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“An Accidental Studio”. Las aventuras de George Harrison como productor de cine


Un artículo de #Hzlqdbs para MiCiudadReal.es
Los rendidos admiradores de George Harrison sabíamos de su faceta de productor de cine, no muy conocida para la mayoría del público. Deseosa de saber todo lo posible sobre mi ídolo, había leído sobre esta cuestión en la recomendable biografía “George Harrison: de Beatle a jardinero” de Javier Tarazona y Ricardo Gil Salinas y en el megadocumental “George Harrison: Living in the Material World” de Martin Scorsese, estrenado en 2011.
La entrada de George en el cine fue cuando menos curiosa y tuvo mucho que ver con su forma de entender la vida y la creación. Tras la separación del grupo más famoso de la historia, el beatle “tranquilo” (qué tramposas son las denominaciones, nada tenía George de tranquilo en realidad) disfrutaba de una exitosa carrera en solitario, en especial con sus primeros discos. Los siguientes fueron teniendo peor aceptación y George se dedicó a vivir la vida, cuidar el enorme jardín de su impresionante mansión Friar Park, a disfrutar de los coches y la velocidad y a seguir grabando a su ritmo y sin giras.
A George Harrison le gustaba trabajar en grupo y tenía una estrecha amistad con Eric Idle, uno de los miembros de los famosos Monty Python, lo más parecido a un grupo de rock entre los comediantes anglosajones. Le encantaba su humor y había colaborado con ellos en varias ocasiones. Por ejemplo para grabar el chiflado video de su canción “Crackerbox Palace”, del disco Thirty Three & 1/3. El video, rodado en Friar Park y estrenado en el programa Saturday Night Live en noviembre de 1976, fue dirigido por Eric Idle y cuenta con la actuación de otro de los miembros de la troupe de los Python, Neil Innes. George también colaboró con gran entusiasmo en un programa de televisión de Idle e Innes, The Rutles, sobre un grupo de rock parodia de los propios Beatles. Harrison llegó a aparecer en el programa y les asesoró en su trabajo. “Los Rutles me liberaron de los Beatles de alguna manera. Fue el único programa de los que se hicieron sobre los Beatles que vi. Fue en realidad el mejor, el más divertido y el más mordaz. Pero al mismo tiempo, fue el que se hizo con más amor”, afirmó George.
En 1978 “La vida de Brian” se cruzó en el camino de George y “la entrada de cine más cara de la historia” fue el detonante para la creación de HandMade Films, el estudio con el que George Harrison se convirtió en productor de cine de forma accidental. La proverbial aparición del beatle tuvo lugar cuando EMI, productora inglesa de cine que iba a financiar la película, decidió retirarse del proyecto a pesar de que parte del equipo se había trasladado ya a Túnez para comenzar el rodaje. Al presidente de EMI, Lord Delfont, le dio por leer el guion y calificó la película de “obscena y sacrílega”. George se enteró por su colega Eric Idle del aprieto en que se encontraba el grupo, así que decidió hipotecar su mansión para conseguir el dinero. “Simplemente quería ver la película”, confesaría después. Por suerte, “La vida de Brian”, dirigida por Terry Jones, se convertiría un éxito de taquilla y hoy en día es una película que se ha ganado un lugar destacado en la historia del cine.
Así comienza “An Accidental Studio”, el documental dirigido por Bill Jones, Kim Leggatt y Ben Tim­lett que cuenta la historia de HandMade Films, la productora creada por George junto con el abogado estadounidense Denis O´Brien para que sus amigos pudieran filmar la película que deseaban. Peter Sellers presentó a los futuros socios y O´Brien se convirtió en su asesor financiero en 1973. El documental incluye entrevistas con muchos de los directores e intérpretes que participaron en aquella aventura. Así, entre los miembros de Monty Python, podemos ver a Terry Gilliam, director de “La vida de Brian” y “Time Bandits” (“Los héroes del tiempo” en España), una peli de aventuras y fantasía estrenada en 1981 y que fue una de las apuestas de gran presupuesto de la productora; en “An Accidental Studio” Gilliam habla sobre su legendario mal carácter y cómo George le puso en su sitio con la letra de la canción “Dream Away” escrita para los títulos finales del film. También podemos escuchar testimonios de Eric Idle, compinche y amigo íntimo del beatle y “culpable” de la creación de la productora cuando contó a George el aprieto en el que estaban metidos con “La vida de Brian”, y de Michael Palin, protagonista de varios films de la productora y director de “El misionero”, una película de época estrenada en 1982 para la que Palin escribió también el guion.
George, amante del séptimo arte desde muy niño cuando devoraba películas en los espectaculares cines de posguerra en su ciudad natal, Liverpool, había entrado en el negocio animado por la posibilidad de financiar películas que otras productoras “no querían hacer”. En sus inicios en HandMade Films primó la creatividad por encima de la búsqueda de beneficios, consiguiendo durante un tiempo medirse de tú a tú con los grandes estudios británicos, EMI y RANK, ya entonces en retirada. Como se afirma en el documental “si repasas la industria cinematográfica inglesa de los años 80 y quitas las películas de HandMade Films apenas queda nada”. Harrison vio su productora como una manera de ayudar a sus adorados Monty Python y a la vez de ayudar a otros artistas, sin que primara el aspecto comercial. Tal vez una forma demasiado romántica de ver el negocio, pero así era George. Su satisfacción residió en ayudar y hacer felices a sus amigos desde su posición privilegiada, algo que siempre situó por delante de dinero, negocios, fama o poder.
Destaca la variedad de temáticas que se abordaron en las películas producidas por HandMade Films, desde comedia, a cine de aventuras, de época o cine negro. Algunos de estos títulos se han convertido con el tiempo en películas de culto. Es el caso de “El largo viernes santo” (1980) de John Mckenzie, una aproximación a las películas clásicas americanas de gánsters pero a la inglesa y con terroristas del IRA, protagonizada por Bob Hoskins y  Helen Mirren; la espléndida “Mona Lisa” (1986), un thriller dirigido por Neil Jordan, con Bob Hoskins, Michael Caine y Cathy Tyson, éxito de público y crítica que sirvió a Bob Hoskins para lanzar su carrera en EEUU; o la comedia negra de culto “Withnail y yo” (1987) de Bruce Robinson, en cuyo rodaje se pusieron de manifiesto las injerencias de Denis O´Brien en el proceso creativo, a pesar de ser abogado y no tener experiencia artística. Pese al buen rollo y las ganas que puso George en un proyecto que le divertía y le apasionaba, se topó de nuevo con la figura del hombre de negocios que venía a perturbar lo que pretendía ser un paraíso creativo. George acabaría demandando en 1995 a su socio Denis O´Brien por varios millones de libras. Lo peor de todo fue sentirse traicionado por alguien a quien había considerado un amigo y en quien había confiado.
Sin embargo, en HandMade Films no siempre primó el aspecto artístico. Algunas películas parecen más un divertimento. Es el caso de “Loca juerga tropical” (“Water” en inglés), protagonizada por Michael Caine y una alocada Brenda Baccaro con un extraño acento nicaragüense, inspirado en una de sus asistentas según explica la propia actriz en el documental. La película, una sátira sobre un diplomático británico en una isla caribeña en la que se descubre un manantial de agua, se queda a mitad de todo, no tuvo éxito comercial ni de crítica. Como curiosidad al final de la película aparece la banda inventada The Singing Rebels integrada por George Harrison, Ringo Starr, Jon Lord de Deep Purple y Eric Clapton, interpretando la canción “Freedom”.
Como consecuencia de la ambición de O’Brien, HandMade Films se trasladó a Hollywood, con la aspiración de hacer películas con mayor presupuesto y con estrellas, algo que no tenía nada que ver con el propósito con que el estudio fue creado. Harrison dejó hacer a su socio, a pesar de que no estaba de acuerdo con el rumbo que estaba tomando su proyecto. Así llegó “Shanghai Surprise”, la gran apuesta hollywoodiense de Denis O´Brien. La película, ambientada en el Shanghai de los años 30 con ligero toque de misterio e historia de amores reñidos, estuvo protagonizada por la ya entonces megaestrella Madonna, y su recién estrenado esposo, el visceral Sean Penn. El rodaje fue un despropósito y el resultado un desastre. Aquello estresó a George, que de nuevo veía cómo lo bonito y lo divertido de la creación se estropeaba por el tema monetario. Tuvo que viajar a Hong Kong, donde se estaba rodando, para poner paz. En el documental podemos ver imágenes de la movida rueda de prensa que ofreció con Madonna en Londres a mitad del rodaje. George se implicó aún más, haciendo un breve cameo como director de orquesta y componiendo varias canciones para la banda sonora, destacando la preciosa “Someplace else”, una delicada balada de esas que bordaba George; al menos la película sirvió para algo bueno.
El conocido percusionista Ry Cooper fue otro de los integrantes de HandMade Films. Destacado músico acompañante de todos los grandes de la época, trabajó en estudio y en directo con luminarias como Rolling Stones, The Who, George Harrison, The Kinks, Eric Clapton, Elton John y un largo etcétera. Desempeñó el cargo de director creativo de HandMade Films de la mano de George, quien le pidió que fuera él (George) dentro del estudio. Cooper resultó ser además un gran lector de guiones, se le daba muy bien escuchar y solucionar problemas y medió en numerosas ocasiones entre George y su socio.
“An accidental studio” es un documental convencional en su estructura pero muy interesante para los fans de George Harrison. Dispone de mucho y muy jugoso material de archivo, incluidas divertidas declaraciones del propio George quien, dentro de su modestia y su buen humor habituales, quitaba importancia a muchos de los logros conseguidos con las películas que producía.
George aguantaría en la compañía hasta 1994, año en que fue vendida a Paragon Entertainment. Tenía un nuevo sueño creativo, formar parte de nuevo de un grupo que le gustaba. Desde 1988 era integrante de los Travelling Willburys, supergrupo formado con Bob Dylan, Jeff Lynne, Roy Orbison y Tom Petty, junto con el batería Jim Keltner. Los disgustos de HandMade Films eran más llevaderos así.
“An accidental studio” me ha servido para reiterarme en mi pasión por ese personaje maravilloso que fue George Harrison. Formó parte de un grupo mítico y de referencia para cualquiera que ame la música y fue autor de canciones grandiosas y además fue un aclamado productor de cine. Sin embargo, todos sus logros no le convirtieron en un ser vanidoso o engreído. Mantuvo su pasión por el aspecto artístico por encima del negocio, practicó una aconsejable y nada fácil ausencia de vanidad y prefirió siempre la amistad y el trabajo en grupo por encima de cualquier otra consideración.



“Juliet, desnuda”, una deliciosa comedia con el inconfundible sello de Nick Hornby


Nick Hornby es uno de esos autores que sabes que nunca te va a defraudar. A sus capacidades narrativas se le une su pasmosa facilidad para incluir música maravillosa en sus historias, una combinación para mí irresistible. Leí hace varios años “Alta fidelidad” en una de las colecciones de novela del periódico El Mundo. Probablemente es su obra más conocida, pero Hornby es además autor de novelas como “Fiebre en las gradas”, “En picado”, “Todo por una chica” o “Funny girl”. Hornby siempre ha tenido una estrecha y fructífera relación con el cine. Conocida es la adaptación para la gran pantalla de “Alta fidelidad”, dirigida en 2000 por Stephen Frears y protagonizada por el magnífico John Cusack. La historia del confuso y perdido dueño de una poco exitosa tienda de discos que sufre una dolorosa ruptura sentimental y que todo lo explica a través de listas supuso un gran éxito y proyección para un autor que ya contaba con muchos seguidores.
Por eso estas navidades hemos ido a ver “Juliet, desnuda” el mismo día de su estreno. Basada en la novela de Hornby del mismo título, la historia vuelve a mostrarnos unos personajes confundidos, en este caso rozando la cuarentena, esa confusa etapa en la que uno llega, sin saber cómo, a la mitad de su vida. Los cuarenta suponen un momento de mirar atrás y darse cuenta de que la cuesta abajo ha comenzado, donde entran las prisas por recuperar el tiempo perdido y por tratar de enmendar esos errores que hayamos podido cometer. Los personajes de “Juliet, desnuda” son una vez más seres llenos de imperfecciones, dudas e inmadurez, como suele ser habitual en Hornby. La historia nos muestra un curioso triángulo, con sus protagonistas instalados en esa crisis de los cuarenta, que cada uno afronta de diferente manera.
La actriz australiana Rose Byrne es Annie, la mujer de la ecuación, quien muestra una personalidad más rica y compleja. Durante la película sufre una evolución decisiva. Comenzamos conociendo a una Annie juiciosa y formal, siempre pendiente de los demás y de hacer lo que se espera de ella. Atrapada en una relación que ya no le aporta nada, ha renunciado a sus sueños, vivir en Londres (“la etapa más feliz de mi vida”) y tener hijos porque a su pareja no le gustan. Cuando por fin se decide a ser ella misma y empieza a conocerse, sitúa el deseo de alcanzar sus aspiraciones personales por encima de encontrar otra pareja. Hay una escena muy reveladora en la película cuando una anciana maldice el buen juicio que tuvo toda su vida, evitando meterse en problemas. Y es que en muchas ocasiones la salsa de la vida está precisamente en la falta de corrección y de contención; el drama está en darse cuenta cuando ya es demasiado tarde.
Su pareja, Duncan, está interpretado por el actor de comedia irlandés Chris O'Dowd. En su día atrajo a Annie porque le pareció un hombre original y sofisticado. Sin embargo, tras quince años de relación, el desgaste de la convivencia ha eliminado la pátina brillante. Lo que queda es un fan obsesivo de un músico a quien consagra su pasión y casi todo su tiempo libre, además de dedicarle un videoblog y haberle levantado un auténtico santuario en una habitación de su casa. Un comportamiento que Annie ha ido aceptando a base de sacrificar sus deseos e intereses. Duncan hace gala del típico egoísmo y egocentrismo que no le dejará ver, hasta que sea demasiado tarde, las cualidades que tiene su compañera.
Tucker Crowe es el misterioso músico autor de un único álbum, “Juliet”, recluido en no sé sabe dónde y sobre el que elucubran sus fans creando las más disparatadas hipótesis. Está interpretado por el conocido actor estadounidense Ethan Hawke, que define a su personaje como “el J.D. Salinger del rock independiente”. Tucker en realidad vive de prestado en casa de una de sus ex mujeres, está completamente alejado de la música y en proceso de rehabilitarse de los excesos de drogas y alcohol que le llevan a no recordar apenas su breve carrera musical. A pesar de su nada halagüeña situación, Tucker es un hombre de mediana edad que se toma la vida con calma, dedicado a ejercer por fin como padre de su hijo más pequeño, tras ser irresponsable y ausente padre de sus otros hijos, fruto de su relación con diferentes mujeres.
En la relación de Annie y Duncan revolotea constantemente la presencia/ausencia de Tucker, y ya se sabe que en una relación tres son multitud. Una maqueta inédita del artista será el desencadenante para que la relación de Annie y Duncan se resquebraje irremediablemente y para que ella entre en contacto con el esquivo músico, en un giro narrativo muy bien logrado. En ese momento comienza la relación por internet entre la mujer y el artista, tratada con encanto y bien resuelta narrativamente en la película; una relación por email que se basa en la ausencia de mentiras y en una especie de desnudo emocional por el que ambos se muestran tal y como son, con sus dudas, defectos y tropiezos, sin tratar de embellecerse ni de jugar al despiste.
Me es muy raro decirle esto a un desconocido pero tengo la impresión de que he tirado los últimos quince años de mi vida.
Dudo que esto te sirva de consuelo pero me avergüenza decir que se me han colado dos décadas entre los dedos...
Al menos tienes un pasado al que recurrir.
Narrativamente es un acierto tan bien resuelto que me mantuvo con una sonrisa de oreja a oreja.
Como amante de la música y de la creación en general, uno de los aspectos que más me han interesado de la película es su reflexión sobre las intenciones del artista y sobre a quién pertenece el arte. Así Duncan es uno de esos fans obsesivos que pretende saber más sobre sus ídolos que los propios ídolos. Duncan le rebate a Tucker opiniones sobre su vida y sus canciones, de las que se cree dueño, llegándole a decir que el arte no pertenece al artista sino al público que lo disfruta. Duncan busca diferenciarse, distinguirse y calificarse a sí mismo a través de su pasión, la poco conocida música de un artista minoritario.
“Juliet, desnuda” está dirigida por Jesse Peretz, quien fuera bajista y miembro fundador de The Lemonheads. Peretz reconoce haberse sentido cómodo dirigiendo esta historia tan musical gracias a su pasado en una banda de rock y como fan “obsesivo del punk”. El guion corre a cargo de Evgenia Peretz y Jim Taylor.
La banda sonora incluye las canciones de nuestro héroe, Tucker Crowe, interpretadas por el multifacético Ethan Hawke, que además de su exitosa trayectoria cinematográfica tiene una interesante carrera teatral, ha escrito varias novelas y ha dirigido películas y videos musicales. Diferentes letristas compusieron varios temas para Tucker, grabados con la voz de Hawke, lo que aporta emoción y autenticidad en su creación del personaje. En la banda sonora aparecen también Pretenders, Marianne Faithfull, Wilco, Robyn Hitchcock o The Easybeats, entre otros. Elijo como mi momento más especial de la película, la interpretación de Tucker al teclado de la preciosa “Waterloo Sunset” de The Kinks, una muestra más del revival que envuelve en la actualidad a la mítica banda británica.
Una película en definitiva de muy agradable visión, perfecta muestra de comedia romántica que no cae en cursiladas ni chascarrillos y nos ahora el trago de momentos intensitos. Ah, y para los rapiditos, no os levantéis en los títulos de crédito porque ahí es donde se conoce el verdadero final, también delicioso.



Seis grados de separación. “El guateque” y los Rolling Stones



Inauguro una nueva sección en #Hzlqdbs No sé si dará para mucho o se quedará en nada, pero lo vamos a intentar. La idea es contar nexos de unión entre diferentes historias que me llamen la atención. Nos estrenamos con una pirueta que relaciona la delirante película de Blake Edwards y Peter Sellers El guateque (The party) con la canción Claudine de los Rolling Stones.
El cine de verano de Cibeles nos ha permitido ver en pantalla grande y en versión original una de las mejores comedias de la historia. Estrenada en 1968, muchos tenemos en la retina diferentes escenas de la película, como el pollo volador que se inserta en la tiara de una invitada o la entrada del pequeño elefante pintado con consignas hippies. La historia habla de una gran fiesta de un magnate de Hollywood saboteada inconscientemente por el peor invitado que se podría imaginar.
Peter Sellers está espléndido en un papel a su medida, el desastroso actor indio Hrundi V. Bakshi (“¿Habla usted indostaní?”), que lleva el caos y la desgracia de manera inconsciente allá por donde pasa. Su presencia completamente fortuita en la fiesta de un productor de cine, al que ha reventado previamente el rodaje de una de sus producciones, desencadena una serie de divertidísimos incidentes que acaban como el rosario de la aurora. Un elefante hippie, un camarero borracho, una orquesta rusa, un loro parlanchín (birdy nam nam), una piscina llena de espuma, una casa con suelos que se mueven peligrosamente, un baño atascado, un pollo volador que acaba pinchado en una tiara y mil locuras más, caracterizan una comedia de impecable ritmo, con un Sellers disfrutando al máximo de su increíble capacidad de imitar acentos.
“El guateque” es una obra coral, a pesar del indudable protagonismo de Sellers, llena de tramas y detalles que necesitan más de un visionado. Pura filigrana para una película que tuvo mucho, al parecer, de improvisada. Según se cuenta el rodaje tuvo mucha miga, con tiranteces y problemas entre el director y la estrella, un hombre tan talentoso como complejo. Tras esta película, la primera que rodó Sellers en Hollywood, ambos estuvieron un tiempo sin hablarse y pasaron varios años hasta que volvieron a trabajar juntos. Algo que no afectó en absoluto a la calidad de la película.
El indiscutible protagonista es el cómico inglés nacido en 1925 en el seno de una familia de artistas de variedades. Edwards le rodeó de una serie de fantásticos secundarios entre los que destacan Steve Franken como el hilarante mayordomo borrachín, Gavin MacLeod (el capitán de Vacaciones en el mar) en el papel de uno de los tipos gordos de la productora, Fay McKenzie, como la atribulada dueña de la casa y organizadora de la fiesta, Herb Ellis interpretando al director de la película que malogra Hrundi, Denny Miller como la estrella de serie B “Wyoming Bill” Kelso admirado por Hrundi y que solo piensa en agenciarse a la bella Conchita, J. Edward McKinley el magnate cinematográfico dueño de la casa… todos brillantemente ajustados a sus respectivos papeles.
El desastroso Hrundi es, sin embargo, un ser tierno y amable. La única que parece entenderlo es la francesa Michele Monet, que está en la fiesta para intentar le hagan una prueba como actriz. Interpretada por la actriz y cantante Claudine Longet, suya es la almibarada interpretación de “Nothing to Lose” una de las canciones de la película, cuya banda sonora corre a cargo del gran Henry Mancini. Y atención que aquí llega la relación con los Rolling Stones, no perdáis detalle.
Si la vida de Peter Sellers tuvo mucho de agitada, el maravilloso actor ha pasado a la historia del cine como un ser insoportable, despreciativo, obsesivo, tormentoso e imprevisible, la de la dulce Claudine Longet no se queda atrás. Esposa del músico Andy Williams saltó a la crónica negra, y a una canción de los Rolling, por un caso que llenó páginas de cotilleos y sucesos e hizo relamerse a la prensa amarilla de todo el mundo. Claudine se enamoró perdidamente de una famosa estrella del esquí, el bello Vladimir “Spider” Sabich. En 1975 ella y los tres hijos que había tenido con Andy Williams se trasladaron a vivir a la casa que el esquiador ruso tenía en Aspen, Colorado, estación de esquí frecuentada por millonarios y famosos de todo el mundo. Lo que empezó como una arrebatadora historia de amor, se fue deteriorando hasta que Sabich invitó a la actriz a abandonar su casa. El caso fue que el 21 de marzo de 1976 el esquiador murió de un tiro en el abdomen. Falleció desangrado. Longet fue responsable de lo que sus abogados describieron como un “accidente” cuando estaba aprendiendo a usar la pistola. Se inició un juicio muy mediático y finalmente se la absolvió de homicidio pero fue declarada culpable del cargo de negligencia criminal, un delito menor. Cumplió treinta días de cárcel, que el juez le permitió distribuir como prefiriera para que afectara lo menos posible a sus hijos. La instrucción al parecer estuvo plagada de irregularidades, con pruebas obtenidas sin orden judicial y una incorrecta manipulación del arma.
Poco después el abogado de Claudine, Ron Austin, abandonó a su mujer e hijos y se fue con su defendida. Según cuentan las crónicas ambos siguen viviendo en Aspen. La actriz, de ochenta años, nunca más volvió a actuar. La familia del esquiador inició una demanda civil que quedó resuelta tras un acuerdo económico y la promesa de no hablar nunca sobre el tema.
Esta desgraciada historia inspiró una canción a los Rolling Stones, “Claudine”. Se grabó durante las sesiones del Some Girls (1978). Se hicieron varias versiones que han circulado en varios piratas, lo que los entendidos llaman bootlegs, a lo largo de los años. Por fin en 2011, la canción se incluyó oficialmente en la reedición de Some Girls, formando parte del disco de bonus tracks. La letra es explícita, aunque al parecer sólo hubo un tiro y no fue ni en la cabeza ni en el pecho.
Claudine's back in jail again
She only does it at weekends
Claudine
Now only Spider knows for sure
But he ain't talkin' about it any more
Isn't, Claudine?
There's blood in the chalet
And blood in the snow
She washed her hands of the whole damn show
Claudine
She shot him once right through the head
She shot him twice right through the chest
The judge says ruled it was an accident Claudine
Accidents will happen

Y hasta aquí la historia de la relación, ciertamente truculenta, de “El guateque” con los Rolling Stones.


Mi Blade Runner Blues


Es jueves 16 de agosto. Sólo hace unas horas que el mundo ha conocido el fallecimiento de Aretha Franklin. Las redes se llenan de música de la artista, ya inmortal, y su desaparición eclipsa otras efemérides como los 41 años de la muerte de Elvis o el 60 cumpleaños de Madonna. El día se tiñe de nostalgia y yo me preparo para ver por la noche en pantalla grande Blade Runner, una película que me pone melancólica. Voy entrando en ambiente escuchando la colosal banda sonora de Vangelis, una obra clásica a la que sin duda el film debe parte de lo que es. Mi hermano compró el disco a principios de los 90, cuando los dos descubrimos la película en televisión y nos convertimos en entusiastas seguidores de la historia del cazador de replicantes Decker (Harrison Ford) en el espectral Los Ángeles de 2019 que ideó Ridley Scott. Qué vértigo da pensar que el próximo año alcanzaremos una fecha que nos parecía tan lejana cuando vimos la película por primera vez. A Decker, nunca estuvo tan bello Harrison Ford, le encargan ejecutar, “retirar” a cuatro, ¿cinco?, replicantes del modelo Nexus-6, más humanos que los humanos, bellos y perfectos físicamente, elásticos, con una fuerza descomunal, y con un intelecto privilegiado que, fuera de todo pronóstico, desarrollan emociones, sentimientos, apego a la vida y necesidad de trascender.
Volviendo a la inmortal obra de Vangelis, a través de sus sintetizadores me adentro en un ambiente oscuro, denso y pegajoso como el petróleo, el perfecto envoltorio para la propuesta distópica de Ridley Scott. Curiosamente la banda sonora tardó varias décadas en aparecer en el mercado, otra de las extrañas anécdotas que rodean a la película, lo que se saldó con innumerables ediciones piratas. Me llena de escalofríos, en especial el tema “Memories of Green”, que acompaña la escena en la que Rachel (Sean Young) confirma lo que temía, que es una replicante, que sus recuerdos de infancia han sido implantados y en realidad pertenecen a la sobrina del dueño de Tyrell Corporation. Un sutil tour de forcé, con un Decker que abre los ojos con rudeza a una confundida Rachel. Hasta que se da cuenta del daño que le está causando y se apiada de ella. Es entonces cuando Decker descubre que se ha enamorado de un ser al que algún día probablemente se vería obligado a dar caza. Inmortal es el tema de amor, con el saxo tenor de Dick Morrissey, y épica la composición para los títulos de crédito, que no aparece en todos los montajes, y que en España fue sintonía durante muchos años del programa de TVE En portada.
En ese estado de pura emoción volví a ver la película, esta vez en pantalla grande, en versión original y sin la discutida voz en off de Decker. Son muchas cosas curiosas las que rodean a un film considerado de culto, pero incomprendido cuando se estrenó en 1982. Como la cantidad de versiones y montajes que ha sufrido, algo no muy habitual. A los diferentes montajes que se probaron desde antes incluso de su estreno, se unen las versiones llamadas “del director”, más de una, en las que se eliminan las explicaciones de Decker y el final feliz con la escapada en coche, y a las que se añade el sueño del unicornio, un elemento que tanto ha dado que hablar y que explicaría, o no, la verdadera naturaleza del cazador de replicantes.
La predisposición de ánimo y el visionado en el cine de verano de Cibeles me sumergió en el ambiente agobiante de esa ciudad donde no deja de llover, caótica, oscura y sucia, esa torre de Babel que habitan seres solitarios que siempre tienen prisa, esa metrópoli cruel y despiadada. La película, una de las más influyentes de la historia del cine en cuanto a temática y estética, está envuelta en una inconfundible y densa atmósfera, gracias al espectacular manejo de la luz y el claroscuro, a la manera de los pintores flamencos, se me ocurre Caravaggio, con una reducida paleta que incluye variaciones de marrones, grises, ocres y dorados. Más un frío azul metalizado en la secuencia de la muerte de Roy. Magnífica, la fotografía de Jordan Cronenweth.
La escenografía de la película también ha creado escuela. Los coches voladores que se mueven entre la incesante lluvia; el enorme anuncio digital de la mujer japonesa, una imagen prendida en la retina de cualquier amante del cine; la sede de la Tyrell Corporation, sin duda inspirada en los zigurat sumerios; la decadente habitación del magnate, con un toque vampírico en esa enorme cama rodeada de velos blancos y almohadones, a la luz dorada de decenas de velas; la oscura vivienda de Decker, donde a pesar de todo hay lugar para la belleza en el piano rodeado de fotos; la espectral casa donde vive el diseñador genético J.F. Sebastian (William Sanderson), un genio solitario, enfermo y rodeado de inquietantes muñecos mecánicos de su creación; el edificio es el escenario de la violenta lucha entre Decker y Roy (Rutger Hauer) y en su azotea empapada transcurre el mítico alegato del replicante al que le ha llegado la “hora de morir”, escena a la que acompaña otro grandioso tema de Vangelis.
Merece la pena también dedicarle un breve espacio a la ropa, fruto del delicado trabajo de vestuario de Michael Kaplan y Charles Knode. Así, resultan inolvidables las gafas de Eldon Tyrell (Joe Turkell); el corpiño, las botas de legionario romano y el impermeable transparente de la replicante  Zhora (Joanna Cassady), cuánto le deben Robert Rodríguez y Salma Hayek a su baile con la serpiente; o el aspecto postpunk de la replicante Pris (Daryl Hanna), con el áspero pelo amarillo cortado a hachazos, las ligas y ese maquillaje en forma de máscara que se aplica en los ojos. Quiero detenerme en Rachel y su estilo a lo diva de los años cuarenta, con enormes hombreras, mangas anchas acabadas en puños ajustados, pequeños botones forrados, el pelo recogido con “tupé” y los labios en rojo brillante al igual que la perfecta manicura de uñas. Cuando Rachel y Decker se enamoran el aspecto de la protagonista muta en una de aquellas heroínas románticas a lo Cumbres borrascosas, con abundante pelo suelto desordenado, ojos ahumados y tez pálida. Sentirse amada abre a Rachel como una flor.
A través de Blade Runner, una clara influencia para muchas películas posteriores, se hacen profundas reflexiones filosóficas sobre la creación, el sentido de la vida, el abuso y el control sobre el sometido (Es toda una experiencia vivir con miedo, eso es lo que significa ser esclavo), la identidad, la vida y la muerte, el amor, el paso del tiempo y la necesidad de trascendencia, de poder tomar decisiones, de tener el control sobre la propia vida. Casi nada para un thriller muy negro y futurista, aunque ese futuro ya esté aquí.
La película ofrece escenas inolvidables y se clausura con un frenético final, que completa la obra maestra. Por derecho propio la escena del monólogo del feroz Roy, se ha convertido en una de las escenas más recordadas de la historia del cine. He visto cosas que vosotros no creeríais: atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir… El replicante deja este testamento hablado ante la mirada atónita de su oponente, al que acaba de salvar la vida tras una cruel batalla. Al parecer el actor holandés fue quien dio su forma definitiva a esta melancólica y poética despedida, que ha inspirado a músicos y literatos de todo el mundo. En ese breve monólogo el replicante asume la derrota del tiempo con resignación y, a pesar de que ha sido creado para no sentir, se rebela atesorando una serie de intensas emociones y recuerdos experimentados en su breve vida. La luz que brilla con el doble de intensidad dura la mitad de tiempo, y tú has brillado mucho, Roy.
Finalmente Rachel acepta su destino junto a Decker, el tiempo del que dispongan. “Te quiero”. “Confío en ti”. Se cierran las puertas. Eliminado del montaje el final feliz, se impone la incertidumbre. Hasta que llegó Blade Runner 2049 y nos lo contó, aunque esa ya es otra historia.





Por fin Quadrophenia en pantalla grande


Si me preguntan cómo conocí a los Who, podría responder sin dudar que fue a través de una maravillosa canción, “Love, Reign o'er Me”, lo recuerdo perfectamente. Con esfuerzo, eran los primeros noventa y no existía internet ni nada parecido, fui recopilando información sobre la banda, conociendo sus discos y sus diferentes etapas y sabiendo más sobre su carrera. Así descubrí que aquel tema pertenecía a Quadrophenia, la segunda incursión de The Who en un álbum conceptual, lo que entonces se llamaba ópera rock. Compré el vinilo (nosotros decíamos disco) en El Corte Inglés; 2600 pesetas me costó. La portada en blanco y negra era muy pintona. Un mod subido en una scooter en cuyos espejos se reflejan las caras de los miembros del grupo, arropado por una parka con el nombre de los Who pintado en blanco. En el interior, una serie de fotos en blanco y negro ilustran la historia. Siempre tuve la idea de hacerme una camiseta con la foto del horrendo desayuno compuesto de garbanzos, pan de molde, huevo, café y unas colillas de cigarro pero nunca la llevé a la práctica.
Completamente loca por el disco, grabado en 1973, mi siguiente descubrimiento fue que en el año 1979 se había estrenado una película a partir de la ópera rock escrita por Pete Townshend. Entonces no disponíamos apenas de medios y la mayor parte de mi información provenía de un libro de Ediciones Júcar sobre la banda, además de lo que podía leer en alguna que otra revista musical. En aquellos días aún vivían tres de sus miembros, sólo faltaba Keith Moon, fallecido en 1978, y el grupo había vuelto a la carretera en una gira donde tocaban Tommy y otros grandes éxitos. La grabación de uno de aquellos shows de 1989, que en España emitió Telemadrid, se convirtió en una de mis cintas más preciadas.
La suerte se puso de mi lado cuando programaron “Quadrophenia” en lo que aún se llamaba segunda cadena. Por supuesto la grabé en video, en una cinta Maxell de 180 minutos para la que hice su correspondiente ficha, que guardé en el interior de la funda. Le dimos mucha tralla a aquella cinta. Recuerdo verla en casa con mi hermano y amigas del colegio y también la pusimos en el pueblo, de nuevo con mi hermano y mis amigas de allí, en un improvisado cineclub que montamos en nuestra casa. Aquel verano ya teníamos video en el pueblo y recuerdo que también vimos, entre otras películas, “El sentido de la vida” de los Monty Python.
Cuando descubrí “The kids are alright”, documental sobre The Who estrenado en Cannes en 1979, leí que las dos películas se estrenaron en su día en cines de Madrid. Aquello me llamó la atención, pensando en que debió ser una gozada asistir a alguna de aquellas proyecciones con la música a toda mecha, rodeados de un público tan fanático como yo misma. Pero entonces se quedó en un deseo incumplido.
Hasta que veinte años después el Matadero de Madrid me ayudó a cumplir aquel deseo. “Quadrophenia” era una de las películas programadas dentro del ciclo “Sonido, subcultura y cine” sobre “las fascinantes relaciones que existen entre la escena underground, la música y la delincuencia”. Bien por el Matadero, que está ofreciendo una excelente programación a un precio muy asequible y en ocasiones incluso de manera gratuita. Como esperaba, resultó muy emocionante el visionado en pantalla grande y una experiencia maravillosa escuchar en cine la banda sonora, que no hace sino ganar con los años. También es un punto a favor verla en versión original, aunque yo era fan del doblaje del desaparecido actor catalán Enric Arredondo.
El guión de la película desarrolla la idea del disco de Pete Townshend sobre un joven de clase obrera llamado Jimmy con una “personalidad dividida en cuatro facetas distintas”, en un “estado avanzado de esquizofrenia”, desdoblado en cuatro personalidades: “Un tipo duro, un bailarín indefenso. Un romántico, ¿soy yo por un momento? Un maldito lunático, te llevaré el equipaje. Un mendigo, un hipócrita, el amor reina sobre mí”, como aparece en el disco. Con pocas perspectivas en la vida, lo que le hace sentirse diferente es su pertenencia a la corriente mod. Vacío, su único respiro lo encuentra en su ropa, sus amigos, su música y su moto.
Ambientada en los años 60, la película recoge todo el dolor de vivir, la desorientación y la falta de expectativas que caracterizan a la juventud de cualquier época. Los protagonistas son jóvenes escasamente cualificados, con empleos basura, disparados el fin de semana “gracias” a las anfetas y cantidades ingentes de alcohol. Individualistas, egocéntricos, hedonistas, vanidosos, superficiales… y autodestructivos.
Dirigido por Franc Roddam en 1979, el film cuenta con Phil Daniels, inolvidable en su papel de Jimmy; como curiosidad a Daniels se le pudo ver años después en el video de la canción “Parklife” de Blur. Leslie Ash interpreta a Steph, la chica de la que está enamorado y un joven Sting rubio platino es el mod “Ace Face” (As de Oros). El film recoge una de aquellas batallas campales que tuvieron lugar a mediados de los 60 en Inglaterra, en concreto la de 1964 en Brighton, localidad costera del sur, que por cierto inspiró el nombre de una gran banda barcelonesa de los ochenta. Los mod con sus Levi’s ajustados, sus trajes de doble botón a medida, sus peinados lamidos, las scooters “secadores de pelo” llenas de espejos, frente a las chupas de cuero, los zapatos de puntera afilada, la gomina y las motos de mayor cilindrada de los rockers. Cada uno con sus músicas. Enemigos irreconciliables.
En España “Quadrophenia” se estrenó en el Cine Urquijo, en Argüelles, y míticas fueron sus proyecciones en el Cine Covadonga, situado en la calle López de Hoyos-161 y al que apodaban el “Covacha”. Yo ya intuía que los pases de la película a inicios de los ochenta debían ser la pera pero no es nada comparado con lo cuentan numerosas crónicas sobre un cine muy peculiar donde se fumaba de todo, se bebían litronas, se comían pipas y de vez en cuando se alborotaba el gallinero más de la cuenta. Por supuesto guardan su propia leyenda urbana, que hablan de un mod saltando desde el palco del cine a la manera de Jimmy en el “ballroom” de Brighton cuando intenta llamar la atención de una Steph deslumbrada por el bello y lacónico Ace Face. Otros cuentan que en realidad el que salió volando fue un rocker, “ayudado” por unos mods, en un delirante programa doble donde juntaron “Quadrophenia” con una peli de Elvis. A saber…
La película no tuvo muy buenas críticas en su día. Se la definió como una mezcla no del todo lograda entre el free cinema inglés de los 60, el cine musical y un pretencioso ejercicio de nostalgia. Más allá de apreciaciones, Quadrophenia se ha convertido con los años en un clásico, con momentos inolvidables como los del callejón, los bailes de Ace Face, la turba que vocifera aquel “We are the mods, we are the mods, we are, we are, we are the mods”, cuando Jimmy descubre al “bell boy” llevando las maletas y por supuesto la cabalgada en moto rozando el precipicio. Una película iniciática que está entre los mejores recuerdos de mi juventud.
Sábado 14 de julio de 2018. QUADROPHENIA. Ciclo “Sonido, subcultura y cine”. Cineteca del Matadero de Madrid.


El ansia. Eternidad sin descanso ni escapatoria


– Mátame. Libérame – dice John.
– No hay liberación. Ni descanso. No hay escapatoria – responde Miriam.
Porque lo de la vida eterna “tenía truco”. Miriam está condenada a vivir eternamente, sin fin, y siempre necesita de alguien a su lado que lo comparta con ella.
– Me buscarás – le dice a Sarah –. Cuando el ansia duela tanto y yo te tenga que enseñar cómo aplacarla.
Pero Sarah tendrá otros planes.
“El ansia” es una película de 1983 dirigida por Tony Scott y con un deslumbrante trío protagonista: Catherine Deneuve, Susan Sarandon y David Bowie. Una película de vampiros que en su día no recibió muy buenas críticas, algunas fueron incluso feroces, pero que se convirtió con los años en una película de culto. Los actores, la estética, la combinación de delicadas piezas de música clásica con destacados artistas de música contemporánea, el vestuario y la ambientación, lograron que la película no sólo haya sobrevivido al paso del tiempo sino que  tenga un club de rendidos fans a lo largo del mundo.
El inicio de la película deja sin aliento, con un montaje fragmentado y un ritmo perfecto, que presenta todas las claves del drama en pocos minutos. En este inicio se sugiere más que se cuenta, pero logra situarnos a la perfección en lo que vamos a ver en los siguientes minutos. Luego la película baja de intensidad, transcurriendo de forma más apagada y lenta. Gran culpa de ese colosal inicio la tiene el grupo Bauhaus. Vemos a la pareja de vampiros formada por Miriam y John llegando a un club nocturno donde hay una actuación que resulta ser de la banda de Peter Murphy. Bauhaus, banda británica nacida en 1978, interpreta uno de sus grandes éxitos, la exquisita “Bela Lugosi's Dead”, maravilloso exponente de lo que fue el after-punk. Casi nada. La canción y la felina interpretación del cantante es uno de los puntos fuertes de la cinta y una de esas secuencias que está fija en la retina de muchos aficionados a la música y al cine. Soberbio inicio.
Miriam es una vampira cuyo origen se remonta al antiguo Egipto. Su vagar sin fin a lo largo de la historia le lleva a buscar parejas que la acompañen en su inagotable recorrido. Miriam, como ser inmortal, es “dueña” de su tiempo, como ella misma afirma. Bella y helada, su egoísmo le lleva a utilizar a sus compañeros sin miramientos. Se fija en su nuevo acompañante humano coincidiendo con el envejecimiento del que le acompaña, sin asomo de compasión por quien ha estado junto a ella durante siglos. Cuando el proceso es irreversible se deshace de ellos sin remordimiento alguno. Y es que la promesa de lo nuevo resulta demasiado atrayente para ella.
Miriam y John, cuyos rostros se funden y confunden en escenas del pasado, han vivido una relación tórrida que se vuelve hielo cuando él comienza a envejecer a pasos agigantados. El final está cerca. El nuevo fuego será para Sarah. Miriam se fija en ella y la hechiza, la nueva presa empezará a verla en todas partes. Como en realidad sucede con la persona amada cuando comienza el cortejo.
Como en el film de Jim Jarmusch “Sólo los amantes sobreviven”, película que guarda muchas similitudes con “El ansia”, estos vampiros ochenteros no tienen afilados colmillos ni muerden el cuello de sus víctimas. Algo tan carnal y pringoso no va con ellos. Para cazar usan un anj egipcio, a modo de colgante, la cruz egipcia que curiosamente era un símbolo de vida. En el Antiguo Egipto se relacionaba con la vida después de la muerte y la búsqueda de la inmortalidad. Todo encaja.
Si bien se le pueden poner peros en cuanto a la historia y a la planificación de las escenas, “El ansia” es una sucesión de buen gusto, sustentado especialmente en la puesta en escena, la música y el vestuario. Habrá espectadores a los que esto les parezca un tostonazo pero yo, que en el fondo llevo una pequeña esteta dentro, he disfrutado de lo lindo con las flores, la música, las estatuas y la ropa. Vamos por partes.
El vestuario es obra de la grandísima Milena Canonero, directora de vestuario habitual de Francis Coppola, y de películas como La naranja mecánica, Barry Lyndon, Carros de fuego, Dick Tracy o ese derroche de rosa, puntillas, lazos y pelucas que es la Maria Antonieta de Sofía Coppola. La ropa que aparece en la película está diseñada a partir de una escueta gama de negros, blancos y grises, el color sólo lo pondrá la sangre. Otro aliciente es el indiscutible dandismo de Bowie, bello a rabiar con sus sombreros, gabardinas e impecables trajes, que tampoco tenemos mucho tiempo de disfrutar porque en pocos minutos comienza su imparable decadencia y ya lo más destacado de nuestro héroe será un logrado maquillaje que le echa setenta años encima. Susan Sarandon, radiante y andrógina, con su llameante pelo impecablemente cortado, viste trajes de corte recto, pantalones de talle alto e impecables abrigos cruzados, destacando la espectacular chaqueta larga de tela brillante con la que recorre, enajenada, las calles de Nueva York. Pero el punto fuerte lo pone Catherine Deneuve, vestida por su adorado Yves Saint Laurent, con quien inició una larga y productiva asociación desde que el modisto le diseñara el vestuario para la película de Buñuel “Belle de jour”. En la película Deneuve luce espléndida impecables trajes de chaqueta con hombreras, abrigos que son pura arquitectura, delicadas blusas y complementos divinos, pulseras, broches, anillos y pendientes (los de lágrima de azabache son una belleza). Con cierta influencia del vestuario que lucían las divas de Hollywood de los años cuarenta, en algún momento el público español puede recordar a nuestra Martirio, en los looks de gafas oscuras y sombreritos con velo.
La puesta en escena se recrea en la mansión donde vive Miriam en Nueva York. Escaleras, cuadros, lámparas de cristal, estatuas egipcias, bustos romanos de evidente parecido con la dueña de la casa, ramos de flores, jarrones con calas, y sobre todo cortinas, decenas de cortinas y velos que acaban poniendo de los nervios al fan más entregado. Un derroche de decadente exquisitez.
La música es una pieza clave en la película. La magnífica banda sonora combina piezas de Schubert, Bach o Ravel, con la ya nombrada Bela Lugosi’s Dead de Bauhaus y temas de Iggy Pop como “Funtime”, que suena en la escena del ochentero patinador que sufre un envite de un ya caducado John. El refinamiento de la pareja de vampiros se refleja también en su amor por la música clásica, ambos disfrutan interpretando piezas en la gran sala de la mansión, John toca el contrabajo y Miriam el piano. En varios sitios de internet se puede consultar la música que aparece en la película. Así podemos escuchar la 'Suite nº 1' de Bach, para recordar los momentos felices cuando Miriam y John comenzaban su romance; el Miserere de Allegri; el Dueto de las Flores de 'Lakme', ópera de Léo Delibes que utiliza Miriam para seducir a Sarah, en una de las escenas más comentadas de “El ansia”; o el Trio in E Flat, Op. 100 de Schubert, la pieza de piano utilizada también en el Barry Lyndon de Stanley Kubrick, composición alrededor de la que gira la película, que primero refleja el amor de Miriam hacia John y posteriormente como ese amor volverá a repetirse pero hacia la otra protagonista. Los temas instrumentales compuestos para la película son obra de Michel Rubini y Denny Jaeger, piezas que marcan los momentos de intriga y desasosiego, y que utilizan, entre otros instrumentos, sintetizadores y vientos.
Se ha tachado a “El ansia” de anuncio de largo metraje, de videoclip kitsch, defectos con los que definen gran parte de la obra del director, pero lo cierto es que esta metáfora sobre el envejecimiento, tiene muchos puntos para verla con agrado y para mantenerla en la memoria.– Mátame. Libérame – dice John.
– No hay liberación. Ni descanso. No hay escapatoria – responde Miriam.
Porque lo de la vida eterna “tenía truco”. Miriam está condenada a vivir eternamente, sin fin, y siempre necesita de alguien a su lado que lo comparta con ella.
– Me buscarás – le dice a Sarah –. Cuando el ansia duela tanto y yo te tenga que enseñar cómo aplacarla.
Pero Sarah tendrá otros planes.
“El ansia” es una película de 1983 dirigida por Tony Scott y con un deslumbrante trío protagonista: Catherine Deneuve, Susan Sarandon y David Bowie. Una película de vampiros que en su día no recibió muy buenas críticas, algunas fueron incluso feroces, pero que se convirtió con los años en una película de culto. Los actores, la estética, la combinación de delicadas piezas de música clásica con destacados artistas de música contemporánea, el vestuario y la ambientación, lograron que la película no sólo haya sobrevivido al paso del tiempo sino que  tenga un club de rendidos fans a lo largo del mundo.
El inicio de la película deja sin aliento, con un montaje fragmentado y un ritmo perfecto, que presenta todas las claves del drama en pocos minutos. En este inicio se sugiere más que se cuenta, pero logra situarnos a la perfección en lo que vamos a ver en los siguientes minutos. Luego la película baja de intensidad, transcurriendo de forma más apagada y lenta. Gran culpa de ese colosal inicio la tiene el grupo Bauhaus. Vemos a la pareja de vampiros formada por Miriam y John llegando a un club nocturno donde hay una actuación que resulta ser de la banda de Peter Murphy. Bauhaus, banda neogótica británica nacida en 1978, interpreta uno de sus grandes éxitos, la exquisita “Bela Lugosi's Dead”, maravilloso exponente de lo que fue el post punk. Casi nada. La canción y la felina interpretación del cantante es uno de los puntos fuertes de la cinta y una de esas secuencias que está fija en la retina de muchos aficionados a la música y al cine. Soberbio inicio.
Miriam es una vampira cuyo origen se remonta al antiguo Egipto. Su vagar sin fin a lo largo de la historia le lleva a buscar parejas que la acompañen en su inagotable recorrido. Miriam, como ser inmortal, es “dueña” de su tiempo, como ella misma afirma. Bella y helada, su egoísmo le lleva a utilizar a sus compañeros sin miramientos. Se fija en su nuevo acompañante humano coincidiendo con el envejecimiento del que le acompaña, sin asomo de compasión por quien ha estado junto a ella durante siglos. Cuando el proceso es irreversible se deshace de ellos sin remordimiento alguno. Y es que la promesa de lo nuevo resulta demasiado atrayente para ella.
Miriam y John, cuyos rostros se funden y confunden en escenas del pasado, han vivido una relación tórrida que se vuelve hielo cuando él comienza a envejecer a pasos agigantados. El final está cerca. El nuevo fuego será para Sarah. Miriam se fija en ella y la hechiza, la nueva presa empezará a verla en todas partes. Como en realidad sucede con la persona amada cuando comienza el cortejo.
Como en el film de Jim Jarmusch “Sólo los amantes sobreviven”, película que guarda muchas similitudes con “El ansia”, estos vampiros ochenteros no tienen afilados colmillos ni muerden el cuello de sus víctimas. Algo tan carnal y pringoso no va con ellos. Para cazar usan un anj egipcio, a modo de colgante, la cruz egipcia que curiosamente era un símbolo de vida. En el Antiguo Egipto se relacionaba con la vida después de la muerte y la búsqueda de la inmortalidad. Todo encaja.
Si bien se le pueden poner peros en cuanto a la historia y a la planificación de las escenas, “El ansia” es una sucesión de buen gusto, sustentado especialmente en la puesta en escena, la música y el vestuario. Habrá espectadores a los que esto les parezca un tostonazo pero yo, que en el fondo llevo una pequeña esteta dentro, he disfrutado de lo lindo con las flores, la música, las estatuas y la ropa. Vamos por partes.
El vestuario es obra de la grandísima Milena Canonero, directora de vestuario habitual de Francis Coppola, y de películas como La naranja mecánica, Barry Lyndon, Carros de fuego, Dick Tracy o ese derroche de rosa, puntillas, lazos y pelucas que es la Maria Antonieta de Sofía Coppola. La ropa que aparece en la película está diseñada a partir de una escueta gama de negros, blancos y grises, el color sólo lo pondrá la sangre. Otro aliciente es el indiscutible dandismo de Bowie, bello a rabiar con sus sombreros, gabardinas e impecables trajes, que tampoco tenemos mucho tiempo de disfrutar porque en pocos minutos comienza su imparable decadencia y ya lo más destacado de nuestro héroe será un logrado maquillaje que le echa setenta años encima. Susan Sarandon, radiante y andrógina, con su llameante pelo impecablemente cortado, viste trajes de corte recto, pantalones de talle alto e impecables abrigos cruzados, destacando la espectacular chaqueta larga de tela brillante con la que recorre, enajenada, las calles de Nueva York. Pero el punto fuerte lo pone Catherine Deneuve, vestida por su adorado Yves Saint Laurent, con quien inició una larga y productiva asociación desde que el modisto le diseñara el vestuario para la película de Buñuel “Belle de jour”. En la película Deneuve luce espléndida impecables trajes de chaqueta con hombreras, abrigos que son pura arquitectura, delicadas blusas y complementos divinos, pulseras, broches, anillos y pendientes (los de lágrima de azabache son una belleza). Con cierta influencia del vestuario que lucían las divas de Hollywood de los años cuarenta, en algún momento el público español puede recordar a nuestra Martirio, en los looks de gafas oscuras y sombreritos con velo.
La puesta en escena se recrea en la mansión donde vive Miriam en Nueva York. Escaleras, cuadros, lámparas de cristal, estatuas egipcias, bustos romanos de evidente parecido con la dueña de la casa, ramos de flores, jarrones con calas, y sobre todo cortinas, decenas de cortinas y velos que acaban poniendo de los nervios al fan más entregado. Un derroche de decadente exquisitez.
La música es una pieza clave en la película. La magnífica banda sonora combina piezas de Schubert, Bach o Ravel, con la ya nombrada Bela Lugosi’s Dead de Bauhaus y temas de Iggy Pop como “Funtime”, que suena en la escena del ochentero patinador que sufre un envite de un ya caducado John. El refinamiento de la pareja de vampiros se refleja también en su amor por la música clásica, ambos disfrutan interpretando piezas en la gran sala de la mansión, John toca el contrabajo y Miriam el piano. En varios sitios de internet se puede consultar la música que aparece en la película. Así podemos escuchar la 'Suite nº 1' de Bach, para recordar los momentos felices cuando Miriam y John comenzaban su romance; el Miserere de Allegri; el Dueto de las Flores de 'Lakme', ópera de Léo Delibes que utiliza Miriam para seducir a Sarah, en una de las escenas más comentadas de “El ansia”; o el Trio in E Flat, Op. 100 de Schubert, la pieza de piano utilizada también en el Barry Lyndon de Stanley Kubrick, composición alrededor de la que gira la película, que primero refleja el amor de Miriam hacia John y posteriormente como ese amor volverá a repetirse pero hacia la otra protagonista. Los temas instrumentales compuestos para la película son obra de Michel Rubini y Denny Jaeger, piezas que marcan los momentos de intriga y desasosiego, y que utilizan, entre otros instrumentos, sintetizadores y vientos.
Se ha tachado a “El ansia” de anuncio de largo metraje, de videoclip kitsch, defectos con los que definen gran parte de la obra del director, pero lo cierto es que esta metáfora sobre el envejecimiento, tiene muchos puntos para verla con agrado y para mantenerla en la memoria.



“París puede esperar”, una delicia ligera de Eleanor Coppola


(07/01/2018) Un viaje de vuelta de vacaciones en tren nos ofreció la ocasión de disfrutar de una bonita película, en el más amplio sentido de la palabra, que en su día se nos escapó. Estoy hablando de “París puede esperar”. Cuando la anunciaron por megafonía busqué información en internet, para ver si merecía la pena pasar viéndola una parte del viaje. Me encontré con que estaba protagonizada por la gran Diane Lane, un aliciente añadido a una película sobre un viaje en carretera, repleta de buen vino y buena comida, como contaban los comentarios que leí por encima. Un film que además cuenta con la sorpresa de que su directora es alguien que sonará a los amantes del buen cine.
Ella es Eleanor Coppola (nacida Eleanor Jessie Neil en Los Ángeles, 1936), quien se ha pasado la vida siendo “esposa de”, en su caso el mítico director Francis Coppola. Por si esta losa no fuera lo bastante pesada, la exitosa carrera en el cine de su hija Sofia (Las vírgenes suicidas, Lost in Translation o María Antonieta) también la ha convertido en “madre de”. Y sin embargo Eleanor es una mujer inquieta que, a su actividad como artista plástica, une su labor como escritora y directora. Una muestra de su trabajo son sus libros “Notas sobre una vida” (editorial Circe), un diario en el que recoge sus recuerdos más íntimos y “Con el corazón en las tinieblas”, sobre el rodaje de Apocalypse now, pesadilla que también reflejó en un documental del mismo título “Hearts of darkness” (1991), ganador de un Emmy. A sus 81 años Eleanor ha debutado como directora de ficción con “París puede esperar”, una deliciosa comedia, con más que evidentes tintes autobiográficos, estrenada en 2017.
La historia que narra la película es de lo más sencilla. Una mujer se encuentra de viaje en Cannes acompañando a su marido, un exitoso productor de cine norteamericano que no la hace demasiado caso, siempre ocupado en su absorbente trabajo. Un inoportuno dolor de oídos, que la impide viajar en avión, es aprovechado por el socio francés de su esposo para invitarla a llevarla en coche hasta París. Lo que sigue es un viaje de placer y deleite, sin interferencias de trabajo, prisas o preocupaciones, repleto de diversión, lugares bellos, buena comida, mejor vino, humor y un cierto toque de chispeante romance. De la mano de su acompañante francés, la protagonista despertará al disfrute de los sentidos y encontrará una nueva pasión por la vida.
Y es que uno de los secretos de la vida es saber disfrutar en la medida de nuestras posibilidades, y esto lo refleja de manera acertada la directora en esta amable road movie. El sibarita Jacques, interpretado por Arnaud Viard, conduce a la bella Anne, a quien da vida Diane Lane, por las carreteras de Francia, en un destartalado y encantador coche, en un camino al que se enfrenta sin ninguna prisa y sí con toda la intención de disfrutar. Porque como afirma Jacques “conducir es la única manera de ver un país”. Pasarán por preciosos parajes, como los campos de lavanda de la Provenza o el Puente del Gard en Remoulins; visitarán el Museo de Miniaturas y Cine y el de los Tejidos (una de las pasiones de Anne) ambos en Lyon o la catedral de Vézelay en Borgoña. Por el camino pararán en cafés, bistrós y restaurantes, saborearán deliciosas carnes y pescados, beberán el mejor vino y disfrutarán de delicados dulces y chocolates (otra de las pasiones de la norteamericana). Así, lo que empieza como un viaje en el que se ve envuelta sin pretenderlo una Anne confundida y hasta cierto punto incómoda, se irá convirtiendo en un trayecto divertido, lleno de aprendizaje y gozo, un itinerario por los sentidos, que irá fotografiando la protagonista con su pequeña cámara de bolsillo. “Finjamos que no sabemos dónde vamos o ni siquiera dónde estamos”, dice Jacques en otro momento de la película. La simulación y el juego acompañan este viaje de placer.
Diane Lane, una vieja conocida de la familia Coppola, que trabajó con Francis en las míticas y ochenteras adaptaciones de las novelas juveniles de Sue E. Hinton “Rebeldes” y “Rumble Fish”, se convierte en la película en una especie de alter ego de Eleanor. Las melancólicas reflexiones de Anne sin duda tienen mucho ver con experiencias vividas por la directora, como su labor en la sombra para hacer más fácil la vida de su ocupado marido; su papel como madre y el síndrome del “nido vacío”; las probables infidelidades de su esposo… Pero cuando de verdad Anne se abre a su compañero de viaje, sucede al hablar sobre el fallecimiento de su hijo recién nacido, un trago amargo por el que también pasó Eleanor. Su hijo mayor, Gio, falleció con 22 años en un desgraciado accidente durante el rodaje de “Jardines de piedra” (1986), dirigida por su padre. “No puedes usar el dolor como escudo. Hay que celebrar su memoria, su presencia entre nosotros”, afirmaba la directora en una entrevista sobre aquella trágica pérdida.
La falta de visibilidad como creadora Eleanor Coppola es también el drama de tantas mujeres de generaciones pasadas, a quienes les tocó permanecer a la sombra de sus maridos, primando su rol de esposas y madres por encima de su capacidad, su trabajo y sus aspiraciones. Así lo contaba en una entrevista para el diario El Mundo en junio de 2017: “Las mujeres de mi generación fuimos educadas para ayudar a nuestros maridos y durante años ése fue mi trabajo. (…) Veo a mi hija Sofia y me doy cuenta de cómo han cambiado las cosas”.
“París puede esperar” ha recibido críticas por no tener “aspiraciones intelectuales”, resultar “ligera como un suflé” y no ser mucho más que un mero viaje de placer. Estos comentarios pueden tener su parte de razón, aunque no creo que las pretensiones de Eleanor al rodar la película hayan ido mucho más allá que reflejar de manera amable y sencilla una historia en torno a despertar a los placeres de la vida. Y eso sin duda lo consigue. Como curiosidad, se han creado itinerarios en revistas de viajes que reproducen los recorridos de Anne y Jacques en la película.
Y por favor, déjennos por una vez ser disfrutones y ligeros. Que también lo necesitamos.


“El autor”, una película sobre creación y soledad


¿Hasta dónde sería capaz de llegar por escribir? ¿Qué estaría dispuesto a hacer para conseguir un buen argumento? Animados por una historia sobre escritura y creación, nos decidimosa ver en los cines Golem de Plaza de España “El autor”, una película que deja un buen sabor de boca y multitud de detalles y reflexiones a los que dar vueltas una vez finalizada la películas. Dirigida por Manuel Martín Cuenca, está basada en “El móvil”, primer libro del escritor Javier Cercas. El protagonista de “El autor”, interpretado por el magnífico Javier Gutiérrez, es un hombre atrapado en una asfixiante notaría que desempeña sin brillantez su aburrido trabajo. Sin embargo, sus aspiraciones son otras. Casado con una exitosa autora de best sellers, él desea escribir un gran libro de literatura con mayúsculas. Sus años de asistencia a un taller literario no parecen dar fruto, sólo es capaz de escribir textos mediocres. Su profesor, encarnado por Antonio de la Torre, le da la clave para escribir: escuchar, observar y vivir. Porque Álvaro no vive, transita con apatía por su plana vida, no sabe disfrutar, buscar la inspiración o encontrar lecturas de las que aprender.
El protagonista, un hombre de aspecto anodino, será capaz de cualquier cosa con tal de lograr una obsesión para la que no tiene ningún talento. Incapaz de escribir, todo se pondrá en marcha cuando la casualidad le lleve a escuchar una conversación en el patio interior del edificio al que se muda tras romper con su mujer. A partir de ahí el aspirante a escritor desarrolla un plan. La realidad de su entorno más cercano, su comunidad de vecinos, será la fuente de inspiración para su trabajo. Pero no le bastará con reproducirla. Como un caprichoso dios menor la manipulará hasta extremos patológicos para que su novela avance. Sus manejos, inevitablemente se le irán de las manos, hasta conducirle a un inesperado final.
“El autor” tiene un guion construido con exactitud y plagado de detalles. Como el protagonista escribiendo en el ordenador con dos dedos, a pesar de su trabajo de oficina y sus aspiraciones literarias, detalle que dice mucho sobre la mediocridad del sujeto; o esa casa vacía que habita, donde apenas hay una mesa, un portátil y una impresora, como toda decoración. Otro logro son los personajes. La película ofrece una estupenda descripción costumbrista de la comunidad de vecinos, ese microcosmos que quiere reflejar Álvaro en su novela, incapaz de trascender más allá de su portal. Lo componen la portera (Adelfa Calvo), una cincuentona que ha visto pasar la vida sin disfrutar, con un marido aburrido y bruto y un trabajo que no le aporta ninguna satisfacción; el militar retirado (Rafael Téllez), un fascista con una buena posición económica pero terriblemente solo; y la pareja de inmigrantes mexicanos (Adriana Paz,  Tenoch Huerta), que padecen las dificultades de una vida dura a miles de kilómetros del país de origen, zarandeados por la crisis económica y también muy solos. Porque, más allá de una película sobre la creación, “El autor” es una historia de soledades, de seres que no se atreven o no pueden disfrutar, salir de una “zona de confort” que en realidad no tiene nada de cómoda.
Quiero destacar la importancia de aspectos técnicos como el sonido, con el que el director da protagonismo a muchas acciones fuera de campo, que son determinantes para la historia. También la música de un recuperado José Luis Perales, que ha compuesto dos temas para el para el inicio y el final de la película, en la que Perales alcanza un gran nivel interpretativo. Sevilla, ciudad donde transcurre la historia, aparece retratada fuera de la típica postal. Tan sólo el bello Puente de Triana, próximo al bloque de unos personajes que apenas se mueven de su barrio, es el único monumento que se permite enseñar el director.
Recomendable y negrísima historia de creación y soledades, que retrata la loca ambición de un ser plano que en realidad esconde un gusano manipulador y despreciable.