“Una habitación en Lavapiés” de Maya Vinuesa. La importancia de un proyecto propio

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*Foto: Clara Obligado Escritura Creativa
(28/01/2018) Una primera novela es algo muy serio. Cuando vi en redes sociales que Maya Vinuesa publicaba un libro me alegré mucho por ella. Una portada naif, colorista y atractiva, a cargo del diseñador gráfico Andrés Marquínez Casas, acabó de decidirme a leer su novela, “Una habitación en Lavapiés” de la traductora y escritora Maya Vinuesa. Publicar el primer libro es algo tremendamente emocionante para los autores y Maya ha conseguido hacerlo realidad gracias a Canalla Ediciones, una editorial independiente y underground, que ha apostado por esta novela “urbana y contemporánea”, como la define Inés Pradilla, su editora. Te sienta bien el color amarillo, dice uno de los personajes de la novela a Isabel, la protagonista. Y de amarillo se vistió Maya para la presentación de su obra el pasado viernes 26 de enero en la librería Cervantes y Cía  (Calle del Pez, 27).
Maya, integrante del Taller de Escritura Creativa de Clara Obligado, confiesa que su participación en el taller le ha dado un impulso decisivo para tomarse más en serio la escritura. El resultado ha sido esta amena novela, que aborda con frescura un viaje hacia la identidad, y se divide en dos partes, que transcurren a su vez en dos escenarios. La primera parte, narrada en tercera persona, sucede en el barrio madrileño de Lavapiés, e incluye un breve viaje al Bierzo que sirve de introducción al diario de la tía abuela Dora. La segunda parte transcurre en Londres y está narrada en primera persona.
La novela de Maya está repleta de hedonismo, placer, comida, bebida, olores, sexo, como señala la escritora Isabel Cienfuegos, encargada de la presentación de la novela. La autora explica que se trata de una historia de iniciación, del momento en que se abandona la casa de los padres. “Esa evolución que tiene lugar en la veintena, desde la educación culposa a una vida más libre y responsable”. Otra evolución que sufre Isabel, la protagonista, es pasar del deseo de ser mirada a la búsqueda de su propia identidad, a través de un personaje del pasado en el que halla la respuesta que la lleva a encontrarse a sí misma.
En la novela se abordan diferentes temas, la multiculturalidad, el amor interracial, la mujer, la importancia de tener un proyecto de vida propio, el viaje interior, la libertad, la creación. Isabel Cienfuegos destaca que la novela aborda todos estos temas, profundos, desde la anécdota y la vivencia. Así el libro, muy entretenido, se lee en un suspiro.
En efecto, en “Una habitación en Lavapiés” la multiculturalidad ocupa un lugar destacado. Una palabra que “viene de la sociología” y que como reflexiona Maya, “impone”. Prefiere hablar de “convivencia”, hay amor pero también hay conflicto. El barrio de Lavapiés, en el corazón de Madrid, tiene una tradición histórica de acoger a gente, antiguamente de otros barrios y de otras provincias. A partir de los noventa se amplió la acogida a gente de otros países, que comenzaron a habitar el barrio. En la actualidad muchos de ellos han tenido hijos que han nacido en Madrid,  las llamadas segundas generaciones. El libro recoge la revolución cultural que se gestó en Madrid en los años 90, y que Maya vivió en primera persona como vecina de Lavapiés. Es interesante la mirada que aparece cuando la protagonista viaja a Inglaterra, allí es vista como “mediterránea” y concebida como una blanca “de tercera”.
“África sólo pide que lo dejemos en paz y celebremos su belleza”. África es una presencia constante en la novela: los vecinos africanos de Lavapiés, el novio guineano de la tía abuela Dora, o la escritora ghanesa que resulta determinante para la protagonista. En el libro Maya tira de un hilo muy interesante, y que yo desconocía, los fernandinos, un grupo social de la Guinea Española que vivió en Fernando Poo, de ascendencia de Sierra Leona y Nigeria, eran peones en las plantaciones de cacao. Sus descendientes formaron una burguesía culta de terratenientes y comerciantes, constituyendo un grupo étnico diferenciado, con apellidos ingleses en muchos casos, y con un dialecto propio, el pichinglis. El personaje fernandino, Eduardo, supone una vuelta de tuerca a la visión colonial eurocentrista. En este caso el habitante de la colonia es culto, tiene dinero y viene a España a estudiar Derecho. Sin embargo, en la España de los 50 no estaba bien vista una élite entre los “nativos” y tampoco las relaciones interraciales. La novela aborda un tema tan escasamente tratado como es el colonialismo español en África, en concreto en Guinea Ecuatorial, la que fuera provincia española a partir de 1958 junto con el Sahara Occidental.
Maya dirige su mirada hacia mujeres de otras épocas, mujeres que han marcado el camino pero siempre han estado relegadas en los márgenes. Ahora es el momento de descubrirlas después de haber pasado desapercibidas tantos años. También mira a esas mujeres a las que se tachaba de “locas” cuando decidían vivir libres y salirse de la norma establecida. Como le ocurre en la novela a la tía abuela Dora.
De la mano de una mujer africana, Isabel aprenderá que la identidad pasa por tener un proyecto propio. El personaje que abre los ojos a la protagonista es una intelectual africana que conoce en Londres y que le descubre a Ama Ata Aidoo, escritora y activista por la independencia de Ghana, de la que se ha declarado admiradora la conocida escritora Chimamanda Ngozi Adichie. Hija, hazte un favor a ti misma: piensa en lo que quieres hacer y lucha por ello, le dice. Maya confiesa que la escritura de ese episodio le resultó especialmente grata, en la que “una intelectual africana le pregunta por su proyecto personal”. Así culmina un viaje interior que la desequilibra pero que a la vez la hará encontrarse a sí misma, Tú también emprendiste un viaje y perdiste el juicio, como debe ser en todo trayecto significativo. Pero no estás loca, le dice uno de los personajes. Romper el estereotipo de recurrir a la locura para etiquetar a la mujer que quiere volar libre.
Su trabajo de traductora se refleja en el libro. La protagonista también lo es. Traduce mediocres libros de viajes en una editorial no demasiado conocida y cae en la tentación de “adornar” los textos que traduce con párrafos de su entera cosecha. Así introduce el interesante tema de la tergiversación en la traducción. Maya confiesa que esto sucede “aunque todo tiene un límite”. Y es que “la traducción tiene una parte de creación”. Como ejemplo, la famosa y ardua traducción al inglés de “Las mil y una noches” por parte del capitán Richard Francis Burton, llena de controversia y añadidos.
La maestra de Maya, la escritora Clara Obligado, destacó durante la presentación tres de los epígrafes que inician los distintos capítulos de la novela. Precisamente una de las citas que más me llamaron la atención leyendo el libro es una de las leídas por Clara: “Las cosas que sueñas se cumplen a veces. Y las sobrevives” (Zhivka Baltadzhieva, poeta búlgara residente en Madrid). Porque a veces lo imaginado acaba siendo real. Un honor haber compartido con Maya el nacimiento de su primera novela.



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Dos símbolos de Gdeim Izik

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(25/01/2018) El anciano Deida Uld Yazid cuya edad se pierde en la larga noche de la memoria beduina. Nayem Elgarhi, 14 años. Varias generaciones les separaban. ¿Qué supone el año de nacimiento cuando se trata de defender la dignidad y el derecho de un pueblo a existir? Deida y Nayem. Los dos, saharauis de El Aaiún ocupado. Los dos, tan diferentes pero tan iguales, decidieron abandonar la espera y pasar a la acción directa. Formaron parte de aquella marea en la que miles de saharauis denunciaron al unísono su situación frente a la comunidad internacional.
Deida y Nayem dejaron su no existencia cotidiana en la ciudad ocupada, superaron la rabia y el hastío para renovar las ansias de lucha contra la opresión marroquí. Deida, anciano y Nayem, casi un niño… Varias generaciones les separaban pero eso no significa nada. En sus ojos se adivinaba la misma llama, la ilusión de unir al fin a todos los saharauis en su tierra independiente y libre. Los cansados ojos de Deida seguían esperando con curiosidad y optimismo lo que estuviera por venir. A los ojos de Nayem, curiosos y un poco asustados, les quedaba ya tan poco tiempo…
Deida y Nayem, dos símbolos de Gdeim Izik. Dos actitudes, dos decisiones, dos esperanzas, dos certezas. El presente encarnado en un viejito sabio y el pasado retenido en un niño que ya no será.
El anciano saludaba a la victoria, cercado por los esbirros marroquíes. El niño sólo quería probar junto a sus compañeros el sabor de sentirse libre en su propia tierra.
El mal se llevó a Nayem. Un golpe de brutalidad en forma de balas que condenó a no ser a un niño con toda la vida por delante. El transcurrir de los años nos arrebató a Deida.
Dos símbolos que iluminarán siempre al pueblo saharaui. Un niño eterno y un viejito luminoso y libre.
A la memoria de Deida Uld Yazid, fallecido el 24 de enero de 2018 y Nayem Elgarhi, asesinado el 24 de octubre de 2010.

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“Londres, ciudad okupada” de Richard Dudanski. Historia del rock, huyendo de la mitomanía

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(20/01/2018) Hace unos meses me avisaban desde la editorial Libros.com (donde edité Sin pedir permiso) que iniciaban el crowdfunding de “Londres, ciudad okupada”, la traducción al español de “Squat city rocks”, un libro de memorias que recoge la fructífera vida de Richard Dudanski un músico que ha tenido la suerte o el buen tino de formar parte de una cantidad increíble de historias que hacen suspirar a seguidores del rock de todo el mundo. La librería Molar en La Latina, que se encontraba a reventar, acogió la presentación del libro la tarde del jueves 18 de enero.
Richard Nother, su verdadero nombre, conoció a Joe Strummer cuando aún era Woody, un joven con quien compartió varias casas okupadas en el centro de Londres y banda, los 101ers, en referencia a una de las casas donde vivieron. Richard conservaría una estrecha amistad con el líder de The Clash hasta su muerte, aunque con un periodo de dos años de “disgusto” que coincidió con el vertiginoso despegue de “the only band that matters”. Richard se toma su historia con la pasmosa tranquilidad de quien sabe que lo que está contando son sus propias vivencias, sin trampa ni cartón, dejando incluso escapar una ligera incomodidad en algunos momentos en los que sube la idealización. Pero, como afirma Servando, “parte del juego de la cultura pop es engrandecer esa mitomanía”. Y no es fácil resistirse a ello.
El título de libro hace alusión a los años que Richard vivió como okupa en Londres, explicado en la primera mitad del libro. En 1973, cuando Richard empezó a okupar, existían muchas viviendas vacías en Londres, destrozadas de manera intencionada por las autoridades para que no fueran habitadas. “Vivíamos dentro de una cierta organización, haciendo nuestros proyectos artísticos. Pero nos encontrábamos con problemas con la policía y el Ayuntamiento”, recuerda Richard.
Dudanski y Strummer formaron parte los 101ers, banda en la que empezaron haciendo versiones de clásicos del rock, aunque luego firmarían sus propias canciones. En un momento en que el panorama musical “estaba estancado”, los 101ers se vieron inscritos en el fenómeno que se denominó pub rock, encajado entre el glam y el punk, se les consideró una community band. “Teníamos bastante sentido de formar comunidad. Todo ello respondía a nuestra necesidad de compartir”, explica Richard. Dr. Feelgod fue para ellos una inspiración. “Joe se inspiró para montar los 101ers viendo tocar a Wilko Johnson en los pubs”. Confiesa Richard que empezaron a tocar “sin pensar en lo que hacíamos, creo que porque no éramos capaces de hacer otra cosa”.
“Londres, ciudad okupada” es Richard Dudanski pero también es la artista Esperanza Romero, su compañera de vida desde hace más de cuarenta años y la autora de las ilustraciones del libro. Los dos estuvieron en el ojo del huracán de lo que fueron los inicios del punk británico, trataron a todas las luminarias de aquella escena y acumulan decenas de anécdotas. Esperanza es hermana de Paloma, pareja de Strummer en los años de las okupas y batería de The Slits y de las Raincoats, bautizada como Palmolive por el bajista de los Clash, Paul Simonon. Resulta una delicia escuchar de la boca de un Richard que trata de sacudirse las alabanzas mitómanas, su pelea con Steve Jones de los Sex Pistols la noche de la primera actuación de The Clash que vio rebotado y bebido; su amistad con un joven Lemmy Kilmister; la historia de la última felicitación navideña que recibieron de Joe dos días antes de su repentino fallecimiento o la última vez que le vieron, en la celebración de su 50 cumpleaños.
Servando Rocha inscribe el libro de Richard dentro del auge de literatura rock que se está viviendo en los últimos años, aunque muchos de estos libros sean “autorreferenciales y laudatorios”. No es el caso de “Londres, ciudad okupada”, libro que define como apasionado, lleno de aventuras y “tremendamente honesto”. Como honesta es su forma de hablar sobre su relación ambivalente con el punk, un movimiento que considera positivo por la revolución musical y social que supuso. “Pero sus formas no me convencieron porque fue muy controlado y manipulado por los managers”, en referencia a Malcolm McLaren de Sex Pistols y Bernie Rhodes de The Clash.
No podía dejar de contar Richard el delicado momento en que Joe Strummer dejó los 101ers. “Nuestra relación era muy cercana, era mi mejor amigo y lo perdí, también a mi grupo”. Richard explica que Joe cambió mucho durante los dos primeros años de la formación de The Clash, vivió una lucha contra su propio personaje. “Para él fue complicado, se había lanzado al 100% y después de dos años extenuantes”. Luego todo empezó a calmarse, incluso en 1980 grabamos el disco de los 101ers, que sacamos en un sello creado por nosotros, Andalucía Records.
Más allá de los 101ers, grupo al que considero que Richard guarda un mayor cariño, Dudanski fue durante un tiempo batería de conocidas bandas como The Raincoats, banda de chicas reivindicada en los años 90 por Kurt Cobain. “No tenían batería y me uní a ellas durante su primera etapa. Nos llevábamos muy bien y disfrutaba mucho con ellas”, aunque el final de su relación no fuera precisamente agradable. Dudanski también tocó en un álbum de PiL (Public Image Ltd), la banda que montó John Lydon, quien fue líder de los Sex Pistols, otro músico que luchaba “contra su propio personaje”. Lo define como “un hombre muy inteligente, independiente, que hacía música interesante”. John también intentaba recuperar su propia identidad, “se hartó de la dominación de Malcolm McLaren”, concluye Richard. Brasil.
Dudanski es mucho más que rock. Recuerda su relación de aquellos años con la música española a través de los discos de Paco Ibañez y de flamenco que llevaron Paloma y Esperanza a Inglaterra y que fue el primer contacto de Strummer con España. Pero además el autor es amante de la música clásica y de la música negra, reggae, blues, jazz, y de la entonces incipiente world music. Con el dinero ganado en PiL, Esperanza y Richard se marcharon nueve meses a Brasil, un país que le fascinaba desde niño, y que ocupa un interesante espacio en el libro. En esa época tan anterior a Internet el autor buscaba libros de antropología en la biblioteca para conocer sobre la cultura y la música brasileñas.
Podríamos pasar horas escuchando a esta deliciosa pareja, que forma parte de la historia de la música con mayúsculas. Y no sólo por lo vivido hace décadas, ellos no son pasado, son presente ya que, como recuerda Servando, Dudanski compagina en la actualidad tres proyectos musicales. La clave de la autenticidad que rebosa Richard la tiene Antonio, chileno, uno de sus compañeros en aquellas okupas a inicios de los 70. “Nunca se ha inventado un personaje, Richard ha sido una persona”.



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#Hzlqdbs 2017 Resumen de un año intenso

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03/04/2017. “Del color de la leche” de Nell Leyshon. Un libro hermoso, brutal y necesario http://hazloquedebas.blogspot.com.es/2017/04/el-color-de-la-leche-de-nell-leyshon-un.html
15/09/2017. Eres vieja

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#Cocina Menú de Reyes 2018

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(11/01/2018) La comida del Día de Reyes es la celebración de Navidad que hacemos en nuestra casa. Para mí supone el momento de experimentar, de hacer platos diferentes y más elaborados que los que cocino habitualmente, aunque siempre dentro de la sencillez, porque no soy ni mucho menos una experta cocinera. Al inicio de las fiestas empiezo a pensar en lo que voy a preparar y a buscar recetas. Este año, el que ya se va convirtiendo en tradicional artículo de la murciana Amor González y su Casa Taller Birdie en la revista Vogue, me dio varias ideas. Quería que este año el plato principal fuera cerdo, y finalmente me decidí a prepararlo con cerveza negra y mostaza, idea basada en la receta de una de sus cenas clandestinas, el pastel de estofado de cabeza de lomo con cerveza negra y mostaza antigua.
Uno de los entrantes ha sido el paté de alcachofas del artículo con recetas navideñas de Casa Taller Birdie en la revista Vogue. Compré seis estupendas alcachofas, ahora estamos en plena temporada, aunque finalmente cocí cuatro, he dejado dos para otro plato. A las alcachofas hay que quitarles las hojas duras y pelar el tallo. Recomendable irlas echando en una fuente de agua con limón porque se quedan negras enseguida. Poner a calentar agua con sal en una cacerola y, cuando el agua está hirviendo, echar las alcachofas. Retirarlas cuando estén tiernas. Luego pasarlas por la batidora con sal, pimienta, aceite de oliva, hojas de albahaca fresca, ralladura de limón y ajo. Amor asa en el horno el ajo. Así lo hice yo también con una cabeza de ajos asada. Usé tres dientes para el paté porque personalmente me da miedo pasarme pero la cantidad debe estar al gusto de quien la prepara. De esta forma el ajo queda con un sabor diferente, suave y con un cierto toque ahumado. El paté no me ha resultado sencillo de preparar. Las alcachofas tienen hebras, mi batidora es de vaso y le costaba batir, recomiendo ir quitando los restos que se quedan entre las cuchillas. Fui pasando después por el chino el “puré” de alcachofa para eliminar las molestas hebras. El resultado es fresco, con una textura y un sabor natural y muy rico. He separado el paté en dos recipientes, uno lo he servido con lascas de queso parmesano y el otro lo he decorado con una hoja de albahaca. Un plato trabajoso, pero el resultado ha merecido la pena.
Este año he repetido la ensalada de perdiz escabechada (lata de Lidl Deluxe) con escarola. En esta ocasión cambiando la composición de la vinagreta, hecha con zumo de naranja, al que he añadido aceite de oliva y mostaza. No le he puesto nada más a la ensalada. Atención al zumo de naranja para las ensaladas, aporta frescura y menos acidez. Como anécdota, se nos rompió el abrelatas y tuvieron que veniral rescate mis padres trayendo uno de su casa.
Para el plato principal he preparado lomo de cerdo con cerveza negra y mostaza antigua. Compré un lomo de cerdo en la carnicería, limpio de grasa. Metí la pieza entera en una cacerola grande, con aceite, lo fui dorando poco a poco a fuego no muy fuerte durante un rato, con la tapadera puesta porque salta bastante y para que se fuera haciendo también por dentro. Una vez dorado, hay que sacar la pieza de carne en una fuente y añadir la verdura en el aceite donde el lomo ha soltado su jugo. Para mi versión del lomo de cerdo he puesto cebolla y media, dos zanahorias, un boniato pequeño y varios trozos de calabaza, predominio de las verduras de color naranja como podéis ver. He dorado la verdura despacio y, cuando estaba melosa he devuelto la pieza de cerdo a la cacerola, lo he tenido un rato con las verduras, dándole la vuelta y finalmente he añadido la cerveza negra (una botella de Guinnes) y dos cucharadas de mostaza antigua. A partir de ahí cocer a fuego suave con la tapadera puesta hasta que pinchéis y veáis que la carne está bien tierna. Atención al amargor de la cerveza negra, probad la salsa para ver qué punto os gusta, yo he añadido unas cucharaditas de azúcar moreno para rebajarla pero eso depende del gusto de cada uno. En mi caso he preparado la carne la noche antes para que cogiera más sabor. Por la mañana he sacado el lomo y lo he cortado en trozos anchos, de nuevo cada uno puede hacerlo a su gusto. Luego sólo hay que incorporar las rodajas a la salsa y calentarlas para servir. En mi caso no he pasado la salsa por el chino, se puede comer con los trozos de verdura a la vista o pasarla para que quede una salsa más fina. A gusto del consumidor. Es un plato riquísimo, y que sale muy bien de precio.
Como plato alternativo he preparado unos contramuslos de pollo con curry y limón. Lo he guisado con cebolla, zanahoria, pimiento rojo y calabacín cortados en tiras. Frío bien el pollo especiado con curry y con la cebolla, le añado las verduras y después bajo el fuego. Echo el zumo de medio limón y dejo que termine de hacerse la carne despacio en la cacerola que uso para esta receta, baja y de tapa con agujero. Así, el pollo se acaba de hacer en su jugo y queda muy rico.
He acompañado los dos platos con patatas panadera a las que he dado un toque de romero.
De postre hemos tenido roscón con nata, comprado en pastelería, porque no me atrevo aún a hacerlo en casa, bombones y una selección de frutos secos y deshidratados Barberá, bañados con diferentes chocolates.
Si la inspiración para estos platos han sido las recetas de Amor González, no quiero dejar de mencionar a Isabella Bo, que es quien se encarga de la ropa de mesa, la vajilla y la decoración. Yo no tengo mano para poner una mesa bonita, ni dinero para comprar buenas vajillas, copas o manteles, ni sitio donde guardarlos pero no dejo de admirar las preciosas mesas que monta Isabella. En mi caso he usado velas de estrella, mantel y servilletas de papel de Mercadona, vajilla de Ikea y copas regalo de mi tío Miguel. En todo caso buen provecho y espero que os animéis a probar estas recetas fáciles y deliciosas.


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“París puede esperar”, una delicia ligera de Eleanor Coppola

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(07/01/2018) Un viaje de vuelta de vacaciones en tren nos ofreció la ocasión de disfrutar de una bonita película, en el más amplio sentido de la palabra, que en su día se nos escapó. Estoy hablando de “París puede esperar”. Cuando la anunciaron por megafonía busqué información en internet, para ver si merecía la pena pasar viéndola una parte del viaje. Me encontré con que estaba protagonizada por la gran Diane Lane, un aliciente añadido a una película sobre un viaje en carretera, repleta de buen vino y buena comida, como contaban los comentarios que leí por encima. Un film que además cuenta con la sorpresa de que su directora es alguien que sonará a los amantes del buen cine.
Ella es Eleanor Coppola (nacida Eleanor Jessie Neil en Los Ángeles, 1936), quien se ha pasado la vida siendo “esposa de”, en su caso el mítico director Francis Coppola. Por si esta losa no fuera lo bastante pesada, la exitosa carrera en el cine de su hija Sofia (Las vírgenes suicidas, Lost in Translation o María Antonieta) también la ha convertido en “madre de”. Y sin embargo Eleanor es una mujer inquieta que, a su actividad como artista plástica, une su labor como escritora y directora. Una muestra de su trabajo son sus libros “Notas sobre una vida” (editorial Circe), un diario en el que recoge sus recuerdos más íntimos y “Con el corazón en las tinieblas”, sobre el rodaje de Apocalypse now, pesadilla que también reflejó en un documental del mismo título “Hearts of darkness” (1991), ganador de un Emmy. A sus 81 años Eleanor ha debutado como directora de ficción con “París puede esperar”, una deliciosa comedia, con más que evidentes tintes autobiográficos, estrenada en 2017.
La historia que narra la película es de lo más sencilla. Una mujer se encuentra de viaje en Cannes acompañando a su marido, un exitoso productor de cine norteamericano que no la hace demasiado caso, siempre ocupado en su absorbente trabajo. Un inoportuno dolor de oídos, que la impide viajar en avión, es aprovechado por el socio francés de su esposo para invitarla a llevarla en coche hasta París. Lo que sigue es un viaje de placer y deleite, sin interferencias de trabajo, prisas o preocupaciones, repleto de diversión, lugares bellos, buena comida, mejor vino, humor y un cierto toque de chispeante romance. De la mano de su acompañante francés, la protagonista despertará al disfrute de los sentidos y encontrará una nueva pasión por la vida.
Y es que uno de los secretos de la vida es saber disfrutar en la medida de nuestras posibilidades, y esto lo refleja de manera acertada la directora en esta amable road movie. El sibarita Jacques, interpretado por Arnaud Viard, conduce a la bella Anne, a quien da vida Diane Lane, por las carreteras de Francia, en un destartalado y encantador coche, en un camino al que se enfrenta sin ninguna prisa y sí con toda la intención de disfrutar. Porque como afirma Jacques “conducir es la única manera de ver un país”. Pasarán por preciosos parajes, como los campos de lavanda de la Provenza o el Puente del Gard en Remoulins; visitarán el Museo de Miniaturas y Cine y el de los Tejidos (una de las pasiones de Anne) ambos en Lyon o la catedral de Vézelay en Borgoña. Por el camino pararán en cafés, bistrós y restaurantes, saborearán deliciosas carnes y pescados, beberán el mejor vino y disfrutarán de delicados dulces y chocolates (otra de las pasiones de la norteamericana). Así, lo que empieza como un viaje en el que se ve envuelta sin pretenderlo una Anne confundida y hasta cierto punto incómoda, se irá convirtiendo en un trayecto divertido, lleno de aprendizaje y gozo, un itinerario por los sentidos, que irá fotografiando la protagonista con su pequeña cámara de bolsillo. “Finjamos que no sabemos dónde vamos o ni siquiera dónde estamos”, dice Jacques en otro momento de la película. La simulación y el juego acompañan este viaje de placer.
Diane Lane, una vieja conocida de la familia Coppola, que trabajó con Francis en las míticas y ochenteras adaptaciones de las novelas juveniles de Sue E. Hinton “Rebeldes” y “Rumble Fish”, se convierte en la película en una especie de alter ego de Eleanor. Las melancólicas reflexiones de Anne sin duda tienen mucho ver con experiencias vividas por la directora, como su labor en la sombra para hacer más fácil la vida de su ocupado marido; su papel como madre y el síndrome del “nido vacío”; las probables infidelidades de su esposo… Pero cuando de verdad Anne se abre a su compañero de viaje, sucede al hablar sobre el fallecimiento de su hijo recién nacido, un trago amargo por el que también pasó Eleanor. Su hijo mayor, Gio, falleció con 22 años en un desgraciado accidente durante el rodaje de “Jardines de piedra” (1986), dirigida por su padre. “No puedes usar el dolor como escudo. Hay que celebrar su memoria, su presencia entre nosotros”, afirmaba la directora en una entrevista sobre aquella trágica pérdida.
La falta de visibilidad como creadora Eleanor Coppola es también el drama de tantas mujeres de generaciones pasadas, a quienes les tocó permanecer a la sombra de sus maridos, primando su rol de esposas y madres por encima de su capacidad, su trabajo y sus aspiraciones. Así lo contaba en una entrevista para el diario El Mundo en junio de 2017: “Las mujeres de mi generación fuimos educadas para ayudar a nuestros maridos y durante años ése fue mi trabajo. (…) Veo a mi hija Sofia y me doy cuenta de cómo han cambiado las cosas”.
“París puede esperar” ha recibido críticas por no tener “aspiraciones intelectuales”, resultar “ligera como un suflé” y no ser mucho más que un mero viaje de placer. Estos comentarios pueden tener su parte de razón, aunque no creo que las pretensiones de Eleanor al rodar la película hayan ido mucho más allá que reflejar de manera amable y sencilla una historia en torno a despertar a los placeres de la vida. Y eso sin duda lo consigue. Como curiosidad, se han creado itinerarios en revistas de viajes que reproducen los recorridos de Anne y Jacques en la película.
Y por favor, déjennos por una vez ser disfrutones y ligeros. Que también lo necesitamos.


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