Metarrelato con perfume

8:31 a. m. Conx Moya 0 Comments


Mi colaboración con Maskao Magacin. 02/07/2018
Me sorprendo decidida a contar al vendedor por qué busco el perfume, pero una vez que he empezado no voy a parar. Sé que va a sonar muy loco pero no voy a parar.
Llevo varias semanas buscando perfumes de hombre. Estoy dando vueltas a una nueva novela. Ha nacido a partir de una canción, en un proceso un tanto extraño. Me he acostumbrado a no inmutarme ante nada que tenga que ver con escribir. Es así y no quiero darle más vueltas.
Pero soy consciente de que va a sonar muy loco. Nunca me ha gustado dejarme llevar por misticismos en torno a la literatura. Desde que escribo en serio me han pasado varias anécdotas que resultan, como poco, difíciles de explicar. Yo misma soy testigo de cómo las historias se entrecruzan con la realidad, surgen extrañas casualidades e incluso en ocasiones lo que escribo acaba sucediendo. Los círculos de la creación me dan miedo, no quiero insistir sobre ello. Porque el impulso de escribir es más fuerte. No es algo que me guste contar.
Y sin embargo, sin saber por qué, me decido a explicar al dependiente qué hago allí.
– Verás, cómo lo digo… Busco las palabras.
– Es para algo que voy a escribir. Soy escritora. Cuánto me cuesta aún pronunciarlo. Escritora.
– Estoy buscando perfume para un personaje. La idea es que me ayude a caracterizarlo, ya lo he hecho en otras ocasiones.
El vendedor no pone, como espero, cara de extrañeza. Es más, parece entenderme. Sus ojos brillan y sin asomo de duda va al grano.
– ¿Qué tipo de hombre es?
Se lo describo por encima. Hace un gesto de afirmación y se lanza a por uno de los frascos. Pulveriza el perfume sobre un abanico, con delicados movimientos que tienen algo de performance. Lo huelo. En momentos como este lamento tener un olfato tan poco desarrollado, agravado por la presión de tener que decidirme sin demorarme demasiado. Había pensado que me toparía con el aroma como por arte de magia, que iba a surgir un flechazo con el perfume exacto. Pero se me está complicando más de lo que pensaba. Curiosamente la idea del olor, qué contradicción, ronda en mi cabeza. Espero que este ritual me ayude a encontrarlo.
En realidad mi periplo había comenzado en un gran almacén. Las vendedoras acechaban y en cuanto me veían acercarme a un expositor empezaban el interrogatorio.
– Quiero un perfume de hombre.
– Que no sea fresco, ni deportivo.
¿Cítrico? ¿Herbal? ¿Amaderado? ¿Especiado? ¿Oriental? ¿Frutal? Madera, almizcle, ámbar o resina, vainilla, pimienta y canela, lavanda, espliego, hojas, tallos, musgo, mandarina, pomelo, naranja, bergamota.
A partir del quinto perfume ya no conseguía captar ningún matiz, sentí incluso un leve mareo. Oler sobre unas cartulinas tampoco ayudaba. Y las miradas expectantes de las vendedoras me generaban incomodidad.
Desistí de seguir buscando allí pero seguí apostando por la capacidad evocadora del perfume para ayudarme a crear mi personaje.
En uno de mis paseos he descubierto esta tienda en una calle comercial. Me he decidido a entrar sin pensarlo dos veces. No me ha dado tiempo a mirar apenas. De inmediato se me ha acercado el dependiente. Alto, delgado, con perilla y bien peinado, viste completamente de negro.
Después de oler el primer perfume me encuentro tensa. ¿Qué estoy haciendo? Insisto.
– Igual esto te parece muy loco.
El vendedor niega con aspavientos.
– Soy actor. Me encanta esto afirma mientras prosigue con el ritual.
Tras la primera experiencia fallida en el gran almacén, había decidido adentrarme en una pequeña perfumería. Cambié de táctica, buscando un perfume en concreto, aquel cuyo frasco reproduce el torso de un marinero. Una amiga me había contado que su olor le evocaba intensamente al sexo. Me sonó literario, aunque en realidad mi hombre no será especialmente sexual. Lo imagino cálido, social y refinado. Al fin y al cabo en eso consiste escribir, en inventar lo que al autor le dé la gana. Tampoco vi claro que esa fragancia fuera la que buscaba. Lavanda, vainilla y ámbar. Para un hombre “provocador e irreverente”, me dijeron. Mi personaje no lo es. Lo intenté con otro de la misma casa. Higuera, pachulí, cacao, cedro y vetiver. “Afrodisiaco y lleno de energía”, lo definieron. Lo encontré demasiado intenso. Aún probé otro de la marca. Cardamomo, artemisa y pimienta, unidos a salvia y canela. Definitivamente no. Una molesta sensación había empezado a instalarse en mi cabeza, ¿y si estaba empeñada en seguir un camino equivocado?
En otra de mis búsquedas recalé en Serrano. De nuevo el gran almacén pero en esta calle la tienda, de una sobria elegancia, estaba decorada con madera, espejos y cuero. Me asaltaron los olores nada más entrar. En absoluto fue una sensación violenta. Evocaban clasicismo, seguridad y pulcritud. Como tal vez oliera a mediados del siglo pasado en el baño de un escritor de éxito, un reputado cirujano, un político trepa y prometedor o un publicista a lo Mad Men. Había entrado al local de Serrano para hacer pis. Los grandes almacenes siempre son mi comodín, con sus baños limpios, el papel higiénico a punto y toallitas de papel de buena calidad. Salía de un concierto en la Residencia de Estudiantes y decidí bajar andando hacia Colón para despejarme. Todo rebosaba estilo y distinción en el establecimiento. El guardia de la puerta, apuesto como un galán de Hollywood me dio las buenas tardes al entrar. Los dependientes, de impecable traje, recordaban a George Clooney, con cuidado corte de pelo y canas como pintadas una a una.
Volví mi mirada, ávida, hacia colecciones de frascos minimalistas, con formas rectas y tipografía clásica en las etiquetas. Correspondían a marcas de las que no necesitan anunciarse en televisión. Aromas de un clasicismo vetusto, de perfumistas que cuentan historias disparatadas sobre el nacimiento de sus perfumes.
Tanto lujo me incomodaba.
La respuesta tampoco podía encontrarse allí, mi personaje, desclasado y sibarita, no podría permitirse esos precios. Pienso que tal vez el ritual desplegado por el actor puede funcionar. Y me dejo llevar. El dependiente frunce el ceño y me busca otro perfume. Repite el gesto con el abanico. Pero el anhelado flechazo no llega. Sus explicaciones tampoco ayudan. Habla de desiertos, de nómadas, narguiles, inciensos y oasis. A mi cabeza acude un término “orientalismo”, ese mal que los antropólogos condenan y que yo lucho por desterrar de mi mirada. Ese orientalismo con el que miré en su día a la India y al norte de África. Sin embargo, él está poniendo empeño. Opto por no ser aguafiestas. Y sigo oliendo. Me decido por la combinación que me ha llenado más, ámbar, almizcle y un toque de pimienta blanca. Compro un frasco pequeño, de promoción y me lo llevo. En casa me perfumo con él. Con disgusto, acabo admitiendo que tampoco es éste.
No encuentro un final adecuado. Aún no tengo perfume para mi personaje y no estoy segura de si debo seguir buscando. Para este metarrelato sobre escritura podría inventarme hallarlo gracias al anuncio de una revista antigua, o en una caja con cosas de mi abuelo, en realidad yo no conocí a ninguno de los dos, o en un choque fortuito con un tipo perfumado en el metro, o…
Pero lo cierto es que el flechazo aún no ha sucedido. Sin embargo, la novela seguirá adelante, ya es inevitable.

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