De pinballs, flippers o petacos. Un viaje a la memoria infantil
Una evocacion de #Hzlqdbs en Colaboración con la revista Maskao, 20/04/2018
A los que nos gusta inventar y escribir,
cualquier historia que acometamos nos lleva a curiosear sobre los temas más
peregrinos. Para mí la clave para un verdadero disfrute escribiendo consiste en
tirar de diferentes hilos, a cual más disparatado, y dejarse llevar. Un nuevo
relato que estoy comenzando me conduce hasta las míticas máquinas de bolas de
mi niñez, así que inicio el camino para documentarme sobre ellas.
Los que ya tenemos una edad recordamos
aquel juego electromecánico que entre las décadas de los 60 y 80 fue el rey de
bares, billares y recreativos en muchas partes del mundo. A principios de los
ochenta empezaría a perder popularidad al ser desbancado por las incipientes
máquinas de marcianitos y por las tragaperras, que nada tenían que ver con los
juegos de habilidad. La electrónica y la liberalización del juego hirieron de
muerte a aquellas espléndidas máquinas.
Las partidas comenzaban al tirar de un
resorte recubierto de plástico de color brillante, que impulsaba la bola de
acero hacia un tablero inclinado. “Bolita de acero pal agujero”, era un grito
de guerra de la época. La bola recorría pasillos, salía disparada de los topes
y chocaba con diferentes componentes electrónicos que producían unos
característicos sonidos y emitían luces, otorgando puntos o incluso una partida
extra, feliz motivo para seguir prologando la diversión. Cuando la bola bajaba podía
ser de nuevo impulsada a través de unas palancas, para evitar que se cayera por
el agujero que ponía fin a la partida. Lo principal era hacer todos los puntos
posibles y no perder la bola, en definitiva, pasar la tarde con el menor desembolso
posible.
Mis recuerdos infantiles relacionados con el
pinball se remontan a finales de los años setenta. Mi tío contaba en su bar de
Aranjuez con una máquina de bolas, donde mi hermano y yo echábamos nuestras
buenas partidas cuando íbamos a visitar a la familia. Sólo recuerdo darle a la
bola, más bien a lo loco, sin estrategia ni habilidad pero no tengo claro qué
nombre le dábamos al juego, así que decido montar una consulta en redes
sociales para ver si entre muchos logramos refrescar la memoria. Enseguida me llegan
diferentes nombres. Flippers, máquinas del millón, máquinas sin más (porque
entonces prácticamente no existían otras) pinball, petacos… Esta última forma
de denominarlas me llama la atención. Parece que así era como se referían a
estas máquinas sobre todo en el norte (Cantabria, Asturias y País Vasco) y en algunas
zonas de Andalucía como Sevilla. “Vamos a los petacos” o “jugar al petaco”,
eran expresiones que me dicen que se usaban entonces.
Petaco resulta ser el acrónimo de
“Procedimientos Electromagnéticos de Tanteo y Color”, una empresa española que
las fabricaba y que se fundó en Madrid en 1962. En los primeros años Petaco
llegó a un acuerdo con la empresa estadounidense Gottlieb para adaptar y
comercializar sus máquinas en España, tomando los tableros originales pero
rediseñando todos los componentes. Su diseñador estrella fue Eulogio Pingarrón,
creador de las máquinas más míticas de la marca. Trabajaban para ellos
dibujantes y artistas independientes que realizaban las creaciones en sus
propios estudios. Por fin en 1972 Petaco lanzó la primera máquina de diseño y
fabricación propia, “Comodín”. Durante varios años, en su época dorada, la
empresa llegó a codearse con las grandes marcas internacionales. Dos de sus
máquinas más populares fueron “Icarus” y “Jake Mate”.
Recuerdo que nos resultaban hipnóticos los
sonidos de aquellas máquinas, muy básicos, similares a campanitas o timbres,
sin músicas ni efectos sonoros digitales. Como básicos eran los contadores de
rueda donde iban subiendo los puntos conseguidos. Eran unas máquinas preciosas,
de aspecto pop, plagadas de dibujos “camp” y atiborradas de colores chillones y
luces un tanto psicodélicas, que hoy se ven deliciosamente anticuadas. Los
pinball estaban ornamentados con profusión. Así existían coloridos componentes
como los bumpers o setas con los que se hacían puntos cuando los tocaba la
bola, los flippers o aletas, que eran las palancas con las que se impedía que
la bola cayera en el agujero, además de topes, rampas, pasillos, hoyos y el temible
agujero final. Me explican que cuando las setas y los hoyos tenían “güenlit”
era el momento para darle a la bola con más ganas. Al iluminarse, salía una
leyenda en el panel: “Especial when lit”. Mientras estaba con luz, “güenlit”,
había que darles todo lo que se pudiera porque puntuaba doble o daba bola extra
o partida de regalo. Qué bueno. Me cuentan también que el premio de partida
extra que daban al terminar la partida no era casual, sino que correspondía al
número de veces que la bola tocaba las setas y por eso había quien lo llamaba lotería.
Cuenta la historia que el pinball tal y
como lo conocemos nació en 1947, cuando la mítica empresa Gottlieb, introdujo
dos flippers, uno a cada lado de la consola. En mi pequeña encuesta, flipper es
el nombre más aceptado junto con pinball. Hay quien dice que las llamaba flippers
porque, cuando empezaron a llegar los modelos más modernos, lo ponía en la propia
máquina. Curioso. Sobre la acepción pinball tengo dudas. Me suena a que es un
término que entonces no se usaba, asociado en España de alguna manera a la
ópera rock de The Who “Tommy”, donde una de las canciones más recordadas está
dedicada a la afición del protagonista por las máquinas de pinball, de las que
llega a ser un auténtico mago. El disco original de Tommy salió en 1969 y la
película de Ken Russell, donde el número de “Pinball Wizard” está interpretado
por Elton John, se estrenó en 1975. Entre ambas versiones hay un disco, el
llamado “Tommy Sinfónico”, grabado en 1972 con la Orquesta Sinfónica de Londres
y que contó con la presencia de Rod Stewart, Maggie Bell, Steve Winwood, Ringo
Starr o Richie Havens. Me confirman que sí era habitual la expresión “echarse
un pinball”.
Y sin embargo, yo no recuerdo usar en
aquellos días el término pinball. Así que sigo con mi operación de búsqueda del
nombre que le dábamos nosotros y me dirijo a mi prima para que pregunte
directamente al propietario del bar donde jugábamos, mi tío Miguel. Él tampoco
recuerda cómo las llamaba pero decide preguntarle “al de las tragaperras”, recalcando
que necesita saber “cómo se llamaban en los 80”. Su respuesta es rotunda,
“pinball”.
Sin duda, un aspecto importante del juego
de las máquinas de bola era el monetario. No éramos niños que dispusiéramos de
dinero para gastar a nuestro aire. La paga, cuando la había, era bastante
magra. Daba para poco, chucherías, de vez en cuando un cuento o un tebeo y algún
duro para las máquinas. Por eso era fundamental que las partidas se alargaran
todo lo posible o hacerse con una réplica casera. Así, me recuerdan que uno de
los momentos más tristes en el juego era cuando saltaba el “tilt” o falta. Bien
por picardía o bien por la propia emoción del juego, a menudo se meneaba la
máquina para que la bola rebotase en más setas y así conseguir más puntuación o
para que no se colase por el agujero. Entonces la máquina pitaba “tilt”
finalizando la partida, lo que originaba sus buenas polémicas con el encargado
del recreativo o el dueño del bar. “Que si está trucada”, “que si salta el
“tilt” sólo con respirar”… Si en un recreativo había alguna máquina vacía donde
no jugaba nadie, seguro que había gato encerrado. Si realmente se había tocado
la máquina, los chavales le hacían boicot, la mejor forma de que los dueños lo
corrigieran tras pasarse días sin recoger monedas.
Otra solución al asunto de los dineros era construirse
un petaco artesanal. Se pueden incluso encontrar artículos dedicados a este
asunto. Me cuentan que se fabricaban en casa con una tabla inclinada, clavos y
gomas elásticas. Con unas pinzas de tender la ropa se hacían los flippers y las
bolas eran canicas de cristal. Una solución para los que tenían ingenio y maña.
Y aún me descubren una última y deliciosa acepción,
billarines. “Vamos a los recreativos a jugar al billarín”, se decía. Los
recreativos o billares también dan para mucho. Yo recuerdo los que había cerca
de mi casa, en Alcorcón, a los que a mí no me dejaban ni asomarme. O los
recreativos situados en Los Sótanos, los famosos subterráneos de la Gran Vía de
Madrid, donde también disponía de un local la tienda de discos de venta por
catálogo Discoplay.
Lo cierto es que, tras finalizar mis
pesquisas, sigo sin saber cómo llamaba yo a la máquina de bolas en mi infancia.
Pero en realidad no me importa, ¿y lo bien que nos lo hemos pasado?
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