Seis grados de separación. “El guateque” y los Rolling Stones

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Inauguro una nueva sección en #Hzlqdbs No sé si dará para mucho o se quedará en nada, pero lo vamos a intentar. La idea es contar nexos de unión entre diferentes historias que me llamen la atención. Nos estrenamos con una pirueta que relaciona la delirante película de Blake Edwards y Peter Sellers El guateque (The party) con la canción Claudine de los Rolling Stones.
El cine de verano de Cibeles nos ha permitido ver en pantalla grande y en versión original una de las mejores comedias de la historia. Estrenada en 1968, muchos tenemos en la retina diferentes escenas de la película, como el pollo volador que se inserta en la tiara de una invitada o la entrada del pequeño elefante pintado con consignas hippies. La historia habla de una gran fiesta de un magnate de Hollywood saboteada inconscientemente por el peor invitado que se podría imaginar.
Peter Sellers está espléndido en un papel a su medida, el desastroso actor indio Hrundi V. Bakshi (“¿Habla usted indostaní?”), que lleva el caos y la desgracia de manera inconsciente allá por donde pasa. Su presencia completamente fortuita en la fiesta de un productor de cine, al que ha reventado previamente el rodaje de una de sus producciones, desencadena una serie de divertidísimos incidentes que acaban como el rosario de la aurora. Un elefante hippie, un camarero borracho, una orquesta rusa, un loro parlanchín (birdy nam nam), una piscina llena de espuma, una casa con suelos que se mueven peligrosamente, un baño atascado, un pollo volador que acaba pinchado en una tiara y mil locuras más, caracterizan una comedia de impecable ritmo, con un Sellers disfrutando al máximo de su increíble capacidad de imitar acentos.
“El guateque” es una obra coral, a pesar del indudable protagonismo de Sellers, llena de tramas y detalles que necesitan más de un visionado. Pura filigrana para una película que tuvo mucho, al parecer, de improvisada. Según se cuenta el rodaje tuvo mucha miga, con tiranteces y problemas entre el director y la estrella, un hombre tan talentoso como complejo. Tras esta película, la primera que rodó Sellers en Hollywood, ambos estuvieron un tiempo sin hablarse y pasaron varios años hasta que volvieron a trabajar juntos. Algo que no afectó en absoluto a la calidad de la película.
El indiscutible protagonista es el cómico inglés nacido en 1925 en el seno de una familia de artistas de variedades. Edwards le rodeó de una serie de fantásticos secundarios entre los que destacan Steve Franken como el hilarante mayordomo borrachín, Gavin MacLeod (el capitán de Vacaciones en el mar) en el papel de uno de los tipos gordos de la productora, Fay McKenzie, como la atribulada dueña de la casa y organizadora de la fiesta, Herb Ellis interpretando al director de la película que malogra Hrundi, Denny Miller como la estrella de serie B “Wyoming Bill” Kelso admirado por Hrundi y que solo piensa en agenciarse a la bella Conchita, J. Edward McKinley el magnate cinematográfico dueño de la casa… todos brillantemente ajustados a sus respectivos papeles.
El desastroso Hrundi es, sin embargo, un ser tierno y amable. La única que parece entenderlo es la francesa Michele Monet, que está en la fiesta para intentar le hagan una prueba como actriz. Interpretada por la actriz y cantante Claudine Longet, suya es la almibarada interpretación de “Nothing to Lose” una de las canciones de la película, cuya banda sonora corre a cargo del gran Henry Mancini. Y atención que aquí llega la relación con los Rolling Stones, no perdáis detalle.
Si la vida de Peter Sellers tuvo mucho de agitada, el maravilloso actor ha pasado a la historia del cine como un ser insoportable, despreciativo, obsesivo, tormentoso e imprevisible, la de la dulce Claudine Longet no se queda atrás. Esposa del músico Andy Williams saltó a la crónica negra, y a una canción de los Rolling, por un caso que llenó páginas de cotilleos y sucesos e hizo relamerse a la prensa amarilla de todo el mundo. Claudine se enamoró perdidamente de una famosa estrella del esquí, el bello Vladimir “Spider” Sabich. En 1975 ella y los tres hijos que había tenido con Andy Williams se trasladaron a vivir a la casa que el esquiador ruso tenía en Aspen, Colorado, estación de esquí frecuentada por millonarios y famosos de todo el mundo. Lo que empezó como una arrebatadora historia de amor, se fue deteriorando hasta que Sabich invitó a la actriz a abandonar su casa. El caso fue que el 21 de marzo de 1976 el esquiador murió de un tiro en el abdomen. Falleció desangrado. Longet fue responsable de lo que sus abogados describieron como un “accidente” cuando estaba aprendiendo a usar la pistola. Se inició un juicio muy mediático y finalmente se la absolvió de homicidio pero fue declarada culpable del cargo de negligencia criminal, un delito menor. Cumplió treinta días de cárcel, que el juez le permitió distribuir como prefiriera para que afectara lo menos posible a sus hijos. La instrucción al parecer estuvo plagada de irregularidades, con pruebas obtenidas sin orden judicial y una incorrecta manipulación del arma.
Poco después el abogado de Claudine, Ron Austin, abandonó a su mujer e hijos y se fue con su defendida. Según cuentan las crónicas ambos siguen viviendo en Aspen. La actriz, de ochenta años, nunca más volvió a actuar. La familia del esquiador inició una demanda civil que quedó resuelta tras un acuerdo económico y la promesa de no hablar nunca sobre el tema.
Esta desgraciada historia inspiró una canción a los Rolling Stones, “Claudine”. Se grabó durante las sesiones del Some Girls (1978). Se hicieron varias versiones que han circulado en varios piratas, lo que los entendidos llaman bootlegs, a lo largo de los años. Por fin en 2011, la canción se incluyó oficialmente en la reedición de Some Girls, formando parte del disco de bonus tracks. La letra es explícita, aunque al parecer sólo hubo un tiro y no fue ni en la cabeza ni en el pecho.
Claudine's back in jail again
She only does it at weekends
Claudine
Now only Spider knows for sure
But he ain't talkin' about it any more
Isn't, Claudine?
There's blood in the chalet
And blood in the snow
She washed her hands of the whole damn show
Claudine
She shot him once right through the head
She shot him twice right through the chest
The judge says ruled it was an accident Claudine
Accidents will happen

Y hasta aquí la historia de la relación, ciertamente truculenta, de “El guateque” con los Rolling Stones.


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Y sigo arropándola

8:41 a. m. Conx Moya 0 Comments



Mi colaboración con Maskao Magacin. 18/05/2018
La encuentro tan graciosa, con su pelito corto, sus cigarrillos negros de una marca poco usual, su forma peculiar de fumar sin tragarse el humo; ella dice que en realidad quema tabaco… Es muy sociable, pero con una cierta timidez que hace que se quede un paso por detrás en los saraos.
Desde que nos conocimos me he convertido en su preferido, o al menos así lo creo, y eso me hace sentirme bien. Quiero arroparla, que sienta mi calor. Suelo acompañarla en sus correrías alrededor de una radio libre en la que participa activamente, en realidad es lo que ocupa casi todo su tiempo. Somos habituales de un maremágnum de entradas y salidas alrededor de las actividades de la radio.
Me encanta la gente de la radio. En realidad aún no han empezado a hacer programas, todo el ingente trabajo que realizan está destinado a la compra de los equipos de la emisora. Cuando participo en sus historias, la sigo como puedo. En ocasiones acabo perjudicado, salpicado de la pringosa leche de pantera que está preparando junto con otro compañero o rozado por un cigarrillo dentro de un pogo en algún concierto. A pesar de lo mucho que ella se preocupa por mí, experimento cierta tensión cuando participamos en una actividad de la radio, porque nunca sé cómo vamos a acabar.
La mañana nos ha sorprendido con más frío del que podía esperarse para el primer día de mayo. Se ha despertado temprano y lo primero que ha hecho ha sido levantar la persiana y mirar el cielo, cubierto de nubes que amenazan lluvia. Como llueva se nos fastidia la manifestación. Se ha abrigado, por lo que pueda pasar, así que hoy me toca ir con ella. Nos espera trabajo duro en el chiringuito que han montado en la Plaza de Santa Ana. Al llegar, divisamos a lo lejos la enorme pancarta que han atado entre dos árboles. Con esta nueva fiesta de la radio en el Día Internacional de los Trabajadores, pretenden seguir avanzando en su propósito de equipar la emisora.
Uno de sus compañeros ha traído una cámara buena. Ellos se quejan a menudo de que apenas tienen fotos juntos, así que han decidido remediarlo. A ella le ha pillado desprevenida, y mientras el chico tiraba una serie de fotos, le ha increpado en broma, con el cigarrillo en la mano. Luego ya ha posado, pero no le gusta que le hagan fotos, se pone muy nerviosa. Ella intenta disimularlo, pero yo sé que anda disgustada. Asuntos de corazón de esos en los que yo no puedo hacer mucho. Al menos intento arroparla cuando en ocasiones la siento helada por dentro.
*
Diez años después de encontrarnos, la causa saharaui ha irrumpido en su vida. Nuestras salidas se centran ahora en innumerables actividades, manifestaciones, charlas, presentaciones y conferencias relacionadas con el Sahara Occidental. En esta noche de sábado nos acercamos al Colegio Mayor Chaminade. Un grupo de estudiantes solidarios han organizado unas jornadas para presentar una recién creada plataforma universitaria de apoyo a la causa.
Se descalza y se sienta sobre una alfombra junto con varios chavales. Las alfombras nos protegen del helado suelo de terrazo. Hace frío en el salón, escasamente caldeado, por lo que procuro ceñirme a ella para que mi presencia le dé calor. Un escritor saharaui ha traído uno de sus libros y comienza a hablarnos sobre los jóvenes de su tierra que en los años 70 estudiaban en las universidades de España y que formaron parte de una generación prodigiosa, que tuvo que asumir importantes responsabilidades en un momento especialmente difícil para la supervivencia del pueblo saharaui, cuando España abandonó el territorio de la peor manera posible y el Sahara Occidental fue invadido por Marruecos. Los estudiantes han participado activamente en el debate posterior, haciendo preguntas sobre la juventud, la cultura y las experiencias de los saharauis que viven en España como inmigrantes, en un segundo exilio que ellos llaman diáspora. Estamos sentados alrededor de una lámpara de cuero pintado, que emite una luz tenue, creando un ambiente perfecto para lo que nos están contando. Un poeta saharaui ha comenzado a preparar té muy amablemente mientras explica cómo se introdujo esta bebida en su cultura y recita unos poemas. “El primer té es amargo como la vida. El segundo, dulce como el amor. El tercero, suave como la muerte”, dicen los saharauis. Un leve seseo, vestigio de sus estudios en Cuba, otorga una especial musicalidad a las palabras del poeta. “Cuando la luna se abriga / la anciana noche se asila / en la silueta de una hoguera”, recita con voz pausada.
Desde que el Sahara está en su vida la encuentro muy feliz.
*
Veinte años hace ya que estamos juntos. He visto crecer su pelo, su cuerpo ha ensanchado, han llegado las primeras canas y su cara se va poblando de arrugas, ya no sólo de expresión. La he visto sonreír mucho más con los años. Siempre observadora, me complace su empeño en aprender y su determinación por madurar. A pesar del paso del tiempo se mantiene joven y divertida y ese es el motivo de que yo siga a su lado. He de decir que también tiene muchos defectos, pero no voy a ser yo quien los desvele. Nunca hay que traicionar a los nuestros.
En los últimos tiempos ha puesto todo su empeño en escribir y ha recuperado su interés por la música y la radio. Hemos venido a una Feria del Libro y del Disco en Radio Vallekas. Es un frío y soleado día de diciembre y como siempre mi propósito es arroparla. Ella ha colocado sus cosas en la esquina de una mesa y enseguida hemos ido a ver lo que se cocía por los otros puestos, repletos de fanzines, ilustraciones, pegatinas, libros, discos, chapas, marcapáginas... Nunca ha tenido espíritu comercial pero sí una enorme curiosidad, así la encuentro en su salsa, rebuscando entre los puestos, hablando con los artistas, preguntando a las chicas de los fanzines, “ahora hay muchas chicas haciendo cosas”, nos dice una de ellas. Entramos al estudio donde están entrevistando a unos chicos de una editorial independiente sin ánimo de lucro en la que entre todos los componentes distribuyen libros “por amor al arte”, con el propósito de hacer frente al control sobre la creación literaria que ejercen las grandes corporaciones.
Hay una banda en una sala al fondo. Están empezando a montar los instrumentos. Esto promete. Echaba de menos aquel ambiente eléctrico por el que nos habíamos movido en el pasado, así que estoy feliz de que siga contando conmigo en este viaje que ella llama “un proyecto propio”.
*
En ocasiones me pregunto cuál fue mi anterior hogar y quién me llevó a Marmota. Pero no soy capaz de recordar cómo recalé en aquella tienda de ropa de segunda mano. Allí llegué a mediados de los años 90, a poco de que abrieran aquel local en los alrededores del Rastro de Madrid. Mi memoria de lana comienza con aquellas dos chicas entrando en la tienda, rebuscando entre las perchas y los estantes, probándose gafas, sombreros y fulares. Recuerdo las risas cantarinas que llenaban de luz sus ojos. Cómo habría deseado en ese momento tener la capacidad de moverme y captar su atención. Deseaba con todas mis fuerzas gustar a alguna de ellas y que me llevara consigo. ¿Hay algo más triste que quedarte tirado en un estante, doblado todo el día? Sin posibilidad de embellecer y arropar a una muchacha.
Mientras rebuscaban chaquetas de cuero para la chica de enormes ojos verdes, la de pelo corto reparó en mí. Se me acercó al momento. Fue un flechazo. Me eligió sin dudar. Le he escuchado decir en ocasiones que yo le recordaba a los jerséis que le tejía su tía cuando era pequeña. De cuello abierto, manga francesa, con aberturas a los lados, de brillante color verde y con unas flores bordadas en un lado, mi confección recuerda efectivamente a unos sueters de punto que estuvieron de moda en los setenta. Creo que soy un jersey bonito, pero claro, qué voy a decir yo.
Han venido otros, han entrado y salido de su habitación, sin embargo yo soy el que sigue en su armario. Veinte años con ella y sigo arropándola.

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Mi Blade Runner Blues

6:30 p. m. Conx Moya 0 Comments


Es jueves 16 de agosto. Sólo hace unas horas que el mundo ha conocido el fallecimiento de Aretha Franklin. Las redes se llenan de música de la artista, ya inmortal, y su desaparición eclipsa otras efemérides como los 41 años de la muerte de Elvis o el 60 cumpleaños de Madonna. El día se tiñe de nostalgia y yo me preparo para ver por la noche en pantalla grande Blade Runner, una película que me pone melancólica. Voy entrando en ambiente escuchando la colosal banda sonora de Vangelis, una obra clásica a la que sin duda el film debe parte de lo que es. Mi hermano compró el disco a principios de los 90, cuando los dos descubrimos la película en televisión y nos convertimos en entusiastas seguidores de la historia del cazador de replicantes Decker (Harrison Ford) en el espectral Los Ángeles de 2019 que ideó Ridley Scott. Qué vértigo da pensar que el próximo año alcanzaremos una fecha que nos parecía tan lejana cuando vimos la película por primera vez. A Decker, nunca estuvo tan bello Harrison Ford, le encargan ejecutar, “retirar” a cuatro, ¿cinco?, replicantes del modelo Nexus-6, más humanos que los humanos, bellos y perfectos físicamente, elásticos, con una fuerza descomunal, y con un intelecto privilegiado que, fuera de todo pronóstico, desarrollan emociones, sentimientos, apego a la vida y necesidad de trascender.
Volviendo a la inmortal obra de Vangelis, a través de sus sintetizadores me adentro en un ambiente oscuro, denso y pegajoso como el petróleo, el perfecto envoltorio para la propuesta distópica de Ridley Scott. Curiosamente la banda sonora tardó varias décadas en aparecer en el mercado, otra de las extrañas anécdotas que rodean a la película, lo que se saldó con innumerables ediciones piratas. Me llena de escalofríos, en especial el tema “Memories of Green”, que acompaña la escena en la que Rachel (Sean Young) confirma lo que temía, que es una replicante, que sus recuerdos de infancia han sido implantados y en realidad pertenecen a la sobrina del dueño de Tyrell Corporation. Un sutil tour de forcé, con un Decker que abre los ojos con rudeza a una confundida Rachel. Hasta que se da cuenta del daño que le está causando y se apiada de ella. Es entonces cuando Decker descubre que se ha enamorado de un ser al que algún día probablemente se vería obligado a dar caza. Inmortal es el tema de amor, con el saxo tenor de Dick Morrissey, y épica la composición para los títulos de crédito, que no aparece en todos los montajes, y que en España fue sintonía durante muchos años del programa de TVE En portada.
En ese estado de pura emoción volví a ver la película, esta vez en pantalla grande, en versión original y sin la discutida voz en off de Decker. Son muchas cosas curiosas las que rodean a un film considerado de culto, pero incomprendido cuando se estrenó en 1982. Como la cantidad de versiones y montajes que ha sufrido, algo no muy habitual. A los diferentes montajes que se probaron desde antes incluso de su estreno, se unen las versiones llamadas “del director”, más de una, en las que se eliminan las explicaciones de Decker y el final feliz con la escapada en coche, y a las que se añade el sueño del unicornio, un elemento que tanto ha dado que hablar y que explicaría, o no, la verdadera naturaleza del cazador de replicantes.
La predisposición de ánimo y el visionado en el cine de verano de Cibeles me sumergió en el ambiente agobiante de esa ciudad donde no deja de llover, caótica, oscura y sucia, esa torre de Babel que habitan seres solitarios que siempre tienen prisa, esa metrópoli cruel y despiadada. La película, una de las más influyentes de la historia del cine en cuanto a temática y estética, está envuelta en una inconfundible y densa atmósfera, gracias al espectacular manejo de la luz y el claroscuro, a la manera de los pintores flamencos, se me ocurre Caravaggio, con una reducida paleta que incluye variaciones de marrones, grises, ocres y dorados. Más un frío azul metalizado en la secuencia de la muerte de Roy. Magnífica, la fotografía de Jordan Cronenweth.
La escenografía de la película también ha creado escuela. Los coches voladores que se mueven entre la incesante lluvia; el enorme anuncio digital de la mujer japonesa, una imagen prendida en la retina de cualquier amante del cine; la sede de la Tyrell Corporation, sin duda inspirada en los zigurat sumerios; la decadente habitación del magnate, con un toque vampírico en esa enorme cama rodeada de velos blancos y almohadones, a la luz dorada de decenas de velas; la oscura vivienda de Decker, donde a pesar de todo hay lugar para la belleza en el piano rodeado de fotos; la espectral casa donde vive el diseñador genético J.F. Sebastian (William Sanderson), un genio solitario, enfermo y rodeado de inquietantes muñecos mecánicos de su creación; el edificio es el escenario de la violenta lucha entre Decker y Roy (Rutger Hauer) y en su azotea empapada transcurre el mítico alegato del replicante al que le ha llegado la “hora de morir”, escena a la que acompaña otro grandioso tema de Vangelis.
Merece la pena también dedicarle un breve espacio a la ropa, fruto del delicado trabajo de vestuario de Michael Kaplan y Charles Knode. Así, resultan inolvidables las gafas de Eldon Tyrell (Joe Turkell); el corpiño, las botas de legionario romano y el impermeable transparente de la replicante  Zhora (Joanna Cassady), cuánto le deben Robert Rodríguez y Salma Hayek a su baile con la serpiente; o el aspecto postpunk de la replicante Pris (Daryl Hanna), con el áspero pelo amarillo cortado a hachazos, las ligas y ese maquillaje en forma de máscara que se aplica en los ojos. Quiero detenerme en Rachel y su estilo a lo diva de los años cuarenta, con enormes hombreras, mangas anchas acabadas en puños ajustados, pequeños botones forrados, el pelo recogido con “tupé” y los labios en rojo brillante al igual que la perfecta manicura de uñas. Cuando Rachel y Decker se enamoran el aspecto de la protagonista muta en una de aquellas heroínas románticas a lo Cumbres borrascosas, con abundante pelo suelto desordenado, ojos ahumados y tez pálida. Sentirse amada abre a Rachel como una flor.
A través de Blade Runner, una clara influencia para muchas películas posteriores, se hacen profundas reflexiones filosóficas sobre la creación, el sentido de la vida, el abuso y el control sobre el sometido (Es toda una experiencia vivir con miedo, eso es lo que significa ser esclavo), la identidad, la vida y la muerte, el amor, el paso del tiempo y la necesidad de trascendencia, de poder tomar decisiones, de tener el control sobre la propia vida. Casi nada para un thriller muy negro y futurista, aunque ese futuro ya esté aquí.
La película ofrece escenas inolvidables y se clausura con un frenético final, que completa la obra maestra. Por derecho propio la escena del monólogo del feroz Roy, se ha convertido en una de las escenas más recordadas de la historia del cine. He visto cosas que vosotros no creeríais: atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir… El replicante deja este testamento hablado ante la mirada atónita de su oponente, al que acaba de salvar la vida tras una cruel batalla. Al parecer el actor holandés fue quien dio su forma definitiva a esta melancólica y poética despedida, que ha inspirado a músicos y literatos de todo el mundo. En ese breve monólogo el replicante asume la derrota del tiempo con resignación y, a pesar de que ha sido creado para no sentir, se rebela atesorando una serie de intensas emociones y recuerdos experimentados en su breve vida. La luz que brilla con el doble de intensidad dura la mitad de tiempo, y tú has brillado mucho, Roy.
Finalmente Rachel acepta su destino junto a Decker, el tiempo del que dispongan. “Te quiero”. “Confío en ti”. Se cierran las puertas. Eliminado del montaje el final feliz, se impone la incertidumbre. Hasta que llegó Blade Runner 2049 y nos lo contó, aunque esa ya es otra historia.





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Por fin Quadrophenia en pantalla grande

9:21 a. m. Conx Moya 0 Comments


Si me preguntan cómo conocí a los Who, podría responder sin dudar que fue a través de una maravillosa canción, “Love, Reign o'er Me”, lo recuerdo perfectamente. Con esfuerzo, eran los primeros noventa y no existía internet ni nada parecido, fui recopilando información sobre la banda, conociendo sus discos y sus diferentes etapas y sabiendo más sobre su carrera. Así descubrí que aquel tema pertenecía a Quadrophenia, la segunda incursión de The Who en un álbum conceptual, lo que entonces se llamaba ópera rock. Compré el vinilo (nosotros decíamos disco) en El Corte Inglés; 2600 pesetas me costó. La portada en blanco y negra era muy pintona. Un mod subido en una scooter en cuyos espejos se reflejan las caras de los miembros del grupo, arropado por una parka con el nombre de los Who pintado en blanco. En el interior, una serie de fotos en blanco y negro ilustran la historia. Siempre tuve la idea de hacerme una camiseta con la foto del horrendo desayuno compuesto de garbanzos, pan de molde, huevo, café y unas colillas de cigarro pero nunca la llevé a la práctica.
Completamente loca por el disco, grabado en 1973, mi siguiente descubrimiento fue que en el año 1979 se había estrenado una película a partir de la ópera rock escrita por Pete Townshend. Entonces no disponíamos apenas de medios y la mayor parte de mi información provenía de un libro de Ediciones Júcar sobre la banda, además de lo que podía leer en alguna que otra revista musical. En aquellos días aún vivían tres de sus miembros, sólo faltaba Keith Moon, fallecido en 1978, y el grupo había vuelto a la carretera en una gira donde tocaban Tommy y otros grandes éxitos. La grabación de uno de aquellos shows de 1989, que en España emitió Telemadrid, se convirtió en una de mis cintas más preciadas.
La suerte se puso de mi lado cuando programaron “Quadrophenia” en lo que aún se llamaba segunda cadena. Por supuesto la grabé en video, en una cinta Maxell de 180 minutos para la que hice su correspondiente ficha, que guardé en el interior de la funda. Le dimos mucha tralla a aquella cinta. Recuerdo verla en casa con mi hermano y amigas del colegio y también la pusimos en el pueblo, de nuevo con mi hermano y mis amigas de allí, en un improvisado cineclub que montamos en nuestra casa. Aquel verano ya teníamos video en el pueblo y recuerdo que también vimos, entre otras películas, “El sentido de la vida” de los Monty Python.
Cuando descubrí “The kids are alright”, documental sobre The Who estrenado en Cannes en 1979, leí que las dos películas se estrenaron en su día en cines de Madrid. Aquello me llamó la atención, pensando en que debió ser una gozada asistir a alguna de aquellas proyecciones con la música a toda mecha, rodeados de un público tan fanático como yo misma. Pero entonces se quedó en un deseo incumplido.
Hasta que veinte años después el Matadero de Madrid me ayudó a cumplir aquel deseo. “Quadrophenia” era una de las películas programadas dentro del ciclo “Sonido, subcultura y cine” sobre “las fascinantes relaciones que existen entre la escena underground, la música y la delincuencia”. Bien por el Matadero, que está ofreciendo una excelente programación a un precio muy asequible y en ocasiones incluso de manera gratuita. Como esperaba, resultó muy emocionante el visionado en pantalla grande y una experiencia maravillosa escuchar en cine la banda sonora, que no hace sino ganar con los años. También es un punto a favor verla en versión original, aunque yo era fan del doblaje del desaparecido actor catalán Enric Arredondo.
El guión de la película desarrolla la idea del disco de Pete Townshend sobre un joven de clase obrera llamado Jimmy con una “personalidad dividida en cuatro facetas distintas”, en un “estado avanzado de esquizofrenia”, desdoblado en cuatro personalidades: “Un tipo duro, un bailarín indefenso. Un romántico, ¿soy yo por un momento? Un maldito lunático, te llevaré el equipaje. Un mendigo, un hipócrita, el amor reina sobre mí”, como aparece en el disco. Con pocas perspectivas en la vida, lo que le hace sentirse diferente es su pertenencia a la corriente mod. Vacío, su único respiro lo encuentra en su ropa, sus amigos, su música y su moto.
Ambientada en los años 60, la película recoge todo el dolor de vivir, la desorientación y la falta de expectativas que caracterizan a la juventud de cualquier época. Los protagonistas son jóvenes escasamente cualificados, con empleos basura, disparados el fin de semana “gracias” a las anfetas y cantidades ingentes de alcohol. Individualistas, egocéntricos, hedonistas, vanidosos, superficiales… y autodestructivos.
Dirigido por Franc Roddam en 1979, el film cuenta con Phil Daniels, inolvidable en su papel de Jimmy; como curiosidad a Daniels se le pudo ver años después en el video de la canción “Parklife” de Blur. Leslie Ash interpreta a Steph, la chica de la que está enamorado y un joven Sting rubio platino es el mod “Ace Face” (As de Oros). El film recoge una de aquellas batallas campales que tuvieron lugar a mediados de los 60 en Inglaterra, en concreto la de 1964 en Brighton, localidad costera del sur, que por cierto inspiró el nombre de una gran banda barcelonesa de los ochenta. Los mod con sus Levi’s ajustados, sus trajes de doble botón a medida, sus peinados lamidos, las scooters “secadores de pelo” llenas de espejos, frente a las chupas de cuero, los zapatos de puntera afilada, la gomina y las motos de mayor cilindrada de los rockers. Cada uno con sus músicas. Enemigos irreconciliables.
En España “Quadrophenia” se estrenó en el Cine Urquijo, en Argüelles, y míticas fueron sus proyecciones en el Cine Covadonga, situado en la calle López de Hoyos-161 y al que apodaban el “Covacha”. Yo ya intuía que los pases de la película a inicios de los ochenta debían ser la pera pero no es nada comparado con lo cuentan numerosas crónicas sobre un cine muy peculiar donde se fumaba de todo, se bebían litronas, se comían pipas y de vez en cuando se alborotaba el gallinero más de la cuenta. Por supuesto guardan su propia leyenda urbana, que hablan de un mod saltando desde el palco del cine a la manera de Jimmy en el “ballroom” de Brighton cuando intenta llamar la atención de una Steph deslumbrada por el bello y lacónico Ace Face. Otros cuentan que en realidad el que salió volando fue un rocker, “ayudado” por unos mods, en un delirante programa doble donde juntaron “Quadrophenia” con una peli de Elvis. A saber…
La película no tuvo muy buenas críticas en su día. Se la definió como una mezcla no del todo lograda entre el free cinema inglés de los 60, el cine musical y un pretencioso ejercicio de nostalgia. Más allá de apreciaciones, Quadrophenia se ha convertido con los años en un clásico, con momentos inolvidables como los del callejón, los bailes de Ace Face, la turba que vocifera aquel “We are the mods, we are the mods, we are, we are, we are the mods”, cuando Jimmy descubre al “bell boy” llevando las maletas y por supuesto la cabalgada en moto rozando el precipicio. Una película iniciática que está entre los mejores recuerdos de mi juventud.
Sábado 14 de julio de 2018. QUADROPHENIA. Ciclo “Sonido, subcultura y cine”. Cineteca del Matadero de Madrid.


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