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Taradenet. La lluvia compensará lo que haya destruido


Hay una lluvia que los saharauis llaman taradanet, muy esperada y bienvenida en la badia. Llueve menudo y despacio pero sin parar durante mucho tiempo. De esta forma la tierra se empapa, el agua no se pierde y fecunda suavemente la tierra. Esa lluvia dará lugar a verdes y crujientes pastos para los dromedarios, alimentará los pozos, refrescará el ambiente, traerá con suerte el terfas, la seta preferida de los saharauis, y despertará la vida que duerme en el desierto. Los nómadas surcarán con sus rebaños las inmensidades de la badia y la llenarán de jaimas.

Esa lluvia que es bendición en la badia trae la desgracia a la hamada. Taradanet en los campamentos reblandece los ladrillos de adobe, empapa despacio y a conciencia los cuartos, y acaba tirando al suelo los precarios hogares refugiados. Pero a pesar del mal que haga en los campamentos los saharauis pondrán al mal tiempo buena cara. Llevarán sus jaimas a la badia, los ancianos acamparán con sus familias en los territorios liberados, donde respirarán el aire de la libertad, beberán el agua de su tierra y la leche de los dromedarios pastando libres.

Shab taslah eli jaseret. La lluvia compensará lo que haya destruido, reza el proverbio saharaui.

Ceit Ahmed Gulu, el aceite del demonio



El oro líquido de la oliva, ceit el har, aceite puro, es muy apreciado por los saharauis. Desconocido hasta la llegada de España, se convirtió pronto en un preciado bien, utilizado como medicina, cosmético y rey de la cocina cuando su escasez lo permitía.

Como reconstituyente se toma un vasito de té lleno de aceite de oliva en crudo. Como medicina, se pone aceite de oliva, hojas secas machacadas de la acacia, talja, un poco de agua y azúcar. Se llama taguia y es muy bueno para el dolor de estómago.

El aceite de oliva forma parte de un cosmético natural que gusta mucho a las mujeres saharauis. Clavos, resina de olor tidik, y un poco de aceite de oliva para perfumar el cabello de las novias, o para una mujer que se tiene que arreglar especialmente. La mezcla se llama lejuad.

El “hermano pobre” del aceite de oliva, el llamado despectivamente Ceit Ahmed Gulu o aceite del demonio, llegaba en la época colonial de Mauritania y se trata de aceite vegetal de girasol. Los mauritanos buscaban el oro de oliva en las ciudades saharauis.

El aceite del demonio, que también llega con la ayuda alimentaria, se utiliza para cocinar pero no se toma en crudo porque los saharauis dicen que intoxica, iguendi, tampoco se usa en la medicina verde. Para decir que una persona es pesada, sosa o de trato poco agradable se le dice Agsal min Ceit Ahmed Gulu, “más soso que el aceite del demonio”.

Sanamana

“Andi ia luleili
sanamana”


dice una antigua canción popular saharaui cantada por las jóvenes y las mujeres, en especial en las bodas.

Sanamana es el nombre de un elaborado peinado, típico de la cultura bidan, saharaui y mauritana, que se hace en bodas y celebraciones muy especiales. Se trenza cuidadosamente todo el cabello de la chica, dejando un rastro de preciosos cuadros alrededor de toda la cabeza.

El peinado se decora además con piedras preciosas, como el eljus, que se usa en la joyería tradicional saharaui, y también con pequeñas conchitas.

El peinado se debe mantener durante todos los días que duren las celebraciones, con lo que hay que dormir con todo tipo de cuidados (e incomodidad) para no despeinarlo, retocándolo todos los días para que luzca tirante en todo su esplendor.

Otro peinado tradicional, que se dejó de utilizar en los años 70, es el llamado Dafart agafa. Consitía en una especie de diadema o peineta, lemshemfa, que se colocaba en lo alto de la cabeza y sobre el que se situaba la melhfa. Era utilizado por las señoras, tanto en Mauritania como en el Sahara.

Las mujeres saharauis siempre han cuidado con especial mimo su pelo, así como su higiene personal y su belleza, dentro de las posibilidades de que disponen. Desde tiempos inmemoriales se ha aplicado la henna, no sólo para decorar manos y pies si no también para cubrir el pelo, hidratándolo y dándole unos bellos reflejos rojizos. Hay otro ungüento tradicional para el pelo, que se llama lejuad, hecho con tidikt (resina de olor que se utiliza para quemar en las casas como un incienso), clavos o legrenfel en hassania, colonia y aceite de oliva. Este preparado no sólo hidrata el pelo si no que le da un precioso olor.

Tagrauen, para los niños



Hassina nos contó ayer que el sábado estuvieron viendo el eclipse de luna desde el campamento de El Aaiun. La visión del firmamento en las interminables noches de la hamada es una de las pocas bellezas que se pueden permitir contemplar los refugiados, inmersos en la desolación de una naturaleza cruel y hostil.

En el Sahara, cuando llega un eclipse, se recupera una bonita tradición, el Tagrauen. Los antepasados creían que el eclipse significaba que Dios estaba enojado. Para que dejara de estar enfadado las mujeres ofrecían a los niños dulces, en especial dátiles y trozos de azúcar de pilón. Los colocaban en un tbag (una bandeja hecha de esparto que se solía usar para poner el pan). La dueña de la jaima se colocaba en la entrada con la bandeja y empezaba a llamar "Tagrauen, ya lim ail" (Tagrauen, para los niños). Los pequeños del frig se acercaban a toda prisa para recoger sus dulces.


No sólo se esperaba al eclipse. Cuando la madre presentía algún mal o había tenido una pesadilla, preparaba los presentes para los pequeños. Con Tagrauen se intentaba contentar a Dios, alejar los males de la jaima, del ganado, traer el bien a la familia. Se depositaba el bienestar del frig en los niños


Hoy, en el exilio, se sigue haciendo Tagrauen, ahora a los dátiles y el azúcar se añaden también caramelos. Los saharauis saben que la sonrisa de los niños es el mejor talismán para atraer el bien.

Elzam, turbante saharaui



Pocas prendas pueden llamar más la atención a un occidental que un turbante. Desde niños, un turbante nos hace evocar lejanas tierras y para nuestros ojos occidentales es el colmo del exotismo y el misterio. En una sociedad como la nuestra, donde ya casi nadie cubre su cabeza, un turbante hace volar nuestra imaginación. Es difícil para los no musulmanes, no árabes, no africanos entender el uso del turbante fuera del tópico del primer mundo. Sin embargo, con esa sorprendente capacidad integradora de los saharauis, en su primera visita a los campamentos los hombres consiguen inmediatamente la pieza de tela negra, acceden encantados a que se lo pongan, y lo lucen, primero orgullosos y enseguida agradecidos al entender la increíble utilidad de esta milenaria prenda que forma parte de la tradicional vestimenta de los hombres saharauis.
Elzam, o turbante saharaui, es una pieza de una tela llamada tubit o nila, de unos tres metros de largo. El típico turbante es de color negro, aunque últimamente se encuentran en los campamentos algunos turbantes verdes o azules, y en especial, unos turbantes de color ocre que se usaban en la vida militar. Este color era el usado por los militares polisarios durante la guerra y fueron asimilados del uniforme de las antiguas tropas nómadas españolas en el Sahara. Ahora se ven habitualmente en los campamentos.
Entre los saharauis no se usa el turbante de color blanco. Normalmente lo llevan quienes han peregrinado a la Meca, algo no demasiado usual entre los saharauis, ya que debe vestirse de blanco durante la peregrinación.
Si hay una prenda de utilidad, esa es el turbante. Mucho más que una prenda de vestir, el turbante protege del implacable sol y de los vientos, tan duros de soportar en el desierto. Sirve para secarse, para taparse la cabeza durante la siesta y alejar a las moscas, para protegerse del frío, que también lo hace en el desierto. Cuando se rompe puede usarse limpio como trapo para la casa, para secar los cacharros del té o para taparlos cuando no se utilizan, aunque para esto es más habitual usar las melhfas. Y cómo no, es una prenda de gran romanticismo, que en ocasiones cubre la cara, dejando al descubierto sólo los profundos y llenos de verdad ojos saharauis. Para mostrar alegría o felicidad los hombres se quitan el turbante y lo hacen girar delante de sus cabezas y también se lucen en algunos bailes tradicionales.
La forma de colocarse elzam es típica y característica del pueblo saharaui. Se enrolla sobre la cabeza, pasando por debajo de la barbilla, para taparse boca y nariz en caso de vientos, y se deja un trozo de tela libre a la altura del hombro. Aunque hay algunos hombres que lo colocan de diferente forma. Algunos militares lo dejan suelto por detrás de la cabeza como si fuera una melena, y enrollan el resto en lo alto de la cabeza. En mi primera visita a los campamentos me sorprendió la forma de llevarlo de Mohamed, llamado el Fideo, un fascinante personaje muy flaco, de rasgos afilados y con aspecto de aguililla; Mohamed, que hablaba de filosofía occidental con los periodistas que acogía en su jaima, llevaba elzam rodeándole la parte de arriba de la cabeza.
Elzam es el compañero de la daraa, formando ambos la típica vestimenta del hombre saharaui. Y por eso se ha convertido en un símbolo del atuendo nacional para la resistencia pacífica saharaui en las zonas ocupadas. Los jóvenes saharauis en las manifestaciones tratan de proteger su identidad con elzam, a la vez que reivindican su saharauidad, y los presos políticos saharauis han aparecido en muchos de los juicios vestidos con la ropa nacional, daraa y turbante sobre los hombros, la forma majestuosa de llevar elzam entre los saharauis.
Hay tal identificación entre elzam y los saharauis que se usa la expresión “ahel elzam lakhal” (los del turbante negro) para referirse a los saharauis.
*Cuadro: Fadel Jalifa

Hayrit guiyim, la piedra de la fortuna

Existe una piedra en el Sahara, que suena cuando la agitas, como un sonajero prehistórico. Se llama hayrit guiyim y cuenta la leyenda que quien la encuentre será afortunado para siempre. Los niños la buscaban en el badia y pocos de los que la encuentran lo reconocen, quieren alejar el fantasma de la envidia de sus jaimas. En hassania se dice abrac men hayrit guiyim (tienes tanta suerte como la que da hayrit guiyim). Y dime, ¿sabes lo que esconde en su interior?