Duelo de Eduardo Halfon, un pulso con la identidad y la vida

4:49 p. m. Conx Moya 0 Comments


Una madre y sus dos hijos pequeños entran en el vagón de metro. Enseguida se aprecia rivalidad entre los hermanos. El mayor pincha al pequeño, por cómo canta una canción del colegio, por su postura, por sentarse cuando hay un sitio libre, le amenaza con no compartir con él una pelota, en fin no le deja parar. Curiosamente, me acompaña un libro, “Duelo” de Eduardo Halfon, donde he leído alguna escena muy similar a la que estoy presenciando.
Este autor guatemalteco nos visita en una sesión del Gabinete de Lectura de La Central de Madrid. Tengo la suerte de sentarme muy cerca de él, lo que me permite observar sus gestos, su perenne sonrisa, notar el gusto con el que habla sobre los recovecos de su obra o cómo juega al despiste con nosotros cuando le preguntamos si alguna historia de las que aparecen en el libro sucedió como la cuenta o no. Halfon se ha convertido en un fenómeno editorial del que todo el mundo habla y su obra está siendo traducida a diferentes idiomas, síntoma de la extensión de su éxito. La narrativa de Halfon se inscribe, aunque él no se muestra muy de acuerdo, en eso que se denomina “autoficción”, obras en las que, sin ser memorias ni diarios, el yo ocupa un lugar central de la narración. Como afirma la periodista Paula Corroto, “Los libros de Eduardo Halfon siempre mantienen un pulso con la identidad. Es parte de su vida”.
El autor nos explica que su propia historia es el telón de fondo pero lo que sucede es invención. “No quiero compartir mi historia sino emociones”. Reflexiona sobre que este libro no es de memorias ni tampoco autoficción. “Yo firmo un contrato de ficción con los lectores, pero a los lectores, desde el inicio, se les olvida”. “Yo no sé por qué hago esto”, confiesa, “me valgo de trucos para que el lector venga conmigo y para transmitirle una emoción”.
Aunque Halfon niega que el narrador sea él. Se trata, dice, de “el otro Eduardo Halfon”. Un Eduardo Halfon que fuma, mientras que el verdadero no fuma, aunque veo una foto en la red donde tiene encendido un cigarro. Como nos explica el autor sus libros conforman un proyecto que nace con “El boxeador polaco”, libro que reúne cinco cuentos hilvanados y narrados por una misma voz. Se trata de episodios de la vida del narrador donde se colaba la historia en Auschwitz del abuelo del autor, historia que también aparece en “Duelo”. Los cuentos de “El boxeador polaco” se pueden leer casi como una novela. A la vez, uno de los cuentos, “Fumata blanca”, se vuelve capítulo en “Monasterio”. De esta forma, “El boxeador polaco” ha generado otros libros, resultando una especie de “libro madre, que ha engendrado a otros”. En las traducciones de “El boxeador polaco” se incluyen los otros libros, de manera que se han publicado como una unidad.
Para esta obra el autor ha elegido un título que tiene diferentes connotaciones. Se refiere al duelo entre hermanos enfrentados, al duelo causado por la muerte y al duelo referido a dolor, un dolor por un país y por la infancia perdida, un juego de palabras que no es fácil mantener en las traducciones a otros idiomas. “Duelo” es el quinto libro de ese proyecto o conjunto de libros que el autor ha ido escribiendo como una especie de novela por entregas, aunque sin planificar. “Ahora no sé qué va a pasar”, confiesa Halfon al ser preguntado por nuevos proyectos. El autor explica que en realidad la escritura es una búsqueda de algo, su protagonista está desorientado, “tal vez si lo encuentra, acabe la escritura”.
Una de las cosas que más me interesan de cuando vienen los autores al Gabinete son las apreciaciones sobre su manera de crear que a veces nos regalan. Eduardo Halfon nos confiesa el momento exacto del nacimiento del libro, que tiene claro en la memoria. Fue en agosto de 2015 en Guatemala, donde aún viven sus padres. En uno de sus viajes al país volvió a preguntar a su padre por su desaparecido hermano Salomón. A pesar de que el padre le prohibió que escribiera sobre aquello, lo que ha quedado reflejado en la contraportada del libro, el autor siguió adelante con la historia. “Me gustó el misterio, el tono. Sabía que podía ofender por sacar la historia de la familia, una historia prohibida que iba a generar un problema con ellos, que iba a molestar. Pero no podía evitarlo. Cuando me prohíben algo, me lanzo”, confiesa, travieso, Halfon. La historia del hermano de su padre, Salomón, al que Eduardo niño creyó ahogado en el lago, es determinante en la historia. “El recuerdo no lo tengo claro, no sé si me inventé la historia o la mezclé, o si mi abuela quería desviar la atención”. Aunque la realidad de lo que sucedió a Salomón fue bien distinta. “Lo que sí está claro es que Salomón murió en Nueva York y murió solo, mi abuela no viajó entonces”.
La obra de Halfon está influida por su país de nacimiento, Guatemala, y por la religión. “Mi familia tiene un problema con que yo sea crítico con el judaísmo y con Israel”. Sin embargo, Eduardo reconoce que su rechazo hacia su país y hacia su religión son dos ejes de este libro aunque le interesan desde el punto de vista literario, como factor de identidad. “Me queda el sentido del humor judío y el erotismo” pero confiesa que “los uso en el momento menos adecuado”. También es influencia judía la oralidad, un aspecto que se refleja en la forma en que el autor escribe.
El lago es una metáfora poderosísima, “que se traga niños pero que también es una salvación”. Los lectores destacamos en el Gabinete la excelencia que alcanza la escritura de esta parte de la novela. El narrador entra al lago al final del libro, un lago contaminado e irremediablemente enfermo, en una especie de purificación en medio de aquellas aguas pútridas. Quiero destacar el potente personaje de Doña Ermelinda, la “bruja”, “hechicera” o “santera”, cómo denominarla, un personaje enigmático, lleno de sabiduría, y al que Halfon describe de tal manera que nos hace sentirla a nuestro lado mientras leemos.
En el libro conviven dos ejes principales: las memorias de la infancia y el presente, cuando el protagonista acude al lago. Una opción era dividir el libro en dos partes y otra, la elegida, intercalar las dos historias, para lo que se requiere la atención y la participación del lector. Además introduce elipsis llevándonos hasta Polonia y Berlín. Nueva York y la búsqueda de la tumba de Salomón fue en algún momento un tercer eje por donde el autor pensó que se podría encaminar el libro, aunque luego lo descartó. De alguna manera el personaje de Salomón es una excusa para hablar de otras cosas.
Halfon reconoce que escribe “como cuentista, más que como novelista”. Nos explica que se deja llevar por la intensidad y la expresividad, sin saber hasta dónde va a llegar. “Trato de no imponerme yo sobre la historia, de no controlarla”, algo que va en contra de su naturaleza de ingeniero. A pesar de todo, reconoce que el interior de sus cuentos sí tiene una estructura muy trabajada. El autor consigue condensar mucha información en pocas páginas. Confiesa que escribió el libro muy rápido. En unos cinco meses tenía el primer borrador, que trabajó durante año y medio. El mayor trabajo fue cuidar el lenguaje, la musicalidad, la concisión y la claridad.
Explica que su propia historia es el telón de fondo pero lo que sucede es invención. “No quiero compartir mi historia sino emociones”. Reflexiona que este libro no es de memorias ni tampoco autoficción. “Yo firmo un contrato de ficción con los lectores, pero a los lectores, desde el inicio, se les olvida”. “Yo no sé por qué hago esto”, confiesa, “me valgo de trucos para que el lector venga conmigo y para transmitirle una emoción”.
Halfon nos habló de su nada convencional descubrimiento de la literatura. Sucedió cons 28 años, a su regreso a Guatemala, de donde salió siendo aún niño con sus padres en dirección a EEUU. Había estudiado ingeniería y nunca se había interesado por la lectura. El regreso coincidió con una crisis personal. Comenzó a estudiar en su país de origen Filosofía y Letras y se topó con la narrativa. A partir de ahí, leyó todo lo que estaba en sus manos. Empezar a escribir sus propias historias formó parte de un proceso de alguna manera natural. “Me llené de libros y lo que rebosó fue la escritura. Fue accidental”.
El autor se encontraba en Madrid para la promoción de un nuevo libro, en este caso ilustrado, “Oh gueto mi amor”, con ilustraciones de David de las Heras. En esta obra vuelve a aparecer la historia de su abuelo, salvado por un boxeador polaco en Auschwitz. El nieto realiza un peregrinaje a la tierra de sus ancestros en busca de su identidad. “Oh gueto mi amor” fue originalmente un relato incluido en la antología “Signor Hoffman” (2015).
Eduardo Halfon fuma

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