“Atardecer en Waterloo”, un libro de Iñaki García y Manuel Recio. Kinkeando (I)

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“The Kinks: Costumbrismo británico con orgullo de clase” (Onoffree)
Durante varias semanas he tenido el placer de devorar “Atardecer en Waterloo” la biografía sobre The Kinks escrita por Iñaki García y Manuel Recio y publicada por la Editorial Silex. Gracias al titánico esfuerzo de los autores por levantar esta obra enorme y definitiva sobre la banda de los hermanos Davies he cantado, he reído y he llorado siguiendo sus peripecias.
Dos hermanos inquietantes. Los pequeños de la casa, nacidos tras varias hermanas que les llevaban bastantes años. Ray se sentía “viejo” siendo aún un veinteañero y tenía una capacidad increíble para escribir canciones que eran pura poesía. Dominaba la melodía como tal vez ningún otro músico inglés de la época. Dave, tres años menor, bebedor y juerguista, era un gamberro redomado a la altura de Keith Moon o Brian Jones. Tenía un gran talento con la guitarra y fue capaz de componer algunas joyas a pesar de competir con un músico de la talla de su hermano. Se adelantó al hard rock con algunos de sus solos de guitarra en los sesenta. Los dos hermanos se odiaron con saña, no se ayudaron ni tuvieron piedad en sus críticas hacia el otro. The Kinks siempre reivindicaron el orgullo de clase. A la más británica de las bandas de la “invasión inglesa” sus compatriotas también le dieron la espalda en ocasiones por considerarles demasiado americanos. Una pura contradicción. Salvajes, sus discusiones en los estudios e incluso en conciertos, con insultos y puñetazos incluidos, forman parte de lo más bestia del anecdotario rock. Capaces de lo peor y lo mejor, se hundieron y resucitaron varias veces. Cambiaron de formación en demasiadas ocasiones. Apenas conocieron la placidez o la estabilidad. Por todo ello y por mucho más, la carrera de los Kinks es pura dinamita. La lectura de la cariñosa y extensa revisión de la banda realizada por Manuel e Iñaki me han llevado como lectora a vivir un auténtico síndrome de Stendhal o un “kinkope”, como me dicen en redes sociales.
The Kinks siempre estuvieron a la sombra de los Beatles, los Rolling o los Who, sin embargo en los últimos años se ha empezado a reconocer la verdadera dimensión de la banda. A esa “revisitación Kinki” contribuye “Atardecer en Waterloo”, un libro que está por encima de todo muy bien escrito. Los autores no se dejan llevar por su evidente amor por la banda y en ningún momento la ingente cantidad de datos, anécdotas, grabaciones, discos, conciertos y canciones se come la impecable narración, escrita con “mano de hierro y guante de seda”.
Nacidos en los suburbios del norte de Londres, Ray disfrutó de tres años en los que fue el auténtico príncipe de una familia obrera. Sus cinco hermanas, ya mayores, mimaron a aquel niño tan deseado. Todo se vendría abajo con la llegada del último hijo, otro varón al que llamaron Dave. Así empezó una rivalidad que forma parte de la leyenda del rock.
El paso de Ray por la escuela de arte tuvo mucha importancia en su obra posterior. “Convertir lo volátil y lo cercano en arte acabaría siendo una de las señas de identidad de Ray Davies”. En la escuela se interesó por el cine y en concreto por el realismo social y los angry young men, que triunfaban entonces en la literatura y cuyas obras fueron llevadas a la gran pantalla. Formaron parte de esa generación de jóvenes de clase trabajadora rabiosos porque el sistema no les daba ninguna oportunidad y esa conciencia de clase nunca abandonaría a la banda. En la época de la escuela de arte Ray empezó a interesarse por el blues, aunque la música siempre había estado muy presente en la casa familiar.
Aparte de las rivalidades entre hermanos y las explosivas relaciones que condicionaban la estabilidad del grupo, otro de los grandes problemas con los que tuvieron que enfrentarse los Kinks fueron los años en que no pudieron tocar en EEUU, los diferentes managers y productores que marcaron su carrera hasta que Ray se hizo con los mandos y el complejo entramado legal creado alrededor de sus canciones.
La pelea de Ray con un tipo que más tarde se supo que pertenecía al sindicato de músicos, se saldó con cuatro años sin poder tocar en EEUU. Aquella desgraciada gira de 1965 fue resumida por Ray con las siguientes palabras: “engominados conductores de limusina italianos, rabia, furia, una pistola en cada guantera, problemas con los sindicatos, demandas”. Los americanos les provocaban preguntándoles si eran chicos o chicas y pretendían sacarles de quicio llamándoles comunistas. Así se produjo el veto a los Kinks en EEUU hasta 1969, coincidiendo con la época de gran triunfo de los grupos británicos. Muchos de ellos realizaron giras tremendamente exitosas y que reportaban mucho dinero, como sucedió con los Who. Sin embargo los Kinks se perdieron las giras, el “verano del amor” y Woodstock. Un desastre que fue una mezcla de “mal management, mala suerte y mala conducta”, reflexionarían.
Aquella hecatombe a nivel comercial supuso la introspección de Ray hacia lo inglés. “La vida de barrio es y siempre será una de las mayores influencias en mis composiciones”, afirmaba. Y es que la fama y el éxito jamás borraron “su orgullo de clase obrera”. El agudo observador que siempre fue Ray introducía en sus canciones elementos de ironía y crítica social, mostrando los puntos débiles del sistema de clases inglés.
La banda, oficialmente en activo entre 1964 y 1996, pasó por diferentes etapas y formaciones, siempre liderados por el incombustible Ray Davies. Comenzaron su carrera como uno de aquellos grupos beat que protagonizaron el Swinging London y la llamada invasión británica. Sin embargo, siempre diferentes, los Kinks fueron a su aire, como un grupo con conciencia de clase, situado en los márgenes, fuera de lo que marcaba la norma. Precursores, introdujeron toques de music hall desde sus primeros discos, fueron los primeros en explorar los sonidos hindúes, los americanos les consideraban demasiado británicos pero en los 70 sacaron el disco “Muswell Hillbillies”, que reflexionaba sobre la pobreza de la clase obrera inglesa y la destrucción de los barrios del norte de Londres, con un sonido muy “americano”.
Una de las cimas de la carrera de los Kinks fue el disco conceptual “The Village Green Preservation Society” que además fue el último grabado por la formación original. Pete Quaife, compañero de escuela, abandonó The Kinks tras la grabación. Se incorporó como bajista John Dalton, cuyo carácter afable y su compromiso ayudaron a que se recuperara el espíritu de grupo. “The Village Green Preservation Society”, un álbum enorme que ha ido ganado prestigio y adeptos con el paso de los años, tuvo que competir en su salida con gigantes como el “White Album” de los Beatles o el “Beggars Banquet” de los Rolling Stones. En un momento en que estaban de moda el ácido, la psicodelia y se imponía el lema “paz y amor”, los Kinks cantaban a “la cerveza de barril, las amistades perdidas, motoristas, brujas malvadas y gatos voladores”, en palabras de Ray. Pero los Kinks tenían una ventaja sobre sus contemporáneos, ellos eran libres, “teníamos derecho a fracasar”. “Fracasamos pero intentamos algo realmente radical”, decía Ray. El disco pinchó en ventas pero recibió muy buenas críticas.
Sin menospreciar la figura de Dave, los Kinks son el gran proyecto vital y profesional de Ray Davies, alma mater del grupo. Una persona muy complicada que “Era incapaz de relajarse, su mente estaba funcionando siempre. Estaba inmerso en sus asuntos la mayor parte del tiempo. Era un solitario”. Tras pasar por las manos de varios managers, hacia mediados de los 60 Ray empezó a intervenir cada vez más en la producción de sus discos. Una muestra es la canción “Waterloo Sunset”, donde prescindió de Shel Talmy, su productor hasta esa fecha, quien no renovaría su contrato con los Kinks. A medida que fue ganando control y poder Ray se fue sintiendo cada vez más más solo. Su figura emerge en el libro como la de un hombre con carácter complicado, torturado en muchos momentos de su vida, pero que conseguía salir siempre a flote gracias a la música y a los Kinks, su proyecto personal desde su juventud. Sus canciones han sido además reflejo de muchas de las situaciones y sensaciones de más de cincuenta años de su vida.
Ray Davies hizo pasar a The Kinks a lo largo de su extensa carrera por diferentes etapas y estilos. La que confieso que me resulta más extraña es la de principios de los 70. Ray añadió una sección de viento y coristas, mientras que él empezaba a dar sus primeros pasos como showman, llevando a la banda por esa etapa conceptual durante varios discos. Realizaban actuaciones en recintos reducidos, con formato de teatro musical y utilizaban disfraces. El grupo se había ampliado pero los otros Kinks no estaban muy contentos con estos cambios. Los hermanos Davies pasaban en aquella época por malos momentos personales. Dave tocó fondo, empezó a escuchar voces y a padecer graves desórdenes psíquicos. La primera esposa de Ray, Rasa, le abandonó por entonces llevándose a sus dos hijas. Ray cayó en el alcohol y en una grave depresión. Sus canciones describían su vida y al mismo tiempo “erosionaban su alma”, como “Acute schizophrenia paranoia blues”. La respuesta a tantos vaivenes fue seguir haciendo música, “Cuando siente que el mundo se desmorona sube el volumen de su equipo de música al máximo”. Aquella etapa sí pasó factura a su popularidad, con discos y actuaciones que no eran del gusto de los miembros del grupo y que tampoco fueron entendidos por la mayoría del público. La vuelta a los sonidos rockeros fue recompensada con mayores éxitos.
Durante su dilatada carrera The Kinks recalaron en diferentes discográficas de los dos lados del charco con desigual fortuna. Debutaron en la inglesa Pye Records, donde estuvieron entre 1964 y 1970 y en la que editaron discos enormes como el conceptual “The Kinks Are the Village Green Preservation Society”, aunque en aquella discográfica siempre les consideraron como “un grupo de singles”. Entre 1971 y 1976 fueron artistas de la estadounidense RCA, donde pasaron la etapa conceptual. En 1977 fichan por Arista y regresan al rock, publicando en 1983 “State of Confusion”, con la que consiguieron el que tal vez fue su último gran éxito, la deliciosa “Come Dancing”. Abandonaron la compañía en 1984 y entre 1986 y 1989 editaron un par de discos con MCA Records. “Phobia”, publicado en 1993 con Columbia, fue su último álbum de estudio. Tres años después, en 1996, la banda se separaba.
La vida personal de los Davies también ocupa su espacio en “Atardecer en Waterloo”. Sin caer en ningún momento en chismes, Manuel e Iñaki incorporan detalles de la vida privada de los hermanos, profundamente marcados desde su infancia por las mujeres. Primero por su madre, una de aquellas heroínas de posguerra que tuvo que sacar adelante a una enorme familia, y por sus hermanas mayores, siempre presentes en la vida de ambos. Ray se casó muy joven y su primera mujer, Rasa, hizo los coros de los grandes éxitos de la banda en los sesenta (escuchad por ejemplo la preciosa segunda voz de “Death of a clown”). A Rasa le dedicó la canción “Sweet Lady Genevieve” del disco conceptual “Preservation Act 1”, en lo que se dice que fue un intento de reconciliarse con ella. La relación más mediática de Ray fue la que mantuvo con Chrissie Hynde, líder de los Pretenders y fan de los Kinks desde su juventud. Para la historia quedaron sus airadas peleas y las dos versiones de los Kinks que grabaron Pretenders, “Stop Your Sobbing” y “I go to sleep”. Dave se vio marcado por el hecho de haber dejado embarazada en el colegio a su novia adolescente, Sue. Las familias los separaron y no le contaron que era padre de una niña. No se reencontraría con ambas hasta décadas después. Aquella historia tuvo un fuerte impacto en Dave, inspirando varias canciones como “Funny Face” o “Suzannah's Still Alive”.
Este libro enorme finaliza con un exhaustivo trabajo sobre las visitas a España de los Kinks y de Ray en solitario. Desde los primeros y lejanos conciertos en la sala Yulia de Madrid en julio de 1966, para los que los autores han conseguido interesantes testimonios y gran cantidad de fotos, algunas inéditas, hasta la exitosa gira por España y Portugal de 1986. En aquella visita tocaron gratis en el Rockódromo de Madrid, y pasaron por Cascaes, Sevilla, Barcelona, Gijón y San Sebastián. Ray ha vuelto en ocasiones en solitario a nuestro país, la última en San Sebastián en julio de 2014. “Atardecer en Waterloo” finaliza con la discografía completa del grupo comentada por el periodista musical Luis Lapuente, experto en The Kinks.
Por suerte los Kinks siguen en el candelero. En 2018, mi año de lectura de “Atardecer en Waterloo”, su maravilloso álbum “The “Village Green Preservation Society” ha cumplido 50 años y se ha celebrado con una edición especial con entrevistas, remasterizaciones, mezclas alternativas y un libro, además de publicar una canción inédita, “Time Song”. A esto se unen rumores de la vuelta a los escenarios de los hermanos Davies. ¿Tendré aún oportunidad de ver en directo a los fabulosos Kinks?



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