‘El instante de peligro’, de Miguel Ángel Hernández: arte y escritura como única salida

3:11 p. m. Conx Moya 0 Comments


Tras el buen sabor de boca que me dejó ‘Intento de escapada’, la anterior novela del escritor Miguel Ángel Hernández (Murcia, 1977), era obligado leer lo que fuera sacando este profesor de Historia del Arte en la Universidad de Murcia. 2015 se despedía con una gran noticia para él, su novela ‘El instante de peligro’ quedaba como finalista del Premio Herralde de la Editorial Anagrama. Tenía muchas ganas de escuchar a Miguel Ángel hablar sobre su literatura pero la casualidad hizo que presentara el libro en Madrid, en medio de un paréntesis en su hasta ahora última aventura americana, el mismo día que yo presentaba mi ‘Sin pedir permiso’. Un mes más tarde, en la presentación de mi libro en la librería Educania de Murcia, adquirí allí ‘Presente continuo’ de la editorial Balduque, un diario en segunda persona que escribió durante el durante el proceso de creación de ‘El instante de peligro’.
“A veces un instante lo pone todo patas arriba”, escribe Miguel Ángel en una novela contada en forma de larga carta, en un “presente continuo atravesado por el pasado”. En ella repite temas de su anterior libro, ‘Intento de escapada’, como la universidad, el arte, la literatura, el amor o la desilusión. En este caso no es una desilusión causada por una persona sino por la investigación y la universidad, que “había dejado de ser el lugar del conocimiento para convertirse en espejo de la burocracia”. El protagonista, desencantado, muestra su escepticismo hacia a lo intelectual y los intelectuales, “En un momento del camino dejé de creer” y llega a preguntarse para qué sirve lo que hacen: “(...) llegas a la conclusión de que nada de lo que haces ha servido para cambiar las cosas. Escribir, hablar... nada rescata nada. Todo gira sobre sí mismo. Textos, ideas, charlas que se retroalimentan y se quedan en el mismo lugar. Nada cambia nada”. Se plantea constantes dudas. El protagonista no cree en lo que está haciendo, ha perdido el interés y la emoción. Deja la vida universitaria por la escritura: “me había aburrido de la Historia del Arte, consideraba que la narrativa llegaba a lugares a los que el ensayo no podía, estaba cansado del conocimiento académico”. Sin embargo, tampoco cree plenamente en este discurso, que llegar a considerar vacío.
Pero si hay dudas con respecto a la universidad y al mundo intelectual, no las hay sobre el arte. En la novela se habla de “el arte como necesidad; el arte como forma de vida; el arte como garantía de salud; el arte como vida o muerte”. El arte es infalible, la única verdad: “El arte verdadero sólo existe cuando no puede ser de otra manera de la que es”; “El arte surge cuando de entre todas las posibilidades se elige no la más correcta o la más lógica sino la única posible”.
Definido por Miguel Ángel como un “viaje entre sombras” en ‘El instante de peligro’ de nuevo toma protagonismo una instalación artística, como ya sucedía en ‘Intento de escapada’. En esta ocasión tiene que ver con las imágenes y la mirada, dos constantes del libro. La mirada presente en el trabajo y en la vida: “Hemos visto la mirada”; “Hemos puesto nuestros ojos en el lugar de la imagen”; “Al retomar el tiempo retomé también la mirada”; “Era cuestión de tiempo y de mirada”; “Hoy necesito que me veas”. “Nunca me miras desde donde yo te veo” (Jacques Lacan). La mirada también presente en el amor y en el sexo.
Las diferentes partes del libro vienen precedidas por frases de Walter Benjamin, pensador de referencia para el autor y teórico de la imagen, una constante en esta novela, a pesar de no ser la escritura el soporte adecuado para la imagen: “Las imágenes huelen, se tocan, tienen sabor, consistencia, materia. Las imágenes son cuerpo. Cuerpo evanescente pero cuerpo al fin y al cabo”. El libro habla sobre “apoderarse del pasado”, las imágenes, en ocasiones meras siluetas o sombras, están asociadas a los recuerdos: “Las imágenes sirven para recordar, en ocasiones hay imágenes que ya no recuerda nadie, y otras veces, en cambio, no quedan imágenes para dar cuerpo a los recuerdos”; “Las imágenes siguen reverberando como un eco, siempre, incluso cuando ya no queda nadie para recordarlas”.
La memoria, el recuerdo, la pérdida, son otros temas recurrentes en esta historia de búsqueda a través de las imágenes. Miguel Ángel destaca el poder de algunos lugares para “recordar, evocar ausencias, para refugiarse del presente”. La memoria es salvación pero también veneno. Con todo, hay que seguir adelante, asimilar los errores y asimilar la pérdida: “Porque hay un momento en que las cosas se rompen y ya no se pueden arreglar. (...) Hay que intuir ese punto de no retorno, ese instante de peligro en el que todo se puede perder para siempre”. Porque no podemos luchar contra lo que tenga que suceder: “Hay cosas que es necesario hacer por mucho dolor que puedan causar, cosas que no se pueden dejar pasar, que están incluso más allá de nuestra capacidad de decisión, que son inevitables”.
El amor ocupa un espacio muy importante en la novela, que es en realidad una extensa carta de amor a alguien ausente. Los personajes no pierden las ganas de amar, aparecen en la narración varias historias de amor en diferentes planos temporales, dos en el pasado que por diferentes motivos no terminan bien, y otra en el presente (continuo) de la narración, que viene a rescatarle en un momento de su vida especialmente confuso y complicado. Además se hace en el libro toda una reflexión sobre el amor libre y sobre lo que ahora se llama “poliamor”, amar a varias personas a la vez: “Sentí que podía amaros a las dos”, entendida como una forma de amar que busca acabar con la posesión del otro: “Nadie pertenece a nadie. Amar es sumar, no restar. Somos seres plenos que decidimos compartir nuestro amor con los otros. El vacío, la búsqueda en el otro de aquello que supuestamente no poseemos, es el cáncer de Occidente. Hay otras maneras de entender el amor”.  Sin embargo, no es sencillo, el amor libre duele. “Nunca es fácil para el otro”. En todo caso en el amor las ganas no se pueden disimular: “Se nos notaba. Las miradas, la cercanía, la preocupación de uno por el otro, el deseo postergado, los pequeños roces de nuestros cuerpos al pasar”.
Las novelas de Miguel Ángel rebosan de ideas, pero él tiene el acierto de que la teoría no sea un lastre para que la narración avance y atrape al lector. Además de las mencionadas sobre el arte, el autor introduce un sinfín de ideas sobre la escritura, sobre esa dualidad entre la Academia y la Literatura, que viven tanto el protagonista como el autor: “Hay un instante en el que uno sabe que ya no va a poder parar. A partir de ese momento no hay bloqueos. La historia llega, habla, se deja escribir, cuando uno está preparado para ello”; “No sentí que debía elegir entre la escritura o la vida. Porque la escritura era la vida”. La escritura es una manera “de tocar la historia, de apresarla, de hacerla cuerpo". Arte y escritura al límite: “Ya sabía dónde ardía la historia y estaba dispuesto a abrasarme para contarla”, lo que le lleva a estar en continua duda y debate consigo mismo: “Llegar a una solución no es solucionar un problema, es abrir una pregunta”.
En resumen una nueva y magnífica novela de un autor con un estilo completamente personal y llamado a darnos muchas alegrías lectoras.
Saludando por fin a Miguel Ángel Hernández en la Feria del Libro de Madrid