‘Siete casas vacías’. La intensidad y la fascinación de los relatos de Samanta Schweblin

9:37 p. m. Conx Moya 0 Comments

Como lectora (casi compulsiva) y como escritora (que hace lo que puede) debo confesar que el cuento no es mi género preferido ni para leer ni para escribir. Me temo que me decanto sin remedio por la novela, sin restar un ápice de mérito al relato corto, un género que por supuesto disfruto y que también he usado en ocasiones a la hora de escribir.
El lunes 6 de junio visitaba el Gabinete de Lectura de Jesús Casals en La Central la escritora argentina Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) con su libro ‘Siete casas vacías’, editado en 2015 por Páginas de Espuma. Reconoce la autora que hasta hace poco resultaba muy complicado empezar una carrera como autora joven e inédita con un libro de cuentos. Lo que le ha ayudado a llegar a más lectores ha sido su presencia en certámenes narrativos, por ejemplo este ‘Siete casas vacías’ ganó el IV Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero en 2015, y uno de los cuentos añadidos finalmente en el libro, “Un hombre sin suerte”, se hizo en 2012 con el Premio Juan Rulfo. La autora nos explica que no pudo ser incluido inicialmente en el manuscrito presentado a concurso por no ser inédito. Samanta es sobre todo escritora de cuentos, ha publicado tres libros de relatos: ‘El núcleo del disturbio’ (2002), ‘Pájaros en la boca’ (2009) y este ‘Siete casas vacías’ (2015), además de la novela breve ‘Distancia de rescate’ (2014).
Es Samanta una mujer bella, comunicativa y enormemente expresiva, que parece tener muy claro lo que escribe y por qué lo escribe. De sonrisa franca y risa cantarina, no deja de mirar a los ojos a Jesús Casals cuando le responde. Su forma de expresarse no cuadra nada con los problemas de lenguaje que nos confesó haber sufrido en los inicios de su adolescencia, “los traspiés del lenguaje eran lo que me daba más problemas”, confiesa. Dejó de hablar fuera de casa a los doce años durante un tiempo. “Para mí el lenguaje siempre ha sido un problema, es violento, se puede ejercer un poder terrible con el lenguaje. Es algo inestable, que me cuesta dominar”, afirma. Esta intranquilidad la supera con la escritura. “Con la escritura tengo el control, puedo decir exactamente lo que quiero y eso me produce mucha paz”.
Volviendo a su obra, la autora puntualiza que un libro de cuentos no es una antología de relatos sin más. “Se trata de un compendio con un universo común, se crea con la intención de armar algo”. Samanta tiene claro por qué unos cuentos se incluyen en un libro y otros se descartan y por qué los cuentos llevan un orden u otro. “Cada cuento es un universo único y debe sostenerse por sí mismo. Algunos de ellos tienen más fuerza y a partir de ellos se arma el libro”. Ante la pregunta de qué es más importante según ella en un cuento, ¿la intensidad o la profundidad?, Samanta se decanta, sin excluir, por la intensidad. Compara ambas formas de entender la escritura de los cuentos con una carrera, con correr muy deprisa pero con poco recorrido o correr más lento llegando más lejos. “La intensidad es lo que fascina, lo que electriza en los cuentos”.
La autora reconoce que en sus cuentos se repite el desnudo (no físico si no como exposición), objetos, ropa, cajas, cosas para archivar, geografía… En algunos de sus cuentos los objetos cobran más valor del que realmente tienen. Alcanzan “un valor místico, pueden llegar a ser algo muy críptico”, reconoce. Otro de sus temas es la relación padres e hijos, la relación “más genuina y amorosa, pero a la vez no se escapa de ser dolorosa, porque también daña, recorta y se ve envuelta en los prejuicios”. La familia siempre aparece en el libro de alguna manera “quebrada, aislada”.
Los cuentos de este libro están narrados en primera persona, excepto “La respiración cavernaria”, que se narra a través de las lagunas, olvidos y obsesiones de una anciana, Lola, con alzhéimer, enfermedad que en ningún momento se nombra en el relato pero que sí se intuye. Se trata del cuento más largo, fue tal vez el que más le costó, el primero en comenzar a escribir y el último en terminar. Nos confiesa Samanta que algunos de sus cuentos parten de anécdotas de su vida cotidiana, esas pequeñas historias son el estado germinal de un relato posterior. Por ejemplo el cuento que abre el libro “Nada de todo esto”, con la madre y la hija que visitan casas, o “Mis padres y mis hijos”, que comienzan con la magnífica frase: “¿Dónde está la ropa de tus padres?”, que también surgió a partir de una curiosa historia personal. El libro finaliza con “Salir”, una búsqueda de un instante de bienestar para regresar y descubrir que todo está igual, “espantosamente” igual.
No es partidaria la autora de dar todo masticado al lector. Varios de los escritores que han pasado por el Gabinete de la Central son de esta misma opinión y lo han expresado en términos similares, pienso en Pilar Adón o en Patricio Prom. Samanta entiende que los textos son políticos cuando la mirada del lector es política o por cierto empujón que pueda ofrecer el autor en lo que escribe. “Muchas cosas suceden en la cabeza del lector, yo espero controlar eso con la escritura, necesito que el lector diga en silencio determinadas cosas en determinados momentos”. En este punto del Gabinete alcanzamos, creo poder hablar por casi todos, un momento muy especial con la autora. Sus expresivas manos (luce un precioso anillo con una piedra verde, grande y cuadrada) acompañan afirmaciones de un elevado grado de amor por la literatura y la creación que nos calan especialmente. “El momento de la escritura es de libertad absoluta, aunque luego la propia escritura te vaya marcado límites”; “cuando escribo tengo muy clara la sensación anímica que va a dejar el final del cuento”. Samanta entiende que el narrador debe ser quien ofrezca un espacio al lector. “Siento que estamos los dos, el escritor y el lector, en un tira y afloja entre lo que el autor quiere decir y lo que el lector puede tender. Se crea algo que yo calificaría de divino”.
Reconoce el impacto de sus lecturas de iniciación en su escritura, lecturas que sorprenden para una niña: Cortázar, Kafka, muchos autores de literatura fantástica, como Bradbury. También recuerda “la fascinación que ejercía sobre ella el acto de la lectura en sí”.
Acompaña a Samanta Schweblin Juan Casamayor, de Páginas de Espuma, editorial que fundó en 1999 junto con Encarnación Molina. Se trata de un sello independiente que está considerado como referencia en el género del cuento en castellano. Juan responde a la pregunta de cómo sobrevive un editor de cuentos en un mundo dominado por la novela. Afirma que sí se leen cuentos, a pesar de que durante muchos años el sector editorial no ha apostado por el cuento. El editor destacó de su trabajo la relación “mágica y orgánica” que se establece entre el editor y el escritor “Ser editor me justifica ser testigo de la creación de mis autores”.  La otra parte, “la fenicia”, la que permite “vivir del cuento”, conlleva que estos libros lleguen a los lectores. Y el panorama parece estar cambiando. Juan sentencia que “el oficio del editor es buscar” y, a pesar de que se trata de un sector “inestable”, la clave para sobrevivir es hacer las cosas bien, “hay que estar muy atentos a lo que quieren los lectores y cómo lo quieren, hay que personalizar más que nunca los libros para los diferentes lectores”. El editor de Páginas de Espuma nos confiesa que empezó a disfrutar plenamente la editorial “cuando entendí que este negocio no es negocio”.
“No me gusta hablar de lo que estoy haciendo, si lo cuento y disfruto de lo que estoy contando, ya tiene menos sentido escribirlo”, concluye Samanta Schweblin. Y entre recomendaciones y sinceros aplausos de los presentes, terminamos un delicioso gabinete de lectura, que nos recuerda por qué tienen tanto éxito las convocatorias de Jesús Casals.