Ese soy yo

2:05 p. m. Conx Moya 0 Comments






Le dolía la espalda, últimamente le estaba molestando demasiado. El dolor le hacía andar encorvado, pero no iba a permitir que le vieran agachado mientras caminaba por el aeropuerto. Sabía que varios pares de ojos le seguían sin tregua, siempre pasaba igual, no sólo le seguían cuando estaba en Marruecos o en el Sahara, también cuando estaba fuera, esta vez no iba a ser diferente.

A veces los distinguía muy rápido pero otras tardaba más tiempo en dar con ellos. Al principio, cuando salió de la cárcel y se recuperó de los años de encierro y pudo empezar a salir a la calle, se le hacía raro saber que casi nunca caminaría solo. Pero ya le daba igual, casi había logrado no pensar en ello. Hiciera lo que hiciera le detendrían en cuanto lo ordenaran los de arriba, así que en los últimos años las cosas eran de otra manera, sobre todo desde las manifestaciones de mayo de 2005, cuando el mundo había empezado a descubrir lo que ocurría en el Sahara ocupado.

Aún así había vuelto a la cárcel y aquellos meses no habían sido cualquier cosa. De nuevo sufrió torturas y le pegaron con brutalidad, pasó junto con sus compañeros una larga huelga de hambre que machacó su maltrecha salud, volvieron los tiempos negros, que en realidad nunca se fueron. Pero ahora eran muchos más y estaban bien organizados, cada vez su voz llegaba más lejos, traspasando aún con dificultad los altos muros del silencio.

Habían podido empezar a salir del territorio tras largos años en los que se les negó el derecho a tener un pasaporte, todos ellos lo tenían vetado. Lentamente y ante la fuerte presión internacional, fueron consiguiendo el preciado documento. Qué extraña sensación le había invadido entonces. Cuando lo tuvo en sus manos se sintió feliz, podría salir y difundir su mensaje adonde no le callarían, pero al mismo tiempo estaba triste, lo que portaba era un pasaporte marroquí.

El pasaporte… tenía que tenerlo a mano para no demorar más de la cuenta el control policial. Aunque sabía que tendría problemas, siempre había problemas. Esta vez viajaba del aeropuerto de Casablanca, más complicaciones, pero ese era el billete que le habían sacado en la universidad que le invitó a conferenciar. Estiró su espalda todo lo que pudo, al límite del dolor. Quería andar bien firme, la cabeza erguida, demostrando que no tenía miedo. Y era verdad, ya no les tenía miedo, había sido un muerto en vida, había dejado sus mejores años en el infierno, pero ya no les tenía miedo.

Le llegó el turno, entregó el pasaporte y el policía lo miró detenidamente, estudió la foto y el nombre y después le miró a los ojos. El policía estudió aquellos ojos que habían empequeñecido con el encierro y el sufrimiento, apenas se verían si no fuera por sus largas pestañas y el brillo que siempre los mantenía encendidos. Desafiante, mantuvo la mirada al policía, quien entornó los ojos, buscando enfocarle mejor; repitió la operación estudiando el pasaporte, la foto, el nombre, ya no le cabía duda de la identidad del pasajero.

Y él, que había sido un muerto en vida, que había sobrevivido al infierno, que ya nunca más les tendría miedo, le confirmó con orgullo “Sí, ese soy yo”.


(Del libro Delicias saharauis)

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