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“En el infierno también escuchan rock”, memorias de Miguel Alférez de Decibelios. Siguiendo el camino de la música


“Cuando la música te indique el camino no lo dudes, ve por ahí”
La semana pasada un buen amigo me avisó de la presencia en Madrid, en Potencial Hardcore, de Miguel Alférez con motivo de la edición de su libro de memorias “En el infierno también escuchan rock” (Letrame Editorial). Alférez fue batería de Decibelios, grupo barcelonés a los que se considera introductores del Oi! en España. No me encontraba en Madrid en esa fecha pero el libro me llamó la atención y me decidí a leerlo. 
Antes de empezar, quiero aclarar que no recuerdo haber escuchado nunca a Decibelios y apenas sabía nada sobre ellos, excepto lo que pude escuchar a Tomás de la Fonoteca en la presentación de su libro “Punk pero qué punk”. Tampoco pienso meterme en jardines estilísticos o ideológicos sobre Decibelios o explicaciones sobre el Oi!, estilo musical que conocí en el instituto a mediados de los ochenta pero sobre el que me declaro una absoluta ignorante. Dicho esto, me interesa el libro de Miguel “En el infierno también escuchan rock” en su vertiente de memorias de un músico y de una época, la década de los ochenta, dos aspectos que me resultan especialmente atrayentes en cuanto a lectura y para escribir.
“En el infierno también escuchan rock” es un libro de memorias de muy agradable lectura, de hecho yo lo leí entero en una jornada de piscina. Miguel navega con estilo por las procelosas aguas del rock, en las que se sumergió desde muy joven y llegó a alcanzar relevancia. No hay lugar en estas memorias para disputas, ajustes de cuentas o revelaciones escandalosas. Quienes busquen polémica, desparrame o sexo y drogas, desde luego aquí no lo van a encontrar. Sí encontrarán los lectores la tercera premisa, mucho rock and roll, ese bicho que picó a Miguel durante su adolescencia parisina y que ya no le soltó jamás. Sobre dos de las polémicas recurrentes de Decibelios, la camiseta de Hitler que lució Fray y la bandera de España que aparecía en su local de ensayo, os remito al libro.
Los recuerdos que nos ofrece Miguel Alférez empiezan por el principio. Hijo de dibujante y de ama de casa, siendo él muy pequeño la familia se trasladó a Francia en busca de un futuro mejor. Era finales de los años 50 y Miguel cuenta con gracia las primeras travesuras infantiles, el colegio francés, una adolescencia rebelde y gamberra y la vuelta a Barcelona de toda la familia. A esas alturas Miguel ya había abandonado los estudios y comenzaba con la búsqueda de trabajo. Miguel cuenta, a mí me hubiera gustado que contara más, sobre esa Barcelona de inicios de los setenta, a la que regresó sin amigos y con un futuro bastante negro. Sus primeras incursiones musicales las hizo  trabajando de disc jockey en diferentes locales de Barcelona. El virus musical ya estaba dentro de él y desde muy joven compaginó la música con diversos empleos. Estuvo en la editorial Bruguera para la que trabajaba su padre como dibujante, trabajó de cerrajero o montó una carpintería de aluminio. Siempre compaginó su faceta de músico y currante, al fin y al cabo todos eran de origen obrero y humilde.
Pero me he adelantado. Su primera banda la formó con su hermano Manolo, su eterno compinche. Era 1974 y se llamaron Satanás; estaban influidos por el glam y el rock de aquella época, en especial Deep Purple, grupo favorito de Miguel por entonces. A Manolo no se le quitaron las ganas de ir con su hermano a pesar de las barrabasadas que le hacía de niños y le acompañaría en muchas de sus incursiones musicales. 
Tras un tiempo intentando montar una banda, el encuentro con Fray es decisivo. Los dos se entienden a la perfección y en 1980 forman el grupo Decibelios. Primero se llamaron dB y contaban con cinco miembros, con Miguel a la batería y haciendo labores de manager, y su hermano Manolo al bajo, Fray era el cantante y pronto se cayó Macià, uno de los guitarristas de la banda; más tarde Xavi, el otro guitarrista, dejó la banda y fue sustituido por Manel, de Masturbadores Mongólicos. Así quedó completada la formación definitiva del grupo, a la que se unía ocasionalmente una sección de viento cuando el grupo se decantó por el ska. 
Aunque la base de operaciones de Decibelios siempre estuvo en Barcelona, tuvieron una relación muy fluida con Madrid. Tras su primer concierto en la capital en 1982 entraron en contacto con Servando Carballar y firmaron con su discográfica D.R.O. (Discos Radiactivos Organizados), con la que grabaron casi la totalidad de sus discos y para la que Miguel tiene buenas palabras en el libro. Con ellos graban su primer sencillo, «Paletas Putrefactos». En 1984 graban su primer LP, “Caldo de pollo”, y un año después el segundo, “Oi!”, en el que aparece una versión de The 4 Skins, que ellos llamaron «Kaos» y se convirtió en uno de sus himnos. 
Me ha llamado la atención el afán de Miguel por seguir adelante en un panorama tan desolador como es el de la música española. A pesar de ser Decibelios una banda con aceptación y seguidores, tuvieron que seguir currando en otras cosas y currándoselo en la música para hacerse ver. Conocidos y documentados por la prensa son su concierto de media hora subidos en un camión en plena Gran Vía de Barcelona para el que no tenían ningún tipo de permiso, la vez que salieron por las bravas al escenario de las fiestas de la Mercé en las que el ayuntamiento nunca les invitaba a tocar, o el masivo concierto que dieron en Plaza Cataluña en 1985. Imaginación y arrestos nunca les faltaron. 
Miguel desmitifica algunas historias, ¿leyendas urbanas?, que rodearon a la banda, el mundo de la “mitología” del rock a veces puede ser especialmente idiota. Desmiente lo de que descabezaran pollitos en los conciertos, aunque en una ocasión sacaron una gallina en un televisor vaciado y a veces llevaban una cabeza de toro. A Decibelios les gustaba rociar el contenido de extintores sobre el público y lanzaban unas bombas caseras, fabricadas con flotadores de cisterna pintados de negro y con un petardo.
En el libro hay cumplido espacio para otros músicos y grupos de la época. Miguel, que tiene pinta de ser un gran tipo, habla de su amistad juvenil con Loquillo, su buena relación con las Vulpes, Manolo García (con quien estuvo a punto de montar el sello “Discos Criminales”), Siniestro Total, quienes le propusieron ser su batería, Edi Clavo que le dio un paseo en moto por las calles de Madrid, o su desencuentro con Jorge Ilegal que casi acaba en duelo a muerte de cervezas. También habla de periodistas como Jesús Ordovás que, según Miguel, apenas les dejó meter baza en una entrevista, o del encontronazo que tuvieron con un segurata del programa de Miguel Ríos “Qué noche la de aquel año” en el que nunca actuarían.
Su tercer disco, quizá el que tuvo más éxito, fue “Vacaciones en el Prat”, 1986. El disco con portada playera de pega y paella verdadera incluida “nos abrió las puertas a mucha gente que no nos conocía pero por el contrario nos las cerró a gente que nos seguía”, afirmaba Miguel en una entrevista. La canción «Sangre dorada» se pinchó mucho en las radios y llegó a ser disco rojo en los 40 Principales. En el video de la canción, grabado en una fábrica de cerveza, los músicos se cambiaron los papeles, cosa que les gustaba hacer en ocasiones. Miguel hacía el playback de Fray mientras que el cantante aporreaba unos barriles como si fuera el batería. Algo parecido hicieron en el recordado programa de televisión Plastic. En alguna ocasión incluso faltaba Manel que, como recuerda Miguel en el libro, si decía que no iba, pues no se presentaba y listo. Su versión de “Angelitos negros” popularizada por Antonio Machín y que ellos llamaron “Estos macarrones aún no están hechos” les trajo un disgusto en forma de denuncia. Perdieron el juicio y se destruyeron todos los ejemplares retirados de tiendas y los que había en el almacén además de tener que pagar una multa. Descalabro que se solucionó con nuevas copias del disco que no incluían la susodicha canción.
El cambio de compañía llegó en 1989. Decibelios abandonaron DRO firmando con Producciones Twins donde grabaron el álbum “Con el tiempo y una caña”, en el que por primera vez les produjo alguien ajeno a la banda, Rosendo Mercado. Miguel habla en el libro de su dificultad para adaptarse al metrónomo impuesto por Rosendo. La crítica habla de que en este disco Decibelios abandonaron su sonido característico por uno más cercano al del maestro de Carabanchel. Sería su último disco juntos. En 1990 la banda se separó tras diez años de andadura musical, atrás quedaban cinco discos, uno de ellos en directo, el “Vivo's 88”, grabado en la sala Zeleste de Barcelona.
Miguel formaría después Rivolta, junto a músicos como Albert Gil (Brighton 64), Boris (Hombre de Pekín) y David (de la última época de Decibelios), entre otros. Una experiencia que no acabó demasiado bien por diferencias con Albert.
En 2013 fundó SubTrabelios con esa auténtica leyenda que es Morfi Grei de La Banda Trapera del Rio y su hermano Manuel. Se les unió Bolo de Subterranean Kids como batería, David Ocaña de Decibelios y Rivolta, a la guitarra solista y Assumpta a los teclados. Miguel pasó a ocupar el puesto de cantante, problemas de salud le impedían ocuparse de la batería. 
Tras más de treinta años separados Decibelios casi al completo se volvieron a unir en 2014 para ofrecer la gira “¡A por ellos! 2014”, compuesta por tres únicos conciertos en Bilbao, Madrid y Barcelona, que se convirtieron en multitudinarios. Según Miguel, llegaron las desavenencias con Fray, el cantante de la banda, por la firma de más fechas de conciertos, algo que no era lo que se había hablado en un principio. La ruptura definitiva tendrá lugar por culpa de la administración de la cuenta del grupo en Facebook (la peligrosa red infernal). Miguel deja la música en 2015. En la actualidad Fray mantiene el nombre de Decibelios, pero esa ya es otra historia.
Y como anécdota personal, gracias a “En el infierno también escuchan rock” me he animado a bajar por primera vez a Potencial Hardcore, abigarrada tienda vallecana, templo de estilos como punk, hardcore, ska, rap o el mencionado Oi!. Destaco el paseo por la calle Melquiades Biencinto (con mirada hacia lo que fue el Cine Río y la Parroquia de San Ramón Nonato) y la amabilidad de Fernando, al frente de Potencial Hardcore desde 1986.
Foto: Miguel Alférez
Foto: Potencial Hardcore

Las acacias del éxodo, de Conchi Moya. La literatura como necesaria aproximación para conocer a un pueblo olvidado



Dice Bahia Mahmud Awah en la contraportada del libro que “el saharaui por naturaleza no cuenta sus éxitos, evita ser presumido”. Eso que me consta es cierto, hace que pasen desapercibidas muchas historias de saharauis por su pudor.
Nada más leer la contraportada me vino a la cabeza la historia de un amigo saharaui al que yo le recriminaba que no quisiera poner por escrito esa cantidad de historias que me contaba de la guerra, del exilio… Recordaba a Mohamed Cas Cas y como sufrió para huir de la ocupación marroquí, como fue a Paris a juntarse con otros saharauis para después ir a la guerra. Recordaba como ese buen hombre murió en un trágico accidente en Huesca después de llevar varios años en España, como decía él de forma provisional, hasta que su, nuestro Sahara, fuera libre.
El libro prometía y solo había leído la contraportada.
Ya en el segundo relato te encuentras de bruces con una de las mayores traiciones que se han producido al pueblo saharaui de manos del otrora secretario general de un partido que gobernó España durante muchos años.
Y lees en ese relato como el ínclito traidor lloraba al ver los estragos que la guerra estaba causando el pueblo saharaui en los campamentos de población refugiada en su visita en 1.976. Recordaba el vídeo donde se comprometía con la historia y decía que su partido no abandonaría nunca al pueblo saharaui.
En menos de 10 minutos de lectura de “Las acacias del éxodo” había podido comprobar como es el pueblo saharaui recordando la figura de mi amigo y como si fuera la otra cara de la moneda, la de un traidor que cambia de opinión, traiciona sus “principios” y los de su partido a saber muy bien por qué intereses.
“Las acacias del éxodo” nos acerca con relatos cortos y amenos a lo que es la historia del pueblo saharaui. Nos habla del abandono de España, de la esperanza del regreso o de la represión que sufren en silencio mediático la población saharaui en los territorios ocupados del Sahara Occidental. Nos habla de la esperanza de un pueblo y la dureza que sufre por culpa un proceso inconcluso de descolonización y de la ocupación posterior de un estado feudal y salvaje que ya dura demasiados años.
Nos habla de cómo España nunca se creyó de verdad que los saharauis eran españoles y cómo éstos y éstas descubrían gracias a esa dejación su propia identidad.
Son relatos de muy fácil lectura que por lo menos en mi caso no he podido leer seguidos. No ha habido un relato que me haya dejado indiferente. Son muchos los recuerdos de personas que conoces, algunas están en el libro, otras en mi imaginario. Gente a la que han torturado, han encarcelado durante años, han desaparecido, ha dejado su vida por una causa…
A lo largo del libro se trata el papel determinante de la mujer saharaui en todo el proceso de la breve historia de liberación del Sahara Occidental. Ese papel silencioso pero imprescindible para levantar de la nada unos campamentos de población refugiada, mantener la esperanza del regreso a su país y luchar bajo el opresor por defender su identidad como pueblo.
Se habla de muchas mujeres valientes y dignas en el libro, algunas veces desde el recuerdo, otras desde la añoranza y otras con simpatía como cuando habla de la figura femenina de “la combatiente” compañera inseparable del bueno de Hmad Hamad.
Dice Conchi que “Las acacias del éxodo” pretende “dar a conocer la causa saharaui a un público fundamentalmente que no la conozca demasiado”. Estoy de acuerdo en la afirmación, pero yo lo extendería. El libro también ayuda a dar a conocer la causa saharaui, a aquellas personas que llevan muchos años de acompañamiento al pueblo saharaui. A veces los que nos movemos en la solidaridad con el Sahara lo hacemos con ideas y discursos absolutamente previsibles por repetitivos.
Se hace necesario en muchos casos echar el freno de mano y reflexionar sobre nuestra causa y la forma de lucha para conseguir los objetivos de libertad e independencia.
En ese sentido “Las acacias del éxodo” nos trae aire fresco y sirve para cargar las pilas para seguir acompañando a este pueblo que tanto se lo merece.
Enrique Gómez
Um Draiga
P.D. Sería fantástico que este libro lo pudieran leer todas las familias que acogen a menores saharauis en el programa de Vacaciones en paz. Sería una magnífica forma de hacerles una introducción al por qué vienen esos jóvenes a pasar un verano con nuestras familias de acogida.
Datos del libro:
ISBN: 978-84-7737-959-1
120 páginas
Editorial Silex
Se puede comprar en: El Corte Ingles, FNAC

Mi lectura de Esa maldita pared de Flako. Un butrón literario para A qué huelen los libros, el podcast de Valeria Surcis


Nueva colaboración para A qué huelen los libros, el podcast literario de Valeria Surcis.  En esta ocasión “Esa maldita pared”de Flako, editado por Libros del KO, un libro que huele a las cloacas por las que transitaba Flako para llevar a cabo sus “expropiaciones” de bancos. Sin embargo, no es necesariamente un olor nauseabundo, como podríamos imaginar. Las alcantarillas, cuando corre el agua, huelen a una mezcla de suavizante y humedad que las hacen soportables. Así es este libro, que ofrece una parte oscura, de robos, droga, cárcel y persecución, y otra más respirable, con familia, amor por el hijo y reinserción a través de la literatura y el cine.
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Descubrí “Esa maldita pared” gracias a una entrevista en la que el editor de Libros del KO contaba que iban a publicar las memorias de un butronero que varios años atrás había desvalijado un banco mientras los editores estaban en plena Feria del Libro en Madrid. Sucedió en el mes de junio de 2013 y el potente dispositivo policial desplegado para perseguir a los delincuentes había llamado su atención desde la caseta de la editorial en la Feria. Seis años después de ese suceso, Libros del KO ha publicado el libro de uno de aquellos atracadores. Hay que ver las vueltas que da la vida.
“La vida es infinitamente más bella si no te persigue nadie”, afirma Flako, el exbutronero de Vallecas autor de “Esa maldita pared”, memorias de un joven vallecano, hijo de un conocido “expropiador de bancos”, al que llamaban el Peque. “Hijo de tigre sale rayado”, decían para explicar por qué aquel jovencito se sentía como en su casa en el subsuelo de Madrid, accediendo a través de las alcantarillas, orientándose entre galerías y dando el palo al banco escogido con asombrosa profesionalidad.
La historia de Flako es la de un deslumbramiento, el de un chaval de 14 años cuyo héroe era su padre, al que admiraba y quería parecerse. Lo peculiar del caso reside en la “ocupación” que tenía su progenitor. “Vi a mi padre salir de una alcantarilla con 23 millones de pesetas, y me dije: yo un día tengo que atracar un banco”. Y es que, como reconoce el autor al escritor Kiko Amat en una entrevista, “A mí no me hizo atracador de bancos la sociedad sino mi padre”. Así explica en el libro aquella fascinación: “Nunca brilló tanto mi padre como cuando, después de un golpe, contaba dinero en una mesa, sin camiseta, con los tatuajes talegueros a la vista, uno en cada brazo, con un pañuelo rojo al cuello, y con un canuto de hachís en los labios”. Reconoce que si el padre aún estuviera vivo, él no se habría atrevido a escribir su historia.
Flako, nombre supuesto para preservar la identidad del autor, aún está cumpliendo con la sociedad por los hechos delictivos que cometió “gracias” a ese don de moverse como pez en el agua estancada, la de las cloacas de Madrid por las que accedía a los bancos que más tarde atracaba. Nuestro autor no cree en la reinserción de la cárcel: “Mi reinserción ha sido mi hijo, el documental y este libro”, afirma en las entrevistas. Porque además de escribir sus memorias, Flako ha protagonizado un documental, “Apuntes para una película de atracos”. Dirigido por Elías León Siminiani, el documental ha recibido diferentes premios y reconocimientos, entre ellos una nominación para los Goya.
“Esa maldita pared”, titulada como la canción de Bambino que tanto le gustaba a su padre, es un libro que atrapa desde su inicio. Narrado en primera persona por su protagonista y escrito en gran parte desde la cárcel, es un libro que transmite veracidad y honestidad. Flako se expresa como le sale, con las emociones a flor de piel, con un lenguaje sencillo y auténtico, con voz propia. En la cárcel, durante las interminables horas en las que no tenía nada que hacer, y fruto de la enorme rabia por estar encerrado, Flako comenzó a escribir frenéticamente sobre su vida, de manera deshilvanada, hasta que el contacto con Elías le llevó a lecturas más provechosas que influyeron en su estilo. El cineasta le animó a seguir escribiendo y le introdujo en las obras de Edward Bunker o Allan Sillitoe y las de la saga de delincuentes como Erik el Belga o Albert Spaggiari, autor del “gran robo de Niza”, el mayor golpe de la historia, realizado a través de un túnel que se excavó durante varios meses.
Una vez fuera de la cárcel, la reconversión de Flako en padre de familia y currito ha terminado con aquel tiempo de desmadre. Se acabaron los viajes, los caprichos o las comilonas, aunque Flako apenas cambió su tren de vida. Pero la seguridad monetaria que le daban “las expropiaciones” y, sobre todo, la emoción que aportaban sus aventuras en las cloacas hicieron que aquella vida le resultara irresistible porque colmaba su necesidad de adrenalina y sensaciones fuertes. El afán por que su hijo nunca le vea a él como él vio a su padre le hace esforzarse en llevar una vida fuera de ese mundo. “Resistir es vencer”, escribió Flako en nuestro ejemplar de “Esa maldita pared” cuando estuvimos en Muga Libros, la querida librería vallecana donde se presentó el libro el pasado mes de enero. El autor lleva siempre una máscara en los actos públicos para que su pasado no interfiera en su nueva vida.
Flako distingue entre robar y “expropiar bancos”. Él lo considera como un oficio, y ya se sabe que “quien roba a un ladrón…”. En las entrevistas suele aclarar que nunca ha robado un coche ni ha atracado a un transeúnte. Sólo querían robar a los bancos. “En este país no hay mayor ladrón que un banquero”, afirma en las entrevistas. El mote de “Robin Hood de Vallecas” reconoce que salió de una broma durante un atraco, porque él no robó a los ricos para dárselo a los pobres. Robaba a los bancos para ayudar a su familia y a los suyos.
Vallecas, el barrio de Flako, es el lugar de muchas de sus correrías. Él se siente muy orgulloso de su origen, y así transita por la Avenida de la Albufera (algo así como la Gran Vía de Vallecas), el campo del Rayo, su equipo del alma, o los descampados de lo que aún se conocía como el pueblo de Vallecas, llenos de talleres, perros, y alguna hoguera (cómo me recuerda a la Ventilla de “Sin pedir permiso”).
Flako es uno de los hijos de Vallecas, que de alguna manera cumple el tópico que dice que quienes destacan en el barrio lo hacen por encontrarse “al margen”. Ha habido leyendas vallecanas en fútbol como Marqués, jugador del Rayo y del Atlético de Madrid, conocido por su indisciplina, sus trifulcas y su carácter conflictivo; en el boxeo, como Poli Díaz, “el Potro de Vallecas”, de la gloria en el ring a las escalofriantes imágenes de hace unos días en el Marca; también han destacado algunos hijos de Vallecas en el espectáculo, como los creadores de la rumba flamenca madrileña, Los Chichos y los Chunguitos. Porque no es cierto que la gente “se haga a sí misma”, a la gente la hacen sobre todo sus circunstancias. Y es que probablemente no es tan fácil escapar de las muchas trampas que también puede poner el barrio.
El libro tiene una potente banda sonora. Además de Bambino, la música la ponen los Tigres del Norte y Camarón, a quien el padre de Flako llegó a conocer y tratar. No podía faltar el “Vaquilla” de Los Chichos en esta “novela negra de neorrealismo castizo”, como han definido a “Esa maldita pared”.

“La Guía” de José Luis Gilsanz, para saber todo sobre The Beatles


“Nunca discutas con un beatlémano, lleva razón siempre”, escuchado en la presentación de “La Guía The Beatles” en Madrid.
Mi primera pieza escrita para una radio profesional tuvo como protagonistas a The Beatles. Corría el verano de 1994 y yo era becaria en Las Mañanas de Radio Nacional. Se celebraba alguna convención Beatle, ahora no lo recuerdo bien, y elegí la noticia como tema para escribirle un texto al presentador, Salvador Barber, que cubría las vacaciones de Julio César Iglesias. Barber preguntó al salir del estudio quién lo había escrito. Resultó que le había gustado mucho. Debo decir que en su maravillosa voz de curtido hombre de radio mi pieza sonaba especialmente bien. Por entonces los Beatles eran ya una de mis bandas favoritas pero en aquella época aún pre Internet era muy complicado encontrar información sobre mis ídolos. Los pocos datos que tenía los conseguía a través de recortes de periódicos y revistas que iba atesorando con muchas ganas y el libro sobre la banda de Alan Dister, publicado en la colección Los Juglares de la editorial Júcar en 1974. Los años, la red, nuevos libros y el visionado de varios documentales me han permitido aumentar mi conocimiento sobre la banda más influyente de la historia.
Algo así, pero a lo bestia, lleva décadas haciendo el segoviano José Luis Gilsanz Román, autor de “La Guía The Beatles” publicada por Sílex Ediciones. Porque si de verdad queremos conocer todo, “y cuando digo todo, es todo” sobre los cuatro de Liverpool, este es nuestro libro. Un trabajo indispensable para beatlémanos, fans, seguidores, estudiosos de la banda o amantes de la buena música, que cuenta además con una preciosa portada diseñada por el artista Álvaro Ortega, en la que se recogen diferentes momentos de la breve e intensa carrera del grupo, desde la trepidante carrera del inicio de “A hard day’s night”, hasta el mítico concierto en la azotea de Apple Corps, del que han cumplido 50 años el pasado 30 de enero.
“No es un libro de lectura al uso”, en realidad se trata de una completísima guía repleta de datos y curiosidades para la que el autor ha hecho un trabajo de recopilación tremendo, porque aunque hoy en día exista Internet, no todo lo que aparece en el libro podemos encontrarlo en la red. Además su autor nos ofrece la información perfectamente recopilada y ordenada. José Luis explica que todos los datos que se ofrecen en “La Guía The Beatles” están contrastados a través de diferentes fuentes. El libro se cierra en 1970, año de la separación de la banda. Posterior a esa fecha sólo se ha incluido la discografía del grupo que se ha publicado tras de su separación. En el libro también se incluyen grabaciones en solitario anteriores a la ruptura y las grabaciones del Star-Club de Hamburgo recogidas en 1962 y publicadas en 1977.
José Luis Gilsanz explica que una parte importante de los datos empezó a recopilarlos en su juventud, mucho antes de que existiera Internet. Lamenta no haber podido ver a los Beatles en sus conciertos españoles del año 1965, “era aún un niño y vivía en Segovia”. Aunque ya era fan del grupo y siguió su estancia en nuestro país a través la atípica prensa musical de la época, en unos años en los que en España vendían más las versiones de los Mustangs que las grabaciones originales. Terrible. Hacia 1980 el autor se hizo con el primer libro en español dedicado al grupo, con lo que amplió su recopilación de datos sobre la banda.
“La Guía The Beatles” está repleta de datos apasionantes, curiosos, sugerentes o sorprendentes. Así, podemos encontrar detallada información sobre LPs, singles, conciertos, giras, películas, instrumentos, grabaciones, incluso un sinfín de curiosidades como las casas donde vivieron, sus apariciones radiofónicas, sus lugares en Londres, su estancia en España, o un completo listado de familiares, amigos, empleados o novias. Llena de curiosidades, como que en el total de la carrera de los Beatles hay más composiciones de Lennon que de MacCartney; o comparaciones entre la discografía oficial inglesa, con catorce discos, y la americana, con veintitrés. Resulta casi increíble el dato sobre la enorme cantidad de conciertos que ofrecieron, teniendo en cuenta que su última gira la hicieron en 1966. Agotador fue su nivel de trabajo, a los conciertos había que añadir las grabaciones de singles y discos y la composición, además de su participación en programas de radio y televisión, todo tipo de promociones y el rodaje de sus películas. Otra curiosidad es la grabación en un solo día de once temas o el día y medio en que tardaron en grabar un álbum completo. Brutal.
José Luis confiesa que sus principales fuentes para este trabajo han sido los libros “The Complete Beatles Chronicle” de Mark Lewisohn, “Los Beatles, día a día” de Barry Miles, “Revolution in the Head” de Ian MacDonald o las publicaciones sobre la banda de Jordi Sierra I Fabra. A partir de 1997 aparece un incipiente Internet que pronto se llenaría de información sobre nuestros héroes, pero para entonces José Luis explica que ya tenía muchos datos recopilados. También se ha apoyado para este trabajo en el Sergeant Beatles Fan Club de Zaragoza, que se disolvió en 2017, tras 25 años de intensa actividad y haber llegado a contar con más de 1.900 socios por todo el mundo.
En “La Guía The Beatles” lo podemos encontrar todo. Como explicaba Jesús Ordovas durante la presentación madrileña del libro, incluso una dirección que nos “contagiaría del genio Beatle”, el bar que está enfrente de donde se situaba el mítico The Cavern, que curiosamente aún existe y se llama Grapes (uvas). O, como también reflexionaba Ordovás, nos puede resultar muy útil para viajar a Liverpool sin andar merodeando para encontrar los lugares Beatles, tal y como le sucedió a él la primera vez que fue a hacer un reportaje a Liverpool con la tele: “no sabíamos dónde estaban las casas en las que vivieron los Beatles en su infancia y juventud, ni la calle Penny Lane, Strawberry Fields o St. Peter’s Church”. Todo lo podemos encontrar en “La Guía The Beatles”, una labor acometida por José Luis Gilsanz que realmente impresiona.
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Vuelta a la radio de la mano de A qué huelen los libros, el podcast literario de Valeria Surcis



Hace unas semanas recibí la propuesta de mi amiga Valeria Surcis de participar con reseñas literarias en su podcast “A qué huelen los libros”. Por supuesto dije que sí de inmediato, la indecisión Libra sólo aparece cuando no acabamos de tener algo claro. Sin embargo, para mí estaba clarísimo que quería colaborar con Valeria, volver de su mano a la radio, en forma de podcast literario.
La primera colaboración ha sido una reseña sobre uno de los libros que más me gustaron el pasado 2018 “Manual de jardinería para gente sin jardín”, de Daniel Monedero. Un libro que huele a pimienta molida, como la buena literatura, editado por RELEE. Muy recomendable.
Y esta ha sido mi lectura:
“Manual de jardinería (para gente sin jardín)”, de Daniel Monedero ha supuesto un gran éxito para la editorial RELEE, Red Libre de Escritura y Edición. El autor ha elegido un título que, como él mismo reconoce, ha causado “desorientación” entre algunos lectores, creando incluso algunas anécdotas divertidas entre quienes pensaban que estaban comprando un libro de jardinería.
Este libro de relatos vio la luz hace dos años y ya ha alcanzado su cuarta edición. Daniel ha logrado con su libro un artefacto poderoso, mágico, con cuentos que se paladean y disfrutan gracias en gran parte a un lenguaje depurado y bellísimo pero a la vez muy accesible, alejado de cualquier ampulosidad, de esa pretenciosidad que muchas veces aqueja a la “alta literatura”. Desde el primer cuento me he sentido volar leyendo a Daniel. Con él sucede que te vas emocionando a medida que avanzas en la lectura para llegar a un final en el que se siente una reacción casi física, como de plenitud. Al leer a Daniel siento que lo que me ha contado me gusta, pero me gusta más aún cómo me lo ha contado y lo bien que lo ha resuelto.
“Un idioma es una manera de respirar” dice en uno de los cuentos y, ciertamente, con la manera en que Daniel maneja el idioma español se respira mejor. El libro comienza con un bellísimo relato sobre una relación de pareja “Universos paralelos”. Desde el mismo momento en que finalicé este primer cuento fui consciente de no estar frente a un libro cualquiera.
La literatura y el lenguaje son objeto de constante reflexión por parte del autor. “Hay que ser cuidadoso con el nombre que ponemos a las cosas, para que al levantar la alfombra del lenguaje no nos demos de bruces con toda la basura que cabe debajo de las palabras”, dice en el libro. Daniel cree en el poder de la literatura para trascender y de alguna forma librarnos del olvido, “La literatura fijará alguno de esos momentos, los rescatará del olvido y del polvo, los cobijará para siempre, porque quizá sea ese uno de sus cometidos: resguardar algunas cosas valiosas para que el olvido no se las lleve a ese lugar sin nombre y sin llave. Tan raro y tan oscuro”, dice en otro de los cuentos.
“Manual de jardinería” está lleno de personajes desorientados desenfocados que buscan su lugar en el mundo. Así, uno de sus temas recurrentes es la futilidad de la vida cotidiana. “Somos seres que forman parte de un baile de planetas que giran y estrellas que estallan, pero olvidamos nuestra condición concentrados en la mayor de las insignificancias. Vivimos al borde del milagro para nada”, dice otro de los relatos.
En el libro sorprende la profusión de imágenes muy potentes, Daniel tiene gran facilidad, o acierto, para crearlas: “la vieja cama que chirría igual que un gato dolorido”, “la vida es una sucesión de lavadoras de ropa sucia”, “tu boca, donde siempre es verano”, “un beso lleno de lluvia y preguntas”, “la vida es una manta pequeña y uno siempre se deja alguna parte del cuerpo a la intemperie”.
Y muchas de estas imágenes las crea usando colores para la adjetivación: “abatimiento amarillo”, “marrón Stradivarius”, y en especial el color azul, “sumamente azul”, “azul naufragio”, “todo es confuso y azul”, “un restaurante íntimo y azul”, “secretos inconfesables y azules”.
Para el relato que da nombre al libro “Manual de jardinería (para gente sin jardín)” Daniel ha introducido a una escritora extraordinaria en la vida cotidiana de una persona de lo más normal. Se trata de un relato protagonizado por un joven negro de cien kilos que vive en Nueva York pero que cree ser la poeta polaca y premio Nobel Wisława Szymborska. “Ha cruzado un océano, ha cruzado un continente y ha cruzado de una vida a otra”, el protagonista hace un gigantesco viaje en el tiempo, el espacio y la condición humana para materializar su sueño. Se trata de un bello tratado sobre vida y literatura, lleno de frases para atesorar: “La literatura huele a pimienta molida”; de algunos libros sale “un polvillo de oro”, de otros “una música que adormece, como de ukulele tocado por una muchacha escuálida”; “Las palabras son capaces de agrandar la propia geografía”; “Se mete en el poema como otros entran en un cuerpo que aman pero desconocen”. Destaco la bellísima escena de la nevada que aparece en este cuento que da nombre al libro, en la que Daniel hace uso de todo su saber como guionista audiovisual, “(...) lo parecidos que son los hombres a la nieve que cae, del mismo modo todos desapareceremos, pasamos a ser algo diferente y a formar parte de un todo inabarcable, más grande que nosotros”.
De mi lectura destaco también el buen hacer del autor en el relato “Honolulu” para reflejar la vida en una oficina, “aquella existencia de cubículo, silla giratoria y quiero el archivo a primera hora en mi despacho”, y la aburrida cotidianeidad de un hombre normal, “yo nunca he sido raro, en mi vida he llevado una camisa hawaiana ni he bailado frente a un espejo una canción que hablase de la revolución”.
Otro de mis relatos preferidos es “Último verano en Seattle”, el que pasan unos jóvenes que no salen de su ciudad de provincias, en aquellos días en que la música grunge se imponía en todo el mundo. Daniel hace un retrato universal y minucioso de la juventud, “ser joven es exagerar sin tregua y tener derecho a ello”, “yo quería ser actor o poeta o algo sin corbata”, “a cierta edad, o estás obsesionado con algo o estás muerto”, “teníamos ansia de etiquetas y cada día encontrábamos una nueva con la que abrigarnos del espacio exterior”.
Del libro de Daniel Monzón se destacad su calidez y que nunca pierda de vista al lector. La de este libro no es una lectura sencilla, incluso hay experimentación en su estructura y en su escritura. Sin embargo, no se convierte en un libro frío, complejo o incómodo de leer. Es un libro amable con el lector, nunca lo pierde de vista, algo que Daniel consigue en gran parte por su gran capacidad comunicativa, muy relacionada con su trabajo de guionista, que dota además al libro de un fino sentido del humor. El libro está también lleno de referencias cinematográficas, musicales y literarias pero alejadas de cualquier elitismo.
El trabajo de Daniel como guionista de televisión y cine, sin duda marca su forma de escribir. Maneja con gran soltura los diálogos, hoy en día no muy bien vistos en determinados círculos literarios. Esa intención de proporcionar calidez al lector, de incluir el habla coloquial para llegar a los demás, de ofrecer finas pinceladas de humor en sus cuentos, son rasgos de un escritor que pretende realmente llegar a quien lo lee. Aunque como él mismo confiesa, la literatura le permite “escribir de una manera desparramada sin estructura previa” pudiendo escapar de la planificación que marca el trabajo de guionista.
“Manual de jardinería (para gente sin jardín)” es un libro delicioso y que proporciona gran felicidad literaria. Porque el final de cada relato deja satisfecho al lector, consciente de que ha leído un texto de gran calidad en el que el autor se ha sentido libre de experimentar. Una experimentación, eso sí, que no pone una barrera con el lector y que está cargada de belleza.

Manual de jardinería (para gente sin jardín) de Daniel Monedero, un libro “que nos abraza”. RELEE


“Manual de jardinería (para gente sin jardín)”, de Daniel Monedero ha supuesto un gran éxito para la editorial RELEE, Red Libre de Escritura y Edición. El libro vio la luz hace dos años y en estos días ha alcanzado su cuarta edición. Daniel ha logrado con este libro de relatos un artefacto poderoso, mágico, con cuentos que se paladean y disfrutan gracias en gran parte a un lenguaje depurado y bellísimo pero a la vez muy accesible, alejado de cualquier ampulosidad, de esa pretenciosidad que muchas veces aqueja a la “alta literatura”. Desde el primer cuento me he sentido volar leyendo a Daniel. Con él sucede que te vas emocionando a medida que avanzas en la lectura para llegar a un final en el que se siente una reacción física, como de plenitud. Al leer a Daniel siento que lo que me ha contado me gusta, pero me gusta más aún cómo me lo ha contado y lo bien que lo ha resuelto.
 “Un idioma es una manera de respirar” dice en uno de los cuentos y, ciertamente, con la manera en que Daniel maneja el idioma español se respira mejor. El libro comienza con un bellísimo relato sobre una pareja “Universos paralelos”. Desde el mismo momento en que finalicé este primer cuento fui consciente de no estar frente a un libro cualquiera.
La literatura y el lenguaje son objeto de constante reflexión por parte del autor. “Hay que ser cuidadoso con el nombre que ponemos a las cosas, para que al levantar la alfombra del lenguaje no nos demos de bruces con toda la basura que cabe debajo de las palabras”. Daniel cree en el poder de la literatura para trascender y de alguna forma librarnos del olvido, “La literatura fijará alguno de esos momentos, los rescatará del olvido y del polvo, los cobijará para siempre, porque quizá sea ese uno de sus cometidos: resguardar algunas cosas valiosas para que el olvido no se las lleve a ese lugar sin nombre y sin llave. Tan raro y tan oscuro”.
Otro tema recurrente en “Manual de jardinería” es la futilidad de la vida cotidiana. “Somos seres que forman parte de un baile de planetas que giran y estrellas que estallan, pero olvidamos nuestra condición concentrados en la mayor de las insignificancias. Vivimos al borde del milagro para nada”; “los días libres están para actuar con temeraria libertad y en contra de la costumbre y de la caspa existencial”; “nadie está verdaderamente de vacaciones si sigue estando en su piel”.
En el libro sorprende la profusión de imágenes muy potentes, Daniel tiene gran facilidad, o acierto, para crearlas: “la vieja cama que chirría igual que un gato dolorido”, “la vida es una sucesión de lavadoras de ropa sucia”, “tu boca, donde siempre es verano”, “un beso lleno de lluvia y preguntas”, “el silencio tiene forma de cubito de hielo”, “líquido fosforescente y lírico”, “la vida es una manta pequeña y uno siempre se deja alguna parte del cuerpo a la intemperie”, “hay gente que tiene una presencia física que niega rotundamente la existencia de los lunes”, “no se freía en las aceras de la ciudad como todos nosotros”, “eran sus zapatos los que nos recriminaban que no trabajáramos con el ahínco necesario”. Y muchas de estas imágenes las crea usando colores para la adjetivación: “abatimiento amarillo”, “marrón Stradivarius”, y en especial el azul, “sumamente azul” (referido a la tierra, título de uno de los relatos), “azul naufragio”, “todo es confuso y azul”, “un restaurante íntimo y azul”, “secretos inconfesables y azules”.
El relato que da nombre al libro “Manual para jardinería”, ha recibido elogios de Elvira Lindo por tener un “peso especial” dentro del libro. En este relato se vale con naturalidad de una autora que él ha leído, “me parece muy original introducir en la vida cotidiana de la gente a escritores extraordinarios”. Se trata de un relato protagonizado por un joven negro de cien kilos que vive en Nueva York pero que cree ser la poeta polaca y premio Nobel Wisława Szymborska. “Ha cruzado un océano, ha cruzado un continente y ha cruzado de una vida a otra”, el protagonista hace un gigantesco viaje en el tiempo, el espacio y la condición humana para materializar su sueño. Se trata de un bello tratado sobre vida y literatura, lleno de frases para atesorar: “La literatura huele a pimienta molida”; de algunos libros sale “un polvillo de oro”, de otros “una música que adormece, como de ukulele tocado por una muchacha escuálida”; “Hay frases que dejan una baba densa y fluorescente como los caracoles, (...) otras, no, como si les faltara levadura”; “Las palabras son capaces de agrandar la propia geografía”; “Se mete en el poema como otros entran en un cuerpo que aman pero desconocen”. Bellísima es una escena que aparece en el cuento, la de la nevada, en la que Daniel hace uso de todo su saber como guionista audiovisual, “(...) lo parecidos que son los hombres a la nieve que cae, del mismo modo todos desapareceremos, pasamos a ser algo diferente y a formar parte de un todo inabarcable, más grande que nosotros”.
De mi lectura destaco también el buen hacer del autor en el relato “Honolulu” para reflejar la vida en una oficina, “aquella existencia de cubículo, silla giratoria y quiero el archivo a primera hora en mi despacho”, y la aburrida cotidianeidad de un hombre normal, “yo nunca he sido raro, en mi vida he llevado una camisa hawaiana ni he bailado frente a un espejo una canción que hablase de la revolución”.
Otro de mis relatos preferidos es “Último verano en Seattle”, el que pasan unos jóvenes que no salen de su ciudad de provincias, en aquellos días en que la música grunge se imponía en todo el mundo. Daniel hace un retrato universal y minucioso de la juventud, “ser joven es exagerar sin tregua y tener derecho a ello”, “yo quería ser actor o poeta o algo sin corbata”, “a cierta edad, o estás obsesionado con algo o estás muerto”, “teníamos ansia de etiquetas y cada día encontrábamos una nueva con la que abrigarnos del espacio exterior”.
En pleno proceso de lectura del libro el sábado 20 de octubre acudí a una presentación de “Manual de jardinería” en la librería Cervantes y Compañía, habitual y amable lugar de encuentro de las gentes de RELEE. Tenía curiosidad por saber lo que los escritores Eloy Tizón y Elvira Lindo y el propio autor nos iban a contar con ocasión de una reedición que incluye un texto de Daniel, escrito en su día para una de las presentaciones y una preciosa ilustración de Óscar Pérez.
Eloy Tizón, fundador y director del consejo asesor de RELEE calificó el libro como “valiente, arriesgado y con mucho sentido del humor” que “no se limita a repetir el modelo de cuento que obedece a las leyes de la escritura del relato breve”. Se trata de una “ruptura inteligente” porque “nunca pierde de vista al lector”. Para Eloy la literatura del autor es “rupturista” pero eso no ha producido un texto “frío, cerebral o de laboratorio”, un mal que aqueja en ocasiones a la literatura experimental. Por el contrario, la escritura de Daniel está “cargada de calidez humana”, con lo que el autor consigue “la cuadratura del círculo”, resultando “muy cordial y generoso con el lector”. “Creo que esto se debe a la capacidad comunicativa de Daniel”, afirmó Tizón que definió “Manual de jardinería” como un libro que “proporciona una gran felicidad literaria y que nos abraza”.
La escritora Elvira Lindo definió “Manual de jardinería” como un libro “delicioso desde las primeras páginas”. Este es un adjetivo que a mí también me gusta utilizar, aunque estoy de acuerdo con la autora en no suele usarse a la hora de definir un libro. “Las palabras que reflejan calor humano parece que son un tabú en literatura y hay que desterrarlas”, reflexionaba Lindo. Daniel Monedero es guionista, al igual que la propia Elvira, que ha escrito para radio, televisión y cine. Un trabajo que les ha dado a ambos “mucho oficio”. “Mi pasado es, como el de Dani, muy bastardo. Escribo con la cabeza pero también con el corazón”, aspectos que no han estado muy bien vistos en los círculos literarios, “porque en el fondo es una prosa que pretende llegar a los demás”, afirmó Lindo. Lo mismo sucede con los diálogos, que no son bien vistos en determinados círculos “porque abaratan la prosa”. Elvira Lindo confesó que le gustan los diálogos en los libros, “Me parece que dialogar es muy difícil”, como lo es “incluir el habla coloquial”. Ese tipo de rasgos se aprenden cuando se han dedicado muchos años “a pretender llegar a los demás”, como es el caso de ambos. También destacó las pinceladas de humor que aparecen en los relatos de Daniel y un cosmopolitismo de “alguien que no es cosmopolita, que sigue con sus obligaciones” mientras escribe. Para finalizar, la escritora destacó la belleza con la que está escrito este “Manual de jardinería”. Daniel se expresa con especial “gracia” y eso es probablemente “lo que más me cautivó del libro”, concluyó la autora.
Daniel Monedero, el autor, confesó que cuando acabó de escribir el libro se sentía “desorientado” con respecto a la repuesta que podía tener. “Yo entendía la mitad de lo que había escrito pero no la otra mitad, la respuesta de los lectores”. Por otra parte explicó como su trabajo de guionista siempre ha estado constreñido a una escaleta de la que no debía salirse. Sin embargo, la literatura es todo lo contrario por lo que pudo permitirse “escribir de una manera desparramada sin estructura previa”. También su trabajo de guionista consiste en intentar decir mucho con economía de estilo, por eso “yo quería con el libro resarcirme y que la belleza de las palabras fuera el centro del libro”. El autor destacó la fuerte carga lírica fuerte presente en el libro y el humor, “algo que va impregnado en la mirada”, porque, como destacó Daniel “en las situaciones más trágicas hay algo de humor, aunque sea un humor cargado de tristeza”, tiene que ver “con la extrañeza de situaciones de la vida con las que nos encontramos, el humor nos ayuda a poder soportarlas”. “Manual de jardinería” está “lleno de personajes desorientados desenfocados que buscan su lugar en el mundo”. Daniel reconoció durante la presentación que el libro está lleno de referencias cinematográficas, musicales y literarias pero alejadas de cualquier elitismo. Son referencias que están “impregnadas en mi propia vida”, no se introducen “para darme tono” o “para diferenciarme del resto”. Daniel quiso destacar que no se trata de “un libro de cuentos dispersos sino que tienen cierta vocación de resultar homogéneos”. Reconoció ciertas dudas en el proceso de enfrentar al libro a su primer lector, el editor, y también en cuanto al título. Finalmente considera un acierto haberlo bautizado con un título que ha causado “desorientación” entre algunos lectores, creando incluso algunas anécdotas divertidas entre quienes pensaban que estaban comprando efectivamente un libro sobre jardinería.
En definitiva es “Manual de jardinería (para gente sin jardín)” un libro sorprendente y diferente, en el que el autor ha tratado de sentirse libre para experimentar, “aunque la palabra experimentación esté muchas veces cargada de negatividad”. Se trata, eso sí, de una experimentación que no pone una barrera con el lector y que está cargada de belleza.
Los lectores estamos esperando nuevos trabajos de Daniel Monedero. Él se comprometió “a seguir escribiendo”. 

Duelo de Eduardo Halfon, un pulso con la identidad y la vida


Una madre y sus dos hijos pequeños entran en el vagón de metro. Enseguida se aprecia rivalidad entre los hermanos. El mayor pincha al pequeño, por cómo canta una canción del colegio, por su postura, por sentarse cuando hay un sitio libre, le amenaza con no compartir con él una pelota, en fin no le deja parar. Curiosamente, me acompaña un libro, “Duelo” de Eduardo Halfon, donde he leído alguna escena muy similar a la que estoy presenciando.
Este autor guatemalteco nos visita en una sesión del Gabinete de Lectura de La Central de Madrid. Tengo la suerte de sentarme muy cerca de él, lo que me permite observar sus gestos, su perenne sonrisa, notar el gusto con el que habla sobre los recovecos de su obra o cómo juega al despiste con nosotros cuando le preguntamos si alguna historia de las que aparecen en el libro sucedió como la cuenta o no. Halfon se ha convertido en un fenómeno editorial del que todo el mundo habla y su obra está siendo traducida a diferentes idiomas, síntoma de la extensión de su éxito. La narrativa de Halfon se inscribe, aunque él no se muestra muy de acuerdo, en eso que se denomina “autoficción”, obras en las que, sin ser memorias ni diarios, el yo ocupa un lugar central de la narración. Como afirma la periodista Paula Corroto, “Los libros de Eduardo Halfon siempre mantienen un pulso con la identidad. Es parte de su vida”.
El autor nos explica que su propia historia es el telón de fondo pero lo que sucede es invención. “No quiero compartir mi historia sino emociones”. Reflexiona sobre que este libro no es de memorias ni tampoco autoficción. “Yo firmo un contrato de ficción con los lectores, pero a los lectores, desde el inicio, se les olvida”. “Yo no sé por qué hago esto”, confiesa, “me valgo de trucos para que el lector venga conmigo y para transmitirle una emoción”.
Aunque Halfon niega que el narrador sea él. Se trata, dice, de “el otro Eduardo Halfon”. Un Eduardo Halfon que fuma, mientras que el verdadero no fuma, aunque veo una foto en la red donde tiene encendido un cigarro. Como nos explica el autor sus libros conforman un proyecto que nace con “El boxeador polaco”, libro que reúne cinco cuentos hilvanados y narrados por una misma voz. Se trata de episodios de la vida del narrador donde se colaba la historia en Auschwitz del abuelo del autor, historia que también aparece en “Duelo”. Los cuentos de “El boxeador polaco” se pueden leer casi como una novela. A la vez, uno de los cuentos, “Fumata blanca”, se vuelve capítulo en “Monasterio”. De esta forma, “El boxeador polaco” ha generado otros libros, resultando una especie de “libro madre, que ha engendrado a otros”. En las traducciones de “El boxeador polaco” se incluyen los otros libros, de manera que se han publicado como una unidad.
Para esta obra el autor ha elegido un título que tiene diferentes connotaciones. Se refiere al duelo entre hermanos enfrentados, al duelo causado por la muerte y al duelo referido a dolor, un dolor por un país y por la infancia perdida, un juego de palabras que no es fácil mantener en las traducciones a otros idiomas. “Duelo” es el quinto libro de ese proyecto o conjunto de libros que el autor ha ido escribiendo como una especie de novela por entregas, aunque sin planificar. “Ahora no sé qué va a pasar”, confiesa Halfon al ser preguntado por nuevos proyectos. El autor explica que en realidad la escritura es una búsqueda de algo, su protagonista está desorientado, “tal vez si lo encuentra, acabe la escritura”.
Una de las cosas que más me interesan de cuando vienen los autores al Gabinete son las apreciaciones sobre su manera de crear que a veces nos regalan. Eduardo Halfon nos confiesa el momento exacto del nacimiento del libro, que tiene claro en la memoria. Fue en agosto de 2015 en Guatemala, donde aún viven sus padres. En uno de sus viajes al país volvió a preguntar a su padre por su desaparecido hermano Salomón. A pesar de que el padre le prohibió que escribiera sobre aquello, lo que ha quedado reflejado en la contraportada del libro, el autor siguió adelante con la historia. “Me gustó el misterio, el tono. Sabía que podía ofender por sacar la historia de la familia, una historia prohibida que iba a generar un problema con ellos, que iba a molestar. Pero no podía evitarlo. Cuando me prohíben algo, me lanzo”, confiesa, travieso, Halfon. La historia del hermano de su padre, Salomón, al que Eduardo niño creyó ahogado en el lago, es determinante en la historia. “El recuerdo no lo tengo claro, no sé si me inventé la historia o la mezclé, o si mi abuela quería desviar la atención”. Aunque la realidad de lo que sucedió a Salomón fue bien distinta. “Lo que sí está claro es que Salomón murió en Nueva York y murió solo, mi abuela no viajó entonces”.
La obra de Halfon está influida por su país de nacimiento, Guatemala, y por la religión. “Mi familia tiene un problema con que yo sea crítico con el judaísmo y con Israel”. Sin embargo, Eduardo reconoce que su rechazo hacia su país y hacia su religión son dos ejes de este libro aunque le interesan desde el punto de vista literario, como factor de identidad. “Me queda el sentido del humor judío y el erotismo” pero confiesa que “los uso en el momento menos adecuado”. También es influencia judía la oralidad, un aspecto que se refleja en la forma en que el autor escribe.
El lago es una metáfora poderosísima, “que se traga niños pero que también es una salvación”. Los lectores destacamos en el Gabinete la excelencia que alcanza la escritura de esta parte de la novela. El narrador entra al lago al final del libro, un lago contaminado e irremediablemente enfermo, en una especie de purificación en medio de aquellas aguas pútridas. Quiero destacar el potente personaje de Doña Ermelinda, la “bruja”, “hechicera” o “santera”, cómo denominarla, un personaje enigmático, lleno de sabiduría, y al que Halfon describe de tal manera que nos hace sentirla a nuestro lado mientras leemos.
En el libro conviven dos ejes principales: las memorias de la infancia y el presente, cuando el protagonista acude al lago. Una opción era dividir el libro en dos partes y otra, la elegida, intercalar las dos historias, para lo que se requiere la atención y la participación del lector. Además introduce elipsis llevándonos hasta Polonia y Berlín. Nueva York y la búsqueda de la tumba de Salomón fue en algún momento un tercer eje por donde el autor pensó que se podría encaminar el libro, aunque luego lo descartó. De alguna manera el personaje de Salomón es una excusa para hablar de otras cosas.
Halfon reconoce que escribe “como cuentista, más que como novelista”. Nos explica que se deja llevar por la intensidad y la expresividad, sin saber hasta dónde va a llegar. “Trato de no imponerme yo sobre la historia, de no controlarla”, algo que va en contra de su naturaleza de ingeniero. A pesar de todo, reconoce que el interior de sus cuentos sí tiene una estructura muy trabajada. El autor consigue condensar mucha información en pocas páginas. Confiesa que escribió el libro muy rápido. En unos cinco meses tenía el primer borrador, que trabajó durante año y medio. El mayor trabajo fue cuidar el lenguaje, la musicalidad, la concisión y la claridad.
Explica que su propia historia es el telón de fondo pero lo que sucede es invención. “No quiero compartir mi historia sino emociones”. Reflexiona que este libro no es de memorias ni tampoco autoficción. “Yo firmo un contrato de ficción con los lectores, pero a los lectores, desde el inicio, se les olvida”. “Yo no sé por qué hago esto”, confiesa, “me valgo de trucos para que el lector venga conmigo y para transmitirle una emoción”.
Halfon nos habló de su nada convencional descubrimiento de la literatura. Sucedió cons 28 años, a su regreso a Guatemala, de donde salió siendo aún niño con sus padres en dirección a EEUU. Había estudiado ingeniería y nunca se había interesado por la lectura. El regreso coincidió con una crisis personal. Comenzó a estudiar en su país de origen Filosofía y Letras y se topó con la narrativa. A partir de ahí, leyó todo lo que estaba en sus manos. Empezar a escribir sus propias historias formó parte de un proceso de alguna manera natural. “Me llené de libros y lo que rebosó fue la escritura. Fue accidental”.
El autor se encontraba en Madrid para la promoción de un nuevo libro, en este caso ilustrado, “Oh gueto mi amor”, con ilustraciones de David de las Heras. En esta obra vuelve a aparecer la historia de su abuelo, salvado por un boxeador polaco en Auschwitz. El nieto realiza un peregrinaje a la tierra de sus ancestros en busca de su identidad. “Oh gueto mi amor” fue originalmente un relato incluido en la antología “Signor Hoffman” (2015).
Eduardo Halfon fuma

Al final siempre ganan los monstruos, una novela punk de Juarma


Nadamos ríos de lluvia, literalmente, para recoger en correos la primera novela de Juarma “Al final siempre ganan los monstruos”. Nos sorprende un diluvio a la salida de la oficina, acompañado por una batería de rayos y truenos. Protejo el libro con mi cazadora porque he visto en las redes que otro ejemplar llegó empapado a su destino y no quiero que al mío le suceda lo mismo. Intentamos cobijarnos bajo un balcón pero ya estamos chorreando. Echamos a correr hacia una sucursal bancaria, temo caerme. Esperamos allí un rato, relampaguea con violencia y el sonido da miedo. No queremos esperar más, total, ya estamos calados. Echamos de nuevo a correr hasta casa, no puedo apenas abrir los ojos, la cortina de agua sigue cayendo sobre nosotros. Menos mal que nos da por reír. Llegamos a nuestro portal como si nos hubiéramos tirado vestidos a una piscina. Los vecinos se nos quedan mirando. Al fin en casa, helados, echamos la ropa a lavar, nos secamos el pelo y nos pegamos al radiador. Pero el libro está seco.
Vaya inicio más punk.
Perdida la esperanza, perdida la ilusión/ los problemas continúan, sin hallarse solución/ Nuestras vidas se consumen, el cerebro se destruye/ nuestros cuerpos caen rendidos, como una maldición/ El pasado ha pasado y por el nada hay que hacer/ el presente es un fracaso y el futuro no se ve/ La mentira es la que manda, la que causa sensación/ la verdad es aburrida, puta frustración.
Pienso que la letra de “Cerebros destruidos” de Eskorbuto es un resumen redondo de “Al final siempre ganan los monstruos”, primera novela de Juarma, escrita, editada y prácticamente agotada en tiempo récord. Porque así hace las cosas el artista de Deifontes, con rabia y determinación, apretando los dientes y sin pensárselo más de la cuenta. “Estoy agotado. Contento pero rabioso a la vez. Me gustaría que hubiese sido más fácil llegar a más sitios y a más personas”, afirma el artista en su cuenta de Twitter, nunca del todo satisfecho con el resultado por más que haya sido francamente brillante. Es lo que tienen los genios. Reconoce Juarma que “del punk me gusta la parte de creer en otra forma de hacer las cosas”, la filosofía del “hazlo tú mismo” que él sigue para sus cosas. También para esta novela “carente de cualquier atisbo de esperanza, ideal para jóvenes desgastados”, como canta la banda malagueña Sputnik Veneno.
Todo comenzó con una serie de “historias raras que fue escribiendo en el bloc de notas del ordenador”. Empezó a subirlas a un grupo secreto en Facebook “y al poco tiempo nació una novela”. Juarma lo cuenta con total naturalidad, como si fuera la cosa más sencilla del mundo. Ha sido editada por Camping Motel Ediciones, la maquetación y las letras de portada las ha hecho Jess García y la portada corre a cargo de la artista granadina Ana Müshell, que ya dibujó la de su libro anterior, el poemario “Poemas escritos a navajazos”. “Te puedes quedar en tu casa viendo la tele, quejándote, llorando y dándole vueltas a las cosas. O te puedes pasar el día en un bar poniéndote hasta el culo. Pero es maravilloso poder apretar los dientes y pelear y sacar toda la rabia que tienes dentro haciendo cosas”, afirma el autor en una entrevista.
“Al final siempre ganan los monstruos” es una novela punk de un artista que tiene legión de seguidores de sus tebeos y libros. Autor de viñetas geniales, llenas de furia y violencia, pero también rebosantes de sentido común, el universo Juarma está plagado de colores vivos, personajes delirantes, historias tremendas, crítica social, ausencia de “bienquedismo”, sentencias redondas, caos, destrucción y un potente lirismo que en ocasiones nos deja muy tocados. Juarma ha tenido el acierto de trasladar su particular universo a la escritura, lo que no era tarea fácil, y lo ha hecho de manera brillante, a través de una novela coral narrada en primera persona por los diferentes personajes que la habitan. Estructurada en forma de puzzle y compuesta por múltiples piezas perfectamente engarzadas, la novela está marcada por la adicción a la cocaína que sufren sus protagonistas, aunque igual podía haberse hablado de pastillas, heroína, marihuana o alcohol.
La cocaína era el centro de mi vida. Todo lo que hacía lo enfocaba hacia el consumo lúdico y compulsivo. Organizaba todo alrededor de ella. Todos mis planes, todas mis decisiones, todas mis ambiciones las determinaba la coca. Y a mí me gustaba.
Estas palabras de uno de los personajes me evocan el “Heroin” de Lou Reed.
Heroin, be the death of me / Heroin, it's my wife and it's my life / Because a mainer to my vein / Leads to a center in my head / And then I'm better off than dead.
“Al final siempre ganan los monstruos” aborda sin ahorrarse crudeza la historia de unos no tan jóvenes habitantes de Villa de la Fuente, un pueblo cualquiera del sur de España, que sufren un grave problema. A la escasez de trabajo, la precariedad y la ausencia de un proyecto de futuro se une su adicción a la cocaína. Abrazan la droga como salvavidas con el que superar muchas de sus carencias. Pero la adicción siempre será la peor solución posible. Juarma ha escrito una historia tremenda, que se puede encontrar en cualquier pueblo de cualquier rincón de España. “La vida misma”, como dice la madre del autor. Me resulta curioso ese extraño candor con el que mucha gente mira la vida de los pueblos, cuando en este país el mundo rural está completamente abandonado por parte de los que mandan. La falta de oportunidades y trabajo, la escasa o nula oferta cultural, la ausencia de inversiones y el caciquismo que nunca se fue son los mimbres sobre los que se sostiene un panorama muy poco halagüeño para la juventud rural. El autor realiza un demoledor retrato costumbrista, alejado de cualquier trazo grueso, más bien al contrario, resulta un finísimo observador. Salpica además el texto con oportunas pinceladas de su característico humor.
Que la vida duele (y mata como dicen Los Enemigos), es algo que sabe bien Juarma. En algunos momentos la negrura de la historia desemboca en el nihilismo. No hay futuro, pero tampoco presente. No hay nada en que creer. Desde la rabia Juarma edifica una potente historia, llena de aristas que arañan durante su lectura. No saldremos indemnes de ella.
Nunca he creído en el amor, ni en los putos sentimientos (…) A veces tengo la sensación de que todo es mentira y de que con algunas ideas estúpidas intentamos llenar el vacío que es nuestra lucha por sobrevivir en este mundo tan asqueroso. No entiendo a las personas que son capaces de sentir algo que no sea terror a la vida.
El autor aborda el complejo problema de los protagonistas sin ápice de moralina. Sobre sus personajes han dicho en las redes que “serán unos mierdas pero son nuestros mierdas” (La Sarishe). Y también ellos son, somos, nosotros. Todos tenemos nuestros monstruos interiores y nuestras miserias, que procuramos esconder.
Los personajes centrales son cinco amigos de infancia, cinco hombres adultos y tremendamente inmaduros, cinco colegas que forman “un puño”, que siempre están juntos, que siempre están todos para todos. Pero más allá de una bonita amistad, se trata de una relación cohesionada por la cocaína.
(…) por eso éramos amigos (…) Habíamos construido un entorno a nuestra medida para consumir cocaína. Eso es lo que nos había quedado. La razón por la que seguíamos juntos.
Nuestros (anti)héroes son Lolo, matón desequilibrado, su dolor de vivir tiene mucho que ver con una infancia marcada por un padre maltratador y alcohólico; Juarma tiene la osadía de matarle al inicio del libro a pesar ser uno de los personajes más carismáticos, pero su presencia será muy vívida durante toda la novela. Jony, licenciado en filosofía, ha logrado un elevado tren de vida gracias al tráfico de drogas, es considerado como un amigo fiel por los que en realidad son sus mejores clientes; Juanillo, trabajador muy valorado, no se le caen los anillos por currar en lo que se le ponga por delante, aunque a nivel personal es un completo desastre; drogadicto y alcohólico siempre está el primero para llevarse palizas. Los dos personajes con una infancia feliz y una familia estable son Liendres y Dani, lo que no evita que también consuman. Liendres trabaja como mecánico y es un tipo noble, el amo del Tinder que va en busca del “amor bonito”. Dani, director de una sucursal bancaria, cocainómano de oficina, es el que en apariencia tiene una vida más “normal” de todas. Dani y Liendres protagonizarán el estremecedor último capítulo del libro, “Busca siempre tu libertad”, con una escena final que demuestra el manejo de la narración que tiene Juarma.
Además de los cinco amigos hay otros narradores. Juarma ha salido airoso de una apuesta muy compleja, ofrecer a todos ellos una voz propia y diferenciada. La que ofrece una distinción más obvia es la voz de El Liendres, con su hablar entrecortado, a partir de frases cortas e incluso interrumpidas por la puntuación. Conocemos cómo son los personajes a través de lo que cuentan sobre sí mismos y a través de lo que otros dicen sobre ellos.
Lo escalofriante de la situación es que los personajes no están al margen de la sociedad, trabajan y llevan unas vidas incluso insulsas. Consiguen disimular su adicción a la coca, la droga de la “normalidad” porque al principio no causa destrozos tan evidentes como lo hace la heroína. Eso los diferencia de los personajes de Trainspotting, la saga de Irvine Welsh. Encuentro ciertas conexiones entre los yonquis escoceses  y los personajes de Juarma, aunque el autor creo que no está muy de acuerdo conmigo. Los personajes masculinos de “Al final siempre ganan los monstruos” son trabajadores, responsables en lo referido a su vida laboral pero en general un completo desastre en lo personal. Rascando un poco la superficie, los cinco no son tan parecidos, en realidad la escuela fue la que los juntó y la cocaína la que los hizo inseparables. Ni siquiera ofrece una visión positiva de Jose, el policía. Está limpio, es un buen padre y marido, pero es un palizas y al fin y al cabo un agente de la autoridad.
Las mujeres también tienen sus propios capítulos para contar su visión de la historia. La sensatez y la fuerza llegan de manos de ellas, que tiran del carro de unas relaciones que no pueden llegar a buen puerto. Son trabajadoras y resueltas, y nunca se dejan humillar. Me gusta como Juarma levanta unos personajes femeninos auténticos y en absoluto sufridores. Cuando no pueden soportar los problemas causados por la adicción de sus parejas, terminan con la relación aunque sigan enamoradas; un mensaje positivo para luchar contra el estúpido amor romántico, que no el “amor bonito” que busca el Liendres. María, Vanessa, Candela, incluso Lorena (especialmente logrado el retrato que le hace Juarma a esa chica “pijita” y muy suya, dueña del gato Mordisquitos), tienen voces auténticas y poderosas. Antoñica es el personaje más entrañable. Por sus dificultades de expresión ella no es una de las narradoras, aunque sí tiene su capítulo propio, “El post-it”, con el texto de una nota. Juarma no carga las tintas en su retraso, su mirada es de respeto y cariño. De ella parte el amor más auténtico y desinteresado; en su caso dirigido hacia Juanillo, ese completo gañán que le ha tocado en desgracia. El personaje me recuerda a la Lourdes de “Un árbol caído”, de Rafael Reig. Ambas son mujeres que, por sus circunstancias, viven sin miedo y sin reservas, de manera intensa, sin ambiciones ni dobleces.
En el libro se nota la obsesión por la verdad. Todos mienten, porque todos, de una manera u otra, mentimos. Por omisión, por no hacer daño, por no quedar mal, por cobardía, por maldad. Mentimos aunque al final siempre caen las máscaras.
Mis problemas no eran culpa de las drogas. Al final siempre nos ganan los monstruos que escondemos dentro. Que por mucho que te esfuerces y luches, los monstruos siempre acaban escapando de tu corazón y haciéndolo todo pedazos. Y que de alguna forma, es hermoso darlo todo y perder.
La velocidad tan punk de Juarma en escribir, editar y agotar “Al final siempre ganan los monstruos”, no debe ser un obstáculo para que este libro dure y perdure mucho tiempo. Sin duda lo merece.