Las kabulas de la memoria

9:37 p. m. Conx Moya 0 Comments



Tras la deliberación sobre las respuestas que habéis enviado a mi petición de propuesta de título sobre el relato del soldado saharaui que dejó de fumar cuando unos jóvenes "profanaron" su sagrada pitillera, o beit, he elegido por fin cómo llamar al relato. Agradezco a nuestro amigo Fran Campillo su propuesta "El viejo soldado"; Jesús Charco nos propuso "El soldado de la Cárcel Negra" porque este personaje (real aunque adornado por mi imaginación) le recuerda a su padre saharaui; los estupendos Aziza y Jose apostaron por "La última calada" por la importancia que adquiere en nuestras vidas la última vez de cualquier acto; y por fin un amigo anónimo (al que le gusta el "preciosismo de mis vericuetos") nos ha indicado que el nombre que a él le sugiere el relato es "Las kabulas del olvido", siendo las Kabulas los "pompones" que adornan la parte delantera del beit.

Nuestro querido Gonzalo Moure, que por cierto está dejando de fumar, y del que os recomiendo su página web y todo lo que escribe (en especial sus libros sobre el Sahara y mi preferido, "La zancada del deyar").... me lié en mil vericuetos. Decía que Gonzalo incluyó este relato en su entrata referida a cómo ha dejado de fumar. Este relato hizo que alguien más incluyera un relato saharaui sobre "dejar de fumar", firma como Elkadeh, y aunque no ha pedido permiso a Gonzalo ni a Elkadeh pego el relato para que no lo perdáis porque es una belleza.

Ah, finalmente elijo una mezcla "Las kabulas de la memoria", ya que el soldado es un auténtico “guardián de la memoria”. Un abrazo a todos.



¿Cómo dejé de fumar? Recuerdo que lo intenté dos o tres veces de manera sería, y siempre volví a tropezar.Eso me pasó cuando todavía estudiaba en Cuba. Cuando volví al Sáhara no pensaba, ni mucho menos dejar el cigarro, pero tuve la suerte de volver en el verano y toparme con la Manayya, que no me gustó para nada, ni tampoco el cigarrillo de cajetilla, que me pareció muy seco, sumado a esto, el cambio brusco y diferencial entre el clima tropical y el desierto de la Hamada. Casi, casi, iba a dejarlo sin darme cuenta, pero en cuestión de una semana o dos en los campamentos de refugiados ya empecé a “adaptarme” al nuevo cigarrillo, que era mucho peor que el cubano. Viajé a Mauritania para visitar a mi madre, mi viaje fue una odisea, que duró trece o catorce días durante los cuales no fumé, no por falta de ganas, sino porque no lo había en medio del desierto.

Me reencontré con mi madre después de trece años. Recuerdo que después de comer hice una larga siesta, era pleno agosto, me costó despertarme,estuve un largo rato tumbado despierto pero con los ojos cerados, cerca de donde estaba acostado, escuchaba a mi madre hablar con otra mujer, no sé de qué hablaban, pero me alcanzó este comentario:”Tu hijo fuma”, dijo la mujer a mi madre. “No”, respondió mi madre, con una rotundidad que me extrañó; yo atribuí esa seguridad en la respuesta, a que mi madre pensaba en aquél momento, que sigo siendo el chiquillo que se fue de casa a los nueve años.

“Mi hijo no fuma´, insistió.

- “Esa carita, esos ojitos desorbitados que he visto yo esta mañana son de un fumador, y un fumador con ganas-remató la otra mujer.

Después de trece años sin ver a mi madre, yo no quería decepcionarla, ni que saliera perdedora en esa discusión por muy intrascendente que sea. No quería permitir que la otra señora que no conocía de nada ganara aquella partida, al menos en ese día especial del reencuentro.

Cuando me levanté me preguntaron si fumo.

“Fumaba” - respondí.

Gracias a ese compromiso - un compromiso del que nunca hablé a mi madre- he dejado de fumar. Y no he vuelto a hacerlo.

Comentario por elkadeh — 2 de Noviembre, 2007 #


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