar delirantes andanzas e historias tremendas, repletas además de personajes de fama y relumbrón. Algunas autobiografías son divertidas, otras megalómanas, las hay que no añaden nada nuevo y otras que son deliciosa literatura de calidad. Me vienen a la mente las memorias, escritas por ellos mismos, de Pete Townshend, Morrissey o la maravillosa Viv Albertine, tres músicos que tienen buena mano para la escritura. En España también tenemos a nuestros rockeros que cuentan su vida. Es el caso de Eric Jiménez, batería que yo calificaría de mítico por las bandas y los álbumes en los que ha puesto su talento. “Oscuro”, “insólito”, “tragicómico”, son algunos de los adjetivos que la prensa ha dedicado al libro.
Disfrutamos el miércoles 15 de noviembre de una animada presentación en la fnac de “Cuatro millones de golpes”, un relato de vida en el que se recogen “aventuras” del batería granaíno, con mucha melancolía, una crónica vital bastante negra y a la vez con mucho sentido del humor, con momentos “muy divertidos, algunos incluso ridículos”. Eric se muestra orgulloso de tener el calor y el cariño de un público que nunca le ha abandonado y le ha hecho ganar confianza en sí mismo. El libro es un canto a una profesión, la de músico, que Eric califica de “profesión de riesgo”, porque “aunque te vaya bien no sabes cómo vas acabar”. Se declara un “romántico”, que quiere estar en proyectos “con alma”. Y vaya si lo ha conseguido.
Eric ha prestado sus recuerdos, hablados porque él no es escritor, a Holden Centeno, nombre bajo el que se esconde el autor de la novela “La chica de Los Planetas”. Él ha ordenado y dado forma a esos recuerdos de vida, para los que el batería se ha “abierto en canal”. El libro es “Eric cien por cien”, aunque algunas historia se hayan suavizado, para no acabar literalmente “en la cárcel”.
El ex político socialista Eduardo Madina, fue el encargado de presentar el libro. Amante de la música, también de la de Los Planetas, Madina recomendó el libro a los seguidores de Lagartija Nick “porque les va a ayudar a entender la magnitud de esta banda”; también a los incondicionales de esa “catedral de sonido que es el Omega” (el mítico álbum de punk rock de Enrique Morente y Lagartija Nick) para entender mejor “una obra única en la historia de la música de España”; el libro de Eric también complacerá a los seguidores de Los Planetas porque ofrece claves de las cosas más conocidas de la banda y de otras que no lo son tanto.  Y por último lo recomendó a las personas que sean amantes de Granada, uno de los principales focos de producción musical de este país, porque gracias al libro se puede conocer “el pentagrama que ha ido construyendo esta ciudad a lo largo de los años gracias a los grupos que han salido de ella”. Es el caso de tres de las bandas en las que ha militado Eric como KGB, Lagartija Nick, Los Planetas y grupos como 091, Niños Mutantes, Lori Meyers, Napoleon Solo, entre otros. Madina destacó que el libro es de alguna manera un “manual de autoayuda”, si tenemos en cuenta que su protagonista es alguien que, teniéndolo todo en contra, se ha convertido en el mejor batería de este país y ha formado parte de grupos que han marcado a varias generaciones. En el testimonio que ofrece “Cuatro millones de golpes” asistimos, en definitiva, a la construcción de una persona.
Eric Jiménez explicó se había animado a emprender este proyecto tras pasarse años contando “muchísimas anécdotas en muchísimos sitios”, que mucha gente le animaba a plasmar en un libro. Llegó con las grabaciones de sus vivencias escritas por Holden Centeno. El batería reconoce que uno de los capítulos más emocionantes es el de la pensión Penibética, donde vivió con su madre y sus hermanos. Su infancia, dura, estuvo marcada por ser hijo de madre soltera, algo “mal visto” por la sociedad de la época. “A diferencia de lo que sucede con el libro Instrumental de James Rhodes, a mí la música un poco más y me mata. Yo escuchaba una música que me podía llevar a la tumba de cabeza”. Empezó a tocar el tambor en la OJE y pronto se metió en el punk, “Salgo de la sartén y me meto en el fuego”, concluyó.
Su gran descubrimiento fue su facilidad para tocar la batería y por fin se sintió aceptado al entrar en una banda. “La batería es mi zona de confort, la burbuja donde me abstraigo, donde no pienso en nada”. Eric confesó su necesidad de llamar la atención porque en su infancia “había pasado desapercibido” y se había sentido “muy solo”. Eric se desnuda en el libro, donde se presente también como alguien con mucho sentido de la responsabilidad, “siempre he compaginado varias bandas para no quedarme sin trabajo”, sobre todo tras nacer hace cinco años su hija, “antes quería dejar un cadáver bonito, ahora quiero vivir hasta dejarlo horrible”. Afirmó no haber hecho el libro desde el rencor, a pesar de la mala follá granadina, por eso ha preferido sacarlo con cincuenta años, para evitar esas memorias llenas de bilis, escritas con más edad.
Para finalizar, el batería atendió a las preguntas del público, lamentando las nulas facilidades que tienen los grupos nuevos para hacer música en este país. Alimentando su personaje de enfant terrible, reconoció que “con este libro ahora mismo estoy jodiendo a muchísima gente cosa que me complace”. Reconoció que, después de grabar y producir sus discos prefiere dejar pasar un tiempo antes de volver a escucharlos y, hablando de su bellísima ciudad, recomendó su bar (El bar de Eric) o cualquier rincón del Albaicín o del Sacromonte, como la terraza de Casa Juanillo. Tomamos nota para la próxima visita.
Genio y figura.

“Encore Trasatlántico” viaja con música y libros en Viaje al centro de la noche, RNE


En el programa Viaje al centro de la noche de RNE, Pedro Escobar, editor de “Encore Trasatlántico” y yo “Viajamos con poco”, con Amaya Prieto y Javier Hernández. Huyendo de ese demasiado de todo. “Música y palabra. Mucho que se hace con muy poco”. Escritores inspirados por músicos y música. Llegamos cargados de música y literatura a la Casa de la Radio en Prado del Rey y de ilusión y de emoción y de ganas de contar sobre este proyecto en el que he tenido la enorme fortuna de embarcarme gracias a la gentileza de Pedro Escobar. “Gestor”, dice él, pero sin duda alma mater de una antología de relatos sobre rock mexicano y español en el que hemos participado diferentes ilustradores y veintiún escritores, que venimos del periodismo, la literatura e incluso la música. El eje del libro es un tema que nos apasiona, la música, que ha inspirado ficción e ilustraciones. Un libro que existe en papel gracias al esfuerzo de Pedro. “Somos humanos, nos encanta tocar los libros, leerlos, tocarlos, prestarlos a alguien, subrayarlos incluso”, dice. A mí me gustan los dos formatos,  libro electrónico y en papel, pero no hay duda de que es un gusto tener el “Encore Trasatlántico” en formato físico.
“Me encanta leer, me encanta escribir y me encanta la música, así que pensé que esta era una manera interesante de conectar todo”, explico. Mi participación en el libro va de la mano de la canción “El gran circo”, del grupo mexicano Maldita Vecindad, banda que conocí gracias a un CD de apoyo a nuestra radio libre Radio Resistencia, allá por los años 90. En el disco se recogía música latinoamericana rebelde y de combate, de donde parte la historia que incluyo en el libro. En la historia también se realiza una reflexión sobre el rock urbano de los ochenta y los noventa, y sobre la fusión del rock con otros estilos. Una llamada a abrir la mente y descubrir nuevos estilos, más allá del omnipresente rock anglosajón.
Reflexionamos también sobre la abrumadora presencia de la música en inglés en la radio española. Pedro recuerda la importancia del rock hecho en español en Latinoamérica y la mirada hacia la música española que se hace desde allí. Muchas bandas han hecho escuela, como Radio Futura o Fermín Muguruza, presentes en el “Encore Trasatlántico”, una antología que conecta México y España a través de una “lengua que nos une”. 
Nuestro editor reivindica el poder de la música para despertar nuestra imaginación, “porque una canción no se acaba cuando termina el track, genera otro tipo de historias”. Canciones que “hablan de ti, aunque hayan surgido a miles de kilómetros de distancia, en un país que no conoces”. Esas canciones que hablan de nosotros. “Tenemos derecho a imaginar, cuando la realidad nos lastima, cuando nos parece más asfixiante siempre existe la posibilidad de imaginar”.
Mi relato “Gozando de los sones rebeldes” encuentra similitudes entre jóvenes que aman la música, aunque se encuentren a miles de kilómetros, sean de una zona marginal de México o de un barrio como Vallecas, en Madrid. Es un viaje del que vamos de la mano. Se trata de un relato de descubrimiento y crecimiento, partiendo del rock de barrio, del rock gitano de inicios de los ochenta, el rock anglosajón que adora uno de los personajes y el rock mestizo. En el relato tiene mucho que ver mi infancia, muy marcada por el barrio de mi abuela en Vallecas, con aquellas casas bajas que levantaban los vecinos como podían tras su llegada desde los pueblos para buscarse la vida. Encontré similitudes con las vecindades de la Ciudad de México, en mi relato México DF, y los descampados de aquella Vallecas de mi niñez. Está escrito con la idea de que abramos los ojos, nos quitemos clichés y prejuicios. Los cuatro estamos de acuerdo en que el rock urbano, reivindicativo y social va siendo poco a poco cosa del pasado, que el rock español actual ha perdido aquel tinte. Ese carácter reivindicativo lo ha recogido el rap en España, no tanto en México, donde Pedro explica que sigue habiendo una escena punk y ska que hablan de las cosas que preocupan a la gente.
En “Encore Trasatlántico” hay barrio, tauromaquia, desaparecidos que siguen entre nosotros, personas que vuelven del coma, múltiples historias. “Un ejercicio de imaginación puramente lúdico”. Como es el caso del relato protagonizado por Tino Casal y escrito por Juan Pablo Rovira, que recoge la leyenda urbana de que el cantante no ha muerto, sino que habita otro (sorprendente) cuerpo. O Camarón de la Isla, que aparece en el cuento de Pedro, y su imaginario encuentro con el compositor mexicano Jaime López. O el cuento sobre los 43 jóvenes mexicanos desaparecidos, del cuento de Alberto Chimal, relacionada con la canción de Radio Futura “Lluvia del porvenir”, cuya letra parecía adelantar en los años ochenta lo que sucedería años después, bajo la premisa de que los estudiantes siguen existiendo en alguna otra dimensión.
Javier nos pregunta si está en el mestizaje el futuro del rock and roll. Puede ser, aunque el mestizaje viene de lejos. Yo empecé a seguir estas mezclas en los noventa, me sentía más cercana al rock y gracias a la radio empecé a escuchar otras cosas. El mestizaje siempre es bueno, como sucede con la forma de tocar la guitarra eléctrica de los saharauis, con esas “afinaciones marcianas” que vuelven locos a los músicos occidentales. En el arte no hay que poner barreras nunca. Ojalá nos queden por ver muchas cosas interesantes y muchas mezclas.
El libro está empezando su andadura, “está muy fresquecito todavía”, como dice Pedro. Nos queda saber si los músicos que aparecen se quedarán contentos con haber inspirado otro tipo de creación a partir de su música. Pedro resalta que la edición independiente y la distribución en internet han funcionado muy bien en México. Como explica el editor “son libros de autor”, parten de la economía colaborativa, de los esfuerzos en común, financiados sin el respaldo de una editorial. “El hecho de que estemos aquí, que es un privilegio, quiere decir que los espacios existen si tienes algo que decir”, afirma Pedro para finalizar una entrevista que ha resultado todo un placer.
Unos minutos antes de la entrevista conozco a Pedro y a Gina en Tirso de Molina, donde viene a recogernos el coche de producción de Radio Nacional. Por el camino los tres vamos hablando de música, literatura, creación, radio, independencia, todas esas pasiones que nos unen. Nos reconocemos como esa clase de seres que hacen cosas con el corazón, que van donde les llevan sus impulsos, locos por el arte y con ganas de hacer cosas en comunidad. Participar en “Encore Trasatlántico” ha sido una suerte que me ha traído y sé que me traerá muchas satisfacciones. Los tres entramos encantados al edificio de la Casa de la Radio en Prado del Rey. Por suerte no nos perdemos en el laberinto de pasillos. En la sala de espera nos hacemos fotos, con sonrisas nerviosas y encantadas. Estamos en la radio para hablar de nuestro libro.
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Viaje al centro de la noche. Viajamos con poco. 11/11/2017



       
                                                                       Viajamos con poco (1)                        

Agujero. Con grabados de Alberto Pina y texto de Andrés Barba. Editorial El cañón de Garibaldi


“Cada vez que alguien descubre un agujero en un muro se abre la posibilidad de que al otro lado se produzca la revelación, el prodigio”. Ediciones Cañón de Garibaldi nos invitaba a descubrir el miércoles 8 de noviembre lo que ha aparecido al otro lado del suyo. Así no quisimos perdernos la presentación de la segunda carpeta de la editorial, de nuevo con grabados de Alberto Pina y texto de Andrés Barba. Con esta cuidada carpeta de grabados y texto, ambos ofrecen “una reformulación del mundo a través del agujero”.
El pintor Alberto Pina explicó que se trata “de una excusa para hacer cosas juntos, interrelacionando literatura y pintura”. La carpeta ha surgido a partir de un cuadro redondo pintado por Alberto, inspirado en un pintor holandés. Andrés lo vio en el estudio, le gustó y el pintor pensó en una serie de grabados con formato redondo, un formato particular. El escritor Andrés Barba preparó el escribió el texto, pero pidió al artista que no hiciera las ilustraciones inspirándose en su escrito.
La mirada desde el agujero puede surgir a través de una mirilla, un microscopio, un telescopio la mirada por el agujero. Según Alberto, de alguna manera es una mirada que protege, porque te muestra invisible a lo peligroso. Pero también puede causar miedo, como sucede para Alberto con perros, sitios industriales, los edificios administrativos, lo institucional, el bosque… Alberto destacó como algo positivo trabajar a partir de las ideas le propone Andrés. “En el mundo artístico es una pesadez tomar todas las decisiones uno solo, por lo que me gustan las propuestas que me hace Andrés”, aclaró.
Para el escritor Andrés Barba mirar por el agujero supone ver las cosas incompletas. También supone la fascinante posibilidad de ver sin ser visto. El escritor madrileño, reciente ganador del Premio Herralde de novela, citó varios ejemplos de la literatura universal relacionados con mirar a través del agujero. Es el caso de “Alicia en el país de las maravillas” de Lewis Carrol, con la caída por la madriguera o la mirada por el ojo de la cerradura. Otra fuentes de inspiración es “En busca del tiempo perdido” de Proust, cuando ve a Albertine desde una ventana pasando por la calle; o en “El Último encuentro” de Sandor Marai, que refleja un triángulo amoroso entre dos amigos y una mujer compartida, cuando uno de ellos ve la imagen del amigo a través de la mirilla de la escopeta, con lo que se convierte en amigo/ enemigo, simultáneamente; o cuando Galileo enseña una cabeza de mosca vista desde el occhiolino (antecedente del microscopio) al rey de Polonia Segismundo III, causándole un susto de muerte.
“El agujero es también el lugar de la revelación”, finalizó Andrés Barba, “Ofrece una visión distinta sobre la realidad de siempre”. Se trata del segundo trabajo juntos, tras  su “Trío en Súper 8”, del pasado año. Está compuesto por 5 grabados originales en aguafuerte más texto, y esperan que sea una larga serie, que no quieren reducir a un único formato. 


“Blade Runner 2049”. Pura melancolía (sin spoilers)


No sé si fue la luna llena o verla en soledad pero “Blade Runner 2049” me dejó sumida en la melancolía. Por lo que no volverá, por el tiempo pasado, por nuestra caducidad, por el sinsentido de la vida. Resulta muy complicado acometer una reseña sobre una obra maestra del cine y su secuela sin caer en digresiones filosóficas o en spoilers, pero vamos a intentarlo.
Este otoño de 2017 se ha estrenado “Blade Runner 2049”, la segunda parte de la legendaria película dirigida por Ridley Scott en 1982, un film mítico, mezcla de cine negro y ciencia ficción, que no tuvo buenas críticas en su estreno. Mirando hacia atrás, se trata de una obra en la que se conjuraron los astros para que el mal ambiente, los problemas de presupuesto, los bandazos de guion y de producción y en definitiva el infierno que supuso su rodaje y su montaje dieran lugar a una película que con el tiempo se ha convertido en un clásico digno de pasar a la historia del cine. Basada en la obra de Philip K. Dick “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”, tomó su nombre definitivo, “Blade Runner”, de un guion del escritor beat William S. Burroughs.
Se pueden encontrar en internet decenas de páginas sobre una película en la que los problemas, las casualidades y los cambios de montaje crearon, tal vez sin pretenderlo, una obra profunda, en la que caben diversas interpretaciones y rodeada de una leyenda que la ha convertido en imprescindible. Incluso para los que, como yo, no somos amantes de la ciencia ficción. “Blade Runner” va mucho más allá.
Recuerdo haberla visto hace muchos años en video pero no tengo una imagen nítida de cómo o cuándo sucedió. Fui una adolescente que adoraba a Harrison Ford. Fue una revelación encontrármelo en “Único Testigo”, otra de esas pelis de videoclub que animaron nuestra adolescencia. No me perdí las sagas de La guerra de las galaxias e Indiana Jones, ni sus interpretaciones en el drama romántico “La calle del adiós”, la maravillosa “American Graffiti” (donde tenía una minúscula aparición), “La costa de los mosquitos”, “Juego de patriotas” (que no me gustó), “A propósito de Henry”, el magnífico thriller “Frenético” de Roman Polanski o “El fugitivo”, muchas de ellas vistas en pantalla grande con mis amigas del instituto. Era para nosotras toda una celebración ir a ver la nueva de Harrison Ford.
La imagen de la geisha en una pantalla gigante, la ciudad de Los Ángeles sometida a una constante lluvia ácida, el extraño multiculturalismo, la desolada estética futurista, los coches voladores, el peinado de Rachel (qué mal me caía Sean Young entonces), la grandiosa banda sonora de Vangelis (“Memories of Green” me sigue conmoviendo hasta las lágrimas), el arrebatador carisma de Harrison Ford (de quien se dice que odiaba una película que no entendía), el inolvidable monólogo en el tejado de Roy esos “Momentos que se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia” que al parecer se trató de una improvisación del propio Rutger Hauer. Por no hablar de la eterna discusión de si Deckard, el protagonista interpretado por Harrison Ford, era o no un replicante, apuntalada por el unicornio de origami (hay un guiño en la segunda parte) y los cinco replicantes que se nombran en la película, aunque solo aparezcan en teoría cuatro. ¿Fallo de guion, falta de presupuesto que eliminó a un personaje o magistral vuelta de tuerca del director? Anécdotas que no hacen sino alimentar el mito.
El sentido de la vida, la destrucción del planeta, la explotación del ser humano por el ser humano, la trascendencia, el poder de la creación, la ausencia de futuro, la conciencia de la finitud, la empatía y la capacidad de experimentar emociones… “Blade Runner 2049” repite todos estos ingredientes, añadiendo una figura tiene mucho tirón en el cine estadounidense, el “elegido”. Incluso tiene sus propios “unicornios”, la cifra 06.10.21 y la figurita de un caballo. Y ese es el hándicap de “Blade Runner 2049”, ser demasiado continuista de su antecesora. Ciertamente es larga, casi tres horas, para no contar nada radicalmente original o arrebatador. El respetado director Denis Villeneuve recurre a varios de los personajes del primer film, Deckar, su enamorada la replicante Rachel o el detective Gaff interpretado por Edward James Olmos. Se ha acusado esta continuación de vacía y de resultar reiterativa y explicativa en exceso. Yo soy una narradora con tendencia a la explicación, así que no veo en ello un aspecto necesariamente negativo. No hay que olvidar la voz en off del detective Deckard que aparecía en la primera parte y que fue eliminada en aquel “montaje del director”, que yo disfruté en pantalla grande junto a mi hermano.
La secuela resulta absolutamente fascinante en lo visual, aunque también desde la repetición de lo que ya ofrecía la película del 82. Hay escenarios muy logrados, como el basurero en el que viven los niños huérfanos, la burbuja que habita la “creadora de recuerdos” (atención a esa escena) o el hotel abandonado de Las Vegas donde se desarrolla la última parte de la película. La estética es impresionante y los efectos especiales están perfectamente integrados en la historia. Villeneuve añade además la sustitución de las relaciones afectivas mediante la inteligencia artificial (una simple “codificación de ceros y unos”), en la línea de “Her”, la película de Spike Jonze. Fantástico el sonido, la olla hirviendo en la primera escena de la película, el sonido que enciende y apaga a Joi, la compañera artificial del protagonista, o el ruido que emiten las extrañas “cucarachas robot” que acompañan al villano adquieren una presencia subyugante en la narración. La banda sonora de la secuela se enfrenta a la comparación con la irrepetible partitura de Vangelis, irremediablemente unida a “Blade Runner”. Hans Zimmer hace un gran trabajo, con momentos de perfecto contrapunto a la narración (como con la pieza Sea Wall) pero veo improbable que esta banda sonora se nos quede grabada de la manera en que lo hizo su antecesora.
Además de los ya mencionados intérpretes de la película original, Harrison Ford y Edward James Olmos, y de la presencia de Sean Young de una manera que no voy a desvelar, “Blade Runner 2049” está protagonizado por Ryan Gosling en el papel de K, un blade runner replicante que trabaja para la policía de Los Ángeles con el encargo de “retirar” modelos antiguos. K descubre un secreto que podría tener terribles consecuencias y a partir de ahí comienza una búsqueda que le lleva hasta Deckard, desaparecido desde treinta años atrás. Robin Wright interpreta a su jefe, la teniente Joshi. La holandesa Sylvia Hoeks compone con convicción a la malvada replicante de combate Luv. Muy buenas críticas ha recibido Ana de Armas en el papel de la dulce Joi, el holograma de inteligencia artificial compañera de K. La secuencia de amor “a tres” entre K y Joi a través del cuerpo de una prostituta resulta tiernamente arrebatadora. Peor parado ha salido Jared Letto que interpreta a Niander Wallace, un villano que se queda a medio gas; su composición entre hípster y new wave no ayuda a dar empaque al malvado propietario de Wallace Corporation, la fábrica de replicantes. Nada que ver con el trabajo de Joe Turkel como el viscoso dueño de la Tyrell Corporation, cuya sede recordaba a un zigurat. Como anécdota, parece que su papel iba a ser interpretado por David Bowie.
Lo que Ryan Gosling ha denominado como “extensión” de la original es en definitiva una buena película, con un brillante envoltorio pero fría, sin la emoción y la épica de su mítica predecesora. Un ataque de pura melancolía. (Jesús Herrera Flores es el culpable de esta entrada)





Encore Trasatlántico, una antología que celebra el rock de México y España


Mi colaboración en el nº 80 de Discos y Otras Pastas. Octubre 2017
La literatura es una actividad solitaria. Pero a veces te ofrece la oportunidad de participar en un proyecto que combina las cosas que más te gustan. Así acometí con enorme ilusión la invitación del editor independiente mexicano Pedro Escobar a colaborar en la antología de narrativa rock “Encore Trasatlántico”, una obra coral que me ha dado la oportunidad de participar en un libro donde se combina la música, la escritura y la ilustración. Dice Pedro Escobar que “imaginar es un acto de rebeldía y dos de sus expresiones más puras, la literatura y la música rock, son herramientas elementales para rebelarse a la realidad de tiempos violentos, llenos de fanatismo e intolerancia”.
Defendemos la narrativa rock porque sin duda la música inspira historias y al mismo tiempo la literatura influye en la música. “Cuántos de nosotros hemos tenido una historia a partir de un concierto; cuántos de nosotros hemos dedicado una canción o hecho una playlist para alguien; cuántas veces hemos pensado esta canción habla de mí, habla sobre mi vida”, afirma Pedro. Hay canciones que encierran maravillosas historias en poco más de tres minutos. Hay maravillosos letristas en el mundo del rock, auténticos poetas y narradores. Todo ese poso se nota inevitablemente en nuestros relatos.
“Encore Trasatlántico” es, según el editor y autor de uno de los cuentos Pedro Escobar, “un ejercicio lúdico de imaginación colectiva, pero también una muestra de que la música y el arte nos dan armas para reconocer nuestras similitudes y tolerar nuestras diferencias”.
La antología cuenta con veintiún relatos inspirados en la vida y obra de conocidas bandas de México y España, como Maldita Vecindad, Vetusta Morla, Radio Futura, Café Tacvba, Tino Casal, Camarón de la Isla, Joaquín Sabina, Alaska y Dinarama, Hombres G, El Luto del Rey Cuervo, Botellita de Jerez o Fermín Muguruza, entre otros intérpretes.
Participo en la antología junto a los autores españoles Juan Pablo Rovira, Eduardo Guillot y Pepo Márquez. Nos hemos unido a los escritores mexicanos Édgar Omar Avilés, Francisco Haghenbeck, Alberto Chimal, Isaí Moreno, Alejandro Mancilla, Pedro Escobar, José Luis Zárate, Carlos A. Ramírez, Alejandro González Castillo, Jacobo Vázquez, Juan Carlos Hidalgo, Pilar Ortega, Luis Membrillo, Karina Vargas, José Antonio Sánchez Cetina, Armando Vega-Gil, Raquel Castro y Enrique Blanc, éste último, encargado del prólogo del libro
“Encore Trasatlántico” mantiene la vocación de mezclar diferentes disciplinas presente en las otras dos antologías anteriores. Así cada cuento se acompaña de su correspondiente ilustración. Marino Masazucra, Karina Vargas (autora además del cuento que ilustra), Miguel Ángel Platón o Erik García Ponce, son algunos de los ilustradores que con su buen hacer engrandecen nuestras historias.
El libro, que trata de romper ese “muro de agua” que separa ambos lados del Atlático, destaca por la variedad de estilos y artistas que abarca, gracias a la libertad que nos ha dado Pedro Escobar a la hora de crear nuestros relatos e ilustraciones y de elegir a las bandas.
Para combatir la soledad del escritor, nada mejor que el intercambio entre disciplinas, creadores y lectores. Eso es, en definitiva, nuestro “Encore Trasatlántico”.


El rostro de las mujeres saharauis en la Universidad Complutense. “I Seminario Internacional de Historia e Imagen de las mujeres”


El viernes 27 de octubre en la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense de Madrid se celebró el “I Seminario Internacional de Historia e Imagen de las mujeres”, dedicado a las mujeres saharauis. La mesa redonda se desarrolló en torno al proyecto “La mujer saharaui toma la palabra. Historia de un pueblo a través del archivo de la memoria”, de la fotógrafa Ana Valiño Fernández. Con la presencia de numerosos alumnos, se presentó el proyecto que la fotógrafa está realizando sobre la historia de las mujeres saharauis. La mesa contó con la participación de Zahra Hasnaui, filóloga, escritora y miembro de la Generación de la Amistad Saharaui; Nadhira Louchaa, actriz y activista, Nuena Djil, activista y una de las mujeres que levantaron los campamentos de refugiados al inicio del éxodo, y Jadaya Creita, quienes abordaron cuestiones como el papel desempeñado por las mujeres que vivieron en primera línea la guerra y sus consecuencias, la necesidad e importancia de recuperar y conservar su memoria histórica tanto oral como gráfica y la lucha por los derechos sociales del conjunto de las mujeres saharauis, aún no finalizada.
La fotógrafa Ana Valiño explicó que su proyecto consiste en una recopilación de fotos de las protagonistas de la revolución saharaui los años 70, que se han ido consiguiendo gracias al boca a boca, “las mujeres en las jaimas, nos iban mostrando dónde se encontraban cada una de las protagonistas de las fotografías tantos años después”.
La escritora Zahra Hasnaui explicó como el pueblo saharaui se despertó “de repente un día con una invasión militar. Estas mujeres llegaron a la nada y, mientras los hombres estaban en el frente, las mujeres crearon un hogar para nosotros, ellas nos protegieron”. Recordó la estrofa de su poema de homenaje a aquellas mujeres, “Saharauia”, Con la capa de estrellas, arropaste la noche gélida, acercaste la luna y la brisa marina, en aquellos durísimos primeros días del refugio la melhfa de las mujeres hizo incluso de jaima para los niños. “A las mujeres de la generación de Nueina nunca podremos agradecerles lo suficiente la magia con que convirtieron la inhóspita hamada en hogar para el pueblo saharaui.”.
Nueina Djil, una de aquellas mujeres que levantaron los campamentos y protagonista de la mítica foto de Christine Spengler, realizó una intervención “en nombre de todos los refugiados”. Nueina afirmó que “el origen de nuestra tragedia no fue el hombre ni tampoco diferencias políticas ni enfrentamientos ni enfermedades, fue la negra tradición de unos vecinos; a esa tradición le siguió la española”. Se refirió a los ilegales Acuerdos Tripartitos del 14 de noviembre de 1975. “Nos trataron como ganado pero no contaban con que el pueblo saharaui iba a luchar contra la injusticia”. Tuvo palabras de recuerdo para “los ancianos, mujeres y niños que murieron en el camino al éxodo” desde el territorio saharaui hasta los campamentos. “Tuvieron que hacer alrededor de 700 km andando, sin medios. El viaje fue muy duro”.
Zahra Hasnaui matizó que a la dureza del éxodo se unió el componente psicológico de la guerra y la invasión. “El Frente Polisario llevó a la unidad a un pueblo dividido en tribus, sin discriminar y sin marginar a nadie, todos tenían cabida en la jaima de la revolución saharaui”. Recordaron el papel primordial de las mujeres saharauis en el éxodo y en la construcción de los campamentos. Las mujeres debieron de encargarse de salvaguardar a la población civil, cavaron zanjas para protegerlos, hacían bloques de adobe para levantar las instituciones, alimentaban a los refugiados, se encargaron de la educación, de la sanidad. Las mujeres no lucharon directamente en la guerra, aunque sí hubo alguna mujer combatiente y conductoras en el frente. Recibían formación militar, ya que estaban encargadas de defender los campamentos.
“En el éxodo sucedieron muchas tragedias, muchas perdieron a sus hijos en el camino, sufrieron enfermedades y epidemias”. Nueina tuvo unas palabras de agradecimiento a Argelia, “que nos prestó su tierra”. Zahra recordó que los primeros asentamientos provisionales estaban en territorio saharaui pero debido a los bombardeos marroquíes con napalm y fósforo blanco, la población saharaui levantó los campamentos en territorio argelino. Los saharauis proclamaron la república al día siguiente de que España abandonara el territorio. Sucedió el 27 de febrero de 1976, y fue reconocida inmediatamente por varios países africanos, como Madagascar. Las mujeres saharauis construyeron una sociedad democrática. Ellas también fueron orientadoras políticas y maestras, “a pesar de que la mayoría no tenían estudios, se formaron unas a otras”, señaló la escritora saharaui. “Todos nuestros logros fueron a base de voluntad, voluntad y voluntad”, remarcó Nueina. Las mujeres se organizaron en el éxodo en comités y se comenzaron a celebrar los primeros congresos anuales de mujeres para discutir aspectos de organización, sanidad o educación.
“Cuando España abandonó el territorio, después de cien años de ocupación, no había ni una sola licenciada”, recordó Zahra Hasnaui, recalcando el logro de la revolución de que todas las mujeres estudien. Zahra afirmó que ha habido una evolución enorme en estos cuarenta años. “Las mujeres saharauis tienen los mismos derechos que los hombres. Aunque esto no es nuevo, nuestros abuelos eran nómadas, el hombre estaba fuera y la mujer era la dueña de la jaima”. “La educación parte de la jaima, de cada núcleo familiar”, afirmó Nadira Luchaa, “Nos enseñan desde niños el respeto a los mayores, lo que se espera de cada uno en la sociedad y el respeto por la causa”. Zahra agradeció a la revolución que por primera vez en la historia saharaui las mujeres hayan podido ser cantantes, escritoras, ingenieras, actrices, doctoras. “El nuestro es un sistema participativo, tenemos parlamentarias, directoras, gobernadoras, ministras, en todos los estamentos hay mujeres”.
También hubo un recuerdo a la situación de las mujeres saharauis de los territorios ocupados que sufren todos los días la represión y violaciones de derechos humanos por parte del ocupante marroquí. María Alonso, una de las directoras del documental Skeikima, explicó también la situación de la educación en los territorios ocupados, y cómo los estudiantes saharauis tienen que trasladarse a Marruecos si quieren hacer estudios universitarios.
La fotógrafa Ana Valiño ha viajado a los campamentos de refugiados saharauis en diferentes ocasiones. Su intención es conocer de cerca las consecuencias del conflicto saharaui, aún sin resolver, y el papel fundamental de la mujer saharaui en el mismo. En los campamentos ha recogido el testimonio de muchas mujeres que vivieron en persona la invasión, la guerra y el éxodo. La preocupación de Ana es que estas historias no se pierdan y queden en el olvido al ser la cultura saharaui fundamentalmente oral
La fotógrafa habla así de su proyecto: “MUJAHIDAT SAHARAUIAT es un proyecto documental y fotográfico sobre la guerra en el Sáhara Occidental (1975-1991) desde una perspectiva de género: la experiencia de la mujer en la guerra. A través de los relatos de diversas mujeres, quiero conocer cómo fue su experiencia en la guerra, tanto de las que se quedaron en los territorios ocupados por Marruecos, como las que combatieron en el frente (...) Qué motivó a algunas de ellas a unirse a la lucha armada. Cómo fue su lucha por sobrevivir y proteger a su familia, qué supuso para ellas asumir muchos de los roles que estaban atribuidos a los hombres y cuáles fueron las consecuencias de la asunción de esos roles”.
La dirección y coordinación del Seminario ha corrido a cargo de la Dra. Mónica Carabias Álvaro, del Departamento de Historia del Arte Contemporáneo (Arte III) 

Con Nueina Djil, fuente de inspiración vital y literaria

“La vida sumergida” de Pilar Adón, maestría en el relato


“Los seres salvajes no han nacido para ser felices”. Así finalizaba la escritora Pilar Adón la presentación en Madrid de su nuevo libro de relatos, “La vida sumergida”, una colección de cuentos, que retoman los temas que obsesionan a la escritora madrileña: la dependencia, la sumisión, la naturaleza asfixiante y cruel, el aislamiento como forma de refugio, la utopía que acaba desencantado, o las relaciones de interdependencia. Temas que protagonizaban sus dos trabajos anteriores, la novela “Las efímeras”, también editada por Galaxia Gutemberg y el poemario “Mente animal” de La Bella Varsovia, editorial de su buena amiga Elena Medel. Se trata de relatos que Pilar escribió mientras trabajaba en “Las efímeras” durante un largo período de trece años. Ambos libros se han contagiado, inevitablemente, y comparten universo común.
Nos reunimos en la veterana librería Alberti, escenario de tantas presentaciones de Pilar y de Impedimenta, la editorial que dirige junto a Enrique Redel, para dar la bienvenida al nuevo trabajo de Pilar. La acompañaba Joan Tarrida, editor de Galaxia Gutemberg, que definió la obra de Pilar Adón como “coherente, exigente, con una mirada propia, con mundos muy particulares, lugares donde uno a buscar refugio y que al final se convierten en meras cárceles”. Consideró una “suerte” editar a Pilar.
A continuación la periodista de ABC Cultural, Inés Martín Rodrigo, inició una entrevista  con la autora, “una de sus debilidades literarias”. Pilar Adón es poeta, cuentista, editora, traductora y novelista y “todo lo hace bien”, aunque Inés se decanta por “sus relatos”, género en el que Pilar “es una maestra”, a la altura de Cristina Fernández Cubas, en palabras de la periodista.
La escritora reconoció repetir en su obra una serie de temas, que son “los que me gustan como escritora y como lectora”. Explicó su interés por la gente que se aísla, que busca refugio, igual que hace ella misma para leer y para escribir. Así mete a sus personajes en lugares cerrados “donde aparentemente quieren estar”, en busca de unas utopías que tampoco acaban siendo lo que esperaban. Otro de sus temas recurrentes es la vida en la naturaleza, con la inevitable referencia a Thoreau y a Emerson. Pilar no acaba de estar de acuerdo con la idea de Emerson de que “La naturaleza está ahí para que la contemplemos y nos hagamos mejores”. En su opinión, “La naturaleza no está ahí para nada y su contemplación tampoco nos hace mejores. La naturaleza tiene un componente salvaje, donde sobreviven los fuertes a costa de los débiles”.
Los personajes favoritos de Pilar Adón son seres que viven aislados, entre los que hay enfermizas relaciones de interdependencia. Esa dependencia es la excusa que los personajes se ponen para no hacer lo que creen que quieren hacer. “Eso genera insatisfacción en muchos de mis personajes”. Pero cuando desaparece ese impedimento tampoco se liberan “porque no tienen el valor para hacerlo”.
A Pilar le gusta plantear las historias de manera lateral, ir presentando poco a poco y de manera abstracta lo que les va a pasar a los personajes. Ahí reside gran parte de su maestría en la construcción de las historias, que suelen tener una carga psicológica muy fuerte. “Yo analizo mucho, hay mucha reflexión en mi escritura y muchas referencias a mi realidad, a mi manera de ver el mundo”.
En cuanto a sus referencias, Martín Rodrigo mencionó a Angela Carter, una escritora actualmente revisitada, de quien aparece una cita en uno de los relatos de “La vida sumergida”. Sin embargo, la cita de Carter la incluyó después de haber escrito el cuento y se trata de una escritora que ha leído recientemente. Ese cuento, “La primera casa de la aldea”, contiene referencias a Caperucita roja, y es que los cuentos infantiles sí tienen influencia en la escritura de Pilar. En cuanto a Tolstoi, también nombrado por la periodista, el proceso de escritura de “Las efímeras” le llevó a interesarse por las comunidades tolstoianas, pero tampoco reconoce a este autor como influyente en su literatura, “sí lo es Chejov”. Pilar señaló que “hay escritores que te influyen en una época pero luego esa influencia se va diluyendo”. Es lo que le sucedió con los autores ingleses que fueron referencia en su juventud. “Pensaba que mi día a día no era un motivo literario”. Pero llegó el momento en que se dio cuenta de que lo que quería contar iba más allá de los libros. “Me di cuenta de que podía hablar de muchas cosas. Ese era mi mundo y lo conocía tan bien que podía dedicarle mucho espacio literario”. Un espacio literario absolutamente personal.
Pilar “reivindica a la mujer libre mediante una reflexión muy profunda”, en palabras de Inés Martín Rodrigo. “Casi todos mis personajes son mujeres. En muchos casos las mujeres se defienden atacando, de manera activa y violenta”. Sobre las diferentes polémicas en relación a la escasa presencia de mujeres en festivales y congresos, Pilar opina que todavía nos falta la tradición. De alguna manera todavía hay quien entiende que escribir “es para las mujeres un capricho, aún hay una visión infantil de las mujeres, todavía hay un deseo de protección por parte del patriarcado”.
Pilar Adón, que confiesa tener una mentalidad es “de aspirante”, es un espejo donde mirarnos las que queremos escribir, seguir sintiendo curiosidad y avanzar.

“La vida sumergida”. Pilar Adón. Narrativa. Galaxia Gutenberg, 2017. 153 páginas. 17,90 euros

“Los motivos del fuego” de Juan Carlos Muñoz. “Es sólo literatura pero nos gusta”


Los difíciles momentos económicos y sociales que estamos viviendo en esta última década no podían dejar de reflejarse en literatura. A pesar de no ser la literatura española contemporánea muy proclive a una escritura de tono social, tenemos algunos interesantes ejemplos como las obras de Isaac Rosa o Marta Sanz y libros como “La gran ola” de Daniel Ruiz García o “La trabajadora” de Elvira Navarro. En estos días la editorial RELEE publica la magnífica novela “Los motivos del fuego” de Juan Carlos Muñoz, una novela sobre la burbuja económica y la posterior crisis. Sin sermonear ni ofrecer sesudos análisis macroeconómicos, Juan Carlos ha creado una historia divertida e irónica, con la que cualquiera de nosotros podemos sentirnos identificados. El viernes 20 de octubre se presentaba “Los motivos del fuego” en la librería Cervantes y Cia. Y allí nos fuimos desde Haz lo que debas para escuchar sobre una novela cuya lectura me ha sido especialmente grata.
La novela, calificada de historia divertida, ágil y dinámica por el escritor Eloy Tizón, fundador y director del consejo asesor de RELEE, editorial colaborativa que ha publicado la novela, llega en un momento oportuno, a los diez años del inicio de una crisis que nos ha llevado a un complicado momento político y social. Juan Carlos ha construido una sólida novela sobre la crisis, sin caer en el sermón. “La narrativa ofrece por encima de cualquier otro género la capacidad de empatizar”, la historia se encarna a través de unos personajes y eso despierta cercanía. La agilidad estilística del autor “genera una lectura fluida”, en palabras de Tizón. El autor ha encontrado una “interesante voz en tercera persona para el narrador” y a la vez “muchas voces que se van inmiscuyendo en forma de monólogos”. Ha utilizado además “una segunda voz que hace de contrapunto, ejerciendo de voz de la conciencia o Pepito Grillo”, con la que rebate o anula lo que cuenta el narrador.
Tanto Eloy Tizón como el periodista económico Miguel Ángel Mondelo, el otro presentador de la novela, destacaron la importancia de los personajes. El autor es de la opinión de que “en la literatura actual los personajes son pigmeos, no hay grandes personajes que puedan sustentar grandes historias”. La pareja protagonista supone dos de los comportamientos más usuales frente al derroche de dinero y ese “atar los perros con longaniza” que vivió España durante los años de la burbuja inmobiliaria. Arturo se deja llevar por la presunta prosperidad, se comporta como un ingenuo y acaba “vendiendo su alma al diablo”, a pesar de los remordimientos que le asaltan durante toda la novela, Aún quedaban residuos de moralidad que no había disuelto el lexatin. Se trata un tipo de personaje que atrae el autor. Arturo tiene unos valores y por eso le cuesta venderse, “en la narración intenté prolongar en el tiempo su sufrimiento”, explicó Juan Carlos. El contrapunto lo pone su esposa, Victoria, un personaje antipático, la “aguafiestas”, la que ve la que se va a avecinar, a la que nadie quiere escuchar cuando las cosas van bien. Elena, la broker, es un personaje “muy atractivo”, para Mondelo, en la que vemos reflejados a aquellos que apoyan todas las “innovaciones financieras” y a quienes sólo les parece bien lo que venga de fuera.
Juan Carlos Muñoz explicó que la idea de “Los motivos del fuego” comenzó a gestarse hacia 2011, y surgió a partir de una imagen, la de las urbanizaciones diseñadas en la época de opulencia que se dejaron abandonadas, esa “España fantasma”, término acuñado a partir del de “España vacía” de Sergio del Molino. El autor confesó estar influido en su literatura por la picaresca, cuya forma de contar “es un poco tosca”. Por eso, para vestir su historia confesó haberse inspirado en los grandes escritores del boom latinoamericano como Vargas Llosa, García Márquez, Cortázar o Alejo Carpentier. En opinión del autor, la literatura de carácter social, que es comprometida y militante, corre el peligro “de resultar coñazo y de caer en el sermón”. Para desmarcarse de esa etiqueta Muñoz ha introducido elementos fantásticos “que aportan un cierto distanciamiento a la obra”, según sus palabras.
En opinión de Miguel Ángel Mondelo “Los motivos del fuego” huye de la complacencia, de cierta corriente de opinión qué echó la culpa de la crisis a causas ajenas a nosotros. Sin embargo, según el periodista, “hubo comportamientos que abonaron el terreno para lo que sucedió después”, y la avaricia también jugó un papel importante en la gestación de la crisis. En la novela también aparece la corrupción política, que ya se veía en la época de bonanza pero que sólo nos importó “cuando ya era demasiado tarde”. “Este libro debe servir para que actuemos de otra manera”, concluyó Mondelo.
Juan Carlos Muñoz finalizó la presentación parafraseando a los Rolling Stones, “Esto que nos une es sólo literatura pero nos gusta”. Y de verdad nos ha gustado “Los motivos del fuego”.

Foto: RELEE

“El día que aprendí a volar”, novela de la “eterna migrante” Stefanie Kremser. Editorial Entre Ambos


Como “eterna migrante”, no en vano ha vivido en veinticuatro direcciones distintas, Stefanie Kremser apuesta en su tercer libro, “El día que aprendí a volar”, por escribir sobre emigración e identidad. La novela, editada por la editorial catalana Entre Ambos, se presentaba en Madrid el jueves 19 de octubre en la preciosa librería Mujeres y Compañía. La novela, definida por su autora, como “una reconstrucción de la identidad impuesta” habla sobre la necesidad de los emigrantes de estar constantemente reinventándose y, a la manera de la exitosa Chimamanda Ngozi Adichie, cuestiona el relato único.
Jesús Casals, de Entre Ambos, comenzó la presentación del libro, destacando la importancia de una buena relación entre editoriales y libreros. Él, que ha trabajado varios años como librero en La Central, conoce bien los dos oficios. Y sin duda la autora, Stefanie Kremser, es afortunada de contar con un editor que incluso la acompaña en una presentación, algo casi imposible hoy en día. La presentación del libro y la autora corrió a cargo de la escritora Aloma Rodríguez, que tiene según Jesús, “una mirada muy fresca” sobre la literatura. Para Aloma la novela “va más allá del curioso mestizaje de una indígena bávaro brasileña”, la autora nació en Alemania, su familia es alemana y boliviana, aunque creció en Brasil. Se trata de una historia “sobre cómo nos cuentan las historias y cómo reconstruimos las historias que nos han contado”, explicó Aloma, quien agradeció que la oportunidad de presentar esta novela hubiera “sido la ocasión de conocer un libro que de otra manera probablemente me habría perdido”, en un mundo que va demasiado rápido y donde “hay tantos libros por leer y tan poco tiempo”.
La novela es un género donde cabe todo, y así “El día que aprendí a volar” tiene varias novelas dentro. Comienza de una manera impactante, con una madre que acaba de parir y arroja a su bebé. Esa niña, que sobrevive, es la narradora. La estructura de la novela se divide en tres partes. La primera narra cómo sobreviven el padre y la niña después de que la madre la tire por la ventana; la segunda parte cuenta la historia de unos europeos que emigran a Brasil buscando la prosperidad, aunque todo les sale mal y se quedan completamente aislados; la tercera parte es "una versión colorista de París Texas", según Aloma, en la que el padre y la hija van en busca de la madre.
Stefanie explica que "la idea del libro comenzó con la historia de los emigrantes alemanes". Nos cuenta que existe gente así en el sur de Brasil, comunidades aisladas que no se mezclaron con la población autóctona. Nada que ver con la autora, hija de "emigrantes urbanos, integrados y mezclados". Stefanie ha querido escribir sobre inmigración e identidad. Preguntada por Aloma, la autora explicó que la historia de la mujer que se deshace de su bebé es un hecho real que sucedió en Alemania. El rechazo de las madres a sus bebés es  "un tema tabú", a pesar de que la depresión posparto es algo frecuente. De alguna manera Stefanie juntó en su cabeza las dos historias, sobre las que se arma "El día que aprendí a volar".
Aloma destacó que en la novela hay muchos cambios de registro. La primera parte tiene forma de narración clásica, la segunda parte es oral y en la tercera vuelve a la narración clásica. Stefanie confiesaba que se trata de un “truco narrativo”, una forma de encajar las dos historias, sin llegar a construir una saga. “Buscaba agilidad”, y al convertirla en una historia coral la autora tenía la posibilidad de normalizar las familias no convencionales, de reivindicar la familia elegida compuesta por amigos, todo ello con un aire de la ligereza de la juventud, de esa etapa en la que aún no se han tomado las decisiones trascendentales de la vida. El viaje que realizan el padre y la hija reconstruye a su vez el viaje y las sensaciones que la autora sintió en su juventud al viajar de Brasil a Alemania para estudiar.
Stefanie confesó que construir la voz de la niña fue lo más difícil “pero cuando la encontré fue estupendo”. La autora pretende llegar a un pacto con el lector, sin confirmar realmente la edad de su pequeña protagonista. La niña cuenta pero no juzga, como niña que es. Stefanie insistió en que no ha querido hacer una saga, intentando escapar del realismo mágico. “En mi infancia en Brasil todo era realismo mágico. Las amigas de mi abuela paterna, en Bolivia, eran maravillosas narradoras. Sus historias eran inverosímiles pero para ellas eran reales”. Ante la apreciación de Aloma de que la forma de narrar de Stefanie, “muy visual”, le había recordado varias películas, la autora explicó que trabaja como guionista de cine y televisión. “El guionista de cine tiene ser parco al escribir. Mi única manera de hacer mi propia película es escribir una novela”. Como curiosidad, otra de las facetas de la autora es la pintura. Precisamente la colorida portada de la novela es un dibujo hecho por ella.
A la pregunta de qué autores o libros la habían influenciado mientras escribía la novela, la autora reconoció haberse inspirado fundamentalmente en “no ficción”. En concreto leyó muchas cartas de alemanes que emigraron a América en el siglo XVIII. También leyó el diario del tío de su bisabuelo y se inspiró en un viaje a Pozuzo, Perú, una colonia formada por inmigrantes tiroleses y prusianos en el siglo XIX, siguiendo los patrones de sus países originarios, donde se mantuvo durante décadas una vida bastante aislada.
La autora bromeó con su revoltijo de lenguas, portugués como lengua de infancia, alemán como lengua de familia, estudio y ahora de escritura, el español por su lugar de residencia, lo que refuerza ese mestizaje al que estamos abocados, como mundo cada vez más pequeño e interconectado.