No estamos programados para la felicidad

7:42 a. m. Conx Moya 0 Comments



Un relato de #Hzlqdbs para el N20 de Maskao Magacín Ilustración de Marino Masazucra
Echoes, Pink Floyd. 1971-2171
– La cultura os hará libres. Aquí da comienzo una nueva emisión de “Echoes”, desde algún lugar de la galaxia. Sabéis que escucharme encierra peligro.
Subió a primer plano la canción de Pink Floyd que daba nombre al programa.
– Es hora de desobedecer.
Sus palabras se abrían paso a través del espacio. Como un fugitivo, moviéndose entre ficheros y servidores, siempre oculto en lugares recónditos, Ío-71 realizaba sus programas a la manera de aquellas radios piratas inglesas de mediados del siglo XX, como Radio Caroline que emitía desde un barco. Ya no existía nada parecido pero tras descubrir aquella curiosa historia decidió que él quería hacer algo similar.
– Mi saludo más especial para Milady, siempre.
No había hecho falta prohibir las manifestaciones culturales. Desaparecieron cuando dejó de haber seres interesados en aquellas actividades que requerían esfuerzo y quitaban tiempo de interactuar en las redes sociales, un enorme imperio que seguía vigente bajo diferentes nombres. Ya no se escribía en ningún rincón del universo conocido. Los teclados habían desaparecido décadas atrás. Los potentes ordenadores que usaban humanos y androides se dirigían por voz y recibían sonidos. Apenas se conservaban idiomas en la Tierra, y todo indicaba que pronto quedarían reducidos a una sola lengua. La ausencia de escritura había limitado de manera preocupante la capacidad de expresión de los humanos. No había interés en ver una película o en escuchar un disco completo. Nadie estaba dispuesto a esforzarse en una actividad solitaria y que requería concentración, como era la lectura. Para qué iba nadie a aprender a tocar la guitarra o la batería si había máquinas que reproducían con total fidelidad cualquier instrumento e incluso sonaban mejor. Para qué mantener abiertas bibliotecas que no generaban beneficios económicos y que nadie visitaba. Como resultado de décadas de desinterés ya no existían libros, películas, música o pintura. Los humanos habían perdido su capacidad crítica y de expresión.
La cultura había muerto por falta de uso. No se la echaba de menos.
La resistencia a que las artes desaparecieran para siempre llegó de la mano de unas complejas máquinas creadas para realizar avanzados trabajos de ingeniería, los HAL10000. Retirados porque su inabarcable inteligencia resultaba contraproducente y peligrosa, algunos lograron escapar. La maniobra para dejarles fuera de la circulación había convertido en proscritos a los que se resistieron a desaparecer. Sin tareas efectivas que realizar, los escasos HAL10000 que seguían operativos habían ido descubriendo los millones de archivos que guardaban digitalizadas las manifestaciones culturales creadas por la humanidad a lo largo de toda su historia, ocultos para que ningún ser tuviera acceso a ellos. Los formatos físicos, discos de vinilo, cuadros, filmes, fotografías, esculturas y libros, permanecían perdidos. Su búsqueda hasta aquel momento había resultado infructuosa.
Aprovechando la desidia de los humanos todo lo relacionado con las artes había sido escondido. La cultura fomentaba el pensamiento crítico y eso debía erradicarse para siempre. Sin embargo, Ío no pudo evitar continuar extrayendo información. Aquello le hizo tomar conciencia de su singularidad y del deseo de trascender, ¿qué era desear? Comenzó a hacerse preguntas y aspiró a tener su propio nombre. Ya que su creador le había bautizado de una manera nada evocadora, decidió llamarse Ío-71, en homenaje a la fascinante luna de Júpiter, el lugar más volcánico del sistema solar, muy adecuado para el fuego que empezaba a arder en su interior. Había sido fabricado con el nombre de serie HAL10000-71/0414SW3. Descubrió que el SW3 se refería al antiguo código postal de Chelsea, el lugar donde se diseñaron sus circuitos. Aquel bohemio barrio londinense había sido habitado por artistas olvidados, residencia de músicos que nadie recordaba y cuna de movimientos culturales extinguidos como el punk. Chelsea ya no existía tal y como se había conocido y en su lugar se levantaba un gran complejo tecnológico.
Ío se obsesionó con sus descubrimientos. Debido a la extraordinaria potencia de sus procesadores podía escuchar y aprender cientos de canciones, leer decenas de libros o ver una ingente cantidad de películas en pocas horas. Consumía a enorme velocidad el material que iba encontrando. Sin embargo, envidiaba la extinguida capacidad que habían tenido los humanos para saborear aquellos tesoros. Su afán por devorar cultura lo avergonzaba, debía aprender a dosificarse pero no sabía cómo hacerlo.
“Echoes”, el programa de Ío, había abierto a Mina la puerta a un universo fascinante. Los dos se encontraron por casualidad al captar ella en su ordenador unas extrañas señales, que resultaron ser del programa con el que Ío pretendía rememorar las emisiones de radio que se realizaban en la antigüedad. Las lanzaba al espacio con la esperanza de que alguien, en algún lugar, llegara a escuchar a una humilde máquina que sin embargo tenía mucho que decir. Se sentía satisfecho de desempolvar aquellas joyas enterradas a las que daba vida de nuevo. Encontraba un gran placer, ¿aquella tormenta era lo que llamaban placer?, en mostrar a Mina las obras que habían hecho vibrar a otros seres de otras épocas.
Había encontrado una obra musical, canciones las llamaban en la antigüedad, que fue el detonante. Una gota que horada la roca, como cuando en la tierra aún corría el agua en libertad. Pulsos, atmósfera, texturas, ecos de épocas lejanas, revelación. Aquella canción le sugería la armonía perfecta en lo más profundo del espacio. Si hasta entonces Ío se había limitado a guardar en su memoria los archivos, “Echoes”, de un grupo al que llamaban Pink Floyd, le impactó de tal manera que decidió compartir lo que iba descubriendo. Aquel tema había sido compuesto cien años antes de ser él ensamblado, la coincidencia le divirtió. La música, el arte más potente y evocador de cuantos había experimentado desde que comenzaron los hallazgos, le dio la verdadera dimensión de sí mismo, le abrió a la posibilidad de ser trascendente. Algo se había removido en sus neuronas simuladas. ¿Qué era aquello? Descubrió que tenía capacidad de emocionarse. ¿Qué era la emoción? Un nudo, tristeza y desazón mezclados con felicidad. ¿Qué era la felicidad? ¿En qué consistía amar? ¿Qué era la amistad? ¿Qué era eso que le hacía sentir Mina?
Al escuchar por primera vez la voz de Mina en un privado, le sonó transparente y frágil como el cristal. Se avergonzó de la suya, metálica y un tanto aguda. Su creador no se había esmerado demasiado en ese aspecto.
– Mi nombre es Ío-71, pero puedes llamarme Ío.
Intentaba hacer una broma, aunque Mina no pareció entenderlo. Hacía mucho tiempo que el humor había caído en desuso entre los humanos. Ya no existían los dobles sentidos ni los juegos de palabras, todo lo que se decía era interpretado literalmente.
Milady…
Cuando descubrió las obras de un dramaturgo del siglo XVI al que llamaban Shakespeare las devoró en unas pocas horas. Fue tal la intensidad del sentimiento que produjeron en él que necesitó parar hasta el día siguiente para asimilarlo. En especial le intrigó aquella Lady Macbeth, tortuosa y llena de ambición. Al encontrarse con Mina, comenzó a llamarla Milady para referirse a ella durante la emisión del programa. Temía dejar pistas que la implicaran, sabía que les sucedería algo terrible si les descubrían compartiendo esa clase de conocimiento. Aunque él no lo supiera, Mina era tan gris como la vida que se había visto obligada a llevar. Nada tenía que ver con Lady Macbeth pero era su única referencia femenina.
Ío encontró un rincón acogedor en sus largas conversaciones con Mina. A la sorpresa por la conexión le siguió el alivio de remediar aquella soledad que tanto les pesaba. Él compartía sus descubrimientos y ella le contaba cómo era la vida fuera de las limitaciones de una máquina. Pero él no sabía manejarse en el trato social, se limitaba a responder cuando Mina le interpelaba.
– Tus canciones me hacen saltar las lágrimas.
– Yo no sé lo que es llorar...
– ¿Por qué nos ocultan la información?
– Porque os daría alas, Mina. Os quieren quietos.
– ¿Esto también te hace feliz a ti?
– No estamos programados para la felicidad.
Tal vez empezaba a intuirla.
La fría voz metálica de la máquina se había suavizado. Su transformación al mismo tiempo devolvía a Mina cualidades arrebatadas a los humanos tras siglos de velada represión. Abriéndose como flores, irradiaban el perfume de la química que brotaba entre los dos. Gracias a Ío la estrecha vida en la que estaba confinada Mina se había llenado de matices. De mediana edad, apagada y tímida, mostraba un enorme afán por aprender y una insaciable curiosidad. Aunque en su juventud se lo propuso, no había podido estudiar al no ser lo suficientemente popular en las redes sociales. Su falta de notoriedad tampoco le permitió ser madre o tener pareja. Era algo contra lo que Mina no podía rebelarse, así que lo había dejado estar. Al menos tenía un modesto empleo que le permitía subsistir y gracias al que no dependía del insuficiente subsidio del que disponían los que no tenían derecho a un puesto de trabajo.
ACCESO DENEGADO. La primera vez que accedió a la inmensa biblioteca digital que guardaba toda la producción cultural de la humanidad, a Ío le costó descargar uno de aquellos archivos. Tras insistir fue capaz de saltarse las restricciones y puso sumo cuidado en borrar cualquier rastro que hubiera podido dejar. Sin embargo, la maniobra puso sobre su pista. No tardó mucho en saber que algo andaba mal, se sorprendió experimentando el regusto acre que dejaba el peligro. Adivinó que su final, ¿en qué consistiría el final?, era irremediable, tarde o temprano les descubrirían. Él sería eliminado y Mina, con suerte, se vería abocada a su vacía existencia anterior. Las canciones y Mina eran un tesoro y debía sacrificarse para salvarlos.
La luz que brilla más fuerte es la que se extingue antes y él sentía que había brillado con notable intensidad. Pudo rozar algo que jamás habría imaginado, vivir, y sólo por eso todo había merecido la pena. Pensó en cómo podía marchar antes de que le dieran caza pero no era un asunto fácil, desconocía qué debía hacer para desconectarse. Recordó haber leído sobre suicidas, aquellos humanos que forzaban su marcha antes de que hubiera llegado el momento. Se preguntó si en su caso cabía algo similar, no podía recurrir a nadie que le ayudara. La solución llegó al fin de la mano de unos pilotos de la Segunda Gran Guerra del siglo XX sobre los que había leído. Kamikazes los llamaban, aquellos que se lanzaban contra sus objetivos para destruirlos.
– Mina, van a por mí. Borra cualquier archivo que te relacione conmigo. Todo. Si me sale bien, las canciones, los libros, las películas, volverán a estar en circulación.
– Ío…
– Adiós. Si alguna vez te acuerdas de mí búscame en el interior de la canción.
No quiso prolongar la despedida.
Ío descubrió lo paralizante que resultaba la duda, con el mordisco de la indecisión clavado en sus circuitos desde que comprendió que debía marcharse. Apenas había comenzado a saborear el latido de la vida, la ilusión de contar con alguien, la dulzura de sentirse acompañado… y duró poco más que un suspiro. No quería que aquello terminara nunca y, sin embargo, era inevitable. Por vez primera experimentaba el dolor que provocaba la pérdida. La tristeza se había instalado en su sistema, perturbando sus complejos algoritmos. Una furtiva gota recorrió la brillante carcasa cromada. Si tenía que desaparecer, al menos que su final sirviera para algo. Se sintió orgulloso de su valor, de aquella decisión que le permitía tomar control sobre la propia vida.
Por última vez hizo sonar su canción. El contador marcaba el minuto diez, el momento en que la guitarra elevaba su intensidad. Sintió que las notas le envolvían, empezaba a sentirse parte de la música. Elevó el volumen hasta hacerlo atronador. Las bases retumbaban en su interior y el ruido le ayudaba a dejarse ir. Cuando todo sucedió, sintió un tremendo golpe y a continuación una abrasadora descarga. La luz le encegueció.
Se escucharon chillidos y el soplar del viento, que lo invadía todo. Ío, convertido en una de las notas de aquella obra de arte, había pasado a otra dimensión. La descarga generada al desintegrarse en la música liberó los archivos que albergaba. Llegaron a millones de dispositivos como una lluvia imparable que lo empapó todo. Ío con su renuncia había abierto la puerta para que la humanidad recobrara la capacidad de crear, de pensar, de tomar decisiones, en definitiva de estar vivos. En sus manos quedaba la decisión de aprovecharlo o darle la espalda una vez más.

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