‘Arde Madrid’ de Kiko Herrero, descarnada “narrativa del yo”
Me
confieso seducida y a la vez asustada por la novela testimonial de no ficción,
que tiene en Karl Ove Knausgård uno de sus máximos exponentes a nivel
internacional. Se trata de un tipo de narrativa “descarnada y radical, que
viene de vuelta de las convenciones de la ficción en Occidente y que busca no
expresar sino crear en su lector la emoción y el sentimiento por encima del artificio”,
como dice Cristina Rivera-Garza. En España Carlos Pardo y ‘El viaje a pie de
Johann Sebastian’ son un ejemplo de esa “escritura del yo” que ejerce a la vez
fascinación y una cierta repulsión, si se puede decir así, en el lector por ese
ejercicio de desnudarse y vomitar intimidades que realizan los autores en estas
obras. Por encima de todo defiendo que cada escritor haga con su obra lo que
crea conveniente y se arriesgue y experimente hasta donde sea capaz y desee.
A
estas obras, radicales y duras, se une la novela ‘Arde Madrid’ de Kiko Herrero,
un arriesgado ejercicio también confesional y en la que el autor hace un ajuste
de cuentas con su familia, su infancia, su juventud y a la vez con su ciudad
natal, Madrid, omnipresente en el libro desde su título.
‘Arde
Madrid’ está repleta de curiosidades a destacar. Para empezar Herrero no es
escritor, o no lo era hasta publicar esta novela. Herrero, uno de los anónimos (o
no tanto) protagonistas de la movida madrileña, es un artista y promotor
cultural afincado en Francia desde que la buena mala vida casi le llevó a
“arder”. En su primera novela retrata un Madrid que fascina a los franceses;
como explica Herrero, Madrid debía salir obligatoriamente en el título de la
novela. El público francés no ha debido quedar defraudado, no en vano la novela
fue finalista del último premio Goncourt. Otra curiosidad es que Herrero la
escribió en francés y ha sido traducida al español por su amigo Luis Núñez
Díaz, quien también estuvo en la presentación madrileña de la novela en la
mítica Vía Láctea, donde se congregaron familiares y amigos de la época de la
movida y a la que tuve el placer de asistir el pasado mes de octubre.
El
libro surgió a partir de unos textos cortos sobre su infancia y juventud que
realizó para acompañar un trabajo en video. Aquellos textos llegaron a un
editor francés, quien le pidió que escribiera unos “setenta o cien” capítulos
similares. Y esa es la estructura de esta obra de “narrativa vivencial”, formada
por relatos cortos sobre la infancia y juventud de Kiko Herrero en el Madrid de
los 60, 70 y 80 hasta su marcha a París con la finalidad de “(…) huir de la hoguera madrileña,
purgatorio de pasiones”. ¡Arde Madrid, sálvese quien pueda de Madrid!,
pareció gritar el autor al marcharse.
Me resulta
fascinante la parte en la que el autor rememora su infancia, sus retratos
costumbristas del Madrid de los 60 y 70. Hijo de un médico republicano,
uno de aquellos “rojos” que perdieron la guerra, para quienes sólo quedó “la enfermedad, la venganza (…) y el olvido”.
Aquellos perdedores mantuvieron sus ideales, principios y honor, lo que le
faltará a sus hijos, integrantes de aquella generación de jóvenes de los
ochenta a quienes se les dio todo hecho, muchachos nihilistas y desencantados. Me han gustado especialmente las historias de
infancia, como la de la ballena, la truculenta visita al laboratorio donde
trabajaba su padre, las historias del Liceo Francés, el costumbrismo tan bien
logrado de las historias de la familia, los vecinos y el barrio. Pero incluso
los recuerdos de infancia reflejan historias en algunos casos muy tremendas: “La naturaleza se nutre de desechos y
podredumbre”.
En
aquellos años infantiles el autor, hijo de familia numerosa, vivía con
sus padres, hermanos, una tía y el que pasara por allí, en un piso del barrio
de Moncloa, conviviendo con tanta gente sin “intimidad
ni tranquilidad”. Aquel bullicio familiar, el paraíso infantil, se
convertirá con el tiempo en un horror para el adolescente Kiko. La intimidad,
prohibida debido a las puertas siempre abiertas, hacía que el quicio de la
habitación compartida fuera “la reja de
una cárcel, las lindes de mi fantasía”.
Herrero refleja, desde su mirada de niño,
aquella “España atrasada y cateta. Con un
atraso endémico, de siglos atrás, y del que es tan difícil, tal vez imposible,
escapar”, que se le irá desvelando a medida que vaya creciendo, dividiendo
el mundo en dos bandos: “Los que ven las
cosas, las sienten, las analizan, y los que viven y vivirán ciegos, ajenos a las
asociaciones de las formas y de los colores, a la musicalidad de las criaturas
y de los objetos”.
Retrata la impostura de los represores: “Deja que tu perversión circule libremente,
pero que sea en secreto, a escondidas, protegida de las miradas ajenas”, la
doble cara de los honrados padres de familia, las solícitas madres y demás
gente de bien. La caída de aquellos a los que odian “nutrirá sus insatisfechas fantasías”, las de esos falsos
santurrones.
También aborda con lucidez y distancia la muerte
de Franco y el inicio de lo que aún no se conocía como Transición, que sucedió
cuando él era un adolescente: “¿Qué va a
pasar? Nada”. Define al príncipe Juan Carlos, “el heredero de Franco”, como un “pobre de espíritu” que a su vez se mantendrá en el poder cuarenta
años.
No hay piedad tampoco hacia sí mismo.
Herrero se define como un joven burgués al que se lo han dado todo hecho,
abúlico y sin principios: “Debería asumir
responsabilidades, ayudar a mis padres, no drogarme, tener conciencia política,
cultivarme, leer, estudiar”. La falta de empuje, de perspectivas, de
ideales le llevará simplemente a dejarse llevar. Imposible la regeneración en ese
Madrid de la movida y de Tierno Galván, que fue una eterna fiesta: “Madrid conmemora diariamente la libertad
recobrada y yo soy su abanderado”. Convertidos en vampiros, aquellos
jóvenes creían devorar la noche; pero la noche, plagada de placeres y peligros,
les devoraría a ellos: “La noche es una
máquina de picar carne. Has caído en sus garras y todas las noches te roerá el
corazón en un bucle infinito. Perderás tu savia, te cubrirás de pústulas y los
mismos perros huirán de ti”.
El sexo, homosexual, prohibido, culpable y
sórdido, le dejaba “frustrado e
insatisfecho”, convirtiéndose
para él en un engorroso trámite más que un disfrute. Sus
encuentros a escondidas tan solo suponían “descargar
la savia infernal y recobrar la serenidad”. Muy tremendas las historias
sobre cómo perdió la virginidad con una puta de la calle Ballesta, la historia
del homosexual acuchillado en su casa y la reacción de su familia, o la de los
ciegos y los curas de la calle Pelayo, cuando Chueca aún no era el barrio gay.
Por desgracia toda aquella explosión de
creatividad, aquellos supuestos aires de libertad, se quedaron en nada; aquella
chispeante década murió de frivolidad, no dejó un rastro de profundidad, no
dejó nada útil. “Las modas se suceden y
se mezclan”; “La superficialidad de una vida sin normas, sin freno, en la que
solo importa el presente”. Inevitablemente aquella forma de vivir le
llevará a la ruina: “Me he convertido en
un desecho sin voluntad (...) Me fundo entre vampiros a punto de inflamarse al
contacto de los primeros rayos de sol. Putas, transexuales, drogadictos,
macarras y noctámbulos (...) La claridad del día expone nuestra degradación”.
Consumo, descreimiento, individualismo,
nihilismo, posmodernidad, crisis, liberalización, desidia, “no future”,
desintegración, ¿muerte? Su destrucción emocional y física le lleva al exilio a
París: “Tengo que jugarme mi eternidad aquí,
en la tierra. Comprar, salir beber, bailar... en el más allá no hay repesca
(...) Soy un individuo que ha perdido el sentido de lo colectivo y que se
repite hasta el infinito. (...) Vivo sin objetivo ni creencia y mi vida es un
paréntesis”.
La novela finaliza con la vuelta del autor
a Madrid debido a la enfermedad terminal de su hermana, veinticinco años
después. La ciudad a la que regresa Herrero es otra, poco tiene que ver con el Madrid
de su juventud o su infancia. La vuelta es dolorosa, va de la mano de la enfermedad,
la locura, las adicciones, la decrepitud, la vejez: “Los viejos se han vuelto inmortales pero a qué precio”.
Kiko Herrero ofrece en ‘Arde Madrid’ una
mirada lúcida, amarga, sin maquillaje ni piedad, cruel. Un valiente ajuste de
cuentas con el pasado y los errores.
Presentación de ‘Arde Madrid’ en la Vía Láctea, octubre 2015 |
Arde Madrid. Kiko Herrero. Editorial Sexto Piso, 2015. Traducción: Luis Núñez Díaz. Páginas: 288. ISBN: 978-84-16358-25-0
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