‘Mientras seamos jóvenes’ o la “edad del pavazo”

9:36 a. m. Conx Moya 0 Comments

Una viñeta de Juarma ♡
Esta entrada la entenderéis, y tal vez estaréis de acuerdo con lo que digo, los que habéis cumplido cuarenta no hace mucho o lleváis unos años instalados en la cuarta década. En muchos aspectos es, como dice el dibujante Juarma, “La edad del pavazo”, unos años en los que según él “nos comportamos como idiotas a tiempo completo”. Él lo define de manera demoledora y certera: “Lo abandonas todo creyendo que tienes veinte años. Pero ya eres viejo”. Como mujer que anda desconcertada por esa década vital, me pasé en un continuo asentimiento toda la proyección de la película ‘Mientras seamos jóvenes’. Su director es el neoyorkino Noah Baumbach, una aclamada luminaria del cine underground, más o menos de nuestra edad, que da el salto a un cine más comercial al trabajar con actores tan populares como Naomi Watts o Ben Stiller.
La película refleja con gracia y de manera muy acertada esa difícil etapa de “viejoven”, esa encrucijada al llegar a la mitad del camino vital, ese querer apurar los últimos momentos de gracia, esa lucha contra la inevitable cuesta abajo. En definitiva ese lío padre de encontrarnos en una sociedad donde cada vez vivimos más años, la tercera edad se hace tatuajes y lleva gafas polarizadas y cumplir los cuarenta te hace sentirte un cascarrias, mientras el mercado vende la “juventud infinita”.
Los cuarenta, esa década de “peterpanismo” desbocado. Los cuarenta, no ya como los nuevos treinta, sino como los nuevos veinte. ¡JA! (amargo). Los cuarenta como momento de atrapar los últimos instantes de juventud. Ese deseo lleva a muchos a replicar el comportamiento veinteañero, a vestir su ropa, a escuchar su música. ¡Un momento!, esa música que ellos escuchan con devoción de antigualla es NUESTRA música. Aquellos discos, que salieron cuando ellos eran bebés o niños aprendiendo a usar el orinal, nosotros los compramos en las tiendas de discos de nuestro barrio cuando aún había tiendas de discos en los barrios… Ese salto, más bien ese abismo, generacional.
Los veinteañeros ven lo que estaba de moda en nuestra juventud como algo retro y vintage. Lo que era hortera en nuestra época ahora es guay (¿cool?). Sentimos que se apropian de lo que era nuestro. Pero nosotros no lo recreamos, ¡lo vivimos! ¿Nos estaremos convirtiendo en abuelos cebolleta? ¿Abuelos?, ¡si todavía somos jóvenes! Me sorprendo twitteando ante gente diez o quince años más joven que yo sobre eventos donde estuve hace ya un montón de años: “disfruté en el concierto de Transvision Vamp en el 89” o “cubrí la presentación del Windows 95 por Bill Gates en Madrid en el verano de aquel año”. Ahora va a resultar que soy tan retro como un teléfono de góndola. Así, los de cuarenta adoptamos cualquier icono moderno, calaveras y piñas para todos, y readoptamos los de nuestra infancia: Mazinguer Z y Naranjito. Nosotros los veíamos en la tele, cuando sólo había dos cadenas y la segunda era el “uachefe”; ahora son lo más en las camisetas y bolsas “tote bag”.
Y comienza nuestra carrera contra el tiempo. Nos lanzamos a hacernos el primer tatuaje de nuestra vida, a agujerearnos las orejas o lo que proceda cometiendo auténticas carnicerías, volvemos a fumar, probamos bebidas extrañísimas (¿qué diablos es el Jägermeister?, ese enjuague bucal con alcohol). Nos empezamos a interesar por llevar ropa chula (y moderna), el peinado (a ser posible moderno), los zapatos, zapatillas, tenis o bambos (por favor, que sean modernos). No nos perdemos un concierto. Acortamos las faldas y reducimos los biquinis. Nos empieza a gustar el hip hop y la música electrónica y nos fijamos en bicis, patines y skate (el monopatín de toda la vida). Desempolvamos los vinilos (ejem, discos) de nuestros años de acné e instituto. Las parejas se rompen y se cambian por partenaires bastante más jóvenes. Disimulamos los primeros bajones físicos: “ya no aguanto la bebida como antes, mi estómago no es el que era, las resacas son explosiones nucleares”; empiezan a fallar consecutivamente rodillas, articulaciones, columna, vista…. Calvicie, kilos de más, no vemos ni torta, nos licenciamos con matrícula de honor en el arte del disimulo y la negación de todos los achaques.
Nos queda el tema más peliagudo de todos: los hijos. Los de nuestra generación alargamos la paternidad hasta edades anti natura. Convertidos en padres-abuelos, los niños nos pillan con menos fuerza, en medio de una crisis existencial de aúpa y con mucha menos paciencia y aguante. Por no decir que somos una generación con el ego subido, lo que casa regular con la renuncia a tantas cosas que supone la paternidad. No estoy autorizada a quejarme de lo fatal que nuestra generación está educando a sus hijos porque pertenezco al clan de los no padres, lo que tampoco es un chollo. Las circunstancias de la ausencia de hijos son muy diversas y si un hombre que opta por no ser padre es tachado de egoísta, una mujer que toma esa decisión es vista no mucho mejor que un asesino en serie. Un tema que parece dar derecho a juzgar a cualquiera es precisamente el hecho de haber llegado a los cuarenta sin churumbeles, “sin familia” dicen algunos. ¿¿Cómo que yo no tengo familia?? Por no hablar de cómo se quedan descolgadas las parejas sin hijos de las parejas amigas que sí los tienen. Los que han sido amigos del alma durante décadas pasan a habitar diferentes planetas. Las amigas madres se infantilizan, las amigas sin hijos parecen unas rancias… Con hijos pequeños se apaga el deseo, el sexo se da a la fuga y los gustos y aficiones propios ya no tienen sitio. Aún así muchos cuarentones se lanzan con ilusión por el vertiginoso tobogán de la paternidad, que un niño siempre es una bendición y tal y tal...
Menudo panorama. Pues todo esto y mucho más es lo que refleja con buen humor y buena mano Baumbach, director de la deliciosa ‘Frances Ha’, que reseñamos el año pasado en este blog. Y ustedes, amigos, disfruten de su “edad del pavazo”.

Vinilos, bebés, hip hop, bici y cintas de video

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