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“My Generation”. Festiva celebración de una década prodigiosa


El ya veterano festival de documentales In-Edit nos ofrece la posibilidad de ver en pantalla grande “My Generation”, hecho que coincide con la lectura de las primeras páginas del magnífico libro sobre The Kinks “Amanecer en Waterloo” (Manuel Recio e Iñaki García, editado por Silex), una de aquellas grandísimas bandas que surgieron durante la década prodigiosa que retrata el documental. Aquellos maravillosos sixties supusieron en Inglaterra una explosión de color que dinamitó década de los 50, marcada por la escasez y la posguerra.
Dirigido por David Batty y producido y narrado por el actor Michael Caine, “My Generation” realiza un amplio recorrido por la escena de la moda, fotografía, cine y música en el Londres de la década de los 60, una fascinante revolución cultural llevada a cabo por jóvenes, en muchos casos de clase trabajadora. Toda una década rebosante de optimismo, diversión, creación y de ruptura de reglas, que marcó los años de juventud de sus protagonistas, “los mejores años de nuestras vidas”, como afirma Michael Caine en un momento del documental.
Uno de los catalizadores de aquellos cambios fue la recuperación de la economía británica, tras la Segunda Guerra Mundial, que había dejado una Gran Bretaña devastada, y la dura posguerra que vivió la generación anterior a la de nuestros protagonistas. Roger Daltrey, cantante de The Who, explica que “todo era gris”, pero los jóvenes fueron los encargados de poner el color. Por primera vez el futuro iba a ser manejado por la gente joven. Se saltaban las reglas y rompían con lo establecido, se cuestionaron los valores morales de la anterior generación. La nueva generación se merendó con desparpajo a la de sus padres.
El delicioso montaje de “My Generation” muestra a un Michael Caine “saltando” entre pasado y presente con su característica picardía, al mezclar con acierto imágenes de su juventud con las actuales. Así, un joven Caine entra en un edificio y al traspasar la puerta aparece el Caine anciano o nos hace un guiño conduciendo aquel Aston Martin DB4 original de su película “Un trabajo en Italia” (1969). El actor introduce los testimonios (sólo en audio, no vemos su aspecto actual) de destacados protagonistas de aquel Swinging London, como el fotógrafo David Bailey, las diseñadoras Mary Quant (creadora de la minifalda) y Bárbara Hulanicki (artífice de la boutique BIBA), los músicos Paul McCartney y Roger Daltrey, la modelo Twiggy, el peluquero Vidal Sassoon, las cantantes Marianne Faithful y Sandie Shaw o la actriz Joan Collins. La ciudad de Londres se convierte en un personaje más del documental.
Michael Caine, que “no siempre fue Michael Caine”, nació con el nada sugerente nombre de Maurice Joseph Micklewhite. De origen humilde, su madre era limpiadora y su padre trabajaba en un puesto de pescado, era un poco mayor que aquellos jovenzuelos, nació en 1933 y como explica en la película ya había cumplido los treinta cuando todo estalló. Su origen y su marcado acento cockney, como se conoce a “los habitantes de los bajos fondos del East End” de Londres, habría sido un impedimento para dedicarse al cine. Pero en los dulces sixties todo era posible, incluso que aquel joven actor interpretara a un estirado oficial de clase alta en el filme “Zulú” (1964).
La calidad y variedad visual de “My Generation” deja apabullado al espectador. Una de las grandes bazas del documental es la ingente cantidad de material de archivo, en muchas ocasiones inédito, que han utilizado para su realización. La película tardó cinco años en terminarse, es de imaginar el arduo trabajo que se empleó en rastrear todo el material. Los números son apabullantes: “más de 1.500 horas de filmación, 500 horas de audio y decenas de miles de fotos fijas”, para lo que tuvieron que contactar con más de 500 personas y empresas.
La banda sonora juega un papel muy importante en la película, no en vano la música fue el detonante de la revolución cultural de los sesenta. Para una apasionada de aquellos ritmos, como lo soy yo, el documental supone perderse en la más surtida pastelería o en el país de las maravillas. La banda sonora es de super lujo y junta a los tres grupos más destacados de la época: The Who y My Generation (que da nombre al documental), The Rolling Stones con Satisfaction o Jumpin' Jack Flash y The Beatles, tocando en The Cavern uno de sus primeros temas Some Other Guy. También aparecen The Animals y su We Gotta Get Out Of This Place, Thunderclap Newman con Something In The Air, The Yardbirds, Jimi Hendrix, The Kinks con maravillas como Death End Street o Waterloo Sunset y Cream  entre otros, protagonistas de la llamada “invasión británica”, con la música pop británica convertida en un fenómeno de masas a nivel mundial. Las Escuelas de Arte jugaron también un papel muy importante en aquella explosión cultural. Músicos como John Lennon, Ray Davies o Pete Townshend pasaron por escuelas donde tomaron contacto con las artes gráficas y visuales.
Otro aspecto de aquel movimiento cultural fue el acceso de aquellos jóvenes a los medios de comunicación. Consiguieron protagonizar sonadas actuaciones en programas de televisión y ocupar cientos de horas de radio. En un primer momento la cadena pública BBC se resistió a dar espacio a aquellos alocados melenudos, surgiendo una serie de emisoras piratas donde se programaba con absoluto entusiasmo a las bandas jóvenes. “My Generation” se hace eco del caso de Radio Caroline, radio pirata que inició sus emisiones en marzo de 1964. Las imágenes de aquella radio pirata, montada en un barco anclado en aguas internacionales para evitar la persecución de las autoridades, remiten a la deliciosa película “Radio Encubierta” (“The Boat That Rocked” de Richard Curtis, 2009). Los disc jockeys eran a su vez pequeñas celebridades que congregaban ante sus emisiones a miles de seguidores de aquella música.
La moda también fue protagonista de la época. La década trajo la minifalda, creada por la joven diseñadora Mary Quant. Supuso un escándalo y en el documental vemos cómo los escaparates donde se exhibía aquella mínima pieza causaban gran expectación entre los transeúntes. Las chicas que mostraban las piernas eran vistas con los peores ojos entre los mayores. La revolución en el vestir trajo además los panties de colores, estampados psicodélicos, medias blancas de rejilla, zapatos con hebillas enormes, tacones imposibles, botas hasta más arriba de la rodilla, materiales nunca vistos en ropa como el plástico, atrevidos escotes, bisutería divertida y colorido maquillaje. También tuvo gran importancia en la estética de los jóvenes de los sesenta el peinado. El gran peluquero de la época fue Vidal Sasson y sus inconfundibles cortes geométricos. Considerado el padre de la peluquería moderna, su emblemático estilo fue la compañía perfecta para la moda pop. Llegaron las primeras supermodelos como la bella Jean Shrimpton, pareja y musa del fotógrafo David Bailey, y Leslie Lawson, más conocida como Twiggy, “ramita”, en alusión a su delgadez. En el documental aparecen numerosas imágenes y grabaciones a color de Twiggy, muchas de ellas inéditas, como las que recogen una visita de la modelo a EEUU, imágenes propiedad de Justin De Villeneuve, quien fuera su manager y pareja.
Aquel florecer de la moda supuso la apertura de numerosas tiendas y boutiques en Londres, como la Apple Boutique, propiedad de los Beatles, abierta en 1967 con una glamourosa fiesta en la que estuvieron presentes George Harrison y John Lennon. En una de las paredes de la tienda destacaba un enorme y colorido mural realizado por el colectivo artístico holandés The Fool, encargados también de pintar los famosos Mini de Harrison y el Rolls-Royce Phantom V de John Lennon. Otra de las tiendas más icónicas de aquella época fue la boutique BIBA, abierta en el barrio de Kensington en 1964 por la diseñadora polaca Barbara Hulanicki. El éxito de su ropa y complementos, mezcla de art-noveau y rock and roll, convirtió a BIBA en una atracción turística de la ciudad. El enorme éxito de la marca les llevó también a vender ropa para niños, libros, papelería, muebles e incluso comida. Se trataba de ropa a precios asequibles para jóvenes que arrasaban con todo lo que se vendía.
Aquella generación fue fotografiada por las mejores cámaras, destacando por encima de todos el fotógrafo David Bailey, que se convirtió en una celebridad a la altura de sus fotografiados. Todos los que fueron alguien en la década fueron inmortalizados por su cámara, las modelos, los rockeros, los actores. Suya es una inolvidable colección de retratos en blanco y negro, donde aparecen muchos de los protagonistas de “My Generation” como Michael Caine con gafas de pasta y un cigarrillo, unos trajeados Lennon y McCartney, Jagger con capucha de piel o un primer plano de The Who que estuvo varios años pegado a la pared de mi habitación durante mi adolescencia. Su figura inspiró la del protagonista de la película Blowup (1966), dirigida por Michelangelo Antonioni. Bailey, junto con otros fotógrafos como Terence Donovan y Brian Duffy, contribuyó a asentar la estética del Swinging London
Por poner algún pero a la cinta, “My Generation” adolece de ligereza y falta de análisis. Así, resulta un poco traída por los pelos la afirmación, en la que se sustenta parte del andamiaje del documental, de que aquella revolución la desencadenaron jóvenes de clase baja que se saltaron las rígidas normas que regían hasta entonces en el Reino Unido. Así, una de las protagonistas del documental es Marianne Faithfull, joven de la más alta sociedad inglesa, que fue musa de los Rolling Stones, además de cantante y actriz. Nacida en el barrio londinense de Hampstead, donde viven familias con gran poder adquisitivo y donde se concentra la mayor riqueza del país, su familia era noble, habiendo heredado ella misma el título de baronesa. Tal vez es el caso más extremo, pero es evidente que no todos los protagonistas de aquella prodigiosa explosión procedían de clase obrera.
Es cierto que antes de los sesenta las complicadas estructuras de clase eran las que marcaban hasta dónde podía llegar en la vida cada uno, la cuna era un aspecto determinante, quiénes eran los padres y dónde se había nacido. Pero surgen preguntas, ¿hasta qué punto eso se ha eliminado y ya no sucede?, ¿todo el mundo tiene hoy de verdad las mismas oportunidades?, ¿acaso no sigue siendo cierto que las únicas vías de ascenso social de los jóvenes de clase trabajadora son la música y el fútbol? Pero “My Generation” en ningún momento pretende ser un sesudo estudio, sino una obra entretenida con un brillante envoltorio. Y eso sí que lo consigue, resulta festiva, ligera y chispeante. Como lo fueron aquellos maravillosos años. O al menos lo parecieron.
Porque al final de la década el hedonismo y la alegría de vivir tomaron un giro más oscuro. Las drogas, entre otros motivos, fueron las causantes de que “el sueño acabara”. “My Generation” finaliza con la mayoría de nuestros héroes enredados en problemas derivados del consumo de sustancias, marihuana, pastillas (como las populares Purple Hearts) y LSD. El primero en visitar el calabozo por consumir fue el cantante Donovan, quien por cierto explica que George Harrison se apresuró a ofrecerle ayuda monetaria. Pronto llegaría la mediática detención de Keith Richards y Mick Jagger. Era febrero de 1967 y los Rolling celebraban una fiesta en la que también estaban, entre otros invitados, el creador de la portada del Sgt. Pepper’s Michael Cooper y George Harrison y su entonces esposa la modelo Pattie Boyd. En la casa de Richards irrumpió el polémico oficial de policía Norman Pilcher, que estaba a cargo de la Brigada Antidroga, cuyos métodos fueron muy criticados ya en la época. En la fiesta también se encontraba Marianne Faithfull, desnuda y envuelta en una piel de oso. Así la encontraron los policías y el escándalo costó a los dos Rolling un mes de cárcel. Como agradecimiento a sus fans por el apoyo que les prestaron en aquellos días, Jagger y Richards escribieron We love you, una canción que comienza con el sonido de la puerta de una celda cerrándose. Keith Richards explicó que aquello fue un “baño de realidad” con el que se dio cuenta que Londres no era la ciudad de las maravillas donde podían hacer lo que les diera la gana, tal y como habían creído.
Y llegaron las primeras bajas. Brian Jones, líder y guitarrista de los Rolling, fallecía en 1969 con 27 años, sólo una semana después de haber sido expulsado de la banda. Muchos afirman que los Rolling no volvieron a ser lo mismo sin él. Los Beatles también tuvieron sus escarceos con la droga, en el documental vemos a Paul McCartney confirmando en una entrevista que había tomado LSD “unas cuatro veces”, sufriendo a continuación la recriminación del periodista por contarlo, o a John Lennon afirmando que los cuatro “se ponían” pero él más que ninguno.
Los alegres sixties se desviaron hacia la psicodelia y los alucinógenos. Vietnam y las luchas por los derechos civiles que se disputaban en EEUU salpicaban de realidad la inocencia pop y el verano del amor. Pero esa ya es otra historia.




“Éramos unos niños”. La historia de Patti Smith y Robert Mappelthorpe narrada en primera persona


Me recuerdo a finales de los ochenta, cuando empecé a degustar música de verdad, escuchando entusiasmada el “People have the power” de Patti Smith, una canción luminosa cuyo video reproducían con insistencia en los programas musicales que nos brindaba la televisión pública de entonces. La trepidante historia vital que atesoraba Patti Smith era tremendamente atrayente, incluida su relación con un artista fascinante, el fotógrafo Robert Mappelthorpe. La desgraciada muerte por aquellos días de este último les puso a ambos aún más de actualidad.
Publicado en 2010 “Éramos unos niños”, el libro de memorias de Patti Smith sobre su relación con Mappelthorpe es un testimonio tremendamente humano sobre unos días y una escena enormemente atrayente y mítica, repleto de escenarios y personajes relevantes. Los primeros, la pareja protagonista. Patti hace gala de gran sensibilidad, emoción e inteligencia en su narración de historias, a veces cotidianas, a veces tremendas, siempre llenas de alegría de vivir y compartir. Por encima de todo es un trabajo lleno de amistad y amor, y una muestra de la “atómica agenda de teléfonos” que tuvo y tiene esta adorable mujer, poeta, pintora, hija, madre, amante, amiga, cantante, musa y creadora.
La vida de Smith y Mappelthorpe siempre estuvo unida desde que se encontraron en Nueva York cuando eran “unos niños”. Solos y sin recursos, habían huido de sus respectivas familias, Patti a causa de un embarazo no deseado tras el que había entregado en adopción a su bebé y Robert huyendo de su católico y estricto entorno. Se apoyaron, deseosos de desarrollar una carrera artística, a pesar de no contar con medios ni apoyos y sin tener del todo claro qué querían hacer.
Por encima de todo el arte siempre fue el “territorio común” de los dos, incluso haciendo arte con sus propias vidas. A través de su relación, primero sentimental y luego fraternal cuando Robert aceptó su verdadera sexualidad sin romper sus lazos con Patti, recorremos dos décadas apasionantes del arte y la música de los Estados Unidos, su epicentro, Nueva York. Las idas y venidas de los frenéticos Smith y Mappelthorpe nos llevan a escenarios míticos como el Hotel Chelsea, en cuya habitación 204 la pareja vivió un tiempo, y el no menos fantástico Max’s, el local donde gravitaba la galaxia Warhol, espejo del artista de incuestionable éxito que aspiraba a ser Mappelthorpe. Allí fueron encontrando su sitio y se relacionaron con Candy Darling, Edie Sedgwik, Tennessee Willliams. Por entonces Warhol ya estaba en retirada del local pero por allí seguían apareciendo luminarias como Lou Reed y la Velvet Underground. Mappelthorpe, ambicionando alcanzar estatus y fama como artista, fue quien arrastró a Patti a ambos templos llenos de artistas donde debían dejarse ver. El tiempo le dio la razón. Robert luchó denodadamente por alcanzar el éxito, ese futuro brillante “que tan resueltamente había buscado y tanto se había esforzado por alcanzar” y finalmente logró. Muchas estrellas de las galaxias Max’s y Hotel Chelsea tuvieron finales trágicos, “sucumbieron a las drogas y a los infortunios”. Pero Patti y Robert jugaron cartas ganadoras.
El libro está repleto de luminarias de la época, músicos, artistas, escritores, actores y mecenas con los que la pareja se relacionó. Admiradora incondicional de Jim Morrison, Brian Jones y Bob Dylan, con quien finalmente establecería una cálida relación, Patti conoció en los años del Hotel Chelsea (1969-70) a músicos como Janis Joplin, Jimi Hendrix o, Todd Rundgren. En el libro Patti habla sobre su relación sentimental con el recientemente desaparecido Sam Shephard, ya entonces un joven dramaturgo de prestigio. Escribieron juntos la obra de teatro “Cowboy Motel” en 1971 y mantuvieron su amistad toda la vida.
Como un chamarilero, Robert recorría todo tipo objetos de tiendas y rastrillos, incluso rebuscaba en la basura, para crear sus fantásticos collages y montar sus extrañas piezas de bisutería. Patti trabajaba y comenzaba a escribir sus primeros poemas, mientras animaba a Robert a probar con la fotografía. Él, siempre impaciente y deseoso de resultados rápidos, no acababa de decidirse. En aquellos años donde lo compartían todo, ambos pusieron la semilla de lo que se sería su posterior y conocida obra. Cuando Robert empieza a exponer, con éxito, sus primero collages, para Patti la experiencia de compartir su obra con otros despertó su “instinto posesivo”, “Ver a personas mirando la obra que yo había visto crear a Robert”. Si ya había soltado a Robert en el plano sexual, también empezaría a dejarlo libre en el aspecto artístico.
Robert tuvo acceso a la alta sociedad culta y artística de Nueva York, que les relacionó con Bianca Jagger, Diane de Furstenberg o Marisa Berenson. Patti no se sentía cómoda en esos ambientes pero, a pesar de todo, seguían gravitando uno en torno al otro a pesar de sus diferencias sociales. Robert fue encontrando los mecenas que le dieron acceso a aquel mundo como John McKendry, director de fotografía del Museo Metropolitano de Arte, o el millonario Sam Wagstaff, que se convertiría en su pareja y cuyo mecenazgo fue decisivo para el fotógrafo. “Se necesitaban. El mecenas para verse glorificado por la creación. El artista para crear”.
Y llegó la entrega absoluta de Robert a la fotografía. Abandonó sus collages e instalaciones, por fin la fotografía no era un medio sino un fin en sí misma. Había comenzado a trabajar con una Polaroid, con lo que desarrolló decisión y un ojo rápido. Encontró un estilo personal, completamente suyo, donde “la luz lo es todo”. Se decantó por el retrato y tomaba para modelos de sus fotos a la gente que conocía por su “compleja vida social”, desde famosos hasta “un chapero tatuado”. Desde el principio la obra de Robert fue objeto de polémica: “Su obra era buena pero peligrosa (…) Se fijaba en áreas de opinión sobre las que había poco consenso y las transformaba en arte (…) Revestía lo homosexual de grandeza, masculinidad y nobleza”. Sin embargo, como afirmó Cocteau sobre un poema de Genet, “Su obscenidad nunca es obscena”. En su obra Mappelthorpe reflejaba la dualidad de su carácter, la lucha entre el bien y el mal, una obsesión católica que le perturbaba, “El artista y puto era el buen hijo y monaguillo”. Patti intentaba calmar esa desazón, “No necesitas ser malo para ser distinto. Ya eres distinto. Los artistas son una raza aparte”.
Tras el despegue del éxito de Robert, Patti siguió siendo musa: “Contigo siempre acierto”. A Robert le interesaba “cómo hacer la fotografía”, a Patti “cómo ser la fotografía”. “El credo que establecimos como artista y modelo era simple. Confío en ti, confío en mí”, afirma Patti. Siempre se movieron entre esa dualidad entre la inspiración y el trabajo material, “Es responsabilidad del artista equilibrar la convicción la comunicación mística y el esfuerzo de la creación”. El Robert obsesionado por el éxito también se preocupaba por la obra de Patti y por su triunfo, quería que ella, que estaba empezando a componer en clave musical, “tomara un camino que me diera éxito”. Sandy Pearlman fue el primero en ver el potencial que podría desarrollar Patti al frente de una banda de rock. Mientras tanto, Patti seguía dibujando y escribiendo de manera desordenada sus versos, influida por Rimbaud y la Generación Beat. Trató a Gregory Corso, Allan Gringsberg y William S. Burroughs, “joven y viejo al mismo tiempo. En parte sheriff en parte detective”, afirma Patti sobre él. También realizaba reseñas en revistas musicales como Rolling Stone, en una época en la que “la profesión de periodista musical podía ser una ocupación noble”. Logró publicar un par de poemario y comenzó a hacer perfomances con sus poemas y un par de músicos. Uno de ellos, Lenny Kaye, se convertiría en el eterno compañero de su carrera musical. Comenzaron a actuar en cualquier local que quisiera acogerlos y en ese momento llegó su encuentro con el mítico CBGB, entonces poco más que un antro desconocido. Allí trató a Tom Verlaine y sus Television.
En la época del CBGB Patti y Lenny montaron finalmente su banda y consiguieron contrato discográfico. Su primer disco lo grabaron en el estudio de grabación de Jimi Hendrix, los Electric Lady Studios. El debut de la banda, en lo que fue “una noche iniciática” contó con la presencia de Bob Dylan, la persona que ella “había tomado como modelo”. Robert, cómo no, se encargó de realizar la mítica foto para la portada del álbum “Horses” (1975), “Cuando la miro no me veo nunca a mí. No os veo a los dos”, dice Patti. Tan sólo realizaron juntos una exposición, con dibujos de Patti y fotografías de Robert. Nunca viajaron juntos, “Jamás vimos nada aparte de Nueva York, salvo los libros”.
En 1978 Patti consigue al fin el éxito masivo como estrella del rock tras su colaboración con Bruce Springsteen en “Because the night”. Robert lo vivió complacido “lo que quería para sí, lo quería para los dos”; “Te has hecho famosa antes que yo”, le dijo. Patti abandonaría finalmente Nueva York con su pareja, el músico Fred Sonic Smith, guitarrista de MC5, fallecido en 1994.
Robert, un hermano para Patti, “es la estrella azul en la constelación de mi cosmología personal”, fallecería en 1989 de SIDA, en aquellos años en los que no había curación ni esperanza. Patti vivió muy pendiente de su ángel durante los desgarradores meses de enfermedad hasta que falleció “Mi amor por él no podía salvarle. Su amor a la vida no podía salvarlo”.
Una historia fascinante narrada en primera persona.

No me sigas, estoy perdido. Exposición ‘Autorretrato’, de Alberto García-Alix



“García-Alix estuvo en el sitio justo en el momento adecuado... por eso sus fotos no pierden verdad con los años”. Leído por ahí
¿Y cómo conocí yo las fotos (“revelador, paro, fijador”) de Alberto García-Alix, uno de mis fotógrafos favoritos, que elevo a categoría de mito por tantas cosas? Eso me preguntaba el pasado jueves 31 de julio, mientras esperábamos en una larga fila para entrar en el Círculo de Bellas Artes. Asistíamos a la inauguración de ‘Autorretrato’, una exposición dentro de la Sección Oficial PHotoEspaña 2014 de uno de los fotógrafos españoles más admirados y reconocidos.
La muestra, compuesta por 80 obras, recorre muchos de sus autorretratos, desde los de iniciación, realizados hacia mediados de los 70, hasta la época actual, junto con fotos de fragmentos de su cuerpo, paisajes, edificios, interiores y objetos, que a su manera también le retratan. Así debe ser en un autor que se ve reflejado en casi toda su obra, un enorme diario que “en conjunto forma un gran autorretrato”, como afirman en la información sobre esta reciente muestra.
La Sala Picasso del Círculo de Bellas Artes estaba llena el día de la inauguración; allí se dieron cita modernos de todo tipo, mayores, jovenzuelos con actitud, entre cervezas frías ofrecidas en enormes cubiteras y muchos móviles con los que se hacían fotos de las fotos. Ruido, comentarios, ojos muy abiertos, admiración. Y allí estaba Alberto, bajito, canoso, delgado y extratatuado; con buen aspecto. Feliz entre la gente, hablando con todo el que se le acercaba. Por supuesto yo no me atreví.
Echando la vista atrás, siempre me vienen a la memoria esas “autofotos”, de diferentes épocas, edades y circunstancias; en esas imágenes García-Alix refleja sus obsesiones, las motos, los tatuajes (“Letras en mis dedos. Tinta trepando por mi cadera”), el rock and roll, el mar, las drogas... Inconfundibles su poderosa estética y sus escenarios preferidos: las calles de ese Madrid que mata, noctámbulas, decadentes, sucias y llenas de historias, o esas habitaciones que, más que escenas, son también personajes. Siempre he estado enamorada del Alberto de sus autorretratos; aunque él mismo afirma en alguna entrevista que no son tantos, lo cierto es que hay un completo ramillete, como se puede apreciar en esta muestra retrospectiva.
Y por supuesto recuerdo aquellos retratos de la época de la movida, los músicos, la gente del cine, los que fueron famosos, o tantos personajes anónimos hoy inmortales gracias a las fotos del artista. Imágenes que mucha gente tenemos grabadas a fuego y forman parte de nuestra juventud y nuestros recuerdos. Imágenes que no he dudado en ir a ver, en ese ritual que es visitar una exposición, en cuanta oportunidad he tenido. Cuento a menudo la anécdota de que casi me pilla un coche, a pesar de lo prudente que soy yo, mientras cruzaba como una loca para subir a toda prisa en una exposición que le hicieron a Alberto también en el Círculo. Corrían los años 90 y yo entraba a trabajar por la tarde en mi apestoso trabajo de entonces. Si no me apresuraba, no me daría tiempo a disfrutarla con detenimiento, que es como hay que paladear la obra de este grande.
Creo que empecé a fijarme en las fotos de Alberto García-Alix hacia mediados de los ochenta, en las páginas de aquel suplemento que publicaba el ABC los sábados (en mis recuerdos salía los viernes pero he descubierto que erraba por un día) llamado ‘Gente y aparte’, donde muchos de los más modernos de aquel entonces plasmaron sus escritos, fotografías o dibujos, llevados de la mano de Ignacio Ruiz Quintano, Jorge Berlanga, y algunos otros. En el más conservador de los periódicos conservadores se dieron cita durante varios años personajes como El Buitre Buitáker (maravillosas viñetas de Miguel Gallardo, el de Makoki), Edi Clavo, Sabino Méndez, El Zurdo, Leopoldo María Panero, las motos Triumph (más finas que las Harley), las chupas de cuero, las calaveras, el boxeo con Poli Díaz como figura cañí, Blanca Andréu, los toros, las musas de los redactores, los bares chulos, la gente guapa, los tirados, y por supuesto, las fotos de Alberto. Yo era entonces una cría alcorconera y curiosa, que leía todo lo que caía en sus manos. Aquello me llamaba la atención y me empezó a enganchar. Había pijos, y los había menos. Unas cosas molaban más que otras; el Buitre Buitaker, las Triumph y García-Alix, los que más.  Supongo que ahí empezó todo.
Hablaba cuando reabrí el blog, de los creadores que llevan su obra al límite. Es el caso de Alberto, su obra tiene mucho de su vida, y su vida ha pasado a formar parte de su obra. Sus obsesiones, mujeres, adicciones, amistades, sus bares, sus casas, sus motos, sus calles… La historia dice que La Movida empezó en un puesto que tenían en el Rastro de Madrid Ceesepe y Alberto García-Alix. Desde aquel ya lejano 1976 han pasado casi cuarenta años; cuatro décadas de creatividad y de pura vida. Las fotos de Alberto son de una continua fiesta, pero una fiesta que no siempre acaba bien. Una fiesta eterna que ha dejado ausencias, demasiados amigos muertos, vidas rotas. La contrapartida ha sido el caro peaje pagado, pero al fin y al cabo eso es vivir. Los retratos de Alberto García-Alix huelen a flores muertas.
No puedo dejar de destacar al fotógrafo como artista de la palabra. Sólo hay que ver que los títulos de sus fotos son pura poesía. En la exposición me llamaron la atención esa foto del mar titulada ‘La tumba del marinero’, o esa enorme imagen de la mano tatuada de Alberto sujetando un preservativo usado titulada ‘Historia de un amor breve’, o 'Autorretrato con la mujer a la que amo'... Alberto cultiva la palabra con buen gusto; suyos son decenas de artículos, pensamientos, reflexiones, reseñas, relatos, ensayos, incluso ha escrito varios guiones. En su obra escrita también aparecen sus obsesiones, la fotografía, la música, los amigos, los tatuajes, las motos, la noche, Madrid… Estoy leyendo ‘Moriremos mirando’ una selección de textos suyos, que es una auténtico placer.
Como andamos entre sus autorretratos, acabo con este texto que aparece en el libro: “En ese esfuerzo por ver me autorretrato constantemente. El autorretrato es una variante o una extensión del retrato. Cuando no tienes a nadie a quien hacer una foto, te retratas a ti mismo. Muchas veces he sentido deseos de ponerme a llorar enfrente de la cámara, de intentar expresar, sólo con los ojos, el sentimiento del paso del tiempo, el recuerdo de la noche pasada. Es lo mismo que mirarte en el espejo del cuarto de baño. La cámara tiene la virtud de obligarte a ver. No se coge una cámara para no ver. Se coge para detener la mirada y enfocar, para preguntarte acerca de lo que estás viendo, para percibir las presencias invisibles”.
Alberto García-Alix. Autorretrato
Fotografía. Sección Oficial PHotoEspaña 2014.
Desde 31 de julio de 2014 hasta 28 de septiembre de 2014
Círculo de Bellas Artes. Sala Picasso
Marqués de Casa Riera, 2. Madrid





Robert Freeman y yo


Rebuscando en mis cintas de la escuela de radio encuentro la entrevista con Robert Freeman, el fotógrafo de varias portadas míticas de los Beatles...
Espero que el paso de los siglos no la ha borrado... me atreví a entrevistarle 18 años atrás porque el hombre era un verdadero amor (y habla español), aunque yo temblaba como una hoja. Y así fue como lo viví:
La visión privada de Los Beatles de Robert Freeman
Una salida de exteriores con la que disfruté muchísimo fue la exposición de uno de los fotógrafos de Los Beatles. Robert Freeman les hizo múltiples fotografías, algunas muy conocidas, y las portadas de sus discos más famosos, “With The Beatles”, “Beatles For Sale”, “Rubber Soul” y “Help!”.
Era mayo de aquel 1995, y la exposición, que albergaba un pabellón del Parque del Oeste, el Pabellón Florida, se inauguraba por la tarde con la plana mayor de la concejalía de cultura del Ayuntamiento de Madrid. El profesor me recomendó ir, se podía hacer un buen reportaje. Yo me debatía entre la pereza de salir por la tarde e ir sola al evento, ya que no había logrado liar a nadie, y la oportunidad de conocer a alguien tan importante en la historia de los míticos Beatles. Más tarde sabría que el fotógrafo vivía largas temporadas en España y que era relativamente fácil tener acceso a él, pero entonces no tenía ni idea y pensé que lo mejor era no dejar pasar la oportunidad.
Así que allí me planté y en la fiesta… no me colé porque me había acreditado convenientemente. Había mucho ambiente en la inauguración, prensa importante, políticos, invitados variados. Nada más llegar me presenté al entonces concejal de de la cosa. Y lo cierto es que mucho caso no me hizo. Una vez más se cumplió la falta de sintonía entre las instituciones oficiales madrileñas y la pobre escuela de radio. No me desalenté. La exposición era estupenda para cualquier fan de los Beatles, y yo ya lo era por aquel entonces. Robert Freeman parecía además muy simpático y accesible, lo que me animó a hablar con él. Alto, delgado, vestido de negro, de pelo y perilla blancos, mantenía un aspecto juvenil, a pesar de debía rebasar con creces los 50 años. Extremadamente amable y sonriente, me ofreció una distendida entrevista, en un magnífico español, al lado de uno de los retratos de George, Ringo, Paul y John. Su encantadora actitud hizo que de inmediato despareciera mi apuro y me sintiera muy cómoda.
Y lo que son las cosas, como las bebidas circulaban a tutiplén durante la inauguración, el ambiente fue cada vez más distendido, incluyendo el estirado concejal, que acabó respondiendo amable y espiritosamente a mis preguntas, cercano al estado siguiente al “pedalillo”, y rematando la faena incluso con un par de besos. Lo que no haga una buena fiesta……