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A Brahim no le gusta Lavapiés




Un cuento "intercultural" de hace ya varios años


A Brahim no le gusta Lavapiés. Y sin embargo es mi barrio preferido, qué cosas. Lavapiés es el escenario de nuestra primera cita. Vamos por el camino más largo, el único que conozco, así que empezamos con una buena caminata. Le llevo al barrio porque me da muy buen rollo, y le llevo a La Mancha porque ese bar me encanta. Lavapiés es también puerta de entrada a la Mancha, aunque sea la de Madrid. La Mancha de Madrid, taberna al estilo antiguo llena de gente moderna, con carteles anunciando múltiples convocatorias, su colección de botellas y las mesitas de dentro para comerse un rico canapé. Allí nos dirigimos. Brahim juega con mi pulsera de bolitas mientras me cuenta episodios de su fascinante vida. Me gustan sus ojos que no dejan de mirarme y me gusta él. Yo de cañas y él de cocacolas, que por algo no bebe alcohol, su religión lo prohibe, aunque él no lo hace por eso. Conozco La Mancha de mucho tiempo atrás, de una cena de despedida, Robe lleva nuestro ridículo finiquito en un sobre y saca los billetes en los diferentes bares como un apoderado de torero antiguo. Robe nos acaba de descubrir La Mancha. Encantada de la vida en La Mancha de Madrid, tantas celebraciones, cumpleaños con las niñas, un vermut después del Rastro o unas cañas antes de algún concierto. Esperando que empiece a tocar Ani Difranco en la Caracol, con Erre y Romano, esta noche también quedamos en La Mancha, el bar más bonito de Lavapiés, llena de gente de lo más peculiar; la acaban de pintar y está más limpia, moteros con pendientes y chupas de cuero, gente disfrazada porque es final de carnavales y también el perro enorme que no podía faltar.


Los conciertos en Lavapiés siempre tienen finales surrealistas, como cuando nos encontramos a Juan Pablo Jameson, el filósofo americano. Sólo en Lavapiés se te puede pegar sin más un tipo como él. Habla un correcto español, aunque con acento de Estados Unidos y es perfecto imitador de los acentos cubano y mejicano. Su madre es de Soria, y su padre irlandés, él nació en España, vive en Michigan y está en Madrid visitando a sus tíos. Divorciado, con dos hijas, una se llama Julia, “como la madre de John Lennon”. Así que Juan Pablo Jameson se une a nuestro loco grupo, nos vamos ahora a "Casa Donato", el bar donde te ponen puñados de pipas y las cervezas valen veinte duros. Juan Pablo se despide con un “el cariño y el amor son lo primero”, que es una lección que yo tengo muy bien aprendida de hace tiempo aunque nunca está de más recordar.


Lavapiés es una fiesta. Y es la primera fiesta de la Radio en la AMEC. Calle Salitre, cuesta arriba de adoquines. La barra, minúscula, atendida por un chaval de larga melena rubia y gafitas redondas. Sorteo de discos, bebidas baratas, fumata blanca para el que quiera, en las paredes una exposición de algún artista desconocido y asientos de obra con cojines de colores. Empanada y sandwiches vegetales para comer y un montón de amigos que celebran el nacimiento de esta nueva historia. Enfrente, el Lola Lola, escenario de un corto de un componente de la Luna Hiena, lo protagoniza caperucita vestida de cuero negro asaltada en las calles de Lavapiés por el lobo feroz. La caperucita extrema es asidua del bar de fachada roja brillante y paredes llenas de posters con historia y es allí donde el lobo le echa el ojo antes de echarle la zarpa. El Lola Lola es el sitio perfecto para charlas de madrugada, los codos apoyados en las mesas de mármol, no tengas problemas con que un tío se siente en tu mesa a beberse su copa, es que no encontraba otro sitio. En ningún otro barrio conseguirás que el tipo ni siquiera intente darte la brasa ni hacerse el simpático. Recuerda, estás en Lavapiés.


Lavapiés es como un viernes por la tarde, lleno de expectativas y miles de cosas por hacer. Eso sí, los planes más delirantes, si no, ni te molestes. Estamos en la cola del cine Doré, John Malkovich visita Madrid, para presentar “Las amistades peligrosas”, película que al parecer ha sido un acontecimiento en Europa y Estados Unidos pero que aquí aún no se ha visto. Así que le han preparado un cine precioso pero con un aforo demasiado reducido para darse a conocer. Nos plantamos en el Doré y la verdad que no puedo creer lo que ven mis ojos. La cola rodea toda la calle y llega a la plaza de Antón Martín. Los tenderos del mercado que da a la calle se ríen de nosotros cuando les explicamos que estamos aquí para ver a un tal Malkovich, “¿Qué es un actor?”. Cuando la cola comienza a escaparse a la vista y el motín parece inevitable se anuncia que el Sr. Malkovich se marcha y suspende la presentación. “Sólo” llevamos tres horas en la cola y lo cierto es que a mí el tal Malkovich no me vuelve loca. Pero no pasa nada.


Cuando empezamos a salir por el barrio no había demasiada gente de fuera, tenía aún aire de pueblecillo, con las tiendas de toda la vida, las barberías, un montón de preciosos edificios que el tiempo y el descuido habían dejado cochambrosos. Pero de repente, no sé decir cuándo, en el metro empezamos a encontrar otras razas, africanos, chinos, sudamericanos, decenas de países del mundo empiezan a juntarse en el barrio, algo ocurre y la diversión cheli de los 80 se convierte en eso que los modernos llaman mestizaje, Lavapiés se convirtió sin darse apenas cuenta en multiétnico y multicultural. En pocos lugares de este Madrid, aún poco acostumbrado a la gente de otros países por mucho que nos cuenten, encontramos tantas razas distintas como en la plaza de Lavapiés.


Los bares y el ambiente han ido cambiado poco a poco. Vemos otras caras, más color, escuchamos diferentes lenguas y acentos y probamos comidas de lo más rico cocinadas, más o menos, como se hace a miles de kilómetros de Madrid. Lavapiés se ha llenado de tiendas de chinos para que podamos comprar el maravilloso té verde que es un remedio bueno para casi cualquier mal. Si quieres vestir bien sólo tienes que buscar alguna de las tiendas de los africanos, difícil superar sus colores. Podemos comer en el Babilonia y si tenemos suerte ver el espectáculo de danza del vientre. Ahora probamos platos tan deliciosos como el tajin, el cus cus o el falafel con toda la familiaridad del mundo a pesar de que al principio lanzarse a probarlos en Madrid era cosa poco menos que de valientes. Han llegado también los turcos con su comida rápida, surgen los doner kebab, donde a menudo Brahim y yo quedamos con algunos amigos y arreglamos una cena por poco dinero, que cuando estás sin un duro es muy importante. Por no hablar del libanés de la calle Miguel Servet, donde te puedes fumar unas riquísimas pipas de agua recostados en los cojines, o tomar un té negro con pastelitos típicos.


Y yo no puedo olvidarme de la gente del Laboratorio que se lo trabajan con infinita alegría y buen humor a pesar de los pesares. Como otra gente del barrio he entrado a conocerlo porque quiero ver qué hay dentro del bloque de la calle Amparo. Cuatro plantas y un garaje enorme dedicados a centro social. Pintadas en las paredes, posters, convocatorias, revistas, mobiliario envidiado por cualquier chamarilero y gente interesante llena de ideas. Más tarde habrá desalojo al amanecer cuando aún duermen. Pero esta noche están cocinando tortilla de patata para cenar en una de las cocinas y la gente viene de estudiar, del curro o de dar un paseo por las calles de este otro mundo. Alguno vendrá del Achuri, donde se encuentran lentejas guisadas aunque sea de noche. Si te las comes sentada en una silla descuajaringada, con el niño de la pareja de al lado rondando peligrosamente por tu mesa seguro que te saben más ricas, donde va a parar.


A Brahim le va gustando un poco más Lavapiés, aquí la gente no nos mira cuando vamos de la mano, ni cuando nos besamos por primera vez. Pero esta es otra historia.


Mención de honor en Venezuela para Mariola del Pozo por los "Cuentos de la arena"





Los “Cuentos de la arena” de Mariola del Pozo han recibido la mención de honor del V Festival Internacional de la Oralidad “Mucucuentos 2007” en Mérida, Venezuela.

El Festival, que se realiza con el auspicio de la Fundación para el Desarrollo Cultural del Estado Mérida [FUNDECEM], y la Dirección General de Cultura y Extensión de la Universidad de los Andes, ha contado con la participación de cuentacuentos de España, Ecuador, Brasil, Cuba, Colombia y Venezuela.

En el festival llamó mucho la atención la temática saharaui de los cuentos de Mariola, considerando que es una muy buena forma de difundir la causa de este pueblo invadido ilegalmente desde 1975 por Marruecos.

A pesar de que Venezuela reconoce oficialmente a la R.A.S.D, aún son escasas las noticias que llegan a la población. Cada vez es más patente una sensibilización hacia el conflicto saharaui pero aún hay desconocimiento de todo lo que está ocurriendo.

El estado de Mérida, donde transcurrió la mayoría del Festival, es considerado como la “capital cultural” del país. Hay un más que interesante movimiento de poetas y escritores que concentran su actividad en torno a la ciudad. Todos ellos y los espectadores del Festival han podido estar más cerca de los saharauis gracias a los “Cuentos de la arena”, que recogen historias del exilio y de la resistencia pacífica en las ciudades ocupadas.



Jalga marra. (Érase una vez...)



Todo evoluciona. El paso del tiempo, a veces para bien y otras para no tanto, hace cambiar las cosas. Incluso en un lugar tan remoto como los campamentos saharauis en el desierto del Sahara llega el progreso, la evolución, el CAMBIO. No voy a referirme a que en muchos hogares refugiados ya hay tele, nevera, parabólica, a que no hay prácticamente familia que no tenga baño y ducha, a que los coches se han adueñado de las pistas de arena o que hay tiendas en cada esquina de cada daira. Todos los cambios, excepto la tele, seguro que son para bien, y todo lo que haga un poco más cómoda la durísima vida del refugiado, bienvenido sea.

No, me voy a referir a la evolución de los cuentos. No es sólo que cuatro de cada cinco niños, cuando le pides que te cuente un cuento saharaui, te ofrezca una historieta del pícaro Yohá, personaje importado de otros países árabes, historias que los niños aprenden sobre todo en sus estudios en Argelia.

Los personajes típicos de la narrativa saharaui, el erizo (El Ganfud), la gallina (Lehbara), el chacal (Edib), la liebre (Enerab), o el glotón Shertat, que es reflejo de todo lo que no debe ser un saharaui, también se adaptan a los nuevos tiempos en los cuentos que inventan los jóvenes y los niños en los campamentos.

Los personajes de los cuentos saharauis antes estaban preocupados por buscar pastos, cuidar a sus rebaños , y vivían acampando en jaimas de pelo de camello. Ahora su vida transcurre en los campamentos, revisan sus coches y compran en los comercios. No es bueno ni malo, los cuentos tradicionales convivirán con los más nuevos, pero eso sí, sin "Yohás", por favor...


El Ganfud pasa la ITV

Estaba una vez el erizo muy preocupado porque tenía que pasar la revisión de su vehículo. Sin embargo, como era pobre, no tenía todoterreno ni Landrover, sino un simple carrito tirado por un burro. Donde siempre le fallaba la revisión era en las luces y en el pito, y no estaba dispuesto a quedarse otra vez sin pasar la revisión.

Finalmente tuvo una idea. Puso un par de rojos tomates a cada lado del carrito y llevó una gallina, que con su cocococococoooooo, cada vez que la pellizcaba, servía como un estupendo claxon. Y esta vez sí que el carrito de El Ganfud pudo pasar con éxito el examen.


La deuda de El Ganfud

El Ganfud había acumulado una gran deuda en la tienda del señor don Omar. Compraba verdura, carne, azúcar, y le decía:

- Apúntemelo, que mañana le pagaré.

Y así un día tras otro, hasta que la deuda se hizo importante. El Ganfud no sabía qué hacer para librarse de pagarla. Pero un día tuvo una idea. Se dice que cuando una persona muere y tiene deudas, el acreedor tiene que perdonarle y ni siquiera su familia tendrá que pagarlas. Así que el astuto erizo preparó su "entierro". Habló con sus amigos los animales y lo arreglaron todo.

Y así, llevaban al erizo a hombros entre todos los animales, simulando que había muerto, llorando y lamentándose por su repentino fallecimiento. Pasaron por delante de la puerta de la tienda y allí redoblaron sus lloros y lamentos.

El tendero, conmovido por la triste noticia dijo:

- Pobre Ganfud, que Dios le acoja en su mejor rincón. Le perdono todas las deudas que tenía conmigo.

En ese momento El Ganfud se incorporó y se dirigió a todos los presentes:

- Todos lo habéis escuchado. ¡El tendero me perdona mis deudas!

*A Hassina, nuestra contadora de cuentos.