A Brahim no le gusta Lavapiés

2:09 p. m. Conx Moya 1 Comments



Un cuento "intercultural" de hace ya varios años


A Brahim no le gusta Lavapiés. Y sin embargo es mi barrio preferido, qué cosas. Lavapiés es el escenario de nuestra primera cita. Vamos por el camino más largo, el único que conozco, así que empezamos con una buena caminata. Le llevo al barrio porque me da muy buen rollo, y le llevo a La Mancha porque ese bar me encanta. Lavapiés es también puerta de entrada a la Mancha, aunque sea la de Madrid. La Mancha de Madrid, taberna al estilo antiguo llena de gente moderna, con carteles anunciando múltiples convocatorias, su colección de botellas y las mesitas de dentro para comerse un rico canapé. Allí nos dirigimos. Brahim juega con mi pulsera de bolitas mientras me cuenta episodios de su fascinante vida. Me gustan sus ojos que no dejan de mirarme y me gusta él. Yo de cañas y él de cocacolas, que por algo no bebe alcohol, su religión lo prohibe, aunque él no lo hace por eso. Conozco La Mancha de mucho tiempo atrás, de una cena de despedida, Robe lleva nuestro ridículo finiquito en un sobre y saca los billetes en los diferentes bares como un apoderado de torero antiguo. Robe nos acaba de descubrir La Mancha. Encantada de la vida en La Mancha de Madrid, tantas celebraciones, cumpleaños con las niñas, un vermut después del Rastro o unas cañas antes de algún concierto. Esperando que empiece a tocar Ani Difranco en la Caracol, con Erre y Romano, esta noche también quedamos en La Mancha, el bar más bonito de Lavapiés, llena de gente de lo más peculiar; la acaban de pintar y está más limpia, moteros con pendientes y chupas de cuero, gente disfrazada porque es final de carnavales y también el perro enorme que no podía faltar.


Los conciertos en Lavapiés siempre tienen finales surrealistas, como cuando nos encontramos a Juan Pablo Jameson, el filósofo americano. Sólo en Lavapiés se te puede pegar sin más un tipo como él. Habla un correcto español, aunque con acento de Estados Unidos y es perfecto imitador de los acentos cubano y mejicano. Su madre es de Soria, y su padre irlandés, él nació en España, vive en Michigan y está en Madrid visitando a sus tíos. Divorciado, con dos hijas, una se llama Julia, “como la madre de John Lennon”. Así que Juan Pablo Jameson se une a nuestro loco grupo, nos vamos ahora a "Casa Donato", el bar donde te ponen puñados de pipas y las cervezas valen veinte duros. Juan Pablo se despide con un “el cariño y el amor son lo primero”, que es una lección que yo tengo muy bien aprendida de hace tiempo aunque nunca está de más recordar.


Lavapiés es una fiesta. Y es la primera fiesta de la Radio en la AMEC. Calle Salitre, cuesta arriba de adoquines. La barra, minúscula, atendida por un chaval de larga melena rubia y gafitas redondas. Sorteo de discos, bebidas baratas, fumata blanca para el que quiera, en las paredes una exposición de algún artista desconocido y asientos de obra con cojines de colores. Empanada y sandwiches vegetales para comer y un montón de amigos que celebran el nacimiento de esta nueva historia. Enfrente, el Lola Lola, escenario de un corto de un componente de la Luna Hiena, lo protagoniza caperucita vestida de cuero negro asaltada en las calles de Lavapiés por el lobo feroz. La caperucita extrema es asidua del bar de fachada roja brillante y paredes llenas de posters con historia y es allí donde el lobo le echa el ojo antes de echarle la zarpa. El Lola Lola es el sitio perfecto para charlas de madrugada, los codos apoyados en las mesas de mármol, no tengas problemas con que un tío se siente en tu mesa a beberse su copa, es que no encontraba otro sitio. En ningún otro barrio conseguirás que el tipo ni siquiera intente darte la brasa ni hacerse el simpático. Recuerda, estás en Lavapiés.


Lavapiés es como un viernes por la tarde, lleno de expectativas y miles de cosas por hacer. Eso sí, los planes más delirantes, si no, ni te molestes. Estamos en la cola del cine Doré, John Malkovich visita Madrid, para presentar “Las amistades peligrosas”, película que al parecer ha sido un acontecimiento en Europa y Estados Unidos pero que aquí aún no se ha visto. Así que le han preparado un cine precioso pero con un aforo demasiado reducido para darse a conocer. Nos plantamos en el Doré y la verdad que no puedo creer lo que ven mis ojos. La cola rodea toda la calle y llega a la plaza de Antón Martín. Los tenderos del mercado que da a la calle se ríen de nosotros cuando les explicamos que estamos aquí para ver a un tal Malkovich, “¿Qué es un actor?”. Cuando la cola comienza a escaparse a la vista y el motín parece inevitable se anuncia que el Sr. Malkovich se marcha y suspende la presentación. “Sólo” llevamos tres horas en la cola y lo cierto es que a mí el tal Malkovich no me vuelve loca. Pero no pasa nada.


Cuando empezamos a salir por el barrio no había demasiada gente de fuera, tenía aún aire de pueblecillo, con las tiendas de toda la vida, las barberías, un montón de preciosos edificios que el tiempo y el descuido habían dejado cochambrosos. Pero de repente, no sé decir cuándo, en el metro empezamos a encontrar otras razas, africanos, chinos, sudamericanos, decenas de países del mundo empiezan a juntarse en el barrio, algo ocurre y la diversión cheli de los 80 se convierte en eso que los modernos llaman mestizaje, Lavapiés se convirtió sin darse apenas cuenta en multiétnico y multicultural. En pocos lugares de este Madrid, aún poco acostumbrado a la gente de otros países por mucho que nos cuenten, encontramos tantas razas distintas como en la plaza de Lavapiés.


Los bares y el ambiente han ido cambiado poco a poco. Vemos otras caras, más color, escuchamos diferentes lenguas y acentos y probamos comidas de lo más rico cocinadas, más o menos, como se hace a miles de kilómetros de Madrid. Lavapiés se ha llenado de tiendas de chinos para que podamos comprar el maravilloso té verde que es un remedio bueno para casi cualquier mal. Si quieres vestir bien sólo tienes que buscar alguna de las tiendas de los africanos, difícil superar sus colores. Podemos comer en el Babilonia y si tenemos suerte ver el espectáculo de danza del vientre. Ahora probamos platos tan deliciosos como el tajin, el cus cus o el falafel con toda la familiaridad del mundo a pesar de que al principio lanzarse a probarlos en Madrid era cosa poco menos que de valientes. Han llegado también los turcos con su comida rápida, surgen los doner kebab, donde a menudo Brahim y yo quedamos con algunos amigos y arreglamos una cena por poco dinero, que cuando estás sin un duro es muy importante. Por no hablar del libanés de la calle Miguel Servet, donde te puedes fumar unas riquísimas pipas de agua recostados en los cojines, o tomar un té negro con pastelitos típicos.


Y yo no puedo olvidarme de la gente del Laboratorio que se lo trabajan con infinita alegría y buen humor a pesar de los pesares. Como otra gente del barrio he entrado a conocerlo porque quiero ver qué hay dentro del bloque de la calle Amparo. Cuatro plantas y un garaje enorme dedicados a centro social. Pintadas en las paredes, posters, convocatorias, revistas, mobiliario envidiado por cualquier chamarilero y gente interesante llena de ideas. Más tarde habrá desalojo al amanecer cuando aún duermen. Pero esta noche están cocinando tortilla de patata para cenar en una de las cocinas y la gente viene de estudiar, del curro o de dar un paseo por las calles de este otro mundo. Alguno vendrá del Achuri, donde se encuentran lentejas guisadas aunque sea de noche. Si te las comes sentada en una silla descuajaringada, con el niño de la pareja de al lado rondando peligrosamente por tu mesa seguro que te saben más ricas, donde va a parar.


A Brahim le va gustando un poco más Lavapiés, aquí la gente no nos mira cuando vamos de la mano, ni cuando nos besamos por primera vez. Pero esta es otra historia.


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