Preoccupations en Madrid. Un concierto muy esperado y con sabor agridulce


He de reconocer que no conocía de nada a Preoccupations (Ex Viet Cong) y que la forma de toparme con ellos fue de lo más curiosa. Recibo correos de la productora Miel de moscas desde que hace varios años editara el segundo disco de la banda murciana Crudo Pimento. Hace cosa de un par de meses me llegó información sobre sobre la gira española de “la banda más respetada del nuevo post punk a nivel mundial”. Evidentemente me llamaron la atención esas palabras dedicadas a la banda canadiense y me lancé a escucharlos.
En su música he encontrado a un grupo con un nivel compositivo más que apreciable y con una magnífica colección de canciones. Me ha atrapado el elegante uso de sintetizadores, las guitarras contundentes y esa voz que transmite angustia y desesperanza. Así que su concierto de Madrid el sábado 2 de febrero era cita obligada para mí. La suerte hizo además que mi amigo Escartinni se animara a venir desde Zaragoza para ver a Preoccupations. Todo se conjuraba para que fuera una gran velada.
Así que me planté en la Sala Changó en el barrio de Chamberí en una noche verdaderamente fría y que llamaba a la pereza. Llegué tarde, a tiempo de escuchar brevemente a los bilbaínos Vulk, los teloneros que acompañan a Preoccupations en la gira española. Resultaron una grata sorpresa y lo poco que pude escuchar me gustó mucho. En especial el tema con el que cerraron su actuación “No muscle”, incluido en su actual disco Ground for Dogs de 2018. Hay que seguir la pista a Vulk, ojalá haya pronto un concierto en solitario.
Tras unos minutos de espera, que aproveché pillar una cerveza y buscar a mi amigo Escartinni por la sala, Preoccupations comenzaron su actuación con el sonido industrial de “Newspaper Spoons”, canción de su primer disco, cuyo sonido apocalíptico da paso a un final luminoso. Sonaron más canciones de su primer álbum, llamado Viet Cong, el nombre de la banda cuando salió el disco. Como la preciosa “Continental Shelf”, cuya intro de guitarra nos puso sobre la pista de que el sonido del grupo no era el más deseable. Efectivamente no sonaban bien, así lo cuenta mi amigo Escartinni en Twitter: “sonaron a lata, saturadísimos, planos, sin matices”. No sé dónde pudo estar el problema. Tal vez se debió a un sonido demasiado alto en una sala tan pequeña como es la Changó o a una insuficiente prueba de sonido antes del concierto. El caso es que con Vulk no notamos esa saturación y vi a Matt Flegel, cantante, compositor y bajista de la banda, dirigirse al técnico al finalizar la primera canción. Por desgracia, arrastrar esa deficiencia durante toda la actuación fue un lastre que nos impidió disfrutar del concierto tanto como deseábamos.
Con “Espionage”, canción que remite inevitablemente a Blade Runner, la banda comenzaba el repaso del que hasta ahora es su último disco, “New Material”, publicado en 2018, del que también sonaron “Antidote”, la oriental y onírica “Decompose” o la pegadiza “Disarray”. La magnífica “Bunker Buster”, qué guitarras en la entrada, fue otro de los temas que sonaron del primer disco de la banda. De su segundo álbum, llamado Preoccupations, publicado en 2016 con una portada geométrica donde dominan los colores azul y gris, tan solo tocaron un par de canciones, entre ellas “Zodiac”.
A ambos extremos del escenario se situaban Scott Munro y Daniel Christians, los dos guitarras con sendos sintetizadores, instrumentos que ambos intercalan en los diferentes temas. El cantante Matt Flegel, con camiseta negra, dominaba el centro de la escena detrás de su bajo, llamativamente decorado. Mike Wallace completa la formación, se trata de un batería en espléndida forma que se lo curró de verdad durante todo el concierto. Le tenía frente a mí, y no podía dejar de mirar su rubísima y lisa media melena, su torso delgado y fibroso y su contundente forma de pegar a los tambores con absoluta autoridad.
El final del concierto no dio lugar a respiro. La banda, como acostumbra a hacer en esta gira, encadenó tres temas, “Memory” de su segundo álbum y “Death” del primero, unidos por “March of Progress”, una canción apocalíptica de nuevo con toques orientales, que también aparecía en su primer disco. Un final de dramática intensidad para un concierto que no tuvo bises. El personal de la Changó se encargó de echarnos literalmente y a toda prisa, imagino que para una de las sesiones de baile, fiestas privadas o eventos a los que se dedica la sala, demostrando una absoluta falta de tacto con los asistentes al concierto.
La banda se formó en 2012 con el nombre de Viet Cong y aquel nombre les metió en una agria polémica al ser acusados de racismo, apropiación cultural o de utilizar el nombre de un “grupo terrorista”. Viet Cong era el nombre usado por EEUU durante la guerra para referirse al Frente Nacional de Liberación de Vietnam. La situación se complicó en 2015 cuando el grupo sufrió la cancelación de su participación en un festival en Melbourne, Australia, debido a su “nombre ofensivo”. Después de muchas deliberaciones sobre cómo llamarse, finalmente eligieron Preoccupations, que además dio nombre a su segundo álbum de estudio en 2016.
Vivimos efectivamente tiempos muy extraños, donde la gente se indigna con los artistas y es absolutamente permisiva con los políticos. Como reflexiona la revista Pitchfork en una entrevista al grupo, si hubieran nacido en estos días, habría sido casi imposible que hubieran mantenido sus nombres bandas como Gang of Four (que expresaron su apoyo a Viet Cong), Joy Division, Rapeman o Dead Kennedys. En España también hay bandas a las que su nombre les cuesta algún que otro disgusto a manos de censores en nombre de lo políticamente correcto.
Sobre su último disco, New Materials, que ha sido calificado como más pop y con canciones más pegadizas, Matt Flegel, cantante, compositor y bajista de Preoccupations, afirma que las melodías son probablemente más luminosas pero no así las letras “más tristes y oscuras de lo habitual”, ya que se encontraba en un mal momento por una ruptura sentimental, tal y como explica en una entrevista para Valencia Plaza.
En resumen un concierto con sabor agridulce para una jornada y un grupo del que esperábamos mucho. Sus canciones desde luego lo merecen.



Si me das a elegir me quedo con los Chunguitos


El pasado sábado 2 de febrero los televidentes españoles asistieron a la invención de la Coca Cola durante la entrega de los premios Goya en Sevilla. Después del fracaso de la gala del año pasado, en las redes sociales se notaba cierta expectación por la gala presentada por Andreu Buenafuente y Silvia Abril. Se habían anunciado además las actuaciones de dos personajes omnipresentes en los medios, James Rhodes y Rosalía.
No pude ver la entrega de premios por asistir a un concierto y porque ya no tenemos televisión en casa, pero a la mañana siguiente me asaltaron en redes sociales decenas de publicaciones referidas a la sorpresa que guardaba Rosalía, una versión de “Me quedo contigo”. Como todo lo que rodea a la joven cantante catalana las redes habían comenzado a arder al minuto siguiente a finalizar su actuación. Vestida de rojo y acompañada por el Cor Jove de l’Orfeó Català, la cantante de moda ofreció una impactante interpretación a capella, aunque en exceso mística y solemne, despojándola de ese desgarro tan auténtico que tenía la versión original.
Estos días se me han quedado los ojos como platos leyendo en Twitter comentarios que atribuían la canción a Antonio Vega o a la propia Rosalía. Nada más lejos de la realidad, “Me quedo contigo” es tal vez la canción más conocida y reconocida de Los Chunguitos, máximos exponentes junto con Los Chichos de la rumba gitana madrileña de principios de los ochenta. El revuelo organizado me ha traído a la memoria una curiosa historia de mi infancia relacionada con Los Chunguitos. El trío ya tuvo relación hace muchos años con otra Rosalía, la actriz gallega Rosalía Dans, en un programa que era una recreación dramatizada de la vida de los Salazar y que recuerdo haber visto de pequeña en compañía de mi abuela. La magia del Youtube me ha permitido recuperarlo y recordar la Vallecas de mi infancia, ya que los hermanos Salazar vivieron en una casa baja de Palomeras en una calle cercana a la calle Nueve, donde se levantaba la casa de mi abuela María, y donde yo pasé mis dos primeros años de vida.
En 1985 TVE emitió una serie de espacios bajo el hombre de “Tatuaje”, dirigidos por el poeta y periodista José Miguel Ullán. El que dedicó a Los Chunguitos se llamó “Con el agua al cuello”. Así recogía el diario ABC en su página de Televisión, con fecha 3 de julio de 1985, la emisión del docudrama.
Al igual que hiciera con la figura de El Fary el segundo programa de Tatuaje el espacio que dirige José Miguel Ullán se parará hoy en el encastado grupo Los Chunguitos. Una biografía musical y novelada donde el trío extremeño, seguidor en un principio del sonido caño roto y última conquista de la línea dura de la posvanguardia, desenvaina entre rumbas calés la chispa de su vida, que lleva el título de Con el agua al cuello. Junto a ellos, y para hablar de los avatares de la existencia, aparecen algunos de los componentes de su familia, como sus hermanas, el ultrarradiante dúo Azúcar Moreno, que aseguran haber tenido que achicar agua muchas veces de su chabola, “por eso siempre decimos que nuestra vida ha sido como una historia del comandante Cousteau”. También aparecerá la actriz Rosalía Dans que suele prestar su paisaje a este programa.
Su visionado me depara una emocionante sorpresa. Veo a los tres Chunguitos pegando patadas a un bote al lado de la bodega de Saturnina y Evaristo y de la casa que mi abuela María levantó con todo el esfuerzo del mundo en los años 50 y donde vivió  hasta diciembre de 1983 cuando la derribaron. Es difícil explicar mi emoción mientras hacía un pantallazo de la imagen y se lo enviaba a mis padres para que me confirmaran. Poco más que comentar de un docudrama que no ha resistido el paso del tiempo y que se mueve entre momentos delirantes y sonrojantes. Tan solo salvo las actuaciones del trío en el patio de una cárcel. Si tenéis fuerzas podéis verlo en el siguiente enlace:
Los Chunguitos fueron en sus inicios los hermanos Enrique, Juan y José Salazar. Nacidos en Extremadura y sobrinos del reconocido cantaor Porrina de Badajoz, se trasladaron con su familia a Madrid siendo niños, recalando en Vallecas. Empezaron a cantar desde muy jóvenes en los alrededores de la Plaza Mayor para ganarse unas pesetas y fueron descubiertos por Ramón Arcusa del Dúo Dinámico. Con él grabaron en 1976 su primer éxito, la archiconocida “Dame veneno”. Era la época de oro de la canción ligera aflamencada, de aquella rumba gitana madrileña en la que brillaban nombres como Los Chichos, el otro gran trío afincado en Vallecas, que comenzó su carrera en 1973. “Poetas de arrabal”, “voces de extrarradio”, sus temas hablaban de amores incendiarios y arrastrados, de adolescentes marcadas por embarazos no deseados, de cárcel y deseos de libertad, de exclusión y penalidades. Historias con fuerte componente autobiográfico, en una época marcada por el paro, la crisis y la marginación social. Los Chunguitos sabían desde niños lo que era pasar hambre y todo tipo de calamidades, no les era difícil reflejarlo en sus canciones. Por desgracia perdieron pronto a su cantante y compositor, Enrique, fallecido con 25 años por una hepatitis en 1982 y que fue reemplazado por su primo Manuel. Esa es la formación de Los Chunguitos más estable y la que yo recuerdo. La saga Salazar se completó con el dúo Azúcar Moreno y el grupo Alazán, a quien mi abuela llamaba en el barrio Las Chunguitas.
Entronizados como reyes del cassette en las gasolineras de toda España, su popularidad llegó a extremos increíbles. El exitazo de “Me quedo contigo” les llevó incluso a ser invitados al programa estrella de la modernidad ochentera “La Edad de Oro” de la inolvidable Paloma Chamorro. La canción fue compuesta por Enrique Salazar y Crescencio Ramos Prada y formó parte de “Pa ti, pa tu primo” (1980), cuarto álbum de Los Chunguitos, pero alcanzó enorme fama gracias a su aparición en la banda sonora de ‘Deprisa, deprisa’ (1981), una notable inclusión de Carlos Saura en aquel “cine quinqui” que arrasó a principios de los 80. La canción ilustra la secuencia final de la película, especialmente recordada por quienes la vieron en su día.
La canción ha tenido diferentes versiones antes que la de Rosalía. Me quedo con dos, la de Manu Chao y la de Antonio Vega, aunque en mi opinión están por debajo de la original. Manu Chao la interpretó en su álbum de 2009 “Baionarena”, un doble CD en directo grabado durante una actuación en la plaza de toros de Bayona (Francia). La personal interpretación de Manu lleva la canción a esos ritmos “interétnicos” tan del gusto del músico franco-español; su versión incluye vientos y percusiones, en una cadencia pegadiza que conducen a un crescendo de guitarras rabiosas. La historia dice que Antonio Vega grabó su versión de “Me quedo contigo” porque era la canción favorita de su pareja, Margarita del Río. Apareció en su disco de duetos y versiones “Escapadas” publicado en 2004. Marga falleció dos días después de que Antonio grabara el tema, agravando aún más la delicada situación que atravesaba el cantante. Como curiosidad, nosotros la elegimos, junto con otras músicas, para el video de nuestra boda, aunque no es una versión que me guste en especial. La voz de Antonio estaba ya irremediablemente lastimada, perdida la frescura y los matices que la hacían tan especial para mí.
Volviendo a la interpretación del pasado sábado, a pesar de la polémica absurda sobre la “apropiación” y “desgitanización” del tema, los mismísimos Chunguitos dieron su aprobación a Rosalía a través de su cuenta de Twitter: “Una gran sorpresa estar viendo los #Goya2019 en #Tve y ver a esta gran Artistaza @rosaliavt cantando nuestro tema #Mequedocontigo. No hay mejor manera de hacerlo tan bonito!!, a partir de ahora nos quedamos tambien contigo Rosalía!! Ganas de cantarla juntos Rosalia & Chunguitos”. Ahí lanzaron el guante, más o menos recogido por Rosalía, para actuar con la artista de la que todo el mundo habla.
No es mi grupo, no es precisamente mi estilo de música pero Los Chunguitos y “Me quedo contigo” forman parte de la historia de mi barrio y de mi historia personal.

La poesía que surge de “El silencio de las nubes” de Zahra Hasnaui


Texto publicado en Literafricas, 15 octubre, 2018
Zahra Hasnaui es heredera de la rica tradición oral de los hombres y mujeres saharauis, que se pierde en la noche de los tiempos. Es integrante de la Generación de la Amistad, el grupo de escritores saharauis que crean en español, segunda lengua de los saharauis. Es el idioma elegido por ellos como herramienta de creación, porque como dicen “piensan, hablan, sienten, sueñan y escriben sus poemas” también en el idioma de la metrópoli, el único legado que dejó España tras cien años de colonización, vehículo de relación con los pueblos de España y Latinoamérica con quienes tienen un pasado común.
A Zahra, filóloga y profesora, las circunstancias, en forma de invasión marroquí del Sahara Occidental, la convirtieron en locutora de radio, activista y escritora. Los saharauis respiran poesía desde que nacen pero de alguna manera la lucha contra la ocupación ha llevado a estos escritores a dar a conocer su causa a través de la cultura. Porque, como dice el poeta saharaui Ebnu, los saharauis no pueden escribir sobre flores, amor o belleza mientras su pueblo resista en unos campos de refugiados, en territorio ocupado, o disperso por todo el mundo.
A Zahra por supuesto hay que leerla. Pero no conoceremos toda su dimensión hasta que la escuchemos recitar sus poemas. Su tono, su forma de hablar, sus silencios (cómo maneja los silencios), su mirada o su forma de colocarse la melhfa (el etéreo manto de color que visten las mujeres saharauis), todo ello es poesía. Zahra, la flor, es poesía en movimiento. He tenido la suerte de acompañarla y disfrutarla en diferentes actividades y recitales, donde ha abanderado desde el frente cultural la justa lucha de su gente.
Desde la constitución de Generación de la Amistad Saharaui en 2005, Zahra ha participado en una veintena de antologías de poesía y narrativa saharaui en español, editadas en España, Francia, Inglaterra, Argentina, Uruguay o Venezuela, entre otros países. Zahra une a su condición de escritora la de ser mujer, inmigrante y refugiada. En un panorama literario como el español se hace especialmente complicado publicar. Pero al fin este año 2018 el primer poemario de Zahra Hasnaui en solitario ha visto la luz. El silencio de las nubes ha pasado a formar parte del catálogo de la editorial sevillana Extravertida Editorial.
Sobre su primer poemario Zahra afirma que no ha sentido “ningún pudor en reflejar en el libro el sentir saharaui”. El título tiene relación con el nombre que reciben los saharauis “Hijos de la nube”, los nómadas que siempre iban tras la lluvia, fuente de pastos y vida. “Cuando yo era pequeña, en el Sahara, mi abuela me obligaba a salir a la badia, al desierto, pero yo no sabía apreciarlo, me parecía muy aburrido. Ahora añoro el desierto con desesperación”, recuerda Zahra. Por culpa de la ocupación los saharauis no pueden circular libremente por el desierto. “Aquella vida ha desaparecido y las nubes se han quedado en silencio”.
Algunos de los poemas de El silencio de las nubes son “Lento pero viene”, dedicado a la esperanza del día de regreso a la tierra; “Saharauia”, sobre las mujeres saharauis que de la nada levantaron los campamentos de refugiados saharauis; o “Voces”, que habla de los saharauis que resisten desde hace más de cuarenta años en los territorios ocupados.
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“Atardecer en Waterloo”, un libro de Iñaki García y Manuel Recio. Algunas canciones. (II)


“Atardecer en Waterloo” es un libro inmenso en el que se detalla la carrera de más de treinta años de un grupo prolífico y complejo. La carrera de The Kinks siempre estuvo repleta de decisiones equivocadas, problemas y altibajos, porque “con los Kinks la situación siempre era susceptible de agravarse”. Pero si algo les salvó fueron ese buen puñado de canciones, verdaderos diamantes desperdigados a lo largo de toda su extensa carrera. Me apetece repasar mis preferidas, algunas descubiertas gracias a este magnífico libro.
Sus primeros discos se inscribieron en los ritmos que triunfaban entonces, beat rock, aunque ya dejaban caer destellos de su sonido propio y genial, como “You really got me” de 1964, una canción que se considera un antecedente del hard rock gracias a su inmortal riff de guitarra distorsionada, conseguido por Dave trasteando con alfileres y hojas de afeitar en su ampli “little green” Elpico. Gracias al libro de Manuel e Iñaqui he descubierto que los primeros en introducir elementos hindúes en una canción pop fueron The Kinks en “See My Friends” (1965), lanzada unos meses antes que el “Norwegian Wood” de los Beatles. Según ha contado Ray en ocasiones, la compuso durante una gira del grupo en Asia, al escuchar cantar a unos pescadores en Bombay.
Ray desde joven sentía que “era más viejo y más inteligente que el resto. Buscaba inspiración en la gente mayor que me rodeaba”. Esa forma de enfrentarse a la vida la plasmó en varias canciones, una de las más destacadas es “Where have all the good times gone”, editada en 1965 en el álbum The Kink Kontroversy. En palabras de Ray, se trata de una “crítica al hedonismo de la época, cuando la generación joven lo había tenido mucho más fácil que la de sus padres”. Escribió la canción “para la que yo llamo la gran generación, la generación de mis padres, que vivieron guerras mundiales y recesiones”. Esa generación que no estaba de moda homenajear en el despreocupado Londres de la segunda mitad de los 60. “Cuando los Kinks tuvieron éxito, estábamos en la época del Technicolor y el Swinging London pero nuestro hogar era aún un documental en blanco y negro”.
Otra preciosa canción de su etapa en Pye Records es “Sunny Afternoon”, (1966) canción del disco, Face to Face”, un tema donde se empiezan a introducir los toques de music hall que tanto aparecerán en posteriores obras de Ray. Fue publicada en el caluroso verano de 1966, cuando la selección de Inglaterra consiguió su primer y único Mundial de Fútbol. Su maravillosa cara B es “I’m not like everybody else”, compuesta en un principio para The Animals. Una canción escrita por Ray pero donde la voz principal corre a cargo de Dave, quien contribuyó con su interpretación a crear una “pieza llena de furia y autoafirmación”. En palabras de Ray este tema resume de alguna forma la esencia de los Kinks, “todo el mundo esperaba que hiciéramos cosas maravillosas y de alguna manera lo echábamos todo a perder”. Dave también opina que “es muy Kinks, porque los Kinks no son como ninguna otra banda”. Ese deseo de mantener su esencia y hacer en cada momento lo que le dio la gana, a pesar de fama, problemas, peleas o dinero es algo que define a Ray por encima de todo, “haber sido escolarizado a mediados de los 50 de algún modo implantó en mí ese sentimiento de luchar por mantener mi propia personalidad”.
“Dead end street” es una de mis canciones preferidas de los Kinks. Compuesta en 1966, no apareció en ningún álbum oficial pero es una canción que tiene mucha historia. También está influenciada por el music hall británico, la música que sonaba en las fiestas nocturnas que se celebraban en la casa familiar y que tanto calaron en los hermanos desde niños. En un momento chispeante en el que triunfaba el Swinging London, Ray escribió una canción que expone de manera cruda la pobreza y miseria en que vivía la clase obrera todavía en aquellos días. La banda grabó un videoclip, adelantándose a su época, algo en lo que sin duda tuvieron que ver los estudios de arte de Ray. Rodado en blanco y negro, muestra a los Kinks vestidos como trabajadores de pompas fúnebres y portando un ataúd. Sin embargo, la BBC rechazó el video al considerarlo “de mal gusto”. Little Green Street, la callejuela situada en el norte de Londres donde se grabó, estuvo a punto de ser derribada en 2007. Por suerte se pudo parar gracias a un grupo de fans de la banda y a la implicación del propio Dave. Esta canción fue la primera que produjo Ray, aunque aún aparezca Shel Talmy como productor, y coincidió con un tiempo en que el bajista, Pete Quaife, abandonaba temporalmente el grupo por un accidente de tráfico.
“Death of a clown”, de 1967, fue una de las más exitosas canciones de Dave, y de la banda. La idea surgió frente al piano de la vieja casa familiar, que tanto tuvo que ver en los inicios musicales de los dos hermanos. La canción reflexiona sobre el bajón que llega tras los excesos, “Yo me iba de fiesta, Ray escribía sobre ello”, diría Dave en una ocasión. Tras tres años de juergas, sexo, drogas y borracheras el joven Dave se paraba a reflexionar y lo que veía no le gustaba en absoluto. “Todos esperaban que fuera el alma de la fiesta, en los pubs, los clubes, o donde fuera. Estaba deprimido. Desencantado. Me molestaba que la gente se aprovechara constantemente de mí, de mi generosidad, de mi manera de ser, esperando que actuara y fuera de una manera determinada. Sin tener en cuenta mis verdaderos sentimientos”. Y así surgió la canción, “Me sentía como un payaso sin sonrisa, con la cara pintada, dispuesto para su actuación pero triste por dentro”. El piano desafinado del inicio, ideado por Ray al tocar una melodía con una púa sobre las teclas, doblarla y meterle eco, es una muestra de la experimentación, a partir de elementos en apariencia sencillos, de la que tanto gustaba el grupo.
Si por algo se caracteriza Ray Davies es por ser autor de melodías bellísimas y letras con un lirismo muy especial. En realidad, el músico nunca fue en su vida personal muy bueno “en las cuestiones emocionales, las proyectaba mejor en los personajes de las canciones”, reflexionaba Dave. Un ejemplo es su canción de 1967 “Waterloo Sunset”, con una letra que, en palabras de su autor, fue pulida hasta ser “una perla redondeada por el mar en una perfecta suavidad”. En su momento supuso un éxito para los Kinks pero con los años la canción se ha situado en el verdadero lugar que le corresponde como la obra maestra que es. Esta composición “sobre la soledad y el desapego, sobre no querer formar parte del mundo”, es la canción pop perfecta y con el tiempo se ha considerado como un auténtico himno a Londres, el mejor homenaje del músico a su ciudad. Ray actúa una vez más como un “observador preciso, con una mirada romántica que convertía lo cotidiano en poesía”. La canción narra la historia de una pareja con el escenario del río Támesis y el puente de Waterloo. Según explican Manuel e Iñaqui en el libro, la imagen le llegó a Ray cuando a los trece años estaba ingresado en el hospital donde le practicaron una traqueotomía. Desde su habitación veía la escena que describe en la canción. Se ha hablado sobre que los protagonistas pudieran ser los actores Julie Christie y Terence Stamp, aunque Ray ha explicado en alguna ocasión que se trataba de una “fantasía” sobre sus hermanas. Las armonías vocales, en las que una vez más interviene Rasa, junto con la maravillosa guitarra de Dave completan la atmósfera tan especial y evocadora del tema. Descrita como “la canción más bella en inglés” o “la canción más hermosa de la era del rock and roll”, fue interpretada en vivo por Ray Davies en la ceremonia de clausura de los Juegos Olímpicos Londres 2012, un momento que supuso para mí la recuperación de la música rock, pasión que tenía un poco olvidada en aquel momento por diferentes circunstancias.
“Days”, aparecida en 1968, es otra de las obras maestras de Ray, una canción que ha ido teniendo más éxito con el paso de los años. Durante su grabación tuvo lugar una enésima pelea entre Ray y el bajista Pete Quaife. La relación entre ambos, amigos desde la escuela, siempre fue bastante explosiva. Al igual que la de Dave con Mick Avory, batería que estuvo en la banda entre 1964 y 1984. Los dos llegaron incluso a las manos en actuaciones, siendo su pelea más sonada cuando el batería abrió la cabeza de Dave con el pie del charles, necesitando el guitarrista dieciséis puntos de sutura. Como curiosidad, en 2010 durante el Festival de Glastonbury, Ray dedicó a su amigo Pete, que acababa de fallecer, la canción de la gran bronca, la preciosa “Days”. Para mí es también muy preferida la versión de la tristemente desaparecida Kirsty MacColl, con la que alcanzó un gran éxito en 1989.
A finales de 1968 llegó el que es uno de los estandartes de la banda pero que en su momento fue un fracaso, el disco “The Village Green Preservation Society”. Convertido en el defensor de las tradiciones y la vida bucólica, un Ray “solo contra el mundo”, contraataca con vuelta a las raíces. En pleno verano del amor y del comienzo de la psicodelia, cuando aún no se les permitía tocar en EEUU, Ray miraba hacia las tradiciones inglesas, algunas en peligro de extinción. Durante la grabación de “The Village Green Preservation Society” por primera vez toda la banda participa en la grabación del disco. El maniático (por decirlo suavemente) Ray se relajaba y permitía a sus compañeros hacer aportaciones. Las sesiones desprendieron una química inusual en la banda. Es la obra conceptual que tanto ansiaba Ray, definida como un disco de “paisajes emocionales que van más allá de puntos geográficos concretos, época o moda”. Tiene partes psicodélicas, en especial por el uso del melotron. En este disco Pete realizó magníficas aportaciones con el bajo. Lo más revolucionario está en las letras, en las que hay influencia de George Orwell.
El disco contiene canciones maravillosas como la que da título al álbum o la delicada “Village Green” con una profusa instrumentación orquestal de oboe, chelo, viola y flautín. Pero la que es para mí la joya de la corona es la poderosa y metafísica “Big sky”. Se ha dicho que es una metáfora sobre Dios, aunque Ray nunca ha querido aclarar el significado de la canción. En alguna ocasión ha admitido que tal vez él no era el más indicado para cantarla y que, para las partes habladas habría querido contar con Burt Lancaster. Como curiosidad, Fran G. Matute me descubrió que el escritor Rodrigo Fresán dedica una buena parte de su novela “La parte inventada” a “Big Sky”.
Uno de sus indiscutibles éxitos, una de esas canciones cuyo estribillo conoce todo el mundo, un arma indiscutible ganarse en los directos la complicidad del público es su canción de 1970 “Lola”. Perteneciente al disco “Lola versus Powerman and the Moneygoround, Part One”, le rodean diferentes anécdotas, como que está inspirada en la historia del, digamos, coqueteo entre uno de los managers de la banda y un travesti, o el cambio que tuvo que hacer Ray en la letra, con viaje transoceánico incluido, para cambiar la alusión a la “Coca Cola” en el single por “cherry cola”. Para entonces estaban inmersos, por fin, en una gira por EEUU, y les llegó el éxito repentino gracias a una canción que se adelantó al glam. Se dice también que este tema les ganó una troupe de seguidores compuesta por travestis y drag queens.
“Lola versus Powerman and the Moneygoround, Part One” es un gran disco, rockero, poderoso y divertido. Destaca también “Powerman”, una potente canción que empieza con un sitar, en la que Ray hace una estupenda interpretación vocal y Dave se luce una vez más con la guitarra. Qué gran guitarrista es Dave. Precisamente una de las canciones compuestas por él en este disco, “Strangers”, es otra de mis joyas. Según confesó Dave está dedicada a un amigo de la escuela, muerto por sobredosis. Nunca salió como single pero es una canción muy estimada por los fans de la banda. O “This Time Tomorrow”, otra de esas delicadas piezas de joyería que Ray ensambla como un orfebre. El sonido de avión da paso a la slide guitar y el banjo, que anteceden la melancólica voz de Ray, que va subiendo hasta llegar el estribillo con precisos toques de piano a cargo de John Gosling, en lo que fue uno de sus primeros trabajos con la banda. Bella hasta doler, una canción que habla del sentimiento de pérdida, de la desconexión con los suyos.
En 1971 salió su primer disco con RCA. Para su debut con una multinacional de EEUU hicieron un disco sobre la vida cotidiana de la clase obrera del norte de Londres, donde estaban sus orígenes y zona que se estaba demoliendo en aquella época. “Muswell Hillbillies” es el nombre del disco y del barrio del norte de Londres donde Ray y Dave se criaron. A pesar de su temática “inglesa”, el disco tiene raíces musicales blues y country. “20th Century Man” es una brillante canción aparecida en el disco, con un gran trabajo vocal de Ray y unos deliciosos toques de slide guitar a cargo de Dave. Una maravilla de canción y de letra, donde Ray se queja amargamente del mundo moderno, una auténtica pesadilla. “I'm a twentieth century man but I don't want to be here”.
Del disco de 1972, “Everybody's in Show-Biz” es la magnífica “Celluloid Heroes”. Una absoluta preciosidad, una de esas canciones melancólicas y delicadas que tan bien se le dan a Ray Davies. La compuso en un tiempo muy convulso para él (cuando no), cumpliendo esa máxima de combatir la incertidumbre y la tormenta creando belleza. Por entonces su matrimonio con Rasa se desmoronaba, entre otras cosas por las prolongadas estancias del grupo en EEUU. En Los Angeles Ray conoció a una bailarina de striptease con la que se enrolló. Solían pasear por Hollywood Boulevard y la reflexión sobre los nombres que aparecían en las estrellas, el éxito, el fracaso, el olvido, inspiró a Ray esta canción, que como solía ocurrirles, no tuvo buenas ventas ni repercusión en su momento, pero se revalorizó con el tiempo. Hay que destacar la magnífica versión de este tema que aparece en su disco en directo de 1980 “One for the Road”, con una larga introducción instrumental.
Acabo esta selección personal con “Come dancing” (1982), una canción del disco “State of Confusion” que está inspirada en una de las hermanas de Ray y Dave, Rene, que murió de un ataque al corazón mientras bailaba en uno de aquellos ballroom o “salones de baile” tan típicos en los cincuenta y sesenta, donde la juventud inglesa iba a bailar. Fue el único éxito de los Kinks que por edad conocí en el momento de salir editado y recuerdo haber visto alguna actuación suya tocando esta canción en alguno de los estupendos programas musicales que disfrutábamos en los 80 en Televisión Española. Imagino que fue en la época de la gira del 86, que les trajo a varias ciudades españolas. La canción supuso un gran éxito para la banda, a lo que ayudó el video de Julian Temple, un realizador que trabajaría con los Kinks en más ocasiones. La historia que aparece en el video se articula a partir de la letra de la canción. En el video de Temple un trajeado Ray interpreta a un tipo de los bajos fondos, lo que en jerga se conoce como “spiv”, según los Davies inspirado en su tío Frank. Un niño, que representaría al pequeño Ray observa desde las escaleras de la casa familiar cómo el tipo espera en la entrada a la hermana mientras ella se arregla y también les ve bailar escondido entre bambalinas. Por su parte, los miembros de The Kinks interpretan a la banda que toca en el salón de baile. Temple fue también autor de los documentales “Imaginary Man” sobre Ray Davies y “Kinkdom Come” sobre Dave.
Faltan muchas, “All day and all of the night”, “Tired of waiting”, “Victoria”, “Arthur”, “Autum almanac”, canción con la que muchos chicos hicieron sus pinitos con la guitarra, o “Father Christmas”, descubierta las pasadas navidades.
Y esto es lo que ha dado de sí mi grata lectura de “Atardecer en Waterloo”, una biografía tan completa y tan bien escrita que me ha hecho pasar de seguidora del grupo a auténtica Kinki. Sigamos disfrutando.

“Atardecer en Waterloo”, un libro de Iñaki García y Manuel Recio. Kinkeando (I)


“The Kinks: Costumbrismo británico con orgullo de clase” (Onoffree)
Durante varias semanas he tenido el placer de devorar “Atardecer en Waterloo” la biografía sobre The Kinks escrita por Iñaki García y Manuel Recio y publicada por la Editorial Silex. Gracias al titánico esfuerzo de los autores por levantar esta obra enorme y definitiva sobre la banda de los hermanos Davies he cantado, he reído y he llorado siguiendo sus peripecias.
Dos hermanos inquietantes. Los pequeños de la casa, nacidos tras varias hermanas que les llevaban bastantes años. Ray se sentía “viejo” siendo aún un veinteañero y tenía una capacidad increíble para escribir canciones que eran pura poesía. Dominaba la melodía como tal vez ningún otro músico inglés de la época. Dave, tres años menor, bebedor y juerguista, era un gamberro redomado a la altura de Keith Moon o Brian Jones. Tenía un gran talento con la guitarra y fue capaz de componer algunas joyas a pesar de competir con un músico de la talla de su hermano. Se adelantó al hard rock con algunos de sus solos de guitarra en los sesenta. Los dos hermanos se odiaron con saña, no se ayudaron ni tuvieron piedad en sus críticas hacia el otro. The Kinks siempre reivindicaron el orgullo de clase. A la más británica de las bandas de la “invasión inglesa” sus compatriotas también le dieron la espalda en ocasiones por considerarles demasiado americanos. Una pura contradicción. Salvajes, sus discusiones en los estudios e incluso en conciertos, con insultos y puñetazos incluidos, forman parte de lo más bestia del anecdotario rock. Capaces de lo peor y lo mejor, se hundieron y resucitaron varias veces. Cambiaron de formación en demasiadas ocasiones. Apenas conocieron la placidez o la estabilidad. Por todo ello y por mucho más, la carrera de los Kinks es pura dinamita. La lectura de la cariñosa y extensa revisión de la banda realizada por Manuel e Iñaki me han llevado como lectora a vivir un auténtico síndrome de Stendhal o un “kinkope”, como me dicen en redes sociales.
The Kinks siempre estuvieron a la sombra de los Beatles, los Rolling o los Who, sin embargo en los últimos años se ha empezado a reconocer la verdadera dimensión de la banda. A esa “revisitación Kinki” contribuye “Atardecer en Waterloo”, un libro que está por encima de todo muy bien escrito. Los autores no se dejan llevar por su evidente amor por la banda y en ningún momento la ingente cantidad de datos, anécdotas, grabaciones, discos, conciertos y canciones se come la impecable narración, escrita con “mano de hierro y guante de seda”.
Nacidos en los suburbios del norte de Londres, Ray disfrutó de tres años en los que fue el auténtico príncipe de una familia obrera. Sus cinco hermanas, ya mayores, mimaron a aquel niño tan deseado. Todo se vendría abajo con la llegada del último hijo, otro varón al que llamaron Dave. Así empezó una rivalidad que forma parte de la leyenda del rock.
El paso de Ray por la escuela de arte tuvo mucha importancia en su obra posterior. “Convertir lo volátil y lo cercano en arte acabaría siendo una de las señas de identidad de Ray Davies”. En la escuela se interesó por el cine y en concreto por el realismo social y los angry young men, que triunfaban entonces en la literatura y cuyas obras fueron llevadas a la gran pantalla. Formaron parte de esa generación de jóvenes de clase trabajadora rabiosos porque el sistema no les daba ninguna oportunidad y esa conciencia de clase nunca abandonaría a la banda. En la época de la escuela de arte Ray empezó a interesarse por el blues, aunque la música siempre había estado muy presente en la casa familiar.
Aparte de las rivalidades entre hermanos y las explosivas relaciones que condicionaban la estabilidad del grupo, otro de los grandes problemas con los que tuvieron que enfrentarse los Kinks fueron los años en que no pudieron tocar en EEUU, los diferentes managers y productores que marcaron su carrera hasta que Ray se hizo con los mandos y el complejo entramado legal creado alrededor de sus canciones.
La pelea de Ray con un tipo que más tarde se supo que pertenecía al sindicato de músicos, se saldó con cuatro años sin poder tocar en EEUU. Aquella desgraciada gira de 1965 fue resumida por Ray con las siguientes palabras: “engominados conductores de limusina italianos, rabia, furia, una pistola en cada guantera, problemas con los sindicatos, demandas”. Los americanos les provocaban preguntándoles si eran chicos o chicas y pretendían sacarles de quicio llamándoles comunistas. Así se produjo el veto a los Kinks en EEUU hasta 1969, coincidiendo con la época de gran triunfo de los grupos británicos. Muchos de ellos realizaron giras tremendamente exitosas y que reportaban mucho dinero, como sucedió con los Who. Sin embargo los Kinks se perdieron las giras, el “verano del amor” y Woodstock. Un desastre que fue una mezcla de “mal management, mala suerte y mala conducta”, reflexionarían.
Aquella hecatombe a nivel comercial supuso la introspección de Ray hacia lo inglés. “La vida de barrio es y siempre será una de las mayores influencias en mis composiciones”, afirmaba. Y es que la fama y el éxito jamás borraron “su orgullo de clase obrera”. El agudo observador que siempre fue Ray introducía en sus canciones elementos de ironía y crítica social, mostrando los puntos débiles del sistema de clases inglés.
La banda, oficialmente en activo entre 1964 y 1996, pasó por diferentes etapas y formaciones, siempre liderados por el incombustible Ray Davies. Comenzaron su carrera como uno de aquellos grupos beat que protagonizaron el Swinging London y la llamada invasión británica. Sin embargo, siempre diferentes, los Kinks fueron a su aire, como un grupo con conciencia de clase, situado en los márgenes, fuera de lo que marcaba la norma. Precursores, introdujeron toques de music hall desde sus primeros discos, fueron los primeros en explorar los sonidos hindúes, los americanos les consideraban demasiado británicos pero en los 70 sacaron el disco “Muswell Hillbillies”, que reflexionaba sobre la pobreza de la clase obrera inglesa y la destrucción de los barrios del norte de Londres, con un sonido muy “americano”.
Una de las cimas de la carrera de los Kinks fue el disco conceptual “The Village Green Preservation Society” que además fue el último grabado por la formación original. Pete Quaife, compañero de escuela, abandonó The Kinks tras la grabación. Se incorporó como bajista John Dalton, cuyo carácter afable y su compromiso ayudaron a que se recuperara el espíritu de grupo. “The Village Green Preservation Society”, un álbum enorme que ha ido ganado prestigio y adeptos con el paso de los años, tuvo que competir en su salida con gigantes como el “White Album” de los Beatles o el “Beggars Banquet” de los Rolling Stones. En un momento en que estaban de moda el ácido, la psicodelia y se imponía el lema “paz y amor”, los Kinks cantaban a “la cerveza de barril, las amistades perdidas, motoristas, brujas malvadas y gatos voladores”, en palabras de Ray. Pero los Kinks tenían una ventaja sobre sus contemporáneos, ellos eran libres, “teníamos derecho a fracasar”. “Fracasamos pero intentamos algo realmente radical”, decía Ray. El disco pinchó en ventas pero recibió muy buenas críticas.
Sin menospreciar la figura de Dave, los Kinks son el gran proyecto vital y profesional de Ray Davies, alma mater del grupo. Una persona muy complicada que “Era incapaz de relajarse, su mente estaba funcionando siempre. Estaba inmerso en sus asuntos la mayor parte del tiempo. Era un solitario”. Tras pasar por las manos de varios managers, hacia mediados de los 60 Ray empezó a intervenir cada vez más en la producción de sus discos. Una muestra es la canción “Waterloo Sunset”, donde prescindió de Shel Talmy, su productor hasta esa fecha, quien no renovaría su contrato con los Kinks. A medida que fue ganando control y poder Ray se fue sintiendo cada vez más más solo. Su figura emerge en el libro como la de un hombre con carácter complicado, torturado en muchos momentos de su vida, pero que conseguía salir siempre a flote gracias a la música y a los Kinks, su proyecto personal desde su juventud. Sus canciones han sido además reflejo de muchas de las situaciones y sensaciones de más de cincuenta años de su vida.
Ray Davies hizo pasar a The Kinks a lo largo de su extensa carrera por diferentes etapas y estilos. La que confieso que me resulta más extraña es la de principios de los 70. Ray añadió una sección de viento y coristas, mientras que él empezaba a dar sus primeros pasos como showman, llevando a la banda por esa etapa conceptual durante varios discos. Realizaban actuaciones en recintos reducidos, con formato de teatro musical y utilizaban disfraces. El grupo se había ampliado pero los otros Kinks no estaban muy contentos con estos cambios. Los hermanos Davies pasaban en aquella época por malos momentos personales. Dave tocó fondo, empezó a escuchar voces y a padecer graves desórdenes psíquicos. La primera esposa de Ray, Rasa, le abandonó por entonces llevándose a sus dos hijas. Ray cayó en el alcohol y en una grave depresión. Sus canciones describían su vida y al mismo tiempo “erosionaban su alma”, como “Acute schizophrenia paranoia blues”. La respuesta a tantos vaivenes fue seguir haciendo música, “Cuando siente que el mundo se desmorona sube el volumen de su equipo de música al máximo”. Aquella etapa sí pasó factura a su popularidad, con discos y actuaciones que no eran del gusto de los miembros del grupo y que tampoco fueron entendidos por la mayoría del público. La vuelta a los sonidos rockeros fue recompensada con mayores éxitos.
Durante su dilatada carrera The Kinks recalaron en diferentes discográficas de los dos lados del charco con desigual fortuna. Debutaron en la inglesa Pye Records, donde estuvieron entre 1964 y 1970 y en la que editaron discos enormes como el conceptual “The Kinks Are the Village Green Preservation Society”, aunque en aquella discográfica siempre les consideraron como “un grupo de singles”. Entre 1971 y 1976 fueron artistas de la estadounidense RCA, donde pasaron la etapa conceptual. En 1977 fichan por Arista y regresan al rock, publicando en 1983 “State of Confusion”, con la que consiguieron el que tal vez fue su último gran éxito, la deliciosa “Come Dancing”. Abandonaron la compañía en 1984 y entre 1986 y 1989 editaron un par de discos con MCA Records. “Phobia”, publicado en 1993 con Columbia, fue su último álbum de estudio. Tres años después, en 1996, la banda se separaba.
La vida personal de los Davies también ocupa su espacio en “Atardecer en Waterloo”. Sin caer en ningún momento en chismes, Manuel e Iñaki incorporan detalles de la vida privada de los hermanos, profundamente marcados desde su infancia por las mujeres. Primero por su madre, una de aquellas heroínas de posguerra que tuvo que sacar adelante a una enorme familia, y por sus hermanas mayores, siempre presentes en la vida de ambos. Ray se casó muy joven y su primera mujer, Rasa, hizo los coros de los grandes éxitos de la banda en los sesenta (escuchad por ejemplo la preciosa segunda voz de “Death of a clown”). A Rasa le dedicó la canción “Sweet Lady Genevieve” del disco conceptual “Preservation Act 1”, en lo que se dice que fue un intento de reconciliarse con ella. La relación más mediática de Ray fue la que mantuvo con Chrissie Hynde, líder de los Pretenders y fan de los Kinks desde su juventud. Para la historia quedaron sus airadas peleas y las dos versiones de los Kinks que grabaron Pretenders, “Stop Your Sobbing” y “I go to sleep”. Dave se vio marcado por el hecho de haber dejado embarazada en el colegio a su novia adolescente, Sue. Las familias los separaron y no le contaron que era padre de una niña. No se reencontraría con ambas hasta décadas después. Aquella historia tuvo un fuerte impacto en Dave, inspirando varias canciones como “Funny Face” o “Suzannah's Still Alive”.
Este libro enorme finaliza con un exhaustivo trabajo sobre las visitas a España de los Kinks y de Ray en solitario. Desde los primeros y lejanos conciertos en la sala Yulia de Madrid en julio de 1966, para los que los autores han conseguido interesantes testimonios y gran cantidad de fotos, algunas inéditas, hasta la exitosa gira por España y Portugal de 1986. En aquella visita tocaron gratis en el Rockódromo de Madrid, y pasaron por Cascaes, Sevilla, Barcelona, Gijón y San Sebastián. Ray ha vuelto en ocasiones en solitario a nuestro país, la última en San Sebastián en julio de 2014. “Atardecer en Waterloo” finaliza con la discografía completa del grupo comentada por el periodista musical Luis Lapuente, experto en The Kinks.
Por suerte los Kinks siguen en el candelero. En 2018, mi año de lectura de “Atardecer en Waterloo”, su maravilloso álbum “The “Village Green Preservation Society” ha cumplido 50 años y se ha celebrado con una edición especial con entrevistas, remasterizaciones, mezclas alternativas y un libro, además de publicar una canción inédita, “Time Song”. A esto se unen rumores de la vuelta a los escenarios de los hermanos Davies. ¿Tendré aún oportunidad de ver en directo a los fabulosos Kinks?



“Psicodelia en la cultura visual de la era beat 1962-1972” de Zdenek Primus. Colorida explosión lisérgica en el Círculo de Bellas Artes de Madrid


“El arte en cualquier circunstancia y ante las dificultades es capaz de encontrar siempre su camino para ver la luz y presentarse al mundo”. Zdenek Primus
Debo reconocer que lo primero que pensé la otra tarde al visitar en el Círculo de Bellas Artes la exposición “Psicodelia en la cultura visual de la era beat 1962-1972” fue que me suspenderían la cuenta de Facebook si subía a las redes algunos de los carteles que aparecían en la exposición. Casi sesenta años después no sólo apenas hemos avanzado sino que hemos retrocedido en muchos aspectos.
La muestra, que se puede visitar hasta el 20 de enero en la Sala Picasso del Círculo de Bellas Artes, recoge una importante colección comisariada por Zdenek Primus, coleccionista checo e historiador del arte. La exposición está compuesta fundamentalmente por carteles, pero también hay discos, revistas, libros y folletos y es obligatoria para cualquier amante del rock, teniendo en cuenta además que la música funcionó como un “elemento clave de formación vital, sentimental e incluso ideológica” para la juventud de aquella época, como reza la información sobre la exposición. En ella aparece también una extensa muestra de material de la Checoslovaquia de la época, marcada por la frustrada Primavera de Praga y a donde también llegaban los ecos de lo que estaba sucediendo en el universo del rock y la psicodelia.
Presentada en 2005 con el título “The Pope Smoked Dope” en la Galería Ciudad de Praga, nada más acceder a la exposición nos encontramos con una pared pintada en un intenso color verde botella, completamente forrada de cartelería. Algunos carteles son en blanco y negro pero la mayoría destaca por sus colores brillantes, en los que la grafía tiene gran protagonismo. Observo imágenes art decó incorporadas en algunos posters; juegos visuales de “op art”; desnudos femeninos sobre los que se proyectan palabras y consignas; me gustan especialmente los carteles donde se combina el fucsia con el naranja y un tercer color, que puede ser morado, azul o amarillo. Ojos, flores, arcoíris, cuerpos femeninos, collages, incluso juegos y portadas troqueladas. En muchos carteles predomina la grafía, jugando con letras rectangulares estiradas, retorcidas o encogidas pintadas de brillantes colores.
Me emociona encontrarme con la icónica imagen del perfil de Bob Dylan con un revuelto pelo de colores, poster realizado por el diseñador gráfico Milton Glaser en 1966; o el famoso poster “War is over! (If yoy want it)”, el conocido deseo de paz y amor de John y Yoko, situado al lado de la icónica imagen de Ché Guevara tomada por Alberto Díaz “Korda”. También revisamos los carteles de dos míticos acontecimientos de la época, el festival de la Isla de Wight en su edición de 1970, donde actuaron The Who, Ten Years After, Joni Mitchell, Miles Davis o Leonard Cohen, entre otros y el cartel rojo de Woodstock (3 Days of Peace & Music) en agosto de 1969, con la icónica imagen de la paloma posada en el mástil de una guitarra. Encontramos varias fotos de Frank Zappa, en uno de los posters el músico aparece sentado en un wáter; hay magníficos dibujos dedicados a Marc Bolan y T. Rex o un bonito poster con un retrato en negro, rojo y blanco del cantante Alexis Korner, uno de los pioneros del rhythm and blues británico.
Una parte importante de la exposición está dedicado a una amplia muestra de carteles de San Francisco, de “una sencilla pureza gráfica” y una “explosión incontrolada de formas y colores”, como se recoge en la información del Círculo de Bellas Artes.  Entre 1966 y 1968 floreció en la ciudad una tendencia visual que dio como resultado el cartelismo psicodélico, liderado por cinco artistas, conocidos como los “Big Five”: Wes Wilson, Rick Griffin, Alton Kelley, Stanley Muse y Victor Moscoso. Este grupo de artistas, conocidos como los “posters guys”, formaron parte de Family Dog, la compañía creada por el promotor musical y figura de la contracultura Chet Helms para promover conciertos de música rock, y cuyos posters promocionales les eran encargados habitualmente.
En la exposición del Círculo de Bellas Artes se recogen unas trescientas portadas de discos. Si bien en los primeros años solían resolverse con una foto del grupo en cuestión, a mediados de los sesenta se empezó a utilizar el diseño gráfico para muchas portadas, convirtiéndose en un elemento más, en ocasiones realmente destacado, de la propia obra musical. La exposición nos ofrece el lujo de revisitar portadas como la inmortal “In the Court of the Crimson King” del disco de 1969 de King Crimson, la única creación gráfica de Barry Godbe, artista y programador gráfico que murió con 24 años, poco después de editarse el disco; la pintura original es propiedad de Robert Fripp. Pero hay mucho más, en la muestra encontramos portadas psicodélicas de Pink Floyd, aún con Syd Barret; el “Flowers” de los Rolling Stones, álbum recopilatorio lanzado en EEUU en 1967; Cream y su “Disraeli Gears”, segundo disco de la banda editado en 1967; el “Surrealistic Pillow”, segundo álbum de Jefferson Airplane, publicado en 1967; “At home”, publicado en 1969 por la banda de la maravillosa Mariska Veres, Shocking Blue. Hay muchas más portadas, como la de “Layla” de Derek and the Dominos; la del único disco de aquel supergrupo que fue Blind Faith; de Led Zeppelin; diferentes portadas de The Beatles; “The Kink Kontroversy”, “Sunny Afternoon” y “Kinda Kinks”, todos ellos magníficos discos de la primera etapa de The Kinks, además portadas de álbumes de The Who, The Yardbirds, Crosby, Stills & Nash, The Doors, Jimi Hendrix o los 13th Floor Elevators, entre muchos otros.
Otro elemento significativo de la exposición son las revistas musicales. Es el caso de la Musik Express, con portada dedicada al Concierto por Bangladesh de George Harrison. O diferentes ejemplares del New Musical Express, longevo semanario musical británico que empezó a editarse en 1952, con portadas dedicadas al “I’m a boy” de The Who, “Lady Madonna” y “The Inner Light” de The Beatles o al “Dead End Street” de The Kinks. Muchas de estas portadas del conocido semanario están realizadas en blanco y negro con tipografías características de la época.
La colección de Zdenek Primus también incluye libros. Muy completa es la vitrina dedicada a los Beatles, con el libro escrito por John Lennon en 1965 “A Spaniard in the Works”, lleno de historias y dibujos hechos por el desaparecido beatle, un libro dedicado al Yellow Submarine, libros con las letras de las canciones de la banda editados en varios países… una completa maravilla que nos pone los dientes muy largos. Y de The Beatles también hay posters de diferentes países y portadas dedicadas a los “cuatro fabulosos” en las revistas Bravo y Life.
Apenas hay material en español, salvo discos de Los Brincos y Los Bravos, quienes consiguieron enorme éxito internacional gracias al pelotazo que dieron con “Black is black”. No era la España franquista el mejor lugar para la música rock, la psicodelia y la revolución juvenil. Sólo hay que recordar el bochorno que rodeó a los conciertos que ofrecieron The Beatles en Madrid y Barcelona.
La colección de Zdenek Primus conforma una colorida explosión lisérgica que hará las delicias de los amantes de la cultura rock.








“Juliet, desnuda”, una deliciosa comedia con el inconfundible sello de Nick Hornby


Nick Hornby es uno de esos autores que sabes que nunca te va a defraudar. A sus capacidades narrativas se le une su pasmosa facilidad para incluir música maravillosa en sus historias, una combinación para mí irresistible. Leí hace varios años “Alta fidelidad” en una de las colecciones de novela del periódico El Mundo. Probablemente es su obra más conocida, pero Hornby es además autor de novelas como “Fiebre en las gradas”, “En picado”, “Todo por una chica” o “Funny girl”. Hornby siempre ha tenido una estrecha y fructífera relación con el cine. Conocida es la adaptación para la gran pantalla de “Alta fidelidad”, dirigida en 2000 por Stephen Frears y protagonizada por el magnífico John Cusack. La historia del confuso y perdido dueño de una poco exitosa tienda de discos que sufre una dolorosa ruptura sentimental y que todo lo explica a través de listas supuso un gran éxito y proyección para un autor que ya contaba con muchos seguidores.
Por eso estas navidades hemos ido a ver “Juliet, desnuda” el mismo día de su estreno. Basada en la novela de Hornby del mismo título, la historia vuelve a mostrarnos unos personajes confundidos, en este caso rozando la cuarentena, esa confusa etapa en la que uno llega, sin saber cómo, a la mitad de su vida. Los cuarenta suponen un momento de mirar atrás y darse cuenta de que la cuesta abajo ha comenzado, donde entran las prisas por recuperar el tiempo perdido y por tratar de enmendar esos errores que hayamos podido cometer. Los personajes de “Juliet, desnuda” son una vez más seres llenos de imperfecciones, dudas e inmadurez, como suele ser habitual en Hornby. La historia nos muestra un curioso triángulo, con sus protagonistas instalados en esa crisis de los cuarenta, que cada uno afronta de diferente manera.
La actriz australiana Rose Byrne es Annie, la mujer de la ecuación, quien muestra una personalidad más rica y compleja. Durante la película sufre una evolución decisiva. Comenzamos conociendo a una Annie juiciosa y formal, siempre pendiente de los demás y de hacer lo que se espera de ella. Atrapada en una relación que ya no le aporta nada, ha renunciado a sus sueños, vivir en Londres (“la etapa más feliz de mi vida”) y tener hijos porque a su pareja no le gustan. Cuando por fin se decide a ser ella misma y empieza a conocerse, sitúa el deseo de alcanzar sus aspiraciones personales por encima de encontrar otra pareja. Hay una escena muy reveladora en la película cuando una anciana maldice el buen juicio que tuvo toda su vida, evitando meterse en problemas. Y es que en muchas ocasiones la salsa de la vida está precisamente en la falta de corrección y de contención; el drama está en darse cuenta cuando ya es demasiado tarde.
Su pareja, Duncan, está interpretado por el actor de comedia irlandés Chris O'Dowd. En su día atrajo a Annie porque le pareció un hombre original y sofisticado. Sin embargo, tras quince años de relación, el desgaste de la convivencia ha eliminado la pátina brillante. Lo que queda es un fan obsesivo de un músico a quien consagra su pasión y casi todo su tiempo libre, además de dedicarle un videoblog y haberle levantado un auténtico santuario en una habitación de su casa. Un comportamiento que Annie ha ido aceptando a base de sacrificar sus deseos e intereses. Duncan hace gala del típico egoísmo y egocentrismo que no le dejará ver, hasta que sea demasiado tarde, las cualidades que tiene su compañera.
Tucker Crowe es el misterioso músico autor de un único álbum, “Juliet”, recluido en no sé sabe dónde y sobre el que elucubran sus fans creando las más disparatadas hipótesis. Está interpretado por el conocido actor estadounidense Ethan Hawke, que define a su personaje como “el J.D. Salinger del rock independiente”. Tucker en realidad vive de prestado en casa de una de sus ex mujeres, está completamente alejado de la música y en proceso de rehabilitarse de los excesos de drogas y alcohol que le llevan a no recordar apenas su breve carrera musical. A pesar de su nada halagüeña situación, Tucker es un hombre de mediana edad que se toma la vida con calma, dedicado a ejercer por fin como padre de su hijo más pequeño, tras ser irresponsable y ausente padre de sus otros hijos, fruto de su relación con diferentes mujeres.
En la relación de Annie y Duncan revolotea constantemente la presencia/ausencia de Tucker, y ya se sabe que en una relación tres son multitud. Una maqueta inédita del artista será el desencadenante para que la relación de Annie y Duncan se resquebraje irremediablemente y para que ella entre en contacto con el esquivo músico, en un giro narrativo muy bien logrado. En ese momento comienza la relación por internet entre la mujer y el artista, tratada con encanto y bien resuelta narrativamente en la película; una relación por email que se basa en la ausencia de mentiras y en una especie de desnudo emocional por el que ambos se muestran tal y como son, con sus dudas, defectos y tropiezos, sin tratar de embellecerse ni de jugar al despiste.
Me es muy raro decirle esto a un desconocido pero tengo la impresión de que he tirado los últimos quince años de mi vida.
Dudo que esto te sirva de consuelo pero me avergüenza decir que se me han colado dos décadas entre los dedos...
Al menos tienes un pasado al que recurrir.
Narrativamente es un acierto tan bien resuelto que me mantuvo con una sonrisa de oreja a oreja.
Como amante de la música y de la creación en general, uno de los aspectos que más me han interesado de la película es su reflexión sobre las intenciones del artista y sobre a quién pertenece el arte. Así Duncan es uno de esos fans obsesivos que pretende saber más sobre sus ídolos que los propios ídolos. Duncan le rebate a Tucker opiniones sobre su vida y sus canciones, de las que se cree dueño, llegándole a decir que el arte no pertenece al artista sino al público que lo disfruta. Duncan busca diferenciarse, distinguirse y calificarse a sí mismo a través de su pasión, la poco conocida música de un artista minoritario.
“Juliet, desnuda” está dirigida por Jesse Peretz, quien fuera bajista y miembro fundador de The Lemonheads. Peretz reconoce haberse sentido cómodo dirigiendo esta historia tan musical gracias a su pasado en una banda de rock y como fan “obsesivo del punk”. El guion corre a cargo de Evgenia Peretz y Jim Taylor.
La banda sonora incluye las canciones de nuestro héroe, Tucker Crowe, interpretadas por el multifacético Ethan Hawke, que además de su exitosa trayectoria cinematográfica tiene una interesante carrera teatral, ha escrito varias novelas y ha dirigido películas y videos musicales. Diferentes letristas compusieron varios temas para Tucker, grabados con la voz de Hawke, lo que aporta emoción y autenticidad en su creación del personaje. En la banda sonora aparecen también Pretenders, Marianne Faithfull, Wilco, Robyn Hitchcock o The Easybeats, entre otros. Elijo como mi momento más especial de la película, la interpretación de Tucker al teclado de la preciosa “Waterloo Sunset” de The Kinks, una muestra más del revival que envuelve en la actualidad a la mítica banda británica.
Una película en definitiva de muy agradable visión, perfecta muestra de comedia romántica que no cae en cursiladas ni chascarrillos y nos ahora el trago de momentos intensitos. Ah, y para los rapiditos, no os levantéis en los títulos de crédito porque ahí es donde se conoce el verdadero final, también delicioso.



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