Al final siempre ganan los monstruos, una novela punk de Juarma

12:54 a. m. Conx Moya 0 Comments


Nadamos ríos de lluvia, literalmente, para recoger en correos la primera novela de Juarma “Al final siempre ganan los monstruos”. Nos sorprende un diluvio a la salida de la oficina, acompañado por una batería de rayos y truenos. Protejo el libro con mi cazadora porque he visto en las redes que otro ejemplar llegó empapado a su destino y no quiero que al mío le suceda lo mismo. Intentamos cobijarnos bajo un balcón pero ya estamos chorreando. Echamos a correr hacia una sucursal bancaria, temo caerme. Esperamos allí un rato, relampaguea con violencia y el sonido da miedo. No queremos esperar más, total, ya estamos calados. Echamos de nuevo a correr hasta casa, no puedo apenas abrir los ojos, la cortina de agua sigue cayendo sobre nosotros. Menos mal que nos da por reír. Llegamos a nuestro portal como si nos hubiéramos tirado vestidos a una piscina. Los vecinos se nos quedan mirando. Al fin en casa, helados, echamos la ropa a lavar, nos secamos el pelo y nos pegamos al radiador. Pero el libro está seco.
Vaya inicio más punk.
Perdida la esperanza, perdida la ilusión/ los problemas continúan, sin hallarse solución/ Nuestras vidas se consumen, el cerebro se destruye/ nuestros cuerpos caen rendidos, como una maldición/ El pasado ha pasado y por el nada hay que hacer/ el presente es un fracaso y el futuro no se ve/ La mentira es la que manda, la que causa sensación/ la verdad es aburrida, puta frustración.
Pienso que la letra de “Cerebros destruidos” de Eskorbuto es un resumen redondo de “Al final siempre ganan los monstruos”, primera novela de Juarma, escrita, editada y prácticamente agotada en tiempo récord. Porque así hace las cosas el artista de Deifontes, con rabia y determinación, apretando los dientes y sin pensárselo más de la cuenta. “Estoy agotado. Contento pero rabioso a la vez. Me gustaría que hubiese sido más fácil llegar a más sitios y a más personas”, afirma el artista en su cuenta de Twitter, nunca del todo satisfecho con el resultado por más que haya sido francamente brillante. Es lo que tienen los genios. Reconoce Juarma que “del punk me gusta la parte de creer en otra forma de hacer las cosas”, la filosofía del “hazlo tú mismo” que él sigue para sus cosas. También para esta novela “carente de cualquier atisbo de esperanza, ideal para jóvenes desgastados”, como canta la banda malagueña Sputnik Veneno.
Todo comenzó con una serie de “historias raras que fue escribiendo en el bloc de notas del ordenador”. Empezó a subirlas a un grupo secreto en Facebook “y al poco tiempo nació una novela”. Juarma lo cuenta con total naturalidad, como si fuera la cosa más sencilla del mundo. Ha sido editada por Camping Motel Ediciones, la maquetación y las letras de portada las ha hecho Jess García y la portada corre a cargo de la artista granadina Ana Müshell, que ya dibujó la de su libro anterior, el poemario “Poemas escritos a navajazos”. “Te puedes quedar en tu casa viendo la tele, quejándote, llorando y dándole vueltas a las cosas. O te puedes pasar el día en un bar poniéndote hasta el culo. Pero es maravilloso poder apretar los dientes y pelear y sacar toda la rabia que tienes dentro haciendo cosas”, afirma el autor en una entrevista.
“Al final siempre ganan los monstruos” es una novela punk de un artista que tiene legión de seguidores de sus tebeos y libros. Autor de viñetas geniales, llenas de furia y violencia, pero también rebosantes de sentido común, el universo Juarma está plagado de colores vivos, personajes delirantes, historias tremendas, crítica social, ausencia de “bienquedismo”, sentencias redondas, caos, destrucción y un potente lirismo que en ocasiones nos deja muy tocados. Juarma ha tenido el acierto de trasladar su particular universo a la escritura, lo que no era tarea fácil, y lo ha hecho de manera brillante, a través de una novela coral narrada en primera persona por los diferentes personajes que la habitan. Estructurada en forma de puzzle y compuesta por múltiples piezas perfectamente engarzadas, la novela está marcada por la adicción a la cocaína que sufren sus protagonistas, aunque igual podía haberse hablado de pastillas, heroína, marihuana o alcohol.
La cocaína era el centro de mi vida. Todo lo que hacía lo enfocaba hacia el consumo lúdico y compulsivo. Organizaba todo alrededor de ella. Todos mis planes, todas mis decisiones, todas mis ambiciones las determinaba la coca. Y a mí me gustaba.
Estas palabras de uno de los personajes me evocan el “Heroin” de Lou Reed.
Heroin, be the death of me / Heroin, it's my wife and it's my life / Because a mainer to my vein / Leads to a center in my head / And then I'm better off than dead.
“Al final siempre ganan los monstruos” aborda sin ahorrarse crudeza la historia de unos no tan jóvenes habitantes de Villa de la Fuente, un pueblo cualquiera del sur de España, que sufren un grave problema. A la escasez de trabajo, la precariedad y la ausencia de un proyecto de futuro se une su adicción a la cocaína. Abrazan la droga como salvavidas con el que superar muchas de sus carencias. Pero la adicción siempre será la peor solución posible. Juarma ha escrito una historia tremenda, que se puede encontrar en cualquier pueblo de cualquier rincón de España. “La vida misma”, como dice la madre del autor. Me resulta curioso ese extraño candor con el que mucha gente mira la vida de los pueblos, cuando en este país el mundo rural está completamente abandonado por parte de los que mandan. La falta de oportunidades y trabajo, la escasa o nula oferta cultural, la ausencia de inversiones y el caciquismo que nunca se fue son los mimbres sobre los que se sostiene un panorama muy poco halagüeño para la juventud rural. El autor realiza un demoledor retrato costumbrista, alejado de cualquier trazo grueso, más bien al contrario, resulta un finísimo observador. Salpica además el texto con oportunas pinceladas de su característico humor.
Que la vida duele (y mata como dicen Los Enemigos), es algo que sabe bien Juarma. En algunos momentos la negrura de la historia desemboca en el nihilismo. No hay futuro, pero tampoco presente. No hay nada en que creer. Desde la rabia Juarma edifica una potente historia, llena de aristas que arañan durante su lectura. No saldremos indemnes de ella.
Nunca he creído en el amor, ni en los putos sentimientos (…) A veces tengo la sensación de que todo es mentira y de que con algunas ideas estúpidas intentamos llenar el vacío que es nuestra lucha por sobrevivir en este mundo tan asqueroso. No entiendo a las personas que son capaces de sentir algo que no sea terror a la vida.
El autor aborda el complejo problema de los protagonistas sin ápice de moralina. Sobre sus personajes han dicho en las redes que “serán unos mierdas pero son nuestros mierdas” (La Sarishe). Y también ellos son, somos, nosotros. Todos tenemos nuestros monstruos interiores y nuestras miserias, que procuramos esconder.
Los personajes centrales son cinco amigos de infancia, cinco hombres adultos y tremendamente inmaduros, cinco colegas que forman “un puño”, que siempre están juntos, que siempre están todos para todos. Pero más allá de una bonita amistad, se trata de una relación cohesionada por la cocaína.
(…) por eso éramos amigos (…) Habíamos construido un entorno a nuestra medida para consumir cocaína. Eso es lo que nos había quedado. La razón por la que seguíamos juntos.
Nuestros (anti)héroes son Lolo, matón desequilibrado, su dolor de vivir tiene mucho que ver con una infancia marcada por un padre maltratador y alcohólico; Juarma tiene la osadía de matarle al inicio del libro a pesar ser uno de los personajes más carismáticos, pero su presencia será muy vívida durante toda la novela. Jony, licenciado en filosofía, ha logrado un elevado tren de vida gracias al tráfico de drogas, es considerado como un amigo fiel por los que en realidad son sus mejores clientes; Juanillo, trabajador muy valorado, no se le caen los anillos por currar en lo que se le ponga por delante, aunque a nivel personal es un completo desastre; drogadicto y alcohólico siempre está el primero para llevarse palizas. Los dos personajes con una infancia feliz y una familia estable son Liendres y Dani, lo que no evita que también consuman. Liendres trabaja como mecánico y es un tipo noble, el amo del Tinder que va en busca del “amor bonito”. Dani, director de una sucursal bancaria, cocainómano de oficina, es el que en apariencia tiene una vida más “normal” de todas. Dani y Liendres protagonizarán el estremecedor último capítulo del libro, “Busca siempre tu libertad”, con una escena final que demuestra el manejo de la narración que tiene Juarma.
Además de los cinco amigos hay otros narradores. Juarma ha salido airoso de una apuesta muy compleja, ofrecer a todos ellos una voz propia y diferenciada. La que ofrece una distinción más obvia es la voz de El Liendres, con su hablar entrecortado, a partir de frases cortas e incluso interrumpidas por la puntuación. Conocemos cómo son los personajes a través de lo que cuentan sobre sí mismos y a través de lo que otros dicen sobre ellos.
Lo escalofriante de la situación es que los personajes no están al margen de la sociedad, trabajan y llevan unas vidas incluso insulsas. Consiguen disimular su adicción a la coca, la droga de la “normalidad” porque al principio no causa destrozos tan evidentes como lo hace la heroína. Eso los diferencia de los personajes de Trainspotting, la saga de Irvine Welsh. Encuentro ciertas conexiones entre los yonquis escoceses  y los personajes de Juarma, aunque el autor creo que no está muy de acuerdo conmigo. Los personajes masculinos de “Al final siempre ganan los monstruos” son trabajadores, responsables en lo referido a su vida laboral pero en general un completo desastre en lo personal. Rascando un poco la superficie, los cinco no son tan parecidos, en realidad la escuela fue la que los juntó y la cocaína la que los hizo inseparables. Ni siquiera ofrece una visión positiva de Jose, el policía. Está limpio, es un buen padre y marido, pero es un palizas y al fin y al cabo un agente de la autoridad.
Las mujeres también tienen sus propios capítulos para contar su visión de la historia. La sensatez y la fuerza llegan de manos de ellas, que tiran del carro de unas relaciones que no pueden llegar a buen puerto. Son trabajadoras y resueltas, y nunca se dejan humillar. Me gusta como Juarma levanta unos personajes femeninos auténticos y en absoluto sufridores. Cuando no pueden soportar los problemas causados por la adicción de sus parejas, terminan con la relación aunque sigan enamoradas; un mensaje positivo para luchar contra el estúpido amor romántico, que no el “amor bonito” que busca el Liendres. María, Vanessa, Candela, incluso Lorena (especialmente logrado el retrato que le hace Juarma a esa chica “pijita” y muy suya, dueña del gato Mordisquitos), tienen voces auténticas y poderosas. Antoñica es el personaje más entrañable. Por sus dificultades de expresión ella no es una de las narradoras, aunque sí tiene su capítulo propio, “El post-it”, con el texto de una nota. Juarma no carga las tintas en su retraso, su mirada es de respeto y cariño. De ella parte el amor más auténtico y desinteresado; en su caso dirigido hacia Juanillo, ese completo gañán que le ha tocado en desgracia. El personaje me recuerda a la Lourdes de “Un árbol caído”, de Rafael Reig. Ambas son mujeres que, por sus circunstancias, viven sin miedo y sin reservas, de manera intensa, sin ambiciones ni dobleces.
En el libro se nota la obsesión por la verdad. Todos mienten, porque todos, de una manera u otra, mentimos. Por omisión, por no hacer daño, por no quedar mal, por cobardía, por maldad. Mentimos aunque al final siempre caen las máscaras.
Mis problemas no eran culpa de las drogas. Al final siempre nos ganan los monstruos que escondemos dentro. Que por mucho que te esfuerces y luches, los monstruos siempre acaban escapando de tu corazón y haciéndolo todo pedazos. Y que de alguna forma, es hermoso darlo todo y perder.
La velocidad tan punk de Juarma en escribir, editar y agotar “Al final siempre ganan los monstruos”, no debe ser un obstáculo para que este libro dure y perdure mucho tiempo. Sin duda lo merece.



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