Pinturas de guerra...

2:33 p. m. Conx Moya 0 Comments


… Esa pedazo de hembra, que no apuntaba maneras si no que las tenía todas más que confirmadas. Aquella María Vanessa, mi Vane, andando por nuestra avenida más tiesa que un palo, juncal y flamenca punk, princesa prometida de barrio republicano. Con esos andares soberbios que hacían que por donde pasara no volviera a crecer la hierba. Esa Atila pintada para la guerra con rimmel y carmín de rojo rabioso.

Tenía fama de cabrón y una legendaria mala hostia, pero sabía ser galante y pinturero con las mujeres cuando la ocasión lo requería. Y vaya si aquella chavala lo requería, con ella me empleé a fondo hasta camelármela, aunque sólo sucumbió cuando a ella le dio la real gana. Estaba loco por la Vane, encoñado, obsesionado, a aquella mujer esplendorosa me la estaba comiendo yo, pero ¿sólo yo? A veces me golpeaba un ramalazo de celos, eran pequeños detalles, frases que la Vane empezaba y dejaba sin acabar de repente, gestos, momentos en que me rehuía, yo que sé… Aquella Lolita mayor de edad por los pelos no era para un solo hombre. Estaba convencido de que la Vane tenía sus más y sus menos con otros tíos, del barrio y de fuera y lo último en que pensaba era en que yo me enterara.

El deseo se me había subido a la cabeza y no me dejaba pensar con claridad. Estaba ofuscado y la obsesión hacía que deseara gritar a los cuatro vientos que estábamos juntos. Pero Vane no era partidaria. Ella no era de nadie. Nunca se sabe hasta dónde puede llegar un imbécil enamorado. Pensé que poner eso de “Vane, Te amo” era una mierda demasiado moñas, aunque era verdad que la amaba, o sólo estaba trastornado por aquella nena, yo qué sé. Y decidí que siendo yo un salvaje, un chungo, tenía que hacer algo a la altura de mi fama. Y escribí frente al portal de Vane, en la acera, con un spray color cereza para mi Cherrybomb, “Vane, Te follo”. Hasta qué punto aquello sentó mal a la Vane lo supe pronto, no directamente a través de ella, si no de manera diferida o subrogada. Una noche, llegando a casa, alguien enorme a quien no pude ver la jeta me agarró en un callejón. Me golpeó y pateó lo que quiso, me llovían hostias por todas partes. No fui capaz de plantar cara, sólo de protegerme hasta donde me fue posible. Quien fuera aquella fiera me roció con un spray color cereza por si tenía alguna duda de por qué me ahostiaba; me llenó la chupa, el pelo, la cara, un Cristo... Al día siguiente la pintada frente al portal de la Vane estaba borrada, no sé quién lo hizo ni cómo. Y la Vane desapareció para siempre de mi vida.

Otra cosa no, pero orgulloso lo he sido un rato, desde niño, y me dije que aunque volviera a mí de rodillas, jamás querría saber nada de ella. De todas formas nunca tuve ocasión. Para Vane me volví en completamente invisible, no me habría vuelto a tocar ni con un palo.

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