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Encore Trasatlántico, una antología que celebra el rock de México y España


Mi colaboración en el nº 80 de Discos y Otras Pastas. Octubre 2017
La literatura es una actividad solitaria. Pero a veces te ofrece la oportunidad de participar en un proyecto que combina las cosas que más te gustan. Así acometí con enorme ilusión la invitación del editor independiente mexicano Pedro Escobar a colaborar en la antología de narrativa rock “Encore Trasatlántico”, una obra coral que me ha dado la oportunidad de participar en un libro donde se combina la música, la escritura y la ilustración. Dice Pedro Escobar que “imaginar es un acto de rebeldía y dos de sus expresiones más puras, la literatura y la música rock, son herramientas elementales para rebelarse a la realidad de tiempos violentos, llenos de fanatismo e intolerancia”.
Defendemos la narrativa rock porque sin duda la música inspira historias y al mismo tiempo la literatura influye en la música. “Cuántos de nosotros hemos tenido una historia a partir de un concierto; cuántos de nosotros hemos dedicado una canción o hecho una playlist para alguien; cuántas veces hemos pensado esta canción habla de mí, habla sobre mi vida”, afirma Pedro. Hay canciones que encierran maravillosas historias en poco más de tres minutos. Hay maravillosos letristas en el mundo del rock, auténticos poetas y narradores. Todo ese poso se nota inevitablemente en nuestros relatos.
“Encore Trasatlántico” es, según el editor y autor de uno de los cuentos Pedro Escobar, “un ejercicio lúdico de imaginación colectiva, pero también una muestra de que la música y el arte nos dan armas para reconocer nuestras similitudes y tolerar nuestras diferencias”.
La antología cuenta con veintiún relatos inspirados en la vida y obra de conocidas bandas de México y España, como Maldita Vecindad, Vetusta Morla, Radio Futura, Café Tacvba, Tino Casal, Camarón de la Isla, Joaquín Sabina, Alaska y Dinarama, Hombres G, El Luto del Rey Cuervo, Botellita de Jerez o Fermín Muguruza, entre otros intérpretes.
Participo en la antología junto a los autores españoles Juan Pablo Rovira, Eduardo Guillot y Pepo Márquez. Nos hemos unido a los escritores mexicanos Édgar Omar Avilés, Francisco Haghenbeck, Alberto Chimal, Isaí Moreno, Alejandro Mancilla, Pedro Escobar, José Luis Zárate, Carlos A. Ramírez, Alejandro González Castillo, Jacobo Vázquez, Juan Carlos Hidalgo, Pilar Ortega, Luis Membrillo, Karina Vargas, José Antonio Sánchez Cetina, Armando Vega-Gil, Raquel Castro y Enrique Blanc, éste último, encargado del prólogo del libro
“Encore Trasatlántico” mantiene la vocación de mezclar diferentes disciplinas presente en las otras dos antologías anteriores. Así cada cuento se acompaña de su correspondiente ilustración. Marino Masazucra, Karina Vargas (autora además del cuento que ilustra), Miguel Ángel Platón o Erik García Ponce, son algunos de los ilustradores que con su buen hacer engrandecen nuestras historias.
El libro, que trata de romper ese “muro de agua” que separa ambos lados del Atlático, destaca por la variedad de estilos y artistas que abarca, gracias a la libertad que nos ha dado Pedro Escobar a la hora de crear nuestros relatos e ilustraciones y de elegir a las bandas.
Para combatir la soledad del escritor, nada mejor que el intercambio entre disciplinas, creadores y lectores. Eso es, en definitiva, nuestro “Encore Trasatlántico”.


Soleá Morente en una noche llena de todo lo que nos gusta


En esta casa queremos mucho a los Morente. El patriarca, el gran Enrique Morente, fue un prestigioso cantaor flamenco, de espíritu rockero, hombre avanzado, valiente y solidario con muchas causas. Al gran Morente los hijos le salieron artistas, Estrella fue la primera, revelándose como una poderosa cantaora, en la senda de su padre. Eran los tiempos de la grabación de Omega, el mítico disco que llevó al límite la experimentación, mezclando flamenco puro con punk rock y que originó una explosión nuclear en la década de los 90. Por entonces Soleá Morente era una niña que soñaba con escribir. El desaparecido músico y periodista granadino Jesús Arias, compadre de Joe Strummer y cronista de treinta años de rock en la ciudad andaluza la definía como “la más entrañable de la familia, la más tímida, tal vez la que tiene mucho más mundo interior”. Soleá se mantuvo a la sombra y fue tras la repentina muerte de su padre cuando se decidió a iniciar su carrera musical.
Su relación con diferentes rockeros españoles, miembros de Lagartija Nick, Los Planetas, Pájaro Jack o Napoleon Solo, le han granjeado el apodo de “La hija indie de Morente”. Mi interés por Soleá comenzó cuando en 2013 descubrí su tema,“Si tú fueras mi novio”, con Los Evangelistas. Soleá, cuyo primer álbum “Tendrá que haber un camino” fue publicado a finales de 2015, se ha hecho en estos pocos años de carrera con un bonito repertorio de canciones como “Todavía”, “La ciudad de los gitanos”, “Dormidos”, “Vampiro”, o “Dama errante”.
Las fiestas patronales de Madrid nos ofrecieron la posibilidad de disfrutar de Soleá el pasado sábado 13 de mayo en un concierto lleno de elegancia, delicadeza, corazón y sensibilidad. Soleá apareció en el espectacular escenario de la Plaza Mayor de Madrid, vestida de flamenca, con flor roja en pelo, cazadora de cuero y la muñequera de pinchos que perteneció a su padre y siempre lleva puesta en su memoria. Se acompañó a los coros, las palmas y el baile de su madre, Aurora Carbonell y su tía, “la Globo”. La noche tuvo su “momento Cohen”, con la versión de “Esta no es manera de decir adiós”. Soleá contó en un tema con la presencia de La Bienquerida, cantante que ha compuesto tres canciones para el segundo disco de Soleá, una de ellas “Nochecita Sanjuanera”, que también sonó en el concierto. Para finalizar, Soleá nos regaló una bonita versión de “El bello verano”, de Family, un grupo vasco de pop indie de los años 90. Una noche llena de todo lo que nos gusta.


Tino Casal y el arte de un ser excesivo



Mi colaboración en el número 78 de Discos y otras pastas
“Me miran de arriba abajo. A la gente le da envidia cómo me visto”. Tino Casal.
Para nosotros, niños en los años 80, Tino Casal (José Celestino Casal Álvarez. Asturias, 1950 - Madrid, 1991) se convirtió en un personaje habitual de Aplauso, Tocata y Rockopop, programas musicales de aquellas décadas que a mí me fascinaban. Artistas como Tino Casal colorearon la antigua tele franquista de años pasados y cambiaron por chupas rosas los trajes gris marengo de los tecnócratas del régimen. Sólo por enseñarnos que la vida podía tunearse merece la pena Tino Casal, todo lo demás es un plus.
“El arte por exceso” es el nombre de la exposición compuesta por 200 piezas que le ha dedicado el Museo del Traje en Madrid. El visitante es recibido por el enorme cuadro de Costus “Caudillo”, en el que aparece Tino vestido de cuero y con melena llameante al viento ante el Valle de los Caídos.  Dentro esperan ropa, cuadros, esculturas, complementos, zapatos y objetos personales del cantante. Porque Tino Casal fue mucho más que música. Convertido en una especie de Bowie patrio, creó con tesón su propio personaje. Pintor, escultor, decorador, productor, diseñador de moda, estilista, escenógrafo.
Comenzó su carrera musical a la temprana edad de trece años, pasando por varias bandas en la década de los sesenta como Los Zafiros Negros o Los Archiduques, donde practicaba un pop muy de la época con pinceladas folk. A mediados de los setenta se marchó a Londres, donde reafirmó su poderosa estética. De vuelta a España consiguió un contrato discográfico y se dedicó a tiempo completo al espectáculo. Sólo pudieron retirarle del escenario un problema de necrosis en una pierna, que le obligó a una larga convalecencia, y el accidente de coche por el que perdió la vida hace veinticinco años.
Entre sus éxitos se encuentran “Champú de Huevo”, “Embrujada”, “Bailar hasta morir”, “Pánico en el edén” (sintonía de la Vuelta ciclista a España en aquellos años en que la música techno y el grupo Azul y Negro acompañaban a los ciclistas mientras pedaleaban) o “Eloíse”, la majestuosa versión de la canción de Barry y Paul Ryan, que también interpretaron The Damned.
Tino traspasaba sus estilismos a los músicos que le acompañaban en las actuaciones televisivas y en los conciertos, siempre rodeado de unas escenografías barrocas y delirantes muy en su línea. Zapatos, pendientes, broches, brocados y encajes, pieles, “cebrerío y serpenterío”, chaquetas de hombreras imposibles, ropa arquitectónica, chupas de cuero pintadas a spray, pantalones estampados. Cuidaba al milímetro el peinado, el tinte y el maquillaje. Acumulación, superposición y exceso, Tino elevó el glam a la enésima potencia.
Colaboró con los más pintones de aquella época. Fue modelo de las pinturas de Costus, le fotografiaron Pablo Pérez-Mínguez, Juan Nebot, Álvaro Villarrubia o Miguel Trillo. Pintó al alimón con MacNamara y colaboró con importantes modistos como Francis Montesinos y Antonio Alvarado.
Tenaz, excesivo, audaz, inquieto, precoz, teatral, dandy, fetichista, elegante, una suerte de Diógenes para acumular objetos barrocos, estos titulares aparecidos en la prensa española dan cuenta de su dimensión: “Cada día estoy menos loco”, “No me gustaría ser una petarda de mayor”, “He visto la muerte de cerca y tenía mi cara”, “Soy bastante mejor de lo que esperaba”. 



The Brian Jonestown Massacre, un torrente de música hipnótica



Mi participación en el DISCOS Y OTRAS PASTAS nº 77 Fotos: EmeMarkt
“Para mí la música de BJM es un magma casi inabarcable de la que extraigo mis piedras preciosas” @ilgatopando 
Comienzo esta rápida crónica de un concierto en el que tenía muchas ganas de estar, con esta frase que me escribía en Twitter un compañero de red social, referida al grupo de nombre casi impronunciable, The Brian Jonestown Massacre.

La banda del californiano, aunque afincado en Berlín, Anton Newcombe tocó en Madrid el pasado 8 de septiembre. Había mucha expectación por verles en directo, como demuestra el lleno que registró el madrileño Teatro Barceló, lugar que acogió el evento. El rock psicodélico al estilo de los 60 es marca de las composiciones de Newcombe, un músico prolífico, lleno de personalidad y estilo, que va completamente a su aire, algo que sin duda se agradece en el esclerótico panorama discográfico.
El grupo ofreció un concierto extenso, dos horas sin bises, en el que se no se alargaron los temas más de la cuenta y en el que no sonó mi canción preferida de la banda ‘If love is the drug’. No he encontrado el setlist de Madrid pero en el de Barcelona se registran treinta y cuatro canciones. Su último EP es “Thingy Wingy” (noviembre de 2015), aunque Newcombe, compositor y productor de sus propios discos, explica en varias entrevistas que ahora está enfrascado en la grabación simultánea de dos álbumes.
Si no me equivoco, de la formación original de principios de los 90 sólo permanecen Newcombe y Matt Hollywood. Actualmente la banda está compuesta por ocho músicos: batería, bajo, teclista, guitarras y su conocido “Mr. Tambourine Man”, el percusionista Joel Gion, que ocupaba el centro del escenario con su pandereta y una envidiable actitud, todo un ejemplo de cómo subirse a un escenario. Dentro de la extraña disposición en escena que suelen utilizar, Anton Newcombe, líder indiscutible de la banda, se situaba en un extremo del escenario. Actitud underground (del de verdad) hasta en la colocación. La banda de Newcombe, vestido con casaca blanca y adornado con múltiples collares, forma un conjunto sólido y en perfecto engranaje. Durante varios momentos se reunieron a departir en torno al batería para decidir el siguiente tema a tocar, culminando con un final poderoso, bastante más eléctrico y potente de lo había sido el resto del concierto.
El imposible nombre de BJM es un juego de palabras con el mítico guitarra de The Rolling Stones, Brian Jones, cuya imagen aparece de manera recurrente en el artwork de la banda, y el suicidio colectivo de casi mil personas en 1978 en Jonestown (Guyana), recuerdo haber visto sobrecogida de pequeña la noticia. BJM son protagonistas junto a otra magnífica banda, The Dandy Warhols, del documental DiG! (2004), de Ondi Timoner.
Como mencionaba el amigo il gatopando al inicio de esta crónica, la producción de BJM es una amalgama de LPs, singles, EPs, ya que Newcombe es un artista realmente prolífico. Me siento incapaz de abarcar su extensa y desperdigada discografía, mejor disfrutar del torrente incontenible de su música hipnótica. Y ya que estamos, recomiendo la escucha del disco de Tess Parks, “Blood Hot”, una artista con la que Newcombe colabora estrechamente y que bebe de muchas de las fuentes de The Brian Jonestown Massacre. 



El setlist gracias a EmeMarkt

‘Eight days a week’, revisitando el mito The Beatles


#EightDaysAWeek amamos a los Beatles
Mi participación en el DISCOS Y OTRAS PASTAS nº 77
Hace poco leí que alguien afirmaba que su hecho histórico preferido fue que los padres de George Harrison le permitieran viajar a Hamburgo a pesar de ser menor. Independientemente de lo que tenga de irónico esta afirmación, es indiscutible que The Beatles tienen un lugar de honor en la historia del siglo XX y que la carrera de la banda comienza en aquel viaje a la ciudad alemana.
El conocido director de Hollywood Ron Howard ha realizado un documental, ‘Eight days a week’, centrado en los conciertos del grupo más grande de la historia, aquellos fab four, los cuatro muchachos de Liverpool que cambiaron el curso de la cultura popular con una breve y meteórica carrera de la que se sabe casi todo. Howard recorre en el documental los conciertos que realizó la banda desde sus inicios en Hamburgo y The Cavern en Liverpool hasta su último concierto en el Candlestick Park de San Francisco en 1966 (en realidad la última vez que los cuatro tocaron en directo juntos fue en la azotea del edificio de Apple Corps). Entre medias unas 1400 actuaciones en cuatro años, conciertos en lugares cada vez mayores, ante audiencias de cientos de miles de personas, tocando en diferentes continentes. Unas actuaciones que empezaron a írseles de las manos. Sorprende el poco personal que llevaba The Beatles en las giras, cada vez más mastodónticas. Increíble que no pasara alguna desgracia, con aquellos miles de enajenados fans contenidos con mucho esfuerzo por policías absolutamente desbordados. La locura. No existía entonces equipo de sonido que pudiera elevar su música para superar el griterío. “El sonido salía por la megafonía del estadio”, cuenta Ringo Starr.
“¿Cultura? Esto no es cultura. ¡Es solo unas buenas risas!”, afirmaba en 1964 Paul McCartney con ingenuidad. ‘Eight days a week’ refleja la evolución de aquellos cuatro amigos gamberros y talentosos, que componían bonitas canciones de amor, adorados por los fans y la prensa. Pero a medida que el grupo fue madurando empezaron las críticas, les llamaron pretenciosos, en EEUU quemaron sus discos por las palabras de Lennon en 1966: “Los Beatles son más populares que Jesucristo”. En diciembre de 1965 The Beatles sacaron ‘Rubber Soul’. La gente no entendía el giro que había dado su música, habían pasado del “quiero agarrarte la mano” a letras complejas y elaboradas. “A mí no me gustó nada. A las dos semanas no podía vivir sin el disco”, afirma Elvis Costello en el documental. “No podemos hacer siempre lo que la gente espera de nosotros”. The Beatles crecían, querían mandar sobre sus grabaciones y sus carreras, experimentar y probar nuevas disciplinas.
Asistimos también a demostraciones sobre su conciencia de clase, eran niños de la posguerra, hijos de la clase trabajadora y nunca renegaron de ello. En sus conciertos en EEUU se negaron a que hubiera segregación racial. “Eran como mis amigos, aunque yo fuera negra. Eran mis amigos, no les veía blancos, no importaba el color”, Whoopi Goldberg, entonces una adolescente, asistió con su madre al mítico concierto del Shea Stadium de Nueva York en agosto de 1965. La música eliminaba las diferencias.
Cerca de 2.000 documentos gráficos, fílmicos y sonoros componen ‘Eight days a week’, que ha sido proyectado de manera simultánea en cines de todo el mundo durante ocho días, antes de ser difundido en otras plataformas audiovisuales.
El documental está lleno de imágenes emocionantes y algunas poco conocidas, como los duros y masculinos rudos hinchas del Liverpool cantando antes de un partido cantando en las gradas She loves you. Sentimiento de orgullo

Larga, eterna vida a The Who. Concierto en Madrid, Mad Cool Festival. 16 de junio de 2016



Fotos: Álvaro Pérez Pintor y Conx
Como dice mi amigo Elvis ha abandonado el edificio esta es una ResaCrónica, empezada con dolor de cabeza y cansancio pero también con emoción y escalofrío. No quiero comparar rock con religión, mesianismo ni nada por el estilo pero pocas cosas pueden elevar más alto que los cincuenta años de “Maximum R&B” de una banda más que mítica, The Who, la banda de mi vida. Les sigo desde el ya tan lejano 1990, cuando les descubrí con diecinueve años gracias a Quadrophenia, en aquellos tiempos pre-internet en que para saber sobre un grupo había que comprar libros y revistas, cuando escuchábamos los vinilos hasta que echaban humo, cuando aún no teníamos CDs y nos grabábamos los discos en cinta de casete. Acaparaba instantes y tesoros como mi preciado pin de The Who, que compré en unos puestos en mi época universitaria y que hace años que no me pongo por miedo a que se me pierda, o un libro de ediciones Júcar sobre la banda, mis vinilos, mi copia en VHS del mítico documental de 1979 ‘The kids are alright’, mis pelis de Quadrophenia y Tommy (aquella locura de Ken Russell), y un concierto épico de 1989 celebrado en EEUU, cuando aún eran tres, que he visto decenas y decenas de veces.
Las canciones de The Who, más grandes que muchas vidas, hablan de angustia juvenil, de esa incomodidad que te asalta por no encontrar tu sitio en el mundo, cuando nada te sale bien y no tienes los mecanismos para superar con relativa facilidad las frustraciones, fracasos y decepciones inevitables en toda vida; hablan del amor como una catástrofe, como un enigma incomprensible e ingobernable. Las canciones, muchas ya himnos, de The Who nos han acompañado desde nuestra adolescencia, han calmado nuestras inseguridades y miedos, han aliviado el dolor de vivir, nos han inyectado energía, nos han hecho arder y nos han enamorado para siempre y sin remedio. Aún hoy, cuando ya estamos afrontando la madurez, siguen con nosotros y no han perdido un ápice de frescura y autenticidad. No está mal para unos chicos salvajes de Londres, deslenguados y procaces, convertidos en mito gracias a un puñado de canciones redondas, de explosivos directos y de unas vidas al límite que manejaron como mejor pudieron.
El pasado mes de marzo saltaba la noticia de que la banda de Daltrey y Townshend regresaba a Madrid diez años después de su última actuación, que yo tontamente me perdí en un momento de mi vida en que tenía la música un poco abandonada. No era cuestión de desaprovechar una ocasión que podía ser la última, así que nos aseguramos las entradas lo antes que nos fue posible. Y por fin el jueves 16 de abril nos pusimos en marcha hacia la Caja Mágica, donde se celebraba el Mad Cool, ese macrofestival que intenta paliar la falta de grandes eventos musicales en Madrid. Pocas cosas me podían apetecer menos que acudir a un festival mastodóntico, romperme la cabeza para activar las pulseras para entrar, echar cuentas sobre cuántos euros meter en un modernísimo sistema de pago para las consumiciones, pensar en cómo llegar hasta un lugar desangelado y con sospechosa comunicación en transporte público (luego resultó no estar tan incomunicado), tener claro que iba a ver el escenario muy, muy lejos… Yo soy de disfrutar de la música en directo en recintos pequeños pero la ocasión de tener a The Who en Madrid merecía todas las incomodidades e inconvenientes. 
Aún brillaba el sol en un cielo de Madrid cubierto de nubes cuando un “Manténgase tranquilos. Aquí viene The Who” daba paso a los señores Daltrey y Townshend. Da igual que hayan superado los 70 años o los huracanes que les han pasado por encima en sus azarosas vidas, 50 años de carrera con insuperable brillantez les contemplan. Mientras rugíamos de gusto y celebración los músicos se situaban en el escenario. Por primera vez encontré a Roger Daltrey algo mayor, ha tenido una madurez espléndida de tipo que ha debido cuidarse mucho, fuera de las adicciones y trampas que tiende la vida salvaje del rock; las pantallas nos lo mostraban vestido con una camisa oscura y entallada, gafas de sol azules y aún con buena mata de pelo rizado, aunque ya nada que ver con la que lucía en la época de Tommy. Pete Townshend, abrigado con una cazadora Harrington azul marino y gorro de lana, también se protegía con gafas oscuras. Rodeados de verde y árboles escuchamos los primeros compases de su primer éxito ‘I Can't Explain’, la locura; una canción de 1964 que sigue de actualidad plena. En la gigantesca pantalla situada detrás de la banda pasaban imágenes de unos Who con veinte años, pelo corto, impecable elegancia mod: Daltrey, Townshend más Moon y Entwistle, los dos miembros que tristemente se quedaron en el camino.
El concierto continuó con otros temas de su primera época como ‘Substitute’, ‘The Kids Are Alright’ o la icónica ‘My Generation’, los mitos indiscutibles pueden permitirse sin problemas cantar aquello de «I hope I die before I get old» con más de setenta años, vi a través de las pantallas al ahora entrañable Roger Daltrey sonreírse mientras lo decía. Él y un todavía fiero Townshend son mitos andantes, aún en pie de guerra aunque falten Keith y Entwistle. La actuación pintaba bien, se les veía a ambos con mucha energía, entrega y buena forma, la banda sonaba a la perfección y la escenografía resultaba espectacular. Además para esta gira Daltrey y Townshend se acompañan de magníficos músicos como, entre otros, Pino Palladino al bajo, Simon Townshend a la guitarra o el maravilloso Zak Starkey, sí el hijo de Ringo, a la altura de un grupo con batería de leyenda, el inconmensurable Keith Moon, que fue quien regaló su primera batería a Zak.

Es una locura elegir hora y media de canciones cuando se tiene un repertorio como el de The Who. Sonaron la psicodélica ‘I Can See for Miles’, o dos temas que no me esperaba, ‘Join Together’ y ‘You Better You Bet’. Inolvidables momentos como la estremecedora ‘Behind Blue Eyes’, «My love is vengeance», con un enorme ojo azul proyectado en la pantalla. También nos regalaron un repaso a las dos óperas rock del grupo, Quadrophenia y Tommy, con imágenes que rememoraban la película, convirtiendo el recinto en un clamor al sonar ‘Pinball Wizard’. El final del concierto, un tanto abrupto, con la presentación de la banda a cargo de Townshend y sin bises, llegó con las épicas ‘Baba O'Riley’ y ‘Won't Get Fooled Again’.
Sobre el escenario principal del Mad Cool disfrutamos de un concierto montado con absoluta inteligencia. Sonaron sus canciones más conocidas, disfrutamos de un montaje espectacular pero sin abandonar jamás el buen gusto, el grupo se acompañó por una banda solvente y espléndida, interpretando su repertorio con maestría, elegancia y energía, sin efectismos, con la calidez frente a un público entregado, sin gestos de estrellas. Músicos de su talla y con su historia no necesitan de tonterías. Vimos una banda viva, llena de fuerza, tocando temas redondos con gusto y con ganas, compartiendo su leyenda con total generosidad. No podían defraudarnos, no lo hicieron. Larga, eterna vida a The Who.
Banda: Roger Daltrey, voz, pandereta y armónica; Pete Towshend, guitarra y voz; Zak Starkey, batería; Pino Palladino, bajo; Simon Townshend, guitarra; John Corey, teclados , coros; Frank Simes, teclados, coros armónica, arpa de boca; Loren Gold, teclados , coros.
Set list (16 de junio de 2016): I Can't Explain; Substitute; Who Are You; The Kids Are Alright; My Generation; I Can See for Miles; Behind Blue Eyes; Join Together; You Better You Bet; I'm One; 5:15; Love, Reign O'er Me; Amazing Journey; Pinball Wizard; See Me, Feel Me; Baba O'Riley; Won't Get Fooled Again.

Perdonen nuestra insistencia, estamos editando un disco. Campaña para editar la banda sonora de ‘Sin pedir permiso’


Narrativa rock. Literatura y música. Novelas con banda sonora. La banda imaginada de mi novela ‘Sin pedir permiso’, que transcurre en una radio libre en el Madrid de los 90, cobra vida de la mano del joven guitarrista Migüel Bastante.
En diciembre de 2015 la editorial Libros.com publicaba la novela y para su presentación de Madrid “yo tenía un sueño”: que alguien musicalizara las canciones cuyas letras había compuesto para la novela, canciones de Cierre x Impago, la banda de los protagonistas del libro. Marino Masazucra, ilustrador de la portada de ‘Sin pedir permiso’, me puso en contacto con Migüel y en tiempo récord lo conseguimos.
Ambos establecimos un juego fascinante. A partir de las letras de las canciones y las indicaciones que se dan sobre ellas en la novela, Migüel compuso la música, adaptando melodía y letras de una manera sorprendente y exacta. Cuando contactamos le expresé mis dudas sobre la posibilidad de musicalizar mis letras, jamás había escrito una canción. Migüel las disolvió de inmediato: “A todo o a casi todo se le puede poner música”. Y qué bien puesta ha estado en nuestro caso. Gracias a la batería de Cristian Chilo, que además hizo las mezclas en unas maratonianas jornadas de grabación, pronto tuvimos el disco terminado. Ni qué decir la emoción que sentí al escuchar los temas completos por primera vez. Migüel es un finísimo guitarra y gran compositor. También quiero destacar el estupendo trabajo de Chilo.
Sólo nos faltaba la parte gráfica. En el libro el encargado de hacer la portada es uno de los personajes, Animal, dibujante y miembro de la banda, adicto a las más locas perfomances. Así se describe en el libro la maqueta de Cierre x Impago: “En la portada aparecía el rostro de un ser desesperado, con la boca abierta y agarrándose la cabeza, sin duda inspirado en El grito de Munch. La mezcla de colores, los trazos rabiosos y el aire entre onírico y atormentado de la composición convertían la portada de aquella humilde maqueta en una pequeña obra de arte”. Yo quería un ilustrador potente que se involucrara con la propuesta. Encontré el mejor cómplice en el dibujante granadino Juarma, una figura del underground español que dio muestras de total generosidad y disposición, además de muchas ganas, puesto que nunca había participado en un disco. Su estilo, inconfundible, y un poderoso fondo amarillo son el magnífico colofón a una obra “hecha con muchísimo amor”, como dice Juarma en su web.
‘Hecatombe vacacional’ (furia punk sobre una ruptura amorosa en la playa), ‘Empática y diplomática’ (dedicada a la protagonista de la novela) ‘Vallecas 83’ / Con nuestro palique suburbial (rock urbano en homenaje al barrio madrileño de Vallecas de los primeros años 80) e ‘Ira del dios menor’ (sobre la pelea de dos amigos de infancia) son las canciones que conforman este trabajo.
Ahora estamos inmersos en una campaña para sacar nuestro disco a la luz. Necesitamos de la ayuda de mecenas a los que les guste el proyecto y hagan una pre-compra del disco para financiar su edición.  Os animamos a participar.

Sin Pedir Permiso. El Madrid de los noventa y las radios libres. Reseña desde Perú


AUTOR: CONCHI MOYA (ESPAÑA)
El Madrid de los noventa y las radios libres son el pretexto para esta historia juvenil de amores melifluos no correspondidos, buena música, camaradería e ilusiones. El amplio uso de localismos no son impedimento para disfrutar y entender lo que nos ofrece la autora, a pesar de algunas intromisiones suyas en situaciones que le exigen ser omnipresente e invisible a la vez. En “Sin Pedir Permiso” llaman la atención dos aspectos: primero, uno nota que por momentos no hay una debida distancia de la autora con el pasado que le permita construir personajes cien por ciento autónomos, pero que a la vez le sirve para hacer una buena radiografía de una ciudad que ya no existe más, la foto del momento. Y segundo, lo mejor de esta novela: Conchi nos ha regalado un antagonista, “El Tule”, un chico del montón, sin rumbo, el típico noventero alpinchista, el díscolo, el que parece un genio cuando en realidad es solo un charlatán. Tan intrascendente e inofensivo. Todos nos damos cuenta de ello, menos Mariana, cuyo obnubilado amor por el muchacho le hace aromatizar su mediocridad, verlo como un príncipe y aceptar el sufrimiento que acarrea el enamorarse sin pedir permiso”. ¿A quién no le ha pasado? HENRY A. FLORES

La resurrección de 091. Que veinte años no son nada

Julio Anguita, político español de izquierdas decía sobre aquellas encuestas de popularidad donde siempre aparecía como el mejor valorado, cosa que no se traducía en votos, algo así como “Queredme menos pero votadme más”. La anécdota me recuerda a lo que ha sido la épica historia del grupo granadino 091, muy valorado por la crítica y querido por su fiel público pero con bastante mala suerte a lo largo de su carrera. Algo que de alguna manera han espantado con su gira de reencuentro, “Maniobra de resurrección”, que llega veinte años después de separarse.
En 1996 tuve la ocasión de ver en directo a la banda en Madrid. Las canciones de 091 no sólo me gustaban mucho, además habían puesto la banda sonora a aquellos años tan decisivos e inquietos de mi vida. Sin embargo, una inoportuna pereza me echó atrás en el último momento. “Hay trenes que no vuelven a pasar”, me dijo alguien sobre aquella decisión de la que tantas veces me he arrepentido ya que “los Cero” se separaron aquel año. Cuando ya me había hecho a la idea de que jamás podría ver a la banda en directo, 091 anunciaron que se juntaban de nuevo para una gira de un año.
En un par de horas lograron agotar las entradas para tocar tres noches seguidas en Madrid. Se habla de justicia poética. Sea así o no, por fin se ha puesto de su parte la suerte que les fue esquiva en su día en forma de discográficas desaparecidas, gente sin escrúpulos, componentes que iban y venían o el desolador panorama musical español. 091 es una banda adorada por muchos y merecidos motivos: la inmerecida mala fortuna que les persiguió; la hondura de sus letras, no en vano a José Ignacio Lapido, guitarra de la banda y compositor se le conoce como “el poeta eléctrico”; la coherencia y la elegancia que marcaron su carrera o su relación de amistad con Joe Strummer durante la mítica estancia del líder de The Clash en Granada, ciudad donde incluso tiene una plaza.
Sobre el escenario pudimos ver un grupo que se mantiene en perfecta forma a pesar de superar la cincuentena y llevar separados dos décadas. Disfrutamos sin respiro de dos intensas y emocionantes horas de concierto, con dos bises, veinticinco canciones, en el que no hubo espacio para el efectismo ni la sensiblería. La pura emoción la pusimos el público y el grupo en comunicación directa a través de sus inolvidables canciones. Sin duda no las hemos olvidado, porque todos los temas fueron cantados a voz en grito por los que allí estábamos, entregados desde la aparición de la banda con el instrumental ‘Palo cortao’ (nombre de un vino andaluz). Mis ojos, dentro de lo poco que podía ver desde pista a pesar de estar cerca del escenario, oscilaban entre José Ignacio Lapido, guitarrista finísimo y elegante, de riguroso negro, y el carismático y eternamente bello José Antonio García “Pitos”, cantante de la banda, siempre dandy, vestido con camisa estampada e impecable chaleco negro. Completaban la formación los magníficos Tacho González, batería de 091 desde sus inicios, Jacinto Ríos al bajo y Víctor Lapido a la segunda guitarra.
¿Qué es esperar veinte años? Nada. Mis respetos y amor a nuestros “Cero”.




Concierto de 091 en Madrid. Sala Joy Eslava. 11 de marzo de 2016
Set list completo, 11/03/2016 (1h55'): 01 Palo cortao. 02 Zapatos de piel de caimán. 03 Debajo de las piedras. 04 El lado oscuro de las cosas. 05 Tormentas imaginarias. 06 Nada es real. 07 En el laberinto. 08 Mi sombra y yo. 09 Nubes con forma de pistola. 10 Para impresionarte. 11 Este es nuestro tiempo. 12 La noche que la luna salió tarde. 13 Otros como yo. 14 En la calle. 15 Sigue estando Dios de nuestro lado. 16 El cielo está de color vino. 17 Un camino equivocado. 18 Cementerio de automóviles. 19 La Torre de la Vela. 20 ¿Qué fue del siglo XX? Bis: 21 La canción del espantapájaros. 22 Esta noche. 23 La calle del viento. Bis 2: 24 Cómo acaban los sueños. 25 La vida, qué mala es

Muelle, el mítico grafitero de Madrid


Los años 80, los de mi infancia y adolescencia, fueron años dorados para mi ciudad, Madrid. La capital del reino dejaba atrás décadas de dictadura política y mugre cultural. “Los 80 son nuestros” rezaba una obra de teatro muy popular en aquellos años; “Madrid me mata” era el eslogan de la movida, aquel movimiento artístico y cultural que puso a Madrid en el mundo. O al menos eso creímos los madrileños. A España todo llegaba tarde, si llegaba. El rock era un invento del diablo, la estética moderna era de sucios, las pintadas en las paredes, vandalismo. No vamos a engañarnos, las cosas no han cambiado tanto. Seguimos llevando décadas de retraso; la cultura es vilipendiada y maltratada. Así es España.
Aquellos años 80 Madrid pasaba, o lo intentaba, del blanco y negro al technicolor. Lo hacía de la mano de pintores, escritores, músicos, fotógrafos, diseñadores y artistas. Y si hablamos de colores, un joven de barrio sería el encargado de dar otro aire a las paredes de mi ciudad. Juan Carlos Argüello. Muelle, su nombre de guerra. El primer grafitero de Madrid. Un mito olvidado por las instituciones pero adorado por toda una generación. Su estilo, talante, valentía y misterio le hizo inmortal entre sus conciudadanos.
La batalla de Muelle en las calles comenzó en 1984. Loco por la batería y el punk, armado de sprays y a lomos de su inseparable moto, comenzó a dejar su firma, castiza y personal, en muchos muros de Madrid. No se consideró grafitero sino “escritor” o “flechero”. Su inconfundible creación estaba subrayada por una espiral y acabada en flecha. Imitada hasta la saciedad por muchos otros, marcó la edad de oro del grafiti madrileño. Adorado, mitificado, se ganó el respeto de la calle.
Él mismo marcó sus reglas: no pintar en cualquier sitio, ni en el metro ni en propiedad privada. Disfrutó mucho tiempo del anonimato, pero pronto su firma le trascendió. La leyenda cuenta que una marca de colchones le ofreció millones por su firma. Muelle decidió que su identidad valía más que el dinero y lo rechazó. Patentó su creación y siguió a lo suyo, perfeccionando su obra, estando en todas partes. Los medios de comunicación acabaron por fijarse en él. Alcanzó la fama, pero al final llegó el hastío, consideró que su discurso estaba agotado. Muelle colgó los sprays y se centró en otros proyectos. Dos años después de dejar la calle, en 1995, moría de una grave enfermedad. Sólo tenía 29 años.
Sobrevive una firma de Muelle en Madrid. En el muro de un edificio en litigio en la céntrica calle Montera. Espera tapada con mallas a que la administración decida si la convierte en Bien de Interés Cultural. Ese sería su indulto. Estos años de desidia y olvido político se compensan de alguna forma con la noticia de que en breve Muelle tendrá una calle en su, nuestro, Madrid,
Inmortal Muelle, maestro de “escritores”, protagonista de las memorias de tantos chicos de barrio, símbolo de toda una época. Muelle, ilustrador de una épica marginal y suburbial. Iremos a rendirte pleitesía a esa calle tuya, que ya es nuestra. Larga vida a Muelle.
“En la calamidad, hijos míos, no hay flechas de dirección / obligatoria. Por eso existió Muelle. / Y este mundo de las corazas diminutas hechas de poliéster. El cielo-periferia / color jean, / las redondas gafitas / de cien mil leguas de los niños que no pueden dibujar barcos”. (Del poemario Skinny Cap, Martha Asunción Alonso)


La firma de Muelle en la calle Montera

Pokey Lafarge, espectacular sentido del espectáculo




Mi colaboración en el nº 72 de Discos y otras pastas
Fotos: CDS Radioshow
Después de haber visto muchos conciertos, y ojalá nos queden muchos más por ver, seguimos acudiendo a los directos con las mismas ganas de disfrutar y ser sorprendidos. Aunque ya quede poco por inventar, o no, aún hay propuestas que nos encienden, llenas de ruido, fuerza y a la vez mucho contenido, buen gusto y calidad. Es el caso del señor Pokey Lafarge, al que tuvimos la suerte ver en Madrid el pasado 30 de octubre.
Y no es que a priori su apuesta parezca de lo más innovadora. Su aspecto y su música son arrebatadoramente retros. Sin embargo, Lafarge aporta un buen hacer y unas ganas que convierten su propuesta en una experiencia llena de vida y frescura.
Atravesamos unos tiempos en los que muchas medianías musicales se creen lo más, tratando con condescendencia, cuando no con desprecio, al público que les sigue, paga religiosamente sus entradas, les promociona en redes y compra sus trabajos (sí, todavía queda gente que lo hace). Por eso da gusto ver la entrega de artistas de la talla de Pokey Lafarge y los suyos. El líder, charlatán y coquetuelo, estuvo perfectamente arropado por sus secuaces, músicos de gran solvencia, que también se lo trabajan al máximo.
Antes de que el grupo saliera a escena habíamos contado hasta cinco guitarras y una tabla de lavar llena de cencerros, timbres y otros cacharros, un artefacto sonoro que ya habíamos visto en alguno de los videos que se pueden encontrar en Internet. Ya en escena desplegaron también una sección de viento, con trompeta, saxo y clarinete, armónicas, tejoletas y dos banjos, además de un estiloso batería. El artista de Illinois y su banda ensamblaron un maravilloso concierto desde su inicio, manteniendo una fuerza arrolladora hasta los tres apoteósicos bises del final. Ofrecieron enseguida uno de los singles actuales ‘Something in the water’, y para entonces Pokey ya sudaba a mares, vestido con traje retro denim completo y un enorme sombrero marca de la casa.
Pokey Lafarge le ha dado una vuelta a la música de raíz estadounidense, consiguiendo gracias a una formación más que competente una propuesta insolente, atrevida y llena de calidad. Los que abarrotábamos el Teatro Barceló de Madrid disfrutamos de un concierto generoso y de enorme nivel, con un sentido del espectáculo como sólo saben ofrecer los grandes artistas, añadiría que en especial los grandes artistas de EEUU. Por momentos nos parecía estar en la década de los treinta, en una de aquellas salas de la época de la Ley Seca, a lo que ayudaba la ropa que vestía la banda: pantalones príncipe de Gales, vaqueros de corte antiguo, sombreros o enormes corbatas de vivos estampados. Pokey, que se cambió de traje durante el concierto, se adornó además con una espectacular pajarita de lentejuelas.
En definitiva, una actuación deliciosa, con unos músicos espléndidos y completamente entregados. En un final apoteósico, Pockey terminó bajando del escenario y cantando, rodeado de un público que agradeció con gritos, aplausos y coros su entrega y su espectacular sentido del espectáculo. 



El punk (no) ha muerto. Viva el Punk. Exposición ‘Punk. Sus rastros en el arte contemporáneo’


Contracultura. Perfomance. Música. Moda. Videoinstalaciones. Muralismo. Fanzines. El artista como obra de ¿arte? “La cultura no me interesa”. “El diseño es el mal de este mundo”. Lo escatológico. El mal gusto. Lo inadecuado. Anarquismo. Nihilismo. Provocación. Eslóganes vomitados. Horror vacui. Alienación. Destrucción. Terror. Pánico. Arrogancia. Insulto. Oposición. Desmantelar. “I fought the law”. Insatisfacción. Inconformismo. PUNK
1974 Ramones tocan en el CBGB de Nueva York. 1976 Sex Pistols la lían en la televisión británica. 1978 Último concierto de Sex Pistols en San Francisco, “¿Alguna vez os habéis sentido estafados?”, Johnny Rotten. Aquella explosión no sólo fue determinante en la música sino también en el arte, originando una auténtica conmoción social y cultural en todo el planeta.
Un joven armado (Gavin Turk como Sid Vicious) nos recibe en el inicio de la exposición ‘Punk. Sus rastros en el arte contemporáneo’, que presenta el trabajo de más de sesenta artistas.
“Kill your idols”. La desacralización de los ídolos. Destruye los iconos. De material altamente inflamable. Quema a tus ídolos. Douglas Gordon. Los artistas punk como iconos y objetos de consumo. El arte es mierda. La mierda como arte. Colectivo Gelitin. El artista es una prostituta.  El arte es una práctica sexual remunerada.
Do It Yourself. El Hazlo Tú Mismo como vía de escape a la rabia, la frustración y el malestar. “Para decir algo la primera premisa es tener algo que decir”. Antonio Ortega.
Poner en duda el sistema. Burlarse del sistema. Cuestionar el sistema. Salirse del sistema. El sistema injusto y represor hace germinar la violencia. “Der samen der radikalitat”, las semillas del radicalismo. Jonathan Meese. Herramientas de la destrucción.
En los billetes de 5 libras la Reina de Inglaterra lleva nariz roja de payaso. Hans-Peter Feidmann. En los billetes de 10 libras la Reina de Inglaterra se enfrenta a su calavera. Carlos Aires. La Reina Isabel con esvásticas nazis. La Reina Isabel con imperdibles. Jamie Reid. God Save The Queen. No al poder opresor. No al sistema establecido. No a la imposición. “There's NO FUTURE for you.
“Feel lucky, punk?”. Clint Eastwood fue el primero en pronunciar la palabra punk en el cine. Christopher Draeger.
Huye de la madurez. Huye de la responsabilidad. “Don't Trust Anyone Over Thirty”. Dan Graham, Tony Oursier, Laurent P. Berger.
Violencia: una constante. El cuerpo como lienzo de golpes, moratones y heridas. Sangre, contusiones. Jordi Mitjá y Jimmie Durham. La sexualidad extrema y las adicciones como intento de escapada. Nan Goldin. Dientes apretados. Rabia. Rechinar de mandíbulas. Las paredes hablan, de rabia. Jean-Michel Basquiat.
Violencia: Praying for… Libia, Irak, Siria, por el mundo. Balas. Patria o muerte. Ikea o muere. Valentin Duceac.
Punk y discos. Música punk. Punk en las portadas de discos. Raymond Pettibon. Black Fag y Sonic Youth.
Y Viviane Westwood. Valerie Solanas. Killing Joke. Mabel Palacín. Johnny Rotten. Joâo Onofre. The Clash. Dead Kennedys. Tracey Emin. Charles Manson. Eskorbuto. Sex Pistols. Fugazi. Johan Grimonprez. Kortatu. Martin Arnold. Suicide. Paul McCarthy. Sid Vicious.
Exposición ‘Punk. Sus rastros en el arte contemporáneo’. Centro de Arte Dos de Mayo. Móstoles, Madrid. Comisariada por David G. Torres.





Poderosa y perdida. Amy, la película


Mi colaboración con el nº 70 de Discos y Otras Pastas
Vulnerable. Frágil como el cristal con el que se hacía cortes para tener las mismas cicatrices que su marido. Perdida. Sola. Adicta. Con un talento fuera de toda duda. Una estremecedora voz negra en el cuerpo de la joven judía de un barrio de Londres. Un alma vieja encerrada en un cuerpo joven. La nueva dama del jazz.
Amy. La letra y música de sus canciones eran creación de aquella exuberante y trágica muchacha. Lo que escribía era absolutamente personal. Vida y obra, obra y vida, todo era uno en el caso de la Winehouse. La música era para ella una catarsis, donde reflejaba, tal cual, sus emociones. “Escribo porque estoy mal.  Necesito plasmarlo en el papel, sacar algo en limpio de lo malo”.
Tenía una relación física con la música, se relacionaba con ella como si la música fuera una persona. Creativa, desbordante, se sentía a menudo “rodeada de sensaciones y palabras”. Y entonces empezaba la magia.
“Sabías que te traería problemas. Sabes que no soy buena”.  Amy necesitaba que le dijeran No. Aquello que no le habían dicho sus padres cuando era una niña nerviosa y desafiante. Pero ¿quién se atrevería a negarle algo a aquella mina de oro que vendió 12 millones de copias de su segundo disco?
Necesitaba que le pusieran límites. Necesitaba apoyo. Pero, como siempre sucede, sólo en su mano estaba salir de la adicción. A la comida, a la bebida, a la heroína, al crack. Al amor. “El amor me está matando”. El amor. La obsesión. Mi hombre (my man, my fellow, my guy). “Llegaste como un incendio de cinco plantas. El amor es un juego de perdedores”. Su obsesión, Blake, su condena. “Siempre lastimas a quien quieres”. Y siempre te agarras a quien más te puede hundir. Enganchada a la relación más tóxica. ¿Demasiado obvio decir que buscaba con desesperación a ese padre que la abandonó de niña?.
Amy poderosa y fuerte. Amy vengadora. Amy crudamente honesta. Amy retadora. Amy destrozada. La prensa amarilla. La invasión de su intimidad. El acoso a una mujer enferma. Las burlas en los medios. Ella experimentó el amargo trago de ser encumbrada a lo más alto para que al caer el golpe fuera mucho más letal. Como el animal sabio que era, intuía lo que podría suceder. En sus primeras entrevistas expresaba el pánico que le daba llegar a ser una estrella. Cuando lo fue, no llegó a sentirse cómoda jamás en ese mundo. “Nada te prepara para ese clase de éxito”, se lamentaba.
Como venganza dinamitó su brillante carrera. “Era como si quisiera desaparecer”. Se saboteó a sí misma. Y a conciencia. Amy escuálida, sucia, enajenada, a la deriva. Su cuesta abajo fue entonces imparable. Llegó el adiós en julio de 2011. Tenía 27 años. A casi nadie le sorprendió.
Como le dijo su ídolo, Tony Benett, “La vida te enseña a sobrellevarlo” pero eso sólo sucede “si vives para contarlo”. Si tienes el valor para soportarlo.
Descansa en paz, preciosa Amy.



AMY. Dirección: Asif Kapadia. Guión: Gabriel Ferreira, Dudu Aram. 2015. Idioma original: inglés. Duración: 128 minutos. País: Reino Unido.

Flamin’ Groovies, viviendo el rock hasta el fin



Reconozco que no soy experta en los Flamin’ Groovies, aunque hay canciones suyas que me parecen maravillosas; es el caso de ‘I can’t hide’, luminoso tema que podría estar escuchando en bucle durante horas. Fan total como soy de The Beatles, The Who, The Kinks y tantos otros grupos indispensables de las décadas de los 60 y 70, cuando me enteré que podíamos ver en sala de aforo medio a unos grandes, no muy famosos pero sí muy grandes, de aquella época más que dorada, ni me lo pensé. Así que nos plantamos en el concierto de Flamin’ Groovies en Madrid, consiguiendo ponernos en la primera, primerísima fila, al lado del escenario.
Mi expectación por ver a los míticos Flamin’ Groovies era grande, en un concierto que nos ofrecía presenciar de cerca (no podía imaginar cuanto) a una banda de tal calibre y con una formación casi al completo de miembros fundadores de la banda. Algo impensable con cualquier otro grupo de la época.
El primero en aparecer en el escenario fue Cyril Jordan, fundador de la banda, vestido con un jersey de malla de camuflaje. El mítico Cyril no paraba de moverse entre cables mientras afinaba una vistosa guitarra transparente. Acto seguido hizo acto de presencia Chris Wilson, quien entró en el grupo en 1971 tras la marcha del otro fundador, Roy Loney. Wilson ha sido también miembro de los adoradísimos Barracudas. No en vano los Groovies fueron los más británicos entre los músicos estadounidenses de la época. Completaban la formación el bajista George Alexander, miembro original de la banda y el joven Víctor Peñalosa a la batería.
Me impresionó el aspecto de los Flamin’ Groovies, rebasada la sesentena. La cercanía resaltaba las arrugas, la falta de pelo, barriga, gafas de vista, las canas... Sentí una punzada de angustia, ¿serían capaces de tocar un concierto completo a buen ritmo? No en vano era rock and roll de alto voltaje lo que nos traíamos entre manos. La cosa empezó con fuerza y al tercer tema ya había caído MI ‘I can’t hide’. A partir de ahí todo fue in crescendo. El público, me encantó ver muchas mujeres que no iban de “acompañantes” si no que conocían y disfrutaban todas las canciones, le estaba poniendo muchas ganas y los Groovies todavía más. Sentíamos muy cercanos su calor, las sonrisas, los acordes y punteos de las guitarras, los gestos de gusto y alegría de los músicos… Los Flamin’ Groovies ya no eran unos señores de mediana edad sino los jóvenes eternos que siempre serán los auténticos músicos de rock.
Dos maravillosas horas de concierto que finalizaron tras varios bises y salidas al escenario con una entregada versión del ‘Jumpin’ Jack flash’ de esos señores que llenan estadios. Una noche vibrante gracias a nuestros héroes, un sonriente y zen Cyril controlando lo que sucedía sobre el escenario, un Chris Wilson entregadísimo en la voz y la guitarra solista, y un elegante e impertérrito George Alexander, que terminó feliz y desmelenado, cantando y soplando de cansancio y puro gusto. Viviendo el rock hasta el fin; de eso se trata, ¿no?
Concierto Flamin’ Groovies. 11 de Junio, 2015. Teatro Barceló. Madrid