La justicia de los inocentes

7:25 p. m. Conx Moya 0 Comments


*dibujo de Salwa Sawalhi de Gaza, 14 años, del blog de Carol


(Asesinos de razones, asesinos de vidas, que nunca, nunca tengais reposo en ningún día y que en la muerte os persigan nuestras memorias; Lluis Llach ).



Este desgarrador poema de Angel Petisme por mi parte se lo dedico a los que abogan por la real politik sin importar lo que se ponga por delante; a los que defienden a los tiranos; los que no les importa que mueran niños; aquellos para quienes no todas las víctimas son iguales ni son todas son víctimas; para quien a los muertos inocentes llaman "daños colaterales", para los que justifican según que horrores... Petisme siempre obligada lectura y escucha.


Sabed, hijos de puta, que los delitos no prescriben
después de cinco años ni de diez,
ni con un padrenuestro y dos avemarías.
No hay saldo final ni enmienda para vosotros.
El Dios que os inventasteis
para redimir vuestros pecados,
el Dios que os creó, a su imagen y semejanza,
se levantó la tapa de los sesos
después de ver el telediario de las tres.

Los obispos que lavaron y almidonaron
vuestra ropa interior,
en el secreto de los confesionarios,
y trasvasaron al silencio vuestros ríos de sangre,
son tan culpables como vosotros.
En los bares del cielo no habrá cerveza fresca para ellos.

En el Nombre de la Vida que sumergisteis
hasta ahogarla en un pila bautismal,
en el Nombre de la Vida que lanzabais al océano
a seis metros de altura, desde los aviones,
os declaro culpables, y os condeno
al fuego eterno de la memoria.

Vuestra imagen amarillenta en las portadas de los diarios
la contemplan los 666 hijos de puta que os precedieron.
Ni de viejos y enfermos producís compasión,
cuando observo vuestras miradas, aún desafiantes
con lluvia de sulfuro y calaveras,
entiendo de lo que hablaban las viejas profecías
de Santa Hildegarda, San Malaquías, Nostradamus…

En el Nombre de la Vida que temblaba en los electrodos,
que echasteis a los perros, que ocultasteis con cal viva,
de esa vida que no respetasteis,
no merecéis respeto muertos vivos.

Vuestros crímenes, salvapatrias mafiosos,
hijos del Gran Cabrón,
vuestro sueño de buitres uniformados,
vuestro buen uso de la libertad,
permanecen grabados en el genoma humano para siempre
y en el disco duro del Sistema Solar.

Me cago en vuestra patria de orines y de estatuas,
vomito en vuestras botas de serpientes y niebla,
me pedo en vuestras mesas y en vuestras misas negras.

En el Nombre de la Vida,
del amor y la ternura que truncasteis
en aquellos días, soldaditos de plomo,
se os condena a no olvidar.
No dormiréis jamás aunque cerréis los ojos,
jamás descansaréis aunque compréis el cielo,
segundos, minutos, horas, días,
meses, años, siglos, milenios arderéis…

Ángeles de exterminio,
nunca saldréis del salón del desierto.
El Gran Relojero no pudo soportarlo,
las leyes de los hombres no os pudieron juzgar.

En memoria de los inocentes, arded, diablos, arded.

Ángel Petisme




Y para seguirnos agarrando a los escritores imprescindibles ante tanta muerte y horror. Gonzalo Moure, "Una osezna, todos los niños".

La osezna no hiberna. Se mantiene despierta ante el desconcierto de los naturalistas que la siguen y la fotografían. Así, rodeada de nieve y hielo, perpleja y sola, me hace pensar en todos los niños: los palestinos, los saharauis, los niños soldado de las guerras africanas, y hasta en nuestros niños, igual de solos entre la superabundancia de cosas y la escasez de sentimientos. Hoy Gaza nos duele hasta el alma, y los niños de Gaza aún más, pero nada hacemos. ¿Y qué hacer? Quienes escribimos para niños, quienes creemos en el futuro y por eso escribimos para niños, nos sentimos inútiles. No entiendo esta atonía, esta afonía. ¿Nadie es capaz de levantar una bandera filosófica, ética, nadie es capaz de marcar un camino distinto para esta humanidad que a pesar del paso de los siglos sigue bombardeando escuelas y hospitales? Me abruma el silencio blanco, como a la osezna asturiana. Nunca he sentido a la humanidad tan huérfana de pensamiento, tan ayuna de un camino que seguir, un camino en el que creer. Nada, silencio. ¿Qué hacer? ¿Cómo evitar ser cómplices con el silencio? Firmar manifiestos, clamar desde webs y blogs, protestar, ¿es bastante? Claro que no. Pienso y pienso, y no veo qué hacer, y cada minuto que pasa hay una bomba arrojada por una mano humana que es la mía. Los libros, el Bubisher, ¿son bastante? No, claro que no. Es verdad: el Sáhara es nuestra Palestina, nuestra responsabilidad. Nuestros gobiernos perpetúan allí su traición y su abandono; España es una mala madre para el Sáhara, y los que intentan hacer algo por ellos son sus hermanos, pero no salimos de las buenas intenciones, del agua oxigenada para curar las terribles amputaciones de los derechos de los niños. Y la ONU es nuestra ONU. Una voz, por favor, una voz que empiece a exigir que se disuelva esa ONU que no es capaz de emitir siquiera una resolución que detenga la barbarie. El mundo es el mundo, merece algo mejor, merece pensadores, filósofos, líderes de un futuro de la humanidad. Pero como al esbardo de la fotografía nos rodea un silencio blando y blanco. Sólo nuestra voz, pero dónde, cómo. No lo sé, me declaro impotente y frustrado, asqueado de mi propia condición humana. Esa osezna es una niña bajo las bombas, esa nieve son escombros de casa y cocinas derruídas, esa nieve es nuestro silencio. Esa osezna es una niña, todos los niños, todo el futuro sin futuro, incapaz de cerrar los ojos, con los ojos abiertos de par en par ante tanto abandono, ante tanto egoísmo mezquino.

Gonzalo Moure


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