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“An Accidental Studio”. Las aventuras de George Harrison como productor de cine


Un artículo de #Hzlqdbs para MiCiudadReal.es
Los rendidos admiradores de George Harrison sabíamos de su faceta de productor de cine, no muy conocida para la mayoría del público. Deseosa de saber todo lo posible sobre mi ídolo, había leído sobre esta cuestión en la recomendable biografía “George Harrison: de Beatle a jardinero” de Javier Tarazona y Ricardo Gil Salinas y en el megadocumental “George Harrison: Living in the Material World” de Martin Scorsese, estrenado en 2011.
La entrada de George en el cine fue cuando menos curiosa y tuvo mucho que ver con su forma de entender la vida y la creación. Tras la separación del grupo más famoso de la historia, el beatle “tranquilo” (qué tramposas son las denominaciones, nada tenía George de tranquilo en realidad) disfrutaba de una exitosa carrera en solitario, en especial con sus primeros discos. Los siguientes fueron teniendo peor aceptación y George se dedicó a vivir la vida, cuidar el enorme jardín de su impresionante mansión Friar Park, a disfrutar de los coches y la velocidad y a seguir grabando a su ritmo y sin giras.
A George Harrison le gustaba trabajar en grupo y tenía una estrecha amistad con Eric Idle, uno de los miembros de los famosos Monty Python, lo más parecido a un grupo de rock entre los comediantes anglosajones. Le encantaba su humor y había colaborado con ellos en varias ocasiones. Por ejemplo para grabar el chiflado video de su canción “Crackerbox Palace”, del disco Thirty Three & 1/3. El video, rodado en Friar Park y estrenado en el programa Saturday Night Live en noviembre de 1976, fue dirigido por Eric Idle y cuenta con la actuación de otro de los miembros de la troupe de los Python, Neil Innes. George también colaboró con gran entusiasmo en un programa de televisión de Idle e Innes, The Rutles, sobre un grupo de rock parodia de los propios Beatles. Harrison llegó a aparecer en el programa y les asesoró en su trabajo. “Los Rutles me liberaron de los Beatles de alguna manera. Fue el único programa de los que se hicieron sobre los Beatles que vi. Fue en realidad el mejor, el más divertido y el más mordaz. Pero al mismo tiempo, fue el que se hizo con más amor”, afirmó George.
En 1978 “La vida de Brian” se cruzó en el camino de George y “la entrada de cine más cara de la historia” fue el detonante para la creación de HandMade Films, el estudio con el que George Harrison se convirtió en productor de cine de forma accidental. La proverbial aparición del beatle tuvo lugar cuando EMI, productora inglesa de cine que iba a financiar la película, decidió retirarse del proyecto a pesar de que parte del equipo se había trasladado ya a Túnez para comenzar el rodaje. Al presidente de EMI, Lord Delfont, le dio por leer el guion y calificó la película de “obscena y sacrílega”. George se enteró por su colega Eric Idle del aprieto en que se encontraba el grupo, así que decidió hipotecar su mansión para conseguir el dinero. “Simplemente quería ver la película”, confesaría después. Por suerte, “La vida de Brian”, dirigida por Terry Jones, se convertiría un éxito de taquilla y hoy en día es una película que se ha ganado un lugar destacado en la historia del cine.
Así comienza “An Accidental Studio”, el documental dirigido por Bill Jones, Kim Leggatt y Ben Tim­lett que cuenta la historia de HandMade Films, la productora creada por George junto con el abogado estadounidense Denis O´Brien para que sus amigos pudieran filmar la película que deseaban. Peter Sellers presentó a los futuros socios y O´Brien se convirtió en su asesor financiero en 1973. El documental incluye entrevistas con muchos de los directores e intérpretes que participaron en aquella aventura. Así, entre los miembros de Monty Python, podemos ver a Terry Gilliam, director de “La vida de Brian” y “Time Bandits” (“Los héroes del tiempo” en España), una peli de aventuras y fantasía estrenada en 1981 y que fue una de las apuestas de gran presupuesto de la productora; en “An Accidental Studio” Gilliam habla sobre su legendario mal carácter y cómo George le puso en su sitio con la letra de la canción “Dream Away” escrita para los títulos finales del film. También podemos escuchar testimonios de Eric Idle, compinche y amigo íntimo del beatle y “culpable” de la creación de la productora cuando contó a George el aprieto en el que estaban metidos con “La vida de Brian”, y de Michael Palin, protagonista de varios films de la productora y director de “El misionero”, una película de época estrenada en 1982 para la que Palin escribió también el guion.
George, amante del séptimo arte desde muy niño cuando devoraba películas en los espectaculares cines de posguerra en su ciudad natal, Liverpool, había entrado en el negocio animado por la posibilidad de financiar películas que otras productoras “no querían hacer”. En sus inicios en HandMade Films primó la creatividad por encima de la búsqueda de beneficios, consiguiendo durante un tiempo medirse de tú a tú con los grandes estudios británicos, EMI y RANK, ya entonces en retirada. Como se afirma en el documental “si repasas la industria cinematográfica inglesa de los años 80 y quitas las películas de HandMade Films apenas queda nada”. Harrison vio su productora como una manera de ayudar a sus adorados Monty Python y a la vez de ayudar a otros artistas, sin que primara el aspecto comercial. Tal vez una forma demasiado romántica de ver el negocio, pero así era George. Su satisfacción residió en ayudar y hacer felices a sus amigos desde su posición privilegiada, algo que siempre situó por delante de dinero, negocios, fama o poder.
Destaca la variedad de temáticas que se abordaron en las películas producidas por HandMade Films, desde comedia, a cine de aventuras, de época o cine negro. Algunos de estos títulos se han convertido con el tiempo en películas de culto. Es el caso de “El largo viernes santo” (1980) de John Mckenzie, una aproximación a las películas clásicas americanas de gánsters pero a la inglesa y con terroristas del IRA, protagonizada por Bob Hoskins y  Helen Mirren; la espléndida “Mona Lisa” (1986), un thriller dirigido por Neil Jordan, con Bob Hoskins, Michael Caine y Cathy Tyson, éxito de público y crítica que sirvió a Bob Hoskins para lanzar su carrera en EEUU; o la comedia negra de culto “Withnail y yo” (1987) de Bruce Robinson, en cuyo rodaje se pusieron de manifiesto las injerencias de Denis O´Brien en el proceso creativo, a pesar de ser abogado y no tener experiencia artística. Pese al buen rollo y las ganas que puso George en un proyecto que le divertía y le apasionaba, se topó de nuevo con la figura del hombre de negocios que venía a perturbar lo que pretendía ser un paraíso creativo. George acabaría demandando en 1995 a su socio Denis O´Brien por varios millones de libras. Lo peor de todo fue sentirse traicionado por alguien a quien había considerado un amigo y en quien había confiado.
Sin embargo, en HandMade Films no siempre primó el aspecto artístico. Algunas películas parecen más un divertimento. Es el caso de “Loca juerga tropical” (“Water” en inglés), protagonizada por Michael Caine y una alocada Brenda Baccaro con un extraño acento nicaragüense, inspirado en una de sus asistentas según explica la propia actriz en el documental. La película, una sátira sobre un diplomático británico en una isla caribeña en la que se descubre un manantial de agua, se queda a mitad de todo, no tuvo éxito comercial ni de crítica. Como curiosidad al final de la película aparece la banda inventada The Singing Rebels integrada por George Harrison, Ringo Starr, Jon Lord de Deep Purple y Eric Clapton, interpretando la canción “Freedom”.
Como consecuencia de la ambición de O’Brien, HandMade Films se trasladó a Hollywood, con la aspiración de hacer películas con mayor presupuesto y con estrellas, algo que no tenía nada que ver con el propósito con que el estudio fue creado. Harrison dejó hacer a su socio, a pesar de que no estaba de acuerdo con el rumbo que estaba tomando su proyecto. Así llegó “Shanghai Surprise”, la gran apuesta hollywoodiense de Denis O´Brien. La película, ambientada en el Shanghai de los años 30 con ligero toque de misterio e historia de amores reñidos, estuvo protagonizada por la ya entonces megaestrella Madonna, y su recién estrenado esposo, el visceral Sean Penn. El rodaje fue un despropósito y el resultado un desastre. Aquello estresó a George, que de nuevo veía cómo lo bonito y lo divertido de la creación se estropeaba por el tema monetario. Tuvo que viajar a Hong Kong, donde se estaba rodando, para poner paz. En el documental podemos ver imágenes de la movida rueda de prensa que ofreció con Madonna en Londres a mitad del rodaje. George se implicó aún más, haciendo un breve cameo como director de orquesta y componiendo varias canciones para la banda sonora, destacando la preciosa “Someplace else”, una delicada balada de esas que bordaba George; al menos la película sirvió para algo bueno.
El conocido percusionista Ry Cooper fue otro de los integrantes de HandMade Films. Destacado músico acompañante de todos los grandes de la época, trabajó en estudio y en directo con luminarias como Rolling Stones, The Who, George Harrison, The Kinks, Eric Clapton, Elton John y un largo etcétera. Desempeñó el cargo de director creativo de HandMade Films de la mano de George, quien le pidió que fuera él (George) dentro del estudio. Cooper resultó ser además un gran lector de guiones, se le daba muy bien escuchar y solucionar problemas y medió en numerosas ocasiones entre George y su socio.
“An accidental studio” es un documental convencional en su estructura pero muy interesante para los fans de George Harrison. Dispone de mucho y muy jugoso material de archivo, incluidas divertidas declaraciones del propio George quien, dentro de su modestia y su buen humor habituales, quitaba importancia a muchos de los logros conseguidos con las películas que producía.
George aguantaría en la compañía hasta 1994, año en que fue vendida a Paragon Entertainment. Tenía un nuevo sueño creativo, formar parte de nuevo de un grupo que le gustaba. Desde 1988 era integrante de los Travelling Willburys, supergrupo formado con Bob Dylan, Jeff Lynne, Roy Orbison y Tom Petty, junto con el batería Jim Keltner. Los disgustos de HandMade Films eran más llevaderos así.
“An accidental studio” me ha servido para reiterarme en mi pasión por ese personaje maravilloso que fue George Harrison. Formó parte de un grupo mítico y de referencia para cualquiera que ame la música y fue autor de canciones grandiosas y además fue un aclamado productor de cine. Sin embargo, todos sus logros no le convirtieron en un ser vanidoso o engreído. Mantuvo su pasión por el aspecto artístico por encima del negocio, practicó una aconsejable y nada fácil ausencia de vanidad y prefirió siempre la amistad y el trabajo en grupo por encima de cualquier otra consideración.



“My Generation”. Festiva celebración de una década prodigiosa


El ya veterano festival de documentales In-Edit nos ofrece la posibilidad de ver en pantalla grande “My Generation”, hecho que coincide con la lectura de las primeras páginas del magnífico libro sobre The Kinks “Amanecer en Waterloo” (Manuel Recio e Iñaki García, editado por Silex), una de aquellas grandísimas bandas que surgieron durante la década prodigiosa que retrata el documental. Aquellos maravillosos sixties supusieron en Inglaterra una explosión de color que dinamitó década de los 50, marcada por la escasez y la posguerra.
Dirigido por David Batty y producido y narrado por el actor Michael Caine, “My Generation” realiza un amplio recorrido por la escena de la moda, fotografía, cine y música en el Londres de la década de los 60, una fascinante revolución cultural llevada a cabo por jóvenes, en muchos casos de clase trabajadora. Toda una década rebosante de optimismo, diversión, creación y de ruptura de reglas, que marcó los años de juventud de sus protagonistas, “los mejores años de nuestras vidas”, como afirma Michael Caine en un momento del documental.
Uno de los catalizadores de aquellos cambios fue la recuperación de la economía británica, tras la Segunda Guerra Mundial, que había dejado una Gran Bretaña devastada, y la dura posguerra que vivió la generación anterior a la de nuestros protagonistas. Roger Daltrey, cantante de The Who, explica que “todo era gris”, pero los jóvenes fueron los encargados de poner el color. Por primera vez el futuro iba a ser manejado por la gente joven. Se saltaban las reglas y rompían con lo establecido, se cuestionaron los valores morales de la anterior generación. La nueva generación se merendó con desparpajo a la de sus padres.
El delicioso montaje de “My Generation” muestra a un Michael Caine “saltando” entre pasado y presente con su característica picardía, al mezclar con acierto imágenes de su juventud con las actuales. Así, un joven Caine entra en un edificio y al traspasar la puerta aparece el Caine anciano o nos hace un guiño conduciendo aquel Aston Martin DB4 original de su película “Un trabajo en Italia” (1969). El actor introduce los testimonios (sólo en audio, no vemos su aspecto actual) de destacados protagonistas de aquel Swinging London, como el fotógrafo David Bailey, las diseñadoras Mary Quant (creadora de la minifalda) y Bárbara Hulanicki (artífice de la boutique BIBA), los músicos Paul McCartney y Roger Daltrey, la modelo Twiggy, el peluquero Vidal Sassoon, las cantantes Marianne Faithful y Sandie Shaw o la actriz Joan Collins. La ciudad de Londres se convierte en un personaje más del documental.
Michael Caine, que “no siempre fue Michael Caine”, nació con el nada sugerente nombre de Maurice Joseph Micklewhite. De origen humilde, su madre era limpiadora y su padre trabajaba en un puesto de pescado, era un poco mayor que aquellos jovenzuelos, nació en 1933 y como explica en la película ya había cumplido los treinta cuando todo estalló. Su origen y su marcado acento cockney, como se conoce a “los habitantes de los bajos fondos del East End” de Londres, habría sido un impedimento para dedicarse al cine. Pero en los dulces sixties todo era posible, incluso que aquel joven actor interpretara a un estirado oficial de clase alta en el filme “Zulú” (1964).
La calidad y variedad visual de “My Generation” deja apabullado al espectador. Una de las grandes bazas del documental es la ingente cantidad de material de archivo, en muchas ocasiones inédito, que han utilizado para su realización. La película tardó cinco años en terminarse, es de imaginar el arduo trabajo que se empleó en rastrear todo el material. Los números son apabullantes: “más de 1.500 horas de filmación, 500 horas de audio y decenas de miles de fotos fijas”, para lo que tuvieron que contactar con más de 500 personas y empresas.
La banda sonora juega un papel muy importante en la película, no en vano la música fue el detonante de la revolución cultural de los sesenta. Para una apasionada de aquellos ritmos, como lo soy yo, el documental supone perderse en la más surtida pastelería o en el país de las maravillas. La banda sonora es de super lujo y junta a los tres grupos más destacados de la época: The Who y My Generation (que da nombre al documental), The Rolling Stones con Satisfaction o Jumpin' Jack Flash y The Beatles, tocando en The Cavern uno de sus primeros temas Some Other Guy. También aparecen The Animals y su We Gotta Get Out Of This Place, Thunderclap Newman con Something In The Air, The Yardbirds, Jimi Hendrix, The Kinks con maravillas como Death End Street o Waterloo Sunset y Cream  entre otros, protagonistas de la llamada “invasión británica”, con la música pop británica convertida en un fenómeno de masas a nivel mundial. Las Escuelas de Arte jugaron también un papel muy importante en aquella explosión cultural. Músicos como John Lennon, Ray Davies o Pete Townshend pasaron por escuelas donde tomaron contacto con las artes gráficas y visuales.
Otro aspecto de aquel movimiento cultural fue el acceso de aquellos jóvenes a los medios de comunicación. Consiguieron protagonizar sonadas actuaciones en programas de televisión y ocupar cientos de horas de radio. En un primer momento la cadena pública BBC se resistió a dar espacio a aquellos alocados melenudos, surgiendo una serie de emisoras piratas donde se programaba con absoluto entusiasmo a las bandas jóvenes. “My Generation” se hace eco del caso de Radio Caroline, radio pirata que inició sus emisiones en marzo de 1964. Las imágenes de aquella radio pirata, montada en un barco anclado en aguas internacionales para evitar la persecución de las autoridades, remiten a la deliciosa película “Radio Encubierta” (“The Boat That Rocked” de Richard Curtis, 2009). Los disc jockeys eran a su vez pequeñas celebridades que congregaban ante sus emisiones a miles de seguidores de aquella música.
La moda también fue protagonista de la época. La década trajo la minifalda, creada por la joven diseñadora Mary Quant. Supuso un escándalo y en el documental vemos cómo los escaparates donde se exhibía aquella mínima pieza causaban gran expectación entre los transeúntes. Las chicas que mostraban las piernas eran vistas con los peores ojos entre los mayores. La revolución en el vestir trajo además los panties de colores, estampados psicodélicos, medias blancas de rejilla, zapatos con hebillas enormes, tacones imposibles, botas hasta más arriba de la rodilla, materiales nunca vistos en ropa como el plástico, atrevidos escotes, bisutería divertida y colorido maquillaje. También tuvo gran importancia en la estética de los jóvenes de los sesenta el peinado. El gran peluquero de la época fue Vidal Sasson y sus inconfundibles cortes geométricos. Considerado el padre de la peluquería moderna, su emblemático estilo fue la compañía perfecta para la moda pop. Llegaron las primeras supermodelos como la bella Jean Shrimpton, pareja y musa del fotógrafo David Bailey, y Leslie Lawson, más conocida como Twiggy, “ramita”, en alusión a su delgadez. En el documental aparecen numerosas imágenes y grabaciones a color de Twiggy, muchas de ellas inéditas, como las que recogen una visita de la modelo a EEUU, imágenes propiedad de Justin De Villeneuve, quien fuera su manager y pareja.
Aquel florecer de la moda supuso la apertura de numerosas tiendas y boutiques en Londres, como la Apple Boutique, propiedad de los Beatles, abierta en 1967 con una glamourosa fiesta en la que estuvieron presentes George Harrison y John Lennon. En una de las paredes de la tienda destacaba un enorme y colorido mural realizado por el colectivo artístico holandés The Fool, encargados también de pintar los famosos Mini de Harrison y el Rolls-Royce Phantom V de John Lennon. Otra de las tiendas más icónicas de aquella época fue la boutique BIBA, abierta en el barrio de Kensington en 1964 por la diseñadora polaca Barbara Hulanicki. El éxito de su ropa y complementos, mezcla de art-noveau y rock and roll, convirtió a BIBA en una atracción turística de la ciudad. El enorme éxito de la marca les llevó también a vender ropa para niños, libros, papelería, muebles e incluso comida. Se trataba de ropa a precios asequibles para jóvenes que arrasaban con todo lo que se vendía.
Aquella generación fue fotografiada por las mejores cámaras, destacando por encima de todos el fotógrafo David Bailey, que se convirtió en una celebridad a la altura de sus fotografiados. Todos los que fueron alguien en la década fueron inmortalizados por su cámara, las modelos, los rockeros, los actores. Suya es una inolvidable colección de retratos en blanco y negro, donde aparecen muchos de los protagonistas de “My Generation” como Michael Caine con gafas de pasta y un cigarrillo, unos trajeados Lennon y McCartney, Jagger con capucha de piel o un primer plano de The Who que estuvo varios años pegado a la pared de mi habitación durante mi adolescencia. Su figura inspiró la del protagonista de la película Blowup (1966), dirigida por Michelangelo Antonioni. Bailey, junto con otros fotógrafos como Terence Donovan y Brian Duffy, contribuyó a asentar la estética del Swinging London
Por poner algún pero a la cinta, “My Generation” adolece de ligereza y falta de análisis. Así, resulta un poco traída por los pelos la afirmación, en la que se sustenta parte del andamiaje del documental, de que aquella revolución la desencadenaron jóvenes de clase baja que se saltaron las rígidas normas que regían hasta entonces en el Reino Unido. Así, una de las protagonistas del documental es Marianne Faithfull, joven de la más alta sociedad inglesa, que fue musa de los Rolling Stones, además de cantante y actriz. Nacida en el barrio londinense de Hampstead, donde viven familias con gran poder adquisitivo y donde se concentra la mayor riqueza del país, su familia era noble, habiendo heredado ella misma el título de baronesa. Tal vez es el caso más extremo, pero es evidente que no todos los protagonistas de aquella prodigiosa explosión procedían de clase obrera.
Es cierto que antes de los sesenta las complicadas estructuras de clase eran las que marcaban hasta dónde podía llegar en la vida cada uno, la cuna era un aspecto determinante, quiénes eran los padres y dónde se había nacido. Pero surgen preguntas, ¿hasta qué punto eso se ha eliminado y ya no sucede?, ¿todo el mundo tiene hoy de verdad las mismas oportunidades?, ¿acaso no sigue siendo cierto que las únicas vías de ascenso social de los jóvenes de clase trabajadora son la música y el fútbol? Pero “My Generation” en ningún momento pretende ser un sesudo estudio, sino una obra entretenida con un brillante envoltorio. Y eso sí que lo consigue, resulta festiva, ligera y chispeante. Como lo fueron aquellos maravillosos años. O al menos lo parecieron.
Porque al final de la década el hedonismo y la alegría de vivir tomaron un giro más oscuro. Las drogas, entre otros motivos, fueron las causantes de que “el sueño acabara”. “My Generation” finaliza con la mayoría de nuestros héroes enredados en problemas derivados del consumo de sustancias, marihuana, pastillas (como las populares Purple Hearts) y LSD. El primero en visitar el calabozo por consumir fue el cantante Donovan, quien por cierto explica que George Harrison se apresuró a ofrecerle ayuda monetaria. Pronto llegaría la mediática detención de Keith Richards y Mick Jagger. Era febrero de 1967 y los Rolling celebraban una fiesta en la que también estaban, entre otros invitados, el creador de la portada del Sgt. Pepper’s Michael Cooper y George Harrison y su entonces esposa la modelo Pattie Boyd. En la casa de Richards irrumpió el polémico oficial de policía Norman Pilcher, que estaba a cargo de la Brigada Antidroga, cuyos métodos fueron muy criticados ya en la época. En la fiesta también se encontraba Marianne Faithfull, desnuda y envuelta en una piel de oso. Así la encontraron los policías y el escándalo costó a los dos Rolling un mes de cárcel. Como agradecimiento a sus fans por el apoyo que les prestaron en aquellos días, Jagger y Richards escribieron We love you, una canción que comienza con el sonido de la puerta de una celda cerrándose. Keith Richards explicó que aquello fue un “baño de realidad” con el que se dio cuenta que Londres no era la ciudad de las maravillas donde podían hacer lo que les diera la gana, tal y como habían creído.
Y llegaron las primeras bajas. Brian Jones, líder y guitarrista de los Rolling, fallecía en 1969 con 27 años, sólo una semana después de haber sido expulsado de la banda. Muchos afirman que los Rolling no volvieron a ser lo mismo sin él. Los Beatles también tuvieron sus escarceos con la droga, en el documental vemos a Paul McCartney confirmando en una entrevista que había tomado LSD “unas cuatro veces”, sufriendo a continuación la recriminación del periodista por contarlo, o a John Lennon afirmando que los cuatro “se ponían” pero él más que ninguno.
Los alegres sixties se desviaron hacia la psicodelia y los alucinógenos. Vietnam y las luchas por los derechos civiles que se disputaban en EEUU salpicaban de realidad la inocencia pop y el verano del amor. Pero esa ya es otra historia.




“El peor dios”, luces y sombras de Desechables, una banda mítica

Conocí a Desechables hace cuatro años a través de El Sótano de Radio 3. En uno de sus programas Diego R.J. radió una de las canciones de la banda barcelonesa. La curiosidad habitual me llevó a buscar sobre ellos, aunque no podía imaginar la tremenda historia que se escondía tras aquella banda que sacudió el panorama musical español de inicios de los ochenta. Una historia trágica, y de alguna manera épica, que incluye drogas, mala fortuna e incluso una de las muertes más absurdas de la historia del rock.
El trío formado por Tere, Pei y Miguel lo tenían casi todo para triunfar: juventud, actitud, descaro, una imagen bien chula y sobre todo a una de las cantantes más fascinantes que ha dado la música española de todas las épocas, a la altura de cualquiera de las divas internacionales. Tere, de 14 años cuando se creó la banda, poseía el estilo perfecto, delgada y andrógina, de rostro anguloso, pelo corto e imagen atemporal. A pesar de su juventud, era una mujer que exudaba sexualidad y poderío en el escenario. Los tres, jóvenes, bellos y malditos, se agarraron a la música para escapar del aburrimiento y de la mediocridad del entorno. No tenían medios, no sabían tocar ni cantar, pero ¿quién lo necesitaba?, con actitud se podía superar todo, y ellos la poseían a raudales. No eran un producto fabricado, eran auténticos, ellos se inventaron, en otro fascinante ejemplo del “hazlo tú mismo” que mandó en la época.
¿Qué podía salir mal? Pues casi todo.
La historia de la malograda banda de Vallirana fue recogida el año 2013 en un espléndido documental realizado por Alejandro Montes, Daniel Arasanz y Nico Tarela, y que ha podido verse en el ciclo Mujeres Hechas de Punk programado en la Cineteca de Matadero. Conocemos a Desechables través de fotos, recortes de prensa, imágenes de archivo (algunas muy difíciles de encontrar como las de sus actuaciones en Francia) y extensas conversaciones con los dos miembros que quedan con vida, Tere y Pei, además de la participación de los periodistas Jesús Ordovás, uno de sus valedores en Madrid, y Jaime Gonzalo, quien trató al grupo en sus inicios; los músicos Ángel Altolaguirre y Enano, quienes formaron parte de la banda en diferentes etapas o la fotógrafa Ana Torralva, autora de la foto donde Tere aparece con los ojos vendados y los pechos desnudos sobre un plato que sería portada del disco “Buen ser-vicio”. Además se leen diferentes testimonios de quien fuera manager de la banda, Esteban Torralva, fallecido en 2005.
Al trío original, a los Desechables primigenios, se les ha definido como austeros, primitivos y salvajes. Lo eran en cuanto a sonido, a vestimenta y a forma de estar en el escenario. La guitarra de Miguel y la reducida batería de Pei, que solía tocar de pie poco más que la caja y un plato, tan solo se complementaban con la voz de Tere, con sus aullidos, gritos, gemidos, susurros y espasmos. Y su imponente presencia. No hacía falta más. Vestidos, o desvestidos, normalmente de negro o gris oscuro, sin estampados ni colores de ninguna clase, el único color lo aportaba la sangre (real) que se aprecia en algunas de las fotos del grupo. Hebillas, tachuelas, y para Tere cuero, lencería, tirantes, medias de rejilla y botines. Me sorprende la elegancia atemporal que mostraban, en especial en sus primeros tiempos.
La historia de Desechables es también un reflejo del escueto panorama musical de la Barcelona de inicios de los 80. La banda fue llamada a Madrid, cuna de la nueva ola nacional, donde se encontraron y unieron a Esteban Torralva. En la capital también recibieron el apoyo del sello Tres Cipreses de Ana Curra y Eduardo Benavente; de Jesús Ordovás, que les abrió las puertas del Diario Pop, y se les abrieron las puertas de la Sala Rock-Ola. Arrasaron en varias actuaciones en Francia y, cuando iban a grabar su primer disco en directo, llegó la tragedia. Miguel fue asesinado por un joyero al que había entrado a atracar armado con una pistola de juguete. Un hecho incomprensible y estúpido que marcaría para siempre al grupo. Finalmente se rescataron conciertos y las actuaciones francesas y se editó el primer LP de la banda “Golpe tras golpe” (1984). Con Miguel sólo lograron grabar un single en estudio. “Sólo pienso en la sangre que calmará mi sed”, “Quiero salir de este maldito agujero”, “No me consigues divertir”, “Llorad, que no sois nada. Llorad, que vais a palmar”, grita más que canta Tere. El grupo arroja con crudeza caos y angustia vital desde los surcos del disco, reeditado décadas después por Munster Records.
El puesto de Miguel fue cubierto por Enano, el hermano de Pei, y siguieron adelante. Lastrados por la tragedia, las adicciones y una falta de ambiciones crónica, el grupo aún aguantó varios años, sacando algún disco de estudio, como el que grabaron en los estudios de Radio Nacional, “Nadaquentender” (1987). Una producción cuidada no era tal vez lo más adecuado para un grupo como Desechables, así que el disco pasó bastante desapercibido. La banda, que llegaría a tener en algún momento hasta siete miembros, se terminará separando. Todo había terminado.
 “El peor dios” es un documental que huye de mitomanías y amarillismos, y eso que la historia podría dar para mucho, con unos Tere y Pei enormemente lúcidos, que no rehúyen ningún aspecto de su vida, y que asumen las sombras pero también las luces. Al fin y al cabo también hubo mieles en una carrera plagada de baches y contratiempos pero que les permitió escapar de una vida que no les gustaba, viajar o conocer a algunos de sus ídolos como The Cramps o Johnny Thunders, con quien tuvieron alguna que otra anécdota curiosa en Zaragoza en los últimos tiempos de la banda. Sin duda el enorme esfuerzo que han realizado sus directores ha merecido la pena y se nota el esfuerzo y el cariño que se ha puesto en el trabajo. Tere y Pei se muestran cómodos ante la cámara, lo que contribuye a que se sinceren sin rehuir ningún tema. Se agradece su disposición y el tono respetuoso que mantienen los directores durante todo el metraje. Incluso en momentos muy emotivos como cuando Pei y Tere se reencuentran con el hermano de Miguel, tras veinte años sin verse, y Tere le lleva la guitarra que tocaba el malogrado músico. En definitiva, luces y sombras de una banda mítica.


De un tiempo libre a esta parte. Mirada sin nostalgia a un Madrid adolescente y musical


Madrid era adolescente... saliendo de una infancia negra y con los excesos típicos de la edad. (Monje)
A principios de este año 2018 acudimos a un concierto punk en una céntrica sala de Madrid. Por circunstancias, aquel concierto inspiró Un pato de plástico, relato que disfruté mucho escribiendo, además de un collage y el descubrimiento de mucha música, cine y libros. Por esas extrañas conexiones, mientras que me documentaba para situar a mi protagonista Coco en el Madrid de 1983, me topé con el documental “De un tiempo libre a esta parte”. Me llamó la atención aquel audiovisual dirigido por Beatriz Alonso Aranzábal, porque parecía tener mucho en común con lo que yo estaba escribiendo. Por fin he podido ver el documental en el Ciclo Mujeres Hechas de Punk en la Cineteca del Matadero de Madrid y comprobar que no andaba desencaminada.
El documental, realizado en 2015, hace un recorrido por los inicios de lo que fue la nueva ola madrileña a finales de los 70 y principios de los ochenta del siglo pasado. Se centra en los testimonios de una serie de protagonistas que no fueron primeras figuras entonces pero si ocuparon su sitio como creadores y espectadores en un momento de efervescencia del “hazlo tú mismo” en el país. Nuevos aires que llegaban desde el exterior a la todavía entonces cerrada frontera española, una nación con un pasado inmediato aburrido y esclerótico que estaba empezando a desperezarse tras la muerte del dictador. Beatriz destaca la importancia que tenía entonces la creatividad por encima de la técnica o el virtuosismo. La inquietud por hacer cosas primó entre aquellos jóvenes que se lanzaron a hacer la música que querían hacer, sin pensar en un éxito o en un futuro que entonces, como ahora, no existía. La propia Beatriz tocaba el teclado en una banda, Los Monaguillosh, que llegó a aparecer en La Edad de Oro de Paloma Chamorro en junio de 1983.
Dicen que “El pasado no existe”. En el documental se recuerda de manera amable y divertida una época juvenil, pero todos los que intervienen coinciden en señalar que  no lo hacen desde la nostalgia. Así, la directora tiene el acierto de finalizar el documental con los proyectos actuales de cada uno de ellos. Algunos de los protagonistas del documental son, entre otros, Joaquín Rodríguez, bajista de los Nikis, de actualidad con su libro su libro “NPI de música”, opina con lucidez que cada generación piensa acertadamente que su juventud fue la mejor; Rafa Notario de Ángeles Caídos, aún se muestra con ganas de molestar y de llevar ropa chula; Clara Morán de Oviformia, recuerda una accidentada actuación de su banda pocos días después del golpe de estado del 23F; Juan Antonio Nieto de Alphaville, muy crítico con la movida “oficial” y con fenómenos como “Operación Triunfo”; Jesús Amodia de PVP, banda de Carabanchel que coqueteó con el after-punk con irregular éxito; Arturo Lanz de Aviador Dro y Esplendor Geométrico, abanderados en España de la música industrial; Marta Cervera de Aviador Dro, que se mantiene muy actual y lúcida ante lo que pueda deparar el futuro y que comenta que sólo se subía a un escenario porque de alguna manera lo hacían enmascarados, o Almudena de Maeztu, bajista de Las Brujas (un grupo de chicas que sólo tocó una vez), Alphaville y La Mode.
Madrid era entonces algo así como un pueblo grande. Y era diferente, no tengo claro si sólo para peor, pero desde luego diferente. En aquel Madrid en blanco y negro que se sacudía como podía los cuarenta años de dictadura, hubo un cierto vacío cuando los poderes fácticos se mostraban más interesados en dejar bien atados los aspectos políticos y financieros de aquella transición. Esa brecha fue aprovechada por los jóvenes de entonces, deseosos de experiencias y apertura. En el documental cuentan cómo se reconocían entre ellos en la calle o en el metro. En aquel Madrid uniformado, donde “sólo se vestía de azul y gris”, saltaba la alerta por unas chapas, unos pantalones de rayas, unos zapatos o unas tachuelas. En aquellos momentos en Madrid estaba todo por hacer culturalmente hablando, no había tiendas de ropa, discos o instrumentos. Los jóvenes se buscaban las mañas para crear su propio mundo, leyendo las pocas revistas de fuera que llegaban, haciéndose su propia ropa y estilismos o tirando de los “afortunados” que podían viajar a Londres, el lugar hacia donde todos ellos dirigían la vista. La directora, cuando se afirma desde el público que ahora estamos peor, parece querer decir “no sabéis lo que era aquello”.
El documental huye de los artistas de más renombre, sobre ellos ya se ha escrito y hablado mucho, como explica Beatriz. Pero sí se recuerdan muchos de los conciertos más sonados de aquella época como el de Los Ramones en Vista Alegre con Nacha Pop de teloneros en septiembre de 1980, el concierto de The Clash en el Pabellón del Real Madrid en abril del 81, Siouxie o Doctor Feelgood, o las salas más conocidas de entonces, el Marquee y sobre todo el Rock-Ola.
Todos los protagonistas se ponen de acuerdo en que el final de aquella época tuvo lugar entre 1983 y 1985, y estuvo marcado por hechos como la desgraciada muerte de Eduardo Benavente en accidente de tráfico, el incendio de la discoteca Alcalá 20 o el cierre del Rock-Ola, coincidiendo con el inicio de la movida “promovida” u oficial, de la que todos ellos reniegan.
La proyección en el Matadero y posterior coloquio ha contado con la presencia del periodista musical Jesús Ordovás, Neus Arboles, batería de Las Brujas y Las Chinas, además de algún que otro protagonista del documental.
En definitiva, más que recomendable este “De un tiempo libre a esta parte”, un documental que recoge muy bien una época que muchos no vivimos pero que nos interesa y que de alguna forma nos hizo como ahora somos. Una parte de nuestra historia más reciente contada sin nostalgias ni mitologías huecas. Porque cualquier tiempo pasado fue… pasado.
MUJERES HECHAS DE PUNK. Ciclos Cineteca + Exposición. Matadero de Madrid. Programado por Nuria Triana Toribio y Cristina Garrigós González. Desde el 25 de junio 2018 al 01 de julio 2018.

“Lo que hicimos fue secreto” de David Álvarez. Historia con mayúsculas del punk en Madrid


Llevábamos mucho tiempo detrás de verlo, desgraciadamente no pudimos asistir a la proyección en el Festival In-Edit el pasado año 2016, donde se llevaría el Premio al Mejor Documental Nacional. Pero todo llega y por fin pudimos disfrutar del documental “Lo que hicimos fue secreto”, un extenso trabajo sobre el punk madrileño. Fue en el marco de la 14ª Muestra De Cine de Lavapiés, en el Centro Social Reokupado y Autogestionado La Quimera, donde compartió espacio con otro documental, “La lucha en el camino” de Jesús Martín, sobre activistas punk mexicanos instructores de MMA (Artes Marciales Mixtas), cuya visión también recomendamos. 
“Lo que hicimos fue secreto” es un proyecto hecho en cooperativa por Eleventh Floor, tras un arduo proceso de trabajo. Tardó en rodarse seis años y maneja una cantidad enorme de información; para hacernos una idea, se llegaron a hacer unas setenta entrevistas, además de contar con un ingente material gráfico, fotografías, recortes de prensa y videos. El documental forma parte de un trabajo académico, gracias al cual se ha llevado el punk y el movimiento okupa a la universidad, ya que forma parte de la tesis doctoral de David Álvarez en la Universidad Complutense de Madrid.
Uno de los puntos fuertes del documental son las entrevistas con muchos de los protagonistas de aquellos días de furia y aprendizaje. Así, por “Lo que hicimos fue secreto” desfilan entre otros Pollo de Larsen y Commando 9mm, Manolo UVI, José Calvo de Delincuencia Sonora, J. Siemmens y Maguu Pilarte de Espasmódicos y TDeK, Ixma de La broma de Ssatán, Kurdo de Tarzán y su Puta Madre Buscan Piso en Alcobendas y Olor a Sobako o Canino y José Lozano de Sin Dios. Todos ellos comparten espacio con integrantes del “protopunk” español, como Ramoncín, Fernando Márquez, Ana Curra o Nacho Canut (blandiendo el látigo contra todo y contra todos, lo que provocó risas y comentarios durante la proyección). También dejan acertadas opiniones y vivencias otros protagonistas en aquella escena como Alberto Eiriz, del mítico fanzine Penetración; Indio de la sala Gruta 77 y cantante de “Tarzán” o Fernando de Potencial Hardcore, tienda y discográfica punk independiente. En mi opinión merecen un lugar destacado las incendiarias intervenciones de Manolo Suicidio, quien tuviera un puesto de música en el Rastro, punto neurálgico del punk en Madrid a mediados de los 80, donde llegaban  todas las novedades musicales que iban a buscar a Londres, y luego se copiaban y vendían en cinta cassette.
“El Rastro era nuestro punto de comunicación, nuestra zona wifi”, afirma José Calvo de Delincuencia Sonora en un momento del documental. El Rastro fue efectivamente lugar de encuentro, emergencia y efervescencia de gran parte del punk madrileño. Allí se juntaron a finales de los años setenta Alaska, Carlos Berlanga, Fernando Márquez, los Canut, Enrique Sierra y todo ese universo que gravitaba en torno a la mítica Bobia y que daría lugar a la Movida. Aquel punk de diseño estaba liderado en gran medida por hijos de la alta burguesía, que se hicieron punks entusiasmados por la corriente que llegaba de Inglaterra, y que podían permitirse viajar a Londres a comprar ropa y música. Contrapuesto al punk hecho por chicos del extrarradio, aquellos que deseaban hacer su propia música para escapar de la mugre de un país que estaba saliendo de cuarenta años de dictadura. No es lo mismo la actitud de unos chicos bien que han salido raritos y les da por la música, que la de chavales de extracción humilde para quienes tocar y el “hazlo tú mismo” fueron la única forma de intentar sacar la cabeza.
Así, el documental se divide en dos etapas. En primer lugar asistimos a los inicios del punk en Madrid, que de alguna manera entró “como una moda, una cuestión más estética, con cierta connotación política; había detrás un cierto poso de pseudo-situacionismo y anarquismo pero no realmente articulado”, afirmó David durante el debate posterior a la proyección. En la España del 78 la prensa, bastante en la parra, tachaba de punk a Ramoncín. El que fuera “rey del pollo frito” reconoce que, en todo caso, punk eran su actitud y estética (aquel famoso rombo pintado en uno de sus ojos), pero en absoluto lo era su música. En relación a aquellos inicios, bandas como Pegamoides, que “tenían a dos mujeres como líderes, Ana Curra y Alaska, e integrantes homosexuales” fueron, según David, interesantes desde la perspectiva de género, por su puesta en valor de estos dos colectivos, más allá de la música. El documental retrata a la perfección aquel primer punk del Madrid ochentero de la Edad de Oro, del alcalde Tierno Galván (“a colocarse y al loro”) y del Rock Ola, (local donde todo el mundo afirmaba haber estado y al que Larsen arrearon cera en una canción, “Noche de destrucción en Rock-Ola”). Me traslada a mi primera adolescencia, aquella época de teléfonos de disco y cartas, cuando había dos canales en la tele y nosotros sólo podíamos bajar a Madrid desde Alcorcón acompañados por adultos. Un Madrid maravilloso, provinciano y atrasado, con El Cojo Manteca rompiendo farolas en Banco de España, Antonio Vega y Nacha Pop cantando “Relojes en la oscuridad” en la Bola de Cristal, los soportales de la inacabada Almudena apestando a orines y habitados por yonquis y el metro como una apasionante nave especial.
La segunda parte del documental tiene una connotación más política, como lo tuvieron las bandas que fueron surgiendo. La llamada transición a la democracia no se veía ya tan “ideal”. Alarmantes cifras de paro, leyes represoras y un PSOE que había mostrado su verdadera cara pusieron a muchos sobre aviso, aquello no era lo que les habían vendido. El desencanto politiza más activamente al movimiento punk español, en consonancia con lo que sucedía en otros países como los del norte de Europa o Italia. “Empezó a conocerse y a tener en cuenta lo que estaba sucediendo fuera y de alguna forma se quiso traer aquí. De ahí surgió la historia de la Calle Amparo y las primeras okupaciones madrileñas y entonces se desarrollará esta otra escena políticamente articulada que ya tiene un mensaje concreto y unas formas de hacer más políticas y allí están por ejemplo el grupo Sin Dios, que es además un vehículo de propaganda política”, explicaba David. Minuesa, una antigua imprenta situada en la Ronda de Toledo, sería okupada en el verano de 1988, y durante varios años funcionó como Centro Social donde se realizaron todo tipo de actividades culturales y políticas. Su desalojo, en 1994, fue uno de los más violentos en la historia de la okupación estatal.
Durante el coloquio que tuvo lugar tras la proyección, David aclaró que llegó un momento en que decidieron abrir el documental “a la comunidad a través de un crowdfunding, en el que no solamente buscamos financiación sino también establecer contactos con la gente que tuviera cintas de vídeo, fotografías, maquetas y cualquier material que pudiéramos utilizar”. Así llegaron a contactar con mucha gente interesante, como Juan Luis, administrador de la web “La okupación como analizador”, sobre los primeros años de historia del Movimiento de Okupación en la Comunidad de Madrid, “con una base de datos impresionante”, concluyó el director.
El debate finalizaba con la descorazonadora pregunta de qué queda de aquella escena y que no acaba de tener una respuesta clara, pero yo me quedo con las palabras de Pollo al final del documental. El guitarrista de los míticos Larsen afirma, en una mirada atrás sin ira, no arrepentirse de nada de lo que ha hecho en la música, que le ha proporcionado una vida interesante y enormes satisfacciones. No hay más que hablar.

Momento del debate en La Quimera. Foto: Miguel Destruye

Omega. Veinte años del épico viaje de Morente y Lagartija Nick (documental)


En la cartelera de los cines Golem de Madrid
Una vez vi en directo a Enrique Morente. Fue en Guadalajara, un helado 24 de febrero de 2005, en el IV Festival Musical a favor del Pueblo Saharaui, cuya recaudación iba destinada íntegramente a la ayuda de los refugiados saharauis, en la línea de generosidad y solidaridad que siempre caracterizó al cantaor. Arte y trabajo casan mal, y apenas tengo recuerdos de la actuación, preocupada por cómo llegar a casa y que no se nos hiciera demasiado tarde para el madrugón del día siguiente. Yo entonces no sabía demasiado de Morente y sí mucho de Mariem Hassan, que fue quien compartió cartel con el cantaor granadino. Años después, cuando ya ni Enrique ni Mariem están entre nosotros (sí en recuerdo y espíritu), Manuel Domínguez de Nubenegra me lo recordaba así: “Yo estaba en el backstage y le comenté a Enrique el asunto del cáncer de Mariem. Su respuesta fue: Avísame antes de que empiece su última canción y que aguante un momento. Y así lo hice. Él entró con los palmeros y le cantó. Fue maravilloso pero no lo pude recoger de ninguna manera. Me limité a disfrutar del momento”. Unas fotos nuestras de mala calidad son el único testimonio que guardamos de aquel concierto.
Este recuerdo, más mítico que musical, tiene un lugar destacado en mi memoria porque con los años Morente y Granada se han convertido en un asunto muy presente en mi vida. Poco entendida del flamenco, sí he escuchado desde muy joven a aquellos a los que se denominó “nuevos flamencos”. Por eso mi Morente más accesible es el de “Omega”, disco que lo tiene todo, además de flamenco, punk rock, Granada, un cierto malditismo, caos y un empeño y decisión que lo convirtió en un viaje lleno de épica y mitología.
Cuando se cumplen veinte años de la publicación del Omega se preparan diferentes trabajos que recuerdan y homenajean un disco con canciones de Leonard Cohen y letras de Federico García Lorca. Además de una nueva edición de Universal Music en diferentes formatos, cd+dvd, en vinilo y digitales, el viernes 18 de noviembre se estrenaba el documental que narra aquel choque de trenes cuando Morente aceptó probar a ver qué salía de la colaboración con aquellos muchachos punkies que le rondaban. El magnífico documental, dirigido por José Sánchez Montes y Gervasio Iglesias, cuenta con un extenso material de archivo sonoro y audiovisual y numerosos temas y documentos inéditos. Es de obligada visualización por muchos motivos. Con una cuidada estética, el documental está engarzado a través de los diarios de grabación de Antonio Arias y las fotos de aquellos días. Los directores saben lo que hacen. Sánchez Montes ha dirigido entre otros el documental “Enrique Morente sueña la Alhambra”, Iglesias es productor de la aclamada “Triana pura y dura”
Morente se enamoró del rock “Yo tenía que haber sido rockero, me he equivocao, pero en aquel tiempo se hacía lo que se podía” y se sumergió por completo en aquella música, se enamoró de las botas de punta, las pulseras de pinchos, los pantalones de cuero y las gafas de sol molonas. Los Lagartija Nick entraron en el flamenco de la mano de un grande, en un mundo, como dice Antonio Arias en el documental “cuya puerta sólo se abre desde dentro”. Los flamencos que colaboraron alucinaban con la última ocurrencia del maestro. “¿Lagartija Nick, quiénes son esos?”, se preguntaba Tomatito; “¿Pero qué está haciendo este tío?”, afirma Montoyita que pensó cuando los vio juntos por primera vez. En el Omega hubo más flamencos, guitarristas de la talla de Miguel Angel Cortés, Vicente Amigo, El Paquete o Isidro Muñoz. “Aquel sonido tan rompedor nos superó a todos”.
Una fascinación entre artistas de mundos tan aparentemente alejados que no estuvo exenta de problemas, resquemores, suspicacias, temores y obstáculos. Morente tuvo serias dudas sobre lo que estaban haciendo, sobre si aquella criatura enorme y fabulosa le acabaría devorando. Los primeros tiempos de grabación transcurrieron felices en Granada, con la presencia amorosa y benéfica de la familia Morente, con unas fascinadas Aurora y Estrella animando al cantaor. Tras los momentos vividos de descubrimiento y creación sin prejuicios vinieron los primeros golpes. Como cuenta Antonio Arias en el documental hubo en Madrid quienes sembraron la inquina en el cantaor, “te han engañado Enrique, le dijeron, cosa que era la frase que más le dolía”. Recuerda la angustia que sintió Morente, “Antonio, ¿por qué quieres destrozar mi carrera?”, le llegó a decir. Tampoco el Omega fue un dulce para Lagartija Nick. “Si se aprende con alguien, se aprende con los maestros y si tienes un maestro que te quiere enseñar, como era Enrique, tienes que abandonarlo todo”, afirma Antonio. Se acabó su relación con Sony Music. Eric, el batería, abandonó el grupo, harto entre otras cosas de que Antonio lo hubiera descuidado, de hecho no llegó a tocar en los primeros conciertos del Omega. Incluso a eso tuvieron que sobreponerse, ¿fue o no fue una empresa titánica?
Complicado fue también encontrar compañía que sacara el disco. Finalmente lo lograron gracias a Borja Casani y Sabine Ecomard, de la revista El Europeo, editores de una colección de libro-discos muy conocida en los 90. Consiguieron un mecenas, el constructor Antonio Idzikowski, que financió un disco que rechazaron varias discográficas. También hubo su polémica con Alberto Manzano, el traductor de las letras de Leonard Cohen, Enrique las cantaba a su manera, cambiaba las letras a su sentir.
Morente quería y temía presentar su obra. En 1996 llegó la famosa actuación del Albéniz. Tras un recital flamenco “clásico”, se bajó un telón y aparecieron los Lagartija Nick con Eric golpeando la batería, sonaban los primeros compases de Omega. Y se lio la de Dios. “Sinvergüenzas. Esto es basura. Canta flamenco. Eso es ruido”. Querían matarlos. Tardaron horas en poder salir de los camerinos. Nacía un hijo bello y complejo, condenado al bullying, “a veinte años de hastío por intentar cambiar el sistema desde dentro”, pero lograron desquitarse. Conquistar Granada, conquistar Madrid, y aterrizar en Nueva York, siguiendo los pasos del poeta. Aunque tuvieron que pasar varios años para lograrlo, al menos Morente pudo disfrutar el éxito de Omega estando vivo. Llegaron los festivales, el público rockero acogió a Morente con los brazos abiertos, y él se dejó querer. Porque necesitaba encantarse para encantar a los demás. Y tuvo el reconocimiento del público del rock, que enloqueció con aquello, por fin ya sólo le quedó disfrutarlo. El Festival de Benicassim, el Primavera Sound, la Riviera, su actuación en Valencia con Sonic Youth, México. Morente “y sus modernuras”, le decía Aurora. El más punk de los cantaores, rebelde, inquieto y complejísimo.
Granada es otra protagonista del documental. Deslumbrantes son las imágenes de Morente y Cohen en el mirador de San Nicolás o de la majestuosa Alhambra visible desde la casa del cantaor; recuerdos de la Granada de los 90, los bares por donde transitaban los Lagartija y los modernos de la época, las tabernas por donde el grupo rondaba a Enrique en un incansable “morenting” porque “querían hacer algo” junto a él. O un paseo con Eric entre graffitis apocalípticos del Niño de las Pinturas por la cuesta de Escoriaza, al lado de la Placeta de Joe Strummer. También vemos el bar de Eric o Discos Bora-Bora.
Es en definitiva este documental un homenaje a unos grandes que ya no están. Además de a Morente, a Lorca cuya presencia empapa el documental. También al inolvidable Leonard Cohen, fallecido el pasado 7 de noviembre. Y por supuesto a Jesús Arias, ideólogo del álbum, un ser excepcional, el primer punk de Granada, líder de los míticos TNT, periodista y colega de Joe Strummer, narrador en estado de gracia de las alucinadas anécdotas protagonizadas en la ciudad por el líder de The Clash. Poco se ha reconocido a Jesús su incansable trabajo a lo largo de cuatro décadas.
90 minutos que son pura gloria. Y que las iguanas vivas sigan mordiendo a los hombres que no sueñan.