En el adiós a Chadad Kaid Saleh

10:43 p. m. Conx Moya 0 Comments

Sabíamos que su situación era delicada pero nunca quieres acabar de creerlo. Las personas a las que quieres nunca van a irse. Y es cierto, nadie se va del todo mientras se les recuerde. Aquí va un recuerdo para Chadad Kaid Saleh que acaba de dejarnos, aunque se haga difícil asumirlo.
Conocí a Chadad en el ya lejano 2002. Bahia era buen amigo suyo y de algunos de sus hermanos y a menudo me contaba historias relacionadas con él. En una de sus visitas a Madrid quedamos con él para verle. Chadad me llamó la atención por su exquisita educación y su elegancia. Era de aquellos saharauis que estudiaron con la metrópoli que hablan un español más rico, fluido y mejor pronunciado que muchos de nosotros. Fue una velada de lo más agradable y desde entonces yo también cultivé un gran aprecio por Chadad.
Creo que no volvimos a vernos hasta 2007. Por entonces, ya formado el grupo de escritores saharauis de Generación de la Amistad, Bahia, Zahra Hasnaui y Ali Salem Iselmu fueron invitados por el añorado Luis Yuguero y la Asociación de Segovia a unas jornadas sobre el Sahara. Allí nos encontramos con Chadad. Ya por la noche, cenamos en un restaurante muy agradable de la ciudad, y ya se sabe cómo son estas veladas del movimiento prosaharaui, anécdotas interminables, recuerdo de tantos amigos, innumerables historias, aquella cena se alargaba y se alargaba. En un momento dado Chadad se levantó a buscarnos. Quería ir al hostal donde nos alojábamos. No entendíamos la prisa pero nos marchamos con él. Pronto lo entendimos cuando improvisó en su habitación una velada en torno al té, que el condujo con su habitual elegancia y erudición. Ya sabemos cómo viajan muchos saharauis, con su pequeño hornillo eléctrico y sus cacharros del té. Así que allí estuvimos durante un buen rato con Chadad y los escritores saharauis, charlando animadamente, cómo no sobre el Sahara. Antes de terminar la ceremonia del té, hice varias fotos al beit, pitillera tradicional, de Chadad, que me llamó mucho la atención por su precioso trabajo artesanal. Él era de aquellos saharauis que todavía fumaban maneiya, ese tabaco tan fuerte que se mete en unas pequeñas pipas primorosamente trabajadas, con las que se dan varias caladas, se tiran los restos tabaco y se vuelve a empezar.
Tiempo más tarde, en un viaje en tren de regreso desde Vitoria, el guitarrista Fuku nos contó una historia sobre un combatiente saharaui en la guerra y sus utensilios para fumar. La anécdota me inspiró un relato para mi libro Delicias saharauis, y la foto del beit de Chadad me sirvió para ilustrar la pitillera del combatiente de “Las kabulas de la memoria”: “(…) comprado en Mauritania a una artesana conocida por su trabajo con el cuero. El beit siempre le acompaña con su fondo de pequeños cuadros verdes y amarillos, y dibujos geométricos de vivo color rojo troquelados sobre un fondo de tela blanca. La parte delantera está adornada con siete kabulas y el broche para cerrar el beit trabajado con profusión de flecos morados. Las diferentes lengüetas de su pitillera también están primorosamente decoradas, hasta llegar al apartado donde se guarda la maneiya”.  
Por entonces Bahia estaba escribiendo la parte central de su libro “El sueño de volver”, dedicada a la generación del 73 saharaui, los jóvenes que se unieron al Frente Polisario y comenzaron la lucha por la liberación de su tierra. En el capítulo llamado “Las rosas que esparcieron su fragancia” dedicaba dos extensos relatos a narrar la vida de dos destacados jóvenes saharauis que perdieron la vida en los primeros años de la guerra: El Hanafi Mohamed Chej, y Buel-la Ahmed Zein, y otros relatos dedicados a “aquella resplandeciente generación de los años de la metrópoli”. Para prepararlos Bahia estuvo recabando información en el Colegio Mayor Nuestra Señora de África de Madrid, se entrevistó con muchos de los integrantes de aquella generación, y buscó artículos en revistas de la época como Irifi, del Instituto General Alonso de El Aaiun, o el Semanario Sahara. En una de aquellas revistas encontró un bello texto de Chadad, “Cultura para el pueblo saharaui”, quien entonces era estudiante de 1º de Bachillerato.
El que no conoce la luz, vive en tinieblas; y en las tinieblas anida la miseria, la desconfianza, la incultura, la ruina y el estancamiento de los valores y del progreso de una nación; mas si poseemos luz, habrá claridad, cultura, felicidad y el progreso de nuestro amado pueblo saharaui. (…) El progreso y el bienestar de nuestro pueblo está en la cultura, y la cultura está en el estudio y en los libros; leed con avidez, con tesón, con esperanza, y tendremos ocasión de abrir un camino más fácil y más amplio por el cual continuarán nuestro esfuerzo las gentes que nos continúen. (…)
Un texto premonitorio. Resulta prodigioso que un chaval tan joven como era Chadad entonces tuviera esa visión de su pueblo y su cultura. Un ejemplo del nivel que tenía aquella inolvidable generación,
El pasado sábado 14 de marzo de 2015 nos despertábamos con la noticia de que Chadad había fallecido la noche anterior. Nuestros amigos Esperanza Jaén y Miguel Rivas, que ha cultivado una estrecha amistad con Chadad por sus años pasados en Carmona, nos comunicaban el fatal desenlace. Buscando fotos suyas para ilustrar un homenaje apresurado y siempre más breve de lo que figuras de esta envergadura merecen, recordamos una cena en nuestra casa, en abril de 2012, acompañados por otros buenos amigos. Recuerdo muchas conversaciones sobre el Sahara aquella noche, mientras nos preparaba un buen té en nuestra pequeña jaima. Le pregunté por la pitillera que tanto me había llamado la atención en Segovia. Como buen saharaui, la había regalado a alguien que le había comentado lo mucho que le gustaba… Hablamos sobre salud y sobre cuidarnos, que si había que comer menos carne, que si había que tomar menos azúcar, que si había que fumar menos... Para lo que ninguno teníamos receta era para curar la terrible nostalgia de estar lejos de la tierra arrebatada por la fuerza. Chadad nos habló de la importancia de andar descalzo y sentir directamente el suelo en las plantas de los pies, de lo malo que es tener la luz muy fuerte por la noche, ya que nos mantiene alerta y nos impide coger el suelo, de la necesidad de relajarse y no estar activo hasta muy tarde. Le recuerdo aquella noche como un sabio místico que nos daba recetas para el bienestar.
Se agolpan los recuerdos. Como aquel trabajo suyo sobre la heráldica saharaui, una obra que desconocemos si llegó a terminar pero que nos llamó muchísimo la atención y de la que llegamos a ver algunas páginas que nos enseñó él mismo. Recuerdo la leyenda, que tiene su reflejo heráldico, sobre el descubrimiento de las fuentes de El Aaiun. O su historia con José Ignacio Domínguez, el militar de la UMD con el que coincidió en París en los años 70, cuando ambos se encontraban en la clandestinidad. Su encuentro en Madrid 37 años después fue enormemente emocionante. O cuando pidió a Bahia que quitara una música del clásico Chej uld Abba, ya que le hacía daño, le recordaba demasiado a su juventud, a su amado Sahara, a los que ya no estaban. Qué poco podemos imaginar el dolor que la invasión y el exilio han causado en los saharauis.
La causa saharaui, la cultura del Sahara Occidental, aquella generación han perdido una de sus grandes figuras aunque su inteligencia y su modestia le hacían estar en un segundo plano. Descansa en paz, Chadad, nos dejaste una profunda huella que no olvidaremos.