‘El tiempo es un canalla’. Pulitzer a ritmo de rock

9:50 p. m. Conx Moya 0 Comments


*Foto del blog TOT ÉS UNA MENTIDA
Lo primero, tengo que decir que disfruté con mucho gusto la lectura de ‘El tiempo es un canalla’. La novela de Jennifer Egan ha formado parte de una serie de libros de autores estadounidenses que he leído este año con personajes relacionados con el mundo de la música punk rock. Así identifico su lectura con la de ‘Stone Arabia’, de Dana Spiotta y ‘Libertad’, de Jonathan Frazen. Una trilogía de libros que, por muchos motivos, me llenaron de ideas, cuestiones, planteamiento e interrogantes, tanto personales como literarios.
Destaco de ‘El tiempo es un canalla’, a grandes rasgos, su estilo ágil y moderno, la vertiente musical que domina algunas partes del libro y que esté escrito por una autora que ha sabido crear personajes masculinos creíbles y completos (una de mis preocupaciones). Las relaciones humanas, el amor, el desgaste del paso del tiempo, las renuncias que conlleva la madurez, el arte, el mainstream frente al underground, la locura de la era digital, son algunos de los temas de una novela francamente apasionante.
Resulta muy alentador que un libro que fue ganador del premio Pulitzer 2011 sea editado en España por una pequeña editorial independiente como es Minúscula. El libro, definido con acierto como “polifónico”, es un enorme puzle compuesto por muchas piezas, diferentes historias y personajes que pivotan sobre un hilo conductor común, el exitoso productor musical Bernie Salazar. Él, de una manera u otra, tiene relación con todos los personajes que van apareciendo en la narración, envueltos en distintas tramas, varios escenarios (Nueva York, San Francisco, África, Nápoles o el desierto de California) y en diferentes planos temporales, la acción transcurre entre finales de los años 70 hasta 2020. En el libro participamos de las andanzas de Bernie desde su juventud punk hasta su madurez como productor, inmerso en una era digital que no le gusta aunque no tenga más remedio que participar en ella; Sasha, su pelirroja asistente, competente y cleptómana; los amigos de juventud de Bernie, y varios músicos con los que trabaja a lo largo de su carrera; una joven actriz; un periodista con problemas psicológicos; una publicista contratada para lavar la imagen de un dictador del Tercer Mundo…
Egan juega con agilidad y soltura con espacio y tiempo, formando un mosaico de historias y personajes que se desarrolla a lo largo de cincuenta años. La escritura es ágil, a veces incluso nerviosa, fruto de las nuevas formas de contar, llenas de saltos, fragmentadas, breves, a veces incluso bruscas, esas nuevas formas de comunicarnos y de narrar que utilizamos y padecemos en la época actual. La autora juega con los lectores, llevándonos al pasado, incluso al futuro, si es que en algún momento de la narración está del todo claro cuál es el presente; explica situaciones que sucederán a algunos personajes en años venideros (eso sí, siempre personajes episódicos, no los principales), lo que en ocasiones crea cierto desasosiego en el lector por saber la que les espera “antes de tiempo”. A pesar de lo dicho, no me dio sensación de maremágnum en ningún momento, y pude seguir perfectamente la narración, la autora sabe hacer cómplice al lector de sus saltos espacio temporales, con los que realmente yo he disfrutado. En alguna reseña que he leído se critica la novela precisamente por su modernidad, pero yo lo veo como algo muy original y sorprendente a la hora de seguir las historias. Una pena que haya llamado tanto la atención el capítulo escrito como un “Power Point”, algo que yo veo poco más que como una anécdota.
En un post anterior de ‘Haz lo que debas’ llamado ‘Bandas imaginarias que habitan libros’ me refería a la parte más musical, y para mí fascinante, de ‘El tiempo es un canalla’. No sólo se trata de las referencias musicales que aparecen en el libro, que nos llevan a imaginar a Egan como una gran melómana y rockera. Sucede que algunos de los personajes episódicos son componentes de bandas inventadas por la  autora para la novela. Es el caso de Bosco de The Conduits o Wade de los Pinheads. A Bosco se le define como un “músico escuálido y jadeante que a finales de los ochenta tocaba una mezcla entre punk y ska, aquel enjambre pelirrojo e histérico (…) En más de una ocasión los dueños de los clubes habían llamado al 911 durante los conciertos de The Conduits, convencidos de que a Bosco le había dado un ataque”. O Scotty Hausmann, un amigo de adolescencia del “capo” discográfico Bernie. En su juventud ambos eran líderes de una banda, los Flaming Dildos: “Los Flaming Dildos han tenido un montón de nombres: los Crabs, los Croks, los Crimps, los Crunch, los Scrunch, los Gawks, los Gobs, los Flaming Spiders y los Black Widows. Cada vez que Scotty y Bennie cambian de nombre, Scotty cubre la funda de su guitarra y la funda del bajo de Bennie con pintura negra, hace una plantilla con el nombre nuevo y lo pinta con espray. No sabemos cómo deciden cuándo van a cambiar de nombre, porque Bennie y Scotty no hablan nunca”. Scotty y Bernie se reencuentran cincuenta años después, en 2020, cuando Scotty se convierte en una suerte de fenómeno de masas, después de décadas de olvido y una vida de lo más gris: “(…) hizo añicos la cáscara temblorosa que Scotty había sido hasta aquel momento y liberó algo cargado de energía, carisma y fiereza. Cualquiera que haya estado allí aquel día afirmará que el concierto empezó realmente cuando Scotty se levantó. Fue entonces cuando empezó a cantar las canciones que había estado componiendo durante años, al margen de todo; nadie había oído nunca esas canciones, ni nada que se les pareciera (Eyes in My Head, X's and Watching Hardest), baladas de paranoia e inconexión arrancadas del pecho de un hombre al que bastaba mirar para saber que nunca había tenido una página, un perfil, un handle ni un handset, que no formaba parte de los archivos de nadie, un tipo que había vivido oculto entre las grietas durante todos esos años, olvidado y lleno de rabia, de una forma que ahora se consideraba no contaminada".
En definitiva, un libro que me enganchó desde el inicio y disfruté intensamente.
Título: El tiempo es un canalla | Autor: Jennifer Egan | Traducción de Carles Andreu | Editorial: Minúscula| Páginas: 407 | Precio : 20€ |
Algunos fragmentos del libro:
Yo siempre estoy feliz pero a veces se me olvida.
No hay punkies con pecas. No existen.
Dijiste que era una princesa de cuento. Dijiste que era una estrella fugaz. Dijiste que iríamos a Bora Bora, pero mira dónde estamos ahora.
Mindy siente una sacudida de atracción, más o menos como si alguien le hubiera agarrado los intestinos y se los hubiera estrujado. Ahora comprende que es algo mutuo lo que ve en la cara de Albert.
Soy como los EEUU, ambos tenemos las manos sucias.
Cometían imprudencias porque nada de aquello iba en serio. Eran jóvenes y afortunados y fuertes, ¿de qué tenían que preocuparse? Si no les gustaban las consecuencias podían dar marcha atrás y volver a empezar.
Bennie sabía que lo que lanzaba al mundo era una mierda. Demasiado claro, demasiado limpio. El problema era la precisión, la perfección; el problema era la digitalización, que engullía la vida de todo lo que se filtraba a través de su microscópico tamiz. El cine, la fotografía, la música: todo muerto. «¡Un holocausto estético!». Eso sí, Bennie sabía perfectamente que no podía decirlo en voz alta.
Sin embargo, para Bennie lo verdaderamente excitante de aquellas viejas canciones eran los accesos de entusiasmo adolescente que le provocaban.
– La gente intentará cambiarte, Rhea – dice Lou – no les dejes.
– Pero es que yo quiero cambiar.
– No – dice él, muy serio – Eres preciosa. Sigue siendo así.
– Pero las pecas – digo yo, y noto ese dolor en la garganta.
– Las pecas son lo mejor – dice Lou – Algún tío va a perder el culo por esas pecas. Te las va a besar una a una.
(…)
– El mundo está lleno de capullos, Rhea. No los escuches a ellos, escúchame a mí.
Y yo sé que Lou es uno de esos capullos, pero lo escucho.