John, Paul, George, Ringo… and Bert. Un musical sobre los Beatles


1974 fue el año en el que pareció que podría cumplirse el sueño más deseado por los fans de los Beatles, que volvieran a reunirse como grupo. Cuatro años después de la separación los cuatro sacaron disco y proseguían con sus carreras en solitario. 1974 fue el año en el que George salió de gira por Norteamérica y John y Paul iniciaron un acercamiento e incluso llegaron a tocar juntos, durante “el fin de semana perdido”, aquellos meses que John y Yoko pasaron separados. En 1974 también coincidieron dos musicales que tenían que ver con los Beatles. Uno se estrenó en el off Broadway de Nueva York, bajo el nombre Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band on the Road, inspirado libremente en algunas canciones de la banda. John Lennon asistió a un ensayo de la obra acompañado por May Pang y Peter Brown, el que fuera asistente de Brian Epstein y los Beatles hasta la disolución de la banda.

Sin embargo, quiero detenerme en el musical que se representó en Inglaterra. Titulado John, Paul, George, Ringo… and Bert, fue escrito por Willy Russell y se estrenó el 21 de mayo de 1974 en el Everyman Theatre de Liverpool. La obra contaba la historia de la banda desde sus inicios en The Cavern hasta su ruptura en 1970, a través de los ojos de un Beatle ficticio, Bert McGhee, expulsado por tocar el acorde equivocado, “confundió un acorde de A menor con un G de séptima”. Bert se convertía en fan del grupo y, desde la lejanía, seguía su imparable carrera. Una de las curiosidades de John, Paul, George, Ringo… and Bert residió en que las canciones de los Beatles eran interpretadas al piano por una mujer, la cantante y pianista Barbara Dickson. Nacida en Escocia en 1947, se convirtió en una figura conocida en el circuito folk británico de finales de la década de 1960, aunque su gran oportunidad llegó de la mano de Willy Russell, que entonces dirigía un club de folk en Liverpool. Russell mostró a Barbara Dickson un borrador de lo que se convertiría en el musical John, Paul, George, Ringo… and Bert y le propuso que interpretara la música. La cantante lo explicaba así en el diario Liverpool Echo: “Alan Dossor, el director artístico del Everyman Theatre, se mostró escéptico sobre que una cantante folk hiciera versiones de las canciones de los Beatles. Pero Willy [Russell] no quería cuatro tipos porque habría demasiadas comparaciones”. Los Beatles fueron interpretados por los actores Anthony Sher (Ringo Starr), Trevor Eve (Paul McCartney), Bernard Hill (John Lennon) y Philip Joseph (George Harrison), además de Robin Hooper (Brian Epstein) y George Costigan (Bert). Podemos hacernos una idea sobre cómo fueron las representaciones observando diferentes galerías de imágenes de la obra que aparecen en la red y en las que se ve a los actores vestidos con la icónica ropa de las diferentes etapas de su carrera, como las prendas de cuero que vestían en Hamburgo, los trajes de cuello redondo y los peinados moptop de sus primeros éxitos, los uniformes psicodélicos del Sgt. Pepper o la recordada ropa del concierto de la azotea. En las fotos se aprecia a los actores caracterizados para teatro con pelucas, narices y bigotes postizos y un maquillaje exagerado. Componen una imagen entre extraña y perturbadora, pero acorde a una representación teatral donde los personajes son vistos desde el patio de butacas.

El Everyman Theatre estaba considerado una institución teatral en Liverpool, aún tiene su sede en Hope Street, una zona del centro de la ciudad conocida por su ambiente bohemio. El edificio fue construido en 1837 como capilla y en 1912 pasó a ser un cine. Transformado en teatro en 1964, aquel espacio comunitario pronto fue reconocido por su talante innovador. El Everyman Theatre fue demolido en 2011 debido al mal estado en que se encontraba, y reabrió en 2014 tras ser completamente reconstruido. En 1970 Alan Dossor se había convertido en director artístico del teatro y apostó por una programación comprometida, buscando acercarse a “una audiencia joven, articulada y de clase trabajadora”. En el Edinburgh Fringe, un reconocido festival alternativo de artes escénicas, Dossor conoció al joven dramaturgo Willy Russel, un ex peluquero de señoras que se preparaba para convertirse en maestro. En enero de 1974 Dossor encargó a Russell, que siendo adolescente había visto actuar a los Beatles en The Cavern, una obra sobre ellos. Finalmente escribió y montó la obra en tan solo cuatro meses. Rusell reconocía que en aquella época la relación de los Beatles con Liverpool era muy diferente a la de ahora, cuando son uno de los principales activos de su ciudad natal. “Liverpool le había dado la espalda completamente a los Beatles, eran un grupo que se había separado, fin de la historia. En ese momento, no había idea de que alguna vez se convertirían en esta característica cultural masiva de la vida de Liverpool”, explicaba en 2006 en el libro Writing Liverpool: Essays and Interviews. No hay duda de que, en ese aspecto, Dossor fue un visionario y además eligió a un prometedor autor, que con los años escribió obras tan exitosas y recordadas como Educando a Rita, obra de teatro estrenada en 1980, adaptada al cine en 1983 y protagonizada por Michael Caine y Julie Walters, o Shirley Valentine, obra de teatro de 1986, estrenada en cine en 1989, donde fue protagonizada por Pauline Collins. John, Paul, George, Ringo… and Bert se representó en Liverpool durante ocho semanas con gran éxito de taquilla y reseñas positivas de la crítica. La gran acogida animó al productor teatral Michael Codron y a Robert Stigwood, empresario, productor y manager de los Bee Gees, a llevar el espectáculo a Londres. Se estrenó en el Lyric Theatre del West End el 15 de agosto de 1974, y estuvo en cartel durante un año. Tuvo además una buena acogida de la crítica y consiguió varios premios. En diciembre de 1974, obtuvo el premio al Mejor Musical de estreno en una encuesta entre varios críticos de teatro de Londres, realizada por la revista Plays and Players. En enero de 1975 ganó el premio Evening Standard al mejor musical de 1974.

Una obra de estas características tenía que crear, irremediablemente, polémica. Y llegó de la mano de George Harrison, el único Beatle que fue al teatro a verla. Hay informaciones contradictorias sobre cuándo vio George el musical, aunque hay quien lo fecha en octubre de 1974 en Londres. En una entrevista en el número de septiembre de 1975 de la revista Melody Maker se contaba que George había abandonado el teatro durante el intermedio de la obra. “No pudo soportar el dolor de verse a sí mismo durante los años de los Beatles, recreados de nuevo tan asombrosamente, preguntándose si el espectáculo era necesario. El primer Beatle en ver la obra había acudido persuadido por su íntimo amigo Derek Taylor”. El ex jefe de prensa de los Beatles, comentaba así el comportamiento de George: “Se le hizo muy duro verla y a mí se me hizo duro estar sentado a su lado. Fue un auténtico sufrimiento para él. No era de extrañar que no la disfrutara, después de todo, no se mostró muy entusiasmado con la historia de los Beatles mientras sucedía”. Según se cuenta, George pidió que retiraran del musical su canción “Here Comes The Sun”, que fue reemplazada por el tema de Lennon-McCartney “Good Day Sunshine”. Poniendo en contexto en qué momento se encontraba George, hay que recordar que Pattie Boyd acababa de abandonarle, se había marchado con Eric Clapton en julio de ese mismo año. La pérdida de su compañera se producía en uno de los momentos más desequilibrados de la vida de George, en medio de una profunda crisis espiritual, abusando de las drogas y el alcohol y con más trabajo del que podía acometer. George todavía recordaba con horror la obra cuando le preguntaron por ella en una extensa entrevista en la revista CREEM, publicada entre diciembre de 1987 y enero de 1988. En ella dedicó palabras muy duras a John, Paul, George, Ringo… and Bert: “(…) le dije [a Derek Taylor] que o nos marchábamos o saltaría hacia el escenario y estrangularía a esos tipos. Fue algo horrible. Todos esos idiotas actuando, como digo en “Devil’s Radio”, hablando de lo que no saben. Eran cotilleos, como una caricatura de los Beatles, tan inexacto que resultaba nauseabundo haber sido uno”, lamentaba.

Se cuenta que para el estreno John Lennon había enviado un mensaje grabado de buenos deseos dirigido “a Bert”, pero no volvió a mencionar la obra. Igual sucedió con Ringo Starr. A pesar de que la prensa de Liverpool afirmaba en agosto de 1974 que Paul McCartney había leído el guion de John, Paul, George, Ringo… and Bert y lo había aprobado, unos fragmentos de la obra que aparecieron posteriormente en la BBC le enfurecieron. Al parecer, la forma en que habían sido montados daba a entender que él era el causante de la ruptura de los Beatles. Parece que se la guardó y, cuando en abril de 1975 se anunció que Robert Stigwood produciría la adaptación cinematográfica de la obra, Paul lo bloqueó. Philip Norman afirma en su biografía de McCartney que Paul usó su influencia con Associated Television para impedir que el proyecto siguiera adelante. Stigwood perpetraría en 1978 aquel desatino protagonizado por los Bee Gees en la película Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, quien sabe si como venganza. Al menos hubo alguien cercano a la galaxia Beatle que no tuvo problemas con John, Paul, George, Ringo… and Bert. El hermano de Paul, Mike McCartney, afirmó que la obra valía la pena.

Cuando en 1975 la obra salió de gira por el país, el elenco cambió. La interpretación corrió entonces a cargo de Stephen Mackenna (John), George Panther (Ringo), Nigel Hughes (Paul) y Lloyd Johnston (George). Las canciones fueron interpretadas en aquella gira por Eileen Woodman, que había sido integrante de The She Trinity, un grupo pop de chicas activo durante la década de 1960. El papel de Bert recayó en alguien muy cercano a uno de los Beatles. Se trataba de Arthur Kelly, un amigo de infancia de George Harrison, con quien montó su primer grupo, The Rebels, y al que dedicó un homenaje en A Hard Day’s Night, en la escena en la que, tras ser preguntado por el nombre de su peinado, George respondía con un lacónico “Arthur”. Esa era la clase de bromas gamberras con las que tanto disfrutaba George y que incluso llegó más lejos. En diciembre de 1965 los cuatro Beatles hablaron para el Sunday Mirror con una entonces debutante Annie Nightingale sobre sus mejores amigos. George mencionó a Arthur Kelly, a quien conocía desde los doce años: “El resultado más divertido de mi amistad con Arthur es que la discoteca de Sybil Burton (primera esposa de Richard Burton) en Nueva York lleva su nombre, aunque ella no sabía el verdadero motivo en aquel momento”. George reconocía en la entrevista que los dos seguían siendo amigos. El propio Arthur contaría años más tarde que George le ayudó a encontrar trabajo como actor, pero el tiempo llevó a Arthur a distanciarse, finalmente incomodado por la enorme fama que había alcanzado su amigo. En una divertida pirueta del destino, el intérprete de Bert, aquel supuesto Beatle al expulsaban de la banda, pudo haber sido un Beatle en la vida real. Arthur contaba que conoció a Paul y John a través de George y salía con ellos en ocasiones. Según recordaba, George le ofreció que les acompañara a Hamburgo como bajista. Pero a los padres de Arthur no les pareció una buena idea y John Lennon animó a su amigo Stuart Sutcliffe a comprar un bajo con el dinero que había ganado tras vender uno de sus cuadros. El resto ya es historia de la música. Además de su interpretación de aquella especie de alter ego en John, Paul, George, Ringo… and Bert, Arthur Kelly ha tenido una larga, aunque discreta, carrera como actor.

Por si esto no fuera suficiente, también se editó un álbum con las canciones del musical, lanzado en 1974 por RSO Records, un sello discográfico fundado por el empresario del rock y de los musicales Robert Stigwood en 1973. La portada del disco fue diseñada por Antony Sher, un actor, escritor, pintor y director de teatro británico de origen sudafricano que tuvo relación en aquella época con el Everyman Theatre de Liverpool. Entre las canciones de los Beatles que aparecían en el disco, también interpretadas por Barbara Dickson, se encontraban “I Should Have Known Better”, “Your Mother Should Know”, “Penny Lane”, “The Long And Winding Road”, “Lucy In The Sky With Diamonds” o “Here Comes The Sun”, que sí salió en el disco aunque George Harrison la hubiera vetado en la obra de teatro.



*Fotos: Meet The Beatles For Real y Rubber Souls.

En el adiós del Coronel Francisco Javier Perote Pellón, incansable defensor de la causa saharaui


Poemario por un Sahara Libre.

En la mañana del sábado 25 de septiembre de 2021 fallecía a los 89 años un histórico de la causa saharaui, el Coronel Francisco Javier Perote Pellón. Como recuerdan desde el Foro Milicia y Democracia, “Perteneciente a la XIII promoción de la Academia General Militar, Javier Perote fue un militar demócrata en pleno franquismo, incorporándose a la Unión Militar Democrática (UMD) cuando era un joven capitán. Su activismo en la organización fue muy destacado en los primeros momentos, asumiendo un arriesgado compromiso en su destino en Galicia y posteriormente en Canarias”. Tras la muerte del dictador, Perote se dedicó activamente a la defensa de la causa saharaui. Durante sus años de servicio activo había sido destinado a diferentes enclaves del norte de África, por lo que era un gran conocedor de la geografía, la historia y la cultura del Sahara Occidental. Javier Perote fue uno de los fundadores de la primera Asociación de Amigos del Pueblo Saharaui de España, con sede en Madrid. Desde entonces su presencia en manifestaciones, conferencias y todo tipo de actos de apoyo a la causa saharaui era habitual.

Javier Perote también dejó su firma en innumerables artículos en medios digitales como Espacios Europeos y Poemario por un Sahara Libre. En nuestro blog permanecen archivados decenas de artículos suyos. Con pluma afilada, fue un azote de los políticos que maniobraban en contra del pueblo saharaui, independientemente del partido en que militaran, instando a los diferentes gobiernos españoles a confesar cuáles eran los intereses por los que habían abandonado sus responsabilidades con el pueblo saharaui. Denunció a los que se acercaban al pueblo saharaui en busca de votos, pero luego les traicionaban en el Parlamento Europeo adoptando posturas que colaboraban con el expolio de los recursos naturales saharauis; así, fue un implicado activista en contra de la firma del Tratado de Pesca UE-Marruecos. También puso sus artículos a disposición de los activistas saharauis de derechos humanos en los territorios ocupados, especialmente durante los años de estallido de la Intifada pacífica saharaui y durante el levantamiento saharaui del campamento de Gdeim Izik. Mientras Aminetu Haidar mantenía su huelga de hambre en el aeropuerto de Lanzarote, Javier Perote unió a voz a la de varios escritores saharauis, apareciendo más tarde en el libro “Las 32 batallas de Aminetu Haidar”. Activistas saharauis de los territorios ocupados, como Hmad Hammad, al que le unía una estrecha amistad, han querido dejar patente hoy sus condolencias por el fallecimiento del coronel.

El coronel Perote nunca tuvo reparos en afirmar que España había traicionado al pueblo saharaui, lo que en ocasiones le enfrentó con otros militares a los que, según sus palabras “no les gusta esta palabra porque intentan encontrar una explicación tolerable a lo que ocurrió en la salida de España”. Perote reconocía que se debía en parte al desconocimiento de lo que realmente ocurrió y a que muchos militares se sintieron estafados y engañados por el gobierno español de la época. Así se expresaba en mayo de 2010 en la mesa redonda “Memoria militar del Sahara Occidental”, durante las Jornadas de las Universidades Públicas Madrileñas dedicadas al Sahara Occidental, que se celebraron durante diez años en la capital y en las que Perote participó activamente desde el público con certeras reflexiones.

Javier Perote mantuvo una estrecha relación con el coronel José Ramón Diego Aguirre, militar destinado en la década de 1960 al entonces Sahara Español, donde ocupó varios puestos en el Gobierno General del Sáhara, concretamente en el Servicio de Información y Seguridad. Diego Aguirre se convirtió con el tiempo en uno de los principales investigadores de la historia saharaui, publicando varios libros. Precisamente, Javier Perote estaba trabajando con él en una nueva publicación cuando el coronel Diego Aguirre falleció en enero de 2005. En mayo de ese año se esparcieron sus cenizas en Tifariti, ciudad liberada del Sahara Occidental. Durante la ceremonia, en la que Javier Perote participó activamente, también se inauguró la “Escuela Don J. R. Diego Aguirre”, en la localidad saharaui liberada de Birlehlu.

Incansable lector y estudioso, en la línea de muchos de aquellos militares del periodo colonial, Javier Perote también apoyó con entusiasmo a la naciente literatura saharaui en español, siendo una presencia constante en numerosas actividades relacionadas con la cultura saharaui. Le recordamos en una de las primeras actividades relacionadas con la poesía saharaui en español que se hizo en Madrid, la presentación de la antología “Bubisher” en el año 2003 en el Colegio Nuestra Señora de África, junto con otro histórico de la solidaridad saharaui, como el añorado artista Martín Prado. También contamos con Perote en numerosas lecturas de poesía de la Generación de la Amistad Saharaui. No podemos olvidar su lectura sobre el destruido Fuerte de Dajla durante la presentación del libro Delicias saharauis de Conchi Moya, en la Biblioteca Antonio Mingote de Madrid en marzo de 2011.

El gobierno saharaui quiso reconocer la incansable labor de Javier Perote a favor del Sahara Occidental otorgándole la nacionalidad saharaui en el año 2016, durante un acto en la sede de la representación saharaui en España. El coronel Perote recibió el acta de nacionalidad firmada por el Presidente Saharaui Mohamed Abdelaziz, de la mano del histórico dirigente Mohamed Lemin Uld Ahmed. Más tarde el coronel haría entrega de un importante fondo de archivo del periodo colonial, cedido al gobierno saharaui. A partir de la concesión de la nacionalidad firmaba sus artículos como “Coronel de Infantería. Ciudadano de la RASD”, algo que sin duda le llenaba de orgullo.

Ni siquiera la enfermedad le impidió estar con el pueblo saharaui. Su último acto público fue en la manifestación de noviembre de 2019 en Madrid, a la que asistió en silla de ruedas, portando una bandera saharaui. Bandera que su familia ha querido que sea la última compañera de Javier Perote en el momento de su adiós.

Descansa en paz, compatriota. Estarás siempre en la memoria del pueblo saharaui.

Syd Barrett. El efímero fulgor del “Crazy Diamond” de Pink Floyd

"Desde pequeño me acostumbré a ir por mi cuenta, sin más trabas, y no puedo evitar pensar que rutinas y comparsas me dejarían muy pronto oxidado y ajado". Edward Lears

Otoño de 2019. De camino al trabajo en el metro me acompañan las notas juguetonas de “Lucifer Sam” y la voz de Syd, con su manera de cantar y pronunciar tan características. Se refleja en el cristal del vagón un viajero. Alto, de ojos profundos, canoso pelo abundante y ondulado. Ensimismado en lo que escucha por sus cascos, sonríe misterioso…

Siempre he sentido una especial predilección por Syd Barrett, sobre cuya desgraciada vida indagué en mi juventud. Sin embargo, apenas recuerdo haber escuchado entonces alguna de las canciones de Syd, lo que da una muestra de la fascinación por el Syd mito en detrimento del Syd músico o incluso del Syd persona. Como opinaba el músico Robyn Hitchcock, uno de sus seguidores incondicionales, “Sería genial que Barrett fuera más conocido por sus canciones y menos por la vida que llevó”.

El viaje por la discografía completa de Pink Floyd en el que estuve enfrascada a lo largo del año 2019, propició que escuchara por primera vez completo y en orden The Piper at the Gates of Dawn, primer álbum de la banda, un disco que me sorprendió gratamente y del que pronto tuve canciones preferidas como “Matilda Mother”. Aquel increíble viaje musical y la atracción por la figura del “flautista” me llevó a leer el libro de Rob Chapman Syd Barrett: El brillo de la ausencia, una exhaustiva aproximación a su figura, más allá de mitología, anécdotas trilladas y sensacionalismo.

Roger Keith “Syd” Barrett nació en Cambridge el 6 de enero de 1946 en el seno de una familia de clase media en la que reinaba un ambiente especialmente propicio para la creatividad. En su casa siempre se respiró un ambiente intelectual y Syd tuvo inclinaciones artísticas desde muy niño, con un “asombroso grado de compromiso con la creatividad”. Desde pequeño Syd se centró en el dibujo y la pintura, tenía muy claro que no buscaba el elogio, sino que el dibujo era una pura necesidad, algo que tenía en la cabeza y debía sacar.

A los 15 años Syd, centrado en su obra como pintor, se hizo con su primera guitarra eléctrica, fabricó su propio amplificador y empezó su aprendizaje musical tocando en el grupo Geoff Mott and The Mottoes. Sus compañeros de entonces le consideraban “un artista que en ocasiones hacía música”. Durante su etapa de estudios en el Cambridgeshire High School for Boys a finales de la década de 1950 coincidió con Roger Waters, dos años mayor que él y a quien conocía desde la infancia. En diciembre de 1961 murió el padre de Syd, un profesor de ciencias, lo que le marcó profundamente. Tras acabar la escuela Syd se inscribió en el Cambridgeshire College of Arts and Technology para realizar sus estudios de secundaria. Allí conoció a David Gilmour. Por entonces, Syd escuchaba a los Beatles, a los Rolling Stones y a Bob Dylan, a quien incluso vio en concierto. En 1962 Syd se trasladó a Londres para estudiar en el Camberwell College of Arts.

El germen de Pink Floyd estuvo en los primeros grupos de algunos de sus miembros, efímeras bandas como Sigma 6, formada por Roger Waters, Nick Mason y Richard Wright, tres estudiantes de arquitectura en Londres, Abdabs o Leonard's Lodgers (los Inquilinos de Leonard), en referencia a una casa victoriana situada en el norte de Londres en la que vivieron Waters y Mason durante un tiempo. Su dueño, el arquitecto Mike Leonard, fue una figura importante en el despegue de Pink Floyd. Leonard poseía un órgano Farfisa y les instruyó en los juegos de luces para sus actuaciones. Fue en aquella casa donde “se produjo el primer impulso del sonido Pink Floyd”. El uso de las luces, fundamental en sus primeras actuaciones, supondría “el catalizador principal para el cambio de dirección en la banda” y se convertiría en un elemento distintivo del grupo.

Roger Waters, que conocía a Syd de Cambridge desde la infancia, fue quien le invitó a unirse a su proyecto musical. Por entonces ya se le consideraba como “puro estilo” por su apostura y su forma de vestir. Durante un año se estuvieron ajustando los miembros del grupo y los puestos de cada uno dentro del mismo. Sería a finales de 1965 cuando la banda completó su alineación definitiva y el nombre, The Pink Floyd Sound, una idea de Syd resultante de unir los nombres de dos viejos músicos de blues, Pink Anderson y Floyd Council. La entrada de Barrett supuso un punto de inflexión porque, además de cantar y tocar la guitarra eléctrica, componía sus propias canciones. Syd nunca destacó como guitarrista, se movía más por la inspiración que por la técnica. Sin embargo, en lo referido a la composición, su proceso creativo era meramente artístico y basado en la yuxtaposición, en el “gusto por unir cosas dispares”. Como afirma Rob Chapman, Syd “aplicó el collage al texto” y la escritura automática para componer sus letras. Syd “conservaba un espíritu travieso y mordaz” y tenía una facilidad natural para la creación, pero la aparición en su vida del LSD le llevó a descubrir “la brillantez de su propio subconsciente”. En ese momento “los receptores de Syd estaban completamente abiertos y había pocas cosas que no le estimularan”. Sin embargo, el resto de la banda no estaban interesados por aquella apertura mental a través de sustancias, preferían la bebida a las drogas. En aquellos días todos, empezando por los Beatles, experimentaban con el ácido y lo incorporaban a la creatividad. Hay quien sostiene la teoría de que el ácido fue algo que se inoculó de manera interesada a aquella brillante juventud para desactivar el underground. Muchos se quedaron en el camino, como sucedería décadas más tarde con otra droga, la heroína, que causó estragos entre muchos jóvenes artistas a inicios de la década de 1980.

En una actuación en el Marquee fechada en marzo de 1966, el grupo conoció a Peter Jenner, entonces profesor de la London School of Economics y amigo de “Hoppy” Hopkins, Joe Boyd y Barry Miles. Jenner quedó gratamente sorprendido por el espectáculo que ofrecían aquellos jóvenes, especialmente por los efectos sonoros creados por Barrett y Wright y junto a su socio Andrew King les propuso convertirse en sus managers. Gracias a ellos y sus conexiones, Pink Floyd se hizo un hueco en la escena musical underground de Londres. Uno de sus hitos de aquellos días fue su participación en el legendario evento en el Roundhouse el 15 de octubre de 1966. Fue el primer gran concierto de la banda, se estima que participaron unas dos mil personas, en el que hubo de todo: ácido a raudales, un Cadillac pintado de Pop-Art, una performance de Yoko Ono (antes de convertirse en pareja de John Lennon), proyecciones de imágenes psicodélicas sobre la banda e invitados ilustres como Marianne Faithfull vestida de monja o el mismísimo Paul McCartney, no en vano el organizador del evento fue Barry Miles, su amigo y cofundador de la galería Indica, de la que Paul fue también socio. Poco después, a finales de 1966, Pink Floyd se convirtió junto a Soft Machine en banda residente del UFO Club, local underground fundado por el fotógrafo, periodista y activista político John “Hoopy” Hopkins y el productor y escritor estadounidense Joe Boyd. En sus actuaciones en el UFO Club la banda aparecía envuelta en humo de colores y sobre ellos se proyectaban juegos de luces e imágenes psicodélicas. Syd se parapetaba detrás de su micrófono y era complicado verle y fotografiarle, pero las luces se reflejaban en su guitarra Fender Esquire de espejos, que parecía lanzar rayos al público. La mítica guitarra permanece desaparecida, a saber en qué momento del naufragio de Syd se perdió.

La presencia de Pink Floyd en el UFO Club fue breve. El éxito que comenzaban a conseguir hizo que la sala pronto se les quedara pequeña. A partir de entonces vino todo rodado y a principios de 1967 Pink Floyd firmaron un contrato con la compañía EMI, la entonces todopoderosa discográfica de los Beatles. Entre enero y febrero de ese año grabaron en el estudio Sound Techniques en Chelsea su primer single, “Arnold Layne”. La canción, compuesta por Syd Barrett, está protagonizada por un hombre que se dedica a robar ropa interior de mujer encontrada en tendederos. El tema fue producido por Joe Boyd, a quien habían conocido en el UFO Club. El sencillo se lanzó en marzo de 1967 con “Candy and a Currant Bun” en la cara B, un tema sobre drogas y sexo casual. “Arnold Layne” fue bien recibida en un principio, pero su temática llevó a que fuera prohibida en Radio London porque, decían, animaba al travestismo y atentaba contra los valores “normales” de la sociedad. El segundo single de la banda “See Emily Play”, escrito también por Barrett, estaba inspirado supuestamente en una joven escultora inglesa a quien conocieron en el UFO, Emily Young, apodada the psychedelic schoolgirl. El propio Syd fue el autor de la portada, con un dibujo de trazo infantil en el que reprodujo un tren. Esta canción terminó de encumbrarles en toda Inglaterra, apareciendo en varios programas de televisión. Como “Look of the week” de la BBC, donde Barrett y Waters, atractivos y seguros de sí mismos, se enfrentaron a las críticas del escritor y músico británico Hans Keller, tras una actuación envueltos en sus habituales juegos de luces psicodélicas. También aparecieron en varias ocasiones en “Top of the pops”, en una de las últimas Syd mostraba ya un comportamiento extraño. Pero la vida parecía sonreírles, al mismo tiempo que Pink Floyd despegaba, Syd se había transformado en un tipo enormemente atractivo. “Syd recuperó su olfato para la moda”, se dejó el pelo largo y revuelto, se cubrió de fulares, seda y terciopelo de vistosos colores, en un estilo entre “dandy y bohemio, pero nunca chabacano”, recordaba Chapman en su libro.

La banda consiguió firmar la grabación de su primer álbum, The Piper at the Gates of Dawn, una de las obras cumbres de la psicodelia inglesa de mediados de la década de 1960. En aquellos días, Syd se había trasladado a un nuevo hogar, situado en el ático del número 2 de Earlham Street, “rodeado de láminas, cuentas y campanillas indias”. Allí había escrito la mayoría de canciones del álbum. Convertido con el tiempo en uno de los pilares del rock psicodélico, The Piper at the Gates of Dawn fue grabado en los míticos estudios de EMI en Abbey Road, Londres, entre febrero y mayo de 1967, mientras los Beatles se encontraban grabando Sgt.Peppers Lonely Hearts Club Band. Se cuenta que Pink Floyd estaba trabajando en el tema “Pow R.” en el estudio 3, mientras que en estudio 2 los Beatles grababan la canción “Lovely Rita”. El encuentro lo propició el productor, Norman Smith, quien había trabajado como ingeniero de sonido en los discos que grabaron los Beatles entre 1963 y 1965. Pero Pink Floyd no eran unos desconocidos para Paul McCartney, quien por entonces estaba muy metido en el ambiente del underground londinense a través de su colaboración con la galería Indica. Además de en el mencionado concierto en la Roundhouse, Paul había presenciado algunas actuaciones de Pink Floyd en el UFO Club. La firma con EMI y la grabación en Abbey Road fue un arma de doble filo para Syd. El disco estuvo producido por Norman Smith, quien interfirió en diferentes aspectos de la grabación y tuvo roces con Syd. La opinión generalizada con respecto al sonido del álbum es que la producción restó frescura a las canciones, las encorsetó y las convirtió en comerciales. En The Piper at the Gates of Dawn se encuentran algunos de los hitos del rock psicodélico como “Astronomy Domine”, “Interstellar Overdrive”, “The Gnome”, “Lucifer Sam” o “Bike”. Destacan los ruidos y las onomatopeyas, la perfecta dicción inglesa de Syd, el aire onírico y luminoso que impregna el disco y el omnipresente órgano Farfisa de Rick Wright. El fotógrafo Vic Singh realizó las fotos de la banda para la portada de su primer disco y recordaba así a Syd: “Se comportó como una persona agradable, feliz, extrovertida, cordial y creativa. No sólo era un músico, también era un artista con talento”.

Sin embargo, tras el verano de 1967 algo empezó a fallar en Syd. También sus letras cambiaron, abandonando los escenarios de cuento o el I-Ching, que habían dominado sus composiciones para el primer disco. Comenzó a tratar temas más oscuros, lo que supuso una nueva etapa de experimentación en su escritura. Por desgracia, cualquier comentario referido a su obra de esta etapa está impregnado de “lo que le sucedió” a Syd. “Reducir toda su obra posterior a The Piper at the Gates of Dawn al desequilibrio de Syd no le hace justicia", afirma el biógrafo de Barrett, Rob Chapman. Aquel artista que había deslumbrado a la escena underground en el UFO y cuya carrera prometía como pocas “se marchitó a la vista de todos” cuando tuvo que encarar una carrera comercial con Pink Floyd. Al margen de una posible enfermedad mental que agravaron las drogas, la presión artística y comercial que sufrió Pink Floyd a partir de la grabación y publicación de su primer trabajo con una discográfica como EMI afectó a Syd y probablemente tuvo bastante que ver con su deriva. 

A partir de entonces se sucedieron numerosos episodios complicados y estresantes que minaron la moral del grupo, en varias ocasiones tuvieron que sacarle al escenario, allí Syd se quedaba parado mientras el grupo tocaba. Roger Waters le llevó personalmente a una cita con un psiquiatra, pero cuando llegaron Syd se negó a bajar del coche. A pesar del estado de su líder, el grupo se embarcó en una gira por Estados Unidos, que sólo agravó el problema. En las apariciones en programas de televisión Syd se quedó mirando al vacío y no respondió a las preguntas. En una actuación en play back en uno de los programas se negó a mover los labios. Tocaron en lugares enormes, haciendo de teloneros de bandas de blues, e incluso de Janis Joplin. Syd cambiaba las melodías y una de las noches sucedió una de aquellas anécdotas que siempre se narran para explicar la locura de Syd. Descontento con el estado de su pelo, se vació en la cabeza un bote de gomina Brylcreem y se echó encima los pequeños trozos en los que había convertido las pastillas de un frasco de Mandrax, unas píldoras que usaban los jóvenes de la época para colocarse. Salió así al escenario y cuando el calor de los focos hizo que el potingue comenzara a resbalarle por la cabeza, la audiencia contempló horrorizada el efecto de que el rostro de Syd se estaba derritiendo. Tras la amarga experiencia americana, Pink Floyd regresaron a Inglaterra, pero allí no les fue mejor. Se embarcaron en una gira con Jimi Hendrix, The Move y The Nice, dos actuaciones de 17 minutos por noche durante tres semanas, demasiado para los nervios de Syd, que a menudo llegaba tarde y a veces no lograba tocar ni una nota. Sortearon el naufragio gracias a David O’List, guitarrista de The Nice, que les echaba un cable tocando con ellos cuando Syd era incapaz de hacerlo. Desgraciadamente no prendió la chispa entre las dos luminarias del rock ácido, Hendrix se movía en limusina y no viajaba en el autobús con los demás músicos y Barrett se mantenía solo y apartado de los demás. Incluso se cuenta que en una ocasión su manager, Peter Jenner, evitó que Syd se escapara en tren.

Llegado el otoño de 1967 cada vez eran menos frecuentes las ocasiones en las que podían contar con Syd para tocar. A inicios de 1968 el grupo decidió invitar a David Gilmour a formar parte de Pink Floyd para apoyar a Syd. La idea era que Barrett siguiera componiendo y grabando y Gilmour se encargara de los directos. Llegaron incluso a realizar algunas actuaciones como quinteto, hasta que un día simplemente no pasaron por casa de Syd para llevarle a un concierto. Nick Mason lo contaba con crudeza en su autobiografía Dentro de Pink Floyd: “En el coche, de camino, alguien dijo: ‘¿Recogemos a Syd?’, y la respuesta fue: ‘No, joder, no vale la pena’. La decisión fue completamente cruel, igual que nosotros”. En abril de 1968 Syd Barrett estaba ya oficialmente fuera de la banda. El grupo recordaba en ocasiones que cuando Syd se rompió pesó más un cierto “alivio” por acabar con la situación que estaban viviendo que el miedo a perder al compositor principal y líder de la banda, por no hablar del hecho de dejar a su compañero en la estacada. Aquella fue una decisión muy arriesgada y que no les dejaba en buen lugar, pero entonces no fueron capaces de encontrar otra. El grupo había resuelto abandonar los estudios y apostar por la música, por lo que la actitud de Syd era un impedimento para sus planes. Según han dicho ellos mismos en alguna ocasión, en la decisión de apartar a Syd “pudo el instinto de supervivencia” como banda. A partir de ese momento Roger Waters, que ya entonces daba muestras de tener una voluntad y una determinación de hierro, comenzó a tomar las riendas del grupo. Se aplicó en escribir canciones y con el tiempo llegó a convertirse en un gran letrista. Syd se había mudado a vivir a un apartamento en Earl’s Court, compartiendo piso con el artista Duggie Fields. Cuando Barrett dejó el apartamento, Fields convirtió su dormitorio en un taller y permaneció viviendo en el lugar hasta su muerte en marzo de 2021, convirtiéndolo en un templo de arte que fue filmado por Derek Jarman en su película de 1974 At Home With Duggie Fields.

En junio de 1968 se publicó el segundo disco de Pink Floyd, A Saucerful of Secrets, una continuación del primer trabajo de la banda que tan solo incluía una canción de Syd Barett, “Jugband Blues”, que aparecía como último tema del disco. La letra, desoladora e irónica, tiene muchas lecturas, Syd ya se encontraba fuera del grupo y, de alguna manera, fuera del mundo: “Es terriblemente considerado de tu parte pensar en mí aquí / Y te estoy muy agradecido por dejar claro / que no estoy aquí”, escribió Barrett en el inicio de aquella canción. Tras A Saucerful of Secrets y ya definitivamente sin Syd, Pink Floyd tomaría una dirección diferente que, tras varios discos de transición, les llevaría a convertirse en una de las bandas más exitosas de la historia. A Syd le fue mucho peor. Los managers del grupo, Peter Jenner y Andrew King, tomaron la decisión de seguir representando a Barrett, pensando que Pink Floyd no podrían continuar su carrera sin su líder y compositor principal. En mayo de 1968 Syd comenzó a grabar en Abbey Road su disco en solitario, pero en julio de ese año paró las sesiones de grabación. Durante el parón musical, que duró varios meses, Syd atravesó un limbo en el que cambió de domicilio y se dedicó a no hacer nada. Intentó regresar a sus pinturas, pero “parecía incapaz de terminar ninguno de sus proyectos”. A finales de marzo de 1969 Syd regresó a Abbey Road a grabar nuevas canciones. Su productor de entonces, el joven Malcolm Jones, le encontró en buena forma y dispuesto. “Syd trabajó efectiva y diligentemente”. Cuando todo parecía marchar bien, desde la discográfica se le apremió a terminar el disco. Syd pidió finalmente a Roger Waters y David Gilmour que le ayudaran a acabarlo y el productor fue despedido. Inmersos en la grabación de su disco Ummagumma no fueron capaces de decir que no a Syd y lo completaron “en un sprint de dos días”, según contaba Rick Sanders en su libro de 1976 dedicado a Pink Floyd. Un Syd descentrado y sus excompañeros a la carrera completaron un disco calificado como “extraño y original, caótico, melancólico y casi incoherente, pero psicodélico y brillante, carente de mayores arreglos”. Efectivamente se publicó un disco “en bruto”, un antecedente del lo-fi que décadas más tarde caracterizaría a músicos como Daniel Johnston, otro artista con graves problemas mentales. David Gilmour recordaba que Syd llevaba las canciones anotadas en unos papeles y cambiaba las palabras y el ritmo en cada toma, así que era muy difícil que los músicos pudieran seguir algo tan libre. El disco lo abre la desnuda “Terrapin”, grabada en una sola toma y hay canciones que casi parecen luminosas, como “Octopus”. “¿Me echaréis de menos?”, canta Syd en “Dark Globe”, una canción en la que se palpa la angustia. La escucha del disco deja una sensación de devastación y tristeza, de un Syd opacado y en sordina, a la fuga de ese éxito que probablemente él no había esperado. Poco quedaba ya de la luminosidad y el encanto del Syd anterior.

Había tardado más de un año en grabar el LP The Madcap Laughs, que se publicó en enero de 1970. El disco también se definió entonces como “despojado, perturbador, cautivador, descarnado e íntimo”. Syd se muestra en él “desolado y vulnerable”. “Una pena devastadora se había instalado en sus canciones”, concluye Rob Chapman en su libro. El arte de la portada del primer disco de Syd Barrett en solitario corrió a cargo de Hipgnosis, autores de algunas de las portadas más icónicas de Pink Floyd como Atom Heart Mother (1970), The Dark Side of the Moon (1973), Wish You Were Here (1975) o Animals (1977). En la foto de portada, tomada por Storm Thorgerson, se ve a Syd en su apartamento de Wetherby Mansions. En la contraportada aparece una imagen del fotógrafo Mick Rock, en la que se puede ver a una mujer desnuda, ella era conocida como Iggy the Eskimo y había recalado en casa de Syd poco tiempo antes. Aquella mañana Iggy the Eskimo ayudó a Syd a pintar con rayas naranjas y moradas el suelo del apartamento, le desordenó el pelo y le remarcó los ojos con khol. Musa de artistas, sin hogar fijo, trasladándose de fiesta en fiesta, Iggy bailaba en el Cromwellian Club, compraba ropa en la boutique BIBA o revoloteaba por los parques de Londres. Envuelta en el misterio, Iggy desapareció de escena con la misma rapidez con la que había irrumpido. Tuvieron que pasar décadas para que una revista la rescatara, descubrieron entonces que su verdadero nombre era Evelyn Rose y era hija de un oficial británico. Ella afirmaba que en aquellos lejanos días no sabía que Syd era una estrella del rock y que nunca vio su lado oscuro, con ella era un tipo encantador y risueño. Fue una de las tantas chicas que “encarnaron el espíritu de los sesenta” y pasó a la posteridad al aparecer en la portada de aquel extraño disco.

The Madcap Laughs sólo alcanzó ventas modestas. No obstante, EMI encargó a Syd Barrett otro álbum. Bajo el nombre de Barrett, se grabó en tan solo quince sesiones durante 1970. Fue producido por David Gilmour, demostrando que su amistad sobrevivió al hecho de que Gilmour hubiera ocupado su puesto en Pink Floyd. Si en el primer disco participaron varios productores y diferentes músicos en la grabación, en el segundo los músicos “fijos” fueron David Gilmour, Rick Wright y Jerry Shirley de Humble Pie a la batería, lo que ofreció cierta continuidad y conexión al álbum. Aunque hubo quien vio que Gilmour era el único que podía comunicarse por entonces con Syd, el guitarrista lo negaba, afirmando que ya entonces “nadie” podía comunicarse con Syd. Tal vez se sentía en deuda con él por haberle sustituido en el grupo, aunque explicó que había participado en el disco porque la gustaban las canciones. Por su parte Rick Wright afirmaba que participaron por su deseo de ayudar a Syd y que su principal preocupación durante la grabación fue que Syd cantara. La presencia de Gilmour y Wright dio al álbum cierto envoltorio comercial. En la portada aparece una ilustración de Syd pintada en Cambridge, doce insectos en perfecto orden sobre un fondo blanco, los animales fueron un elemento recurrente en toda la producción en solitario de Barrett. El disco lo abre “Baby Lemonade”, un tema folk con una introducción con Syd a la guitarra. En “Love Song” destaca el armonio de Rick Wright. “Dominoes”, una canción de arrepentimiento y angustia sobre la relación con la que fuera su novia durante la época de Pink Floyd, Lindsay Korner; destacan el órgano Hammond y el piano Rhodes de Wright. Lo que comenzó como una improvisación, se convirtió en una de las canciones con más fuerza del disco, “Rats”. Otro tema animado es “Gigolo Aunt”, canción en la que destaca la presencia de Wright y el solo de guitarra; este tema dio nombre a una banda de la década de 1980, lo que muestra la influencia de Barrett en generaciones posteriores. El disco se cierra con “Effervescing Elephant”, una canción de aire infantil y divertida, llena de animales y con la tuba de Vic Saywell.

Muchas décadas después Gilmour ha interpretado en directo temas de Syd como “Octupus”, “Dominoes” o “Dark Globe” como homenaje a su amigo. A pesar de todos los esfuerzos desplegados, el disco muestra el agotamiento creativo de Syd. A los veinticinco años su talento para escribir canciones se había consumido. “Hubo un torrente, un embalse de palabras que abrió las compuertas pero que al poco se secó”, opina el músico Robin Hitchcock, “Barrett no diluyó su talento, apretó bien el tubo hasta sacarlo todo. Y así lo vació”, añadía. Syd también se quedó al margen de sus amigos creativos. “Todo el mundo estaba atareado, planeando, produciendo, creando. Todo el mundo, excepto Syd”. En opinión de su círculo más cercano, Syd nunca quiso hacerse famoso. Rehuía la fama y no tenía ningún espíritu comercial.

En 1972, tras la grabación de su segundo álbum, Syd aún hizo esfuerzos para montar una nueva banda, Stars, formada por Twink, un batería de Cambridge que había militado en grupos como Pretty Things, y un bajista llamado Jack Monk. Sin embargo, se les acusaría de haber usado a Syd para darse a conocer. En una entrevista de julio de 2014 para el portal Hit-Chanel, Twink afirmaba que la locura de Syd se había exagerado y que personas que afirmaban “velar por sus intereses” le habían aconsejado dejar la banda. Syd llegó a hacer algunos directos con ellos, pero pronto abandonó la idea. “Barrett parecía siempre distante en el escenario, reducido a tocar vagos fragmentos de tema, garabatos estúpidos de guitarra y destellos de canciones. Parecía ser sólo otro ejercicio de la extraña y confusa cacofonía inútil de Barrett”, así lo contaba el escritor y periodista musical Nick Kent, quien en abril de 1974 escribió en el New Musical Express una de las primeras semblanzas sobre Syd. En agosto de ese año hubo un nuevo intento de llevar a Syd a un estudio de grabación. No fue posible, ya no había letras ni tampoco melodías. “Era un encogimiento que bordeaba la erradicación de sí mismo”, afirma Rob Chapman. Tras varios días Syd abandonó el estudio y no regresó. “Afrontó la larga noche oscura de su alma. Con su ausencia, la leyenda floreció”. Syd no necesitó morir para convertirse en otro mártir del rock and roll.

Syd Barrett se sumergió en un absoluto caos vital. Se instaló en varios hoteles, antes de establecerse en el exclusivo complejo de apartamentos Chelsea Cloisters. Compraba todo tipo de objetos caros en Harrods y enseguida los tiraba o regalaba al primero que encontraba. Aunque Syd no volvió a tener contacto con sus compañeros, su espíritu sobrevoló la carrera de Pink Floyd y su inspiración originó algunas de sus obras más exitosas. Sin duda resulta escalofriante la conocida anécdota de la visita de Syd Barrett a Pink Floyd en 1975, mientras grababan el disco Wish You Were Here. Se presentó en Abbey Road sin avisar mientras que la banda grababa “Shine On You Crazy Diamond”, una canción dedicada a él. El resto del grupo no le reconoció en aquel extraño hombre pasado de peso y con el cabello y las cejas rapadas, vestido de blanco y que portaba una bolsa de plástico. En realidad Syd sólo tenía entonces 29 años, pero parecía mayor, realmente duele ver su foto de aquel día. Barrett tuvo un comportamiento desconcertante durante toda la sesión, asistió brevemente a la fiesta de la boda de David Gilmour con su esposa de entonces, Ginger, y se marchó sin despedirse. Syd y Roger Waters tuvieron un encuentro casual en Harrods un par de años después, pero Syd salió corriendo. Nunca más volvió a encontrarse con un miembro de Pink Floyd. Roger Waters volvería a rememorar la figura de Syd en el personaje de la estrella desquiciada que protagoniza The Wall. “Incluso después de que ya no estaba en la banda, su espíritu [de Barrett] perseguía sus discos”, diría Steven Hyden en su libro de 2018 Twilight of the Gods: A Journey to the End of Classic Rock. En una entrevista de 1987 Roger Waters lo confirmaba: “A pesar de que estaba claramente fuera de control cuando hizo sus dos álbumes en solitario, parte del trabajo es asombrosamente evocador. Es la humanidad de todo esto lo que es tan impresionante. Se trata de valores y creencias profundamente sentidos. Quizás eso es a lo que aspiraba The Dark Side of the Moon. Un sentimiento similar”.

“Las entrevistas a Syd en el cénit de su fama son pocas y espaciadas, y retratan a un hombre que se muestra muy reacio a seguir con el juego de la celebridad”. En la que sería su última entrevista como miembro de Pink Floyd, para Melody Maker, Syd había afirmado que “hacer caso a las consideraciones comerciales resulta pernicioso para la música”. Tras su salida de Pink Floyd la prensa quería reunirlos de nuevo a toda costa, al igual que especulaban con el regreso de los Beatles, o la vuelta a los Swinging Sixties. Sin embargo, aquella época había terminado para siempre. Algunos periodistas pensaban en Syd de otra forma. “Siento decir que no creo que fuera tan importante como los obituarios sugieren. Era interesante pero una figura menor, cuya reputación ha crecido gracias a sus trastornos”, afirmaba Michael Watts, periodista del Melody Maker.

Syd sentía gran “aversión al rigor, las tomas repetidas y a los ensayos”. Por el contrario, para los Pink Floyd posteriores a Barrett la inspiración quedaría supeditada a la estructura. Los temas de Syd en solitario reflejan su interés por “las bellas artes y su patológica resistencia a la disciplina”, él “se dejaba llevar por la inmediatez, la espontaneidad, la respuesta sin mediaciones, la abstracción, las perspectivas múltiples, el automatismo”. El talento que aupó sus primeras obras “vaciló al toparse con las rutinas y comparsas de la disciplina y la popularidad”. Syd rechazaba que lo estructuraran y las rígidas estructuras arquitectónicas de sus compañeros no iban con él. Antes de sacar The Piper at the Gates of Dawn “la experimentación pura manaba”, pero tras el éxito del álbum se les colocó en primer plano de la industria discográfica y eso echó para atrás a Syd.

No hubo mucho más después de la desaparición pública de Syd Barrett. La última entrevista que ofreció fue en 1971, y desde entonces apenas se sucedieron encuentros de fans por la calle, la persecución de algunos periodistas y un puñado de fotos robadas en las que aparecía alguien que no tenía nada que ver con quien fuera el bello líder de la psicodelia británica. Permanecen en la memoria imágenes que recuerdan retiros como el de Salinger o Greta Garbo, con Barrett subido en una bicicleta con cesta, caminando vestido con una desastrada camiseta blanca sin mangas y en pantalón corto o abriendo sorprendido la puerta de su casa. Su familia confesaba que a Syd, en realidad Roger ya que había recuperado su verdadero nombre, le molestaba hablar sobre aquellos días de vino y rosas. La conversión de Syd en mito tuvo mucho que ver con anécdotas, verídicas o no, asociadas a su locura. “La mitificación volvió la vista hasta el momento en que Syd comenzó a oler a podrido en el estado del pop y dio un paso hacia las sombras”. El Syd persona quedó borrado y sólo permaneció la leyenda. Syd conoció la idealización demasiado pronto, como músico, compositor, pintor y por su indiscutible atractivo físico. Pero desde su desaparición pública, el mito se asoció fundamentalmente a la locura. Uno de los problemas con los que tuvo que enfrentarse Syd fue batallar con las expectativas de los demás. Abogar por el silencio implica un proyecto de liberación total. Así, con Syd Barrett se produje la paradoja de lo perdurable de su obra frente a la brevedad de su carrera. “Lo que causa más consternación es que nunca aprovechó su potencial”, aunque su temprano retiro “le libró de la mediocridad”.

Syd se mantuvo unido a Cambridge, en una entrevista en 1971 explicaba “Siempre he pensado en regresar a un sitio donde puedes beber té y sentarte sobre la alfombra. Tengo la fortuna de poder hacerlo”. En 1978, cuando se le acabó el dinero, regresó a Cambridge para vivir con su madre. Volvió a Londres durante unas semanas en 1982, pero pronto regresó a Cambridge de forma permanente. Se dice que entonces completó a pie los 80 km que separan Londres de Cambridge, llegó con los pies llenos de ampollas. Sus últimos años los vivió en el nº 6 de St. Margaret’s Square. Allí vivió una vida ermitaña y solitaria, “no había nada que le resultara atractivo en compañía de otra gente”, aunque tutelado primero por su madre y después por sus hermanos, en especial su hermana Rosemary. Tenía libros y escuetos apuntes sobre literatura, sobre todo poesía, jardinería, geografía, tenía numerosos atlas repartidos por toda la casa, y en especial libros sobre psiquiatría. En sus últimos años Syd “se embarcó en un intento de diagnosticar cuál había sido su problema y si tenía solución. Sus notas revelan que estaba intentando “reparar o cortar” lo que le ocurría, en una de ellas escribió “Todos los maniaco-depresivos se recuperan”. Apuntaba a que “ciertos elementos de su dolencia estaban escritos desde el principio”.

Roger Keith Barrett falleció en julio de 2006 de cáncer de páncreas, a los 60 años, “Syd” había muerto muchos años antes. En noviembre de 2006 se realizó la subasta de sus posesiones personales, junto con algunos de los pocos cuadros pintados por él que no había destruido. La subasta recaudó 121.000 libras, que la familia Barrett donó a una beca local para estudiantes de arte. Por aquellas fechas el periódico Cambridge News anunció que Syd Barrett había dejado más de un millón de libras esterlinas en su testamento. Hasta el momento de su muerte recibía dinero de recopilatorios, álbumes en vivo y discos de versiones en los que aparecían sus canciones. Dave Gilmour explicó: “Me aseguré de que le llegara el dinero”.

“No creo que sea fácil hablar de mí. Tengo una cabeza muy irregular. Y no soy nada de lo que piensas que soy de todos modos”, Syd Barret para la revista Rolling Stone, 1971.

Entrevista a Conchi Moya, escritora y Alumni UCM

*Entrevista para la web de Alumini (Universidad Complutense de Madrid) 10 de mayo de 2021.
Conchi Moya (1971) es escritora y periodista. Licenciada en la Facultad de Ciencias de la Información de la UCM.
En la década de 1990 participó en varios proyectos relacionados con radios libres, entre los que destaca la creación en 1997 de Radio Resistencia. Publicó su primera novela, Sin pedir permiso, en diciembre de 2015, donde narra la historia de un grupo de jóvenes con ganas de cambiar el mundo y dos pasiones en común: la música y el pequeño universo de la radio independiente.
Ha escrito otros libros con el Sahara Occidental como tema de fondo: Delicias saharauis, Las treinta y dos batallas de Aminetu Haidar y Los otros príncipes y el ensayo El porvenir del español en el Sahara Occidental junto al escritor saharaui Bahia Mahmud Awah.
El último de sus libros publicados fue Las acacias del éxodo, libro de relatos con una primera parte sobre el pasado dedicada a “la colonización española, cómo se vivía allí y cómo lo vivían los españoles y saharauis”; una segunda sobre la actualidad, “una paz que en realidad es violenta porque no tienen su tierra y están pasando por una situación muy complicada especialmente en territorio ocupado donde se producen muchas violaciones de derechos humanos”; y un cuento final sobre el futuro que, aunque “no se sabe que pasará”, la autora quiere concebirlo con esperanza de que “puedan alcanzar su objetivo” y los refugiados puedan volver a un Sáhara libre.
Acaba de publicar un nuevo libro: La luz interior de George Harrison con Sílex Ediciones.
¿Cuál ha sido tu formación en la UCM?
Me licencié en 1994 en Ciencias de la Información, en la rama que entonces se llamaba Imagen y Sonido.
¿Guardas un buen recuerdo de tu paso por la facultad? ¿Cómo definirías aquellos años?
Fueron unos años muy bonitos y me siento muy orgullosa de haber estudiado en una universidad pública. Pude estudiar la carrera que había elegido, hice seminarios muy interesantes, tuve ocasión de ver mucho cine en la facultad, estudiar asignaturas que me gustaban especialmente como literatura, estética o narrativa y disfrutar de los talleres de radio, mi auténtica vocación. La vida me ha llevado después por otros caminos, pero nunca me he arrepentido de haber estudiado lo que elegí.
¿Siempre tuviste vocación de periodista?
Nunca tuve una vocación clara, pero desde pequeña me apasionó la radio y ese fue el verdadero motivo por el que elegí estudiar Ciencias de la Información.
¿De dónde viene esa pasión por la escritura?
Mis padres nos inculcaron desde muy pequeños el amor por la lectura y siempre me ha fascinado que me cuenten historias. De ahí a escribirlas yo, sólo había un paso. Me alegro de haberme atrevido a dar ese paso.
Tus últimos libros tratan sobre el Sáhara Occidental y el pueblo saharaui… ¿Con qué te quedas de toda esa experiencia?
Conocí al pueblo saharaui en abril de 2000, en un viaje a los campamentos de refugiados en el sur de Argelia. Aquella experiencia resultó tremendamente impactante y emocionante para mí y desde entonces los saharauis están en mi vida. Tengo muchos amigos y familia saharaui y de alguna forma escribo sobre el Sahara por un compromiso personal con ellos y con su causa, que hice mía desde aquella primera visita. Espero que mis libros puedan poner un granito de arena para dar a conocer lo que les sucede, la enorme injusticia que padece el pueblo saharaui y en la que España tiene tanto que ver.
¿Otra de tus pasiones siempre ha sido la música?
Desde muy joven la música es fundamental en mi día a día, me levanta el ánimo y me da fuerzas, he encontrado a grandes amigos gracias a la música. Además es uno de mis temas preferidos para escribir. En todos mis trabajos, incluidos los relacionados con el Sahara Occidental, la música aparece de una manera u otra.
Ahora, ¿comienzas una nueva etapa como escritora con George Harrison?
No es mi primer libro relacionado con la música, pero La luz interior de George Harrison es mi primera biografía musical. No sé qué me deparará el futuro, aunque de momento regreso a la narrativa, estoy escribiendo una nueva novela. Tengo otra acabada en espera de edición y quiero publicar un relato ambientado en el Swinging London para el que estoy buscando ilustradora.
¿En qué te identificas con él?
Más que identificarme, me parece un personaje tremendamente inspirador para escribir. De George Harrison me atrae fundamentalmente su curiosidad sin límites o su atrevimiento para lanzarse a empresas alucinantes, como empezar a estudiar sitar cuando era uno de los guitarristas más famosos del mundo, poner dinero para La vida de Brian cuando se quedaron sin productor o salvar de la ruina Friar Park, la magnífica propiedad que compró en 1970 llena de bosques, jardines, lagos y misteriosas cuevas. También me resulta inspirador que no se conformara con ser un simple muchacho de Liverpool y luchara por conseguir su sueño pero sin traicionar su clase y sin renegar de sus orígenes. Y no hay que olvidar su sentido del compañerismo y la amistad, su espíritu compasivo y solidario con los que sufren y su proverbial modestia, que contribuyó a que de alguna manera sea un personaje muchas veces omitido en la historia de los Beatles
¿Por qué la canción “The Inner Light” te inspiró para escribir este libro?
En realidad el título, inspirado en esa preciosa canción de George Harrison, no lo decidí casi hasta el final. “The Inner Light” fue el tercer tema con instrumentación india compuesto por George para los Beatles. Grabó la música en Bombay durante la grabación de su primer disco en solitario “Wonderwall Music”, sólo un mes antes del famoso viaje a la India de los Beatles para meditar con el Maharishi. Es una canción muy importante por muchos motivos, supone los inicios de ese empoderamiento de George como compositor, que culminó en el último disco que grabaron los Beatles, “Abbey Road”. La luz tiene una gran presencia en la vida de George y a la vez muchas lecturas, empezando por la iluminación espiritual que persiguió durante toda su vida. Él a su vez dio mucha luz al mundo a través de su música y de sus obras. George también buscó la luz del sol en sus numerosos viajes a lo largo del mundo, huyendo de los helados inviernos de su infancia en Liverpool. Y su esposa Olivia contaba que el cuerpo de George desprendió luz en el momento de abandonar el mundo. La luz es un elemento recurrente a lo largo de todo el libro.
¿Cómo crees que podría influir este libro en la sociedad?
George Harrison es una de las personalidades más interesantes del siglo XX, junto a sus compañeros en los Beatles. Pero además George fue un ser muy especial por el mensaje que dejó en sus canciones. Fue un precursor en el ecologismo, organizó el primer concierto solidario de la historia, estuvo comprometido políticamente con diferentes causas, mantuvo conciencia de clase a pesar de su enorme fortuna, se comprometió profundamente con la espiritualidad y dejó constantes mensajes de amor, empatía y solidaridad, sin abandonar nunca un punzante sentido del humor. He reflejado todo ello en el libro y creo que el mensaje de George Harrison sigue siendo muy potente y actual.
¿Qué crees que George Harrison podría enseñarnos en esta nueva normalidad en la que vamos a tener que acostumbrarnos a vivir?
Si George hubiera vivido en estos tiempos de pandemia probablemente habría alzado la voz contra el insoportable aumento de la desigualdad, el abandono de las políticas sociales, el destrozo de lo público y del estado del bienestar, el racismo, el individualismo y la intolerancia que estamos viviendo. George fue muy crítico en su día contra las políticas antisociales de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, antesala de lo que tenemos encima, y no dudo que habría usado su música para reivindicar un mensaje humanista. Sólo hay que ver la reacción de su esposa e hijo en el inicio de la pandemia al lanzar “The Inner Light Challenge”, una iniciativa en favor de varias organizaciones solidarias para paliar los terribles efectos de esta catástrofe.
¿Qué le dirías a los estudiantes que como a ti les gustaría vivir de lo que les apasiona?
A pesar de la difícil situación que atravesamos, les animaría a no dar la espalda a su vocación y a tener paciencia para recorrer el camino. Es una generación que no lo tiene nada fácil, una generación que por primera vez en muchas décadas probablemente va a vivir peor que sus padres.
Por último, ¿cómo ves el futuro del periodismo en España o en tu caso el panorama literario?
Soy optimista en lo que se refiere a la literatura. De la literatura es prácticamente imposible vivir, como por otra parte ha sucedido siempre en este país, pero al mismo tiempo nos resulta imprescindible a los que no entendemos la vida sin libros. El ser humano siempre querrá que le cuenten historias y la literatura seguirá existiendo, no tengo dudas. Se escribe y se publica mucho y espero que se lea lo que se compra. Sobre el presente del periodismo soy bastante más pesimista. Estamos en la época de la desinformación, los bulos interesados lanzados en muchas ocasiones por supuestos periodistas sin ningún escrúpulo. Los tentáculos del poder asfixian la libertad de información y la profesión atraviesa una gran precariedad. A pesar de todo, el periodismo es un elemento fundamental en democracia y me gustaría pensar que superaremos esta etapa y al periodismo le aguarda un futuro más prometedor.

Otra noche con MadPunk. “In Memory Fest IV + Sangre Salvaje - Los Kultura


A poco que me esmere MadPunk va a igualar a Crudo Pimento en el ranking de artistas que he visto más veces en directo. El sábado 18 de enero la banda madrileña participaba en un concierto de apoyo a Pro Activa Open Arms, junto con Sangre Salvaje y Los Kultura; las circunstancias me impidieron ver sus actuaciones. El concierto y el motivo bien merecían que nos acercáramos hasta la Sala YA’STA para pasar otra noche con MadPunk.
La banda madrileña ofreció una actuación arrolladora, en la que sonaron con su fuerza habitual, disfrutando sobre el escenario y haciendo disfrutar a un público que no paraba de bailar y de corear sus clásicos indiscutibles, pero también sus temas nuevos. Sin duda pueden sentirse orgullosos de no ser un grupo instalado en la nostalgia; junto a su espectacular legado ofrecen nuevas y espléndidas canciones. Porque MadPunk es un grupo con entidad propia. Aun así no está de más recordar que la banda reúne repertorio y componentes de tres míticos grupos del punk madrileño de los ochenta: Larsen, TDK y Espasmódicos. MadPunk está compuesto por Monje (primer cantante de Larsen) más J. Siemens (una verdadera leyenda del punk, como le definió anoche Monje) y Manuel Pilarte “Magüu”, respectivamente guitarrista y batería de Espasmódicos y más tarde de TDK. A ellos se unen los estupendos Esteban Palazuelos a la guitarra y Héctor Lukas al bajo.
La banda abrió el concierto con una de sus novedades, “MadPunk”, la canción que les presenta de Madrid al mundo. A partir de ahí ofrecieron un apretado repertorio que incluyó el resto de temas de su EP sacado hace unos meses. “No creo”, el tema más largo de este trabajo, es una canción rabiosamente nihilista pero al mismo tiempo tiene una letra cautivadora y con un ácido sentido del humor; no creen en religión, en filosofía, en el amor ni en los grandes mitos del punk pero por encima de todo no creen en sí mismos. “Demasiado enfermo para morir”, de nuevo una gran letra que alude a esos jóvenes eternos, conservados poco menos que en formol que siguen dando mucha guerra. “Poseso”, una canción tremendamente narrativa que la convierte en una suerte de película de posesiones y exorcismos, con un estribillo que encantaría a la Audiencia Nacional. El trabajo termina con “Zombies dictadores”, feroz tema en contra de cualquier autoridad que acaba convirtiéndose casi irremediablemente en despótica en lo que es el tema más político de este trabajo. Todos los temas de este 10” tienen unas letras magníficas y cuentan con la veteranía de unos músicos que se las saben todas, más el plus de energía que muestra el gran estado de forma en que se encuentran.
Además de tocar el EP completo, ofrecieron otras dos canciones nuevas, “Feliz” y “Apagas tu motor”, la continuación de una de mis canciones favoritas de Espasmódicos, “Enciendes tu motor”. En esta divertida curiosidad el protagonista aparece en el infierno tras haberse estampado con la moto en la otra canción y… mejor escuchadla en cualquier concierto de MadPunk al que podáis asistir; la canción no está por el momento grabada en estudio pero adelanto que se trata de un buen plan para la eternidad.
Del repertorio clásico, la banda ofreció a toda tralla auténticas joyas como “Vomitas sangre” (Larsen), una canción perfecta para comenzar la jornada laboral (probadlo), además de “Serafín” (Espasmódicos), “Días de destrucción” (Espasmódicos), “Noche de destrucción en Rock-Ola” (Larsen), “Tía, vete a cagar” (Espasmódicos), “Interrogatorio” (TDK), “El Payaso”(Larsen), “Maleta para Moscú” (TDK), “Nacido de la pota de un punk” (Larsen), “Frontera francesa” (Larsen) o “La farmacia de mi barrio” (TDK), con la que cerraron el concierto y que contó con un espontáneo que se subió para cantar un trozo de canción con Monje. Me chivan que es un miembro del grupo de Zaragoza “Animales muertos”.
Por si el concierto en la sala YA’STA no contaba con bastantes alicientes, Manuel Pilarte, miembro fundador de aquellos TDK y estos MadPunk, recordaba anoche que treinta y cinco años atrás TDK tocaron en la sala. Fue en 1985, el año en que abrió este “templo de la Movida” que todavía resiste; situado entre la Gran Vía y el barrio de Chueca un espectacular mural decora su fachada. Maguu recordaba anoche el concierto de 1985 con su padre y su tío situados en la parte de atrás de la sala.
Otra noche inolvidable con MadPunk.

MadPunk, edición limitada en tres formatos:
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Mi “Odisea” de Pink Floyd, un viaje por la carrera musical de un grupo decisivo

Lo importante es el viaje, no la meta... si te has divertido jugando, el resultado es irrelevante
#PinkFloyd “Sumérgete. Porque es un viaje fantástico si dejas que ocurra”, afirma el líder de Tool. En ese viaje he estado enfrascada durante meses y este es el (extenso) resultado.
Mi repaso a los álbumes de estudio de Pink Floyd comenzó un 17 de agosto de 2019. La historia de la banda había empezado mucho antes. Nick Mason, Rick Wright y Roger Waters se conocieron en 1962 en la Escuela Politécnica de Regent Street en Londres, donde estudiaban arquitectura. Enamorados de la música, montaron una banda, Sigma 6, que aún recibió otros nombres. Finalmente, en 1964 se les unió Roger “Syd” Barrett, un amigo de Cambridge de Waters. Él les puso el nombre definitivo a partir de dos desconocidos músicos de blues, Pink Anderson y Floyd Council.
Los comienzos de Pink Floyd no fueron como los de la mayoría de grupos de la época. Ellos eran chicos de clase media y comenzaron tocando en un club underground de Londres con lo más granado de la escena psicodélica. Enseguida lograron llamar la atención de público, medios y discográficas, consiguiendo un contrato con EMI. Su líder, Syd Barret, se convirtió en leyenda en apenas un año. Les tocó reinventarse cuando Syd se rompió de manera tan triste. En la banda se puede decir que convergieron “dos grupos”. Por un lado, los nacidos o criados en Cambridge (Gilmour, Barrett y Waters) y por otro, los estudiantes de arquitectura (Waters, Wright y Mason).
En este artículo hablaré de la “odisea” por la que pasaron de ser “favoritos de la contracultura” a megaestrellas de la música, lo que originó “Las guerras civiles de Pink Floyd”, una de las disputas más virulentas de la historia del rock.
Comencé mi escucha en el mes de agosto, tras haber realizado días antes una primera visita a la exposición dedicada al grupo. Una empresa complicada pero acometida sin prisa y sin agobios, tomando el tiempo que hiciera falta, repitiendo discos y canciones, volviendo hacia atrás tantas veces como ha sido necesario. Esta vez, por encima de un afán de conocimiento, había sobre todo ganas de disfrutar la música. Al mismo tiempo, me he lanzado de lleno a buscar todo lo que he podido sobre ellos. Durante el viaje me han acompañado varios libros, “La odisea de Pink Floyd” de Nicholas Schaffner (2005), “Dentro de Pink Floyd” de Nick Mason (2007) y “Syd Barrett: El brillo de la ausencia” de Rob Chapman (2012). Además, he visto las películas “More” (1969), “Pink Floyd Live at Pompeii” (1972) y “The Wall” (1982) y he visitado dos veces la magnífica exposición sobre el grupo “Pink Floyd: Their Mortal Remains”. Completito.
Con Pink Floyd hay unanimidad en que “El conjunto es mejor que las partes”, los cinco músicos que han pertenecido a la banda. Roger Waters, el mayor de todos, es enérgico y entregado de manera obsesiva a su música. Nick Griffiths, ingeniero de sonido de The Wall, le definió como un “individuo muy competitivo que disfruta de una buena discusión (…) A veces es muy difícil trabajar con él, pero probablemente sea el tipo más íntegro que conozco. Cuando cree en algo, lo sostiene hasta las últimas consecuencias”. Syd Barret fue el primer líder de la banda, cantante, guitarrista y compositor de todos sus primeros temas. De aspecto imponente y hermoso, “un genio con pinta de Adonis (…) Era como un modelo, todo le quedaba perfecto”, por desgracia su terrible historia se ha impuesto por encima de su faceta como músico. Nick Mason, el batería, fue el encargado de reclutar a Gilmour para el grupo, se convirtió en el gran aliado de Waters durante muchos años y finalmente se puso del lado de Gilmour para seguir con la banda en los años 80. Destaca su fino sentido del humor, nada complaciente, como se refleja en sus memorias. Técnicamente no es el mejor batería de la historia, pero Pink Floyd no se puede imaginar sin él detrás de su batería de dos bombos. De Rick Wright, el inolvidable teclista de la banda, ya fallecido, se dice que tenía un carácter apacible y en los primeros años fue el más cercano a Syd. Gran parte del reconocible sonido de Pink Floyd se debe a sus teclados, en especial al Farfisa Compact Duo, que compró en 1966 y le acompañó durante prácticamente toda su carrera. David Gilmour pasó de ser el “sustituto de Syd Barrett” a convertirse en uno de los pilares de la banda por el sonido de su guitarra, en un proceso laborioso muy adecuado al carácter de Gilmour, en apariencia templado pero en realidad decidido e inquebrantable en sus posturas. Mason resume en sus memorias las complicadas relaciones entre ellos: “Aunque teníamos una enorme habilidad para enfurecernos y hacernos enfadar unos a otros (...) nunca conseguimos la habilidad de poder hablar unos con otros sobre asuntos importantes”.
Antes de grabar su primer LP Pink Floyd alcanzó una gran repercusión con dos singles. Su primer sencillo fue «Arnold Layne», sobre un hombre que roba ropa de mujer para travestirse. Compuesta por Syd Barrett, fue producida por Joe Boyd, cofundador de UFO Club, y rechazada por Radio London debido a su temática. Su segundo sencillo fue «See Emily play», también compuesto por Syd Barrett. Según parece estaba dedicada a Emily Young, una joven aristócrata, hoy reputada escultora, a la que conocían en el UFO Club como “the psychedelic schoolgirl”. Barret fue además autor del dibujo de la portada, un tren de trazo infantil que yo tengo estampado en una preciosa camiseta rosa. David Bowie, gran admirador de Barrett, la incluyó en su álbum de versiones “Pin Ups” (1973). En ambos temas los teclados de Richard Wright tienen un papel muy importante, en especial el órgano Farfisa en «Arnold Lane». En la época del UFO Club predominaban las largas improvisaciones y las luces psicodélicas, Pink Floyd aparecían “vestidos con las prototípicas camisas floreadas de volantes compradas en Granny Takes a Trip, con grandes collares y fluidos pañuelos de colores”, como contaba Barry Miles en el New Musical Express.
“The Piper at the Gates of Dawn” (agosto de 1967) está considerado uno de los mejores discos psicodélicos de la historia. Fue grabado en los estudios Abbey Road, coincidiendo durante un mes con la grabación del Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band de The Beatles. Hay numerosos testimonios que cuentan cómo Paul, George y Ringo fueron a visitarles al estudio contiguo, donde estaban grabando. Su nombre está tomado de un libro para niños “El viento entre los sauces” de Kenneth Grahame. En la portada aparece una foto de sus cuatro componentes en un efecto caleidoscópico muy acorde con su interior, realizada por el fotógrafo Vic Singh. El productor del disco fue Norman Smith, que había trabajado como ingeniero de sonido de The Beatles entre 1963 y 1965.
Son canciones repletas de fantasía, con letras plagadas de imágenes, en las que destaca la interpretación vocal de Syd. Música innovadora, brillante, creativa, vanguardista, alejada de los compases básicos del rock, caracterizada por la disonancia y experimental. Sin embargo, el disco es diferente a lo que acostumbraba a hacer la banda en directo con improvisaciones que podían rebasar los veinte minutos. EMI quería éxitos y Norman Smith tuvo que casar ambas posturas. Es un disco claramente de Barrett. Entre sus influencias estaban el oráculo chino, los cuentos de hadas infantiles, la ciencia ficción, Tolkien, la electrónica, la vanguardia, el folclore inglés y el blues de Chicago. Todo ello pasado por su mente conformaba un sonido muy original, como una “música de colores”.
Destaco «Astronomy Domine», considerada como uno de los primeros exponentes del llamado “space rock”, junto con el instrumental «Interstellar Overdrive», que recrea una atmósfera espacial a través de los instrumentos, ecos, efectos y letra; la astronomía era uno de los temas preferidos de Syd.
La maravillosa «Matilda Mother», una especie de cuento, con raros acordes de guitarra, cambios de ritmo abruptos, armonías vocales y una letra llena de imágenes extrañas tan del gusto de su autor, es una canción que me fascina y la llave que me ha abierto este disco.
«Lucifer Sam», pura psicodelia para una canción con influencias surf y presencia del teclado Farfisa en la que Barrett canta a Sam, su gato siamés; Love and Rockets, grupo formado por varios ex miembros de Bauhaus, hicieron una versión del tema en 1986.
«Bike», una canción de letra “infantil” pero que guarda una frase que me encanta You're the kind of girl that fits in with my world I'll give you anything, ev'rything if you want things.
«Chapter 24» que incluye otra de las grandes frases de Barrett Change returns success Action brings good fortune.
Y sin duda «Interstellar Overdrive», cuya versión en el UFO Club, encontrada en YouTube me ayudó a empezar a adentrarme en la etapa de Pink Floyd con Barret, ya que yo sólo conocía su leyenda, pero no su obra.
En los inicios de su carrera todo parecía ir sobre ruedas para Pink Floyd ya que alcanzaron muy pronto un éxito nada desdeñable. Habían creado un buen grupo de amigos y seguidores a su alrededor, y eran una banda respetada musical e intelectualmente. Sin embargo, pronto llegaría la pesadilla en forma de una conducta cada vez más errática de su líder. La presión de la incipiente fama, la exigencia de más y más canciones, la obligación de constantes actuaciones y viajes incluso a lugares donde no entendían su música y donde eran insultados y agredidos. Y sobre todo el LSD. Puede que Barrett ya sufriera entonces algún desorden mental, pero el abuso diario de sustancias alucinógenas probablemente aceleró y agravó su enfermedad. Syd ido por completo, Syd encerrado durante días, Syd agrediendo a su novia, Syd paranoico en la visita a un hospital, Syd quieto y sin tocar ni cantar en los conciertos… La banda entró en pánico, su líder, bello, carismático, talentoso, el compositor de todas las canciones tocaba fondo. El sueño apenas había durado un par de años. “El éxito comercial nos atraía a todos excepto a Syd”, afirma Nick Mason en sus memorias.
Para intentar paliar las ausencias de Barrett, y mientras esperaban que se recuperara, la banda reclutó a David Gilmour, un amigo de Syd que había tocado en otros grupos. La idea era que Syd compusiera mientras que David abordara las actuaciones en directo. No pudo ser. Como cuenta Mason “David tuvo que dar lo mejor de sí en una situación embarazosa”. “Aún me sorprende que cualquier tipo de turbación que debiéramos haber sentido al perder a nuestro principal motor creativo fuese eclipsado por una sensación de alivio”, remata el batería.
El segundo disco de Pink Floyd se llamó “A Saucerful of Secrets” (junio de 1968). En él Syd prácticamente no participó y el rock psicodélico del primer álbum empezó a dar los primeros pasos hacia el rock progresivo que caracterizó los siguientes discos de Pink Floyd. El grupo estaba intentando recomponerse y encontrar su camino, mientras todo el mundo los daba por acabados. La portada del disco es la primera elaborada por Hipgnosis, dúo artístico que sería responsable de las portadas de varios discos de Pink Floyd y cuyo nombre se asoció para siempre a ellos, aunque trabajaran con otros artistas como Led Zeppelin. Se utilizó la superposición de varias imágenes, entre ellas una de la banda, con las que pretendían reflejar estados alterados de consciencia. Las letras intentaron imitar la forma de escribir juguetona y de elevado nivel lingüístico de Syd. Pero al mismo Waters y Wright empezaron a experimentar en busca de una nueva dirección musical.
Una de mis canciones preferidas del disco es la preciosa «Remember a day», escrita y cantada por Rick Wright, en ella Syd Barrett hace un solo de guitarra; como curiosidad la batería fue interpretada por el productor, Norman Smith, porque Mason no encontraba el ritmo adecuado.
«Let There Be More Light», escrita por Roger Waters, comienza con una línea de bajo muy chula. La mayor parte de la interpretación vocal es de Wright, Gilmour canta en un estribillo y Waters aporta las partes susurradas; en ella aparece el primer solo de guitarra de Gilmour.
«Set the controls for the heart of the sun» es una larga pieza casi instrumental en la que se dice que hay guitarras de Syd y Dave, por lo que es la única canción de la banda en la que aparecen sus dos guitarristas; compuesta por Waters, para la letra cogió partes de un texto de Li He, poeta surrealista chino del siglo X ya que a Roger, que estaba comenzando a coger las riendas de la composición, aún le costaba escribir las letras; curiosamente anda por YouTube una versión en directo en la BBC donde canta Syd.
«Jugband Blues», el único tema de Syd que incluye el disco y su última canción grabada con Pink Floyd, es “tan descarnado como extraño y muy brillante”, en palabras de David Gilmour. En él participaron ocho miembros del Ejército de Salvación a los que se pidió improvisar. And I’m much obliged to you for making it clear That I’m not here, dice en su triste letra.
Otra canción curiosa es «Corporal Clegg», compuesta por Waters y la primera de Pink Floyd que alude a la guerra, un tema recurrente del bajista, que perdió a su padre en la Segunda Guerra Mundial; Gilmour canta, toca la guitarra y el kazoo, una especie de pito metálico.
El plan no salió como esperaban y finalmente Barrett abandonó/ fue expulsado del grupo antes de que saliera el disco, en abril de 1968, unos momentos en los que era “una fuerza voladora en caída libre”. Dave y Roger le echaron una mano en la grabación de su disco en solitario, que fue bastante complicada. De aquella época es la sesión de fotografías de Mick Rock para la portada de “The Madcap Laughs” (grabado entre 1968-69 y publicado en 1970). Syd pintó para la ocasión las tablas del suelo de morado y naranja y una inquietante mujer oriental se paseaba desnuda por la habitación, apareciendo en varias fotos; se trataba de su novia de entonces, Iggy the skymo. La sesión se tomó en un piso del barrio de Earl’s Court, donde Syd vivía en aquellos días. Aún grabaría otro disco, “Barrett”. La marcha de Syd coincidió con el abandono de los managers de la banda, Peter Jenner y Andrew King, quienes se decantaron por seguir a Syd, esperando que pudiera continuar su carrera en solitario, cosa que por desgracia nunca ocurrió. El nuevo representante fue Steve O’ Rourke, que continuaría con ellos hasta 2003, año de su muerte. O’ Rourke fue el encargado de negociar la separación de la banda y Roger Waters en los años ochenta. Pink Floyd lograron sobreponerse a la falta de Syd a base de mucho empeño y constancia. Comenzaron a avanzar en innovaciones técnicas, como el espectacular sonido cuadrafónico que empezaron a llevar en los directos e innovadores efectos visuales. La huella de sus estudios de arquitectura comenzaría a impregnar sus trabajos.
A partir de ese momento el grupo quedó de alguna manera dividido entre “los músicos”, Gilmour y Wright y “los arquitectos”, Waters y Mason, también interesados en el aspecto visual y escenográfico de los conciertos, en dar a las giras un cierto aire teatral, primero con efectos y más adelante con muñecos y complicadas estructuras, que se convertirían en marca distintiva. “El fuerte de Roger siempre ha sido la arquitectura (…) Es muy estructurado”, afirma Andrew King, ex manager de la banda; para el periodista Barry Miles, la música de Pink Floyd “siempre suena profundamente arquitectónica (…) Mason, Wright y Waters han estudiado arquitectura y aquella visión arquitectónica de la música floreció en grandes catedrales que ocupan álbumes enteros y llenan grandes anfiteatros”. En sus memorias Nick Mason recuerda aquel periodo como “especialmente feliz”. “Una vez más estábamos comprometidos con los mismos objetivos e ideas musicales, y tocamos juntos de una manera más estructurada. Había vuelto ese sentimiento de ser una banda al completo”, afirma el batería.
Entre el segundo y el tercer disco, Pink Floyd buscaron el éxito a través de singles, como era lo habitual todavía en la época. Uno de ellos fue «It Would Be So Nice» de 1968, compuesto por Richard Wright (“jodidamente malo”, según Nick Mason), con la delicada «Julia Dream», de Roger Water, en la cara B. El otro sencillo, de Roger Waters, fue «Point me at the sky». No gustaron a la crítica, ni al público ni a la propia banda. La falta de éxito de ambos en un momento en que Pink Floyd seguían explorando qué camino seguir, les llevó a dejar de intentar ser un “grupo de singles” y decididamente centrarse en los álbumes, al igual que hicieron Led Zeppelin.
El tercer disco en la carrera de Pink Floyd fue “More” (junio de 1969), en realidad una banda sonora para la película del mismo nombre de 1969, primer trabajo del director Barbet Schroeder. Filmada en Ibiza, es una peli sobre los estragos de la heroína. Fue el primer disco en el que no aparecía Syd Barrett y es el único de Pink Floyd donde todas las voces principales corren a cargo de Gilmour. En el disco hay psicodelia, folk acústico, música progresiva, rock duro, pinceladas de jazz en las percusiones y efectos de la naturaleza. Un disco bonito y extraño, en definitiva. La carátula es una imagen solarizada de una escena de la película, diseñada por Hipgnosis, donde aparece el Molino Viejo de La Mola, Formentera.
Me han gustado la sorprendente «The Nile Song», una rareza en la carrera de Pink Floyd, de las canciones más roqueras que jamás han grabado, de alguna manera en la línea de Black Sabath o de algunos temas de Led Zeppelin, cuya línea se repite en «Ibiza Bar»;
La preciosa «Cymbeline» es un tema de Waters cantado por Gilmour, que se mantuvo durante años en las giras del grupo hasta que comenzaron a realizar versiones tempranas de The Dark Side of the Moon. Su letra cuenta la historia de una pesadilla y, como curiosidad, la esposa de Nick Mason toca la flauta.
«A Spanish Piece», compuesto por Gilmour, de influencia “flamenca”, donde demuestra sus dotes con la guitarra clásica y donde deja unas frases “beodas” tales como Pass the tequila, Manuel.
«Up the Khyber», nerviosa mezcla de teclados con psicodelia a lo Barrett.
«Party Sequence», un breve instrumental “étnico”, con percusiones y flauta.
«Main Theme» es un instrumental donde tienen un papel destacado un gong y el órgano Farfisa de Wright.
“Ummagumma” (febrero de 1969), cuarto disco de la banda, fue la respuesta de Pink Floyd al final de la década. Para entonces la banda decidió centrar su atención en la creación de álbumes en sintonía con el cambio de gusto musical. El público abandonaba el sencillo por el LP. Libres al fin de tener que “fabricar éxitos”, se centraron en la experimentación con sus instrumentos e investigaciones sonoras. Se trata de un disco doble que cuenta con una reconocida portada de Hipgnosis, en la que juegan con el “efecto droste”, un cuadro dentro de otro cuadro, en este caso con fotos de la banda colocada en diferentes posiciones; se trata de la única ocasión en la que el grupo protagoniza una de sus cubiertas. Debo confesar que en el momento de la escucha del segundo disco de “Ummagumma” me entró un bajón importante porque me encontré perdida en medio de un maremágnum de composiciones extrañas. Por suerte conseguí la tranquilidad necesaria para escucharlo entero y por orden.
El primer disco recoge una serie de temas en directo, grabados en dos actuaciones en Manchester y Birmingham. El sonido hipnótico de estas canciones, extraídas de los dos primeros álbumes de la banda, grabado con excelente calidad, tiene mucho que ver con el éxito que alcanzó este disco. Destaco pistas como «Astronomy Domine» o «Set The Controls for The Heart of The Sun». Maravillosa «Careful With That Axe, Eugene» con aullidos de Waters, mi depredador favorito. Se incluyen además tres magníficas canciones de sus dos primeros discos.
El segundo disco es experimental y donde reside la madre del cordero. Cada miembro de la banda compuso una pieza en solitario (Waters, dos) para desarrollar sus respectivas experimentaciones sonoras. Sonidos de animales, juegos vocales, largos solos de batería, improvisaciones con los teclados. En definitiva, un espacio para “hacer música rara” como lo calificó Wright, que partió de una propuesta de Roger y para el que no todos estaban igual de capacitados y motivados. Estas son mis impresiones.
«Sysyphus» es una suite instrumental de más de trece minutos dividida en cuatro partes, compuesta e interpretada por Richard Wright. Referida al mito de Sísifo, condenado a empujar cuesta arriba por una montaña una piedra que antes de llegar a la cima, volvía a rodar hacia abajo, repitiéndose una y otra vez. La música compuesta por Wright representa musicalmente este castigo, utilizando Mellotron, órgano Farfisa, piano, además de gran profusión de percusión y timbales.
«Grantchester Meadows», es una composición pastoral de Waters con guitarra acústica y acompañada por gorjeos de pájaros. Canción de alabanza al campo inglés, en concreto a los prados de Grantchester, en los alrededores de Cambridge, de donde son originarios o vivieron Gilmour, Waters y Barrett.
«Several Species of Small Furry Animals Gathered Together in a Cave and Grooving with a Pict», con un título casi más largo y loco que la canción, de cinco minutos, en la que Roger Waters simula con la voz sonidos de roedores y pájaros jugando con diferentes velocidades y percusiones en el micrófono, además de lanzar varias frases en exagerado acento escocés. “¿Es lo bastante vanguardista?” Es rallante, Roger.
«The Narrow Way», fue la contribución experimental de Gilmour, una canción de doce minutos dividida en tres partes, en la que él toca todos los instrumentos. La primera parte es de guitarra acústica adornada con efectos; en la segunda toma protagonismo la guitarra eléctrica con percusiones y efectos consiguiendo una pieza psicodélica; la tercera parte, de especial belleza, incluye una interpretación vocal de Gilmour, la única para el disco de estudio.
«The Grand Vizier’s Garden Party» es la pieza compuesta por Nick Mason. El título se refiere al gran visir del Imperio Otomano. Casi nueve minutos de pieza instrumental experimental, dividida en tres partes. Nick interpreta todos los instrumentos (batería, percusión, mellotrón y xilófono), excepto la flauta, a cargo de su esposa de entonces, Lindy.
Pink Floyd inauguró la década de los 70 con el “Atom Heart Mother” (octubre de 1970). Su quinto álbum, el de la vaca, debe su nombre a una noticia del periódico sobre una mujer embarazada a la que se le implantó un marcapasos. En la portada del disco, de nuevo de Hipgnosis, aparecía la vaca lechera Lulubelle, sin ninguna referencia al nombre de Pink Floyd. Una osadía que aterrorizó a su discográfica, EMI. En este disco hizo su aparición Alan Parsons, como ingeniero de sonido. Pese a las diversas opiniones de la crítica musical, fue el primer disco de Pink Floyd que llegó a número 1.
El disco surgió a partir de una gran pieza instrumental que dio título al álbum, de unos 24 minutos de duración para la que contaron con la ayuda del músico Ron Geesin. Fanfarrias, vientos, relinchos de caballos, explosiones, motores, coros épicos, teclados y magníficos solos de guitarra de Gilmour. Fue uno de los primeros exponentes del rock sinfónico y tuvo un gran éxito en Gran Bretaña. Nick Mason cuenta en sus memorias la pesadilla que resultó la grabación del tema, para el que contaron con una orquesta, poco dispuesta a trabajar con rockeros y a ser dirigida por Geesin. La técnica tampoco estaba entonces lo suficientemente avanzada para lo que pretendían hacer, lo que complicó muchísimo la grabación. Un tema nada fácil, pero a estas alturas mis oídos están bien entrenados y me he podido limitar a disfrutarla. Monumental.
«If», canción “confesional” de Waters donde refleja su “intratable y contradictoria personalidad” en frases como If a were a good man I’d understand the spaces between friends, con unos preciosos arreglos de guitarra eléctrica.
En la luminosa «Summer’68», encuentro ecos de armonías de Beach Boys, una bonita guitarra acústica y gran trabajo de Wright con algunas notables partes de piano. Escrita y cantada por Rick Wright, su letra describe el encuentro de Wright con una groupie.
«Fat Old Sun», escrita por Gilmour, es una canción de alabanza campestre que fue tocada en directo antes de que se publicara en el disco en versiones más extensas. Como curiosidad fue interpretada años más tarde por Gilmour, Mason y Wright en el funeral de su representante Steve O'Rourke. Personalmente, la interpretación vocal me recuerda a Ray Davies. Gilmour, además de cantarla y componerla toca la guitarra, el bajo y la batería.
El disco incluye una “sobrada”, la pieza instrumental «Alan’s Psychedelic Breakfast», “la mezcolanza más grande que hemos hecho”, en palabras de Gilmour.
Según aprecia el biógrafo de la banda, Nicholas Schaffner, hasta la llegada de “Meddle” en 1971 el grupo no tomó definitivamente las riendas de su música ni había logrado que se esfumara definitivamente la presencia/ausencia de Syd. Barrett había participado, aunque muy poco en “A saurceful of secrets”. “More” era una banda sonora en la que de alguna manera debían ceñirse a la película. “Ummagumma” era un disco que alternaba canciones en directo con experimentos solistas de cada miembro. “Atom Mother Heart” fue un disco realizado en colaboración con Ron Geesin y músicos de estudio. En el despegue que supuso “Meddle” tuvo mucho que ver el que Gilmour encontrara definitivamente su sitio en el grupo.
A estas alturas del repaso decido hacer una nueva visita a la exposición de Pink Floyd, habiendo escuchado todos los discos principales para entender lo que hay expuesto. Mi decisión pasa por poner el turbo, escuchar todos los discos que me quedan y retomar después la escucha a mi ritmo.
El sexto álbum de Pink Floyd “Meddle” (octubre de 1971) es uno de los más celebrados de la banda y el que se adentra definitivamente por los caminos del rock progresivo, abandonando definitivamente la psicodelia. Sólo por esa cara B ocupada por completo por «Echoes», una catedral del rock, ya merecería la pena. Pero hay mucho más. La portada es una de las más recordadas de las que les hizo Hipgnosis, producto de la superposición de dos fotografías, la de una oreja de cerdo y unas ondas en el agua. En sus memorias Mason recuerda que es uno de los discos en los que la banda trabajó más unida en el estudio y está repleto de experimentaciones que lograron en sus interminables horas de preparación y grabación. Como novedad, el disco ya no fue grabado en su totalidad en Abbey Road, los míticos estudios propiedad de EMI, su discográfica, sino que gran parte se grabó en los estudios AIR de George Martin, que por entonces se había establecido por su cuenta. EMI era aún demasiado conservadora con respecto a los artistas de rock y sus estudios necesitaban una modernización urgente. En AIR Pink Floyd encontraron la tecnología y la libertad para experimentar que tanto buscaban.
El disco comienza con el magnético bajo de «One Of These Days», una canción absolutamente impresionante. Unos sonidos del viento dan paso a dos bajos saturados tocados por Waters y Gilmour, entra la guitarra distorsionada y a continuación Wright ruge el famoso One of these days, i'm going to cut you into little pieces, dicen que dedicada a un DJ de la radio, con una apoteósica parte final.
Maravillosa «Fearless», compuesta por Waters y Gilmour, en la que se incluyen cánticos de los aficionados del Liverpool F.C, la emocionante «You'll Never Walk Alone», a pesar de que Waters sea un hincha declarado del Arsenal, como recuerda Nick Mason en sus memorias.
La disfrutona «San Tropez» es un tema que llevó Waters ya completo al estudio; se sale un poco del tono del disco y se refiere al tiempo que pasó la banda y sus respectivas familias en una casa alquilada en el sur de Francia en el verano anterior a la grabación de “Meddle”.
Otro tema “fuera del disco” es «Seamus», un blues en el que se incluyen los aullidos del perro de Steve Marriot, de los Small Faces, que David estaba cuidando por entonces.
Sobre la monumental «Echoes», sólo decir que aprendí a escucharla y conseguí apreciarla durante la elaboración de un relato futurista que me costó sangre, “No estamos programados para la felicidad”, en el que este tema juega un papel importante. La maquinaria Pink Floyd funciona perfectamente engrasada y a pleno rendimiento en un tema sobre la comunicación y la conexión, convertido en pura historia del rock. No sé si es el tema más grande de la banda, pero por ahí debe andar.
Poco tiempo después de la publicación de “Meddle” la banda empezó a incluir en sus conciertos esbozos de temas que aparecerían más tarde en “The Dark Side of the Moon”.
“Obscured by Clouds” (junio de 1972) fue el séptimo disco de Pink Floyd, un álbum de nuevo compuesto para la banda sonora de una película de Barbet Schroeder, “El valle”. La película trata sobre la búsqueda de un valle escondido, siempre oculto por las nubes y está ambientada en los Montes Ekuti, de Nueva Guinea. La portada, de nuevo de Hipgnosis, reproduce una imagen desenfocada vista a través de un bosque.
Se trata de un disco de rock sin apenas adornos, “un LP sensacional”, según Mason, grabado en Francia. De alguna manera se aleja del camino sinfónico que habían tomado, pero a la vez se trata de un disco en el que la banda continuó experimentando con las técnicas de grabación, lo que desarrollarían más ampliamente en grabaciones posteriores. Una joya escondida entre “Meddle” y “The Dark Side of the Moon”. En cierta forma una rareza, porque hicieron un rock más “básico” dentro de la complejidad que estaba tomando su música, de la que salieron más que airosos, a pesar de componerlo y grabarlo en muy poco tiempo. Fue un álbum feliz, donde participaron todos.
Destaco temas como la magnífica «Obscured by Clouds», que empezaron a usar para abrir sus conciertos.
«Free Four», una canción de Waters que me recuerda a las de T. Rex, primera en la que trata la muerte de su padre tan presente en álbumes posteriores y que fue lanzada como sencillo.
Hay tres canciones con música de Wright y letra de Waters, «Burning Bridges», «Mudmen», con un maravilloso solo de guitarra, y el medio tiempo «Stay», una balada preciosa.
Y me gustan en especial «Childhood's End», compuesta por Gilmour, y «The Gold It's in the...», un tema con ecos del rock que se hacía en la época, en concreto me recuerda a cosas que hacían por entonces George Harrison o Free.
En anteriores repasos discográficos he metido discos en directo. En este voy a hacer algo un poco diferente. En lugar de escuchar un disco en directo de la banda, paso directamente a una peli, la mítica “Pink Floyd: Live at Pompeii” (1972), grabada en un momento en que tenían ya un gran estatus pero aún no habían alcanzado el éxito estratosférico que supuso “The Dark Side of the Moon”. Se trata de un concierto en directo, sin público, “un anti Woodstock”, acompañados por el Vesubio y bajo la mirada de piedra de las pinturas, mosaicos y estatuas que decoran el anfiteatro de las ruinas de Pompeya. Dirigido por Adrian Maben y rodado en cuatro días en octubre de 1971, la interpretación desnuda de los temas, sin artificios y en un ambiente tan monumental y sobrio al mismo tiempo es una de las grandes bazas de una película habitual en muchos cines de sesión continua de hace varias décadas. Con una versión absolutamente magnífica de «Echoes», y temas como «Careful with that Axe, Eugene», «A Saucerful of Secrets», la épica «One of These Days», o la hipnótica «Set the Controls for the Heart of the Sun», con Roger a la voz y atacando con ganas el gong; destaca el nivel interpretativo de Rick Wright mientras nos ofrecen imágenes de un volcán en erupción, no en vano estamos en Pompeya. Entre los temas se incluyen algunas entrevistas con el grupo en los Estudios Abbey Road.
“The Dark Side of the Moon” (marzo de 1973), octavo disco de la banda, es uno de los más apreciados por los fans. Antes de ser grabado en estudio el disco “tuvo tiempo para madurar y gestarse, y evolucionó con las diferentes actuaciones en directo” durante casi un año, como explica Nick Mason en sus memorias. Su título provisional fue “Eclipse”. Consiguió un éxito estratosférico y cifras mareantes de ventas, permaneciendo más de diecinueve años en las listas. También recibió la aprobación unánime de la prensa musical. Fue grabado en Abbey Road con Alan Parsons como productor. Como curiosidad, parte de los beneficios se invirtieron en la producción de “Monty Python and the Holy Grail”. Los miembros de Pink Floyd eran fans de los Python, se cuenta que paraban las sesiones de grabación solo para ver Flying Circus, el programa de televisión de los Monty Python que se emitió entre 1969 y 1974. Ian Anderson y Led Zeppelin también fueron inversores en la película.
La temática de sus letras incluye la avaricia, el envejecimiento, la muerte y la enfermedad mental, tema que sería explorado más a fondo en el siguiente disco. Fue el resultado de cinco años de arduo trabajo y experimentaciones y su título no tiene que ver con la astronomía sino, como explicó Gilmour, es “una alusión a la demencia”. Según Mason el éxito de “The Dark Side of the Moon” se debió a “la idea global que unía las canciones, las presiones de la vida moderna, tuvo una respuesta universal, y continúa captando la imaginación de la gente”. Este álbum marca un punto de inflexión con respecto a la relación entre Waters y los otros tres miembros, cuyo compromiso absoluto con el grupo comienza a disiparse. Su biógrafo, Nicholas Schaffner considera que es el álbum en el que Roger Waters “se apropió de Pink Floyd”. 
Hay que destacar la importancia que tienen en el disco los efectos sonoros: latidos, pasos, explosiones, relojes, monedas o cajas registradoras. También se intercalan pasajes hablados, que se grabaron en Abbey Road. Se desecharon frases de Paul y Linda McCartney; sí salieron las voces del portero de los estudios Abbey Road (suya es la famosa frase There's no dark side of the moon really, in matter of fact it's all dark), o la risa de Pete Watts (su road manager, muerto de sobredosis en 1976 y padre de la actriz Naomi Watts).
Hipgnosis se hizo cargo de nuevo de la portada, presentando hasta siete propuestas. Finalmente, la elegida fue la del prisma en forma de pirámide que transforma un haz de luz blanca en un arcoíris, según parece, diseñada a partir de una idea de Rick Wright. Se trata, probablemente una de las portadas más míticas de la historia del rock.
Es un disco tan maravilloso que no voy a descartar ninguna canción, comento todas.
«Speak to Me» la canción que abre el disco comienza con latidos de corazón. Es en realidad una obertura que incluye breves fragmentos de todas las canciones del disco. Se trata de una idea de Nick Mason, batería de la banda, que él calificó como un “montaje de colores y sonidos”. El nombre se refiere a la petición del ingeniero de sonido, Alan Parsons, en las grabaciones de voz: “háblame”. Se enlaza con el siguiente tema.
«Breathe». Según se cuenta, la idea original de esta canción le surgió a Roger Waters durante la realización de la banda sonora de la película “The Body”. En la misma, el cuerpo es una metáfora de la existencia humana. «Breathe» es “una invitación a tomarse un respiro, a detenerse y reflexionar sobre el significado de la vida”.
«On the Run» es un instrumental de Gilmour y Waters en el que destacan unos alucinantes sintetizadores que tocan ellos dos, no Wright; parece ser que tiene que ver con el miedo a volar que tenían los miembros de la banda; destaca la frase de Roger “The Hat” Manifold, live for today, gone tomorrow, that's me, roadie de la banda que se hizo un hueco en la historia de Pink Floyd por las frases que reprodujeron en el disco sacadas de una entrevista que le hizo Waters.
«Time» comienza con un tic tac y alarmas de reloj y a continuación una larga introducción con percusión y teclado. En su composición participaron los cuatro miembros de la banda y ofrece uno de los más espectaculares solos de guitarra de David Gilmour. Se va convirtiendo en una de mis canciones preferidas a medida que la escucho; esa mezcla de rock, el estribillo suave y los potentes coros me parece irresistible.
«The Great Gig in the Sky» es una canción instrumental de Rick, en la que se invitó a cantar a la vocalista gospel Clare Torry, a quien instaron a improvisar sobre la música. Hicieron varias tomas y el resto, es historia. En palabras de Wright, la interpretación de Torry “me dio escalofríos (…) No tenía letra, sólo los gemidos de ella… pero hay algo muy seductor en todo aquello”. Convertida en un instrumento más de la canción, Clare Torry consiguió, tras poner una demanda, figurar como coautora y recibir ganancias por la canción. Comienza con la frase de Gerry Driscoll, portero de Abbey Road, And I am not frightened of dying, any time will do I don't mind…
«Money» es una de las canciones más conocidas de Pink Floyd, en cuanto escucho las monedas que suenan al inicio me entran ganas empezar a cantarla. Compuesta por Waters y Gimour fue lanzada como sencillo. Destacan los compases un tanto especiales en los que está escrita y el solo de saxo de Dick Parry. Mitiquísima.
«Us and Them» es un emocionante tema compuesto por Wright y Waters y cantado por Gilmour y Wright. Fue compuesta originalmente para la película “Zabriskie Point” de Antonioni, pero el director la rechazó. Waters la utilizó para dar nombre a su gira “Us + Them”; estuvimos presentes en uno de sus dos conciertos de Madrid en mayo de 2018 y literalmente alucinamos. En ese momento fui consciente de que me estaba perdiendo algo muy grande si seguía pasando de Pink Floyd.
«Any Colour You Like», otro instrumental con sintetizadores, compuesto por Gilmour, Mason y Wright. Los expertos lo denominan como una pieza de rock progresivo, rock espacial y atmósfera psicodélica, que ayuda a crear la guitarra de Gilmour.
«Brain Damage», compuesta y cantada por Waters. The lunatic is in my head (…) And there's someone in my head but it's not me. Fue compuesta por Roger Waters durante la gira del álbum “Meddle”, momento en el que escribió también «Money». Según se cuenta, el título se refiere a Syd Barrett y su deterioro mental. La canción fue finalmente cantada por Waters y Gilmour hizo los coros. Como curiosidad, las risas que se oyen en la canción son de Peter Watts, road manager fallecido en 1976 y padre de la actriz Naomi Watts.
Mis torpes pasos por la discografía de Pink Floyd me impidieron diferenciar «Eclipse» en las primeras escuchas del disco. Por fin, con calma, lo logré. Resultó ser esa maravillosa “coda” que aparece a continuación de «Brain Damage»; como me dicen “el corte está muy claro... el Hammond de Rick”. Una pieza maravillosa. Everything under the sun is in tune, but the sun is eclipsed by the moon.
El disco finaliza con los latidos de corazón con los que comenzaba.
Coincidiendo con mi escucha (muy detallada) de “The Dark Side of the Moon” el diario El País comenzaba el domingo 29 de septiembre una colección con la discografía completa de Pink Floyd, y lo hacía precisamente con este disco. Un motivo más para seguir celebrando a Pink Floyd, convertido en una pequeña pesadilla debido a la dificultad actual para encontrar kioscos de prensa. La proverbial intervención de mi padre hizo que no me quedara sin el disco.
Además el 2 de octubre se pasó en cines de todo el mundo “Us+Them”, documental de Sean Evans que recoge el concierto en Amsterdam de la gira de 2017-2018 de Roger Waters, precisamente la que pudimos ver en Madrid en mayo de 2018. El documental fue presentado en el Festival de Venecia, dentro de la Sección oficial fuera de concurso. Nosotros fuimos a verlo al Palacio de la Prensa de Madrid y fue una maravillosa forma de celebrar un aniversario.
Y así llegamos al noveno álbum de la banda “Wish You Were Here” (septiembre de 1975), considerado para muchos la cumbre que alcanzó el grupo y su último gran álbum. Su temática explora la aridez de la industria musical, la codicia, la ambición y también la ausencia, y el desorden mental. En este disco volvieron a mirar hacia su antiguo compañero, Syd Barrett. La grabación del álbum se produjo en un momento especialmente difícil para el grupo, agotados emocional y físicamente tras el éxito de “The Dark Side of the Moon”. Habían logrado sus sueños de fama y dinero y una vez alcanzada la cima se sentían vacíos. Aquella época fue descrita por Waters como “una tortura”, porque el increíble éxito del disco les hizo ser conscientes de que estaban acabados como “una banda de hermanos”, “ya no lo éramos ni nunca más volveríamos a serlo”. “Me encanta líricamente, musicalmente. Escucho ese álbum por placer” declaró Rick Wright, que lo consideraba su disco de Pink Floyd preferido.
La portada, de nuevo de Hipgnosis, reproduce la imagen de un hombre de negocios literalmente en llamas, mientras que otro hombre “trajeado” le da la mano, el lugar de socorrerle. Para hacerla, entonces no había las herramientas informáticas actuales, recurrieron a dos especialistas. El “quemado” llevaba “un traje ignífugo debajo de sus ropas, una capucha y una peluca, se le roció con gasolina y se la prendió fuego”. Tres tomas necesitaron para conseguir la foto y el especialista Ronnie Rondell quedó algo chamuscado pese a las medidas de seguridad.
El álbum se inicia con los primeros compases de «Shine On You Crazy Diamond», composición que me produce un completo escalofrío y que, dividida en varias partes, abre y cierra el disco. Se trata de un tema prácticamente instrumental, con un gran trabajo de toda la banda y en especial unos cuantos solos de Gilmour, ya míticos. Pura emoción y melancolía. Contiene una de las letras de Waters que más me gustan “Remember when you were Young You shone like the Sun Shine on, you crazy diamond”, dedicada a Syd Barrett, un “épico homenaje de Pink Floyd al flautista y profeta, a aquel hombre extraño y legendario”, de quien Waters dijo: “No podría haber sucedido sin él, pero no podríamos haber seguido adelante con él”. Es sabida la visita que sucedió durante la grabación del disco, no está claro si fue cuando estaban grabando precisamente esta canción, de un hombre grueso, con el pelo y las cejas afeitadas, una gabardina y zapatos blancos y una bolsa de plástico blanca en la mano. La banda tardó un tiempo en descubrir que se trataba de Syd Barrett; la foto que hay de aquel día rompe el corazón, podemos imaginar cómo se quedaron ellos. Syd se marchó un rato después y nunca más volvieron a verse. Syd, “el que tocaba esa Fender Squire característica con sus discos reflectantes, el que tenía un armario lleno de camisetas de Thea Porter e iba acompañado de su hermosa novia rubia”, recuerda Nick Mason, quien reflexiona que “todos habíamos tenido que ver con el estado de Syd, ya fuera por no querer reconocer su situación, por la falta de responsabilidad, la insensibilidad o un egoísmo descarado”.
«Welcome to the Machine», canción de Waters cantada por Gilmour (“llorada” me dicen en Twitter) es una crítica a la industria discográfica que sólo entiende la música como una máquina de generar dinero. La ambientación industrial del inicio introduce una canción futurista y un tanto apocalíptica, en la que destaca el excelente tratamiento de los teclados y la interpretación de David, en un registro vocal diferente del suyo habitual.
Una historia curiosa rodea a la grabación de «Have a Cigar», de nuevo una crítica a la industria del disco. Recoge la frase: Oh, by the way, which ones Pink?, que al parecer les dijo algún ejecutivo discográfico en sus comienzos. Cuando se dispusieron a grabarla, Waters no se encontraba bien de voz y Gilmour no quería grabarla él solo, al parecer no se encontraba cómodo con la letra. Se ofreció a interpretarla Roy Harper, un cantautor folk muy cercano a otra gran banda, Led Zeppelin. Según se cuenta, Waters esperaba que la cantaran los otros miembros de la banda y no le sentó muy bien que aprobaran la propuesta. Por otra parte, Harper tampoco pareció quedar muy satisfecho con el pago por su intervención.
Y qué decir de «Wish You Were Here», compuesta por Waters y Gilmour, una de las pocas canciones que conocía de la banda y que siempre me ha roto el corazón. Una de las canciones más bellas de la historia del rock, un tema que trascenderá en el tiempo.
En esta etapa aumentaba la complejidad de las giras crecían y su “apetito por los efectos escénicos”, que tal vez estaban llegando a ser “excesivos”, según aprecia Mason en sus memorias. Y, sin embargo, todavía quedaba mucho más en cuanto a complejidad y espectacularidad en los montajes, algo que ya nunca abandonaron. Haber crecido tanto en popularidad y ventas los llevó a grandes estadios, y tocar en esos enormes recintos conllevaba la necesidad de entretener y asombrar al público. La formación de arquitectos de tres de sus músicos también tuvo mucho que ver con este deseo. Así colaboraron con arquitectos, diseñadores, artistas e ingenieros para crear shows en directo cada vez más ambiciosos y espectaculares. Además de los efectos de luz que usaron desde sus inicios, trabajaron con estructuras movibles e inflables.
Pink Floyd había despegado en 1967, en pleno verano del amor. Sin embargo, el de 1976 fue el verano de la ira, con la economía británica en plena crisis, huelgas, inflación y desempleo; un momento de gran tensión y desilusión, del No Future y la llegada del punk. Pink Floyd era uno de los principales exponentes de los denominados “dinosaurios” del rock. Aquel estallido musical supuso una especie de revulsivo para Roger, quien no se achantó por las andanadas recibidas. Preocupado por la situación política mundial, dio un giro al sonido de Pink Floyd, terminando con “los ritmos soñadores, los celestiales fondos de órgano y las etéreas armonías vocales”.
Nick Mason tampoco se tomó mal la llegada del punk y sus ataques. “A algunos les gustas y a otros no”, afirmó. El batería llegó incluso a producir el segundo disco de The Damned, “Music for pleasure”, aunque la banda no quedó satisfecha. “Nadie quiere que el mundo esté poblado sólo por dinosaurios, pero es bueno dejar a algunos vivos”, explicó Mason con su habitual sorna. En la exposición sobre el grupo que vimos en Madrid, se recuerda las camisetas de Pink Floyd que lucían Johnny Rotten y los Sex Pistols, tuneada con un “I hate”. Con los años, Rotten confesaría que sí le gustaba la banda.
En ese contexto surgió el décimo disco de Pink Floyd, “Animals” (enero de 1977), el último en que trabajaron en equipo y el particular “grito de furia” de Roger. Un disco con letras muy comprometidas, la “primera destilación de altísima graduación alcohólica del veneno sociopolítico de Roger” y calificado de “intransigente y audaz en su formato”. En palabras de Gilmour, que afirma haberlo pasado muy bien grabando el disco, “abarca una sonoridad más dura, directa y agresiva”.
Inspirado de alguna forma en “Animal farm”, de George Orwell, en el disco Waters divide a los seres humanos en “cerdos” que son “moralistas, santurrones y tiránicos”, “perros” caracterizados por ser “pragmáticos y competitivos”, dispuestos a usar sus garras y dientes para alcanzar sus propósitos, y “ovejas”, que forman un “rebaño sumiso y masificado”. Un disco plenamente de Roger, que también se incluye en esa “misántropa” clasificación, haciendo una especie de confesión en «Pigs on the wing», una de mis canciones favoritas del disco.
La portada, mi preferida, fue diseñada de nuevo por Hipgnosis a partir de una idea de Roger, en ella aparece la Central Eléctrica de Battersea, diseñada por Sir Giles Gilbert Scott. Inaugurada en los años 30 del siglo pasado, fue orgulloso emblema del poderío industrial británico, aunque en la época en que se grabó el disco la mitad de la central había dejado de funcionar. La idea de la portada le sobrevino a Waters, que aún vivía en Londres, al pasar a menudo con el coche por los alrededores de la central. Encargaron además un gran globo aerostático con forma de cerdo, “Algie”, que debía sobrevolarla y que generó numerosas anécdotas (y peligro) al soltarse descontrolado hasta aparecer en un prado de Kent donde lo rescató un granjero. Como curiosidad, la tipografía que aparece en la cubierta corresponde a la letra de Nick Mason.
Durante la grabación de este disco Waters se dejó llevar por su ego, en una deriva que hizo aún más complicada su relación con el resto del grupo. Tuvo también encontronazos con Storm Thorgerson (Hipgnosis) a pesar de ser amigos de juventud, con periodistas, con miembros de la “tripulación” de la banda e incluso con su público (la historia del salivazo a un fan en un concierto canadiense, que sería posteriormente la semilla de “The Wall”, resulta bastante reveladora). Roger se convirtió en una persona aún más complicada de lo que ya era, lo que afectó sin duda a la música y al desarrollo del grupo. La grabación en los estudios de Britannia Row en Islington, propiedad de la banda, resultó digamos complicada. “Animals fue un trabajo duro. No fue un álbum divertido de hacer, pero esto fue en la época en la que Roger se creía el único compositor de la banda. Pensaba que solo era por él que la banda seguía adelante”, afirmó Rick Wright que no compuso ninguna canción para “Animals” y se convirtió en blanco de la ira de Waters, situación que se agravaría en el siguiente disco.
Se trata de un álbum con tan solo cinco canciones, tres de ellas superan los diez minutos.
«Pigs on the Wing 1 y 2» Temas que abren y cierran el disco. Hablan sobre el desencuentro y la falta de empatía entre los seres humanos, lo que nos lleva a la inseguridad y el desequilibrio, males que se pueden corregir si las personas se acercan y se preocupan por lo que les sucede a los demás. El especial sentido del humor de Waters le llevó a decir que era una canción de amor dedicada a su mujer (en aquella época estaba casado con Lady Carolyne Christie).
Me pasó algo curioso con «Dogs». Estos repasos, por mucho que quiera esmerarme, resultan complicados por la cantidad ingente de canciones que debo manejar. Vi en redes una canción llamada «You Gotta Be Crazy», que en un principio no identifiqué con este tema. Posteriormente me explicaron que se trataba de una primera versión de «Dogs», un tema que había sido tocado en varios directos algún tiempo antes de grabarse, incluso con una letra diferente. Cantada por Gilmour y Waters, la canción ofrece diecisiete minutos maravillosos de principio a fin, con una interpretación de guitarra de Gilmour que parece llevarte en volandas. And when you lose control You'll reap the harvest you have sown And as the fear grows The bad blood slows and turns to stone. De lo mejor de Pink Floyd.
«Pigs (Three Different Ones)» es otra de mis canciones preferidísimas de su carrera. Potente, con un magnífico trabajo de la sección rítmica y en el tratamiento de la voz de Roger, que suena corrosiva como pocas veces.
«Sheep» comienza con un suave sonido de teclado de Wright para ir in crescendo, ganando protagonismo las guitarras de Gilmour, con solos entrecortados y agresivos. Cantada por Waters, está llena de rabia y agresividad, como el resto de temas de “Animals”. Como también me explican, hay versiones previas de «Sheep» con el título «Raving and Drooling».
Coincidiendo con la escucha de “Animals” voy por segunda vez a visitar la exposición “Pink Floyd: Their Mortal Remains”. Un viernes 18 de octubre en el que paso tres horas buceando por los objetos, instrumentos, libros, manuscritos, fotografías, portadas y videos, una vez que puedo situar la historia, discos y etapas del grupo. Salgo mareada, pero feliz de indagar en el ingente material que recoge la exposición.
“The Wall” (noviembre de 1979), undécimo álbum de estudio, es un disco doble producido por Bob Ezrin, junto a Waters y Gilmour. Se trata de un proyecto de Waters que tiene mucho de autobiográfico, sobre una estrella de rock llamada Pink cuyo padre muere en la Segunda Guerra Mundial, dominado por una madre absorbente, manejado por la industria discográfica y que llega a rozar la locura debido al consumo de drogas. ¿Os resulta familiar? Todos estos problemas son los ladrillos en el muro que le separa del público y del mundo.
Debido a la ruina del entramado de empresas creado para manejar su dinero, el grupo se vio obligado a ausentarse de Inglaterra, por lo que el disco se grabó en Los Angeles, lo que les vino bien, según el productor, ya que insufló energía a su música. Por mi parte, desconocía por completo el disco (excepto la celebérrima «Another Brick in the Wall»), y en el momento de escribir esto, aún no había visto la película, aunque parezca imposible. Las primeras escuchas del disco me costaron, pero me ha ido gustando más y más según me he ido adentrando en él.
Por primera vez desde “A Saucerful of Secrets” la portada no fue diseñada por Hipgnosis, debido a las diferencias de Waters con los diseñadores. Se le encargó a Gerald Scarfe, un conocido dibujante que ideó una portada minimalista que refleja el muro en color blanco. Alejada de las exuberantes creaciones de Thorgerson y compañía, en su simplicidad residió su éxito, tal vez a la manera de la portada “White Album” de los Beatles.
Para “The Wall” Pink Floyd dieron una vez más gran importancia a los efectos sonoros: bombardeos, helicópteros, llantos de bebé, sonido de escuela, teléfonos, junto con frases recurrentes. Destaca la grabación de un coro de veintitrés niños de una escuela de Islington (el barrio donde vivía Roger) grabados en su clase por Nick Griffith, que se convirtió en una parte fundamental del tema «Another Brick in the Wall». Media hora de canto que sirvió a la prensa amarilla para atacar al grupo por haber “explotado” a los escolares.
El resto de la banda no se vio tan implicada como Waters en el álbum, por ejemplo Gilmour afirmaba que él no sentía ese muro entre él y el público. En aquel momento fue cuando empezaron a saltar las alarmas sobre la mala relación entre Roger y David. Bob Ezrin diría años después “bajo esa postura tan inglesa de antagonismo ambiguo que adoptan, sonrientes y sin levantar la voz, la guerra que existía entre esos dos tipos era increíble”. La grabación de “The Wall” terminó de dinamitarlos como grupo. Waters echó a Rick Wright de la banda de muy malos modos, y el teclista aceptó seguir con ellos como músico contratado.
«In the Flesh?» está cantada por Roger y tiene un cierto aire épico a la manera de algunas composiciones de Queen; la canción vuelve a aparecer (sin interrogación) en la cara B del disco 2 y se refiere a la deriva de Pink en la que se ve como un caudillo fascista que arenga a sus seguidores.
«Another Brick in the Wall» es una de las canciones más exitosas de Pink Floyd. A pesar de no ser una banda de sencillos ésta salió como single y arrasó en ventas. Hay hasta tres versiones en el disco. La primera está cantada exclusivamente por Waters y en ella hay un trabajo magnífico de Gilmour, con esas guitarras con ecos tan características. Quizá la parte más conocida es la segunda, donde cantan los niños del Islington Green School Choir. Mítica, magnífica, uno de los himnos del rock de todos los tiempos. ¿Hay alguien que no la haya escuchado?
«Mother» es una de las canciones del disco que más me gustan. Desde el punto de vista de la melodía se trata de una especie de canción de cuna. Sin embargo, la letra refleja una tensa relación, refiriéndose de forma amarga a una madre sobreprotectora que ha contribuido a levantar un alto muro alrededor de su hijo. Cantada en forma de diálogo entre Waters y Gilmour. Mama's gonna make all of your nightmares come true Mama's gonna put all of her fears into you.
«Goodbye Blue Sky». Bonita balada con guitarra acústica que de alguna forma se refiere a los desastres de la guerra que afectan sobre todo a la población civil, los inocentes, los más vulnerables. Las bombas lanzadas en apariencia para conseguir un mundo mejor, que en realidad destrozan vidas y acaban con el cielo azul. The flames are all long gone but the pain lingers on Goodbye, blue sky.
«Empty Spaces». Una breve canción de dos minutos, con una introducción “especial” que da paso a la voz doliente de Waters. Refleja los momentos dolorosos por los que pasa Pink en su matrimonio. La leyenda dice que la canción incluye un mensaje “oculto” referido a Barrett, el ausente siempre presente. Durante la escucha de “The Wall” me compartieron una interesante versión de esta canción a cargo de la banda californiana Astra, cuyo sonido remite al rock progresivo de los 70. La versión, de más de seis minutos, se grabó para una revisitación del álbum publicada por la revista Mojo, “The Wall Re-Built!” (2011).
«Young Lust». Un rock potente cantado por Gilmour en un registro vocal mucho más “desmelenado” del suyo habitual. Will some woman in this desert land Make me feel like a real man? Ooh, I need a dirty woman. Pink, el protagonista, es ya una estrella del rock que no ve a su esposa durante meses y se acuesta con groupies durante las largas y solitarias giras. Termina con una conversación telefónica con una operadora por la que descubre que su esposa le está siendo infiel. Se habla de que la canción puede tener un claro tinte autobiográfico en lo que respecta a Waters y su primera mujer, Judy Trim.
«One of My Turns». Otra canción de rock poderoso, cantada por Waters. Gilmour se encarga de la guitarra principal, Lee Ritenour de la guitarra rítmica, Wright del piano y el productor, Bob Ezrin, toca el órgano y el sintetizador. Comienza con las palabras de la groupie a la que invita el protagonista, Pink, después de enterarse de la infidelidad de su esposa. La cosa no sale bien y Pink destroza la habitación donde se encuentran. La canción sube en intensidad y la interpretación de Waters también, hasta que pregunta a la chica por qué ha salido huyendo. Why are you running away?
«Hey You». Otra de mis canciones favoritas del disco, aunque fue excluida de la película. Comienza como una balada, con una suave guitarra acústica. Cantada por Waters y Gilmour, me llena la cabeza el solo de guitarra, que es fantástico y reproduce algunas notas de «Another Brick in the Wall».         
«Comfortably Numb». Una de las mejores canciones del disco, curiosamente compuesta a partir de una demo de Gilmour para su primer álbum en solitario. Descartada entonces, la llevó a las grabaciones de The Wall. Waters escribió la letra a partir de una tremenda experiencia que vivió antes de salir a un concierto; se encontraba con fuertes dolores y un médico le administró un calmante que le permitió tocar, aunque completamente adormecido. Se trata de uno de los temas más celebrados y recordados de “The Wall” y contiene uno de los solos de guitarra de David Gilmour más apreciado. La canción habla sobre la dificultad para manifestar emociones a medida que nos hacemos mayores, la pérdida de la inocencia y el muro que las personas vamos construyendo a nuestro alrededor con el paso de los años. 
«The Show Must Go On». Breve canción de minuto y medio que me recuerda armonías vocales de algunos temas de la ELO. Tampoco se incluyó en la película.
La gira de The Wall fue una de las que contó con una estructura más complicada y, aunque fue un éxito de público, dejó pérdidas para el grupo, excepto para Wright, que ya sólo participó como músico a sueldo.
A estas alturas del repaso hago una vuelta a los inicios. Escucho de nuevo “The Piper at the Gates of Dawn” porque me encuentro finalizando el libro “Syd Barrett: El brillo de la ausencia” de Rob Chapman. De camino al trabajo en el metro me acompañan las notas juguetonas de «Lucifer Sam» y la voz de Syd, con su manera de cantar y pronunciar tan características. Se refleja en el cristal del vagón un viajero. Alto, de ojos profundos, canoso pelo abundante y ondulado. Ensimismado en lo que escucha por sus cascos, sonríe misterioso…
Antes de empezar la escucha de “The Final Cut” me dispongo a ver por fin la película de “The Wall”, de 1982, dirigida por Alan Parker y protagonizada por el cantante Bob Geldof. Con 15 minutos de secuencias animadas creadas por el ilustrador Gerald Scarfe, está llena de surrealismo y violencia y, aunque parece que no fue muy del gusto del grupo, se ha convertido en una película musical de culto, con secuencias que forman parte de la historia de Pink Floyd.
La escucha de “The Final Cut”, un disco que temía, me ha resultado finalmente grata, la cuestión era escucharlo varias veces, con atención y sin prejuicios. No es un disco de canciones pegadizas. He descubierto unos cuantos buenos temas en medio de otros que no me han dicho gran cosa o que incluso en algún momento puntual me han resultado incómodos. Pero, al fin y al cabo, se trata de Roger Waters y (un poquito de) Pink Floyd, no se les había olvidado hacer buena música.
“The Final Cut” (marzo de 1983) es el duodécimo álbum de estudio, en el que no participó de Rick Wright, que había sido despedido en 1981, y es el último de la banda en contar con Roger Waters, compositor y letrista de todas las canciones del disco. La mayoría de ellas cuentan con él como vocalista principal; Waters no es un gran cantante, aquí su voz suena desnuda y desprotegida, probablemente esa crudeza en la interpretación era lo más adecuado para este disco. Gilmour aporta su voz a sólo una de las doce canciones, «Not Now John». Sin Wright y con Waters tomando las riendas de todo, Mason y Gilmour no se sintieron parte del proyecto. Se trata de un álbum conceptual antibélico, en particular contra la Guerra de las Malvinas y líderes mundiales como Thatcher y Reagan. Waters sacó a relucir un tema recurrente en su obra: la muerte de su padre en la Segunda Guerra Mundial. Está considerado como un álbum casi en solitario de Waters aunque se editara bajo el nombre de la banda. El disco no tuvo malas ventas pero dividió a los críticos musicales. Gilmour fue especialmente crítico con el álbum, al que dedicó calificativos nada halagüeños.
Grabado en ocho estudios diferentes, se lanzaron cuatro cortometrajes para acompañar el disco. “The Final Cut” fue concebido en sus inicios como una banda sonora para la adaptación cinematográfica de “The Wall” en 1982, pero la Guerra de las Malvinas entre Argentina e Inglaterra cambió los planes. Roger Waters fue un férreo opositor de aquel desafortunado conflicto bélico y los temas sobre guerra y pérdida que habían aparecido en “The Wall” se convirtieron en el tema de “The Final Cut”. En “The Final Cut” se utilizan una vez más efectos sonoros como cristales rotos, explosiones, viento, aviones, sonido de reloj, risas enloquecidas, enriquecidos por las innovaciones técnicas de la época. Nick Mason se encargó de los efectos de sonido. La banda terminó de romperse durante la grabación de este disco, en especial se intensificaron las diferencias entre Waters y Gilmour hasta que los dos no pudieron seguir trabajando juntos.
En mis primeras escuchas percibo en ocasiones un tono en exceso solemne que resulta cansino, con unas melodías que me han sonado “iguales”. Comentando con un amigo sobre el disco, que él califica de “incómodo y pesimista” e “impregnado de mal rollo”, coincidimos en que se nota demasiado la falta de Gilmour. En este disco es palpable cómo el ego de Waters le impidió ver que lo mejor de Pink Floyd residía en la suma de todos. Y, sin embargo, este disco también merece una escucha atenta.
Para “The Final Cut” Waters se hizo cargo del arte, usando fotos hechas por su cuñado, Willie Christie. Sobre un fondo negro la portada muestra la amapola inglesa que recuerda a los caídos y medallas de guerra.
«Your Possible Pasts» es una de las canciones que más me han gustado del disco. Como curiosidad, la letra del estribillo Do you remember me? How we used to be? Do you think we should be closer? fue incluida en la película “The Wall”. Es leída por Pink en la escena del cuarto de baño.
«One of the Few», este breve tema de poco más de un minuto también me ha gustado especialmente. Comienza con el tic tac de un reloj. El lamento de Waters se acompaña de un tenue sonido de guitarra acústica tocada por Gilmour.
«The Hero's Return» Canción con un bonito inicio de guitarra, estaba compuesta originalmente para “The Wall” pero se quedó fuera. Una versión extendida se incluyó en la cara B del single de «Not Now John». Jesus, Jesus, what's it all about? Trying to clout these little ingrates into shape
«The Fletcher Memorial Home» es uno de los más inspirados temas del disco y contiene un gran solo de Gilmour. Waters expresa su frustración por los dirigentes mundiales, nombrando entre otros a Reagan, Thatcher, Brezhnev, Nixon o el argentino Galtieri. Propone reunirlos a todos y retirarlos en la Fletcher Memorial Home, un nombre en homenaje de su padre muerto, Eric Fletcher Waters. The Fletcher Memorial Home For Incurable Tyrants and Kings… Esta canción se ha incluido en un par de recopilatorios de Pink Floyd.
«Not Now John» es mi canción preferida de “The Final Cut”. Se trata del tema más largo y se sale de la tónica musical del resto de las canciones. Fue escrita por Waters como una crítica hacia la codicia y la corrupción política. Se trata de una potente canción rock, con brillante interpretación vocal de Gilmour. Es el único tema del disco en el que canta el guitarrista, Waters hace la segunda voz, y hay una destacada presencia de coros femeninos. Fue elegido como sencillo, aunque tuvieron que cambiar en el estribillo la frase el estribillo Fuck all that.
«Two Suns in the Sunset», la canción que cierra el álbum hace referencia a una explosion nuclear en su verso the sun is in the east, even though the day is done. Bonito solo de saxo final a cargo de Raphael Ravenscroft.
Nick Mason, que compartía posiciones políticas con Roger y siempre se había llevado muy bien con él, incluso le eligió como padrino de su hijo, también se vio relegado durante la grabación de The Final Cut. Empezó a acercar posturas con Gilmour.
Se suele simplificar afirmando que Roger suele estar más interesado por las letras y David por la música. Lo cierto es que David y Roger son dos personas a quienes les gusta dirigir, aunque lo manifiesten de diferente forma. Roger se estaba volviendo “demasiado autócrata” y las intensas diferencias que se produjeron con “The Wall” habían quedado en un tenso empate. Con “The Final Cut” todo estalló y Pink Floyd se rompió definitivamente. Roger decidió disolver el grupo “una fuerza gastada creativamente” pero Gilmour no opinaba igual. Así llegaron “las guerras civiles de Pink Floyd” o “la disputa más grande del rock and roll”. Aunque las diferencias en la banda fueran algo habitual y hubieran vivido momentos como la expulsión de Rick Wright, lo peor llegó con la ruptura final entre Waters y el resto y las demandas judiciales que duraron varios años y permitieron finalmente a los otros tres seguir usando el nombre de Pink Floyd.
En medio de la tormenta, Gilmour, Mason y Wright editaron un nuevo álbum “A Momentary Lapse of Reason” (septiembre de 1987) decimotercer álbum de estudio bajo el nombre de Pink Floyd, aunque Waters pusiera el grito en el cielo, les atacara e incluso les ridiculizara. Nick Mason habla en sus memorias sobre aquellos días y da una visión bastante equilibrada (él mismo se ríe de su tendencia a “quedar bien con todo el mundo”) sobre lo que sucedió. La opinión generalizada afirma que Waters quería que el grupo desapareciera oficialmente para que no hiciera sombra a su carrera como solista. En diciembre de 1985 Waters había dado por finalizada la carrera de la banda de manera unilateral. Gilmour quería seguir y el mejor acicate para hacerlo fueron las palabras de Waters: “Nunca lo conseguiréis”. Waters rompió con el manager de la banda Steve O'Rourke, que siguió representado a Pink Floyd. Subestimó a sus compañeros, en especial a Gilmour, también de fuerte carácter aunque más templado que Waters, y que reforzó su postura al sentirse insultado. El disco recibió críticas contrapuestas y fue ridiculizado por Waters pero tuvo mejores ventas que “The Final Cut”, aupado además por una gira que fue un éxito indiscutible.
Fue coproducido entre Gilmour y Bob Ezrin, quien fuera coproductor de “The Wall” y que acababa de rechazar participar en el disco en solitario de Waters “Radio K.A.O.S.”. Durante bastante tiempo Gilmour dudó entre convertirlo en un nuevo álbum de Pink Floyd o en uno en solitario. En la grabación participó “un gran elenco de talentosos colaboradores”, que también contribuyeron en la composición de varias canciones. Es el caso de Phil Manzanera, Jon Carin, Anthony Moore, y Toni Levin en el bajo. Además, incorporaron a Rick Wright, quien apenas participó en la grabación en calidad de músico de estudio, aunque sí salió de gira con ellos. Gilmour pensó que su presencia les haría más fuertes “tanto en el aspecto legal como en el musical”.
En este caso no se trató de un disco con una historia como nexo de unión, sino de colección de canciones rock que no tenían que ver entre sí. Sin embargo, la atmósfera la puso el río Támesis, donde estaba amarrado el estudio flotante en el que se grabó gran parte del disco, el Astoria, propiedad de Gilmour. Según Bob Ezrin el río acabó impregnando la grabación. Una plácida atmósfera constantemente interrumpida por las peleas con Waters con respecto al uso del nombre de Pink Floyd. Así lo ha reconocido David Gilmour en una entrevista reciente con el periodista Matt Everitt de BBC Radio, emitida a través del podcast “The Lost Art of Conversation”: “Estábamos en medio de nuestra disputa legal (con Waters) mientras grabábamos y, en medio de cada pequeña cosa que hacíamos, tenía que ir al teléfono a hablar con los abogados. Consumían nuestro tiempo en el estudio, y me agotaban a mí”. Por eso David califica la grabación de “A Momentary Lapse of Reason” de “pesadilla”.
El grupo no tenía muy claro el título, pero la solución llegó de la mano de una de las canciones del disco, concretamente «One Slip», donde se dice A momentary lapse of reason That binds a life for life. Por primera vez desde “Animals” el encargado de la portada y el arte del disco fue el gran Storm Thorgerson. En la portada se ven cientos de camas de hospital colocadas en una playa, con un hombre sentado sobre una de ellas y un ala delta en el cielo. En la exposición de Pink Floyd que vimos en Madrid, Thorgerson cuenta las complicaciones que surgieron con la (carísima) foto que tardó dos semanas en tomarse. Pero, una vez más, valió la pena. La portada es realmente impactante. Se incluyó una foto de Gilmour y Mason tomada por David Bailey, la primera con miembros del grupo que aparecía en un disco de Pink Floyd desde “Meddle”. El gesto se consideró como una forma de recalcar que Waters ya no estaba en el grupo. Wright tan solo apareció en los créditos.
Todos los repasos tienen su atasco y el mío ha venido con este disco. Pasé bien el bache de “Ummagumma” y la complicación de “The Final Cut”, pero la escucha de “A Momentary Lapse of Reason” ha resultado áspera en todo momento. Mis problemas vienen de lo poco que me gusta la producción, con esas baterías, teclados ochenteros y arreglos que me hacen desconectar del disco, aunque reconozco que tiene canciones apreciables. Pero esa producción me desinfla. El propio Gilmour se ha pronunciado en la mencionada entrevista con la BBC sobre el “polémico sonido” de “A Momentary Lapse of Reason”. “Eran los 80 y había una cantidad increíble de nueva tecnología, así que para ese disco la abrazamos del todo. Nuevos teclados, sintetizadores… queríamos hacer un disco de su época. Acogimos aquello con todo el entusiasmo, pero fue una moda. Y las modas… pasan de moda. Años después, hay momentos en los que pienso que no seguimos la idea atemporal que deberíamos haber seguido”. Por mi parte quedo a la espera de la publicación en diciembre de 2019 de la remezcla completa del disco, en la que se han incluido otras baterías y teclados.
«Signs of Life» canción instrumental, aunque se incluye la voz de Nick Mason recitando unos versos. Canción que tiene una atmósfera muy especial (a lo “Blade Runner”), que incluye sonidos del río y uno de los mejores tratamientos de los teclados de todo el disco, con un solo de guitarra de Gilmour especialmente bonito.
«Learning to Fly», fue el primer single del disco y alcanzó un éxito considerable en radiofórmulas de la época. Recuerdo haber visto el video en alguno de los programas musicales de entonces. Su letra está inspirada en las lecciones de vuelo que recibía Dave y refleja el “intento del hombre de tomar vuelo espiritualmente”. Hay quien dice que también se refiere al “renacimiento” que supuso el disco y a la toma de liderazgo del grupo por parte de David. Compuesta entre Gilmour, Moore, Ezrin y Carin.
«The Dogs of War», canción de Gilmour sobre los políticos que inician guerras y la presencia del dinero detrás de todos los conflictos bélicos. Rock crudo, con una buena interpretación vocal de Gilmour, la canción contiene uno de esos “duelos” de guitarra y saxo de los que gusta Pink Floyd.
«One Slip», se trata de una canción compuesta por Gilmour y Manzanera. De su letra salió el título del álbum. Durante mi accidentada escucha me anima mi amigo Carlos, muy fan de este disco, a escuchar la remezcla de 2019 de esta canción, en la que se ha cambiado la batería, que en mi opinión mejora bastante, aunque no acaba de ser lo contundente que me gustaría. Me dice que me fije en el Hammond, porque en esta mezcla han incluido partes de Wright, no del estudio (donde no participó), sino del directo. Por otra parte, me habla del sonido del contundente bajo. Se trata del bajo original, grabado por Tony Levin, bajista de Peter Gabriel y de King Crimson, que tiene una forma de tocarlo muy personal porque se pone una especie de palos atados a los dedos para golpear las cuerdas, lo que llaman “funk fingers”.
«Yet Another Movie» es una de las canciones que más me han nombrado en Twitter al referirme a este disco. Comienza con sonidos de secuenciador, y cuando empieza a sonar la guitarra de Gilmour se escuchan pequeños fragmentos de diálogo de la película “Casablanca”. Al tema le envuelve una intensa atmósfera sonora y tiene una letra especialmente cuidada
«Sorrow» es la canción que cierra el disco y personalmente es otra de las que más me gustan, con los arañazos de guitarra del inicio y las similitudes que encuentro con «Echoes» en algunos de los sonidos que adornan la canción, además de ecos del maravilloso bajo de «One Of These Days». A pesar de que en alguna ocasión Gilmour ha declarado que las letras no son su punto fuerte, esta es una de las canciones de las que se siente más satisfecho en cuanto a la letra.
Más sencillo me ha resultado “The Division Bell” (marzo de 1994) decimocuarto álbum de Pink Floyd. En 1993 Rick Wright volvió a ser miembro de pleno derecho de la banda. “Creo que en particular Rick se sintió mucho más integrado en el proceso esta vez. Estuvo bien tenerlo de vuelta”, afirmó Nick Mason en sus memorias. Los tres se unieron en el estudio para improvisar y generar nuevas canciones; consiguieron reunir unos cincuenta esbozos, que consiguieron reducir a las once canciones que salieron en el disco a base de un sistema de votaciones. Este álbum es de alguna manera una mirada retrospectiva a la historia de la banda y en gran parte está compuesto entre Gilmour y Wright; la crítica afirmó que la conexión entre ambos supuso “el corazón musical del álbum”. Gilmour se apoyó para la composición de las letras en su segunda esposa, la periodista y escritora Polly Samson. Gran parte de la temática del álbum se refiere a la comunicación y la toma de decisiones.
Habían pasado siete años desde la salida del anterior disco, “A Momentary Lapse of Reason”, años azarosos por el contencioso con Waters y marcados por el divorcio de Gilmour y su adicción a la cocaína. Poco a poco todo se fue calmando y con “The Division Bell” Gilmour pudo dar salida a su trabajo en Pink Floyd libre de las ataduras con Waters. La grabación del disco tuvo lugar en lugares tan conocidos por la banda como los estudios Britannia Row y la casa estudio flotante de Gilmour, el Astoria. Contaron con viejos colaboradores como el productor Bob Ezrin, el saxofonista Dick Parry o el bajista Guy Pratt.
También contaron con un viejo conocido y amigo para la espectacular e inolvidable portada, que una vez más corrió a cargo de Storm Thorgerson. En ella aparecen dos enormes cabezas, que recuerdan a un tótem, colocadas juntas creando la ilusión óptica de que están de perfil hablando una frente a otra y al mismo de una única cara frente al espectador. Las enormes cabezas metálicas que se construyeron para la portada se encuentran actualmente en el Rock and Roll Hall of Fame de Cleveland. La de “The Division Bell” fue elegida como una de las portadas de discos de todos los tiempos inmortalizadas en unos sellos de la Royal Mail en 2010.
La escucha del álbum me ha costado mucho menos que “A Momentary Lapse of Reason”. Un amigo define “The Division Bell” como “orgánico e inspirado” y yo estoy de acuerdo. Me da la sensación de que el grupo se encontraba tranquilo y relajado durante la grabación del álbum, ya ajenos a las andanadas de Waters y tras haber obtenido un éxito de ventas y público con el álbum anterior y sobre todo con la gira.
«Cluster One», de nuevo un tema instrumental para abrir un disco de Pink Floyd. La canción comienza con un minuto de ruidos y chisporroteos que, según uno de los ingenieros del sonido, reproducen el “ruido electromagnético del viento solar”. La melancólica canción se sustenta posteriormente en los teclados de Wright y suaves sonidos de la mítica guitarra de Gilmour.
«What Do You Want from Me?», canción donde juega un papel destacado la potente guitarra de Gilmour, quien confesó que tiene que ver con las relaciones personales al ser preguntado si se refería en ella a la relación con el público. En realidad, trata sobre un hombre que se ofrece a hacer por su pareja incluso lo imposible You can have anything you want You can drift, you can dream, even walk on water Anything you want. Convincente interpretación vocal de Gilmour apoyada por unos potentes coros femeninos. No hay muchas canciones de amor de Pink Floyd, ¿verdad?
«Poles Apart» Muy bonita canción. Suena a gloria el órgano de Nick Wright, por fin ocupando el lugar que merece. Según se dice la letra se refiere a los dos ex miembros de la banda, Barrett y Waters. Tiene una parte intermedia con un toque psicodélico conseguido mediante unos arreglos orquestales.
«Marooned» es otro instrumental compuesto entre Gilmour y Wright, con una nueva exhibición de Gilmour a la guitarra.
«A Great Day For Freedom», aunque mucha gente ha querido buscar en la letra un reflejo de los insondables e irresolubles problemas entre Waters y Gilmour, este último siempre ha dicho que la canción es su particular mirada hacia los conflictos bélicos, la intolerancia y los muros, en especial hacia la Europa del Este, tan de actualidad en el año en que salió el disco.
«Wearing the Inside Out» es una suave balada compuesta por Richard Wright, quien hace además la voz principal acompañado por la cantante Sam Brown a los coros. Hay alguna parte de teclados especialmente bella. Se refiere a “las barreras que levantamos para ocultarnos de otras personas”.
«Take It Back», otra preciosa canción, fue uno de los sencillos del disco. Se trata un tema de concienciación ecologista, referido a los daños que los seres humanos causamos a la Tierra y que ya no tienen mucha solución ni posibilidad de marcha atrás.
«Keep Talking». Aires espaciales en los teclados en otra canción que me remite a Blade Runner y que fue el primer single de este disco. Aparece una frase hablada del científico Stephen Hawking, tomada de un anuncio de televisión de la multinacional de telecomunicaciones BT que impresionó a Gilmour. Volverían a usar la voz de Hawking en «Talkin' Hawkin'», un tema del siguiente álbum, “The Endless River”.
«High Hopes» es una canción especial por muchos motivos. Narra la historia de la banda desde sus inicios, pasando por el enorme éxito de “The Dark Side of the Moon” y “Wish you were here”, We reached the dizzy heights of that dreamed of world, hasta su difícil ruptura, Encumbered forever by desire and ambition. La canción está llena de detalles que remiten a Pink Floyd, como el sonido de la campana, tocada por Wright, el piar de pájaros y zumbido de moscas o la voz de Steve O'Rourke, histórico manager de la banda, que les había pedido en numerosas ocasiones aparecer en alguna canción. Este tema contiene el verso que dio nombre al álbum The ringing of the division bell had begun y otra estrofa al final, The endless river, que sería el título del siguiente y último disco de la banda, un homenaje a Rick Wright tras su fallecimiento.
A petición de Gilmour, Pink Floyd se disolvió después de cerrar la gira “The Division Bell Tour”, con lo que pusieron fin a casi treinta años de brillantísima carrera. Gilmour llegó a afirmar a la prensa que el peso de haber llevado el liderazgo de la banda en los dos álbumes en los que no participó Waters había sido demasiada carga y no quería seguir.

Sin embargo, “los cerdos volaron”, “lo supuestamente imposible acabó por suceder” y los cuatro miembros de Pink Floyd, Gilmour, Waters, Wright y Mason, se reunieron para tocar juntos en el concierto Live8 contra la pobreza en junio de 2005. Impulsado y organizado por Bob Geldof, viejo conocido de la banda por protagonizar la película “The Wall”, Geldof se implicó personalmente, y consiguió que los cuatro tocaran juntos una vez más. Fue la última, ya que Rick Wight falleció tres años después, en septiembre de 2008. El concierto de Londres de Pink Floyd fue lo más visto de todo el Live8; era el más esperado, sin duda.
Y finalmente el 25 de noviembre de 2019, algo más de tres meses después de haber comenzado este repaso, acometo la escucha de “The Endless River” (noviembre de 2014), el decimoquinto y último álbum de estudio del grupo. Se trata de un homenaje a la figura del teclista Richard Wright, que había fallecido el 15 de septiembre de 2008. Rick fue el segundo miembro de la banda en desaparecer; dos años antes, el 7 de julio de 2006, había muerto el mítico Syd Barrett, que nunca retomó su carrera artística y continuó con su vida anónima en Cambrigde hasta su definitivo adiós.
He de confesar que he escuchado “The Endless River” tan ricamente en modo “hilo musical”. Se trata de un disco creado a partir de descartes de las sesiones del anterior álbum de la banda, “The Division Bell”. El álbum consta de cuatro piezas que componen un flujo continuo de música en su mayoría ambiental e instrumental. “The Endless River” fue terminado entre 2013 y 2014, de nuevo en el estudio de grabación flotante de Gilmour. El disco alcanzó el número 1 en Inglaterra y, aunque en general fue masacrado por la crítica, algunos lo aceptaron como lo que realmente era, un homenaje a Wright. Así, David Fricke de la Rolling Stone escribió: “Wright fue la majestad constante y vinculante en las exploraciones de Pink Floyd. Este álbum es un epitafio inesperado y bienvenido”. En mi opinión, sin los teclados de Rick, Pink Floyd no habrían alcanzado la excelencia que consiguieron. “Creo que este disco es un buen modo de reconocer lo que hizo y cómo su forma de tocar era el corazón del sonido de Pink Floyd. Volviendo a escuchar las sesiones, de nuevo vi lo buen teclista que era”, declaró el batería Nick Mason a The Mirror.
En este álbum de pérdidas y adioses, también faltaba la figura de una persona fundamental en la carrera de Pink Floyd, Storm Thorgerson, el diseñador de casi todas las portadas de la banda, que había fallecido un año antes de la publicación del disco, en 2013. En este caso, se apoyaron en Aubrey Powell, cofundador de Hipgnosis, para que supervisara el arte. Eligió una foto del artista egipcio Ahmed Emad Eldin que representa a un hombre subido a una barca navegando por un mar de nubes hacia el sol. El resultado final es una recreación del trabajo de Eldin realizado por la firma de diseño londinense Stylorouge, autora de portadas de Blur, The Cure, Morrissey, Siouxsie & the Banshees, Stereophonics, Killing Joke o el cartel de la película “Trainspotting”.   
Además de los diferentes temas instrumentales del disco, que no logro diferenciar bien aunque su escucha sea agradable, destaco la única canción con letra, cuya historia además me resulta interesante.
Se trata de «Louder than Words», la canción que cierra el álbum y fue el único sencillo del mismo. Coescrita entre Gilmour y su esposa, Polly Samson, cuenta con la participación del cuarteto electrónico de cuerda Escala. Es una canción referida a las relaciones del grupo y sus luchas internas. Samson explicó que la inspiración le vino al observar a los tres en el estudio y más tarde en el Live8 junto con Waters. Descubrió que apenas hablaban entre ellos, “No es hostil, simplemente no hablan. Y luego suben al escenario y musicalmente esa comunicación es extraordinaria”.
Este repaso musical también ha contado con comentarios, opiniones y sugerencias en redes sociales. Como Leo Kiron: “¡Ya cruzaste la línea! Cuando entras en el universo Pink Floyd ya no hay vuelta atrás, quedas atrapada de por vida. ¡Bendita esclavitud!”. O Rafa Avero, quien conoció a la banda en Miami en la época de “The Division Bell”: “¿Repaso?, ¿quién dijo repaso? Lo que haces es, bajo mi humilde opinión, editar su historia, puntuar textualmente. Además, con perdón, a tu edad, es decir, con la madurez perfecta para escribir sobre un grupo sin la experiencia previa de los de tu-nuestra- generación. Chapó. Me encanta leerte”.
El martes 3 de diciembre de 2019 di por finalizada la monumental inmersión en el universo de un coloso de la música contemporánea como son Pink Floyd. Esto han dado de sí los más de tres meses de repaso a su discografía en estudio, que comenzó el sábado 17 de agosto de 2019. Asignaturas: todos los álbumes de estudio de la banda // Bibliografía: “La odisea de Pink Floyd” de Nicholas Schaffner (2005), “Dentro de Pink Floyd” de Nick Mason (2007) y “Syd Barrett: El brillo de la ausencia” de Rob Chapman (2012) // Prácticas: Exposición Their Mortal Remains // Material Audiovisual de Apoyo: More, Live at Pompeii, The Wall // Trabajo fin de master: aprender a tocar el gong con cara de demente.
Y el agradecimiento más especial es para mi maestro y mentor musical. Sin él, habría sido completamente imposible llegar hasta aquí. Por muchas más músicas.
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