Un árbol caído, de Rafael Reig. El turno de los que no hicieron la Transición

8:44 p. m. Conx Moya 0 Comments


Encuentro con Rafael Reig en el Gabinete de Lectura de La Central de Callao. 7 abril 2015.
En España tenemos demasiadas deudas pendientes con nuestra Historia Contemporánea. Nuestro siglo XX no se estudia, queda prácticamente inédito en la enseñanza. La Historia que se aprende en las escuelas acaba en la Guerra Civil, y por supuesto la Transición no aparece por ninguna parte. Creo que tampoco se ha escrito aún la gran novela sobre aquella etapa de paso de la dictadura franquista a una democracia, considerada “ejemplar” durante décadas (un eslogan repetido durante años se acaba convirtiendo en verdad) y que ahora, de la mano de la crisis, los recortes y la pérdida de derechos y libertades, está mostrando su verdadera cara.
En esta línea desmitificadora de tanta “ejemplaridad” como se nos ha vendido, Rafael Reig acaba de publicar 'Un árbol caído', una novela que transcurre en esa decisiva etapa de nuestra Historia más reciente. He tenido ocasión de leer la novela dentro del Gabinete de Lectura de La Central de Callao en el que participo. Cuando acabé la novela odiaba a todos los personajes, excepto a Lourdes, sobre quien yo no pienso desvelar nada. ¿Lo había hecho a propósito el autor, qué pensaba realmente sobre ellos? Debo decir que empecé a reflexionar sobre lo que había leído y a valorar la novela a partir del encuentro que tuvimos con el autor en el Gabinete de Lectura el pasado 7 de abril. Tener la oportunidad de que un escritor nos cuente en persona sus motivaciones, deseos, cómo trabaja (Reig nos contó que con máquina de escribir), sus expectativas, no tiene precio para un lector; poder preguntar directamente al autor nos da nuevas e interesantes visiones de la obra.
Rafael Reig afirmó durante el encuentro que “Las novelas crean los imaginarios colectivos, más que los libros de Historia. El imaginario que va a permanecer no va a ser el que se acerque más a la realidad, sino el que esté mejor escrito, y tenga más capacidad de fascinación. Por eso hay que hacer la mejor novela posible”. A la pregunta de si quiere desmitificar la Transición con 'Un árbol caído', Reig nos respondió que no quiere destruir mitos, si no crear otros mitos, algo que pueda quedar en el imaginario colectivo. Rafael Reig recalcó que él “no hizo la Transición”, a los de su generación les dieron la transición ya hecha. El autor tenía doce años cuando murió Franco. “Pero sí formó parte de mi educación sentimental. El resultado de todo aquello somos nosotros”, afirmó. Sin embargo, considera interesante hacer un acercamiento novelesco para entender qué pasó. Todo esto lo quería contar Reig en forma de novela. No pretendía una exposición detallada de lo que sucedió, si no contarlo a partir de las vivencias de determinadas personas. Los personajes de 'Un árbol caído' pertenecen a la clase acomodada que, si no fueron protagonistas en primerísima línea, sí desempeñaron su papel en la Transición.
La novela transcurre en una de esas urbanizaciones de la sierra de Madrid que están “a quince minutos del centro”, siempre y cuando se conduzca de madrugada y en día laborable, como se explica con sorna en el libro, y donde los burgueses viven sus “vidas ajardinadas”. Afirma Reig que “nunca he vivido en una urbanización, las tenía mitificadas por la literatura americana. Es un ambiente muy novelístico; con pocos escenarios se consigue mucha eficacia”. Los personajes forman parte de un grupo de matrimonios amigos y sus hijos. “Me gustan las novelas con grupos de amigos, matrimonios amigos, las pandillas... que ocupan un lugar tan importante en la vida de cada uno de nosotros”. Según nos explicó Reig, empezó el libro con un narrador en tercera persona, pero pensó que sería interesante ofrecer la visión en primera persona de alguien de su generación, de los que no hicieron la Transición. Así decidió crear un narrador que implicara al lector y tuviera relación con el propio autor, el joven Johnny. De su mano hacemos un recorrido a lo largo de treinta años de la vida de los personajes.
La generación anterior a la de narrador y la del autor, la de los matrimonios amigos protagonistas del libro, “claudicó”, en palabras de Reig. Quienes realmente tramaron la Transición fue una determinada capa social, una burguesía acomodada, que se colocó en los mejores puestos, y hoy en día sigue instalada en los medios de comunicación (“El País, el intelectual colectivo de su democracia de mampostería”), bancos, consejos de administración y cargos políticos. Militantes de un “izquierdismo de salón, ese izquierdismo infantil, tan radical que permite predicar sin ningún riesgo de tener que llegar a dar trigo”.
En la década de los 80 hubo un entusiasmo y una energía política y cultural que se invirtió en un partido supuestamente de izquierda, el PSOE. Lo que hubo en realidad fue “un desfalco, una malversación de ese entusiasmo”. En palabras de Reig “la mía ha terminado siendo una generación apática, vacunada contra el entusiasmo, porque hemos sido estafados. Pasados los años nuestra generación se ha quedado sin nada, y sobre todo sin entusiasmo”.
Afirma Reig que, dentro de ese imaginario colectivo de la Transición, no se suele contar la enorme violencia que hubo en los primeros años: palizas, asesinatos, se quemaron locales, se pusieron bombas. Tampoco se ha contado lo suficiente cómo arrasó la droga a toda una generación, en especial entre los jóvenes que podían ser más molestos. Por cada niño “bien” que cayó en aquella contienda, como Javito en la novela, murieron decenas de jóvenes de barrios marginales y de clase baja. “La droga fue la guerra de nuestra generación, nuestra guerra civil. (...) Una guerra que enfrentaba de nuevo a los poderosos y a los desposeídos”.
Una de las intenciones de la Transición desde su inicio fue dejar fuera a la izquierda, al partido comunista, quitarle cualquier protagonismo político. La manera de quitarle presencia y protagonismo fue mediante la reinvención del PSOE de Felipe González y Alfonso Guerra, ese partido socialdemócrata que desalojó a la izquierda. Esa maniobra no se ha visto hasta décadas después.
La obsesión de Felipe González durante sus años de mandato fue siempre “evitar la crispación”, sacar a la gente de la calle, hacer creer a los ciudadanos que la democracia se ejerce simplemente votando cada cuatro años, la política deben hacerla los políticos profesionales, no el pueblo. Lo que no interesa, incluso hoy en día, es que los ciudadanos participen en la “política real”. En la actualidad las cosas no están mucho mejor. Como recuerda Reig, nada más crearse Podemos se sacó al movimiento 15M de las calles, y ahora la política se hace desde las tertulias de televisión y las redes sociales.
Sus personajes, niños bien que jugaron a revolucionarios, claudicarán de sus ideales, se acomodarán a los beneficios de su clase, olvidarán aquello por lo que lucharon en su día. En especial las mujeres, aquellas mujeres tan capacitadas, luchadoras, valientes y sacrificadas, que finalmente quedarán convertidas en meras “señoras de”, según aquellos patrones rancios que ellas pensaron dinamitar. “Habían acabado a su servicio y habían vuelto a casa (...) se sentían derrotadas, sin gloria y sin haber opuesto resistencia”.
“Al final vivimos con simulacros, sin probar el sabor real de la vida”, reflexionó Reig en nuestro encuentro. El único personaje que vive a su manera es Lourdes, que por sus circunstancias, vive sin miedo a nada, de manera intensa y total, sin ambiciones ni dobleces. Este personaje es un verdadero logro del autor. Envuelta en cierto halo de “realismo mágico”, iremos con ella recorriendo los caminos que nos marca Reig, hasta llegar a esa realidad que se está desvelando en algunas reseñas sobre el libro, de manera totalmente innecesaria. Esos spoilers que a los “espoileadores” no les gustaría sufrir en carne propia.
La partida, la mala partida, de ajedrez que aparece a lo largo de toda la novela, es una trasposición de la vida, de cómo jugarla, vivirla, mal. “Jugábamos así, siempre ganaba el que se equivocaba menos. También hemos vivido así”. Una partida repleta de errores, por esa tendencia de mirar a una sola jugada sin tener en cuenta lo que viene por otros lados. Los dos protagonistas de la partida, “Aquella partida tan torpe que ninguno merecía haber ganado”, son hombres “que jugaban igual que vivían, sin pensar en las consecuencias”.
Aquellos protagonistas de la Transición, no los ejecutores principales que movieron los hilos, si no los que ocuparon puestos medianamente relevantes, claudicaron y entregaron sus ilusiones  a las manos, garras, de la banca y del poder. “Se habían dado cuenta de que, después de todo, la vida de los burgueses no les desagradaba tanto”; después de todo daba mucha “pereza” intentar una revolución. “Menudos revolucionarios (...) Valientes guerrilleros”.
Lo que pudiera haber de novedoso o escandaloso en el libro nos pilla a estas alturas curados de espanto. La realidad ha superado con creces, como siempre, a la ficción. La apisonadora del poder lo ha aplastado todo. Nos quedamos con una gran novela, muy bien escrita, que  denota el oficio, en el mejor sentido de la palabra, de Reig, con una prosa trabajada y brillantemente adjetivada. Una prosa brillante fruto de haber escrito y leído mucho, “escribir siempre es reescribir, y para escribir tienes que haber leído”, nos dijo el autor durante el encuentro; probablemente también es el resultado de haber vivido mucho.
En definitiva ‘Un árbol caído’ es la crónica de un desengaño, una patraña y una traición a todo un pueblo que esperaba mucho pero no fue capaz de erigirse en protagonista de su propio destino. “Una democracia intervenida y limitada por uno de aquellos techos de cristal, contra el que rebotará siempre la llamada voluntad popular, resignada a retroceder, como las atónitas moscas tenaces ante la ventana cerrada”. Desoladora España.

Un árbol caído. Rafael Reig. Tusquets. Barcelona, 2015. 312 páginas. 19 euros.