De pinballs, flippers o petacos. Un viaje a la memoria infantil

9:53 a. m. Conx Moya 0 Comments



A los que nos gusta inventar y escribir, cualquier historia que acometamos nos lleva a curiosear sobre los temas más peregrinos. Para mí la clave para un verdadero disfrute escribiendo consiste en tirar de diferentes hilos, a cual más disparatado, y dejarse llevar. Un nuevo relato que estoy comenzando me conduce hasta las míticas máquinas de bolas de mi niñez, así que inicio el camino para documentarme sobre ellas.
Los que ya tenemos una edad recordamos aquel juego electromecánico que entre las décadas de los 60 y 80 fue el rey de bares, billares y recreativos en muchas partes del mundo. A principios de los ochenta empezaría a perder popularidad al ser desbancado por las incipientes máquinas de marcianitos y por las tragaperras, que nada tenían que ver con los juegos de habilidad. La electrónica y la liberalización del juego hirieron de muerte a aquellas espléndidas máquinas.
Las partidas comenzaban al tirar de un resorte recubierto de plástico de color brillante, que impulsaba la bola de acero hacia un tablero inclinado. “Bolita de acero pal agujero”, era un grito de guerra de la época. La bola recorría pasillos, salía disparada de los topes y chocaba con diferentes componentes electrónicos que producían unos característicos sonidos y emitían luces, otorgando puntos o incluso una partida extra, feliz motivo para seguir prologando la diversión. Cuando la bola bajaba podía ser de nuevo impulsada a través de unas palancas, para evitar que se cayera por el agujero que ponía fin a la partida. Lo principal era hacer todos los puntos posibles y no perder la bola, en definitiva, pasar la tarde con el menor desembolso posible.
Mis recuerdos infantiles relacionados con el pinball se remontan a finales de los años setenta. Mi tío contaba en su bar de Aranjuez con una máquina de bolas, donde mi hermano y yo echábamos nuestras buenas partidas cuando íbamos a visitar a la familia. Sólo recuerdo darle a la bola, más bien a lo loco, sin estrategia ni habilidad pero no tengo claro qué nombre le dábamos al juego, así que decido montar una consulta en redes sociales para ver si entre muchos logramos refrescar la memoria. Enseguida me llegan diferentes nombres. Flippers, máquinas del millón, máquinas sin más (porque entonces prácticamente no existían otras) pinball, petacos… Esta última forma de denominarlas me llama la atención. Parece que así era como se referían a estas máquinas sobre todo en el norte (Cantabria, Asturias y País Vasco) y en algunas zonas de Andalucía como Sevilla. “Vamos a los petacos” o “jugar al petaco”, eran expresiones que me dicen que se usaban entonces.
Petaco resulta ser el acrónimo de “Procedimientos Electromagnéticos de Tanteo y Color”, una empresa española que las fabricaba y que se fundó en Madrid en 1962. En los primeros años Petaco llegó a un acuerdo con la empresa estadounidense Gottlieb para adaptar y comercializar sus máquinas en España, tomando los tableros originales pero rediseñando todos los componentes. Su diseñador estrella fue Eulogio Pingarrón, creador de las máquinas más míticas de la marca. Trabajaban para ellos dibujantes y artistas independientes que realizaban las creaciones en sus propios estudios. Por fin en 1972 Petaco lanzó la primera máquina de diseño y fabricación propia, “Comodín”. Durante varios años, en su época dorada, la empresa llegó a codearse con las grandes marcas internacionales. Dos de sus máquinas más populares fueron “Icarus” y “Jake Mate”.
Recuerdo que nos resultaban hipnóticos los sonidos de aquellas máquinas, muy básicos, similares a campanitas o timbres, sin músicas ni efectos sonoros digitales. Como básicos eran los contadores de rueda donde iban subiendo los puntos conseguidos. Eran unas máquinas preciosas, de aspecto pop, plagadas de dibujos “camp” y atiborradas de colores chillones y luces un tanto psicodélicas, que hoy se ven deliciosamente anticuadas. Los pinball estaban ornamentados con profusión. Así existían coloridos componentes como los bumpers o setas con los que se hacían puntos cuando los tocaba la bola, los flippers o aletas, que eran las palancas con las que se impedía que la bola cayera en el agujero, además de topes, rampas, pasillos, hoyos y el temible agujero final. Me explican que cuando las setas y los hoyos tenían “güenlit” era el momento para darle a la bola con más ganas. Al iluminarse, salía una leyenda en el panel: “Especial when lit”. Mientras estaba con luz, “güenlit”, había que darles todo lo que se pudiera porque puntuaba doble o daba bola extra o partida de regalo. Qué bueno. Me cuentan también que el premio de partida extra que daban al terminar la partida no era casual, sino que correspondía al número de veces que la bola tocaba las setas y por eso había quien lo llamaba lotería.
Cuenta la historia que el pinball tal y como lo conocemos nació en 1947, cuando la mítica empresa Gottlieb, introdujo dos flippers, uno a cada lado de la consola. En mi pequeña encuesta, flipper es el nombre más aceptado junto con pinball. Hay quien dice que las llamaba flippers porque, cuando empezaron a llegar los modelos más modernos, lo ponía en la propia máquina. Curioso. Sobre la acepción pinball tengo dudas. Me suena a que es un término que entonces no se usaba, asociado en España de alguna manera a la ópera rock de The Who “Tommy”, donde una de las canciones más recordadas está dedicada a la afición del protagonista por las máquinas de pinball, de las que llega a ser un auténtico mago. El disco original de Tommy salió en 1969 y la película de Ken Russell, donde el número de “Pinball Wizard” está interpretado por Elton John, se estrenó en 1975. Entre ambas versiones hay un disco, el llamado “Tommy Sinfónico”, grabado en 1972 con la Orquesta Sinfónica de Londres y que contó con la presencia de Rod Stewart, Maggie Bell, Steve Winwood, Ringo Starr o Richie Havens. Me confirman que sí era habitual la expresión “echarse un pinball”.
Y sin embargo, yo no recuerdo usar en aquellos días el término pinball. Así que sigo con mi operación de búsqueda del nombre que le dábamos nosotros y me dirijo a mi prima para que pregunte directamente al propietario del bar donde jugábamos, mi tío Miguel. Él tampoco recuerda cómo las llamaba pero decide preguntarle “al de las tragaperras”, recalcando que necesita saber “cómo se llamaban en los 80”. Su respuesta es rotunda, “pinball”.
Sin duda, un aspecto importante del juego de las máquinas de bola era el monetario. No éramos niños que dispusiéramos de dinero para gastar a nuestro aire. La paga, cuando la había, era bastante magra. Daba para poco, chucherías, de vez en cuando un cuento o un tebeo y algún duro para las máquinas. Por eso era fundamental que las partidas se alargaran todo lo posible o hacerse con una réplica casera. Así, me recuerdan que uno de los momentos más tristes en el juego era cuando saltaba el “tilt” o falta. Bien por picardía o bien por la propia emoción del juego, a menudo se meneaba la máquina para que la bola rebotase en más setas y así conseguir más puntuación o para que no se colase por el agujero. Entonces la máquina pitaba “tilt” finalizando la partida, lo que originaba sus buenas polémicas con el encargado del recreativo o el dueño del bar. “Que si está trucada”, “que si salta el “tilt” sólo con respirar”… Si en un recreativo había alguna máquina vacía donde no jugaba nadie, seguro que había gato encerrado. Si realmente se había tocado la máquina, los chavales le hacían boicot, la mejor forma de que los dueños lo corrigieran tras pasarse días sin recoger monedas.
Otra solución al asunto de los dineros era construirse un petaco artesanal. Se pueden incluso encontrar artículos dedicados a este asunto. Me cuentan que se fabricaban en casa con una tabla inclinada, clavos y gomas elásticas. Con unas pinzas de tender la ropa se hacían los flippers y las bolas eran canicas de cristal. Una solución para los que tenían ingenio y maña.
Y aún me descubren una última y deliciosa acepción, billarines. “Vamos a los recreativos a jugar al billarín”, se decía. Los recreativos o billares también dan para mucho. Yo recuerdo los que había cerca de mi casa, en Alcorcón, a los que a mí no me dejaban ni asomarme. O los recreativos situados en Los Sótanos, los famosos subterráneos de la Gran Vía de Madrid, donde también disponía de un local la tienda de discos de venta por catálogo Discoplay.
Lo cierto es que, tras finalizar mis pesquisas, sigo sin saber cómo llamaba yo a la máquina de bolas en mi infancia. Pero en realidad no me importa, ¿y lo bien que nos lo hemos pasado?

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