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Duelo de Eduardo Halfon, un pulso con la identidad y la vida


Una madre y sus dos hijos pequeños entran en el vagón de metro. Enseguida se aprecia rivalidad entre los hermanos. El mayor pincha al pequeño, por cómo canta una canción del colegio, por su postura, por sentarse cuando hay un sitio libre, le amenaza con no compartir con él una pelota, en fin no le deja parar. Curiosamente, me acompaña un libro, “Duelo” de Eduardo Halfon, donde he leído alguna escena muy similar a la que estoy presenciando.
Este autor guatemalteco nos visita en una sesión del Gabinete de Lectura de La Central de Madrid. Tengo la suerte de sentarme muy cerca de él, lo que me permite observar sus gestos, su perenne sonrisa, notar el gusto con el que habla sobre los recovecos de su obra o cómo juega al despiste con nosotros cuando le preguntamos si alguna historia de las que aparecen en el libro sucedió como la cuenta o no. Halfon se ha convertido en un fenómeno editorial del que todo el mundo habla y su obra está siendo traducida a diferentes idiomas, síntoma de la extensión de su éxito. La narrativa de Halfon se inscribe, aunque él no se muestra muy de acuerdo, en eso que se denomina “autoficción”, obras en las que, sin ser memorias ni diarios, el yo ocupa un lugar central de la narración. Como afirma la periodista Paula Corroto, “Los libros de Eduardo Halfon siempre mantienen un pulso con la identidad. Es parte de su vida”.
El autor nos explica que su propia historia es el telón de fondo pero lo que sucede es invención. “No quiero compartir mi historia sino emociones”. Reflexiona sobre que este libro no es de memorias ni tampoco autoficción. “Yo firmo un contrato de ficción con los lectores, pero a los lectores, desde el inicio, se les olvida”. “Yo no sé por qué hago esto”, confiesa, “me valgo de trucos para que el lector venga conmigo y para transmitirle una emoción”.
Aunque Halfon niega que el narrador sea él. Se trata, dice, de “el otro Eduardo Halfon”. Un Eduardo Halfon que fuma, mientras que el verdadero no fuma, aunque veo una foto en la red donde tiene encendido un cigarro. Como nos explica el autor sus libros conforman un proyecto que nace con “El boxeador polaco”, libro que reúne cinco cuentos hilvanados y narrados por una misma voz. Se trata de episodios de la vida del narrador donde se colaba la historia en Auschwitz del abuelo del autor, historia que también aparece en “Duelo”. Los cuentos de “El boxeador polaco” se pueden leer casi como una novela. A la vez, uno de los cuentos, “Fumata blanca”, se vuelve capítulo en “Monasterio”. De esta forma, “El boxeador polaco” ha generado otros libros, resultando una especie de “libro madre, que ha engendrado a otros”. En las traducciones de “El boxeador polaco” se incluyen los otros libros, de manera que se han publicado como una unidad.
Para esta obra el autor ha elegido un título que tiene diferentes connotaciones. Se refiere al duelo entre hermanos enfrentados, al duelo causado por la muerte y al duelo referido a dolor, un dolor por un país y por la infancia perdida, un juego de palabras que no es fácil mantener en las traducciones a otros idiomas. “Duelo” es el quinto libro de ese proyecto o conjunto de libros que el autor ha ido escribiendo como una especie de novela por entregas, aunque sin planificar. “Ahora no sé qué va a pasar”, confiesa Halfon al ser preguntado por nuevos proyectos. El autor explica que en realidad la escritura es una búsqueda de algo, su protagonista está desorientado, “tal vez si lo encuentra, acabe la escritura”.
Una de las cosas que más me interesan de cuando vienen los autores al Gabinete son las apreciaciones sobre su manera de crear que a veces nos regalan. Eduardo Halfon nos confiesa el momento exacto del nacimiento del libro, que tiene claro en la memoria. Fue en agosto de 2015 en Guatemala, donde aún viven sus padres. En uno de sus viajes al país volvió a preguntar a su padre por su desaparecido hermano Salomón. A pesar de que el padre le prohibió que escribiera sobre aquello, lo que ha quedado reflejado en la contraportada del libro, el autor siguió adelante con la historia. “Me gustó el misterio, el tono. Sabía que podía ofender por sacar la historia de la familia, una historia prohibida que iba a generar un problema con ellos, que iba a molestar. Pero no podía evitarlo. Cuando me prohíben algo, me lanzo”, confiesa, travieso, Halfon. La historia del hermano de su padre, Salomón, al que Eduardo niño creyó ahogado en el lago, es determinante en la historia. “El recuerdo no lo tengo claro, no sé si me inventé la historia o la mezclé, o si mi abuela quería desviar la atención”. Aunque la realidad de lo que sucedió a Salomón fue bien distinta. “Lo que sí está claro es que Salomón murió en Nueva York y murió solo, mi abuela no viajó entonces”.
La obra de Halfon está influida por su país de nacimiento, Guatemala, y por la religión. “Mi familia tiene un problema con que yo sea crítico con el judaísmo y con Israel”. Sin embargo, Eduardo reconoce que su rechazo hacia su país y hacia su religión son dos ejes de este libro aunque le interesan desde el punto de vista literario, como factor de identidad. “Me queda el sentido del humor judío y el erotismo” pero confiesa que “los uso en el momento menos adecuado”. También es influencia judía la oralidad, un aspecto que se refleja en la forma en que el autor escribe.
El lago es una metáfora poderosísima, “que se traga niños pero que también es una salvación”. Los lectores destacamos en el Gabinete la excelencia que alcanza la escritura de esta parte de la novela. El narrador entra al lago al final del libro, un lago contaminado e irremediablemente enfermo, en una especie de purificación en medio de aquellas aguas pútridas. Quiero destacar el potente personaje de Doña Ermelinda, la “bruja”, “hechicera” o “santera”, cómo denominarla, un personaje enigmático, lleno de sabiduría, y al que Halfon describe de tal manera que nos hace sentirla a nuestro lado mientras leemos.
En el libro conviven dos ejes principales: las memorias de la infancia y el presente, cuando el protagonista acude al lago. Una opción era dividir el libro en dos partes y otra, la elegida, intercalar las dos historias, para lo que se requiere la atención y la participación del lector. Además introduce elipsis llevándonos hasta Polonia y Berlín. Nueva York y la búsqueda de la tumba de Salomón fue en algún momento un tercer eje por donde el autor pensó que se podría encaminar el libro, aunque luego lo descartó. De alguna manera el personaje de Salomón es una excusa para hablar de otras cosas.
Halfon reconoce que escribe “como cuentista, más que como novelista”. Nos explica que se deja llevar por la intensidad y la expresividad, sin saber hasta dónde va a llegar. “Trato de no imponerme yo sobre la historia, de no controlarla”, algo que va en contra de su naturaleza de ingeniero. A pesar de todo, reconoce que el interior de sus cuentos sí tiene una estructura muy trabajada. El autor consigue condensar mucha información en pocas páginas. Confiesa que escribió el libro muy rápido. En unos cinco meses tenía el primer borrador, que trabajó durante año y medio. El mayor trabajo fue cuidar el lenguaje, la musicalidad, la concisión y la claridad.
Explica que su propia historia es el telón de fondo pero lo que sucede es invención. “No quiero compartir mi historia sino emociones”. Reflexiona que este libro no es de memorias ni tampoco autoficción. “Yo firmo un contrato de ficción con los lectores, pero a los lectores, desde el inicio, se les olvida”. “Yo no sé por qué hago esto”, confiesa, “me valgo de trucos para que el lector venga conmigo y para transmitirle una emoción”.
Halfon nos habló de su nada convencional descubrimiento de la literatura. Sucedió cons 28 años, a su regreso a Guatemala, de donde salió siendo aún niño con sus padres en dirección a EEUU. Había estudiado ingeniería y nunca se había interesado por la lectura. El regreso coincidió con una crisis personal. Comenzó a estudiar en su país de origen Filosofía y Letras y se topó con la narrativa. A partir de ahí, leyó todo lo que estaba en sus manos. Empezar a escribir sus propias historias formó parte de un proceso de alguna manera natural. “Me llené de libros y lo que rebosó fue la escritura. Fue accidental”.
El autor se encontraba en Madrid para la promoción de un nuevo libro, en este caso ilustrado, “Oh gueto mi amor”, con ilustraciones de David de las Heras. En esta obra vuelve a aparecer la historia de su abuelo, salvado por un boxeador polaco en Auschwitz. El nieto realiza un peregrinaje a la tierra de sus ancestros en busca de su identidad. “Oh gueto mi amor” fue originalmente un relato incluido en la antología “Signor Hoffman” (2015).
Eduardo Halfon fuma

El corazón es un cazador solitario de Carson McCullers. El perfume de las flores marchitas



A nuestro gabinete de lectura de La Central ha llegado un maravilloso libro de Carson McCullers, “El corazón es un cazador solitario”. Para hablarnos sobre él contamos con la presencia de Karina Sainz Borgo, escritora y periodista cultural de Voz Pópuli, quien nos ofrece una magnífica exposición sobre el libro y la autora. Todas las integrantes del gabinete coincidimos en la brillantez de las explicaciones de Karina.
Karina Sainz Borgo nos sitúa en la vida de la autora y en el contexto histórico en el que se escribió la novela. “En la literatura americana del siglo XX hay un antes y un después de Carson McCullers”, afirma. Se trata de una autora sureña excepcional, en un territorio con una enorme tradición literaria. “El corazón es un cazador solitario” fue su primera novela, tan sólo tenía 20 años cuando empezó a escribirla. Aun así, resulta “de una apabullante calidad”. La autora supo mantener el tipo, e incluso mejorar su escritura, en cada libro que publicó. En este libro cuestiona el matrimonio, el ejército, la ideología, la religión. A pesar de su juventud, supo captar todos los matices y los plasmó con gran acierto. La publicó con 23 años, en un momento vital bastante complejo; se había trasladado de Georgia a Nueva York, inmersa en una relación sentimental con el hombre al que dedica la novela, Reeves McCullers, de quien tomó el apellido y con quien se casó en dos ocasiones.
La novela transcurre en el sur de Estados Unidos en 1930, en plena depresión, en un momento en que el sur experimenta el paso de la economía agrícola a la industrial. Es además una época turbulenta y compleja, de tensión racial, luchas sociales, etapa de entreguerras y de llegada al poder del fascismo en varios países de Europa. Todo ese ambiente hierve en la novela, cargada de la “electricidad de lo que va a ser de Estados Unidos en décadas posteriores”.
Nacida en una familia de clase media, el padre de Carson era joyero y su abuelo fue dueño de una plantación. La autora siempre tuvo una especial atracción por los seres periféricos, los situados al margen de la “normalidad”, los homosexuales, los locos, los marginados, los inadaptados, los enfermos. En sus obras “dignificó lo individual, en especial a los perdedores”, aprecia Karina. “Yo tengo más que decir que Hemingway, y Dios sabe que lo he dicho mejor que Faulkner”, llegó a decir. Autora de cinco grandes novelas, todas de enorme calidad, fue siempre una mujer muy segura con respecto a lo que escribía, alcanzando gran éxito y reconocimiento desde el inicio de su carrera. “No me gustaría vivir si no pudiera escribir. La escritura no es solo mi modo de ganarme la vida; es como me gano mi alma”, dijo.
El escritor Rodrigo Fresán, gran admirador de la autora a la que define como “un personaje del primer Tim Burton, ingenuo y a la vez oscuro”, opina que “El corazón es un cazador solitario” es una novela sobre el amor. La propia autora la definió como la historia de cinco personas aisladas y solitarias, que tienen el deseo de integrarse en algo espiritualmente más grande que ellos. En un principio la novela se iba a titular “El mudo”, pero el editor le aconsejó el título que adoptó finalmente, sacado de un poema. No pudo ser más acertado.
El protagonismo se reparte entre cinco personajes principales, con varios secundarios que gravitan alrededor de estos, aunque en el gabinete coincidimos que tal vez la tratada con más cariño y cercanía es Mick, quien produce mucha ternura en el lector, ya que está tratada por la autora con verdadera compasión. Lo que prima en todos ellos es el deseo de comunicarse. La narración se centra en los conflictos de cuatro conocidos de Singer: Mick Kelly, una niña con aspiraciones artísticas, que ama la música, ambiciona aprender a tocar el piano y lucha con todas sus fuerzas contra un entorno inflexible; resulta conmovedor el afán de Mick por aprender, su deseo de trascender a través del arte, de escapar de su triste realidad. Su tragedia no procede de sí misma sino de una sociedad que le roba su libertad y sus energías. Mick terminará atrapada en la trampa del trabajo asalariado, para ayudar a la familia tiene que renunciar a todos sus sueños. Es un personaje que en algunos aspectos remite a la propia autora. Jake Blount, un obrero alcohólico, errante, marxista y en constante conflicto. El doctor Benedict Copeland, el único que tiene estudios universitarios, es un médico negro que lucha por los derechos y la igualdad racial, en un contexto de falta de justicia y amarga desigualdad. Es un hombre culto pero infeliz, el ambiente se lo come. Se encuentra totalmente insatisfecho con sus hijos. El doctor apuesta toda su vida por ser paciente y enarbolar la paz pero al final de sus días siente que se ha equivocado, que hay que combatir la astucia con la astucia, la fuerza con la fuerza. La solución vendrá reuniendo multitudes e instándolas a manifestarse; esta propuesta del doctor Copeland de organizar una marcha y pasar a la acción directa se adelanta varios años a Luther King y Malcom X. Biff Brannon, el observador dueño del café New York, es el que menos habla y ve de manera más objetiva a Singer, precisamente porque él está acostumbrado a escuchar y a observar en su local, de alguna forma es áspero y se muestra incapaz de sentir empatía. Entre los personajes hay que destacar que las mujeres tienen gran empuje y fuerza. Es el caso de Mick y de Portia, la hija del doctor Copeland, joven muy trabajadora, siempre preocupada por su familia y mediadora entre su padre y sus hermanos.
Singer, el hombre sordo y mudo, es el personaje al que acuden los otros cuatro. La autora usa el recurso de las cartas que escribe a su añorado Antonapoulos, para que el mudo “hable” sobre los otros cuatro personajes; él no les entiende la mayoría de las veces, sólo ve gente deseosa de hablar y desahogarse. Ellos por su parte consideran a Singer un ser “superior”; a causa de su sordera y su mudez, resulta cautivador para depositar en él los sentimientos más personales e íntimos. “El corazón es un cazador solitario” es una novela sobre la idealización. Por un lado los cuatro personajes inventan un compañero que les entiende y que se interesa de verdad por todo lo que le cuentan. Los personajes atribuyen al mudo toda una serie de cualidades que ellos querrían que tuviese. Le habían convertido en una especie de dios casero. A su vez Singer idealiza al griego Antonapoulos, que en realidad sufre de desorden mental y no es capaz de apreciar el amor y los esfuerzos que el otro le dedica.
Como refugio para la soledad y la incomunicación, los personajes habitan su mundo interior, aquellos lugares donde se refugian. Mick lo hace en su caja de tesoros y en sus cuadernos de melodías, necesita del “aislamiento intelectual” del que habló la propia autora en algún escrito. El dueño del bar se refugia en su colección de periódicos y en su puesto de observador detrás de la barra. Singer, el mudo, se cobija en sus recuerdos del griego y las cartas que le escribe pero nunca echa al correo. Blount, el revolucionario, en el alcohol. El refugio del doctor son la ciencia y la razón.
El narrador es omnisciente, muy pegado a los personajes. McCullers describe con imágenes muy precisas, es dueña de una prosa “magra y muy limpia” y de una enorme capacidad para crear imágenes. Es el caso de la descripción del camino que recorren Mick y su amigo Harry durante la excursión que hacen hasta la laguna o el preciosista retrato del griego Antonapoulos en una de visitas que le hace Singer, llevaba una bata escarlata, pijama de seda verde y un anillo de turquesa. Su cutis tenía un color amarillo pálido, y en sus oscuros ojos una expresión soñadora. El negro cabello ligeramente ribeteado de plata en las sienes. Estaba haciendo punto. Sus gordezuelos dedos trabajaban con las largas agujas de marfil muy lentamente. Maravilloso. Curiosamente, la autora adoraba a Proust, a pesar de ser sus estilos tan diferentes.
Uno de sus grandes logros es narrar con gran economía de palabras sucesos tremendos. Un ejemplo son los últimos instantes de Singer, es magistral cómo llega a contar tanto con tan poco. Hay momentos en que crea imágenes cercanas a lo cinematográfico. Es el caso del disparo a la pequeña aspirante a niña prodigio, Baby, como apreció una de las compañeras de gabinete.
La música, fundamental para la autora, tiene gran importancia en el libro, como nos explica Karina, añadiendo que la novela se estructura como “una fuga en cuatro movimientos”, con cuatro tramas entrecruzadas, “mediante la estructura de fuga se entretejen las tramas en una estructura musical”. Las estaciones y las horas del día tienen mucha importancia en la novela. A su vez, la naturaleza marca los tiempos. La enfermedad tuvo una importante presencia en la vida de Carson McCullers, y también tiene su presencia en el libro. Ser enfermo supone al mismo tiempo ser periférico. Blound, el agitador marxista se encuentra en la periferia debido a su alcoholismo; el doctor Copeland está en la periferia por ser negro. Mick es periférica como mujer, pobre y diferente.
Karina, vestida de sport, chaqueta y vaquero, luce zapatos de charol con vertiginoso tacón y plataforma, media melena planchada con precisas mechas rubias. Lleva una pequeña alianza de brillantes, con un gran anillo dorado por encima. Completa sus cuidadas manos con una perfecta manicura de uñas cortas pintadas de rojo. Mujer con nervio, habla con cierto atropello, que no le impide pronunciar perfectamente todas y cada una de las palabras y modular con musicalidad las frases. Estoy sentada a su lado durante la sesión y tengo una perfecta perspectiva de su cuaderno, lleno de breves anotaciones. En un círculo con flechas y subrayados rosas, Karina relaciona a los protagonistas y los personajes secundarios, y yo me quedo con ganas de hacer una foto al esquema. Completa la magnífica sesión con anécdotas relacionadas con la vida de la autora. Nos recuerda que Carson McCullers formó parte del grupo de “bohemios” de la 'February House', un experimento de vida comunitaria en el que la autora participó junto a escritores entonces jóvenes pero ya bastante reconocidos como W. H. Auden o Jane y Paul Bowles, además del compositor Benjamin Britten. Se reunieron en el número 7 de Middagh Street en Brooklyn durante 1940 y 1941. Para Carson fue una etapa de gran intensidad creativa y supuso el germen de dos de sus novelas “Frankie y la boda” y “La balada del café triste”. También hubo espacio para recordar el memorable encuentro con Isak Dinesen, Marilyn Monroe y Arthur Miller en su casa, o las adaptaciones al cine de varias novelas de la autora como la propia “El corazón es un cazador solitario” o “Reflejos en un ojo dorado”, dirigida por John Huston y protagonizada por Elizabeth Taylor y Marlon Brando, que a finales de los 80 supuso para mí la puerta de acceso a la literatura de McCullers.
Un vibrante gabinete de lectura, dedicado a un libro poderoso y oscuro, que no deja respiro al lector, que le golpea y escarba en lo más hondo. Un libro intenso, como el perfume de las flores marchitas.

“Rendición”, madurez literaria de Ray Loriga


(16/02/2018) Una foto de Ray Loriga con melena, cazadora vaquera, botella de cerveza y enormes anillos componía la portada de su novela “Héroes” (1993). Por entonces otra foto del escritor madrileño decoraba el interior de uno de mis cuadernos, en los que recogía citas, fragmentos de lecturas y canciones. Entonces leí alguna de sus primeras novelas, pero no me identificaba con los personajes que poblaban aquellas historias. Veinticinco años más tarde una sesión del Gabinete de Lectura de La Central me ha permitido reencontrarme con aquel héroe literario de los 90.
El encuentro con un Loriga maduro no ha sido decepcionante, más bien al contrario. “Me he vuelto un antiguo” (El Confidencial, 2017), afirmaba en un titular. Reposado y serio, según avanza el Gabinete se le escapa un fino sentido del humor y un travieso reírse de todo, incluso de sí mismo. Más bajo de lo que esperaba, viste chaqueta de punto azul marino con cremallera, sobriedad que cubre, como en una metáfora, el colorido atuendo interior, un polo de manga larga a rayas y un pañuelo de cuello verde esmeralda con flores rojas y fucsias. Durante el gabinete se arremanga en ocasiones, dejando al descubierto dos enormes tatuajes de tinta desvaída por el tiempo (Loriga y sus tatuajes, en una época en que casi nadie los tenía), una especie de tribal que acaba en algo que me recuerda a la cola de un lagarto y un contundente “Christina” en el otro brazo. Nos regala frases contundentes y pensamientos lúcidos durante toda la sesión del Gabinete que compartimos con él.
Una de nuestras compañeras le recuerda un otro titular, “Yo quería ser Ray Loriga de mayor y ahora que lo soy no lo soporto” (Vozpópuli, 2014). “Uno acaba detestando el personaje que creó, no a la literatura. El personaje puede dar una proyección mediática pero acaba resultando pesado”, responde. Loriga ejerció durante años, además de como escritor, como modelo, pareja de rockera, letrista de canciones, niño mimado de un grupo mediático, enfant terrible, bello, superviviente…
Más titulares, “Estoy hasta los huevos de la etiqueta rock and roll” (CTX, 2017). Y tengo que ser yo la que le saca el tema, que él esquiva rápidamente, respondiendo que sólo ha escrito una novela sobre rock, la mencionada “Héroes”, aunque el rock sigue estando presente en su vida; durante la charla nombrará, entre otros, a David Bowie y a Neil Young, refiriéndose a su célebre canción “Hey Hey, My My” cuando se le pregunta por su película “La pistola de mi hermano”.
“Rendición” hace el número doce de los libros de Loriga, en una carrera de veinticinco años. El libro lo empezó hace siete, pero cuando lo llevaba avanzado lo aparcó para escribir “Za Za, emperador de Ibiza”, algo que no le había sucedido con anterioridad. Al ser “Rendición” una novela con una única voz, nos cuenta que tuvo miedo a que la voz se le fuera, “a veces pensaba que estaba hablando yo en lugar del personaje”. Después de finalizar “Za Za…” retomó el texto con “la mirada más limpia, las ideas más claras y más entusiasmo”, poner distancia le hizo bien. Loriga nos confiesa que las primeras páginas de la novela son las únicas que no han variado. El libro comenzó con “una sensación, un tono”, tenía claro que sería una novela de una sola voz, todo llegaría “a través de los ojos y el conocimiento” del protagonista. El tono era muy delicado y temía perderlo, de ahí el parón de varios años. Buscaba una fábula que estuviera construida con elementos realistas, futuros que pueden resultar creíbles.
La novela fue ganadora del Premio Alfaguara 2017. “Me gusta los premios cuando me los dan a mí”, dice entre risas. Trata sobre el proceso de traslación personal y de “diáspora mental”, y de cómo afecta ese proceso a lo que pensamos que somos. El protagonista es un hombre maduro, con una vida hecha, que tiene la sensación de “saber quién es”, en ese contexto llegan las preguntas sobre quién fuiste y quién llegarás a ser. Loriga opina que la sensación que tenemos sobre nosotros mismos “viene de nuestra relación con los demás”, amor, amistad, familia, trabajo, posición; “cuando eso se empaña, ¿cuánto queda de uno mismo?”, se pregunta el autor, que recalca en varias ocasiones que le interesa la reflexión del lector, “no quiero imponer dogmas sino presentar posibilidades”, evitando moralismos. Y lo consigue, la novela es un libro que presenta continuas “paradojas y conflictos” al lector, hace pensar constantemente, nos planta ante las diferentes encrucijadas que se le plantean al protagonista; llegamos a entenderle, a exasperarnos con él, a sentir su miedo y su incomodidad, a enfadarnos de su fanfarronería y de sus momentos de cobardía, le apoyamos en sus dudas y su disensión. El propio Loriga ha definido a su narrador en alguna entrevista como “un estorbo del futuro, un estorbo del progreso”.
La novela ha sido calificada como una distopía, aunque Loriga responde que la ve como “una fábula, rozando la ciencia ficción, aunque en este libro no hay ciencia”. Pensó incluso durante su escritura en “Los viajes de Gulliver”. Confiesa que el libro estaba casi finalizado hace cuatro años, coincidiendo con la enésima revisitación de “1984” de George Orwell, también volvía a la actualidad “El cuento de la criada” de Margaret Atwood por la serie basada en la novela. “Fueron coincidencias, confluyeron las cosas, no empecé el libro pensando en eso”, admite el autor.
Podríamos dividir “Rendición” en dos partes; la inicial, cuando están inmersos en esa guerra de la que poco sabemos y el posterior viaje en el que abandonan su comarca. La segunda parte comienza cuando se instalan en la ciudad de cristal. “No empecé la novela en la ciudad transparente para que el lector se diera de bruces con la ciudad, igual que le ocurre al protagonista”, explica. El narrador ve de alguna manera idealizado el mundo del que viene, porque allí tenía una posición privilegiada, de la que era consciente porque no venía de ahí, la consiguió por su matrimonio. Mientras a él no le afecta lo que va sucediendo a los otros individuos se iba escudando en el “yo no sabía”, esa “inocencia del desconocimiento”, que ha pasado tantas veces a lo largo de la historia, como sucedió en la Alemania nazi. La ciudad transparente, esa ciudad “ideal” a la que llegan tras abandonar su tierra, donde no hay olor ni dolor, a causa de esos baños que producen una constante e injustificada alegría que les lleva a ser incapaces de irritarse. En la ciudad transparente se impone una claridad que “engulle los secretos, los deseos y los misterios” y acaba siendo una muestra de que hasta lo bello y perfecto llevado a un extremo puede convertirse en algo terrible.
De alguna manera lo enlaza con lo que está sucediendo actualmente por la implantación masiva de las redes sociales. Pertenecemos a generaciones que crecieron en mundo en el que “protegíamos la privacidad de nuestro entorno”. Ahora todo el mundo quiere enseñarlo todo y opinar sobre todo, constantemente. La sociedad de la ciudad de cristal es una sociedad desnuda, exhibicionista, lo que conecta con la sociedad actual, la de las redes sociales. Es la idea de una sociedad “transparente” y la paradoja que conlleva, la ventaja de que no se puede esconder nada pero a la vez desaparecen los secretos y el misterio, algo fundamental para el ser humano. “Ya no hacen falta guardianes, nos vigilamos unos a otros”, afirma Loriga. También contiene la novela una reflexión política sobre el individuo, el grupo, la democracia y sus límites, “hasta qué punto puede pasar el consenso por encima de los derechos de unos pocos, incluso de uno solo”. Reflexiona el autor que las democracias desarrolladas deben al menos considerar la opinión del que está al margen. Otro tema que le interesa es “cuánto están dispuestos a perder en las sociedades del bienestar a cambio de una supuesta sensación de seguridad”.
Porque “Rendición” es también un libro sobre el totalitarismo. Loriga ha incluido un sistema plagado de “amabilidad y dulzura”, pensando en totalitarismos “invisibles y futuros”, porque como afirma en otra de sus certeras frases, “el diablo es tan listo que no vendrá de nuevo con el mismo rostro”. Y nos alerta de la apariencia de libertad que es la más totalitaria de todas, como la que ensalza al individuo como ser de producción y ser de consumo. “Cuando estás bien alienado no te das cuenta, incluso participas con entusiasmo”, reflexiona. El autor opina que “hay una sobrevaloración del consenso y una tiranía de la opinión general; esto provoca la sensación de que el individuo siempre tiene un grupo como enemigo”. Afirma que “Cuánto más grandes son las banderas, más pequeños los individuos”, otra contundente frase suya que escuchamos durante el Gabinete.
Como curiosidad en el libro no aparecen nombres, excepto el del niño que recogen y los hijos desaparecidos. “Soy muy malo con los nombres”, bromea, “en realidad tiene que ver con el limbo en que meto a los personajes, no se sabe la raza, el país, si la guerra es civil o contra otro país…”. El tema de la ausencia de nombre tiene que ver también con la voz del personaje que narra, “cuando uno piensa, no lo hace nombrando”. Al niño le llaman Julio porque tienen que ponerle un nombre, y a los hijos desaparecidos los nombra “por anhelo”.
También comenta su diferencia de registro a la hora escribir, lo que da lugar a novelas muy diferentes entre sí. No lo considera un mérito pero confiesa que no lo puede evitar ni lo hace adrede, “es mi forma de escribir”. Le influyen los libros que lee, las sensaciones literarias que permanecen en su cerebro. “Lo primero que busco es un tono, una voz y luego en qué historia puede encajar”. Explica que toma notas pero no planifica demasiado las historias ni lleva esquemas. Preguntado por cuál de sus novelas es su preferida, Loriga nombra, sin dudar, “Tokio ya no nos quiere”, una historia sobre la destrucción selectiva de la memoria.
Hay lugar para el cine en su conversación con nosotros. El séptimo arte es muy importante en la obra de Ray Loriga, no sólo por haber escrito guiones y dirigido películas. Lo considera como “escritura para otros”, en ocasiones por encargo, que le sirve “para desoxidar y combatir el solitario oficio de escribir”, ya que es un trabajo en equipo, donde hay que considerar más ideas. De alguna manera su escritura es muy cinematográfica. Así, confiesa haber tenido en la cabeza durante la escritura de “Rendición” a Andréi Tarkovsky y la aclamada película “Hasta el fin del mundo” de Win Wenders (1991).
Un reencuentro con un gran Loriga. Que veinticinco años no son nada…
Loriga es un hombre de frases contundentes cuando habla, y también cuando escribe. Estas que he subrayado durante la lectura de “Rendición”, pueden ocupar un lugar destacado en aquellos cuadernos de citas, que no estaría mal retomar.
Los responsables de lo nuestro piensan por nosotros mientras piensan en nosotros.
La gente que sabe contar historias siempre tiene compañía.
Un hombre que no provee de lo que necesitan a los suyos se va haciendo pequeño hasta que no existe.
Se obedece porque conviene y se duda porque se piensa. Y si una cosa salva la vida la otra parece salvar el alma.
Sorprende darse cuenta de cómo el amor alimenta y calma aun en las peores condiciones, o precisamente y con más razón en las peores condiciones.
Porque está guerra yo no la entendí desde el principio, ni sé por qué empezó ni por qué se luchaba exactamente.
Uno puede por razón o creencias o coraje rebelarse contra un mal, pero por nada puede un hombre cabal poner en peligro a los suyos.
A veces, cuando se ha perdido ya la magia y la situación ha decaído, lo más sensato es abandonar.
Con ser tan feliz frente a la adversidad, y sobre todo a mi pesar.
Es curioso comprobar cómo se echan de menos sensaciones que no son buenas, pero a las que uno se ha acostumbrado, y cómo sin miedo alguno se duerme bien pero se levanta uno extraño.
Nada de lo que pasara en mi vida, por raro o incómodo que fuese, conseguía entristecerme.
Había tan poca suspicacia en esa ciudad que al final era imposible no inquietarse.
Un hombre absurdamente satisfecho con su suerte.
Los días pasaban sin pena ni gloria. Todo va tan bien que los ciudadanos pierden el interés. Hastío
Una vez que aprendí a ordenar mis prioridades me di cuenta de que no tenía prioridades que ordenar.
Una vez que se acepta que Dios no lo ha llamado a uno para nada extraordinario, se empieza a vivir de veras como se tiene que vivir.
Mi alegría injustificada y yo nos fuimos aceptando.
De tanto verlo todo ya no quiere uno prestarle atención a nada.
En el campo uno aprende a conocer los límites de las cosas y es la tierra la que manda.
En esta otra vida no parecía mandar nadie.
Esta vida sin tormentas ni tropiezos no la entendía ni quería entenderla. 

Apegos feroces de Vivian Gornick. La imposibilidad de escapar de la madre


"La infelicidad tiene que estar viva para que pueda suceder cualquier cosa". Con la novela “Apegos feroces” de Vivian Gornick (Nueva York, 1935), reciente premio al Mejor Libro de Ficción otorgado por el gremio de Libreros de Madrid 2017, hemos cerrado una nueva sesión de otoño del Gabinete de Lectura de La Central marcada por la literatura femenina. De cinco libros leídos, cuatro han sido escritos por mujeres; se trata de cuatro fantásticos volúmenes de gran nivel. La escritora Lucía Litjmaer (Buenos Aires, 1977) fue la encargada de hablarnos sobre el libro y la sesión estuvo coordinada por Yaiza Berrocal.
Publicado en 1986 “Apegos feroces” es una profunda reflexión sobre relaciones afectivas feroces, materno filiales, de pareja, sexuales... Una “historia de mujeres con mujeres”, como la define la propia historia, una abanderada del feminismo y de la revolución cultural de la década de los 60. Lucía Litjmaer nos puso en antecedentes sobre los avances literarios de la época en la que comienza “Apegos feroces”. Comentó como, tras la psicosis de la Primera Guerra Mundial, la narración tradicional fue dejando de tener sentido y así las historias comenzaron a contarse de manera fragmentada. El libro avanza a trompicones, nos ofrece “pedazos” de historias y constantes saltos en el tiempo. Lo que realmente unifica la narración y hace de eje conductor son los paseos por las calles de Nueva York de la adulta Vivian y la anciana madre. También tras la Primera Gran Guerra la idea de amor romántico tradicional dejó de funcionar. El amor “como una iluminación” acabó por convertirse en un “anticlímax” para la generación de la autora.
“Todas nos entregábamos a nuestros placeres. Nettie quería seducir, mamá quería sufrir y yo quería leer”. Como se recoge en el libro, Vivian Gornick tuvo en la infancia dos modelos femeninos muy diferentes. Por un lado la madre, que refleja el amor romántico puro y el duelo. Por otro lado Nettie, cuya identidad se sustenta en la atracción que despierta, y que de alguna manera es un personaje “desdibujado porque se ve bajo los ojos idealizados de la niña”. Resulta fascinante el luto de la madre, parece como si hubiera esperado toda su vida para llegar a ese sufrimiento. “Es una imagen muy típica de la tradición judía, la yidish mamma, la madre frustradora”, explicó Litjmaer. Vivian no logrará liberarse en la edad adulta de ese amor castrante de la madre. Lucía Litjmaer reflexionó como, curiosamente, en el libro hay por parte de la autora una absoluta desnudez emocional, sin embargo su cuerpo es omitido. Así, en “Apegos feroces” hay una gran elipsis que oculta cómo rompe y despierta a la sexualidad. Una manera de quitar importancia al amor en el discurso narrativo. Sus relaciones la dejan defraudada pero parece que “ella misma es quien no permite que avancen sus historias más personales”, todas las que aparecen en el libro se caracterizan por el enfrentamiento. Con respecto a algunos de sus “apegos feroces”, en un momento de la narración desaparecen y no se vuelve a saber nada más de ellos. No así la madre, omnipresente en todo el texto. La madre la asfixia pero al mismo tiempo la hace sentirse segura. Se trata de una compleja relación madre e hija llena de ansiedad. Litjmaer califica el libro de “freudiano”, por los temas que aborda: infancia, sexo, muerte, madre. De alguna forma el libro “puede ser una especie de terapia”.
La escritura tiene para la protagonista una importancia vital. Así, otro de los temas centrales de “Apegos feroces” es la necesidad de la autora de conciliar su voz, el eterno dilema de las mujeres creadoras y artistas: la búsqueda de un espacio para crear (la habitación propia de Virginia Woolf). Vivian lo aborda a través de ese “rectángulo creador” al que apela en varias ocasiones, un espacio al que le cuesta acceder por el apego con la madre. Ese “rectángulo” del que habla en el libro es, en palabras de Litjmaer, un concepto muy propio del psicoanálisis, sobre la difícil convivencia entre el placer y el trabajo. A la protagonista sin duda le cuesta gozar. No logra despegarse de las convenciones, tampoco de la angustia y la autocompasión.
Es interesante cómo se abordan sus relaciones con los hombres que aparecen en el libro. Como su amigo de la adolescencia, que se convertirá con el tiempo en rabino; su marido, con el que establece una relación que parece basada en “jugar a las casitas”, según Litjmaer, en la que no se entienden, no consiguen relajarse ni disfrutar juntos; la tercera relación es la que tiene con el sindicalista casado, un hombre bastante mayor que ella, que abre la puerta para una nueva amante cuando la relación cae en la rutina.
No podemos olvidar el contexto histórico y social en el que se encuadra el libro. Vivian Gornick estudió en la universidad en la década de los 50. En aquella época las mujeres se casaban a los 19 o 20 años, no era común estar soltera con esa edad y entrar a la universidad, además perteneciendo a la clase obrera. La madre fue de alguna manera una adelantada a su tiempo,  además de una institución en su vecindario, tiene un marcado perfil político y en muchos aspectos estuvo libre de convenciones, como su apoyo a Nettie, la vecina gentil que se queda sola y desprotegida en un barrio judío donde no la aceptan.
Durante la sesión Yaiza Berrocal de La Central nos habló sobre las diferentes escrituras del yo. Nos explicó como Gornick de alguna manera practica un periodismo personal, una forma de autoficción, que es un concepto un tanto controvertido en Estados Unidos, donde el género de “non fiction”, en el que destacaron autores como Wolfe, Capote o Didion, debe ser claramente no ficción. Gornik se vio envuelta hace años en una polémica cuando explicó que alguna parte de “Apegos feroces” era inventada, como el encuentro con el vagabundo, lo que le generó críticas. Además Vivian Gornick se queda fuera de ese celebrado género al contar su vida, explicó Berrocal. Las escrituras del yo tienen problemas con el llamado “pacto de lectura”. Se trata de un género aún a debate. Autobiografía, memoria y autoficción son los tres subgéneros, en los que hay que tener en cuenta el pacto con el lector, el compromiso con la verdad, la recreación, las licencias que se toma el autor para transmitir determinadas ideas… La crítica ha calificado “Apegos feroces” de ensayo personal, novela autobiográfica o clásico del memorialismo norteamericano.
Personalmente, me resultan fascinantes los recuerdos de la infancia, la descripción de la vida en el Nueva York de los años 30 y 40, la estrecha relación entre los vecinos, la vida en un barrio popular de la gran ciudad estadounidense.
Una lectura nada fácil ni complaciente la de “Apegos feroces”. Un libro sobre el amor indiscutible y la imposibilidad para abandonar el útero materno, escrito con maestría por Vivian Gornick.

Canción dulce de Leïla Slimani. Terrorífica canción de cuna


La concesión del Premio Goncourt 2016 a la novela “Canción dulce” ha supuesto para la escritora marroquí Leïla Slimani (Rabat, 1981) entrar por la puerta grande de las letras francesas y su proyección a todo el mundo.
Nos visitaron en la sesión del Gabinete de La Central dedicada a esta obra, la traductora Malika Embarek, quien días después de estar con nosotros recibía el Premio Nacional a la Obra de un Traductor, y Miguel Lázaro de Cabaret Voltaire, la editorial que ha tenido el acierto de publicar en España un libro que ya va por la 6ª edición en nuestro país. Un éxito indudable.
Slimani disecciona con una prosa concisa y objetiva una historia tremenda que podemos “soportar” gracias a la frialdad con que la autora acomete la narración y a que el terrible hecho que sucede al inicio de la novela. La autora logra una gran maestría en la organización de la trama, al comenzar por el traumático desenlace y por cómo va entretejiendo de manera muy sutil los detalles, los cambios del carácter y actuación de los personajes, con lo que consigue una narración perturbadora. Al empezar la novela con el crimen, los hechos quedan “por debajo”, ya que la acción empieza muy fuerte.
“Canción dulce” supone una crítica a la idealización de la maternidad y a la, aún no resuelta, plena incorporación de la mujer en la vida laboral. También es una novela sobre la incomunicación. Aborda un tema tan cotidiano, en qué manos se quedan los hijos mientras los padres trabajan, que provoca el desasosiego. La novela pone de relieve la encrucijada que viven los padres, tal y como está planteada hoy en día la sociedad. Es muy complicado conciliar el cuidado de hijos pequeños con las vidas laborales del hombre y la mujer, el deseo de ascender en el trabajo o simplemente tener que trabajar por obligación.
Uno de los grandes aciertos del libro es la atención por los detalles y la forma tan sutil de presentar a los personajes, sus acciones y sus cambios de carácter y actitud. La estructura es muy interesante. Al empezar por el final, conocemos el terrible desenlace de la historia. Pero al mismo tiempo, los detalles que muestran que algo no funciona bien son muy sutiles y según avanza la narración nos va ofreciendo leves pinceladas en el carácter y la forma de actuar. Se crea así una sensación de desasosiego e incomodidad porque, aunque a veces se nos llegue a olvidar, la tragedia tiene un peso determinante en nuestra lectura.
Slimani demuestra un uso magistral de la narración objetiva, la opinión del narrador no está presente en ningún momento, nos muestra los hechos fríos y desnudos, como esa carcasa de pollo que protagoniza una de las escenas más escalofriantes de la novela. Sólo deja entrever su simpatía hacia los que sirven a través de las citas, de Rudyard Kipling y Dostoyevski, elegidas por la autora.
Los padres intentan mostrarse cercanos y empáticos con la niñera, ya que no son personas acostumbradas a tener a personal de servicio a su cargo. Demuestran un cierto “apuro” con su empleada, con la que no saben delimitar una relación exclusivamente laboral. La comodidad que supone para ellos la eficiente extralimitación de sus obligaciones por parte de la empleada, hace que se dejen ir invadiendo por ella. Como sucede con la hiedra, la presencia de la niñera va dominando la casa hasta que se convierte en un auténtico peligro para la familia. Cuando sospechan que algo anda mal, ya será demasiado tarde para ellos.
En el Gabinete de Lectura de La Central disfrutamos del privilegio de contar con la visión de la traductora del libro al español, Malika Embarek, cuyo trabajo la ha conducido a establecer una relación de completa intimidad con el texto original en francés. Malika comenzó explicándonos las discrepancias que surgieron por mantener el título original del libro “Chanson douce”, nombre que remite a una popular canción de cuna francesa en la que acecha el peligro inminente de un lobo. Título que sin embargo no dice nada a la mayoría de lectores hispanos que desconocen la canción. Sin embargo, el editor decidió mantener un título que “ha funcionado bien”. Malika, que ha realizado una maravillosa traducción, destacó “la gran profesionalidad de Miguel Lázaro” y reconoció haberse preguntado qué habría pasado si hubiera acometido la traducción del libro después de haber ganado el Premio Goncourt. Como curiosidad este prestigioso premio tiene una dotación económica meramente simbólica, lo realmente importante es el prestigio que se consigue y que se traduce en ventas, como ha sucedido en el caso de “Canción dulce”, convertida en un fenómeno. Leïla Slimani es una de las pocas mujeres que lo ha ganado, entre otras Marguerite Duras. Malika confiesa que de haberlo traducido ahora todo habría sido muy diferente, teniendo en cuenta el tsunami de información que aparece en Google y la fama que está alcanzado la escritora. “Entonces la aproximación fue mucho más ingenua, lo que ha sido positivo, porque trabajé sin presión”.
Para Malika Embarek, que confesó haber empezado directamente con la traducción antes de leer completo el libro, un requisito para que funcione una traducción es la empatía con el autor. “Con Leïla Slimani la tuve totalmente. Se estableció una complicidad impresionante”. La traductora destacó “la objetividad del narrador aunque de las citas del inicio se desprende simpatía por el servicio”. La traductora declaró tener una visión romántica de su profesión aspirando a llegar a una traducción donde no haya barreras. “Me motiva pensar que la literatura la puede leer igual el lector del idioma original que el de la traducción”, aunque “al fin al cabo siempre hay pérdidas, también puede haber ganancias”. La traductora explicó que no ha podido resolver los sonidos de la novela ni las connotaciones que tiene el título. Sin embargo, en algunos aspectos “gana el genio de la lengua española”, según Malika, como en el caso del uso de diminutivos, que sirvió para rebajar el tono narrativo en ocasiones “muy coloquial” del original en francés. La traductora ha logrado dejar las huellas de la melodía del francés de Leïla en la traducción al español en muchos momentos.
Primer trabajo que leo de Leïla Slimani, esta terrorífica canción de cuna que demuestra que es una excelente narradora y constructora de historias.
Canción dulce. Leila Slimani. Cabaret Voltaire, 2017. 279 páginas.

“Americanah”, inmigración, raza y feminismo de la mano de Chimamanda Ngozi Adichie


Llevaba mucho tiempo escuchando hablar de Chimamanda Ngozi Adichie, la escritora nigeriana que triunfa en todo el mundo. Tenía que leerla, pero entre tanta urgencia literaria siempre se quedaba pendiente “Americanah”. Finalmente, gracias al Gabinete de La Central he disfrutado de una lectura que fluye como un suspiro, un libro del que todos hablan, y con razón. Elvira Lindo, que ha escrito el prólogo para la traducción al español, fue la invitada para hablarnos de la tercera novela de la autora, publicada en 2013 y que recibió el National Book Critics Circle Award.
Recibimos a una Elvira Lindo vestida con una elegante blusa color champán y puños ribeteados de plata, que se muestra contenida en la expresión, levantando un dique a base de sonrisas medidas y pronunciación pausada, con el que intenta dominar la vivacidad y picardía que un día le conocimos. En ocasiones se le escapa el desparpajo madrileño, pero al momento, con un movimiento de esas manos adornadas por bellos anillos antiguos, vuelve a recomponerse. La escritora madrileña nos ofrece una entretenida y completa disertación sobre una novela y una autora que conoce bien. Raza, identidad, inmigración, feminismo, diáspora africana, derechos civiles, amor, son algunos de los temas de “Americanah”.
La novela refleja la experiencia de vivir en otros países y culturas. “Encuentro mucho en común con mi propia experiencia, no por el color de la piel sino en lo referido a las vivencias”, afirma la autora de “El otro barrio”, quien ha vivido varios años en Nueva York. Recuerda sus coincidencias con Chimamanda, las dos son mujeres, escritoras, llegadas desde países de tradiciones muy diferentes a las de Estados Unidos. Lindo destaca “la claridad” con la que escribe Chimamanda, abordando temas complejos de una forma que todo el mundo puede entender. “Me molesta no entender las cosas”, argumenta Lindo, para quien la lectura de esta novela “evita muchos años de observación” porque “lo cuenta muy bien”.
Nuestra lectura de “Americanah” ha coincidido con una visita a Barcelona de la escritora nigeriana, para protagonizar una conferencia en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB), ante más de 700 personas. La autora ha copado inevitablemente la sección de cultura de los principales medios españoles. “Yo soy una contadora de historias. Me interesa la textura de la vida, no las teorías, porque la teoría achata a la gente, la hace plana. (…) No quiero descartar la teoría porque creo que te ayuda a ver, aunque no a ver completamente”, afirma en una entrevista para El País Semanal (domingo, 1 de octubre). Así lo entiende Elvira Lindo, para quien el libro ofrece una sensación “de familiaridad” por hacer entender tan claramente. Y es que no es fácil explicar la cultura americana. “Nos hemos educado con la cultura de Estados Unidos y al llegar hay cierta familiaridad, pero según vives allí lo vas desentendiendo todo”, explica Lindo. Porque la mirada de Chimamanda no es sólo literaria sino también es social y política. “Para mí, la literatura es una plataforma para tocar temas sociales, como la justicia social o el feminismo”, explica la autora de “Americanah”, aunque matiza que no se considera activista.
Es “Americanah” una obra que se lee con facilidad, que engancha con su estilo sencillo y directo. La autora demuestra que sabe dialogar muy bien. Como destaca Elvira Lindo “tiene muy buen oído para el idioma”. La historia es creíble y conmueve, puede interesar, conmover y ser entendida por gente de cualquier parte del mundo. En palabras de la propia autora, “Cualquier historia es universal si está bien contada”. Muy interesante también el uso que hace del blog, en realidad los dos blogs, de Ifemelu, la protagonista. Las entradas de blog sirven para exponer ideas y opiniones, que de otra forma lastrarían la narración. Así queda bien resuelto. Como destaca Elvira Lindo, “hay voluntad de que la entiendan, es universitaria pero no académica al uso”. La autora quiere explicar de manera clara situaciones que todos podemos reconocer. Recurre en ocasiones a un sentido del humor afilado e inteligente, que genera momentos realmente brillantes.
“Descubrí que era una mujer negra cuando llegué a Estados Unidos”, afirma Chimamanda. En el libro se plantea un interrogante, ¿qué es ser negro en Estados Unidos?, un tema aún a debate en aquel país. El conflicto, presente desde que comenzó la esclavitud, parecía resuelto tras obtener la población negra los derechos civiles, “pero lo que pasa después de obtenerlos no está contado”, reflexiona Lindo. El racismo tiene que ver con el poder de un grupo, y en EEUU son los blancos quienes detentan ese poder, escribe en “Americanah”. A través del libro ofrece una serie de ideas aparentemente sencillas que conllevan pensamientos muy profundos, su Hay que aspirar a lo blanco es desarrollado a través de un agudo sentido del humor, En EEUU todo el mundo aspira a ser un anglosajón protestante, ¿a qué aspiran los anglosajones protestantes?, ¿alguien lo sabe?
En Nigeria la raza es un tema que ni se plantea, allí la raza no tiene ganchoTengo la sensación de que dejé de ser negra nada más apearme del avión en Lagos. Mujer, negra e inmigrante, la autora, al igual que su protagonista Ifemelu, tiene que desmentir una serie de tópicos con los blancos y también con los otros negros de Estados Unidos, como esa forma de entender a todos los africanos como una misma nación, donde todos tienen las mismas circunstancias. Como ciudadana nigeriana su idioma es el inglés, lo que supone para ella una ventaja. Al llegar a Estados Unidos toma conciencia de que no es afroamericana, un aspecto que la mayoría de nosotros nunca nos habríamos planteado. Elvira Lindo aprecia que esa diferencia se nota “incluso en el lenguaje corporal y la forma de hablar”, porque no vienen de la misma experiencia. La esclavitud es una herida que tiene Estados Unidos y que no se ha curado. Los negros africanos vienen de una cultura y unas experiencias completamente diferentes. La protagonista quiere reivindicarse como un ser humano, no todo el tiempo como alguien de un determinado continente o alguien un determinado color. En la historia de los países no se puede contar con una sola versión, que además es la versión que se ha dado desde Occidente, ellos mismos son quienes deben contar su propia historia. En Occidente lo mejor ya ha pasado, y por eso han de convertir el pasado en fetiche.
Otro de los temas del libro, quizá por el que más se pregunta a Chimamanda, es el feminismo. Autora de “Todos deberíamos ser feministas” (2012), charla TED (evento anual en el que algunos de los pensadores y emprendedores más importantes del mundo comparten ideas),  que fue convertida en un pequeño y exitoso libro. “Mi sueño es que dentro de unos años no tengamos que hablar sobre feminismo porque ya haya igualdad”, afirma en sus entrevistas. Como mujer africana, se muestra muy crítica con el feminismo hegemónico, “El sexismo y el racismo existen en todo el mundo y las mujeres de países occidentales creen que están mejor que las del sur (…) Las mujeres occidentales deberían mirar bien en su propio entorno los problemas de género más que afuera; no hace falta ir a enseñar a ser feminista”.
“Americanah” es también una historia de inmigración, de comparación entre lo que encuentra en el país de acogida con su propio país y su propia cultura. Hoy en día la emigración es muy diferente a la de hace unas décadas, “Todo está más cerca y hay formas de comunicarse constantemente con el país de origen”, reflexiona Elvira Lindo. La protagonista de la novela puede volver a su país, no es una refugiada política, puede mantener los lazos con su gente si no los quiere romper. El inmigrante cuando regresa no acaba de ser de ninguno de los dos lugares, aunque ambos formarán ya parte de su identidad. Se sentía en paz por estar en Nigeria. Por fin su existencia se había desarrollado plenamente. La autora mantiene el compromiso con su sociedad de origen, vive parte del año en Lagos, no ha querido romper con su país, algo que “se echa en falta entre los emigrantes de países europeos”, matiza Lindo. Como inmigrante culta y con criterio, Ifemelu no está deslumbrada por la cultura de acogida, incluso se muestra muy crítica con aspectos que no le gustan, como la educación, Los profesores universitarios no eran intelectuales, no sentían curiosidad, plantaban sus imperturbables tiendas de conocimiento especializado y permanecían en ellas a resguardo. También la exasperan esos blancos progresistas y “enrollados”, que caen en el peor de los orientalismos, Una de esas personas que creía que algo era hermoso porque estaba hecho a mano por pobres en un país extranjero, esas personas que se han hecho una imagen del Negro Mágico, sabio y benévolo a perpetuidad, sometido a grandes sufrimientos, que Nunca se enfurece y siempre perdona toda clase de mierda racista.
La autora recuerda, contra el sentir habitual en los países de acogida, (más bien de recogida), que no sólo se emigra por guerra o hambre. Personas que se habían criado sin hambre y sin sed emigraban ilegalmente porque vivían empantanadas en la insatisfacciónávidas de elección y certidumbre. Considero también muy interesante la historia de inmigración de Obinze, el primer amor de Ifemelu, como contrapunto a la de ella. Obinze emigra a Europa, concretamente al Reino Unido, y lo hace de manera ilegal, lo que convierte su experiencia en algo completamente diferente que lo que le sucede a la protagonista. Él tiene que enfrentarse constantemente al miedo a ser expulsado, sobrevivir con trabajos muy precarios y debe convivir con las mafias que rodean a la inmigración ilegal. Ese era el curso normal de la historia: la afluencia a Gran Bretaña de negros y morenos de países creados por Gran Bretaña.
El amor es otro de los temas que aparecen en “Americanah”. El gran amor de Ifemelu es Obinze, su novio de adolescencia; más tarde en EEUU Ifemelu se emparejará con un blanco adinerado y con síndrome de Peterpan y con un afroamericano intelectual. En el Gabinete de Lectura se expresó la opinión de que la historia de amor con Obinze baja un poco el tono del libro. También se vio al personaje del novio de juventud menos logrado que Ifemelu. Para mí, la autora “blanquea” la fortuna que Obinze consigue tan rápidamente; entiendo que para no hacerle demasiado indigno del amor de su protagonista. Ifemelu considera que un cierto autosabotaje planea en sus decisiones vitales, de alguna manera no cree merecer la felicidad. Piensa que algo falla en ella, una avidez, un desasosiego, la sensación de algo remoto e inaccesible. Como mujer intelectual, Ifemelu es una mujer crítica, inquieta, inconformista, y todo eso se traslada a su forma de ver el mundo y a su manera de vivir.
Y para finalizar quiero resaltar un aspecto que me interesa particularmente, las referencias a los cuidados de belleza de las mujeres negras, que yo conocí en España a partir del blog y canal de vídeo “Negra Flor”, de consejos sobre estética afro. Las peluquerías, los peinados afro, los maquillajes para la piel negra, la rebelión contra la tiranía de los alisadores de pelo, Alisarse el pelo es como estar en la cárcel, todo eso lo recoge Chimamanda en la novela, aspectos que en absoluto son intrascendentes, por el contrario tienen mucho de sociología y antropología.
Tan apasionante es la figura de Chimamanda Ngozi Adichie que ahora sólo nos queda seguir leyéndola.
Foto: Literatura Random House

Botchan, el irreflexivo niño mimado de Natsume Sōseki, recuperado por Impedimenta


La participación en el Gabinete de Lectura de Jesús Casals en La Central me ha abierto las puertas a un montón de lecturas de calidad, a conocer nuevas editoriales y a ampliar y mejorar mis intereses lectores. Jesús, al que deseamos la mejor de las suertes, ha iniciado una nueva andadura profesional en la editorial Entre Ambos, por lo que ha dejado de coordinar nuestros gabinetes. Sirvan estas líneas para mostrar mi agradecimiento por el fantástico e implicado trabajo que ha desarrollado y que he tenido la suerte de disfrutar.
En la sesión que iniciaba el Gabinete de Primavera 2017 nos visitó Enrique Redel, editor de Impedimenta, para hablar de Botchan, de Natsume Sōseki. Precisamente en este año se han cumplido diez del nacimiento de una editorial que nos ha dado multitud de magníficos momentos literarios. Enrique nos contó cómo fueron aquellos primeros pasos. “Estaba sin un duro, todo el dinero lo había invertido en Impedimenta y estaba planificando el primer libro, La abadesa de Castro de Stendhal”. Sin embargo, nos confesó que el primer libro que realmente eligió para editar fue Botchan. Redel considera a Sōseki un escritor fundamental para él, ya que “la lectura de su libro Kokoro me cambió la vida” Investigando sobre el autor cayó en sus manos la traducción al inglés de Botchan, libro que no conocía. “Me recuerdo leyéndolo y partiéndome de risa”.
En Impedimenta aspirar a ser “vendedores de long sellers” y Botchan sin duda lo es. Se trata de un libro de juventud, considerado un clásico para muchos lectores japoneses. La edición de Impedimenta ganó el premio Llibreter, el que otorgan los libreros, lo que “Nos dio a conocer a mucha gente”, explica Enrique, que lo sigue recomendando diez años después de haberlo editado y de una tirada de quince ediciones.
Muchos han visto en ese Botchan (que significa algo así como niño mimado), a la vez inocente, cínico y descreído, irreflexivo, impulsivo e inmaduro, un alter ego de su autor. La presencia de Enrique Redel nos sirvió para conocer más sobre Sōseki, de quién yo apenas sabía nada. Nació en 1868, un año antes de la instauración de este periodo, considerado como el de la modernización de Japón. Supuso un momento de apertura para un país que había estado completamente cerrado al exterior. La apertura a Occidente fue el paradigma de la época Meiji. La cincuentena de Sōseki coincidió con la muerte del emperador Meiji, que causó una enorme conmoción social. El fin de esa época le llevó a escribir Kokoro. Sōseki nació en una familia de samurais, considerada en Japón una clase noble, era el último hijo y fue criado por sus tíos. Eso le marcó, y sus gustos no tenían nada que ver con lo que se esperaba de él. Tenía inclinación por la lectura, la poesía y la vida bohemia. El estado japonés le pagó una beca para estudiar en Inglaterra, en lo que resultó una etapa desastrosa para él, al sentirse despreciado por la sociedad occidental. Sin embargo, aquella estancia le sirvió para leer y absorber la literatura occidental. Finalmente le rescataron de Inglaterra en medio de una gran depresión. Se dedicó a la enseñanza. Alcanzó un gran éxito con su novela Soy un gato. Más tarde escribió Botchan. En su vida fueron decisivos su úlcera de estómago y su desgraciado matrimonio, que fueron amargando su carácter. A esto se unió su alcoholismo. Murió sobre el manuscrito de su libro Luz y oscuridad, aunque la novela no da impresión de inacabada, ya que era un autor de finales abruptos.
Botchan es una novela “escrita a la inglesa”, en primera persona, lo que era un tabú en Japón. En definitiva, “no parece un texto japonés”. En cuanto a la traducción, el japonés “no es traducible” pero los textos de Sōseki sí son susceptibles de traducir. Redel recomienda un artículo de Aurelio Asiain en Letras Libres sobre la comparación entre diferentes traducciones de sus obras.
También Redel hizo referencia al magnífico prólogo del especialista en literatura oriental Andrés Ibáñez, y la cantidad de notas, oportunas y exhaustivas, que lleva el texto. Sobre las notas hay diferencia de opiniones, pero Redel las considera necesarias, ya que hay objetos, expresiones, comidas, que son intraducibles con una sola palabra. En el pequeño debate que mantuvimos mi opinión fue a favor de estas notas, basándome en la experiencia que tenemos en la literatura saharaui, donde por ejemplo hay decenas de nombres, intraducibles, para referirse al camello según su sexo, edad doma o uso.
Un libro en definitiva delicioso, para un Gabinete de despedida. Mucha suerte a Jesús Casals. Larga vida a Impedimenta.

“Tea Rooms. Mujeres obreras” de Luisa Carnés, justicia para los vencidos


“Recuerdo un bonito collar de ámbar con el que yo que jugueteaba de niño, algún olor, sensaciones”, nos contaba Alejandro Puyol, nieto de la escritora madrileña Luisa Carnés. Alejandro y su hermano Juan Ramón nos hablaron de “Tea Rooms. Mujeres obreras”, en el que ha resultado nuestro gabinete de lectura más emotivo y tierno, a pesar de lo combativo de la literatura de Luisa Carnés, autora injustamente olvidada que ha sufrido un merecido renacimiento ochenta años después de que se publicara esta novela, ahora redescubierta por la editorial asturiana Hoja de Lata.
Como se explica en el completo epílogo de Antonio Plaza Plaza, uno de los mayores expertos en la literatura de Luisa Carnés, la autora, autodidacta, llegó a la literatura por la necesidad de evadirse de su realidad. Nacida en el madrileño barrio de Huertas en 1905, la pobreza la llevó a dejar el colegio con once años y trabajar desde entonces, aunque mantuvo un constante esfuerzo para su autoformación. La situación de Luisa nada tenía que ver con el universo de las letras, fue la calidad de su trabajo y su determinación lo que le llevó a hacerse un nombre entre las autoras de la época de la Segunda República, hoy injustamente olvidadas, reflejo de la batalla por la igualdad que se impulsó en aquellos años. Luisa abordó en sus obras la problemática de la mujer, sometida a condiciones laborales peores que las de los hombres, convirtiéndose en una destacada autora de la novela social femenina, en la que se reflejaba el surgimiento de una mujer nueva que buscaba la emancipación a través del trabajo, la cultura y la lucha colectiva. Los planteamientos de la novela siguen hoy estando vigentes.
Luisa conocía bien el mundo de las “mujeres obreras” que aparecen en “Tea Rooms” y en muchas de sus obras. Siendo una niña entró a trabajar en el taller de sombreros de una tía suya y trabajó después en una pastelería, el escenario de su “Tea Rooms”. También desempeñó trabajos de telefonista o mecanógrafa en una editorial, mientras comenzaba su formación autodidacta a través de sus lecturas. En 1928, año en que publicó su primera novela, “Camino del calvario”, consiguió un trabajo en la Compañía Iberoamericana de Publicaciones (CIAP), una importante editorial española de la primera mitad del siglo XX, que quebró en 1931. La vida de Luisa se vería irremediablemente marcada por la Guerra Civil. Su firme posicionamiento a favor de la República le llevaría a exiliarse en 1939 en México, país donde falleció en 1964 de manera inesperada. Esposa del cartelista y pintor Ramón Puyol, autor del célebre cartel del “No pasarán” y abuelo de nuestros invitados, fue posteriormente la pareja del poeta Juan Rejano. Luisa también desempeñó una prolífica actividad como periodista, colaborando con Mundo Obrero. Puyol no salió de España, fue encarcelado y condenado a muerte, pena que se le conmutó por condena a trabajos forzados en la restauración de frescos en El Escorial y el Palacio Real de Madrid. Rejano falleció en 1976 en México cuando preparaba su regreso a España. 
Luisa Carnés fue una prolífica autora de cuentos y novelas, “Tea Rooms”, calificado por ella de "novela reportaje" y su libro más conocido hasta la fecha, forma parte de lo que se considera una trilogía, donde la autora es de alguna manera la protagonista . “Natacha”, publicada en 1930 y basada en sus experiencias como trabajadora en una sombrerería de la calle Moratín en el centro de Madrid, recoge las dificultades del trabajo, los horarios interminables, los sueldos magros, la discriminación laboral femenina. “Tea Rooms”, publicada en 1934 y considerada su novela más lograda a decir de los críticos, es una obra de mayor madurez; Matilde, la protagonista, es también un alter ego de Luisa. “El eslabón perdido”, escrita ya en el exilio mexicano, cuenta la historia de un profesor preocupado porque su hijo ha perdido sus raíces con España, tratando así el tema del desarraigo, una preocupación de la autora.
Alejandro y Juan Ramón reconocieron que aún están descubriendo la obra de su abuela. “2014 fue un año muy importante para la obra de Luisa por la edición facsímil de “Tea Rooms” (Asociación de Libreros de Lance) y  también por la publicación de la tesis doctoral de Iliana Olmedo, “Itinerarios de exilio”. Destacaron que, hasta la edición de Hoja de Lata, la obra de Luisa había sido objeto de estudio en un ámbito exclusivamente académico. Sin embargo, según su opinión en el éxito de la reedición ha tenido mucho que ver Hoja de Lata, una editorial independiente asturiana, “más viva, que conoce bien las redes sociales, lo que ha contribuido en que el libro tenga mucho tirón y mucho éxito”.
La quinta edición de la novela demuestra que los lectores la han acogido con entusiasmo. A pesar de haber sido escrita en los años treinta, “Tea Rooms” se mantiene fresca y actual, gracias a los temas que aborda, como el aborto, jornadas de trabajo extenuantes sustentadas “en el temor al superior”, salarios miserables, hambre, acoso en el trabajo, crisis económica, trabajadores desunidos y sin conciencia de clase o la defensa de los derechos de la mujer y de los trabajadores. Novela coral, donde las trabajadoras del salón de té componen los diferentes caracteres que se suelen encontrar en un centro de trabajo. El dueño, duro y distante, al que sólo le interesan los resultados favorables para su negocio; la encargada, el desagradable mando intermedio que aprieta las tuercas a las trabajadoras para el beneficio del patrón; Antonia, la empleada más antigua, buena mujer pero temerosa de los que mandan, nunca ha visto reconocido su buen trabajo pero ella lo acata mansamente; Marta, casi una niña, la miseria que vive su familia le ayuda a distraer algunos beneficios del local; Paca, aún joven pero sólo dedicada en su escaso tiempo libre a los rezos y las monjas; o Laurita, la alocada ahijada del dueño, cuyos sueños la convertirán en víctima de un desgraciado final. La protagonista es Matilde, alter ego de la autora, que carga “el peso de su condición de explotada”, doblemente porque a la explotación laboral se une en el caso de las mujeres la explotación por su género, incluyendo abuso sexual. Ella sí tiene conciencia de esa eterna división de clases entre “los que suben en ascensor y los que utilizan la escalera interior”, es rebelde y aspira a un futuro mejor, tiene inquietudes políticas, vaticina “la llegada de una nueva era, que ponga fin a la explotación, en la que los obreros dejen de pasar hambre”; el triunfo de “una sociedad fuerte, culta, sana, sustituirá a la actual sociedad, depauperada y famélica”. Para Matilde la esperanza en un cambio viene de Rusia, donde hay un sistema criticado por “los ricos y los pobre ignorantes, o los fanatizados por la religión, para los que los libros y la ciencia son la condenación eterna”.
La mujer es el eje del libro. “Tea Rooms” aboga por las mujeres que se independizan, “que viven de su esfuerzo sin necesidad de aguantar tíos”. Sin embargo, ellas también sufren explotación, en este caso el de los patronos, “de una u otra forma, la humillación, la sumisión al marido o al amo explotador”. España es un país atrasado, donde las únicas que podrían emanciparse a través de la cultura son las hijas de ricos, “pero a ellas no les preocupa la emancipación”. Ellas viven una buena vida, “el hambre es el que engendra rebeldes”. Las empleadas, a cambio de trabajo duro sin apenas descanso, obtienen un mísero sueldo. Ese aprendizaje para ganarse la vida “hay que pagarlo”, pero pagarlo “en lágrimas y humillaciones”.
La autora se muestra también muy crítica con España, “en todo país culto son respetadas las ideas por avanzadas que estas sean; aquí, el menor gesto de simpatía hacia determinado país desencadena contra el individuo no sólo las iras policiacas, sino del elemento civil de todo el país”. Sin la solidaridad obrera y la unión de los trabajadores es imposible alcanzar avances, pero eso no es posible en España, donde lo único que se hace es quejarse por detrás. “El que habla es el que pierde”, es la opinión generalizada. Las cabezas “se agachan medrosas” ante lo que ordena el patrón, que tiene “la llave del estómago” de cada uno de sus trabajadores y es que “la necesidad atrofia el sentido moral”, lleva a  “acostumbrarse a todo”.
Un libro muy madrileño, que rezuma autenticidad y compromiso, de una de las integrantes de aquella generación de la República, surgida en un momento en la que se revitalizó la vida española en muchos aspectos. Luisa bebió de toda aquella efervescencia, había una revolución en marcha, se presentía que algo iba a pasar. Sea una suerte de justicia poética o buen karma, el caso es que Luisa Carnés está hoy más vigente que nunca, apoyada con entusiasmo por su familia y sus fantásticos nietos.           

Manual de exilio de Velibor Čolic. El desgarro de los refugiados



Es “Manual de exilio” de Velibor Čolic, editado por Periférica, uno de los libros que más me han impresionado y más hondo me ha llegado, de los leídos en el Gabinete de Lectura de La Central. Porque nosotros convivimos con el exilio. A pesar de los esfuerzos por sobrellevarlo, el exilio siempre está ahí, latente. Su mordisco acecha en las noticias sobre los territorios ocupados, las llamadas de la familia, en muchos recuerdos del ayer. Nadie sale ileso del exilio. Todos deberíamos leer este libro.
“Manual de exilio” aborda el drama de un refugiado de la guerra de Bosnia, aquel horror sucedido en los años 90 en el interior de Europa, que demostró hasta qué punto los seres humanos podemos ser tibios, egoístas e indiferentes ante el dolor de nuestros semejantes. Aquella guerra terminó pero aún hoy, décadas después, supuran unas heridas difíciles de cerrar. Los Balcanes son uno de esos sitios “con tanta historia”, que llega a resultar “insoportable”, porque nunca tendrán tranquilidad. Čolic, “perdido en una Europa ciega, indiferente al destino de los nuevos apátridas”, reniega de esa Europa que apenas hizo nada por frenar aquella locura que se llevó sus vidas por delante, “Tengo demasiado acento y demasiada guerra para ser europeo”, afirma. También arremete contra esas supuestas “buenas intenciones de políticos, politicastros, gurus, humanitarios, todos muestran interés y se entrometen en el destino de mi pobre y martirizado país”. El infierno está lleno de buenas intenciones, sabemos de eso.
La de exiliado es una “segunda existencia, dura, fría y adulta”. El drama del exilio y de los refugiados sigue hoy vigente. A situaciones enquistadas, como los más de cuarenta años que llevan fuera de su tierra los refugiados saharauis, a los emigrantes africanos que llevan años muriendo en el éxodo a esa supuesta tierra prometida, se une estos últimos años la tragedia de los refugiados sirios, también iraquíes, afganos, palestinos..., que huyen de guerras, masacres, hambrunas y ocupación. En 1992, año en que Čolic desertó del ejército bosnio y arribó a Francia, los refugiados partían de de Irak, Bosnia, Somalia o Etiopía.
Čolic recorre en “Manual de exilio” sus primeros años como refugiado en Francia, el país de la “igualdad, libertad y fraternidad” pero que a la vez tiene mucho que ver como antigua potencia colonial en el drama de tantos pueblos que sufrieron su opresión y aún hoy sienten su intromisión y sus injerencias. Se muestra amargamente crítico contra la “Europa dormida”, llamada a repetir una y otra vez antiguos errores. Como exiliado el autor atraviesa “el escandaloso silencio y la indiferencia del mundo”, marchando errante por diferentes territorios (también recala en Budapest) que jamás podrán reemplazar su lugar de nacimiento. Así define al refugiado como un “hombre sin papeles y sin rostro, sin presente y sin porvenir”. Se trata de una existencia desposeída de sentido, “Ya no tengo nombre, ni soy mayor ni joven, ya no soy hijo ni hermano”; el exiliado es menos que nada, “Soy un perro mojado de olvido”.
Sin concesiones ni medias tintas el libro muestra el abismo que existe entre “el mundo de verdad y el inframundo de los ciudadanos de segunda clase, sin papeles, sin rostro y sin esperanza”; la desgarradora separación de la gente con la que se ha vivido y ya no está, “son nosotros mismos: somos nuestra propia historia”. Poco a poco su país correrá el peligro de diluirse en su memoria, “sólo existe en el espejo deformado de mis recuerdos”.
El testimonio de Čolic tiene más valor porque no sólo se muestra crítico con los demás, también expone con sinceridad sus propias miserias. Así, cuando pasa por la experiencia de los centros de acogida, siente que ese no es su lugar al creerse superior al resto de acogidos, no sabe canalizar su frustración, “Agotado, enfadado conmigo, con el mundo, con la guerra”, el orgullo no le permite aceptar su destino, “una nueva vida sin mañana”. El alcohol será, momentáneamente, la equivocada vía de escape para combatir el “frío metafísico que le habita”, aunque emborracharse no sea más que una “ceremonia amarga”, que lo empeora todo.
Escritor en su antigua vida, Čolic se ve despojado de esta forma de expresión en Francia al desconocer el idioma. Lo primero que tiene que hacer al llegar es asistir a clases de francés, pero la dificultad para expresarse en la nueva lengua es mucho más frustrante para un hombre de letras como es su caso. La única forma de empezar de nuevo es el olvido de lo anterior. Su terapia es la escritura y el aprendizaje del nuevo idioma, “Así el dolor permanecerá para siempre en mi lengua materna”. La literatura, ese “centinela valiente”, será una tabla de salvación. No obstante el autor tampoco se corta ante la crítica al mundillo literario e intelectual francés, que le acoge como una criatura exótica de un país cuyo drama estaba entonces “de moda”.
La amargura que invade el libro no da lugar a buenismos ni recetas mágicas. La del exilio es una experiencia de la que nadie sale indemne. Las frases de Colic, secas y certeras como balas, no nos conceden tregua: “Miro furtivamente aquel mundo que no es el mío"; “Antes de la guerra era un hombre, ahora soy un insulto”; “Soy el otro, el que no entiende nada y no consigue hacerse comprender”; “A los refugiados les está prohibido soñar”; “Un hombre sin papeles es un hombre sin rostro. El hombre sin patria no es nada”; “Estoy robotizado por el miedo, deshumanizado por la miseria”. “Soy una mancha molesta y sucia, una bofetada en el rostro de la humanidad. Soy un inmigrante”; “El hombre despojado de su tierra no puede aspirar al cielo”.
Un libro desgarrador, que rezuma emoción y verdad en todas sus páginas. Imprescindible.