La amante de Matisse

7:00 a. m. Conx Moya 0 Comments

Conocí a Enrique en la escuela de artes y oficios allá por 1980. Yo intentaba entonces aprender todo lo posible sobre escultura. En aquellos días, recién cumplidos mis veinte años, me consideraba una joven radical, aunque el tiempo, que todo lo pone en su sitio, me devuelve la imagen de una jovencita muy pagada de sí misma. Tenía fama de indomable y loca pero como era atractiva y abierta, podía conseguir sin esfuerzo todos los hombres que quisiera, ya saben. No suponían para mí más que un entretenimiento, así que muchos compañeros de la escuela y algún que otro profesor pasaron por mi buhardilla.
Independiente y emancipada, libre de hacer con mi vida lo que quisiera. Era admiradora y defensora a ultranza de Camille Claudel, la víctima del depredador Rodin, y en mis sueños más desquiciados me imaginaba como una vengadora de la artista, y de todas aquellas mujeres válidas devoradas por los genios. Estábamos en los años 80, las mujeres nos habíamos liberado hacía décadas y el poder estaba en nuestras manos. Solamente teníamos que perder el miedo y tomar lo que era nuestro. Por mi parte pensaba ser una artista importante, valorada por mi trabajo y que no dependería de ningún hombre.
Enrique era un chico callado, muy tímido pero vestido siempre de manera extravagante. Camisas de vivos colores, rojos, verdes, azules y amarillos combinados con descaro con todo tipo de estampados, hojas, rayas, círculos, figuras geométricas y dibujos psicodélicos. Sus pantalones y sus zapatos seguían el mismo estilo, lo que le daba un aire descuidado, de ropa vieja y usada mil veces. En un lugar donde todo el mundo se trabajaba su imagen a conciencia y donde encontrábamos demasiados bohemios estudiados, Enrique suponía un soplo de aire fresco porque estaba claro que no era una pose. Aquel joven, que parecía un auténtico cuadro andante, era tal y como le veíamos. Sin imposturas.
Enrique pintaba cuadros tan coloristas como su aspecto, los mismos colores y los mismos dibujos se repetían en su ropa y en sus lienzos. Y pasó. Yo andaba por entonces enfrascada en unas delirantes esculturas móviles pintadas siempre de azul, no olvidaba mi papel de vengadora de Camille Claudel pero su estilo ya no me llenaba, demasiado realista. Ese era nuestro problema, estábamos influidos por tal o cual artista pero ninguno teníamos voz propia. Ninguno, excepto Enrique. Enrique Matisse, el chico que acudía todos los días a la escuela en un estrambótico Escarabajo de color fucsia, con la tapicería manchada de pintura. El joven que cambiaba el olor a colonia por un inconfundible olor a trementina, el que siempre se limpiaba la pintura de las manos con alguno de los enormes pañuelos que llevaba al cuello. Matisse, con su timidez, su aspecto desvalido y su voz suave fue ganándome poco a poco la partida antes de que yo me diera cuenta de que la estábamos jugando. Empecé a seguirle a todas partes, adapté mis horarios y mis compromisos a los suyos, me pasaba las horas viéndole trabajar. Descuidé las clases, abandoné mis esculturas, dejé a mis amigos y los profesores dejaron de frecuentar mi buhardilla.
Enrique jamás sugería nada, mucho menos imponía nada, yo me limitaba a vivir para él. Y terminé por posar para Matisse en el estudio que tenía cerca de la escuela. Jamás posé antes para nadie a pesar de que muchos compañeros me lo habían pedido. Yo era una artista, no una de aquellas muchachas que seguían a los pintores, esas esclavas que acababan devoradas por supuestos genios.
Pero Enrique me cazó, literalmente caí en una trampa. Me desnudó sobre un sillón tapizado en una tela verde con rayas amarillas, al lado de un biombo oriental. La ventana abierta dejaba ver la noche oscura y una gastada alfombra roja protegía uno de mis pies del suelo helado. Me hizo que pasara uno de mis brazos por detrás de la cabeza, enmarcándola y el otro sujetaba mi pierna, subida encima del sillón. Enrique cubrió mi cuello con uno de los pañuelos que usaba para limpiarse las manos. Trabajaba muy rápido, en unas horas había conseguido un estupendo boceto. Le bastaba, después continuaría su trabajo en la soledad de su estudio. Posé para él y pensé con rencor en el resto de mujeres que habían pasado por aquella habitación porque Enrique tenía una bien ganada fama de estupendo pintor de desnudos. Y ya no volví a saber más de él. Una vez tuvo mi retrato salió de mi vida regalándome la más helada indiferencia.
Así la aspirante a genio de la escultura, la artista que quería tener voz propia, se convirtió en una modelo más de las decenas que habían posado para sus cuadros de desnudos, esas a las que Enrique paseaba en su Escarabajo, del estudio a los lugares donde exponía ocasionalmente. Una más. Y así me convertí simplemente en la amante de Matisse. Había conseguido borrar mi identidad.
Conx, 2000