Verano de mierda

10:20 p. m. Conx Moya 0 Comments

Trabajé un verano como portero de una finca en el barrio de Salamanca, haciendo una sustitución. Mi padre tuvo que pedir no sé cuántos favores a unos cuantos hijos de perra, que le costaron doblar el espinazo y besarles el culo cada vez que les encontraba. Y total para qué. Un sueldo miserable por pasarme un huevo de horas sacando, metiendo y limpiando cubos de basura, dando los buenos días y las buenas tardes a un puñado de loros y momias de lo más antipático, recogiendo la correspondencia, y haciendo recados de mierda. Sonriendo a cabrones. Chupando culos. Muriéndome de asco por dentro. Avivando mi odio hacia aquel barrio, aquel edificio, aquellos vecinos. Un verano infernal, uno de tantos.
Me obligaban a llevar una especie de uniforme, pantalón de pinzas azul marino, el primero que me puse en mi vida y camisa blanca de manga corta, más feos que su puta madre. Parecía un camarero de pub de viejos, de lo más deprimente. El viaje lo hacía en transporte público, desde Vallecas, y me ponía encima de aquellos trapos un chaleco vaquero viejo, lleno de remaches, parches e imperdibles. Los zapatos del uniforme, como de padre pero en bastos, iban en la mochila. Me ponía unas bambas mugrientas de las que me despojaba al llegar al trabajo. Por aquella época llevaba siempre mi pendientico de pirata en la oreja. Al llegar al edificio infernal me quitaba las bambas, el chaleco y el pendiente, me disfrazaba de gilipollas y a currar. Sólo volvía a ser yo al colocarme mi mugre sobre aquellas ropas odiadas.
Aquel verano fui consciente por primera vez del destino de mierda que me esperaba, atrapado toda mi vida en algún trabajo deprimente parecido. Y decidí huir de aquello. Sin estudios, sin saber hacer nada, sin oficio, sólo me quedaba atacar por la música. Me lancé de lleno.
En mi desesperación decidí que tenía que hacer algo extremo. Le tiré los trastos al tipo más chungo de nuestro barrio, Culebra, un bicho malo a rabiar. Un tipo chungo de verdad, pendenciero, pero que tenía una guitarra. Entendí que era el único de nuestro entorno que podía darme lo que necesitaba. No era tocar más o menos decentemente, eso lo podía encontrar a patadas. No, podía darme toda la rabia, la furia y la locura que hacía falta para hacer verdadero ruido. Y así nació, después de aquel verano de mierda, nuestra banda. La hostia, la que liamos.