“Que Dios nos perdone”, violencia sin redención ni esperanza

1:13 p. m. Conx Moya 0 Comments

“Que Dios nos perdone” es una magnífica película policiaca que transcurre en Madrid durante el verano de 2011.
En agosto de 2011 Madrid se encontraba ocupada por hordas de jóvenes peregrinos que acuden de todo el mundo para participar en una bizarra convocatoria: la Jornada Mundial de la Juventud. Varios meses después de que el 15M fuera desalojado de Sol miles de muchachos vociferantes (pero católicos practicantes) ocupaban no ya Sol, sino todo Madrid, incluidos los pueblos de la comunidad, en lo que fue un delirio de pantallas de video, rosarios, cánticos y las inconfundibles mochilas rojas y amarillas. Poniendo por delante que cada uno puede profesar la religión que desee, o ninguna, esas indigestas mezclas entre política y religión tienen mala cabida en un estado aconfesional como supuestamente es el español.
Tengo un recuerdo inolvidable de aquellos días, que coincidieron con mis vacaciones: el tremendo maremágnum causado por el sofocante calor, las pantallas llenas de cruces de colores que tomaron el Paseo del Prado, las calles invadidas de peregrinos, el metro a rebosar de jóvenes coreando lemas religiosos, chicos y chicas tirados por el suelo en Preciados, las gradas y escenario colocados en Cibeles, la misa mastodóntica celebrada por Benedicto XVI en Cuatro Vientos, aquella foto de El País de una peregrina cañón ligera de ropa y besando con lujuria a un joven, las toneladas de basura que dejaron los participantes o la caravana de “Kikos” que aún cantaban por Sol cuando ya habían finalizado las jornadas. Intentamos remediarlo con varias escapadas a pueblos de la Comunidad de Madrid como Tres Cantos y Buitrago de Lozoya pero no logramos gran cosa, allí también encontramos peregrinos. Así al menos lo vivimos nosotros.
Me llamó por tanto la atención ver que había una película española que se ambientaba en aquellos extraños días. Es hora de que nuestro cine refleje nuestra historia más inmediata e identificable, como hace la aún en cartel “El hombre de las mil caras” sobre el caso Paesa. “Que Dios nos perdone” cuenta además con el aliciente de la interpretación de dos enormes actores, Antonio de la Torre y Roberto Álamo. Había que verla.
La película comienza en los tórridos días de aquel insoportable verano madrileño de 2011. La ciudad está atestada de gente por el evento ya comentado y dos policías descubren que, lo que parece ser un accidente, encubre en realidad un horrible crimen. La víctima es una anciana que ha sido además violada. A partir de una impactante escena en el lugar del crimen, avanzamos en lo que se va convirtiendo en el caso de un psicópata que parece repetir modus operandi. Las pesquisas de los policías parecen indicar que el asesino es alguien joven que entabla contacto con ancianas que viven solas en el centro de Madrid y cuando alcanza su confianza las fuerza y mata de manera especialmente cruel. La JMJ sirve como excusa para que los crímenes no aparezcan en los medios, bastantes problemas tienen las autoridades con mantener el orden público ante la avalancha de peregrinos. Ese apagón informativo da alas al asesino para actuar más a menudo y para ser más atrevido.
Madrid es el gran plató de la película. “Que Dios nos perdone” nos lleva tangencialmente al barrio de Salamanca, distrito que tendrá su importancia en el transcurso de la investigación pero donde el depredador no mata, porque las ancianas van todas acompañadas por cuidadoras, la vejez en época neoliberal es muy distinta según la fortuna que se posea. Pero es el centro de Madrid el verdadero escenario de la película. Allí esas mujeres viven solas, desprotegidas, habitando enormes pisos que se han quedado viejos, incómodos y anticuados, feas ratoneras de donde no se puede escapar. La ambientación, muy cuidada y con afán de realismo, consigue unos escenarios opresivos, sucios, en definitiva crueles, como cruel resulta Madrid para muchos de los que la habitan. La película recrea una ciudad áspera, sin posibilidad de redención.
Una gran baza de la película es la interpretación. Los dos protagonistas principales de la película son los inspectores Velarde (Antonio de la Torre) y Alfaro (Roberto Álamo), sobre cuyos hombros recae una investigación que todo el mundo quiere quitarse de encima. Ellos deben ser los encargados de dar caza al asesino para evitar que siga matando. Soberbios los dos actores que interpretan a unos personajes que a la vez rezuman violencia. Velarde, un ser hermético, tartamudo, solitario, con dificultades para la comunicación, poco agraciado y Alfaro, de genio explosivo, charlatán, chuleta y peleón tampoco sabrán dominar sus impulsos en su desastrosa vida personal. El límite que separa lo correcto de lo despreciable es en ocasiones demasiado delgado. La violencia de la profesión acaba manchando a los que llevan la placa. No podemos dejar de mencionar a un irreconocible Javier Pereira que consigue una escalofriante caracterización en el papel de asesino. Construye un personaje verdaderamente inquietante, muy alejado de su físico y de anteriores papeles suyos; yo misma  descubrí que era él por casualidad en Twitter días después de ver la película. La torrencial interpretación de Álamo y de la Torre tal vez han hecho, de manera injusta, que la interpretación de Pereira haya sido menos destacada. Como dato, señalar que Javier recibió en 2014 el Goya al “Mejor actor revelación”, por su trabajo en la película “Stockholm”, de Rodrigo Sorogoyen, director de esta “Que Dios nos perdone”.
Film incómodo y desasosegante con un potente guion, que recibió el Premio del Jurado al Mejor Guion en el último Festival de Cine de San Sebastián, firmado por el director Rodrigo Sorogoyen e Isabel Peña. Si en la primera parte de la película el punto de vista narrativo es el de los inspectores, en su última mitad los espectadores conocemos quién es el asesino pasando la narración a vertebrarse en torno a él.
La violencia se impondrá también en un final sin esperanza. “Que Dios nos perdone”.
Foto: Moviementarios, Vicky Carras