Zafeiga, el demonio de arena

1:37 p. m. Conx Moya 0 Comments




Yenbi yenbi, ya rih an jaimitna fiha ennabi
Desvíate, desvíate tornado, que en nuestra jaima está el profeta.

El pequeño pastor había salido como cada mañana muy temprano con las cabras de la familia. Cuando fuera más mayor iría acompañando a los adultos con los camellos, pero de momento aprendía a ser pastor junto con otros niños de los frig cercanos. Aquella mañana habían repetido el ritual diario, levantarse antes de salir el sol, preparar el pequeño rebaño y ponerse en camino hacia la zona, no demasiado lejana, donde había pastos para las cabras. El niño pasaba casi todo el día fuera, aprendiendo a familiarizarse con el ganado y con la badia, la madre de su milenaria cultura, lo que había hecho de ellos unos nómadas que perseguían las nubes, y que convivían en armonía con el sol y el viento, tan extremos en aquellas latitudes. El desierto no impresionaba al pequeño pastor, su familia le había enseñado a amarlo pero sobre todo a tenerle enorme respeto, sabía que no podía luchar en contra de aquella naturaleza porque siempre sería él quien saldría perdiendo.

Aún era muy pequeño para comprender en su totalidad la grandeza del desierto. Años después, cuando el pastorcito se convirtiera en un combatiente recorriendo la badia durante la guerra, sentiría muy dentro aquella misteriosa inmensidad y se embriagaría con el perfume milenario de su tierra.

Aquella mañana, a poco de salir hacia los pastos, los niños divisaron a lo lejos una amenazante nube negra. Sus madres les habían advertido que no se alejaran demasiado, en el aire flotaba una extraña pesadez y los animales se mostraban muy inquietos. “No te vayas muy lejos, yauleidi[1], creo que viene algo muy grande”, advirtió la madre del pequeño pastor.

Los niños cuidaban del ganado, por una vez callados y formales, no había lugar para cuentos, risas ni correteos porque ellos también presentían que algo iba a ocurrir. De repente uno de los niños dio la alarma. “¡Viene una enorme oscuridad!, corramos a las jaimas”. Llegaba zafeiga, el temible tornado que levanta jaimas y derriba árboles, el tornado que desorienta a camellos y pastores y puede costarte la vida.

Los pequeños pastores agruparon sus rebaños y se apresuraron hacia el frig, aunque sabían que allí no estarían tampoco a salvo. Todos los niños se unieron en una misma jaima y empezaron a entonar el tranquilizante salmo que habían aprendido de los abuelos, “desvíate, desvíate tornado, que en nuestra jaima está el profeta; desvíate, desvíate tornado, que en nuestra jaima está el profeta”. Zafeiga no les escuchó, entró en la jaima, y de repente se vieron sacudidos por una violenta presión, un ruidoso remolino que enganchó la jaima y la lanzó hacia el cielo, la cubierta de pelo de dromedario, los altos palos de la tienda, todo salió disparado, como si fueran papeles bamboleados por el viento.

Cuando se alejó el torbellino se miraron unos a otros, al menos continuaban vivos, con un susto enorme en el cuerpo. El demonio de arena no había pasado de largo pero al menos todos ellos podían dar las gracias al profeta.

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[1] Yauleidi: mi hijo



*Este relato pertenece al libro de próxima autoedición Delicias saharauis

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Los mundos de Gali

9:14 p. m. Conx Moya 1 Comments



Cuando mis padres me dijeron que tenía que alejarme de ellos, no les creí. ¿Cómo iban ellos a poder vivir sin mí? ¿Cómo iba yo a poder sobrevivir sin sus cuidados? Pero era verdad. Mi padre comenzó a explicarme cómo era el mundo que me iba a encontrar más allá de las dunas, mientras mi madre, con lágrimas en los ojos, metía en un viejo bolso de deportes los pantalones y las dos camisas que me habían entregado el día anterior en el reparto de ropa.

Nosotros vivimos en un campamento de refugiados. Un campamento es como un país, pero de mentiras. No hay casas, sino tiendas de lona que se llaman jaimas, en vez de calles hay grandes extensiones de arena y los padres no van a la oficina, sino a la guerra. También tenemos un país de verdad, pero no podemos vivir en él porque está ocupado por soldados extranjeros.

Mientras esperaba a la persona que tenía que venir a buscarme, salí de nuestra jaima. Era muy temprano, el sol hacía poco que había aparecido y aún no se notaba mucho el calor. Fui dando vueltas hasta que llegué al corral y aproveché para despedirme de mi cabra Checha. Creo que ella ya sabía que me marchaba ese mismo día, porque tenía la mirada baja y no vino corriendo a mi encuentro como otras mañanas. Yo también estaba triste y no podía dejar de preguntarme cómo sería la vida en una verdadera ciudad.

Este fragmento pertenece al libro "Los mundos de Gali", una historia de amor, solidaridad y amistad, de la escritora y poetisa canaria Maribel Lacave. Gali es un niño saharaui que vive en los campamentos de refugiados saharauis en medio de mucho amor pero también de muchas carencias. Una grave enfermedad le obliga a quedarse en España para recibir tratamiento. Gali vivirá con una familia de acogida que llegará a ser también la suya, sin olvidar nunca a la que le espera en el desierto.

El libro, muy bello, creo que resulta muy adecuado para niños incluso los saharauis que viven en España, y para las familias acogedoras, así lo recomiendan los editores del libro, para entender mejor en qué consiste el acogimiento temporal de estos niños.

Os dejo unos datos sobre Maribel para quen la conozcáis mejor; más allá de fechas, currículum y libros editados (maravillosos), Maribel es una mujer llena de magia, historias y anécdotas, y gran conocedora del Sahara, su cultura y su Historia, no en vano pasó toda su infancia en Dajla, la antigua Villa Cisneros. Os recomendamos el libro con el corazón. LA AUTORA: MARIBEL LACAVE, poeta y narradora, nació en Canarias en 1951. Pasó su infancia a caballo entre el Sahara y las Islas. Graduada Social, estuvo dedicada durante años a actividades sindicales y de solidaridad con los pueblos, colaborando con numerosos ayuntamientos y organizaciones de Canarias en diversas iniciativas tanto políticas como culturales. En 1968 comienza a publicar poemas en la prensa de Canarias y en revistas literarias de Barcelona, Bilbao y Málaga. Ha sido colaboradora de las revistas Sansofé, El Puntal, El Tallero y Espal y de las Muestras de Cultura Popular de Santa Lucía de Tijarana. Parte de su obra se recoge en las grabaciones discográficas de dichas Muestras, en varias antologías de poesía y de relatos. Diferentes cantautores han musicalizado sus poemas. Entre sus libros cabe destacar Con toda la mar en los bolsillos (1981), Donde sólo media luna (1988), Sin Fronteras (Antología, 2001) y Cuentos de la abuela Majareta (2005), editados por el Centro de la Cultura Popular Canaria, Dos para un tango, libro de relatos editado en Chile, Como florece el Dafne en el invierno (2004), ganador del «I Premio de Poesía Juan Alvarado» y Los canarios del lago Budi (2007). Desde 1997 reside en el sur de Chile, donde obtuvo el premio «Cuentos en Movimiento» por su relato “El rapto de la Aurora”.

LOS MUNDOS DE GALI está distribuido en todas las librerías del Archipiélago canario, pudiendo solicitarlo en los teléfonos del CCPC: 922 82 78 00/ 82 20 00 ó 928 39 00 80
o en el correo electrónico:

Maribel me ofreció la oportunidad de hacer una pequeña introducción para el libro, explicando cómo es la vida de un pequeño saharaui en los campamentos. Lo dejo aquí y os recomiendo una vez más el libro, lleno de vida y sensibilidad.



El niño coge ilusionado el cuaderno y las pinturas que le ha regalado su familia de España. Con una sonrisa de oreja a oreja empieza a dibujar una bandera. Usa el color rojo para la media luna y la estrella, y el negro y el verde para las franjas. Es la bandera del Sahara Occidental. Con la pintura roja escribe su nombre con buena letra.

El niño sabe escribir y pintar muy bien porque todos los niños y niñas saharauis van a la escuela. Sus escuelas son humildes pero tienen lo necesario para poder estudiar. Pizarras, cuadernos, bolis, pinturas, pupitres, mapas, láminas, todo llega de segunda mano, de países amigos que mandan ayuda a los saharauis. Los niños cuidan mucho el material escolar, ya que cuando se acaba, no saben cuándo van a recibir más. Hay que aprovechar los cuadernos, cuidar las pinturas y no estropear las carteras.

El niño estudia en la escuela la historia de su pueblo. Los saharauis son del Sahara Occidental, un país situado en el norte de Africa, debajo de Marruecos y encima de Mauritania. España llegó al Sahara a finales del siglo XIX y permaneció allí hasta 1975, en ese año España lo abandonó y el Sahara fue invadido por sus vecinos, Marruecos y Mauritania.

El niño está muy atento en clase porque le gusta saber historias de su país. Los saharauis hace muchos, muchos años eran nómadas. Eso quiere decir que viajaban libremente por el desierto con sus camellos en busca de hierba y agua para que comieran. Cuando encontraban pasto verde, montaban sus tiendas, llamadas jaimas y estaban un tiempo viviendo en esa zona. De los camellos sacaban carne y leche para poder alimentarse.

Cuando llegaron los españoles se crearon ciudades y muchos saharauis empezaron a vivir en casas, aunque a veces seguían saliendo al desierto. Después de la invasión de su país comenzó una guerra, y muchos tuvieron que huir al país vecino, Argelia, que les ayudó, dejando una parte de su territorio para que los saharauis vivieran.

Allí levantaron sus tiendas y se refugiaron en lo que llaman campamentos. Donde viven el clima es muy duro. No hay animales ni plantas ni flores. No llueve y el sol es muy fuerte, sobre todo en verano. Es muy difícil vivir en los campamentos, donde sólo se ve arena y más arena y hace mucho calor y no hay agua.

El niño piensa lo que pasa con el Sahara. Su madre dice que creyeron que la huida sería para unas semanas, pero han pasado 31 años. Es mucho tiempo. El nació en los campamentos. Incluso su madre nació en los campamentos. No conocen su país donde se han quedado algunos tíos y primos a los que el niño no conoce y con los que no pueden hablar.

Los campamentos donde viven los niños saharauis con sus familias son cuatro y tienen los nombres de ciudades de su país, el Sahara, se llaman El Aaiun, Smara, Auserd y Dajla

En estos años los saharauis se han organizado muy bien, han formado su gobierno, ministros, alcaldes, concejales… Han construido, gracias a la ayuda de muchos países amigos y a duro trabajo, hospitales, escuelas, bibliotecas, guarderías, museos o casas para la mujer.

El niño sabe que cuando se pone enfermo puede ir al hospital, donde hay buenos médicos que le curan, y sabe que toda su familia trabaja duro para que la situación de los saharauis mejore cada día. Su madre trabaja en un taller donde hace alfombras para ayudar con su trabajo a la familia. Su hermano mayor está estudiando en un país muy lejano llamado Cuba para aprender mucho y ayudar a su pueblo. Su hermana estudia informática con ordenadores que a él le encantan pero aún no puede tocar.

El niño siente que la vida en los campamentos es muy difícil, sobre todo para los niños y los ancianos. Faltan medicamentos y aparatos en los hospitales. Hay poca comida, el agua se saca de pozos y se reparte en camiones pero es mala para la salud. Hace muchísimo calor, en verano hay más de 50 grados, y también hace frío en invierno. Las familias viven en tiendas de campaña y en pequeñas casas, hechas por ellos mismos con bloques de barro que ponen a secar al sol.

Pero a pesar de todo el niño sonríe siempre, con la boca, con los ojos y con el corazón. Es feliz, vive con sus padres y hermanos, rodeado de cariño. A su lado viven sus abuelos, a los que quiere mucho y sus tíos y primos, con los que juega todo el rato. Juegan a tirarse por las dunas, al fútbol, él es del Barcelona, y sobre todo con unos coches de alambre que fabrican ellos. Algunos niños tienen ahora bicicletas y juguetes que traen de sus vacaciones en España. Los que tienen juguetes los comparten con los demás para que todos puedan jugar.

Desde hace unos años los niños saharauis pasan los calurosos veranos del desierto en otros países, invitados por familias. Viajan a España, Italia o Estados Unidos. Así se libran de los 50 grados de calor, pueden bañarse en el mar y en la piscina, comer helados y muchas cosas ricas y visitar el hospital para ponerse buenos. Cuando acaba el verano vuelven a los campamentos con regalos y con muchas ganas de ver a sus padres y a sus amigos y contarles todas sus aventuras de las vacaciones.

La amistad es muy importante para el niño. No sólo quiere sus amigos del colegio o los niños con los que juega. En su corazón está la familia en España con la que pasa los veranos y a los que quiere también como papás y hermanos. Y quiere mucho también a tantos amigos de otros países, a los que no conoce, que ayudan para que su pueblo siga viviendo, con alimentos, medicinas, material escolar, y todo lo necesario para que los saharauis no desaparezcan.

El Sahara tiene preciosas playas donde hay mucha pesca, montañas mágicas y bonitos animales como la delicada gacela o el majestuoso camello. Hay un río que se llama Río de Oro y cuevas con pinturas rupestres de la antigüedad. El niño sabe que volverán algún día y podrá disfrutar de su país como cualquier niño del mundo. Con una gran sonrisa que ilumina su rostro moreno, piensa que ayudará a su pueblo a regresar. Algún día.

Conchi Moya

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A Brahim no le gusta Lavapiés

2:09 p. m. Conx Moya 1 Comments




Un cuento "intercultural" de hace ya varios años


A Brahim no le gusta Lavapiés. Y sin embargo es mi barrio preferido, qué cosas. Lavapiés es el escenario de nuestra primera cita. Vamos por el camino más largo, el único que conozco, así que empezamos con una buena caminata. Le llevo al barrio porque me da muy buen rollo, y le llevo a La Mancha porque ese bar me encanta. Lavapiés es también puerta de entrada a la Mancha, aunque sea la de Madrid. La Mancha de Madrid, taberna al estilo antiguo llena de gente moderna, con carteles anunciando múltiples convocatorias, su colección de botellas y las mesitas de dentro para comerse un rico canapé. Allí nos dirigimos. Brahim juega con mi pulsera de bolitas mientras me cuenta episodios de su fascinante vida. Me gustan sus ojos que no dejan de mirarme y me gusta él. Yo de cañas y él de cocacolas, que por algo no bebe alcohol, su religión lo prohibe, aunque él no lo hace por eso. Conozco La Mancha de mucho tiempo atrás, de una cena de despedida, Robe lleva nuestro ridículo finiquito en un sobre y saca los billetes en los diferentes bares como un apoderado de torero antiguo. Robe nos acaba de descubrir La Mancha. Encantada de la vida en La Mancha de Madrid, tantas celebraciones, cumpleaños con las niñas, un vermut después del Rastro o unas cañas antes de algún concierto. Esperando que empiece a tocar Ani Difranco en la Caracol, con Erre y Romano, esta noche también quedamos en La Mancha, el bar más bonito de Lavapiés, llena de gente de lo más peculiar; la acaban de pintar y está más limpia, moteros con pendientes y chupas de cuero, gente disfrazada porque es final de carnavales y también el perro enorme que no podía faltar.


Los conciertos en Lavapiés siempre tienen finales surrealistas, como cuando nos encontramos a Juan Pablo Jameson, el filósofo americano. Sólo en Lavapiés se te puede pegar sin más un tipo como él. Habla un correcto español, aunque con acento de Estados Unidos y es perfecto imitador de los acentos cubano y mejicano. Su madre es de Soria, y su padre irlandés, él nació en España, vive en Michigan y está en Madrid visitando a sus tíos. Divorciado, con dos hijas, una se llama Julia, “como la madre de John Lennon”. Así que Juan Pablo Jameson se une a nuestro loco grupo, nos vamos ahora a "Casa Donato", el bar donde te ponen puñados de pipas y las cervezas valen veinte duros. Juan Pablo se despide con un “el cariño y el amor son lo primero”, que es una lección que yo tengo muy bien aprendida de hace tiempo aunque nunca está de más recordar.


Lavapiés es una fiesta. Y es la primera fiesta de la Radio en la AMEC. Calle Salitre, cuesta arriba de adoquines. La barra, minúscula, atendida por un chaval de larga melena rubia y gafitas redondas. Sorteo de discos, bebidas baratas, fumata blanca para el que quiera, en las paredes una exposición de algún artista desconocido y asientos de obra con cojines de colores. Empanada y sandwiches vegetales para comer y un montón de amigos que celebran el nacimiento de esta nueva historia. Enfrente, el Lola Lola, escenario de un corto de un componente de la Luna Hiena, lo protagoniza caperucita vestida de cuero negro asaltada en las calles de Lavapiés por el lobo feroz. La caperucita extrema es asidua del bar de fachada roja brillante y paredes llenas de posters con historia y es allí donde el lobo le echa el ojo antes de echarle la zarpa. El Lola Lola es el sitio perfecto para charlas de madrugada, los codos apoyados en las mesas de mármol, no tengas problemas con que un tío se siente en tu mesa a beberse su copa, es que no encontraba otro sitio. En ningún otro barrio conseguirás que el tipo ni siquiera intente darte la brasa ni hacerse el simpático. Recuerda, estás en Lavapiés.


Lavapiés es como un viernes por la tarde, lleno de expectativas y miles de cosas por hacer. Eso sí, los planes más delirantes, si no, ni te molestes. Estamos en la cola del cine Doré, John Malkovich visita Madrid, para presentar “Las amistades peligrosas”, película que al parecer ha sido un acontecimiento en Europa y Estados Unidos pero que aquí aún no se ha visto. Así que le han preparado un cine precioso pero con un aforo demasiado reducido para darse a conocer. Nos plantamos en el Doré y la verdad que no puedo creer lo que ven mis ojos. La cola rodea toda la calle y llega a la plaza de Antón Martín. Los tenderos del mercado que da a la calle se ríen de nosotros cuando les explicamos que estamos aquí para ver a un tal Malkovich, “¿Qué es un actor?”. Cuando la cola comienza a escaparse a la vista y el motín parece inevitable se anuncia que el Sr. Malkovich se marcha y suspende la presentación. “Sólo” llevamos tres horas en la cola y lo cierto es que a mí el tal Malkovich no me vuelve loca. Pero no pasa nada.


Cuando empezamos a salir por el barrio no había demasiada gente de fuera, tenía aún aire de pueblecillo, con las tiendas de toda la vida, las barberías, un montón de preciosos edificios que el tiempo y el descuido habían dejado cochambrosos. Pero de repente, no sé decir cuándo, en el metro empezamos a encontrar otras razas, africanos, chinos, sudamericanos, decenas de países del mundo empiezan a juntarse en el barrio, algo ocurre y la diversión cheli de los 80 se convierte en eso que los modernos llaman mestizaje, Lavapiés se convirtió sin darse apenas cuenta en multiétnico y multicultural. En pocos lugares de este Madrid, aún poco acostumbrado a la gente de otros países por mucho que nos cuenten, encontramos tantas razas distintas como en la plaza de Lavapiés.


Los bares y el ambiente han ido cambiado poco a poco. Vemos otras caras, más color, escuchamos diferentes lenguas y acentos y probamos comidas de lo más rico cocinadas, más o menos, como se hace a miles de kilómetros de Madrid. Lavapiés se ha llenado de tiendas de chinos para que podamos comprar el maravilloso té verde que es un remedio bueno para casi cualquier mal. Si quieres vestir bien sólo tienes que buscar alguna de las tiendas de los africanos, difícil superar sus colores. Podemos comer en el Babilonia y si tenemos suerte ver el espectáculo de danza del vientre. Ahora probamos platos tan deliciosos como el tajin, el cus cus o el falafel con toda la familiaridad del mundo a pesar de que al principio lanzarse a probarlos en Madrid era cosa poco menos que de valientes. Han llegado también los turcos con su comida rápida, surgen los doner kebab, donde a menudo Brahim y yo quedamos con algunos amigos y arreglamos una cena por poco dinero, que cuando estás sin un duro es muy importante. Por no hablar del libanés de la calle Miguel Servet, donde te puedes fumar unas riquísimas pipas de agua recostados en los cojines, o tomar un té negro con pastelitos típicos.


Y yo no puedo olvidarme de la gente del Laboratorio que se lo trabajan con infinita alegría y buen humor a pesar de los pesares. Como otra gente del barrio he entrado a conocerlo porque quiero ver qué hay dentro del bloque de la calle Amparo. Cuatro plantas y un garaje enorme dedicados a centro social. Pintadas en las paredes, posters, convocatorias, revistas, mobiliario envidiado por cualquier chamarilero y gente interesante llena de ideas. Más tarde habrá desalojo al amanecer cuando aún duermen. Pero esta noche están cocinando tortilla de patata para cenar en una de las cocinas y la gente viene de estudiar, del curro o de dar un paseo por las calles de este otro mundo. Alguno vendrá del Achuri, donde se encuentran lentejas guisadas aunque sea de noche. Si te las comes sentada en una silla descuajaringada, con el niño de la pareja de al lado rondando peligrosamente por tu mesa seguro que te saben más ricas, donde va a parar.


A Brahim le va gustando un poco más Lavapiés, aquí la gente no nos mira cuando vamos de la mano, ni cuando nos besamos por primera vez. Pero esta es otra historia.


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La justicia de los inocentes

7:25 p. m. Conx Moya 0 Comments


*dibujo de Salwa Sawalhi de Gaza, 14 años, del blog de Carol


(Asesinos de razones, asesinos de vidas, que nunca, nunca tengais reposo en ningún día y que en la muerte os persigan nuestras memorias; Lluis Llach ).



Este desgarrador poema de Angel Petisme por mi parte se lo dedico a los que abogan por la real politik sin importar lo que se ponga por delante; a los que defienden a los tiranos; los que no les importa que mueran niños; aquellos para quienes no todas las víctimas son iguales ni son todas son víctimas; para quien a los muertos inocentes llaman "daños colaterales", para los que justifican según que horrores... Petisme siempre obligada lectura y escucha.


Sabed, hijos de puta, que los delitos no prescriben
después de cinco años ni de diez,
ni con un padrenuestro y dos avemarías.
No hay saldo final ni enmienda para vosotros.
El Dios que os inventasteis
para redimir vuestros pecados,
el Dios que os creó, a su imagen y semejanza,
se levantó la tapa de los sesos
después de ver el telediario de las tres.

Los obispos que lavaron y almidonaron
vuestra ropa interior,
en el secreto de los confesionarios,
y trasvasaron al silencio vuestros ríos de sangre,
son tan culpables como vosotros.
En los bares del cielo no habrá cerveza fresca para ellos.

En el Nombre de la Vida que sumergisteis
hasta ahogarla en un pila bautismal,
en el Nombre de la Vida que lanzabais al océano
a seis metros de altura, desde los aviones,
os declaro culpables, y os condeno
al fuego eterno de la memoria.

Vuestra imagen amarillenta en las portadas de los diarios
la contemplan los 666 hijos de puta que os precedieron.
Ni de viejos y enfermos producís compasión,
cuando observo vuestras miradas, aún desafiantes
con lluvia de sulfuro y calaveras,
entiendo de lo que hablaban las viejas profecías
de Santa Hildegarda, San Malaquías, Nostradamus…

En el Nombre de la Vida que temblaba en los electrodos,
que echasteis a los perros, que ocultasteis con cal viva,
de esa vida que no respetasteis,
no merecéis respeto muertos vivos.

Vuestros crímenes, salvapatrias mafiosos,
hijos del Gran Cabrón,
vuestro sueño de buitres uniformados,
vuestro buen uso de la libertad,
permanecen grabados en el genoma humano para siempre
y en el disco duro del Sistema Solar.

Me cago en vuestra patria de orines y de estatuas,
vomito en vuestras botas de serpientes y niebla,
me pedo en vuestras mesas y en vuestras misas negras.

En el Nombre de la Vida,
del amor y la ternura que truncasteis
en aquellos días, soldaditos de plomo,
se os condena a no olvidar.
No dormiréis jamás aunque cerréis los ojos,
jamás descansaréis aunque compréis el cielo,
segundos, minutos, horas, días,
meses, años, siglos, milenios arderéis…

Ángeles de exterminio,
nunca saldréis del salón del desierto.
El Gran Relojero no pudo soportarlo,
las leyes de los hombres no os pudieron juzgar.

En memoria de los inocentes, arded, diablos, arded.

Ángel Petisme




Y para seguirnos agarrando a los escritores imprescindibles ante tanta muerte y horror. Gonzalo Moure, "Una osezna, todos los niños".

La osezna no hiberna. Se mantiene despierta ante el desconcierto de los naturalistas que la siguen y la fotografían. Así, rodeada de nieve y hielo, perpleja y sola, me hace pensar en todos los niños: los palestinos, los saharauis, los niños soldado de las guerras africanas, y hasta en nuestros niños, igual de solos entre la superabundancia de cosas y la escasez de sentimientos. Hoy Gaza nos duele hasta el alma, y los niños de Gaza aún más, pero nada hacemos. ¿Y qué hacer? Quienes escribimos para niños, quienes creemos en el futuro y por eso escribimos para niños, nos sentimos inútiles. No entiendo esta atonía, esta afonía. ¿Nadie es capaz de levantar una bandera filosófica, ética, nadie es capaz de marcar un camino distinto para esta humanidad que a pesar del paso de los siglos sigue bombardeando escuelas y hospitales? Me abruma el silencio blanco, como a la osezna asturiana. Nunca he sentido a la humanidad tan huérfana de pensamiento, tan ayuna de un camino que seguir, un camino en el que creer. Nada, silencio. ¿Qué hacer? ¿Cómo evitar ser cómplices con el silencio? Firmar manifiestos, clamar desde webs y blogs, protestar, ¿es bastante? Claro que no. Pienso y pienso, y no veo qué hacer, y cada minuto que pasa hay una bomba arrojada por una mano humana que es la mía. Los libros, el Bubisher, ¿son bastante? No, claro que no. Es verdad: el Sáhara es nuestra Palestina, nuestra responsabilidad. Nuestros gobiernos perpetúan allí su traición y su abandono; España es una mala madre para el Sáhara, y los que intentan hacer algo por ellos son sus hermanos, pero no salimos de las buenas intenciones, del agua oxigenada para curar las terribles amputaciones de los derechos de los niños. Y la ONU es nuestra ONU. Una voz, por favor, una voz que empiece a exigir que se disuelva esa ONU que no es capaz de emitir siquiera una resolución que detenga la barbarie. El mundo es el mundo, merece algo mejor, merece pensadores, filósofos, líderes de un futuro de la humanidad. Pero como al esbardo de la fotografía nos rodea un silencio blando y blanco. Sólo nuestra voz, pero dónde, cómo. No lo sé, me declaro impotente y frustrado, asqueado de mi propia condición humana. Esa osezna es una niña bajo las bombas, esa nieve son escombros de casa y cocinas derruídas, esa nieve es nuestro silencio. Esa osezna es una niña, todos los niños, todo el futuro sin futuro, incapaz de cerrar los ojos, con los ojos abiertos de par en par ante tanto abandono, ante tanto egoísmo mezquino.

Gonzalo Moure


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